Liberalismo
Conclusión: El liberalismo y el futuro
Conclusión:
El liberalismo y el futuro
El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el poder público, no obstante ser omnipotente,
se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir
los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo —
conviene hoy recordar esto— es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a la minoría y
es, por lo tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el
enemigo: más aún, con el enemigo débil. Era inverosímil que la especie humana hubiese llegado a una casa
tan bonita, tan paradójica, tan elegante, tan acrobática, tan antinatural. Por eso, no debe sorprender que
prontamente parezca esa misma especie resuelta a abandonarla. Es un ejercicio demasiado difícil y
complicado para que se consolide en la tierra (José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, México, 1937,
pp. 81-82).
A lo largo de todo este estudio he presentado al liberalismo como la teoría política de
la modernidad. A pesar de todos sus antecedentes en el mundo antiguo, la corriente
liberal es una creación de la modernidad, por cuanto presupone los logros culturales
—la moral de la individualidad y una diversidad de formas de vida en sociedad—
mediante los cuales se llega a la caracterización más adecuada del mundo moderno.
De hecho, el liberalismo acaso se entienda de manera más cabal cuando se concibe
como la respuesta del hombre moderno a una circunstancia histórica en la cual, dada
la desintegración del orden social tradicional, las facultades y límites de los gobiernos
necesitan redefinirse. Desde esta perspectiva, el liberalismo es una búsqueda de los
principios de justicia política que regirán el consenso racional entre personas con
concepciones diferentes sobre la vida y el mundo. El concepto de la naturaleza
humana que expresa el liberalismo es, a fin de cuentas, una destilación de la
experiencia moderna ante la variedad y el conflicto en la vida moral: es la concepción
del hombre como un ser con la capacidad moral para forjar un concepto sobre lo que
es una vida adecuada y con la capacidad intelectual para articular dicha concepción
en una forma sistemática.
Tal como se nos ofrece en el liberalismo clásico de los filósofos escoceses, esta
concepción del hombre como un ser racional y moral no se encuentra asociada con
una doctrina de la perfectibilidad humana, ni desemboca en expectativa alguna de que
los hombres converjan en una visión única y compartida de los fines de la vida. Más
bien, los liberales clásicos albergaron esperanzas, más modestas, en un orden político
que respetara y protegiera la diversidad de pensamiento y acción que encontramos
entre los hombres, del que podríamos aprender unos de otros y lograr un alivio del
destino humano mediante la competencia pacífica de diferentes tradiciones. La
reivindicación liberal clásica del mercado libre es, en realidad, sólo una aplicación, en
la esfera de la vida económica, de la convicción de que la sociedad humana tendrá
mayores probabilidades de hacerlo mejor cuando los hombres queden en libertad para
establecer sus planes de vida sin estar sujetos a más restricción que la del gobierno de
la ley. Así como en el proceso del mercado las empresas que no responden a las circunstancias cambiantes son eliminadas, también en la vida social, pensaban los
liberales clásicos, sacaremos provecho del antagonismo continuo de ideas y
propuestas. Aun cuando abrigaron oscuras dudas en cuanto a la estabilidad final de
las sociedades libres, los liberales clásicos mantuvieron la convicción de que nuestra
mejor esperanza de progreso radica en la liberación de las fuerzas espontáneas de la
sociedad para que se desarrollen en direcciones nuevas, impensadas y en ocasiones
antagónicas. Para ellos, el progreso consistía no en la imposición de ningún plan
racional sobre la sociedad, sino más bien en las muchas formas impredecibles de
crecimiento y avance que se producen cuando los esfuerzos humanos no se
encuentran atados a las concepciones predominantes según una dirección común.
Un contraste manifiesto en el que mi exposición sobre el liberalismo ha insistido
es el que existe entre el liberalismo clásico y el moderno. Ahora podemos apreciar
que la ruptura decisiva en la tradición intelectual liberal ocurrió, no a raíz del
abandono de la teoría de los derechos naturales a favor del utilitarismo, o de la
sustitución de la concepción negativa de libertad por una positiva, sino más bien del
surgimiento de un racionalismo nuevo y arrogante. Mientras que los liberales clásicos
de la escuela escocesa, al igual que los grandes liberales franceses Constant y
Tocqueville, vieron un argumento fundamental en favor de la libertad en la
incapacidad de la inteligencia humana para comprender cabalmente la sociedad que
la había producido, los nuevos liberales buscaron someter la vida de la sociedad a una
reconstrucción racional. Si para los liberales clásicos el progreso es, por así decirlo,
una propiedad emergente de los intercambios libres entre los hombres, para los
liberales modernos el progreso consiste en la realización en el mundo de una
concepción específica de la sociedad racional. Esto se observa con claridad en la obra
de John Stuart Mill, un pensador dividido y ambiguo cuya orientación, no obstante,
en último caso se une a la de los liberales modernos. Una vez que el progreso se
concibe como la realización de un plan racional de vida y no como el despliegue
impredecible de energías humanas, resulta inevitable que la libertad termine por
subordinarse a las exigencias del progreso. Este es un conflicto que los liberales
clásicos evitaron cuando sabiamente aceptaron que la inteligencia humana no puede
urdir el curso del futuro. Nos corresponde más idear escenarios en los cuales
podamos ejecutar nuestros propios ensayos de prueba y error, que intentar forzar en
todos una trayectoria de mejoramiento predeterminada.
Con el declive del sistema de pensamiento liberal clásico, el liberalismo adoptó su
forma moderna, en la que la arrogancia intelectual racionalista se fusiona con una
religión sentimental de la humanidad. El declive del sistema clásico de pensamiento
liberal coincidió con la llegada de la democracia de masas —y en gran medida fue
resultado de la misma—, en la cual el orden constitucional de la sociedad libre pronto
se vio sujeto a alteración por efecto de los procesos de competencia política. El
pensamiento liberal rápidamente sancionó la nueva concepción del régimen de
gobierno engendrado en la lucha por los votos en una democracia de masas —la concepción del gobierno como benefactor y no, como hasta entonces, como guardián
de la estructura dentro de la cual los individuos pueden velar por si mismos—.
Mucho antes de su colapso en 1914, una profunda inestabilidad había venido
permeando el orden liberal, cuando la competencia política empezó a transformar
gradualmente las instituciones de un gobierno limitado en instituciones de una
democracia totalitaria. En todo el continente europeo las instituciones liberales fueron
sacudidas por las secuelas de la Gran Guerra, al punto de que, en la década de los
treinta, todo parecía apoyar la extrema aseveración de Ortega de que la libertad era
una carga de la que la humanidad se mostraba demasiado ansiosa por
desembarazarse.
Medio siglo después es todavía pronto para saber si Ortega estaba en lo cierto al
expresar un pesimismo que compartía con otros liberales desilusionados como Max
Weber y Vilfredo Pareto. Pero hay muchos indicios de que las ideas y las
instituciones liberales están recuperando un sitio en la confianza del hombre. Ahora
que las enormes promesas del nuevo liberalismo han sido ampliamente percibidas
como espurias, el pensamiento se está centrando de nuevo en las reflexiones de los
liberales más antiguos, las cuales ya se aplican en muchas áreas de la política. Tal
como se ha planteado en los escritos de Hayek, Buchanan y otros, el antiguo
liberalismo entraña una crítica radical de los hábitos dominantes de pensamiento y
acción de nuestro tiempo. Los nuevos liberales clásicos desarrollan una crítica
incisiva de la democracia popular, ilimitada, que en realidad nos gobierna, así como
la filosofía racionalista que apoya al Estado intervencionista en sus ensayos de
ingeniería social. La restauración de un orden liberal de libertades básicas bajo el
régimen de la ley, si acaso es posible, no es asunto fácil, ya que requiere de algo
semejante a una revolución constitucional; una reforma radical de las instituciones
políticas que, para tener éxito, debe ser precedida por una revolución intelectual en la
que los modos actuales de pensamiento sean desechados. Nadie puede predecir los
resultados del actual renacimiento del pensamiento liberal. Pero, si hay esperanza en
el futuro de la libertad, ésta radica en el hecho de que, conforme nos aproximamos al
final de un siglo de frenesí político, vemos un regreso a la sabiduría de los grandes
autores liberales. Porque es en la obra de los pensadores liberales clásicos donde
podemos encontrar la más profunda y reflexiva respuesta a los peligros y las
oportunidades de la era moderna.
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