Liberalismo

John Gray · Capítulo 8 de 12

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Liberalismo

7. La idea de libertad

 

¿Existe un concepto de libertad que sea privativo del liberalismo? Con frecuencia se

afirma que el concepto de libertad empleado por los autores liberales clásicos es total

o predominantemente negativo, mientras que los liberales revisionistas y los

socialistas invocan una concepción más positiva. Este punto de vista no es del todo

erróneo, pero puede llevar a conclusiones equivocadas en tanto que la complejidad de

la distinción entre libertad positiva y negativa no esté sólidamente comprendida. En

su forma más clara y simple, la distinción es la que señaló Constant —y que Isaiah

Berlin[50] formuló en nuestro tiempo con insuperable perspicacia— entre no

interferencia e independencia, por una parte, y el derecho a participar en la toma de

decisiones colectivas, por otra. En este sentido, no cabe duda de que todos los

liberales clásicos fueron exponentes de una concepción negativa de libertad. Ni

Locke, Kant o Smith, ni siquiera John Stuart

Mill, dudaron de que la libertad individual pudiera suprimirse en una sociedad en

la que todos los adultos tuvieran derecho de voz para el gobierno. Al mismo tiempo,

la concepción negativa de libertad no se restringe en sus usos a los liberales, ya que

tanto Bentham como Hobbes, el primero un cuasiliberal en el mejor de los casos y el

segundo un individualista y autoritario, aunque ciertamente no un liberal, la emplean

en forma particularmente clara e inflexible. Parece no existir una relación necesaria

entre la adhesión a una visión negativa de libertad y la adopción de los principios

liberales, si bien la defensa de la visión positiva se ha visto acompañada con

frecuencia por un rechazo del liberalismo.

Entonces, ¿en qué consiste la visión positiva de libertad? De acuerdo con Hegel y

sus seguidores, es la visión de que, en sentido estricto, la libertad individual implica

tener la oportunidad de autorrealizarse (o, quizá, presupone incluso la consecución de

la autorrealización). El contenido político de la visión positiva es que si determinados

recursos, capacidades o habilidades son necesarios para que la autorrealización sea

efectivamente alcanzable, entonces el hecho de contar con estos recursos debe

considerarse parte de la libertad misma. Sobre esta base, los liberales revisionistas

modernos han defendido el Estado benefactor como una institución que fortalece la

libertad: se sostiene que otorga a los individuos los recursos necesarios, con lo cual

amplía sus oportunidades de libertad. Estos liberales revisionistas no son

necesariamente discípulos de Hegel, pero comparten con él la visión de que la

libertad (libertad positiva) implica más que poseer el derecho legal para actuar.

Significa, ante todo, que cada uno tenga los recursos y las oportunidades de actuar

para hacer lo mejor con su vida. Con mucha frecuencia estos liberales revisionistas

también han manejado el supuesto de que la libertad positiva o auténtica sólo puede

alcanzarse en una sociedad armónica o integrada.

La concepción hegeliana de libertad positiva ha sido objeto de certeras críticas por parte de Berlin y otros liberales contemporáneos. En primer término, señalan que

libertad y autorrealización no son una cosa, sino dos: un hombre puede elegir

libremente sacrificar sus oportunidades de autorrealización en aras de una meta que

posee mayor valor para él. Además, está lejos de ser claro lo que implica la

autorrealización en cada caso particular. ¿Quién puede decir lo que la

autorrealización comprende para cualquier ser humano? Puede ocurrir que, así como

las condiciones para la autorrealización de un individuo suelen entrar en conflicto con

las de otros hombres, de igual modo estas condiciones pueden ser conflictivas o

competitivas incluso en una misma persona. Por último, los liberales clásicos

modernos rechazan la versión, hegeliana de libertad positiva porque, como ha

señalado F. A. Hayek[51], conduce en último término a establecer una igualdad entre

libertad y poder para actuar; una ecuación contraria al ideal liberal de igual libertad

porque el poder no puede, por naturaleza, distribuirse por igual. Al parecer, hay un

conflicto insuperable entre la concepción hegeliana de libertad positiva y los valores

liberales de diversidad e igualdad.

No todas las concepciones de la libertad positiva son tan demostrablemente

opuestas a los valores liberales como la concepción hegeliana. Merece la pena

recordar que tanto Spinoza como Kant desarrollaron una visión positiva de libertad

como autonomía o autodeterminación individual en defensa de la tolerancia y de un

gobierno limitado. Se trata de una visión de libertad no como autodeterminación

colectiva, sino más bien como autogobierno racional del agente individual; dicha

visión moldea la obra más liberal de Mill, Sobre la libertad, y tiene raíces en los

autores estoicos de la prehistoria del liberalismo. Esta versión de la visión positiva

parece coincidir por completo con la temática liberal y haberse asegurado un sitio

dentro de la tradición del liberalismo intelectual. La variante individualista de la idea

positiva de libertad ilumina otra dimensión de la distinción entre libertad positiva y

negativa. Se trata de la diferencia entre las concepciones de libertad que hacen de ella

siempre y de manera exclusiva una relación interpersonal y aquellas (las

concepciones positivas) que dejan abierta la posibilidad de que la libertad individual

quede constreñida por restricciones internas, así como por obstáculos sociales. En su

forma más persuasiva, la visión positiva concibe la libertad como la no restricción de

opciones, ya sea por la obstrucción de otros hombres o por factores internos del

propio agente, tales como debilidad de la voluntad, fantasías o inhibiciones

irracionales o una socialización acrítica ante las normas convencionales. La idea de

libertad como no restricción de opciones[52] se relaciona, con la idea del individuo

autónomo —el individuo que no está regido por otros, sino que se rige a sí mismo—.

La idea del individuo autónomo es central en la filosofía de Kant, así como en la de

Spinoza, y debe considerarse como una de las nociones clave de la tradición liberal.

La libertad como autonomía ha sido objeto de numerosas críticas por parte de los

liberales contemporáneos. Para Berlín[53], implica la división errónea del yo en dos

partes, la superior y la inferior, la racional y la del deseo, la esencial y la empírica, y se usa fácilmente como licencia para el paternalismo y la tiranía. La idea de

autonomía (según John Stuart Mill, por ejemplo) implica para Hayek[54] representar

como amenazas a la libertad individual las que, en parte, son sus condiciones: el

acatamiento de las normas convencionales y la adhesión a formas de vida heredadas.

Las críticas de Berlin se aplican, sin lugar a dudas, a algunas variantes de la visión

positiva, pero no es claro que se deban aplicar a todas. Las concepciones de

autonomía pueden ser, en sí, relativamente abiertas o cerradas en la medida en que

impliquen que agentes autónomos deban converger en una sola forma de vida o

coincidan en un cuerpo unificado de verdades. Aun cuando la mayoría o la totalidad

de las concepciones clásicas de la libertad como autonomía —en los estoicos,

Spinoza y Kant— son en este sentido concepciones cerradas, sería posible construir

una noción de autonomía que no incluyera la característica de requerir el acceso a un

solo cuerpo de verdades morales objetivas, sino que exigiera simplemente el libre

ejercicio de la inteligencia humana. Muchas de las amenazas modernas a la libertad

—formas de propaganda, manipulación de los medios de comunicación masiva y la

tiranía de la moda— sólo pueden entenderse, en mi opinión, al invocar una

concepción de autonomía como ésta. La libertad puede ser constreñida por otros

medios distintos del de la coerción, y el que la idea de la libertad como autonomía se

ajuste a este hecho constituye una virtud (en contraste con la visión de carácter más

negativo). De nuevo Hayek pisa terreno firme cuando detecta en Mill una hostilidad a

la convención por ser ésta contraria a una libertad que debe ser, en último término, no

liberal. Ninguna sociedad libre puede sobrevivir por mucho tiempo (como el propio

Mill ha reconocido en otros momentos)[55] sin tradiciones morales y convenciones

sociales estables: la alternativa a tales normas no es la individualidad, sino la

coerción y la anomia. Una concepción de autonomía plausible y defendible no

necesita estar impregnada de la animosidad hacia las convenciones y tradiciones que

penetra algunos de los escritos de Mill. El ideal de autonomía, en términos de

psicología social, alude no al hombre internamente movido que desatiende su entorno

social, sino más bien al hombre crítico, y autocrítico, cuya lealtad a las normas de la

sociedad está moldeada por el mejor ejercicio de sus facultades racionales. Tal

concepción abierta de autonomía, que evita la metafísica racionalista del yo del tipo

criticado por Berlin y que discierne sobre el papel de las convenciones y las

tradiciones como condiciones de una libertad que le fue negada a Mill, parece estar

en completa armonía con el liberalismo.

¿En qué forma el concepto de libertad como autonomía atañe a las libertades

específicas a las que solemos aludir como libertades liberales? Entiendo aquí dichas

libertades como las de palabra y expresión, de asociación y movimiento, de

ocupación y modo de vida, etcétera: las libertades que Rawls atinadamente ha

denominado «libertades básicas»[56]. El propio Rawls se vio motivado a desarrollar la

noción de libertades básicas por la indeterminación que caracterizaba la idea de

máxima libertad; la exigencia de que la libertad sea maximizada (en términos de igualdad para todos) sólo recibe un contenido definido, señala, cuando la libertad se

descompone o se desagrega en una serie o sistema de libertades básicas. Propongo

que las libertades básicas se conciban como la armazón de las condiciones necesarias

para la acción autónoma. Un hombre libre es aquel que posee los derechos y

privilegios para pensar y actuar autónomamente, para regirse a sí mismo y no ser

gobernado por otro[57]. El contenido del sistema de libertades básicas no necesita ser

fijo o inmutable, pero sí incorporar las condiciones necesarias, en una circunstancia

histórica dada, para el fortalecimiento y el ejercicio de las facultades de pensamiento

y acción autónomas. Es claro que, cualquiera que sea su contenido adicional, las

libertades básicas abarcarán la protección jurídica de un Estado liberal: libertad en

contra del arresto arbitrario, libertad de conciencia, de asociación, de movimiento,

etcétera. Además de estas libertades civiles, con frecuencia se ha sostenido que las

libertades básicas incluyen las libertades económicas, concebidas de diferentes

formas. De hecho, uno de los criterios para distinguir el liberalismo moderno por

oposición al clásico es el planteamiento (hecho por liberales modernos o

revisionistas) de que la libertad como autonomía presupone la dotación de recursos

económicos por parte del gobierno y la corrección, también gubernamental, de los

procesos de mercado. En comparación con estos liberales modernos, y en oposición a

Rawls —quien construye el conjunto de libertades básicas de forma que resultan

neutrales en lo que se refiere a las operaciones de organización económica—,

sostendré en el siguiente capítulo que los liberales clásicos están en lo correcto al

afirmar que la libertad individual presupone la protección jurídica de la libertad

contractual y el derecho fundamental a la propiedad privada.