Los adictos
Capítulo 4
Clínica Sunrise (Italia), actualidad
L os ojos de Rebecca recorrían las vetas de nogal del escritorio, que hacía juego con el gran armario. El mobiliario era rústico, pero cómodo, como su sillón de piel oscura. Una vez más se encontró teniendo que darle la razón a Ivánov: su despacho era espléndido. Desde la ventana se disfrutaba de una asombrosa vista al parque que rodeaba la villa y de una parte del huertecito de hierbas aromáticas. Si se asomaba, además, podía distinguir también los naranjos y limoneros; era, desde luego, un panorama muy distinto del de su consulta de Kensington, que daba a una calle siempre atestada de tráfico.
Ya solo poner el pie en aquel lugar la hacía sentirse mejor, y esperaba que tuviese el mismo efecto en sus pacientes. Estaba convencida de que el entorno influye de manera sustancial en el humor de las personas.
—¿Te estoy aburriendo?
Solo en aquel momento consiguió la psiquiatra enfocar su atención en la persona que tenía sentada delante. Un guapo chico de unos treinta años, cabello rizado de color castaño, ojos negros, hombros anchos y mandíbula decidida como algunos modelos de publicidad. Llevaba un traje deportivo de Armani y le sonreía.
Se llamaba Claudio Carrara, era un joven abogado milanés y sería su primer paciente.
La doctora le devolvió la sonrisa.
—En absoluto, Claudio. Es más, te ruego que continúes explicándome por qué has decidido venir a la Sunrise.
A Rebecca le gustaba el fuerte acento italiano del hombre cuando hablaba inglés, lo encontraba exótico. Muy distinto del casi quirúrgico y austero de Ivánov. Por otra parte, una de las cláusulas que había exigido que se respetasen en la elección de los candidatos era que todos hablasen bien inglés.
—No puedo ayudarlos si no entiendo lo que dicen.
Aquel idioma, además, permitía a los pacientes relajarse en mayor medida, pues evitaba los inútiles formalismos del usted italiano o francés.
Todos estarían en el mismo plano, en un ambiente de confianza.
Claudio lo hablaba bastante bien y la inflexión musical prestada del italiano aumentaba su fascinación.
Por otra parte, el chico era consciente de que estaba gustando y no hacía nada para ocultarlo.
—Parece que tengo un problema —insinuó.
La doctora Stark asintió casi imperceptiblemente. Desde el primer instante, el hombre la había mirado directamente a los ojos, haciendo gala de una gran seguridad. Rebecca tenía su propia opinión: si alguien consigue sostenerte la mirada más de cinco segundos, quiere decir que tiene carácter.
Y eso, en la situación en que se encontraban, podía ser un obstáculo.
—¿Y cuál crees que es ese problema? —preguntó la psiquiatra con tono neutro.
—¿De verdad no lo sabes?
—Querría que me lo dijeras tú, por favor.
Claudio se encogió de hombros.
—Me gusta el póquer. Y las apuestas. De todo tipo.
—¿Y eso te mete en líos?
—Digamos que, a veces, mi pasión me lleva más allá de los límites. Ya está dicho.
Rebecca anotó algo en su cuaderno. Luego levantó la cabeza y cruzó de nuevo la mirada con la del joven abogado.
—De acuerdo, pero ahora tendrás que convencerme de que te quieres liberar de esa pasión, como tú la llamas.
—¡Pues claro! —balbució Claudio, de pronto a la defensiva—. Bueno, es obvio que quiero, si no, no estaría aquí, ¿no? El dinero no me falta, el
bufete va viento en popa… Aunque, la verdad, yo no creo que sea un problema tan grave.
La psiquiatra fingió consultar el historial clínico que tenía delante, aunque lo conocía al dedillo, como los de los pacientes que iban a seguir llegando. No había dejado nada al azar. Solo habría deseado que el hombre sentado frente a ella se abriese por sí mismo, sin tener que arrancarle las palabras de la boca.
Decidió tomarse su tiempo.
—Según tú, ¿por qué estás aquí?
—Me han mandado.
—¿Perdón?
—Una idea de mi padre. Más bien una orden.
—¿Crees que se ha equivocado al hacerlo?
Él dejó de mirarla.
—Mira —continuó la doctora—, tendrías que ser tú el primero en querer librarte del problema… El tratamiento no funciona si no estás convencido. Sería solo tiempo perdido…
—Eh, pero lo estoy. De verdad —replicó el hombre enfadándose—.
Aunque es cierto que mi padre lo está aún más… —añadió con una sonrisa forzada—. Aunque, cuando gano, no protesta…
—¿Y siempre ganas?
—No, la verdad —reconoció Claudio volviendo a apartar la mirada—.
Pero, como mucho, pierdo la mitad de las veces. A veces pierdo algo de dinero…
La doctora Stark frunció un poco los labios. Por lo que le había dicho el viejo Carrara, Claudio, en los últimos tres meses, por culpa de su vicio, había hecho perder a su familia casi doscientos mil euros. Desde luego, no era «algo de dinero», como él decía. Consideró que había llegado el momento de animar al paciente a ser más sincero.
—Tu padre me ha dado una estimación —lo informó sin especificar cuál.
Claudio perdió el color. De pronto no quedaba ni rastro de arrogancia en su actitud, parecía muy preocupado.
—¿A saber?
—Unos cuantos ceros.
—¿De verdad pone en esos papeles la cantidad que he perdido? —
preguntó, alargando el cuello para echar un vistazo.
—¡Desde luego! Antes de aceptar a un paciente contactamos también con los parientes más cercanos. Nos sirve para evaluar plenamente el calado de la adicción. No descuidamos nada.
—Pero eso es de nazis.
—No, en absoluto, a lo sumo demuestra lo meticulosos que somos. Si tenemos que curarte, queremos estar seguros de que no nos mientes y de que tus familiares te apoyan en el proceso de curación. No hace falta que te recuerde lo mucho que le interesa a tu padre Aurelio tu rehabilitación,
¿verdad?
La psiquiatra sabía que aquella era la estocada final, el golpe de gracia al orgullo de aquel retoño de buena familia acostumbrado a tener siempre una vida fácil gracias al dinero de sus padres. Ahora, sin embargo, el viejo había cerrado el grifo y no lo iba a volver a abrir hasta que hubiese constatado un cambio radical en los hábitos de su hijo. La Sunrise era el primer paso para obtener aquel resultado.
Al oír mencionar el nombre de su padre, los recuerdos de Claudio lo atropellaron como un tren. Su mente voló a lo que había sucedido menos de un mes antes.
Venecia, el Gran Canal lleno de lanchas y góndolas cargadas de turistas, el cielo estrellado. El joven abogado había conducido desde Milán a toda velocidad para llegar al casino con su Porsche Panamera recién salido del concesionario. Una hora y media desde Agrate a piazzale Roma, en el corazón de Venecia, sin prestar atención a los límites de velocidad ni a las multas, puesto que estas llegaban al bufete y alguien se ocupaba de pagarlas. No él, desde luego, puesto que tenía algo muy distinto en mente.
Aparcado el coche, había tomado un taxi acuático que, en diez minutos, lo había dejado en su destino. Al comienzo todo parecía ir de bien a mejor: una chica rubia de piernas kilométricas le había sonreído nada más entrar, otra le había hecho ojitos al cruzarse con ella y él había encontrado un puesto preferente en el tapete, donde un solícito camarero le había servido un spritz bianco. Su gran velada podía, por fin, comenzar.
Durante la primera hora todo había ido como la seda.
—Esta va a ser mi noche —había dicho, invitando a beber a las dos chicas que se le habían acercado como abejas a la miel, una por cada lado.
Luego la suerte lo había abandonado. Primero alguna mano desafortunada, y después, tras un par de turnos francamente mediocres que a otro le habrían sugerido retirarse, la debacle total.
Claudio recordaba muy bien que había buscado algún apoyo en la mirada imperturbable del crupier. Una confirmación, una duda, una incertidumbre cualquiera. No había notado nada. Así que, como muchas otras veces en su vida, se había fiado de su instinto, si bien en más de una ocasión este había resultado mucho menos que infalible. Con gesto teatral, por mor de los presentes —sobre todo de las dos chicas que se habían alejado prudentemente tras las manos aciagas—, había empujado todas las fichas que le quedaban al centro de la mesa.
— All in! —había declarado con una sonrisa burlona.
Con tres ases no podía perder. La banca podía tener, como máximo, una doble pareja…
Los otros jugadores de la mesa habían enmudecido y reculado hasta que solo quedó él contra la banca. Y la banca ganó: full de nueves. ¡Como un bofetón!
Claudio había hundido la cabeza con la clara sensación de que todos los presentes lo estaban observando con compasión. Incluso el crupier parecía tener una expresión divertida, como si se estuviese burlando de él. Y eso no podía, desde luego, tolerarlo.
—¿Quieren jugar fuerte? —preguntó sin dirigirse a nadie en particular
—. Pues lo haremos. —Sacó del bolsillo las llaves del Panamera y las lanzó al centro del tapete—. En esta mano me juego el Porsche. ¿Juegan? ¿Tienen cojones para cubrir mi apuesta?
Uno de los responsables del casino, que había aparecido de improviso al fondo de la sala, hizo una señal imperceptible al crupier: «Cubrimos».
Pensándolo ahora, el abogado se daba cuenta de que aquel había sido el momento exacto en el que su mundo dorado se había derrumbado.
Cuatro horas más tarde, tras haber caminado sin un céntimo en el bolsillo por Venecia, como un vagabundo, gastando suela en el empedrado
de las plazoletas, había vuelto a piazzale Roma, donde lo esperaba su padre, llegado a propósito de Milán con su coche.
Claudio había subido sin decir una palabra.
Condujeron en silencio hasta que el viejo Aurelio Carrara le puso en la mano un ejemplar del Corriere della Sera. En una página del periódico destacaba el anuncio de la clínica Sunrise.
—Mañana llamas y pides que te admitan. Y no discutas. ¿Entendido? O
te echo del bufete y te desheredo.
La doctora Stark era consciente de que las amenazas no son la mejor motivación para convencer a un jugador de que renuncie a su obsesión, pero aquel era un reto que la intrigaba: la ludopatía era una de las adicciones más extendidas en el mundo moderno, entre otras cosas, a causa de las enormes posibilidades ofrecidas por internet. Resolver el caso de un jugador patológico no solo daría lustre a la Sunrise, atraería también a un tropel de nuevos pacientes.
La voz de la psiquiatra trajo de vuelta al presente al abogado, inmerso en el recuerdo de aquella noche funesta.
La mujer le había puesto delante unas hojas de papel.
—Lee con atención y, si te parece todo bien, firma.
—¿Qué es?
—Un compromiso de confidencialidad al que están obligadas las dos partes. Nos comprometemos a mantener total discreción sobre lo que será tu experiencia con nosotros. Como sabes, para respetar tu privacidad, nadie sabe que estás aquí… Entre los pacientes podría haber un personaje conocido y a nadie le gusta que el mundo sepa que es víctima de un problema, ¿verdad? El método Stark está patentado y registrado por el dueño de la clínica. Por supuesto, una vez que salgas, no podrás revelar nuestro sistema de cura.
—Por supuesto —se hizo eco el hombre—. Pero ¿es legal ese sistema?
Rebecca sonrió.
—Claro que lo es. ¡Menuda pregunta! Pero estamos empezando y no queremos que nos copien, ¿entiendes?
Claudio firmó el documento con la pluma que le tendía Rebecca.
—¿Soy el único que está aquí? —preguntó un instante después, volviendo a repantigarse en la silla.
—No te preocupes, los demás están a punto de llegar. De todo el mundo. Y no es un modo de hablar. Esta noche estarán aquí todos. Por si te hace gracia, eres el único italiano.
—Eso no me disgusta en absoluto.
Rebecca metió los documentos en una carpetilla con aire satisfecho.
—¿He vendido mi alma al diablo?
La doctora volvió a sonreír. Aquel tipo comenzaba a gustarle.
—No te alegres tanto. Ahora viene lo peor. Como habrás leído (si no lo has hecho, no dice mucho de ti, visto que eres abogado), tienes que entregarme todos los dispositivos electrónicos: móvil, reloj inteligente, despertadores digitales, ordenador, tableta. Todo lo que tengas.
—¿Estás de broma?
—En absoluto —contestó la doctora Stark levantándose de la silla y abriendo la gran caja fuerte empotrada en la pared a su espalda—. Está en el contrato.
—¿Y por qué tendría que hacerlo?
—Sirve para evitar las distracciones y los contactos con el exterior que podrían haceros recaer, o tal vez volver a despertar vuestras pasiones, como tú las llamas. Pero no te preocupes, tu precioso iPhone quedará aquí guardado y te lo devolveremos al final de la cura, dentro de un mes exacto.
—Será un poco como volver a ser virgen.
La psiquiatra se encogió de hombros.
—Si prefieres expresarlo en esos términos… ¿Y bien?
—Este sitio parece cada vez más una prisión —se quejó Claudio entregando el teléfono y una tableta que llevaba en la bolsa Louis Vuitton.
Al hacerlo, dejó su mano durante unos segundos más de lo necesario sobre la de la doctora, que la retiró. Estaba acostumbrada a aceptar aquella clase de comportamiento de los pacientes; muchos querían establecer un contacto humano, incluso si en el caso de Carrara era evidente que aspiraba a otra cosa.
OceanofPDF.com