Liberalismo
4. La era liberal
La Europa del siglo XIX, y en especial Inglaterra, pueden contemplarse con razón
como la ejemplificación del paradigma histórico de una civilización liberal. A. J. P.
Taylor retrató memorablemente el carácter individualista de la vida inglesa durante el
siglo anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial:
Hasta agosto de 1914, un caballero inglés respetuoso de la ley podía pasar por la vida y notar, apenas, la
existencia del Estado más allá del policía y la oficina de correos. Podía vivir donde quisiera y como quisiera.
No tenía un número oficial o tarjeta de identificación. Podía viajar al extranjero, o dejar su país para siempre,
sin un pasaporte o permiso oficial. Podía cambiar su dinero por alguna otra moneda sin restricción o límite.
Podía comprar mercancías de cualquier parte del mundo en los mismos términos en los que compraba
artículos en su país. Por la misma razón, un extranjero podía vivir en este país sin permiso y sin informar a la
policía. A diferencia de los países del continente europeo, el Estado no exigía a sus ciudadanos que cumplieran
con el servicio militar. Un inglés podía enrolarse, si así lo deseaba, en el ejército regular, en las fuerzas navales
o territoriales. También podía ignorar, si así lo decidía, las demandas de defensa nacional. Ocasionalmente,
acomodados cabezas de familia eran llamados para que prestaran sus servicios como jurado. De otra manera,
cooperaban con el Estado sólo aquellos que deseaban hacerlo… Al ciudadano adulto se le dejaba solo [24].
Muchos otros escritores han visto en la Inglaterra del siglo XIX una edad de oro de
la teoría y la práctica liberales. Tal interpretación es justificable y no necesariamente
errónea, siempre y cuando entendamos la complejidad de los acontecimientos durante
ese periodo y, de manera más particular, mientras entendamos cómo el liberalismo de
la variante clásica condujo en esa época a un nuevo liberalismo revisionista que, en
muchas formas, comprometió o suprimió los principales razonamientos de la escuela
clásica liberal de Tocqueville, Constant, los filósofos escoceses y los autores de los
Documentos federalistas.
En el área de la práctica política, la Inglaterra del siglo XIX experimentó algunas
victorias notables para el movimiento liberal. El Acta de Emancipación Católica de
1829, la Reforma de 1832 y la revocación de las leyes relacionadas con el precio del
trigo en 1846, junto con un sin número de medidas menores, representaron la prueba
palpable de la fuerza de la opinión y la agitación liberales en Inglaterra durante estas
décadas. En particular, la Liga contra la Ley del Trigo conformó una coalición,
encabezada por Richard Cobden y John Bright, de grupos radicales y liberales que
apoyaban el libre comercio; sus puntos de vista condensaban el espíritu puro del
liberalismo clásico, oponiéndose a las aventuras militares y favoreciendo, al mismo
tiempo, una reducción de los gastos públicos. Cobden y Bright tuvieron éxito en su
campaña en favor del libre comercio y su preferencia liberal por bajos impuestos y un
gasto público reducido se trasmitió a W. E. Gladstone, quien la transformó en política
pública durante el desempeño de su cargo como ministro del Tesoro y, más tarde,
como primer ministro. Por lo menos durante la primera parte del siglo XIX, y quizá
hasta la Primera Guerra Mundial, la práctica política en Inglaterra se vio dominada
por actitudes liberales, que se daban por sentadas como presupuestos de la actividad política, y con frecuencia asociadas con la disidencia religiosa y el inconformismo,
pero que de hecho se fueron extendiendo por el espectro político y religioso hasta
abarcar casi toda la clase política.
El que Inglaterra en el siglo XIX haya sido gobernada en gran medida por los
preceptos del liberalismo clásico es un hecho que no puede negarse. Al mismo
tiempo, es fácil simplificar el periodo. En el terreno de la práctica legislativa y
política, cabe cuestionar si hubo algún periodo en el que el principio de laissez-faire
se aplicara en su forma pura. La primera reglamentación sobre las fábricas fue
aprobada en las décadas iniciales del siglo, y representó una aceptación del principio
de intervención gubernamental en la vida económica. Es cierto, desde luego, que
ninguno de los economistas clásicos de las escuelas inglesa o escocesa llegó a
proponer que el Estado tuviera sólo funciones de «vigilante nocturno», pero el punto
sobresaliente es, no obstante, que los economistas clásicos aspiraron a un minimum
individualista de actividad estatal. Tal como G. J. Goschen lo expresó en 1883:
Ya sea que dirijamos la mirada a los acontecimientos de años sucesivos, a los decretos o a publicaciones de
sucesivos parlamentos o a la publicación de libros, lo que vemos es la imposición de límites, cada vez más
estrechos, al principio del laissez-faire, mientras que la esfera de control e interferencia gubernamental
aumenta de tamaño en forma de círculos concéntricos[25].
El hecho es que, por lo menos a partir de 1850, la intervención y la actividad
gubernamentales van experimentando una expansión gradual y van penetrando
muchas de las áreas de la vida. Más aún, el consenso político y los preceptos liberales
clásicos nunca presentaron un frente único y se vieron sujetos a una poderosa
impugnación de Benjamin Disraeli, quien repudió el liberalismo a favor de una
doctrina romántica [26] tory , urdida a partir de una mitología personal. Ciertamente,
alrededor de 1870, aquellos que en Inglaterra seguían aferrándose a los principios
liberales clásicos tenían la angustiosa conciencia de que el desarrollo histórico les
estaba dando la espalda. Es verdad que, de 1840 a 1860, hay en los escritos de los
defensores del laissez-faire de la Escuela de Manchester y en los de El Economista
(en los que Herbert Spencer colaboró) una confianza en que las victorias políticas de
los años cuarenta vaticinaban un periodo de creciente libertad, personal y económica,
sobre un telón de fondo de paz internacional; aun así, esto no sucedió mucho antes de
que Spencer y otros cayeran en la cuenta de que la causa de la libertad era una causa
perdida en la práctica y de que el advenimiento de una nueva época de militancia era
inminente.
En el ámbito ideológico, por otro lado, las ideas clásicas liberales experimentaron
en Inglaterra un retraimiento durante la mayor parte del siglo XIX. La primera ruptura
del liberalismo inglés decimonónico con el liberalismo clásico fue ocasionada
probablemente por Jeremy Bentham (1748-1832), fundador del utilitarismo, y por
James Mill (1772-1836), discípulo de Bentham. En muchos sentidos, Bentham se
mantuvo como un liberal clásico. Fue un defensor enérgico del laissez-faire en la política económica y de la no intervención en los asuntos externos, y su adhesión a
reformas legales con frecuencia se ubicó del lado de la libertad individual. Al mismo
tiempo, la filosofía política y moral de Bentham, el utilitarismo, al incurrir en lo que
Hayek ha denominado la falacia constructivista —la creencia de que las instituciones
sociales pueden ser objeto de un exitoso rediseño racional—, suministró la
justificación para una política intervencionista no liberal muy posterior. Así, mientras
que en la escuela escocesa el principio de utilidad había servido, primordialmente,
como un principio explicativo para entender el surgimiento espontáneo de las
instituciones sociales, y había sido empleado sólo para evaluar sistemas sociales
globales, Bentham lo desarrolló para valorar medidas de política específicas. Tal
como su proyecto de aritmética moral o de cálculo regocijante sugiere, Bentham
imaginó que el impacto que las diversas políticas tienen en el bienestar público puede
ser objeto de una enunciación cuantitativa exacta, de forma que el principio de
utilidad, más que ninguna otra máxima política establecida, debería servir como la
guía práctica de los legisladores. En el trabajo de Bentham, este enfoque sólo
fructificó en su proyecto de una cárcel panóptica o prisión modelo, pero ejerció una
poderosa influencia en un área mucho más extensa algunas décadas después. Inspiró
el trabajo de su discípulo James Mill, en especial Sobre el gobierno, en el que hace
una rígida defensa racionalista de la democracia, y quizá no sea muy equivocado
suponer que llega a formar parte de las actitudes de Sidney y Beatrice Webb, quienes
en el siglo XX defendieron, en un terreno utilitario constructivista, las políticas de
ingeniería social del régimen de Stalin en la URSS. No todos los efectos prácticos de
la filosofía utilitaria en el nivel de las políticas fueron antiliberales: inspiró reformas
en la salud pública, el servicio civil y el gobierno local que cualquier liberal podría
haber defendido, pero el utilitarismo, tal como fue transmitido a la vida pública, a
través del movimiento de los filósofos radicales, trajo consigo una transformación de
la visión utilitaria, de la forma en que había aparecido en los escritos de Adam Smith
a la forma en la que adquirió una tendencia intrínseca a generar políticas de
ingeniería social intervencionista.
La filosofía política del hijo de James Mill, John Stuart Mill (1806-1873), es en
algunos aspectos más cercana a la del liberalismo clásico que a la de su padre o a la
de Bentham, mientras que en algunos otros aspectos se aleja de la primera. Se
encuentra más cercana en cuanto a que, al menos en Sobre la libertad (1859), su
compromiso con el individualismo liberal es mucho más prominente que su
compromiso con la reforma social utilitaria. Más aún, la ética utilitaria que Mill
expone en su Utilitarismo (1854) es muy diferente de la de Bentham, en cuanto que
reconoce distinciones cualitativas entre los placeres, que a su vez deben explicarse en
función del papel que desempeñan en el fomento de la individualidad. Por otro lado,
en su importante obra Principios de economía política (1848), Mill establece tal
distinción, entre producción y distribución en la vida económica, que los arreglos
distributivos son vistos como un asunto sujeto a la elección social, lo cual suprime la óptica liberal sobre el carácter de la vida económica como algo que contiene todo un
sistema de relaciones, entre las cuales las actividades productivas y distributivas se
encuentran inextricablemente mezcladas. Es esta distinción errónea, más que las
excepciones de Mill a la regla del laissez-faire o sus flirteos ocasionales con
esquemas socialistas, la que marca su alejamiento del liberalismo clásico y la que
constituye su conexión real con los liberales tardíos y con el grupo de pensadores
fabianos. Al establecer esta distinción, Mill consuma realmente la ruptura en el
desarrollo de la tradición liberal que iniciaran Bentham y James Mill, y crea un
sistema de pensamiento que legitima las tendencias intervencionistas y estatistas que
adquirieron gran fuerza en Inglaterra a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX.
Muy significativo, como influencia en la orientación del pensamiento de Mill en una
dirección no liberal, fue el positivismo francés, en especial la obra de Auguste Comte
(1798-1875), cuyas concepciones elitistas e historicistas atrajeron con fuerza a Mill,
aun cuando él también criticara el carácter antiindividualista del comtismo. En este
sentido, aunque resultara contrario a sus propias intenciones, puede decirse que Mill
importó al pensamiento inglés el iliberalismo de los ideólogos franceses.
El papel de Mill como línea divisoria en el desarrollo del liberalismo ha sido
ampliamente reconocido. Dice y observa:
… los cambios y fluctuaciones en las convicciones… de Mill, afectando como lo hicieron en muchos aspectos
a la opinión legislativa, son el signo, y en Inglaterra en gran medida la causa, de la transición de… el
individualismo… al colectivismo. Su enseñanza afectó especialmente a los hombres que se iniciaban apenas
en la vida pública alrededor de 1870. Los preparó, en todo caso, a aceptar, si no es que a acoger, lo que en
adelante adquiriría una fuerza creciente[27].
L. T. Hobhouse, uno de los principales teóricos del «nuevo liberalismo», tocó el
mismo punto de manera más sucinta, pero no por ello imprecisa, cuando dijo,
refiriéndose a Mill: «Su sola persona cubre el intervalo entre el viejo y el nuevo
liberalismo»[28]. Lo cierto es que mientras que Mill nunca abandonó el compromiso
liberal clásico, mejor expresado en Sobre la libertad, sus actitudes ante los sindicatos,
el nacionalismo y la experimentación socialista representan un corte decisivo en la
trama intelectual de la tradición liberal.
La teoría liberal clásica continuó desarrollándose durante y después de la vida de
John Stuart Mill. Durante toda su vida, Herbert Spencer (1820-1903) defendió una
rigurosa versión del laissez-faire liberal en sus trabajos Estática social y Principios
de ética, obras que aún hoy siguen siendo consultadas. Por razones que no quedan
completamente claras, Spencer fue víctima de muchas décadas de injusto abandono, y
su aportación real a la teoría política y social no fue apreciada en todo lo que vale. Tal
como Greenleaf señala atinadamente: «… en casi todo lo que va del siglo, la
capacidad y la importancia de Spencer han sido poco apreciadas. No exagero al decir
que desde su muerte en 1903, poco se ha leído o analizado sobre él, y cuando así se
ha hecho, su pensamiento ha sido invariablemente desechado con desdén»[29]. Aun así, es en Spencer en quien encontramos la aplicación más completa y sistemática del
principio liberal clásico de igual libertad en los diversos dominios de la ley y la
legislación, razón por la cual su obra Principios de ética sigue y seguirá siendo de
gran interés. La principal debilidad de la filosofía de Spencer estriba, no en la
consistencia con la que aplicó sus principios a las cuestiones de la época (sus
advertencias, con las que emuló a Casandra, han quedado confirmadas por la
experiencia del siglo XX), sino en la filosofía científica y «sintética» que elaboró
sobre el evolucionismo, con el fin de proporcionar un fundamento a sus puntos de
vista liberales. Así, una vez que su ética política evolucionista fue objeto de críticas
devastadoras por parte de T. H. Huxley y Henry Sidgwick[30], perdió inevitablemente
arraigo en las mentes destacadas de la época. En los casos en que la influencia del
evolucionismo de Spencer persistió —en las mentes de los Webb y de G. B. Shaw,
por ejemplo— se asoció no con la propia perspectiva liberal de Spencer, sino como
apoyo de los movimientos totalitarios del siglo XX, personificadores de la fase
posliberal de la evolución social. Este irónico desarrollo del evolucionismo
spenceriano hace evidente la frivolidad y el absurdo que encierra el intento de
fundamentar principios políticos en cualquier doctrina científica, aunque ello no
anula el logro de Spencer de haber conseguido desarrollar, en forma sistemática, la
perspectiva liberal clásica y de haberla transmitido a la posteridad.
Un grupo de figuras de menor importancia, tales como Thomas Hodgkin a
principios del siglo pasado y Auberon Herbert a finales del mismo, produjo un
valioso trabajo en la tradición liberal individualista clásica. Pero, fuera de Spencer,
cuya influencia en Inglaterra declinó marcadamente, y lord Acton, cuya autoridad
pública nunca rivalizó con la de J. S. Mill, la tradición liberal clásica de finales del
siglo XIX no se caracterizó por la presencia de grandes pensadores. Alrededor de los
años ochenta y noventa, y ciertamente a finales del siglo, incluso la imperfecta visión
liberal clásica de Mill había sido reemplazada por las ideas liberales revisionistas
inspiradas en la filosofía hegeliana. Algunos liberales revisionistas especialmente
prominentes fueron T. H. Green y B. Bosanquet, quienes argumentaron en contra de
la concepción, básicamente negativa, de la libertad como no interferencia, sustentada
por la mayor parte de los liberales clásicos, en favor de una noción de libertad real o
de libertad vista como capacidad. Esta visión más positiva de la libertad condujo
naturalmente, en los escritos de estos liberales hegelianos, a la defensa de una
actividad y una autoridad gubernamentales acrecentadas, y a apoyar medidas que
limitaran la libertad contractual. En las primeras décadas de nuestro siglo, este
liberalismo revisionista tuvo en Hobhouse a su más sistemático expositor, cuyo
trabajo Liberalismo (1911) intenta hacer una síntesis de las filosofías de Mill y de
Green. Puede decirse que, con Hobhouse, el nuevo liberalismo revisionista en que los
ideales de justicia redistributiva y armonía social suplantan a las viejas concepciones
de un sistema de libertades naturales, llegó a dominar la opinión progresista en
Inglaterra cuando no era abiertamente socialista.
En el ámbito político, la catástrofe de la Primera Guerra Mundial derrumbó al
mundo liberal que había prevalecido durante un siglo, de 1815 a 1914. Abiertamente
surgieron movimientos antiliberales, en los años setenta y ochenta, en Alemania y los
Estados Unidos, que impusieron con éxito una serie de medidas proteccionistas e
intervencionistas en la vida económica; e incluso en Inglaterra, el Partido Liberal,
dirigido por Asquith y Lloyd George, abandonó en gran medida las posiciones
liberales clásicas de libertad económica y gobierno limitado. Por otra parte, como ya
se observó, es un error suponer que alguna vez hubo un periodo puro de laissez-faire,
y los elementos antiliberales empezaron a penetrar la tradición liberal desde mediados
de los años cuarenta, a raíz del trabajo de John Stuart Mill. En este punto, es
importante notar que la declinación del liberalismo clásico no puede explicarse
simplemente como una respuesta al abandono, por parte de John Stuart Mill y otros,
de las ideas liberales clásicas más importantes. Tal desarrollo en la vida intelectual se
refleja y en parte se origina, en los cambios en el ambiente político ocasionados por
la expansión de las instituciones democráticas. Retrospectivamente, parece inevitable
que el orden liberal declinara una vez que su constitución básica —que en Inglaterra
se mantenía sólo por la tradición y la convención— se viera como algo alterable por
la competencia política en una democracia popular. Fueron las necesidades de un
mayor número de votos en las democracias nacientes de finales del siglo XIX, más que
los cambios en la vida intelectual, las que contribuyeron más a la conclusión de la era
liberal.
A pesar de estas necesarias precisiones, sigue siendo cierto para los que vinieron
después, que el siglo que corrió entre las guerras napoleónicas y el estallido de la
Primera Guerra Mundial fue una época de progresos y logros liberales casi
ininterrumpidos. Ese siglo presentó el más grande y continuo crecimiento de la
riqueza en la historia de la humanidad, en un escenario de precios estables y en
ausencia de grandes guerras, así como un mejoramiento sin precedentes de los niveles
de vida populares simultáneo con una colosal expansión de la población y una firme
difusión en la enseñanza de los números, la alfabetización y la cultura. Hubo
conflictos armados que se ganaron o perdieron —Crimea, la guerra francoprusiana, el
estallido rusojaponés y la guerra de los bóer—, pero que no interrumpieron el firme
crecimiento de la riqueza, ni minaron el sistema de libertad en las políticas liberales
europeas. Depresiones y recesiones surgieron y desaparecieron, pero el dominio del
patrón oro internacional aseguró la estabilidad económica, incluso en los severos
trastornos económicos de los años setenta. Aun las tiranías de este periodo son
notables por su laxitud y por el grado de libertad individual que toleraron. La Rusia
zarista, durante mucho tiempo considerada el bastión del despotismo premoderno en
la mitología histórica de la Ilustración europea, se encontraba muy desorganizada
como para lograr algún grado significativo de represión. Incluso bajo el sistema de
Estado policiaco que caracterizó los años ochenta y noventa durante el reinado de
Alejandro III y principios del de Nicolás II, cuando la represión se encontraba en su apogeo y poco se hacía para sofocar las atrocidades antisemitas, la Policía Secreta de
Moscú estaba integrada sólo por seis oficiales y con un presupuesto de unas 5000 £
para toda la circunscripción. Hacia 1900 el aparato de seguridad apenas había
crecido, casi no había prisioneros políticos y en la enorme provincia de Penza había
tres jefes de policía y 21 policías, tal como destaca Norman Stone[31].
Hay que admitir que, tanto en Alemania como en el resto de Europa, el curso de
los acontecimientos rara vez fue favorable para la estabilidad de un orden liberal de la
misma naturaleza que en Inglaterra. En la mayor parte de los países, el liberalismo y
el nacionalismo se fundieron en una síntesis que iba a desempeñar su papel en la
destrucción del orden liberal internacional. En Alemania, el movimiento liberal se
asoció, casi desde el principio, con ideales nacionalistas. Tales ideales no son
prominentes en las obras de los principales pensadores liberales alemanes —
Emmanuel Kant, W. von Humboldt y Friedrich Schiller—, pero a mediados del siglo
XIX, el periodo en el que el liberalismo ejerció su mayor influencia en Alemania, el
nacionalismo estuvo generalmente fusionado con el movimiento liberal. En la obra de
Kant, sin embargo, encontramos una afirmación pura en extremo del ideal liberal de
un gobierno limitado y regulado por la ley: el Rechtsstaat o ideal de libertad
individual en un orden constitucional estrictamente gobernado por la ley que es, en la
Alemania liberal, el equivalente de la concepción whig de sociedad civil, tal como la
expuso Locke en Inglaterra, y de la doctrina francesa garantista de Constant y Guizot.
En su primer opúsculo Sobre la esfera y deberes del gobierno (1792), Humboldt
desarrolla una defensa del Estado mínimo, aún más rigurosa que cualquiera que
pueda encontrarse en Kant, con base en ideales románticos de individualidad y
autodesarrollo. Las actividades del Estado deben limitarse por completo a la
prevención de la coerción, argumenta, porque sólo de esta manera puede asegurarse
la más amplia expresión de la individualidad. La temprana obra de Humboldt tuvo
una influencia que rebasó las fronteras alemanas, en especial en Inglaterra, donde J.
S. Mill usó una cita del mismo como epígrafe para Sobre la libertad (1859). En
Alemania el desarrollo político del liberalismo llegó a su término en los años setenta
del siglo XIX, cuando con Bismarck se regresó al proteccionismo y se implantaron
políticas estatales de corte benefactor. En la Europa católica —Francia, Italia y
España—, la suerte del liberalismo se vio atada al nacionalismo en sus diversas
formas y, pese a éxitos ocasionales, los movimientos liberales en estos países
fracasaron en su intento de establecer una armazón constitucional para la protección
de la libertad.
Vista en conjunto, sin embargo, Europa en el siglo XIX fue liberal y mantuvo ese
orden hasta la Primera Guerra Mundial; la inexistencia de control de pasaportes,
excepto en Turquía y Rusia, representó la libertad de migración y otras libertades
básicas de un sistema individualista, y no se abandonaron, ni siquiera en los casos en
que sobrevino la implantación de políticas proteccionistas y benefactoras, los
elementos centrales del gobierno de la ley. Fue la Primera Guerra la que, casi de la noche a la mañana, hizo brotar tendencias no liberales que se venían desarrollando en
el pensamiento y la práctica de las últimas décadas del siglo anterior. A. J. P. Taylor
captó brillantemente, una vez más, lo que la Primera Guerra significó para la
experiencia inglesa:
Todo esto [la libertad de los ingleses] se vio modificado por el impacto de la Gran Guerra. Las masas se
convirtieron, por primera vez, en ciudadanos activos. Sus vidas estaban siendo condicionadas por órdenes
superiores: se les requería para servir al Estado, en lugar de poder dedicarse sólo a sus propios asuntos. Cinco
millones de hombres ingresaron a las fuerzas armadas, y muchos de ellos (si bien la minoría) lo hicieron bajo
presión. Por orden gubernamental se limitó la comida de los ingleses y se modificó su calidad. Se restringió su
libertad de movimiento; se reglamentaron sus condiciones de trabajo. Algunas industrias se redujeron o se
cerraron, y otras se impulsaron artificialmente. Se reprimió la publicación de opiniones. Se disminuyó la
intensidad de las luces de la calle y se intervino en el ejercicio de la sagrada libertad de beber: las horas
autorizadas se redujeron y, por mandato superior, la cerveza se adulteró con agua. La hora misma en los
relojes se modificó; por decreto parlamentario, a partir de 1916 cada inglés tuvo que levantarse en verano una
hora más temprano de lo que hubiera hecho en otras circunstancias. El Estado estableció un control sobre sus
ciudadanos que, aunque relajado en tiempos de pa2, jamás volvería a desaparecer y que la Segunda Guerra
Mundial intensificaría de nuevo. La historia de los ciudadanos ingleses y la del Estado inglés se fusionó por
primera vez[32].
Si en las últimas décadas del siglo XIX hubo signos de una creciente falta de
liberalismo, la Primera Guerra Mundial significó un derrumbe del orden liberal e
inició una era de guerras y tiranías. Movimientos nacionalistas, por lo general con
pocos elementos liberales, brotaron por todas partes a partir del colapso de los viejos
imperios, y en Alemania y Rusia subieron al poder regímenes socialistas totalitarios
que infligieron agravios colosales a sus propias poblaciones y extinguieron la libertad
en la mayor parte del mundo civilizado. En la Inglaterra de la entreguerra, J. M.
Keynes, Beveridge y otros liberales revisionistas, intentaron encontrar un punto
medio entre el viejo orden capitalista y los nuevos ideales socialistas, pero la opinión
intelectual estaba ampliamente dominada por doctrinas marxistas que presentaban la
época liberal sólo como una etapa en el desarrollo global hacia el socialismo. En los
años treinta, en efecto, pocos eran los líderes intelectuales que no se consideraban a sí
mismos críticos u oponentes del liberalismo. Los pocos pensadores liberales clásicos
que mantuvieron sus ideales, como [33] sir Ernest Benn en Inglaterra, escribieron
sobre la declinación de la libertad en tono elegiaco. Al estallar la Segunda Guerra
Mundial, todo parecía indicar que el ideal liberal había llegado finalmente a su
término, mientras que el futuro aguardaba con formas de estatismo más o menos
bárbaras.