Los adictos

Paolo Roversi · Capítulo 4 de 21

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Los adictos

Capítulo 3

Bari (Italia), actualidad

— N unca falta el sol en Pulla.

Rebecca se lo había repetido a Dennis infinidad de veces y ahora los dos podían comprobar que era cierto. Acababa de comenzar el mes de junio, pero parecía que estaban ya en pleno verano. Al aterrizar en el aeropuerto de Bari los había acogido una fresca brisa de mar y un tiempo seco y cálido.

—¿Qué te había dicho? ¡La temperatura ideal! Mira, ese debe de ser nuestro chófer.

Un tipo alto, vestido con un sobrio traje oscuro a pesar de que estaban a casi treinta grados, sujetaba entre las manos un cartel que decía: SUNRISE.

La doctora se le acercó arrastrando una maleta de cabina; ese era todo su equipaje. El equipo y los medicamentos eran cosa de Ivánov; ella prefería viajar ligera para enfrentarse a aquella nueva aventura sin cargas innecesarias.

—¿La señora Stark? —le preguntó el hombre de negro en un inglés penoso.

Y aquellas fueron sus únicas palabras hasta que llegaron a destino, una hora más tarde.

Rebecca y Dennis estuvieron todo el trayecto con los ojos fijos en la ventanilla, observando boquiabiertos el fabuloso paisaje que los rodeaba: olivos, suaves colinas, muretes de piedra seca y, como un único marco al fondo, el mar azul.

—¡Mira! Eso es Ostuni —señaló ella en cierto momento—. La llaman la ciudad blanca por el color de las casas. ¿No te parece fabulosa?

La ciudadela asomaba desde la cima de una colina mientras su vehículo seguía la comarcal hacia el interior. Tras unos kilómetros, el todoterreno tomó una ruta flanqueada a ambos lados por muretes de piedra.

Muy pronto dejaron atrás todo lugar habitado y, entre olivares y baldíos, llegaron a su destino, que apareció ante ellos de improviso, tras circular un par de kilómetros por un sendero de tierra lleno de baches.

Rebecca sonrió; la casa de campo era aún más bonita en vivo. Se accedía a ella desde la cima de una colina, descendiendo hasta encontrarla de frente. Totalmente rodeada del verde de huertos y viñedos, disponía también de una pequeña torre desde la que, estaba segura, se divisaba el mar. Un lugar de ensueño, inmerso en la naturaleza y lejos de las distracciones de la tecnología. O casi, su móvil aún tenía una rayita de cobertura.

—¿Te gusta? —le preguntó a Dennis.

—Hemos hecho bien en dejar Londres. ¡Aquí vamos a renacer! —dijo el enfermero entusiasmado.

La psiquiatra apretó fuerte la mano que el hombre le acercó.

El coche se detuvo e Ivánov salió a recibirlos en el gran patio. Llevaba un traje de lino blanco y, en la cabeza, un panamá que lo hacía parecer un viejo terrateniente colonial.

Saludó a la doctora con un caballeroso besamanos.

—¿Y bien? —preguntó sencillamente ante la expresión extasiada de ella.

—Muy hermosa. Estupenda de verdad.

—Y yo no puedo más que darle la razón. La restauración ha devuelto a la villa su esplendor original… ¿Y a usted le gusta? Dennis, ¿verdad?

El otro asintió y le tendió la mano al ruso.

—Sí, Dennis Moore. Es un honor formar parte de esta plantilla y no veo el momento de empezar.

Ivánov hizo un ademán en el aire como para decir que ni lo mencionase.

—¿Es su primera vez en Italia? —preguntó.

—Para mí, sí. Y, si es tan bonita como lo que he visto hasta ahora, no creo que vuelva a irme nunca.

Los tres se echaron a reír.

—Todo esto le habrá costado una fortuna —dijo entonces la psiquiatra, observando admirada los enlucidos y la torre de la villa—. ¿Sigue estando seguro de no querer cobrarles nada a los pacientes?

El magnate rio socarrón antes de responder.

—Pues claro que estoy seguro. Usted, doctora, céntrese en curarlos y déjeme a mí las cuestiones económicas.

—Parece un hotel de cinco estrellas —dijo admirado Dennis.

—Bueno, iba a serlo… Pero, por el momento, no quiero dar la idea de un ambiente exclusivo, reservado únicamente a los más adinerados. Mi objetivo es ofrecer a cualquiera la posibilidad de librarse de su esclavitud.

Y, una vez curados, transformaremos a nuestros pacientes en testimonios de la clínica. Las ganancias llegarán después… ¡Créanme!

Mientras hablaban, el hombre de negro había descargado las maletas.

Un tipo imponente, de casi dos metros de altura, con la frente amplia, ojos negros y pequeños, y el pelo rizado despeinado.

Ivánov le hizo una seña para que se acercase.

—A lo mejor ya se han conocido…

—Lo cierto es que no —reconoció Stark, puesto que el chófer no había sido, a decir verdad, muy expansivo con ellos.

—¡Ah! En ese caso, les presento al tercer miembro de nuestra pequeña plantilla: Klaus Krawczyk.

El gigante les dio la mano antes de retirarse al interior de la villa.

—No se preocupen —lo justificó el magnate—. Tiene un carácter arisco, pero es muy fiable. Es de Varsovia y está a mi servicio desde hace mucho: no me ha decepcionado nunca. Verán lo útil que puede llegar a resultarles. Por lo que pueda pasar, se maneja bien en la cocina, aunque es perfecto, sobre todo, para los trabajos pesados, que en un lugar como este no faltarán, desde luego. Es muy discreto y sabe mantener la boca cerrada, lo cual, en su oficio, es esencial, ¿no está de acuerdo, doctora?

La psiquiatra asintió poco convencida.

—Les enseñaré sus habitaciones. Después del viaje, querrán descansar un poco.

—En realidad, me muero por visitar la villa por dentro.

—En ese caso, se la enseño. Le he instalado una consulta fantástica.

Podemos empezar por ahí: estoy seguro de que le gustará.

Después de la visita a la mansión, Rebecca se dejó caer en la cama.

Estaba agotada, pero también en el séptimo cielo. La clínica era más bonita de lo que esperaba: allí los pacientes encontrarían un lugar mágico en el que alejarse, en el sentido literal de la palabra, del mundanal ruido, para concentrarse en su recuperación.

Ivánov les había mostrado entusiasmado el interior: habitaciones amplias y cómodas para todos los pacientes, con amplias camas y grandes ventanas luminosas. Su consulta, además, era magnífica; estaba situada en el interior de la torrecilla y se abría a dos lados: de uno, daba al patio interior; por el otro, asomándose un poco, se veía el mar centelleando en la lejanía, más allá de los campos. También las zonas comunes estaban muy cuidadas, amuebladas con mucho gusto en estilo rústico. El salón era amplio y tenía una inmensa chimenea, además de un par de sofás de piel y cuatro sillones. La cocina comedor disponía de una mesa de madera tan larga que habría bastado para al menos quince personas. Y todo eso no era nada, el verdadero lujo estaba alrededor de la casa. La hacienda, de hecho, estaba rodeada por un centenar de hectáreas de terreno plantado de olivos y suaves colinas que la protegían del siroco. Sin contar con el huerto de cítricos del siglo XVII, con limones, naranjas y pomelos, y el huerto donde se cultivaban hortalizas biológicas y se podían recoger más de una treintena de hierbas silvestres al pie de los árboles milenarios. Había pensado en que lo hiciesen los pacientes: sería una de las actividades útiles para su recuperación. Probablemente les costaría un poco acostumbrarse a aquel estilo de vida, pero Rebecca sabía que era fundamental para el éxito de su método. Al menos en igual medida que el hecho de que la plantilla de la Sunrise se redujese al mínimo, como había solicitado expresamente.

Cuantas menos personas estén en contacto con los adictos, mejor, porque así se reducen al mínimo el estrés y las interferencias humanas que suelen llevar a la tentación.

Todo era perfecto. Su consulta, por ejemplo, sobria y elegante. Y

también las modificaciones que había encargado en el sótano: exactamente lo que había proyectado.

—Me sorprendió, ¿sabe? —le había dicho Ivánov al mostrárselo.

Ella había dudado antes de responder:

—Verá, de cara a ciertas situaciones, es preciso ser prudentes; en el caso de que alguno de los pacientes se vuelva violento o peligroso para sí mismo…

Llamaron a la puerta. Era Dennis, que entró y la abrazó con arrebato.

—¡Guau! Tu habitación es la más chula de todas.

—Soy la jefa, ¿no? Tendré derecho a algún pequeño privilegio —

bromeó Rebecca.

—El jefazo nos espera —anunció el enfermero—. Me ha pedido que vayamos a verlo juntos…

—Pues no lo hagamos esperar.

Al salir encontraron montada en medio del gran patio una mesa y a una serie de camareros esperándolos.

Ivánov se acercó a ellos sonriendo. Se había cambiado y ahora llevaba un traje celeste, también de lino, aunque había renunciado al sombrero.

—Antes de que todo comience, me gustaría regalarles una degustación de los placeres que esta tierra ofrece: una auténtica cena pullesa, preparada con los productos biológicos de la zona. He hecho traer a un profesional de Polignano y a su equipo para que cocinen. Las recetas son tradicionales pero actualizadas según el gusto creativo del chef.

Este último, al oír que lo mencionaban, dio un paso adelante. Se trataba de un hombre alto y corpulento, de unos cincuenta años, con el rostro lozano y la tripa prominente, justo la imagen que se le venía a la mente a Rebecca cuando pensaba en un cocinero que pasa todo su tiempo entre fogones.

—Los platos están preparados usando trigo duro, como el de nuestro pan pullés, y con productos de nuestra hermosa tierra —explicó—. A lo largo de los senderos de la finca, entre los olivos centenarios y los muretes de piedra seca, crecen espárragos, ajetes, calabazas, brotes de acebillo, alcachofas, vainas y achicoria… En resumen, no los defraudaré.

Se acomodaron y un camarero de librea descorchó una botella.

—Este vino se produce también aquí, en Salento —les informó Ivánov, disfrutando de su papel de anfitrión.

—Es un negroamaro —intervino el maître llenando los vasos de los comensales—, un tinto de un rojo brillante, con notas de fruta, clavo, pimienta fresca y tierra, por supuesto. La maravillosa tierra de Pulla.

—Brindemos por la Sunrise —los invitó Dennis, y todos levantaron las copas al cielo.

Rebecca, tras saborear el primer sorbo, cerró los ojos como para hacer que aquel momento durase más. A la mañana siguiente comenzaría la mayor aventura de su vida y se sentía preparada.

Offenburg (Alemania), 1994

L a cabaña de madera de abeto estaba casi totalmente enterrada por la nieve. Una construcción baja, oculta por la vegetación y por el imponente manto blanco que había caído en las últimas horas. Se llegaba a la puerta por un sendero casi impracticable. En el interior, las luces estaban apagadas y no se oía ningún ruido.

Fischer se acercó con cuidado, empuñando su Walther P99, preparado para cualquier contingencia. El asesino, si se escondía allí, no iba a dejarse pillar desprevenido. Y el policía, tampoco.

Berger, en cambio, se quedó atrás, en medio del bosquecillo, por si algo iba mal.

El comisario suspiró y, con una fuerte patada, abrió la puerta, aunque no cruzó el umbral, sino que se refugió al lado de una de las jambas. Si había alguien armado dentro, podía convertirse rápidamente en un blanco fácil.

Pero nadie disparó. Al contrario, de un rincón de la habitación llegaron gritos de terror.

Jürgen esperó todo un minuto; luego, con extremo cuidado, entró iluminando la sala con la linternita que le había prestado Berger. De

inmediato, su olfato se vio agredido por un intenso olor a alcohol y sudor.

Estudió la sala sin dejar de apuntar con la pistola frente a él.

La decoración era espartana, más bien inexistente. En el centro, sobre la mesa de madera, había una vela completamente consumida y, junto a ella, un pequeño abeto sin ornamentos. Puede que lo hubiesen llevado a la casa para adornarlo, pero luego no hubiesen tenido tiempo.

El policía dio un paso y se detuvo: había oído las voces procedentes del fondo de aquel único ambiente, que servía también de cocina y dormitorio, como daban fe un catre y un sofá cama con las ropas revueltas.

Fischer avanzó más y, por fin, los vio: acuclillados contra la estufa apagada, envueltos en una vieja colcha para calentarse, había dos chiquillos, niño y niña, de no más de diez años. Habían sido ellos quienes habían gritado cuando había abierto la puerta y ahora intentaban darse valor uno al otro tarareando O Tannenbaum…

Se acercó a los pequeños y vio la pistola de bengalas tirada en el suelo a sus pies.

La señaló con un dedo.

—¿Habéis disparado la bengala vosotros?

El niño asintió.

—¿Para pedir ayuda?

De nuevo un gesto de asentimiento.

—Muy bien, lo habéis hecho muy muy bien. Ahora hemos llegado nosotros. Yo soy policía, ¿sabéis? No tenéis que tener miedo…

Jürgen los observaba preguntándose si habían visto lo que le habían hecho a su padre.

Entonces, Berger apareció en el umbral, y él se le acercó hablando en voz baja para que los niños no lo oyesen.

—¿Qué hacía este Neumann aquí? —preguntó.

—Bueno, era un tipo reservado; después de la muerte de su mujer, se retiró a estos bosques con los hijos.

—¿Aquí? ¿En medio de la nada?

El otro se encogió de hombros.

—A él le gustaba.

—¿Y a ellos?

Abrió los brazos, pero, antes de que pudiese añadir nada, la niña habló.

—¿Tú tienes miedo de los fantasmas? —preguntó.

—No —respondió él torpemente.

No es que tuviese mucha idea de cómo comportarse con los niños y lo demostraba el hecho de que aún empuñaba la pistola, aunque la había bajado.

—¿Y de los monstruos que se esconden de noche debajo de la cama?

—Tampoco.

La niña asintió grave y abrazó al hermanito.

—Y vosotros, ¿de qué tenéis miedo?

—De ese hombre… —susurró ella.

—¿De qué hombre?

La niña comenzó a sollozar.

—¿Del hombre de ahí fuera… —Fischer buscó con cuidado las palabras

— que le ha hecho daño a vuestro papá?

—Sí.

—¿Lo habíais visto antes? ¿Sabéis cómo se llama?

«Decididamente

demasiadas

preguntas»,

pensó

el

policía

arrepintiéndose de inmediato.

Las lágrimas empezaron a correr por las mejillas de la niña, que, aunque estaba aterrorizada, consiguió susurrar muy rápidamente:

—Era el hombre negro.

—¿Has dicho el hombre negro?

—Sí, el hombre negro que se esconde en el bosque.

Fischer guardó la pistola en su funda y suspiró profundamente. Así que el asesino al que buscaba tenía un sobrenombre: der schwarze Mann vom Schwarzwald, el hombre negro de la Selva Negra.

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