Liberalismo
5. El resurgimiento del liberalismo clásico
El impacto de la Segunda Guerra Mundial produjo por doquier una ampliación en el
ámbito y la intensidad de la actividad estatal. En Gran Bretaña, el Plan Beveridge
para la implantación de una economía mixta tiene una clara influencia socialista,
mientras que en los Estados Unidos, su participación en la guerra afianzó las
tendencias dirigistas del New Deal de Roosevelt. En Europa, el resultado político de
la guerra fue el confinamiento de Europa central y oriental a la esfera de influencia
del sistema totalitario soviético, así como el ascenso al poder de gobiernos socialistas
en gran parte del resto de Europa, incluyendo Gran Bretaña. Ahí donde la opinión
política no era franca y explícitamente socialista, reinaba el consenso general de que
el futuro se encontraba en el Estado rector y una economía, no de mercado libre, sino
mixta y dirigida por el Estado. El éxito relativo de la planificación de guerra
convenció a la mayoría de los líderes de que las mismas técnicas podrían y deberían
usarse para promover el pleno empleo en un contexto de rápido crecimiento
económico, y pareció otorgar la autoridad de la experiencia práctica a las
especulaciones económicas de J. M. Keynes. Era evidente que si la catástrofe de la
Primera Guerra había dañado seriamente el liberalismo clásico, la Segunda se había
encargado de aniquilarlo por completo.
Sin embargo, aun durante la Segunda Guerra Mundial y los años inmediatos que
la sucedieron se efectuaron importantes contribuciones a la vida intelectual de
pensadores cuya lealtad se mantuvo al lado del liberalismo clásico, más que al del
revisionista o moderno. Destaca especialmente el trabajo de F. A. Hayek, El camino a
la servidumbre (1944). La tesis de Hayek fue intrépida y sorprendente, contraria a
toda opinión progresista, dada su argumentación de que las raíces del nazismo se
encontraban en el pensamiento y la práctica socialistas. Más aún, Hayek advirtió que
la adopción de políticas socialistas en las naciones occidentales traería consigo, a
largo plazo, la némesis totalitaria. Un futuro tolerable para la civilización occidental
exigía que se renunciara a los ideales socialistas y que la senda abandonada del
liberalismo clásico —la senda hacia un gobierno limitado por la regulación de la ley
— se transitara de nuevo. Mientras que la tesis de Hayek fue ignorada y ridiculizada
en el mundo de habla inglesa, fue importante en Alemania, en cuanto añadió fuerza a
la corriente de pensamiento neoliberal que hizo posible la repentina abolición de
controles económicos, con lo que se logró el milagro económico de la posguerra.
Asimismo, Hayek tuvo una importancia crucial en la formación de la Sociedad Mont
Pelerin, que mantuvo vivos los ideales liberales clásicos durante las décadas de
posguerra en las que fueron abandonados o desdeñados por anacrónicos.
Los años de la posguerra produjeron algunas otras aportaciones memorables a la
perspectiva liberal. La sociedad abierta y sus enemigos (1945), de Karl Popper,
argumentaba que la tradición intelectual occidental se oponía en gran parte la
civilización liberal, en la medida en que las perspectivas filosóficas dominantes auspiciaban un enfoque autoritario en la teoría del conocimiento. Al contrario de las
filosofías de Platón, Aristóteles, Hegel y los empiristas británicos, Popper postuló una
concepción del conocimiento humano sin otro fundamento que no fuera su
crecimiento a través de la crítica y falsación de teorías y conjeturas. En la vida
política, el camino de la razón debía buscarse en la reforma gradual de las
instituciones sociales, más que en una transformación total de la vida social, tal como
lo habían concebido Marx y otros socialistas utópicos. El libro de Popper tuvo una
gran influencia fuera de la filosofía académica, y atrajo a políticos como sir Edward
Boyle en Gran Bretaña y Helmut Schmidt en Alemania, por su carácter afirmativo de
los fundamentos epistemológicos y morales del liberalismo.
En la década de los cincuenta, J. L. Talmon esgrimió una poderosa crítica a la
teoría democrática en Orígenes de la democracia totalitaria (1952), y sir Isaiah
Berlin, en su libro Dos conceptos de libertad (1958), ofreció una afirmación modélica
de la visión liberal. La disertación de Berlin, y el subsiguiente libro, fueron quizá
menos significativos como defensa de la idea de libertad, vista como no interferencia,
que en su fundamentación del valor de la libertad en el conflicto de valores propio del
quehacer humano. Su tesis fue que la experiencia humana es prueba de la existencia
de una diversidad de valores en conflicto, para los que no existe ningún criterio
decisivo de elección. El valor de la elección, y por lo tanto de la libertad humana,
deriva precisamente de este pluralismo radical de valores[34]. Así como proporcionó
una reformulación oportuna de la perspectiva liberal, en su obra Dos conceptos de
libertad hizo una valiosa contribución a la tradición intelectual liberal, al vincular el
valor de la libertad con la realidad del conflicto moral.
Los veinticinco años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial se han
caracterizado comúnmente como el periodo del consenso keynesiano. Al escenario de
destrucción acarreado por la guerra siguieron dos décadas de rápido crecimiento
económico, de manera particular en las naciones derrotadas en el conflicto: Alemania
y Japón, permitido por la reconfiguración radical de instituciones y partidos políticos
en el periodo de posguerra. En este periodo de prosperidad, aparentemente
imperturbable, resultaba difícil encontrar alguna voz disidente. En 1960, F. A. Hayek,
quien más que ningún otro fue responsable del resurgimiento del liberalismo clásico
en el periodo de la posguerra, publicó su obra maestra, La constitución de la libertad.
Sin duda la exposición más profunda y notable de este siglo sobre la libertad, el libro
no obtuvo el reconocimiento que merecía, sino hasta finales de los años setenta[35], y
sus críticas de las concepciones liberales revisionistas sobre la justicia social y el
bienestar cayeron en oídos sordos.
Además de sus contribuciones a la filosofía política, el trabajo de Hayek es
importante en cuanto que reconstruye las ideas centrales de la Escuela Austríaca de
Economía, que llegaron a dominar la vida intelectual de la Escuela de Economía de
Londres cuando ésta fue dirigida por Hayek y Lionel Robbins en los años treinta.
Sirviéndose del trabajo de Carl Menger (1840-1921), fundador de la Escuela Austríaca de Economía, y de las ideas de su maestro, F. von Wieser (1851-1929),
Hayek elaboró una teoría económica que conservó las reflexiones centrales de los
economistas clásicos, corrigiendo, sin embargo, sus más importantes errores. En
contraste con los economistas clásicos, el sistema neoaustriaco de Hayek repudiaba
cualquier teoría objetiva del valor. Desde la óptica subjetivista de Hayek, el valor
económico —el valor de un bien o de un recurso— lo confieren las preferencias y
valoración que hacen los individuos del mismo, y no alguna de sus propiedades
objetivas (tales como su constitución física o la cantidad de trabajo humano que se
requiere para hacerlo posible). La metodología subjetivista de Hayek en economía lo
condujo a rechazar la idea de un equilibrio general, del tipo sustentado por los
escritores neoclásicos, así como a cuestionar la validez de la macroeconomía (el
estudio de sistemas o modelos de economía global). La teoría macroeconómica —tal
como se desprende del contemporáneo de Hayek, J. M. Keynes— conduce fácilmente
al error de conferir a las ficciones estadísticas un papel causal que no tienen en el
mundo real. La perspectiva microeconómica de Hayek y la metodología subjetiva e
individualista que la sustentaba no se vieron favorecidas durante la Segunda Guerra
Mundial y el largo periodo de expansión de la posguerra, época en la que las ideas de
Keynes parecían estar justificadas.
Sólo después de la desintegración del paradigma keynesiano, a finales de los años
setenta, fue cuando un público más vasto volvió a dirigir la mirada a las teorías y
reflexiones de la Escuela Austriaca, si bien Ludwig von Mises, Murray Rothbard e
Israel Kirzner, en los Estados Unidos, realizaron notables reformulaciones de las
mismas. La principal reflexión de esta escuela, en referencia a las circunstancias
recesionistas de mediados de los años setenta, fue que las políticas monetarias
inflacionarias, al modificar el clima de las expectativas entre los dirigentes, estaban
destinadas al fracaso en el largo plazo.
El estímulo a la economía producido por la expansión monetaria sería eficaz sólo
en la medida en que no fuera algo esperado. Una vez que la política inflacionaria se
diera por hecho, fracasaría necesariamente en su intento de tener un efecto
expansionista sobre la economía, sobre todo en el nivel de empleo, como era su
objetivo. Al contrario de los keynesianos, y también de los teóricos de la Escuela de
Chicago (como Milton Friedman), que proponían el control monetario como el medio
para alcanzar un crecimiento estable, los austriacos sostenían que la causa principal
del estancamiento de finales de los años setenta era la falta de paridad en los precios
relativos, inducida por la intervención del gobierno. Rechazada en los años treinta e
ignorada durante los treinta años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, esta
perspectiva empezó a ser vista como una postura cuya adopción era cada vez más
apremiante. De manera significativa, si bien la Escuela Austríaca se desviaba en
aspectos fundamentales de los supuestos teóricos del pensamiento económico clásico,
las implicaciones políticas del análisis austríaco[36] respecto del colapso económico,
la depresión de los años treinta o de los setenta, son esencialmente las mismas recomendaciones de los economistas clásicos: retirada gubernamental de la economía
y disminución de las prácticas restrictivas en las fronteras[37].
Los comienzos de los setenta presenciaron un resurgimiento extraordinario de las
ideas liberales en la filosofía política. John Rawls, en Teoría de la justicia (1971),
desarrolló una concepción liberal de la organización social que, pese a su orientación
igualitaria, tiene muchos vínculos con la preocupación liberal clásica por la prioridad
de la libertad individual dentro de un orden constitucional gobernado por la ley. En
Anarquía, Estado y utopía (1974), Robert Nozick, al criticar de manera incidental la
teoría de la justicia de Rawls, desarrolló una poderosa defensa del Estado mínimo, el
estrictamente necesario, que tuvo un impacto masivo en la opinión intelectual,
legitimando entre los filósofos contemporáneos las ideas liberales clásicas. El trabajo
de Nozick tuvo una importancia particular al recuperar para la tradición liberal la
visión utópica que prácticamente todos los liberales, con excepción de Hayek[38],
habían rechazado por considerarla incompatible con el pluralismo exigido por el ideal
liberal. En lugar de repudiar la utopía, Nozick propuso que las instituciones del
Estado mínimo fueran vistas como la armazón de la metautopía liberal: un orden
político donde los individuos podrían intentar en conjunto la realización práctica de
sus diversos y múltiples proyectos utópicos. Asimismo, el trabajo de Nozick fue
importante como medio para subrayar la conexión entre la defensa de la libertad
económica y el valor de las libertades personales de índole no económica: libertad de
expresión y de modo de vida, por ejemplo. En este sentido, la reformulación que hace
Nozick del liberalismo clásico contrasta agudamente con la defensa conservadora del
libre mercado, que por mucho tiempo ha sido tradición en la derecha americana.
A mediados de la década de los setenta, la importancia del resurgimiento de la
teoría económica clásica fue objeto de reconocimiento público al otorgarse el Premio
Nobel a Hayek y Friedman. Pocos años después, sus ideas y proposiciones tuvieron
una aceptación generalizada, y llegaron a ser citadas por figuras políticas como
Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y percibirse por los amigos del liberalismo,
tanto como por sus enemigos, como poseedoras de una importancia política real. Por
supuesto, el que la asociación entre la retórica y las ideas liberales clásicas y el
conservadurismo de mercado libre de finales de los años setenta y principios de los
ochenta contribuya al fortalecimiento y al resurgimiento liberal clásico, es algo
cuestionable. La conjunción del conservadurismo de mercado libre con políticas no
liberales en el área de las libertades civiles y personales[39], y el posible fracaso de los
intentos parciales e inconsistentes por restaurar los mercados libres y procurar el
crecimiento que exige el público democrático, parecen sugerir que la fuerza política
del liberalismo clásico puede tener una corta vida.
Es poco probable que la presencia intelectual del liberalismo clásico se disipe tan
fácilmente. Sus preocupaciones son las de la época: excesivo crecimiento del
gobierno, con todos los peligros que ello entraña para la libertad, y control político en
manos de intereses rivales cuyas maquinaciones perjudican el interés público y en muchas áreas del pensamiento ha producido una literatura de primer orden. En los
escritos de Hayek, el trabajo de la Escuela de la Elección Pública, y especialmente en
los escritos de James Buchanan[40], es posible encontrar una investigación de las
condiciones del gobierno constitucional tan profunda como cualquiera de las que
hayan podido realizar los economistas políticos del siglo XVIII. En la fundamental
contribución que hizo Buchanan a la Escuela de la Elección Pública, la perspectiva
metodológica de la teoría económica austríaca se extiende a las actividades de los
estados, las burocracias y los políticos, y el fenómeno del fracaso del gobierno —su
incapacidad para proporcionar bienes públicos— se explica convincentemente. En
sus dimensiones normativa o prescriptiva, el trabajo de Buchanan es de vital
importancia para el desarrollo de una argumentación favorable a un nuevo contrato
constitucional, al que incluso los liberales más clásicos tendrían que dirigir su
atención. Sólo revisando las reglas constitucionales fundamentales, argumenta
Buchanan, es posible evitar que el gobierno sea dominado por intereses particulares y
lograr que las funciones clásicas del Estado liberal se cumplan realmente. Al igual
que en Hayek, la obra de Buchanan comparte las preocupaciones y alcanza la
distinción intelectual de los grandes economistas políticos clásicos.