Liberalismo

John Gray · Capítulo 11 de 12

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Liberalismo

10. El ataque al liberalismo

 

El liberalismo —y de manera más específica el liberalismo en su forma clásica— es

la teoría política de la modernidad. Sus postulados constituyen los rasgos más

distintivos de la vida moderna: el individuo moderno con su inquietud por la libertad

y la privacidad, por el crecimiento de la riqueza y un flujo continuo de invención e

innovación, y por la maquinaria de gobierno, indispensable para la vida civil y a la

vez amenaza permanente para la misma. Su expresión intelectual sólo pudo

originarse en plenitud en la sociedad postradicional de la Europa que siguió a la

disolución de la cristiandad medieval. No obstante su hegemonía como teoría política

de la era moderna, el liberalismo nunca ha dejado de tener serios rivales políticos e

intelectuales. En sus diferentes formas, las corrientes conservadora y socialista no son

respuestas menos válidas a los retos de la modernidad. Sus raíces pueden rastrearse

hasta las crisis de la Inglaterra del siglo XVIII, si bien dichas corrientes cristalizan en

tradiciones definidas de pensamiento y praxis sólo después de la Revolución

francesa. Los pensadores conservadores, así como los socialistas, han presentado

críticas legítimas al pensamiento y a la sociedad liberal, las cuales sólo pueden

abordarse y entenderse dentro del contexto histórico en que nacieron las tres

tradiciones.

En ocasiones los conservadores han desdeñado la reflexión teórica sobre la vida

política, arguyendo que el conocimiento político es, ante todo, el conocimiento

práctico de una clase gobernante hereditaria respecto de la manera en que deben

conducirse los asuntos de Estado —una forma de conocimiento que es mejor dejar

inarticulada, no contaminada por la sistematización racionalista—. Sin embargo, los

siglos XIX y XX presentan abundantes ejemplos de pensamiento conservador de índole

tan sistemática y reflexiva como cualquier desarrollo dentro de la tradición liberal, y

ricos en perspectivas de las que el pensamiento liberal puede hacer un uso

provechoso. Los escritos de Hegel, Burke, De Maistre, Savigny, Santayana y

Oakeshott —todos ellos conservadores, aunque sólo sea por compartir un espíritu

común de reacción contra los excesos del racionalismo liberal— esgrimen incisivas

críticas que el pensamiento liberal desatiende a su propio riesgo. Tales críticas

conservadoras son inestimables correcciones de las ilusiones liberales características,

pero suelen incorporar formas de nostalgia y quijotismo que ningún liberal puede

sostener, y en ocasiones expresan interpretaciones claramente erróneas sobre el

carácter mismo del liberalismo. Por tanto, consideremos qué es lo que distingue una

visión conservadora del hombre y la sociedad, y lo que esta visión puede ofrecer a la

perspectiva liberal.

En su respuesta ideológica a las revoluciones de 1688 y 1789, el pensamiento

conservador de Inglaterra y Francia, y más adelante el del resto de los países, se

caracteriza por concebir el hecho central de la vida política como la relación de los súbditos frente a los gobernantes. Para el conservador, las relaciones de autoridad son

aspectos naturales en la vida social, de las que no ha de darse cuenta, como hacen los

liberales, mediante un contrato entre los individuos, y menos aún con referencia a

creencias morales como las que comprenden los movimientos socialistas. El núcleo

de la vida política lo constituyen las comunidades históricas, y se integra de múltiples

generaciones de seres humanos que se van configurando por las tradiciones

peculiares de sus regiones y países. El pensamiento conservador proclama su

escepticismo ante la humanidad genérica[87] y la individualidad abstracta, cuya

celebración constata en el liberalismo, e insiste en que el individuo humano es más un

logro cultural que un hecho natural. Como se observa en los trabajos de De Maistre y

Burke, los términos centrales en el pensamiento conservador son autoridad, lealtad,

jerarquía y orden —más que igualdad, libertad y fraternidad—. El énfasis se coloca

en las particularidades de la vida política, no en los principios universales que

supuestamente debe ejemplificar. A menudo, pero no siempre, se sugiere que el papel

de las ideas generales en la vida política es el de epifenómeno —un reflejo de las

fuerzas más profundas del sentimiento, el interés y la pasión—. Así, en comparación

con el liberalismo y el socialismo, el pensamiento conservador es particularista y

recela de la búsqueda de la igualdad. También es escéptico y pesimista y, en su

reacción ante la Revolución Industrial, proclive a ver el derrumbamiento y el

abandono de las viejas formas, así como a desconfiar de las oportunidades de

mejoramiento y liberación generadas por la difusión de inventos y maquinaria. La

corriente conservadora inglesa del siglo XIX forjó toda una escuela de interpretación

histórica y crítica social, que presentaba al industrialismo como la causa del desplome

de los niveles de vida populares y como el responsable de la desarticulación de las

antiguas relaciones de jerarquía en las que los gobernantes reconocían una obligación

hacia el pueblo. En los escritos políticos de Benjamin Disraeli —quizá el pensador

antiliberal inglés de mayor influencia en el siglo XIX, dada su amplia presencia

política, pero que manifestó actitudes compartidas por Carlyle, Ruskin y Southey—,

esta hostilidad a las implicaciones sociales de la Revolución industrial generó una

filosofía fantástica y nostálgica de paternalismo tory, en la que el gobierno nacional

desempeñaba los deberes que alguna vez estuvieran a cargo de la nobleza local.

En muchas formas, el pensamiento socialista hace eco de las voces conservadoras

al lamentar la disolución de las costumbres ancestrales, originada por el comercio y la

industria. El estudio de Friedrich Engels de las condiciones de la clase trabajadora

inglesa[88] es notable, tanto por su representación bucólica de la vida preindustrial

como por su explicación de la privación y la miseria contemporáneas. Los autores

conservadores y los socialistas tienden a ver en la vida inglesa, en algún momento

entre el siglo XVII y el XIX, una Gran Transformación (en la terminología de Karl

Polanyi)[89] en la que las formas sociales comunales fueron destruidas por la fuerza

del individualismo y el ascenso de nuevas clases sociales. A diferencia de los

conservadores, los socialistas fueron en su mayoría optimistas acerca de las consecuencias sociales del industrialismo y, de hecho, consideraron la abundancia

que la industria hacía posible como una condición necesaria para el avance hacia una

sociedad igualitaria sin clases.

Pero al igual que los conservadores, y a diferencia de los liberales, la mayoría de

los socialistas repudiaron el individualismo abstracto[90] que encontraron en el

pensamiento liberal y rechazaron las ideas liberales de sociedad civil en favor de

concepciones de una comunidad moral. Si los socialistas se mostraron siempre más

esperanzados que los conservadores acerca del futuro político, en la Inglaterra y

Europa del siglo XIX coincidieron con los conservadores al representar la era liberal

como un episodio, una fase de transición en el desarrollo social.

La debilidad del pensamiento socialista y conservador estriba, por una parte, en

su interpretación de la historia y, por la otra, en la visión en extremo vaga de un orden

posliberal contenida en sus escritos. Tanto socialistas como conservadores,

excediéndose en su reacción ante las privaciones visibles derivadas del

industrialismo, exageraron sus aspectos destructivos y subestimaron sus efectos

benéficos en los niveles de vida de la gente. Las primeras décadas del siglo XIX

fueron testigos de una expansión sustancial y continua de la población, del consumo

de artículos suntuarios y de las rentas, lo que difícilmente puede conciliarse con la

mitología histórica de la depauperación popular expresada en los escritos marxistas y

en los de muchos conservadores[91]. Más aún, al menos en el caso inglés, la idea del

comercio y la industria como causantes de una vasta ruptura en el orden social parece

ser, a todas luces, infundada. Hasta donde es posible remontarse, Inglaterra fue

siempre una sociedad predominantemente individualista, en la que las instituciones

características del feudalismo eran débiles o inexistentes[92]. Los pensadores y

propagandistas conservadores y socialistas del siglo XIX parecen haber realizado una

lectura equivocada de la historia de la sociedad de la que derivaron, principalmente,

sus modelos de cambio social.

Es en su concepción de un orden alternativo antiliberal donde puede encontrarse

la debilidad definitiva de las ideas socialistas y conservadoras. A mediados del siglo

XIX, los modelos individualistas de la vida económica y social se habían difundido en

la mayor parte de Europa (incluyendo Rusia), y no quedó en parte alguna un orden

social tradicional de lazos comunales inalterados que los conservadores pudieran

defender. Ahí donde el conservadurismo constituyó un éxito político —como lo fue

con Disraeli y Bismarck—, éste consiguió su victoria mediante una domesticación

pragmática de la vida individualista, pero sin poner en marcha nada que se pareciera a

la revolución antiliberal con la que soñaban Disraeli y otros conservadores

románticos. En 1914, cuando el orden liberal se desplomó en Europa, fue

reemplazado en la mayor parte del continente por un modernismo brutal, burlesco y,

en Alemania, genocida, que cortó toda restricción impuesta por la moral y las

tradiciones legales occidentales y dio lugar a una anomia hobbesiana (en vez de una reconstitución de los lazos comunales) siempre que sus políticas se aplicaron. A su

vez, no hay ejemplo en la historia del siglo XX del éxito de algún movimiento

conservador antiliberal, y los estadistas conservadores más destacados —De Gaulle y

Adenauer, por ejemplo— adoptaron una actitud administrativista y realista frente a

una sociedad moderna que acepta su indómito individualismo como un destino

histórico que una política sabia puede contener pero no invertir.

Las perspectivas socialistas de una nueva forma de comunidad moral no han

corrido con mejor suerte que las previsiones conservadoras de renovación de la vida

comunal. Las expectativas de solidaridad proletaria internacional sufrieron un severo

golpe con la Primera Guerra Mundial, y la victoria subsiguiente del socialismo en

Rusia, en forma no liberal y revolucionaria, inauguró un nuevo sistema político,

aunque de tal naturaleza que tenía más en común con los experimentos posteriores de

control totalitario del nacionalsocialismo que con cualquier ideal socialista. Los

proyectos y movimientos socialistas han fracasado, en todas partes, frente a la

obstinada realidad de las distintas tradiciones culturales, nacionales y religiosas y,

además, frente al individualismo arraigado e incurable de la vida social moderna. A

pesar de toda la retórica socialista en boga referente a la enajenación, los

movimientos socialistas han sido más duraderos y tenido más éxito cuando han

buscado moderar la sociedad individualista, en vez de transformarla. Así como la

única forma viable del conservadurismo parece ser el conservadurismo liberal, así el

socialismo ha logrado un cierto éxito sólo en la medida en que ha absorbido los

elementos esenciales de la civilización liberal.

En tanto que alternativas a la sociedad liberal, el conservadurismo y el socialismo

deben considerarse un fracaso, si bien ambas corrientes ofrecen atisbos que la

tradición intelectual liberal puede aprovechar. Quizá la reflexión conservadora más

valiosa sea su crítica del progreso —el que los avances del conocimiento y la

tecnología puedan utilizarse tanto para fines crueles e insanos, como en el Holocausto

y el Gulag, como para fines de superación y liberación—. Las experiencias vividas en

el siglo XX han confirmado la desconfianza conservadora en la creencia de los

liberales del siglo XIX (creencia que no fue compartida por los fundadores escoceses

del liberalismo clásico) de que la historia humana registra una firme trayectoria de

progreso, interrumpida y en ocasiones retardada, pero en última instancia irresistible.

Ahora es claro que el único apoyo a la esperanza liberal proviene, no de leyes o de

tendencias históricas imaginadas, sino exclusivamente de la vitalidad de la misma

civilización liberal. Por otra parte, el tiempo ha confirmado las bien fundadas

sospechas conservadoras de una sociedad de masas cuyos numerosos miembros se

emancipan de la guía de antiguas tradiciones culturales. La verdad esencial de que la

conservación de las tradiciones morales y culturales es una condición necesaria para

un progreso duradero —verdad reconocida por pensadores liberales tales como

Tocqueville, Constant, Ortega y Gasset y Hayek— debe contarse entre las

contribuciones permanentes de la reflexión conservadora.

En las últimas décadas, el pensamiento conservador ha manifestado una menor

hostilidad hacia las instituciones de mercado y, de manera creciente, ha llegado a ver

en las libertades de mercado un apoyo para el orden espontáneo de la sociedad que

los conservadores tanto aprecian[93]. En contraste, el pensamiento socialista se ha

tomado su tiempo para avenirse con el carácter indispensable de las instituciones de

mercado, viendo en ellas síntomas de desperdicio y desorden y de un fracaso culpable

de la planificación central. De hecho, ha surgido una escuela de pensamiento de

mercado socialista, en deuda con John Stuart Mill, por lo menos tanto como con

Marx; ésta concibe la cooperativa de trabajadores como institución central de

producción en la economía socialista, siendo la competencia de mercado la que

determina la asignación de recursos a las cooperativas. En su aceptación realista del

papel del mercado como factor de asignación, la nueva escuela de pensamiento

socialista representa un alejamiento de la confianza tradicional que ha depositado el

socialismo en la planeación económica central, pero afronta una serie de complejos

problemas que, combinados, resultan funestos para el proyecto socialista de mercado.

En primer término surge la dificultad, señalada por el distinguido economista

keynesiano J. E. Meade[94], de que la fragmentación de la economía en empresas

manejadas por los trabajadores implica el sacrificio de importantes economías de

escala. Más aún, la fusión que tiene lugar en las cooperativas de trabajadores entre la

posesión de un empleo y la participación en el capital tiene, como lo demuestra la

experiencia yugoslava[95], la desafortunada consecuencia de generar desempleo entre

los trabajadores jóvenes y propiciar que las cooperativas se comporten como

unidades familiares en el lento consumo de capital. Si la experiencia sirve en alguna

forma de guía, es muy probable que las economías manejadas por los trabajadores se

vuelvan aletargadas, deficientes en cuanto a innovaciones tecnológicas y altamente

inequitativas en la distribución de las oportunidades de trabajo que generan. Por

último, todos los esquemas socialistas del mercado se enfrentan con el problema

radical de la asignación de capital. ¿Bajo qué criterios deberán los bancos estatales

centrales asignar capital a las diferentes cooperativas de trabajadores? En los sistemas

capitalistas de mercado, el suministro de capital a riesgo se reconoce como parte de

una función empresarial privada —una actividad creativa no susceptible de

formularse a partir de regias rígidas o improvisadas—. Cuando el suministro de

capital se concentra en el Estado, como ocurre en la mayoría de las propuestas

socialistas de mercado, si no es que en todas, ¿qué tasa de recuperación deberá fijarse

y qué cuentas han de pedirse al banco estatal de inversiones por concepto de

pérdidas? En cualquier forma que resulte realizable, el esquema socialista de mercado

está expuesto a la objeción de que la centralización del capital en el gobierno estaría

destinada a desatar una competencia política por los recursos, en la que las industrias

y empresas establecidas serían las ganadoras y las nuevas empresas, débiles y bajo

gran riesgo, las perdedoras. En otras palabras, el socialismo de mercado intensificaría

simplemente el nocivo conflicto de la distribución, planteado por los analistas de la

Escuela de la Elección Pública[96] en el contexto de las economías mixtas.

Estos defectos de las propuestas socialistas de mercado indican que no hay

ninguna alternativa viable para la competencia de mercado en su carácter de entidad

asignadora de capital, trabajo y bienes de consumo en una sociedad industrial

compleja. El punto más acuciante de la crítica socialista al liberalismo económico no

radica, en consecuencia, en alguno de los aspectos del mecanismo de mercado, sino

en sus imperfecciones desde el punto de vista de la justicia en la asignación inicial de

los recursos. Todas las sociedades reales presentan una distribución del capital y del

ingreso que es resultado de diversos factores, que incluyen actos previos de injusticia,

violaciones a los derechos de propiedad, restricciones de la libertad contractual y usos

indebidos del poder económico. Por esta razón, Robert Nozick ha propuesto[97] la

adopción del principio de diferencia de Rawls como la regla empírica para la

rectificación de injusticias anteriores. Muy probablemente, Nozick se excede al

recomendar un estricto principio igualitario para la redistribución del ingreso, como

respuesta rectificatoria a la carga histórica dé las injusticias pasadas, y no existe

justificación alguna para intentar crear un modelo de distribución de la riqueza o del

ingreso. La política no debe tener la finalidad de imponer un modelo de esta índole,

ya que el respeto a la libertad supone la aceptación de la ruptura de modelos por libre

elección, sino la de compensar las desviaciones pasadas de la libertad igualitaria. Y

esto no se consigue de mejor manera mediante una política igualitaria de

redistribución del ingreso.

Una respuesta más adecuada a la realidad de la injusticia en la distribución del

capital consiste en una redistribución del capital mismo, quizá en la forma de un

impuesto negativo al capital[98] que proporcionara, a quienes carecen de un

patrimonio, una compensación por anteriores injusticias. Desde la perspectiva liberal

clásica, tal política de redistribución sería acertada si pudiera financiarse mediante la

venta de activos del Estado, con lo que se evitaría una mayor incursión del gobierno

en terrenos del capital privado. Ya sea que se aceptara o no la viabilidad de esta

propuesta, el pensamiento socialista hace una reflexión válida —reconocida

plenamente por los teóricos de la Escuela de la Elección Pública— cuando afirma

que la restauración de la libertad económica presupone, en justicia, una redistribución

del capital.

Los ataques conservadores y socialistas al liberalismo desempeñan un papel

esencial al ponernos en alerta sobre las imperfecciones del pensamiento y la sociedad

liberales. Ante todo, deberían ayudarnos a resistir la tentación de suponer que la

sociedad liberal ha de identificarse siempre con sus formas históricas contingentes. Si

la reflexión conservadora nos enseña a ser cautos en nuestra actitud frente a nuestra

herencia de tradiciones morales y culturales, el pensamiento socialista obliga a

reconocer que la defensa moral de la libertad requiere la rectificación de injusticias

pasadas, mediante una renegociación de los derechos establecidos. En suma, la

defensa de la sociedad liberal requiere que el pensamiento y la praxis liberales estén dispuestos a adoptar principios conservadores y radicales cuando así lo exijan los

objetivos liberales, y las circunstancias históricas en que se encuentren las sociedades

liberales.