Liberalismo

John Gray · Capítulo 6 de 12

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Liberalismo

5. El resurgimiento del liberalismo clásico

 

El impacto de la Segunda Guerra Mundial produjo por doquier una ampliación en el

ámbito y la intensidad de la actividad estatal. En Gran Bretaña, el Plan Beveridge

para la implantación de una economía mixta tiene una clara influencia socialista,

mientras que en los Estados Unidos, su participación en la guerra afianzó las

tendencias dirigistas del New Deal de Roosevelt. En Europa, el resultado político de

la guerra fue el confinamiento de Europa central y oriental a la esfera de influencia

del sistema totalitario soviético, así como el ascenso al poder de gobiernos socialistas

en gran parte del resto de Europa, incluyendo Gran Bretaña. Ahí donde la opinión

política no era franca y explícitamente socialista, reinaba el consenso general de que

el futuro se encontraba en el Estado rector y una economía, no de mercado libre, sino

mixta y dirigida por el Estado. El éxito relativo de la planificación de guerra

convenció a la mayoría de los líderes de que las mismas técnicas podrían y deberían

usarse para promover el pleno empleo en un contexto de rápido crecimiento

económico, y pareció otorgar la autoridad de la experiencia práctica a las

especulaciones económicas de J. M. Keynes. Era evidente que si la catástrofe de la

Primera Guerra había dañado seriamente el liberalismo clásico, la Segunda se había

encargado de aniquilarlo por completo.

Sin embargo, aun durante la Segunda Guerra Mundial y los años inmediatos que

la sucedieron se efectuaron importantes contribuciones a la vida intelectual de

pensadores cuya lealtad se mantuvo al lado del liberalismo clásico, más que al del

revisionista o moderno. Destaca especialmente el trabajo de F. A. Hayek, El camino a

la servidumbre (1944). La tesis de Hayek fue intrépida y sorprendente, contraria a

toda opinión progresista, dada su argumentación de que las raíces del nazismo se

encontraban en el pensamiento y la práctica socialistas. Más aún, Hayek advirtió que

la adopción de políticas socialistas en las naciones occidentales traería consigo, a

largo plazo, la némesis totalitaria. Un futuro tolerable para la civilización occidental

exigía que se renunciara a los ideales socialistas y que la senda abandonada del

liberalismo clásico —la senda hacia un gobierno limitado por la regulación de la ley

— se transitara de nuevo. Mientras que la tesis de Hayek fue ignorada y ridiculizada

en el mundo de habla inglesa, fue importante en Alemania, en cuanto añadió fuerza a

la corriente de pensamiento neoliberal que hizo posible la repentina abolición de

controles económicos, con lo que se logró el milagro económico de la posguerra.

Asimismo, Hayek tuvo una importancia crucial en la formación de la Sociedad Mont

Pelerin, que mantuvo vivos los ideales liberales clásicos durante las décadas de

posguerra en las que fueron abandonados o desdeñados por anacrónicos.

Los años de la posguerra produjeron algunas otras aportaciones memorables a la

perspectiva liberal. La sociedad abierta y sus enemigos (1945), de Karl Popper,

argumentaba que la tradición intelectual occidental se oponía en gran parte la

civilización liberal, en la medida en que las perspectivas filosóficas dominantes auspiciaban un enfoque autoritario en la teoría del conocimiento. Al contrario de las

filosofías de Platón, Aristóteles, Hegel y los empiristas británicos, Popper postuló una

concepción del conocimiento humano sin otro fundamento que no fuera su

crecimiento a través de la crítica y falsación de teorías y conjeturas. En la vida

política, el camino de la razón debía buscarse en la reforma gradual de las

instituciones sociales, más que en una transformación total de la vida social, tal como

lo habían concebido Marx y otros socialistas utópicos. El libro de Popper tuvo una

gran influencia fuera de la filosofía académica, y atrajo a políticos como sir Edward

Boyle en Gran Bretaña y Helmut Schmidt en Alemania, por su carácter afirmativo de

los fundamentos epistemológicos y morales del liberalismo.

En la década de los cincuenta, J. L. Talmon esgrimió una poderosa crítica a la

teoría democrática en Orígenes de la democracia totalitaria (1952), y sir Isaiah

Berlin, en su libro Dos conceptos de libertad (1958), ofreció una afirmación modélica

de la visión liberal. La disertación de Berlin, y el subsiguiente libro, fueron quizá

menos significativos como defensa de la idea de libertad, vista como no interferencia,

que en su fundamentación del valor de la libertad en el conflicto de valores propio del

quehacer humano. Su tesis fue que la experiencia humana es prueba de la existencia

de una diversidad de valores en conflicto, para los que no existe ningún criterio

decisivo de elección. El valor de la elección, y por lo tanto de la libertad humana,

deriva precisamente de este pluralismo radical de valores[34]. Así como proporcionó

una reformulación oportuna de la perspectiva liberal, en su obra Dos conceptos de

libertad hizo una valiosa contribución a la tradición intelectual liberal, al vincular el

valor de la libertad con la realidad del conflicto moral.

Los veinticinco años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial se han

caracterizado comúnmente como el periodo del consenso keynesiano. Al escenario de

destrucción acarreado por la guerra siguieron dos décadas de rápido crecimiento

económico, de manera particular en las naciones derrotadas en el conflicto: Alemania

y Japón, permitido por la reconfiguración radical de instituciones y partidos políticos

en el periodo de posguerra. En este periodo de prosperidad, aparentemente

imperturbable, resultaba difícil encontrar alguna voz disidente. En 1960, F. A. Hayek,

quien más que ningún otro fue responsable del resurgimiento del liberalismo clásico

en el periodo de la posguerra, publicó su obra maestra, La constitución de la libertad.

Sin duda la exposición más profunda y notable de este siglo sobre la libertad, el libro

no obtuvo el reconocimiento que merecía, sino hasta finales de los años setenta[35], y

sus críticas de las concepciones liberales revisionistas sobre la justicia social y el

bienestar cayeron en oídos sordos.

Además de sus contribuciones a la filosofía política, el trabajo de Hayek es

importante en cuanto que reconstruye las ideas centrales de la Escuela Austríaca de

Economía, que llegaron a dominar la vida intelectual de la Escuela de Economía de

Londres cuando ésta fue dirigida por Hayek y Lionel Robbins en los años treinta.

Sirviéndose del trabajo de Carl Menger (1840-1921), fundador de la Escuela Austríaca de Economía, y de las ideas de su maestro, F. von Wieser (1851-1929),

Hayek elaboró una teoría económica que conservó las reflexiones centrales de los

economistas clásicos, corrigiendo, sin embargo, sus más importantes errores. En

contraste con los economistas clásicos, el sistema neoaustriaco de Hayek repudiaba

cualquier teoría objetiva del valor. Desde la óptica subjetivista de Hayek, el valor

económico —el valor de un bien o de un recurso— lo confieren las preferencias y

valoración que hacen los individuos del mismo, y no alguna de sus propiedades

objetivas (tales como su constitución física o la cantidad de trabajo humano que se

requiere para hacerlo posible). La metodología subjetivista de Hayek en economía lo

condujo a rechazar la idea de un equilibrio general, del tipo sustentado por los

escritores neoclásicos, así como a cuestionar la validez de la macroeconomía (el

estudio de sistemas o modelos de economía global). La teoría macroeconómica —tal

como se desprende del contemporáneo de Hayek, J. M. Keynes— conduce fácilmente

al error de conferir a las ficciones estadísticas un papel causal que no tienen en el

mundo real. La perspectiva microeconómica de Hayek y la metodología subjetiva e

individualista que la sustentaba no se vieron favorecidas durante la Segunda Guerra

Mundial y el largo periodo de expansión de la posguerra, época en la que las ideas de

Keynes parecían estar justificadas.

Sólo después de la desintegración del paradigma keynesiano, a finales de los años

setenta, fue cuando un público más vasto volvió a dirigir la mirada a las teorías y

reflexiones de la Escuela Austriaca, si bien Ludwig von Mises, Murray Rothbard e

Israel Kirzner, en los Estados Unidos, realizaron notables reformulaciones de las

mismas. La principal reflexión de esta escuela, en referencia a las circunstancias

recesionistas de mediados de los años setenta, fue que las políticas monetarias

inflacionarias, al modificar el clima de las expectativas entre los dirigentes, estaban

destinadas al fracaso en el largo plazo.

El estímulo a la economía producido por la expansión monetaria sería eficaz sólo

en la medida en que no fuera algo esperado. Una vez que la política inflacionaria se

diera por hecho, fracasaría necesariamente en su intento de tener un efecto

expansionista sobre la economía, sobre todo en el nivel de empleo, como era su

objetivo. Al contrario de los keynesianos, y también de los teóricos de la Escuela de

Chicago (como Milton Friedman), que proponían el control monetario como el medio

para alcanzar un crecimiento estable, los austriacos sostenían que la causa principal

del estancamiento de finales de los años setenta era la falta de paridad en los precios

relativos, inducida por la intervención del gobierno. Rechazada en los años treinta e

ignorada durante los treinta años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, esta

perspectiva empezó a ser vista como una postura cuya adopción era cada vez más

apremiante. De manera significativa, si bien la Escuela Austríaca se desviaba en

aspectos fundamentales de los supuestos teóricos del pensamiento económico clásico,

las implicaciones políticas del análisis austríaco[36] respecto del colapso económico,

la depresión de los años treinta o de los setenta, son esencialmente las mismas recomendaciones de los economistas clásicos: retirada gubernamental de la economía

y disminución de las prácticas restrictivas en las fronteras[37].

Los comienzos de los setenta presenciaron un resurgimiento extraordinario de las

ideas liberales en la filosofía política. John Rawls, en Teoría de la justicia (1971),

desarrolló una concepción liberal de la organización social que, pese a su orientación

igualitaria, tiene muchos vínculos con la preocupación liberal clásica por la prioridad

de la libertad individual dentro de un orden constitucional gobernado por la ley. En

Anarquía, Estado y utopía (1974), Robert Nozick, al criticar de manera incidental la

teoría de la justicia de Rawls, desarrolló una poderosa defensa del Estado mínimo, el

estrictamente necesario, que tuvo un impacto masivo en la opinión intelectual,

legitimando entre los filósofos contemporáneos las ideas liberales clásicas. El trabajo

de Nozick tuvo una importancia particular al recuperar para la tradición liberal la

visión utópica que prácticamente todos los liberales, con excepción de Hayek[38],

habían rechazado por considerarla incompatible con el pluralismo exigido por el ideal

liberal. En lugar de repudiar la utopía, Nozick propuso que las instituciones del

Estado mínimo fueran vistas como la armazón de la metautopía liberal: un orden

político donde los individuos podrían intentar en conjunto la realización práctica de

sus diversos y múltiples proyectos utópicos. Asimismo, el trabajo de Nozick fue

importante como medio para subrayar la conexión entre la defensa de la libertad

económica y el valor de las libertades personales de índole no económica: libertad de

expresión y de modo de vida, por ejemplo. En este sentido, la reformulación que hace

Nozick del liberalismo clásico contrasta agudamente con la defensa conservadora del

libre mercado, que por mucho tiempo ha sido tradición en la derecha americana.

A mediados de la década de los setenta, la importancia del resurgimiento de la

teoría económica clásica fue objeto de reconocimiento público al otorgarse el Premio

Nobel a Hayek y Friedman. Pocos años después, sus ideas y proposiciones tuvieron

una aceptación generalizada, y llegaron a ser citadas por figuras políticas como

Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y percibirse por los amigos del liberalismo,

tanto como por sus enemigos, como poseedoras de una importancia política real. Por

supuesto, el que la asociación entre la retórica y las ideas liberales clásicas y el

conservadurismo de mercado libre de finales de los años setenta y principios de los

ochenta contribuya al fortalecimiento y al resurgimiento liberal clásico, es algo

cuestionable. La conjunción del conservadurismo de mercado libre con políticas no

liberales en el área de las libertades civiles y personales[39], y el posible fracaso de los

intentos parciales e inconsistentes por restaurar los mercados libres y procurar el

crecimiento que exige el público democrático, parecen sugerir que la fuerza política

del liberalismo clásico puede tener una corta vida.

Es poco probable que la presencia intelectual del liberalismo clásico se disipe tan

fácilmente. Sus preocupaciones son las de la época: excesivo crecimiento del

gobierno, con todos los peligros que ello entraña para la libertad, y control político en

manos de intereses rivales cuyas maquinaciones perjudican el interés público y en muchas áreas del pensamiento ha producido una literatura de primer orden. En los

escritos de Hayek, el trabajo de la Escuela de la Elección Pública, y especialmente en

los escritos de James Buchanan[40], es posible encontrar una investigación de las

condiciones del gobierno constitucional tan profunda como cualquiera de las que

hayan podido realizar los economistas políticos del siglo XVIII. En la fundamental

contribución que hizo Buchanan a la Escuela de la Elección Pública, la perspectiva

metodológica de la teoría económica austríaca se extiende a las actividades de los

estados, las burocracias y los políticos, y el fenómeno del fracaso del gobierno —su

incapacidad para proporcionar bienes públicos— se explica convincentemente. En

sus dimensiones normativa o prescriptiva, el trabajo de Buchanan es de vital

importancia para el desarrollo de una argumentación favorable a un nuevo contrato

constitucional, al que incluso los liberales más clásicos tendrían que dirigir su

atención. Sólo revisando las reglas constitucionales fundamentales, argumenta

Buchanan, es posible evitar que el gobierno sea dominado por intereses particulares y

lograr que las funciones clásicas del Estado liberal se cumplan realmente. Al igual

que en Hayek, la obra de Buchanan comparte las preocupaciones y alcanza la

distinción intelectual de los grandes economistas políticos clásicos.