Los adictos

Paolo Roversi · Capítulo 17 de 21

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Los adictos

Capítulo 16

Clínica Sunrise (Italia), actualidad

R ebecca no se había imaginado así el sexto día en la Sunrise. Según sus planes, alguno habría debido de mostrar ya sensibles progresos. Pero se habían visto todos catapultados a aquella situación terrible que empujaría a los adictos a recaer en su vicio.

La psiquiatra se asomó a la ventana: donde antes estaban el jardín y el huerto, ahora se extendía una especie de aguazal ininterrumpido, y la cuesta que llevaba a la entrada de la propiedad se parecía cada vez más a una colada de barro.

Lo que más le preocupaba, sin embargo, era el nivel alcanzado por el agua, que rozaba ya el séptimo de los ocho escalones de la puerta principal.

Otros quince centímetros y entraría en la casa. Llegado ese punto, ¿qué iban a hacer? ¿Refugiarse en el piso de arriba a la espera de que los rescatasen?

Negó con la cabeza y alejó el pensamiento. «No, dejará de llover y todo volverá a la normalidad», se dijo.

La noche había transcurrido sin sobresaltos aunque nadie había pegado prácticamente ojo. A cada ruido, a cada suspiro, se alertaban convencidos de que Klaus había vuelto para completar su obra. Había sido un tormento llegar al amanecer con el diluvio que no cesaba y aún sin electricidad.

Se habían despertado más o menos a la vez y, como las habitaciones estaban parcialmente iluminadas por la luz del día, la doctora Stark había decretado un rompan filas para que pudiesen encontrar un poco de intimidad en sus respectivos baños. Tras una noche como aquella, era

necesario que todos disfrutasen de un ratito a solas, además de darse una ducha.

—Pero daos prisa —les pidió—. Media hora y os espero abajo para el desayuno.

Se había lavado ya y había bajado tres minutos antes de la hora convenida. El fuego de la chimenea se había apagado y, sentados a la mesa, con la mirada perdida en el vacío, estaban Rosa, Lena y Claudio.

—No deja de llover —observó la chica.

—«No llueve eternamente.»

—Ahórrame las citas doctas, Claudio —le riñó Lena.

—No son doctas; como mucho, clásicas, como El cuervo.

—¿Ha vuelto la corriente? —preguntó la psiquiatra.

—No —respondió Rosa. Luego, enseñando el móvil, añadió—: Y

tampoco han reparado los repetidores.

La doctora suspiró. Dennis salió de la cocina llevando más velas a la sala.

—No quedan muchas…

—¿Alguna buena noticia?

—El gas funciona —respondió el abogado, que gracias a unas cerillas había conseguido poner la gran cafetera al fuego—. Al menos, no nos faltará café caliente.

Jian, que llegaba a la carrera, descompuesto y jadeando, le golpeó el brazo e hizo que se le cayese la taza que tenía en la mano.

—Pero ¿qué te pasa? ¡Ten cuidado!

—Del tablón falta otro billete —articuló con esfuerzo el asiático, sin prestar atención al accidente que había causado.

—Será el que arrancaste tú ayer cuando dijiste que te ibas, antes de rendirte… —se burló Dennis.

—¡No! Este es el mío —protestó él mostrándoles el que llevaba en la mano—. Lo iba a dejar en su sitio y me he dado cuenta de que faltaba otro.

Todos se pusieron de pie de un salto y corrieron hacia el tablón.

—¡Mierda! Hay tres billetes —constató Claudio.

Rosa se echó a llorar.

—El asesino está jugando con nosotros. ¿Por qué lo ha quitado?

Un escalofrío le recorrió la espalda, y Lena fue rápida a abrazarla y apretarla contra ella para darle consuelo.

La psiquiatra intentó mantener la sangre fría para que la situación no degenerase, aunque era presa de una duda atroz.

—¿Quién falta? —preguntó con voz temblorosa.

—¡Joder! —suspiró Dennis.

—¡Julie! ¿Dónde está Julie? —preguntó Jian.

—Vamos a su cuarto —ordenó Rebecca.

Los otros asintieron y la siguieron en fila india.

Decididamente, aquel sexto día se lo había imaginado de otra manera.

«Nadie se ha acordado de los cuchillos.»

Aquel pensamiento atravesó la mente de la doctora nada más llegar ante la habitación de la ninfómana.

«Ya están acostumbrados —se dijo—. Al riesgo, a la adrenalina, a la tensión. El espíritu humano es así. Incluso en las peores situaciones se adapta y prevalece el instinto de supervivencia. De otra manera, nadie habría logrado salir vivo de los campos de concentración. Se aprende a aguantar, incluso con inconsciencia y desprecio del peligro.»

Sin armas de defensa, sin embargo, tenía la impresión de que eran corderos que se metían en la boca del lobo, como lo eran las víctimas de Richard Benjamin Speck, el asesino en serie estadounidense que había raptado, violado y matado con su cuchillo a ocho alumnas de enfermería del South Chicago Community Hospital el 14 de julio de 1966.

Aquel caso había sido uno de los primeros que Rebecca había estudiado en los textos de psiquiatría.

La furia criminal de Speck había durado apenas dos días, el 13 y el 14

de aquel mes, y lo habían detenido el 17 gracias al testimonio de una novena víctima, que se había escondido y logrado huir de la masacre. La chica había dado a los investigadores una descripción detallada del asesino, explicando que llevaba en un brazo un tatuaje que decía BORN TO RAISE

HELL. Aquel detalle había resultado decisivo para capturarlo.

La doctora Stark había aprendido entonces que el uso del cuchillo y, más en general, de las armas blancas, tiene un significado psicológico preciso, de sustitución o refuerzo de la función del miembro masculino. No es raro, de hecho, que los asesinos en serie aficionados a dicho género de armas sean completamente impotentes: la hoja se convierte en un sustituto del órgano sexual para la penetración en el cuerpo. Por eso muchos asesinos en serie concentran las puñaladas en el pecho de la mujer o en la región vaginal, quieren destruir así los símbolos de la feminidad que tanto los asustan.

Dennis tocó el brazo de la terapeuta, apartándola de sus pensamientos.

—Estamos. ¿Lista?

Ella asintió, y el hombre abrió la puerta de una patada.

Lena se lanzó al interior como una furia, seguida por el enfermero; ambos determinados a saltar sobre Klaus. Pero no hizo falta.

Rosa gritó tapándose los ojos, Jian rompió a llorar y Claudio no logró proponer ninguna de sus apuestas porque la escena que tenían ante ellos era espeluznante: el cadáver de Julie yacía desnudo sobre la cama, con la boca abierta y la lengua colgando. En la cara tenía una expresión tan horrible que hasta la psiquiatra sintió la necesidad de apartar la vista y apoyarse en la pared para recuperar el aliento.

—La han estrangulado —susurró Dennis.

—Otro golpe de Klaus… —comentó amarga la alemana, mirando a su alrededor como una fiera enjaulada.

—Debe de estar escondido en algún sitio dentro de la clínica —sugirió el abogado preocupado.

—Dios mío —Rosa comenzó a temblar, y la doctora la abrazó para tranquilizarla.

—Si las cámaras funcionasen aún… —suspiró mirando a través de la ventana empañada por la lluvia.

El enfermero se acercó al cadáver. Le tomó el pulso, luego negó con la cabeza despacio.

—Pero ¿no había dormido con vosotras? —preguntó Jian mirando a las mujeres.

—Sí, claro —confirmó la chica—, pero luego hemos bajado a desayunar y… ¡Dios mío!

Se tapó la boca y no pudo parar de llorar.

El joven asiático intentó consolarla, pero ella estaba descompuesta y escapó escaleras abajo.

—¡Tengo que irme de aquí! —gritó—. O terminaréis por matarme.

Lena y Jian se lanzaron tras ella y, al llegar a la puerta, tras un instante de duda, salieron a la lluvia que caía aún sin cesar. Enseguida quedaron empapados de pies a cabeza. Aunque Rosa seguía intentando correr, en aquel lodazal que le llegaba prácticamente a la cintura era imposible. Se le hundían los pies y avanzar tan solo unos metros resultaba una empresa épica. Apretando los dientes, la imparable Lena intentaba agarrarla.

Los otros adictos se habían asomado a la ventana de la habitación de Rebecca para ver la escena.

—¡Volved! —gritó la doctora.

Lo que había sido el camino que cruzaba el huerto y llevaba a los limoneros no era ahora más que un desagüe lleno de agua turbia, de la que despuntaban las ramas arrancadas de los frutales. Y la cuesta a la verja estaba prácticamente derrumbada, lo que hacía imposible la fuga.

—No conseguiremos nunca llegar al portón —jadeó Jian.

Rosa lloraba de miedo y desesperación. Se paró y los otros dos la alcanzaron. Los tres se tomaron de la mano e intentaron seguir avanzando, con ritmo, animándose unos a otros.

No habían llegado siquiera a la mitad del camino cuando Jian suspiró:

—No lo conseguiremos nunca…

—Tienes razón —confirmó Lena, con los dientes apretados—.

¡Volvamos! Hasta que no deje de llover, es inútil.

Rosa intentó dar algún otro paso, pero estaba agotada.

—De acuerdo —se rindió dejando que la arrastrasen de vuelta.

Un rayo los iluminó y un trueno resonó fiero sobre sus cabezas.

La chica, cada vez más asustada, aceleró para llegar rápido a la casa, pero perdió el equilibrio y terminó bajo el agua.

Lena se sumergió para recuperarla, pero el cuerpo que sacó a flote no tenía en absoluto el aspecto de la joven suiza.

Era Klaus, y estaba muerto.

—Han asesinado también al manitas.

La alemana lo anunció mientras dejaba a Rosa en el suelo, después de haberla llevado en brazos hasta la casa. Estaba sucia de barro de la cabeza a los pies y sollozaba.

Jian no estaba mucho mejor: empapado y hecho polvo, se encontraba en shock y era del todo incapaz de hablar después de haber visto el cadáver de Klaus, hinchado, con los ojos fuera de las órbitas y la garganta rajada.

Una arcada lo obligó a salir corriendo de nuevo para vomitar.

Dennis los observaba sin conseguir decir nada. Había llevado toallas, que repartió entre los tres, mojados como patos, y luego se esmeró en volver a encender la chimenea.

—Este lugar se ha convertido en la clínica de los horrores —susurró Claudio, y nadie lo contradijo.

Rosa se liberó del abrazo de Lena dejándose llevar por una crisis histérica: gritaba, lloraba, pataleaba.

La doctora Stark la tomó de la mano y se la llevó a la consulta. De un cajón sacó unas pastillas.

—Te calmarán —le explicó dándoselas.

La muchacha las tragó entre lágrimas, mientras la psiquiatra sentía un nudo en la garganta. Con aquel gesto renegaba definitivamente de su método. «Si comienzas a sedar a los pacientes, es el fin; ya no se fiarán —

pensó con un gesto de negación—. Pero la terapia se ha ido ya al infierno.

Qué más da atiborrarlos de fármacos para ayudarlos a estar tranquilos.»

—¿Mejor? —preguntó—. Verás, harán efecto enseguida. Ahora bajemos con los demás.

Cuando volvieron a la cocina, el abogado estaba preparando más café, mientras Jian, Lena y Dennis se habían colocado alrededor del fuego, en silencio.

—Entonces —dijo serio Claudio, sentándose en una de las butacas—, si también Klaus está muerto, significa que el asesino es uno de nosotros. Por eso, desde este momento, nadie puede quedarse solo. Por ningún motivo.

—¡Eh! Para el carro —lo interrumpió Lena—. ¿Quién ha decidido que eres tú quien manda y lleva la investigación?

—Soy penalista y he defendido a asesinos. Estoy familiarizado con los métodos de investigación de la policía. Y, por tanto, soy el más adecuado…

—Tenemos un Sherlock Holmes… —suspiró Jian, que estaba recuperando un poco de color.

Rosa se movió de repente y saltó sobre Claudio como una fiera, señalándolo con el dedo.

—¡Tú has matado a Julie!

—¿Qué cojones dices? —gritó él—. ¿Te has vuelto loca?

—La has matado tú. Te he visto.

Lena y Dennis se acercaron dispuestos a intervenir.

—¿Qué has visto? —preguntó la doctora Stark.

—Esta mañana, mientras bajaba a desayunar, él se ha escurrido en la habitación de Julie —explicó Rosa entre lágrimas—. No le he dado mucha importancia entonces porque pensaba que ella estaba aquí con los demás, pero…

—Sí, he estado en su cuarto, pero no la he matado —se defendió el abogado acosado.

—¿Y qué has ido a hacer entonces? —le preguntó el enfermero.

Al hombre se le escapó media sonrisa.

—¿En serio no os lo imagináis?

—No, genio —le contestó el otro.

—Está bien, vale… Julie me lanzaba mensajes desde hacía un tiempo…

Y, bueno, ¿habéis visto lo nerviosa que estaba? Tenía que ayudarla a calmarse. Así que nos hemos duchado juntos. Yo le he dado jabón a ella y ella… Bah, ya me entendéis. Cuando he salido, seguía viva. Os lo juro.

—La has asesinado tú, cabrón —lo atacó Lena agarrándolo de un brazo.

Claudio se soltó y reculó.

—¡Cálmate, Nikita! Os lo repito: estaba bien. Hemos decidido no bajar juntos solo para no despertar sospechas.

—Pues mira tú, ¡ahora sospechamos de ti! —gritó Rosa.

—¿Ah sí? ¿Por qué no hablamos mejor de nuestros anfitriones?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Rebecca estupefacta.

—Quiere decir —intervino Lena, intuyendo adónde quería ir a parar el otro— que los únicos que faltaban esta mañana en el desayuno erais tú y Dennis.

—¿Yo? —se indignó el enfermero—. Pero si he estado todo el tiempo con vosotros. Solo me he separado para ir a por velas… Además, tampoco Jian estaba: ha sido él quien ha descubierto que faltaba un billete. Igual antes había matado a Julie…

—Pero ¿eres imbécil? —protestó el chico.

—¿Con qué valor te atreves a acusarnos, Lena? —estalló la psiquiatra arrastrada a aquel juego mortal—. Eres una ingrata. ¿Cómo puedes pensar algo así? Esta clínica es nuestra vida, nuestro sueño.

—Sí —la apoyó Dennis—. Podrías haber sido tú la que los ha matado a todos. Con ese físico de machirulo y tus antecedentes penales…

—¿Qué? —balbució Rosa, a la que empezaban a hacerle efecto los calmantes—. ¿Qué antecedentes?

—Nuestra querida bollera ha estado en la cárcel.

Lena saltó al cuello del enfermero, pero Claudio los separó enseguida.

—¡Basta! —ordenó la doctora—. La suya no ha sido una infancia fácil.

No la juzguéis. No os permito criticar a los demás por lo que hicieron antes de entrar en la Sunrise.

Por un momento se callaron, pero la duda ya se había instalado en su cabeza.

—¿Por qué te encerraron? —preguntó Claudio.

—Porque le zurré a un capullo como tú —contestó la alemana.

La terapeuta sabía que las reacciones violentas de la mujer eran solo una máscara para superar con decisión las pruebas a las que la había enfrentado la vida.

—¡Parad! —insistió—. Discutir no va a resolver el problema.

—El problema es que uno de nosotros es el asesino, ¿te enteras? —

arriesgó el abogado, mirando de reojo a los demás.

—Si pensáis que soy yo, estáis muy equivocados —estalló la camarera de Stuttgart.

—¿En serio? —intervino Jian—. Entonces no te importará que registremos tu dormitorio.

—¿Y por qué ibais a hacerlo?

—Porque no nos fiamos de ti —replicó Rosa.

Los dos acusadores se volvieron entonces a la vez hacia Stark. Ella era la que mandaba, ella debía decidir.

También Lena la observaba. En la sala se había hecho el silencio.

—Está bien —suspiró Rebecca—. Pero registraremos los de todos.

Total, no tenéis nada que esconder, ¿no?

Nadie protestó.

—Bien, entonces, Dennis y Jian id a echar un vistazo.

Lena saltó para pararlos, pero Claudio se lo impidió.

—Deja que vayan. Si no encuentran nada, te exculparás. ¿De qué tienes miedo?

—De nada, pero no me gusta que hurguen en mis cosas.

—Apuesto que tienes cosas de bondage, ¿eh? Un consolador negro bajo la almohada…

Ella lo empujó asqueada y subió resuelta las escaleras. Claudio, Rosa y la psiquiatra la siguieron.

Al llegar al pasillo, las recibió Jian con la expresión de quien ha ganado la lotería de Navidad.

—Venid a ver —los exhortó.

Dentro del cuarto de Lena, Dennis los esperaba con tres billetes de autobús en la mano.

—¿Cómo explicas esto, princesa?

—No he sido yo. Alguien los ha escondido aquí —se defendió.

—Estaban en ese cajón —explicó Jian—. Quería hacernos creer que Jessica, Tim y Julie se habían ido…

—No sé cómo han ido a parar ahí, yo no…

—Sabía que tu pasado violento podía ser un problema —suspiró la doctora Stark desanimada—, pero no creía que…

—¿Qué es lo que no creías?

Dennis y Claudio la sujetaron de los hombros, pero la mujer se soltó y tumbó al abogado de un codazo.

El enfermero, por el contrario, tras haber esquivado un golpe, la cogió del cuello con firmeza. Lena pateaba y se debatía, intentando liberarse.

Rebecca sacó unas bridas de un bolsillo y, con ayuda de Jian y Dennis, inmovilizó a la alemana atándola a la silla del escritorio.

—¿De dónde has sacado eso? —le preguntó Claudio levantándose con esfuerzo.

—Las llevo siempre, por si acaso —replicó seca la psiquiatra—. A veces los adictos os volvéis bastante irracionales, ¿sabes? Y esta es mi arma secreta.

Rosa se acercó a Lena.

—Anoche Julie te rechazó y la mataste —le dijo.

—Te voy a arrancar los ojos.

—Miradla —observó el asiático—. No sabe controlar la ira.

—¡Se acabó! —ordenó la psiquiatra—. Ahora, ¡vamos! La encerraremos aquí hasta que vuelva la luz.

Los otros salieron del cuarto y bajaron a la planta baja.

Rebecca los siguió, pero un par de minutos después volvió con una jeringa en la mano.

—¡Aléjate de mí, hija de puta! —le gritó Lena.

Ella no se descompuso, es más, sonrió afable mientras le metía la aguja en el brazo.

—Todo se aclarará, estoy segura. Esto solo es para que te calmes.

—¡Cabrona! Este lugar es ya un cementerio. Vamos a morir todos y esta será nuestra tumba.

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