Liberalismo

John Gray · Capítulo 12 de 12

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Conclusión: El liberalismo y el futuro

Conclusión:

 

El liberalismo y el futuro

 

El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el poder público, no obstante ser omnipotente,

se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir

los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo —

conviene hoy recordar esto— es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a la minoría y

es, por lo tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el

enemigo: más aún, con el enemigo débil. Era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una casa

tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural. Por eso, no debe sorprender que

prontamente parezca esa misma especie resuelta a abandonarla. Es un ejercicio demasiado difícil y

complicado para que se consolide en la tierra (José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, México, 1937,

pp. 81-82).

 

A lo largo de todo este estudio he presentado al liberalismo como la teoría política de

la modernidad. A pesar de todos sus antecedentes en el mundo antiguo, la corriente

liberal es una creación de la modernidad, por cuanto presupone los logros culturales

—la moral de la individualidad y una diversidad de formas de vida en sociedad—

mediante los cuales se llega a la caracterización más adecuada del mundo moderno.

De hecho, el liberalismo acaso se entienda de manera más cabal cuando se concibe

como la respuesta del hombre moderno a una circunstancia histórica en la cual, dada

la desintegración del orden social tradicional, las facultades y límites de los gobiernos

necesitan redefinirse. Desde esta perspectiva, el liberalismo es una búsqueda de los

principios de justicia política que regirán el consenso racional entre personas con

concepciones diferentes sobre la vida y el mundo. El concepto de la naturaleza

humana que expresa el liberalismo es, a fin de cuentas, una destilación de la

experiencia moderna ante la variedad y el conflicto en la vida moral: es la concepción

del hombre como un ser con la capacidad moral para forjar un concepto sobre lo que

es una vida adecuada y con la capacidad intelectual para articular dicha concepción

en una forma sistemática.

Tal como se nos ofrece en el liberalismo clásico de los filósofos escoceses, esta

concepción del hombre como un ser racional y moral no se encuentra asociada con

una doctrina de la perfectibilidad humana, ni desemboca en expectativa alguna de que

los hombres converjan en una visión única y compartida de los fines de la vida. Más

bien, los liberales clásicos albergaron esperanzas, más modestas, en un orden político

que respetara y protegiera la diversidad de pensamiento y acción que encontramos

entre los hombres, del que podríamos aprender unos de otros y lograr un alivio del

destino humano mediante la competencia pacífica de diferentes tradiciones. La

reivindicación liberal clásica del mercado libre es, en realidad, sólo una aplicación, en

la esfera de la vida económica, de la convicción de que la sociedad humana tendrá

mayores probabilidades de hacerlo mejor cuando los hombres queden en libertad para

establecer sus planes de vida sin estar sujetos a más restricción que la del gobierno de

la ley. Así como en el proceso del mercado las empresas que no responden a las circunstancias cambiantes son eliminadas, también en la vida social, pensaban los

liberales clásicos, sacaremos provecho del antagonismo continuo de ideas y

propuestas. Aun cuando abrigaron oscuras dudas en cuanto a la estabilidad final de

las sociedades libres, los liberales clásicos mantuvieron la convicción de que nuestra

mejor esperanza de progreso radica en la liberación de las fuerzas espontáneas de la

sociedad para que se desarrollen en direcciones nuevas, impensadas y en ocasiones

antagónicas. Para ellos, el progreso consistía no en la imposición de ningún plan

racional sobre la sociedad, sino más bien en las muchas formas impredecibles de

crecimiento y avance que se producen cuando los esfuerzos humanos no se

encuentran atados a las concepciones predominantes según una dirección común.

Un contraste manifiesto en el que mi exposición sobre el liberalismo ha insistido

es el que existe entre el liberalismo clásico y el moderno. Ahora podemos apreciar

que la ruptura decisiva en la tradición intelectual liberal ocurrió, no a raíz del

abandono de la teoría de los derechos naturales a favor del utilitarismo, o de la

sustitución de la concepción negativa de libertad por una positiva, sino más bien del

surgimiento de un racionalismo nuevo y arrogante. Mientras que los liberales clásicos

de la escuela escocesa, al igual que los grandes liberales franceses Constant y

Tocqueville, vieron un argumento fundamental en favor de la libertad en la

incapacidad de la inteligencia humana para comprender cabalmente la sociedad que

la había producido, los nuevos liberales buscaron someter la vida de la sociedad a una

reconstrucción racional. Si para los liberales clásicos el progreso es, por así decirlo,

una propiedad emergente de los intercambios libres entre los hombres, para los

liberales modernos el progreso consiste en la realización en el mundo de una

concepción específica de la sociedad racional. Esto se observa con claridad en la obra

de John Stuart Mill, un pensador dividido y ambiguo cuya orientación, no obstante,

en último caso se une a la de los liberales modernos. Una vez que el progreso se

concibe como la realización de un plan racional de vida y no como el despliegue

impredecible de energías humanas, resulta inevitable que la libertad termine por

subordinarse a las exigencias del progreso. Este es un conflicto que los liberales

clásicos evitaron cuando sabiamente aceptaron que la inteligencia humana no puede

urdir el curso del futuro. Nos corresponde más idear escenarios en los cuales

podamos ejecutar nuestros propios ensayos de prueba y error, que intentar forzar en

todos una trayectoria de mejoramiento predeterminada.

Con el declive del sistema de pensamiento liberal clásico, el liberalismo adoptó su

forma moderna, en la que la arrogancia intelectual racionalista se fusiona con una

religión sentimental de la humanidad. El declive del sistema clásico de pensamiento

liberal coincidió con la llegada de la democracia de masas —y en gran medida fue

resultado de la misma—, en la cual el orden constitucional de la sociedad libre pronto

se vio sujeto a alteración por efecto de los procesos de competencia política. El

pensamiento liberal rápidamente sancionó la nueva concepción del régimen de

gobierno engendrado en la lucha por los votos en una democracia de masas —la concepción del gobierno como benefactor y no, como hasta entonces, como guardián

de la estructura dentro de la cual los individuos pueden velar por si mismos—.

Mucho antes de su colapso en 1914, una profunda inestabilidad había venido

permeando el orden liberal, cuando la competencia política empezó a transformar

gradualmente las instituciones de un gobierno limitado en instituciones de una

democracia totalitaria. En todo el continente europeo las instituciones liberales fueron

sacudidas por las secuelas de la Gran Guerra, al punto de que, en la década de los

treinta, todo parecía apoyar la extrema aseveración de Ortega de que la libertad era

una carga de la que la humanidad se mostraba demasiado ansiosa por

desembarazarse.

Medio siglo después es todavía pronto para saber si Ortega estaba en lo cierto al

expresar un pesimismo que compartía con otros liberales desilusionados como Max

Weber y Vilfredo Pareto. Pero hay muchos indicios de que las ideas y las

instituciones liberales están recuperando un sitio en la confianza del hombre. Ahora

que las enormes promesas del nuevo liberalismo han sido ampliamente percibidas

como espurias, el pensamiento se está centrando de nuevo en las reflexiones de los

liberales más antiguos, las cuales ya se aplican en muchas áreas de la política. Tal

como se ha planteado en los escritos de Hayek, Buchanan y otros, el antiguo

liberalismo entraña una crítica radical de los hábitos dominantes de pensamiento y

acción de nuestro tiempo. Los nuevos liberales clásicos desarrollan una crítica

incisiva de la democracia popular, ilimitada, que en realidad nos gobierna, así como

la filosofía racionalista que apoya al Estado intervencionista en sus ensayos de

ingeniería social. La restauración de un orden liberal de libertades básicas bajo el

régimen de la ley, si acaso es posible, no es asunto fácil, ya que requiere de algo

semejante a una revolución constitucional; una reforma radical de las instituciones

políticas que, para tener éxito, debe ser precedida por una revolución intelectual en la

que los modos actuales de pensamiento sean desechados. Nadie puede predecir los

resultados del actual renacimiento del pensamiento liberal. Pero, si hay esperanza en

el futuro de la libertad, ésta radica en el hecho de que, conforme nos aproximamos al

final de un siglo de frenesí político, vemos un regreso a la sabiduría de los grandes

autores liberales. Porque es en la obra de los pensadores liberales clásicos donde

podemos encontrar la más profunda y reflexiva respuesta a los peligros y las

oportunidades de la era moderna.

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