Liberalismo
10. El ataque al liberalismo
El liberalismo —y de manera más específica el liberalismo en su forma clásica— es
la teoría política de la modernidad. Sus postulados constituyen los rasgos más
distintivos de la vida moderna: el individuo moderno con su inquietud por la libertad
y la privacidad, por el crecimiento de la riqueza y un flujo continuo de invención e
innovación, y por la maquinaria de gobierno, indispensable para la vida civil y a la
vez amenaza permanente para la misma. Su expresión intelectual sólo pudo
originarse en plenitud en la sociedad postradicional de la Europa que siguió a la
disolución de la cristiandad medieval. No obstante su hegemonía como teoría política
de la era moderna, el liberalismo nunca ha dejado de tener serios rivales políticos e
intelectuales. En sus diferentes formas, las corrientes conservadora y socialista no son
respuestas menos válidas a los retos de la modernidad. Sus raíces pueden rastrearse
hasta las crisis de la Inglaterra del siglo XVIII, si bien dichas corrientes cristalizan en
tradiciones definidas de pensamiento y praxis sólo después de la Revolución
francesa. Los pensadores conservadores, así como los socialistas, han presentado
críticas legítimas al pensamiento y a la sociedad liberal, las cuales sólo pueden
abordarse y entenderse dentro del contexto histórico en que nacieron las tres
tradiciones.
En ocasiones los conservadores han desdeñado la reflexión teórica sobre la vida
política, arguyendo que el conocimiento político es, ante todo, el conocimiento
práctico de una clase gobernante hereditaria respecto de la manera en que deben
conducirse los asuntos de Estado —una forma de conocimiento que es mejor dejar
inarticulada, no contaminada por la sistematización racionalista—. Sin embargo, los
siglos XIX y XX presentan abundantes ejemplos de pensamiento conservador de índole
tan sistemática y reflexiva como cualquier desarrollo dentro de la tradición liberal, y
ricos en perspectivas de las que el pensamiento liberal puede hacer un uso
provechoso. Los escritos de Hegel, Burke, De Maistre, Savigny, Santayana y
Oakeshott —todos ellos conservadores, aunque sólo sea por compartir un espíritu
común de reacción contra los excesos del racionalismo liberal— esgrimen incisivas
críticas que el pensamiento liberal desatiende a su propio riesgo. Tales críticas
conservadoras son inestimables correcciones de las ilusiones liberales características,
pero suelen incorporar formas de nostalgia y quijotismo que ningún liberal puede
sostener, y en ocasiones expresan interpretaciones claramente erróneas sobre el
carácter mismo del liberalismo. Por tanto, consideremos qué es lo que distingue una
visión conservadora del hombre y la sociedad, y lo que esta visión puede ofrecer a la
perspectiva liberal.
En su respuesta ideológica a las revoluciones de 1688 y 1789, el pensamiento
conservador de Inglaterra y Francia, y más adelante el del resto de los países, se
caracteriza por concebir el hecho central de la vida política como la relación de los súbditos frente a los gobernantes. Para el conservador, las relaciones de autoridad son
aspectos naturales en la vida social, de las que no ha de darse cuenta, como hacen los
liberales, mediante un contrato entre los individuos, y menos aún con referencia a
creencias morales como las que comprenden los movimientos socialistas. El núcleo
de la vida política lo constituyen las comunidades históricas, y se integra de múltiples
generaciones de seres humanos que se van configurando por las tradiciones
peculiares de sus regiones y países. El pensamiento conservador proclama su
escepticismo ante la humanidad genérica[87] y la individualidad abstracta, cuya
celebración constata en el liberalismo, e insiste en que el individuo humano es más un
logro cultural que un hecho natural. Como se observa en los trabajos de De Maistre y
Burke, los términos centrales en el pensamiento conservador son autoridad, lealtad,
jerarquía y orden —más que igualdad, libertad y fraternidad—. El énfasis se coloca
en las particularidades de la vida política, no en los principios universales que
supuestamente debe ejemplificar. A menudo, pero no siempre, se sugiere que el papel
de las ideas generales en la vida política es el de epifenómeno —un reflejo de las
fuerzas más profundas del sentimiento, el interés y la pasión—. Así, en comparación
con el liberalismo y el socialismo, el pensamiento conservador es particularista y
recela de la búsqueda de la igualdad. También es escéptico y pesimista y, en su
reacción ante la Revolución Industrial, proclive a ver el derrumbamiento y el
abandono de las viejas formas, así como a desconfiar de las oportunidades de
mejoramiento y liberación generadas por la difusión de inventos y maquinaria. La
corriente conservadora inglesa del siglo XIX forjó toda una escuela de interpretación
histórica y crítica social, que presentaba al industrialismo como la causa del desplome
de los niveles de vida populares y como el responsable de la desarticulación de las
antiguas relaciones de jerarquía en las que los gobernantes reconocían una obligación
hacia el pueblo. En los escritos políticos de Benjamin Disraeli —quizá el pensador
antiliberal inglés de mayor influencia en el siglo XIX, dada su amplia presencia
política, pero que manifestó actitudes compartidas por Carlyle, Ruskin y Southey—,
esta hostilidad a las implicaciones sociales de la Revolución industrial generó una
filosofía fantástica y nostálgica de paternalismo tory, en la que el gobierno nacional
desempeñaba los deberes que alguna vez estuvieran a cargo de la nobleza local.
En muchas formas, el pensamiento socialista hace eco de las voces conservadoras
al lamentar la disolución de las costumbres ancestrales, originada por el comercio y la
industria. El estudio de Friedrich Engels de las condiciones de la clase trabajadora
inglesa[88] es notable, tanto por su representación bucólica de la vida preindustrial
como por su explicación de la privación y la miseria contemporáneas. Los autores
conservadores y los socialistas tienden a ver en la vida inglesa, en algún momento
entre el siglo XVII y el XIX, una Gran Transformación (en la terminología de Karl
Polanyi)[89] en la que las formas sociales comunales fueron destruidas por la fuerza
del individualismo y el ascenso de nuevas clases sociales. A diferencia de los
conservadores, los socialistas fueron en su mayoría optimistas acerca de las consecuencias sociales del industrialismo y, de hecho, consideraron la abundancia
que la industria hacía posible como una condición necesaria para el avance hacia una
sociedad igualitaria sin clases.
Pero al igual que los conservadores, y a diferencia de los liberales, la mayoría de
los socialistas repudiaron el individualismo abstracto[90] que encontraron en el
pensamiento liberal y rechazaron las ideas liberales de sociedad civil en favor de
concepciones de una comunidad moral. Si los socialistas se mostraron siempre más
esperanzados que los conservadores acerca del futuro político, en la Inglaterra y
Europa del siglo XIX coincidieron con los conservadores al representar la era liberal
como un episodio, una fase de transición en el desarrollo social.
La debilidad del pensamiento socialista y conservador estriba, por una parte, en
su interpretación de la historia y, por la otra, en la visión en extremo vaga de un orden
posliberal contenida en sus escritos. Tanto socialistas como conservadores,
excediéndose en su reacción ante las privaciones visibles derivadas del
industrialismo, exageraron sus aspectos destructivos y subestimaron sus efectos
benéficos en los niveles de vida de la gente. Las primeras décadas del siglo XIX
fueron testigos de una expansión sustancial y continua de la población, del consumo
de artículos suntuarios y de las rentas, lo que difícilmente puede conciliarse con la
mitología histórica de la depauperación popular expresada en los escritos marxistas y
en los de muchos conservadores[91]. Más aún, al menos en el caso inglés, la idea del
comercio y la industria como causantes de una vasta ruptura en el orden social parece
ser, a todas luces, infundada. Hasta donde es posible remontarse, Inglaterra fue
siempre una sociedad predominantemente individualista, en la que las instituciones
características del feudalismo eran débiles o inexistentes[92]. Los pensadores y
propagandistas conservadores y socialistas del siglo XIX parecen haber realizado una
lectura equivocada de la historia de la sociedad de la que derivaron, principalmente,
sus modelos de cambio social.
Es en su concepción de un orden alternativo antiliberal donde puede encontrarse
la debilidad definitiva de las ideas socialistas y conservadoras. A mediados del siglo
XIX, los modelos individualistas de la vida económica y social se habían difundido en
la mayor parte de Europa (incluyendo Rusia), y no quedó en parte alguna un orden
social tradicional de lazos comunales inalterados que los conservadores pudieran
defender. Ahí donde el conservadurismo constituyó un éxito político —como lo fue
con Disraeli y Bismarck—, éste consiguió su victoria mediante una domesticación
pragmática de la vida individualista, pero sin poner en marcha nada que se pareciera a
la revolución antiliberal con la que soñaban Disraeli y otros conservadores
románticos. En 1914, cuando el orden liberal se desplomó en Europa, fue
reemplazado en la mayor parte del continente por un modernismo brutal, burlesco y,
en Alemania, genocida, que cortó toda restricción impuesta por la moral y las
tradiciones legales occidentales y dio lugar a una anomia hobbesiana (en vez de una reconstitución de los lazos comunales) siempre que sus políticas se aplicaron. A su
vez, no hay ejemplo en la historia del siglo XX del éxito de algún movimiento
conservador antiliberal, y los estadistas conservadores más destacados —De Gaulle y
Adenauer, por ejemplo— adoptaron una actitud administrativista y realista frente a
una sociedad moderna que acepta su indómito individualismo como un destino
histórico que una política sabia puede contener pero no invertir.
Las perspectivas socialistas de una nueva forma de comunidad moral no han
corrido con mejor suerte que las previsiones conservadoras de renovación de la vida
comunal. Las expectativas de solidaridad proletaria internacional sufrieron un severo
golpe con la Primera Guerra Mundial, y la victoria subsiguiente del socialismo en
Rusia, en forma no liberal y revolucionaria, inauguró un nuevo sistema político,
aunque de tal naturaleza que tenía más en común con los experimentos posteriores de
control totalitario del nacionalsocialismo que con cualquier ideal socialista. Los
proyectos y movimientos socialistas han fracasado, en todas partes, frente a la
obstinada realidad de las distintas tradiciones culturales, nacionales y religiosas y,
además, frente al individualismo arraigado e incurable de la vida social moderna. A
pesar de toda la retórica socialista en boga referente a la enajenación, los
movimientos socialistas han sido más duraderos y tenido más éxito cuando han
buscado moderar la sociedad individualista, en vez de transformarla. Así como la
única forma viable del conservadurismo parece ser el conservadurismo liberal, así el
socialismo ha logrado un cierto éxito sólo en la medida en que ha absorbido los
elementos esenciales de la civilización liberal.
En tanto que alternativas a la sociedad liberal, el conservadurismo y el socialismo
deben considerarse un fracaso, si bien ambas corrientes ofrecen atisbos que la
tradición intelectual liberal puede aprovechar. Quizá la reflexión conservadora más
valiosa sea su crítica del progreso —el que los avances del conocimiento y la
tecnología puedan utilizarse tanto para fines crueles e insanos, como en el Holocausto
y el Gulag, como para fines de superación y liberación—. Las experiencias vividas en
el siglo XX han confirmado la desconfianza conservadora en la creencia de los
liberales del siglo XIX (creencia que no fue compartida por los fundadores escoceses
del liberalismo clásico) de que la historia humana registra una firme trayectoria de
progreso, interrumpida y en ocasiones retardada, pero en última instancia irresistible.
Ahora es claro que el único apoyo a la esperanza liberal proviene, no de leyes o de
tendencias históricas imaginadas, sino exclusivamente de la vitalidad de la misma
civilización liberal. Por otra parte, el tiempo ha confirmado las bien fundadas
sospechas conservadoras de una sociedad de masas cuyos numerosos miembros se
emancipan de la guía de antiguas tradiciones culturales. La verdad esencial de que la
conservación de las tradiciones morales y culturales es una condición necesaria para
un progreso duradero —verdad reconocida por pensadores liberales tales como
Tocqueville, Constant, Ortega y Gasset y Hayek— debe contarse entre las
contribuciones permanentes de la reflexión conservadora.
En las últimas décadas, el pensamiento conservador ha manifestado una menor
hostilidad hacia las instituciones de mercado y, de manera creciente, ha llegado a ver
en las libertades de mercado un apoyo para el orden espontáneo de la sociedad que
los conservadores tanto aprecian[93]. En contraste, el pensamiento socialista se ha
tomado su tiempo para avenirse con el carácter indispensable de las instituciones de
mercado, viendo en ellas síntomas de desperdicio y desorden y de un fracaso culpable
de la planificación central. De hecho, ha surgido una escuela de pensamiento de
mercado socialista, en deuda con John Stuart Mill, por lo menos tanto como con
Marx; ésta concibe la cooperativa de trabajadores como institución central de
producción en la economía socialista, siendo la competencia de mercado la que
determina la asignación de recursos a las cooperativas. En su aceptación realista del
papel del mercado como factor de asignación, la nueva escuela de pensamiento
socialista representa un alejamiento de la confianza tradicional que ha depositado el
socialismo en la planeación económica central, pero afronta una serie de complejos
problemas que, combinados, resultan funestos para el proyecto socialista de mercado.
En primer término surge la dificultad, señalada por el distinguido economista
keynesiano J. E. Meade[94], de que la fragmentación de la economía en empresas
manejadas por los trabajadores implica el sacrificio de importantes economías de
escala. Más aún, la fusión que tiene lugar en las cooperativas de trabajadores entre la
posesión de un empleo y la participación en el capital tiene, como lo demuestra la
experiencia yugoslava[95], la desafortunada consecuencia de generar desempleo entre
los trabajadores jóvenes y propiciar que las cooperativas se comporten como
unidades familiares en el lento consumo de capital. Si la experiencia sirve en alguna
forma de guía, es muy probable que las economías manejadas por los trabajadores se
vuelvan aletargadas, deficientes en cuanto a innovaciones tecnológicas y altamente
inequitativas en la distribución de las oportunidades de trabajo que generan. Por
último, todos los esquemas socialistas del mercado se enfrentan con el problema
radical de la asignación de capital. ¿Bajo qué criterios deberán los bancos estatales
centrales asignar capital a las diferentes cooperativas de trabajadores? En los sistemas
capitalistas de mercado, el suministro de capital a riesgo se reconoce como parte de
una función empresarial privada —una actividad creativa no susceptible de
formularse a partir de regias rígidas o improvisadas—. Cuando el suministro de
capital se concentra en el Estado, como ocurre en la mayoría de las propuestas
socialistas de mercado, si no es que en todas, ¿qué tasa de recuperación deberá fijarse
y qué cuentas han de pedirse al banco estatal de inversiones por concepto de
pérdidas? En cualquier forma que resulte realizable, el esquema socialista de mercado
está expuesto a la objeción de que la centralización del capital en el gobierno estaría
destinada a desatar una competencia política por los recursos, en la que las industrias
y empresas establecidas serían las ganadoras y las nuevas empresas, débiles y bajo
gran riesgo, las perdedoras. En otras palabras, el socialismo de mercado intensificaría
simplemente el nocivo conflicto de la distribución, planteado por los analistas de la
Escuela de la Elección Pública[96] en el contexto de las economías mixtas.
Estos defectos de las propuestas socialistas de mercado indican que no hay
ninguna alternativa viable para la competencia de mercado en su carácter de entidad
asignadora de capital, trabajo y bienes de consumo en una sociedad industrial
compleja. El punto más acuciante de la crítica socialista al liberalismo económico no
radica, en consecuencia, en alguno de los aspectos del mecanismo de mercado, sino
en sus imperfecciones desde el punto de vista de la justicia en la asignación inicial de
los recursos. Todas las sociedades reales presentan una distribución del capital y del
ingreso que es resultado de diversos factores, que incluyen actos previos de injusticia,
violaciones a los derechos de propiedad, restricciones de la libertad contractual y usos
indebidos del poder económico. Por esta razón, Robert Nozick ha propuesto[97] la
adopción del principio de diferencia de Rawls como la regla empírica para la
rectificación de injusticias anteriores. Muy probablemente, Nozick se excede al
recomendar un estricto principio igualitario para la redistribución del ingreso, como
respuesta rectificatoria a la carga histórica dé las injusticias pasadas, y no existe
justificación alguna para intentar crear un modelo de distribución de la riqueza o del
ingreso. La política no debe tener la finalidad de imponer un modelo de esta índole,
ya que el respeto a la libertad supone la aceptación de la ruptura de modelos por libre
elección, sino la de compensar las desviaciones pasadas de la libertad igualitaria. Y
esto no se consigue de mejor manera mediante una política igualitaria de
redistribución del ingreso.
Una respuesta más adecuada a la realidad de la injusticia en la distribución del
capital consiste en una redistribución del capital mismo, quizá en la forma de un
impuesto negativo al capital[98] que proporcionara, a quienes carecen de un
patrimonio, una compensación por anteriores injusticias. Desde la perspectiva liberal
clásica, tal política de redistribución sería acertada si pudiera financiarse mediante la
venta de activos del Estado, con lo que se evitaría una mayor incursión del gobierno
en terrenos del capital privado. Ya sea que se aceptara o no la viabilidad de esta
propuesta, el pensamiento socialista hace una reflexión válida —reconocida
plenamente por los teóricos de la Escuela de la Elección Pública— cuando afirma
que la restauración de la libertad económica presupone, en justicia, una redistribución
del capital.
Los ataques conservadores y socialistas al liberalismo desempeñan un papel
esencial al ponernos en alerta sobre las imperfecciones del pensamiento y la sociedad
liberales. Ante todo, deberían ayudarnos a resistir la tentación de suponer que la
sociedad liberal ha de identificarse siempre con sus formas históricas contingentes. Si
la reflexión conservadora nos enseña a ser cautos en nuestra actitud frente a nuestra
herencia de tradiciones morales y culturales, el pensamiento socialista obliga a
reconocer que la defensa moral de la libertad requiere la rectificación de injusticias
pasadas, mediante una renegociación de los derechos establecidos. En suma, la
defensa de la sociedad liberal requiere que el pensamiento y la praxis liberales estén dispuestos a adoptar principios conservadores y radicales cuando así lo exijan los
objetivos liberales, y las circunstancias históricas en que se encuentren las sociedades
liberales.