Los adictos
Capítulo 7
Clínica Sunrise (Italia), actualidad
— P rimera regla: conocer las vías de huida.
El sol se ponía y en los campos de alrededor de la villa una explosión de rojo muy vívido iluminaba los olivos, dejando sombras largas sobre la tierra.
La doctora Stark había reunido a todos los pacientes en una salita en la parte trasera de la casa. Desde allí, una puertecita lacada en blanco llevaba directamente al huerto de hierbas aromáticas y, a través de él, a la pendiente del gran portón. En resumen, una entrada de servicio, usada por los repartidores o simplemente para llegar al exterior sin pasar por el salón o la majestuosa entrada.
—¿Estás de broma? —intervino Tim—. ¿Acabamos de llegar y ya nos explicas cómo largarnos?
Julie se rio y también Claudio tuvo un arranque de hilaridad. Los demás siguieron impasibles.
Con ellos estaba también Dennis, que los observaba frunciendo el ceño; Klaus había desaparecido en la cocina.
—Como ya he intentado explicaros, esto no es una prisión y podéis dejar la clínica cuando queráis —insistió Rebecca.
—Dicho así parece fantástico. Pero ¿es verdad que podemos?
—Claro que podéis, Jian —lo tranquilizó la psiquiatra—. Y es también muy sencillo. Mirad esto.
Señaló un panel de corcho colgado en la pared. En él, fijados con chinchetas, había siete tiques de la Cotrap, la cooperativa de transportes
pullesa.
—¿Son billetes de autobús? —preguntó Lena.
—Exacto. La parada está al final del camino de tierra que habéis recorrido al llegar, en la comarcal, a unos tres kilómetros de aquí. Si decidís abandonar la terapia antes de lo previsto, en cualquier momento del día o de la noche, no tendréis que dar explicaciones ni a mí ni a nadie: podéis tomar vuestra decisión sin molestar a los demás ni frenar con ello su recuperación.
Os vais y ya está, sin una palabra. Está escrito también en el acuerdo que habéis firmado: «Alejaos de la propiedad sin obstaculizar la actividad terapéutica de los demás pacientes». Una vez que lleguéis a la ciudad, Ostuni o Bari, tendréis que arreglároslas solos sin móvil porque también el vuestro seguirá en la caja fuerte hasta que no la volvamos a abrir dentro de treinta días. Podréis llamar a un amigo y contarle que habéis pasado algunos días en un spa, o inventaros cualquier otra historia. Pero no podéis hablar por ningún motivo de la clínica y de las terapias que se practican aquí.
¿Entendido?
—La primera regla del Club de la Lucha es que no se habla nunca del Club de la Lucha —recitó Claudio para atenuar la tensión que de pronto había crecido entre los presentes.
El chiste cumplió su propósito. Julie se rio, y también Jian y Rosa parecieron apreciarlo.
—Un autobús para pirárselas es muy El graduado, ¿no os parece? —
subió la apuesta Tim.
De nuevo Julie sonrió coqueta, mientras Jessica salía de la catalepsia en la que parecía haber caído desde el primer momento y comenzaba a rascarse con fuerza el brazo vendado.
—¿A qué hora pasa el autobús? —preguntó Lena.
El tema, evidentemente, había despertado en ella cierto interés.
—Frena el carro: hoy ya no va a pasar —dijo Dennis sacudiendo la cabeza—. El último es a las 18:00 y, por la mañana, el primero pasa a las 6:30. Durante el día hay uno cada cuarenta y cinco minutos. Así que, si estáis ya pensando en largaros, tendréis que esperar a mañana.
—Por ahora nadie va a irse —intervino la psiquiatra—. Acabáis de llegar y la terapia aún no ha comenzado. No hay motivo para desanimarse
al principio. Pero era justo que lo supieseis.
Jian observó ávido los billetes y Claudio no perdió la ocasión de dar rienda a su instinto jugador.
—Apuesto a que la primera que corta los hilos es esta muchacha tan callada.
—¡Imbécil! —replicó Rosa acompañando el insulto con un gesto elocuente del dedo corazón.
—Uy, qué carácter.
—Ya está bien —intervino el enfermero—. Estas son las reglas. Nadie os obliga a quedaros, así que, si queréis iros, ahora sabéis cómo hacerlo.
Pero, si decidís quedaros, tendréis que seguir nuestras instrucciones.
Todos se callaron y Rebecca pudo seguir hablando.
—De acuerdo. Ahora Dennis os enseñará vuestras habitaciones y os asignará las primeras tareas.
—¿Qué tareas? —preguntó Julie, seria de pronto.
—Os asignaremos actividades manuales. Esto no es un centro de ocio, sino…
—¿Qué clase de actividades? —la interrumpió Tim.
La doctora se encogió de hombros:
—Cocinar, limpiar las habitaciones y los aseos, cultivar el huerto… La lista completa se le entregará cada mañana al jefe de equipo del día.
Todos prestaban ahora la máxima atención.
—¿Al jefe de equipo del día? —preguntó Claudio.
—Eso es —confirmó Dennis—. Todos, por turnos, distribuiréis los trabajos, dando a cada uno una tarea y comprobando que la hace.
Tim sacudió la cabeza, Jessica comenzó a rascarse cada vez más fuerte y Jian farfulló en su idioma algo que parecía una imprecación.
—Tranquilizaos —intentó calmarlos Rebecca—. Los trabajos son parte de mi terapia: sirven para alejar vuestra mente de los pensamientos obsesivos que la afligen, y para enseñaros a compartir la responsabilidad.
—Como en los campos de trabajo nazis —susurró Claudio, que se quedó helado de pronto con una mirada de Lena.
—Dennis y yo observaremos y os daremos consejos —siguió la doctora
—. Mañana el jefe de equipo será Tim.
El corredor de bolsa levantó el pulgar y sonrió como si hubiese cerrado una transacción de un millón de dólares.
—Estupendo —concluyó Rebecca frotándose las manos—. Ahora tenéis media hora para instalaros y refrescaros; luego la cena y a dormir…
—¿A la cama como las gallinas?
—Eso es, Claudio. Aquí seguiremos el ritmo del sol. Nos acostaremos al anochecer y nos levantaremos con las primeras luces.
Todos comentaron irritados en sus respectivas lenguas maternas.
—Bah, os acostumbraréis, no os preocupéis: llegaréis rendidos a la tarde. Ahora id a prepararos, mañana será un día complicado para todos.
Desde este instante somos una pequeña comunidad independiente, que debe ocuparse de sus necesidades de forma autónoma.
—¡Fantástico! Como en una isla desierta —ironizó Claudio.
—Entonces, yo podría ser Viernes —le susurró maliciosa Julie.
El abogado se hizo una idea: quizás aquella experiencia le reservaba también alguna sorpresa agradable.
Las habitaciones estaban en el piso superior de la construcción principal. Todas iguales: amplias, amuebladas de manera simple —una cama, una cómoda, un pequeño escritorio y un armario—, disponían de baño propio con ducha. Ni televisor ni frigorífico, y tampoco otros dispositivos electrónicos. Daban a un largo pasillo desde el que se llegaba a las escaleras de la planta baja. También los cuartos de Rebecca, Dennis y Klaus daban al mismo pasillo. Aquel reparto, sin ningún privilegio que distinguiese a la plantilla de los pacientes, era parte del método Stark. O, al menos, lo era de cara al exterior, porque las habitaciones del personal eran mucho menos espartanas y, sobre todo, contaban con aparatos electrónicos: Klaus y Dennis tenían tele y la doctora, un portátil.
Los recién llegados no tuvieron mucho tiempo para colocar sus cosas, puesto que los esperaba la cena. Ser puntuales —la psiquiatra había insistido varias veces durante el cóctel de bienvenida— era otro de los fundamentos del método: «Si os retrasáis, obligáis a los demás a esperar, y eso demuestra poco respeto por ellos y por vosotros mismos. Si queréis
curaros, tenéis que ganaros la confianza de quienes están a vuestro alrededor».
Llegaron al salón por separado, aunque ninguno más tarde de la hora establecida. Jian y Lena incluso algunos minutos antes.
Una vez acomodados en la gran mesa que encontraron puesta, tomó la palabra Rebecca, que la presidía con Dennis a su lado. Klaus, sin embargo, no andaba por allí.
—Buenas noches. Hoy, como veis, lo habéis encontrado todo dispuesto: un pequeño bufé frío preparado por el catering antes de irse de la Sunrise.
Un modo suave de comenzar, visto que, a partir de mañana, será vuestro deber cocinar, poner la mesa, quitarla… En resumen, todas las actividades necesarias para llevar adelante una comunidad.
Claudio mordió un tallo de apio sin entusiasmo.
—Así que ahora el juego es entender por qué estamos aquí —dijo, pasando revista a las caras de los comensales.
Nadie le respondió. Ni siquiera la psiquiatra que, en vez de hacerlo, los observó en silencio. Era una de las reglas que se había impuesto: intervenir lo menos posible en las dinámicas que se estableciesen entre los huéspedes de la Sunrise.
—Apuesto a que eres uno de esos a los que les pirra esnifar, ¿eh? —le dijo el abogado a Tim, que estaba sentado frente a él.
El americano negó con la cabeza molesto, aunque no respondió.
Pero Claudio no perdió el ánimo y pasó a interrogar a Lena, que estaba a su lado:
—Y tú, ojazos, eres de las que come higos, ¿verdad? Me juego mil euros.
La alemana no era, desde luego, de la clase sumisa del corredor de bolsa y por toda respuesta agarró al abogado del cuello y comenzó a apretar.
—Una capullez más y te arranco los ojos —gruñó.
Dennis se levantó enseguida para separarlos, ayudado por Klaus, que salió de pronto de la cocina.
—¡Basta! ¿Estáis locos? —gritó el enfermero.
La doctora se limitó a asistir a la escena sin decir nada.
Claudio levantó los brazos en señal de rendición.
—¡Está bien! ¡Culpa mía! Lo siento. Perdonadme todos. Ya me callo.
Lo prometo.
Se volvió a sentar y miró lo que tenía en el plato: sopa de verduras.
La sala quedó en silencio y todos se esforzaron por concentrarse en comer.
Jian, que se encontraba junto a Jessica, levantó de golpe la cabeza y señaló una pequeña cámara en el techo, justo a la espalda de Rebecca.
—Nos vigilan… —susurró.
Jessica asintió bajando la mirada.
—¿Cómo es tu cuarto? —siguió el muchacho intentando iniciar una conversación—. El mío no está mal. Tiene una ventana enorme y eso me preocupa un poco. Estoy acostumbrado a mi pequeño estudio de Hong Kong, con vistas a una callejuela oscura y llena de basura. Me he habituado.
Me hace sentir… protegido.
La mujer sonrió fingiendo prestarle atención. Con el tenedor, dibujaba líneas paralelas en su servilleta para luego alisarlas con la mano.
Quien, por el contrario, parecía interesada en lo que Jian decía era Rosa, que miraba insistentemente en dirección a la videocámara de vigilancia, arreglándose el pelo y sonriendo.
Tim, mientras, aún no había tocado la comida, ensimismado y sin hablar con los demás.
—No te preocupes por lo que ha dicho Claudio —intervino Julie, que estaba sentada a su lado—. Es solo un fanfarrón. —Y para demostrarle cercanía le acarició la rodilla con la mano derecha, apretándola ligeramente.
Él la miró estupefacto, y ella, sonriendo, deslizó la mano hacia arriba.
Por suerte, nadie notó el gesto gracias al amplio mantel, que llegaba casi hasta el suelo.
—Así que te han «ascendido» enseguida a jefe para mañana… —le susurró la mujer que, con consumada habilidad, había llegado a la cremallera de los pantalones.
—¡Ya! —respondió Tim incómodo—. Parece que tendré que vigilar que todos hagáis las tareas asignadas. Seré muy estricto. Un poco como en un campamento de verano… ¿Has estado alguna vez en uno?
Julie, que entretanto le había liberado la polla, había comenzado a masturbarlo con una naturalidad desarmante, sin dejar de seguir tranquilamente la conversación.
—Ah, no —soltó una risita—. Siempre he pasado mis vacaciones de otras formas…
—No me cabe duda.
La mano de ella aumentó la velocidad.
—No podemos hablar de nuestros vicios —siguió Tim jadeando un poco—, pero creo que no hay restricciones en lo que se refiere al trabajo,
¿no? ¿A qué te dedicas?
Julie sonrió e inclinó la cabeza a un lado.
—Asesoría inmobiliaria… Cifras, gráficos, aburrido de morir. Tú, en cambio, si no me equivoco, eres uno de los que hace dinero, ¿verdad?
—Puedes apostar a que sí.
Claudio levantó al instante la mirada del plato.
—¡Me apunto! ¿A qué jugamos?
La mujer aprovechó para retirar la mano, mientras Tim, suspirando, intentaba responder a Claudio con tono de jefe que controla.
—Nada. O mañana te pongo a limpiar los váteres, ¿qué te parece?
El otro se abstuvo de contestar porque la mirada de Dennis lo disuadió.
La psiquiatra, en cambio, lo observaba con una sonrisa imperturbable de Mona Lisa dibujada en el rostro. Claudio también le sonrió.
—¡Eh, míster simpatía…! —le llamó Lena la atención—. ¿No vas a terminar el plato?
—No. Te lo dejo si hacemos las paces.
La mujer se lo apropió sin más.
—No vas a lograrlo con tan poco. Pero estás en el buen camino, ¿vale?
¿Sabes? Hoy no he comido demasiadas proteínas. Para mí es fundamental… Y mañana cortaré leña, tengo que hacer algo fuerte.
—Había entendido que era el chinito el encargado de hacer de leñador…
—Oye, cabrón, soy de Hong Kong. ¡No soy chino!
—¡Lo que tú digas!
Lena terminó de engullir la menestra y le susurró al oído:
—Sí, le tocaba a él, pero le he pedido que cambiemos. No creo que haya problema, ¿no?
El único que habría podido responder era Tim, pero, en aquel momento, parecía distraído y extrañamente acalorado.
Cuando todos los pacientes hubieron terminado la sopa, Rebecca y Dennis se levantaron con un gesto elocuente: la cena había terminado.
Todos los imitaron. La tensión se podía cortar con cuchillo.
—Ahora a la cama y a descansar —dijo Rebecca en tono solemne—.
Mañana es el primer día del resto de vuestra vida.
Friburgo (Alemania), 1994
—¿ O tra taza? —preguntó el agente encargado de la centralita levantando la jarra humeante.
Era ya la tercera vez que pasaba. Iba y venía de su puesto a aquel cuartito para abastecerse de café que lo ayudara a mantenerse despierto durante el turno de noche.
Fischer declinó el ofrecimiento frotándose los ojos: llevaba en pie desde hacía casi treinta y seis horas y había bebido ya demasiados.
La oficina que ocupaba estaba caldeada y resultaba agradable mientras que fuera la temperatura había vuelto a bajar de cero. El día de Navidad había terminado y el de San Esteban, que acababa de comenzar, lo había encontrado en un sillón de la comisaría de Friburgo.
El jefe lo había felicitado por su trabajo y lo había exhortado a volver a casa, pero el comisario no quería irse sin haber hablado primero con el agente Erich Bauer que, por lo que decía Berger, conocía bien a la víctima, Hans Neumann. Por eso estaba esperando que entrase de servicio para hacerle algunas preguntas, antes de salir de allí y volver a casa de su hermana para dormir, por lo menos, doce horas.
Bauer se presentó a las seis de la mañana. Alto y rubio, con brazos de herrero aunque con un bigote finísimo.
El encargado de la centralita lo envió enseguida al despacho en el que se encontraba Fischer.
—Buenos días —lo saludó—. Me han dicho que quería hablar conmigo.
El comisario se puso en pie con esfuerzo y fue a estrecharle la mano.
Después de las presentaciones de rigor, explicó enseguida el motivo de aquella charla.
—Conrad Berger, el guía de montaña, me ha dicho que usted conocía bien a Hans Neumann.
—Sí, así es —dijo Bauer dubitativo.
—¿Qué sucede? —preguntó Fischer al notar la incomodidad del hombre.
—Bueno, me he enterado de que lo han encontrado muerto y…
—He sido yo quien lo ha encontrado.
—¡Ah!
—Sí. Ahora, ¿puede decirme de qué lo conocía?
—Hans es… era el marido de Ildegarde, una prima mía de Offenburg.
Aunque obviamente Fischer lo sabía ya, pues había leído el informe sobre la víctima, quería que el agente le diese su versión de la relación.
—Continúe, por favor —lo animó.
—Ildegarde y él se casaron hace doce años, aquí en Friburgo. Los dos niños, Besse y Dietfried, llegaron casi de inmediato. Todo era perfecto, una familia feliz, al menos hasta que… —El agente se interrumpió.
—Hasta que Ildegarde enfermó —lo apremió el comisario Fiscer.
—Eso es. Se fue en menos de seis meses, dejándolos a todos destrozados… No solo a los niños, también a Hans, que desde entonces no ha vuelto a ser el mismo.
—Explíquese mejor.
—¿Qué puedo decir? Antes había sido siempre un tipo con la cabeza sobre los hombros. Ingeniero mecánico, concienzudo, un padre maravilloso… Pero la muerte de mi prima lo destrozó. Comenzó a beber demasiado, a dejarse ir. Y un día decidió dejar el trabajo y retirarse con los niños a esa cabaña que tenían en la Selva Negra. Antes la usaban para los fines de semana, en verano, para hacer excursiones. Pero en los últimos años se encerró allí con sus hijos.
—¿Cómo salía adelante?
—Vivía con el dinero de su finiquito y con el del seguro de vida de Ildegarde.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Bueno, unos pocos miles de marcos. Prácticamente no le hacía falta nada en esa cabaña. «No tengo ni facturas ni toda esa lata», solía repetir.
Cazaba para comer y el resto lo iba a comprar una vez a la semana a Offenburg…
—¿Y los niños?
—Los educaba él. Cuando bajaba, se los llevaba a la ciudad. Una vuelta por el supermercado y luego a comer una hamburguesa con patatas. Y
después se dirigían de nuevo al bosque, con las mochilas cargadas de provisiones a la espalda.
—¿Y qué pensaba usted de ese comportamiento?
Bauer sacudió la cabeza desconsolado.
—Las pocas veces que me crucé con él, intenté hacerle razonar, hacerle cambiar de idea. Explicarle que esa vida salvaje no era adecuada ni para él ni mucho menos para sus hijos. A propósito, ¿cómo están?
—Físicamente bien, pero aterrorizados.
—Me lo imagino. —El agente hizo una pausa. Se veía que estaba buscando las palabras precisas. Al final, preguntó—: ¿Es cierto que estaba… sin cabeza?
Fischer volvió a sentarse en el sillón.
—No del todo, la cabeza estaba todavía pegada al cuello. Al menos, una parte.
—Ay, Dios mío.
—El asesino se ha ensañado con él con un arma muy afilada, hasta el punto de que ha conseguido amputarle las manos y degollarlo profundamente. Por desgracia, no hemos encontrado el cuchillo; debe de habérselo llevado.
—Y ahora, ¿qué van a hacer? —preguntó el agente.
—Hemos emitido una orden de captura para un hombre.
—Entonces, ¿hay un sospechoso?
—Un retrato robot. Besse, la niña, nos ha proporcionado una descripción somera.
—¿A quién se parece?
Fischer suspiró.
—Al coco que habita en las pesadillas de todos los niños.
OceanofPDF.com