Los adictos

Paolo Roversi · Capítulo 18 de 21

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Los adictos

Capítulo 17

Clínica Sunrise (Italia), actualidad

L a lluvia no había amainado ni un instante y, aunque era de día, la habitación estaba bastante oscura.

La doctora Stark observaba por la ventana de su consulta los tres cadáveres que salían a la superficie del aguazal. La obsesión de Ivánov por la intimidad había terminado por transformar aquel lugar en una ratonera: una isla de piedra en medio de un lago artificial. Y el agua continuaba subiendo.

El terror había entrado en la Sunrise y se enfrentaban a él intentando resistir como podían. Después de sedar a Lena, Rebecca les había dicho a los demás que intentasen descansar un poco antes de comer.

—Sois libres de volver a vuestros dormitorios si queréis. Ya no hay peligro.

Rosa se había apretado contra Jian en uno de los sofás del salón. El calmante había hecho efecto y sentía que le pesaban los párpados.

—Nosotros nos quedamos aquí juntos.

—Como os parezca —dijo Dennis alejándose.

—También yo me voy a dormir —anunció Claudio—. Y tendré cuidado del coco.

—Estaré en mi consulta si me necesitáis —dijo la doctora moviendo la cabeza.

Era casi mediodía cuando volvió a bajar. Los dos pacientes más jóvenes no se habían movido. Estaban tumbados juntos y se abrazaban. La chica tenía los ojos hinchados como si hubiese estado llorando.

—¿Cómo estáis?

—Tengo miedo —susurró Rosa.

—No tienes de qué. Lena está atada y sedada. Ya no matará a nadie…

—¿Es verdad que estuvo en la cárcel? —preguntó Jian incorporándose.

—Sí. Tuvo una infancia difícil. Ella y su hermano Gerhard se quedaron huérfanos cuando eran muy pequeños. Una historia triste. Creció haciendo de todo para protegerlo y, a veces, se metió en líos.

Por la escalera asomó Dennis con nuevas velas, y la psiquiatra se interrumpió.

—Te ayudo —dijo yendo a su encuentro.

Él sonrió.

—¿Todo bien?

Rebecca negó con la cabeza.

—Verás como todo se arregla.

—Es un desastre —rebatió ella en voz baja para que no la oyesen los dos chicos—. La Sunrise está acabada y tenemos a una asesina bajo llave.

El enfermero la abrazó.

Rosa, mientras, se había levantado y comenzado a enredar con el móvil de Klaus.

—¿Ha vuelto la cobertura? —le preguntó Jian.

—No, continuamos aislados y la batería casi se ha agotado.

—Apágalo —la riñó la terapeuta—. Y ahora vamos a comer. Al menos nos servirá para distraernos.

—¿Dónde está Claudio? —preguntó la chica mientras ponía la mesa.

—¿No estaba arriba contigo, Dennis?

—Hemos subido juntos y luego nos hemos separado. Yo he echado una cabezada y luego he encendido otra vez algunas velas que se habían apagado.

Todos se miraron preocupados.

—Ya estamos —comentó amargo el joven de Hong Kong.

—Vamos a mirar en su cuarto —dijo la doctora.

Parecían ya soldados que se movían al unísono a las órdenes de un general. Ella, sin embargo, no se sentía en absoluto una líder. En aquel momento estaba incómoda, perdida, ansiosa. Y solo tenía en la cabeza el

cuadro de Munch El grito. Era la representación plástica del ánimo que la afligía mientras subía insegura las escaleras. Intentaba no mostrarlo, pero le costaba respirar, le latía el corazón como loco y tenía la sensación de tener a alguien sentado sobre el pecho. Sentía una angustia feroz, que no conseguía tener a raya. Suspiró para deshacerse de un presentimiento funesto y se dio ánimos porque, entretanto, habían llegado a la puerta de Claudio.

Dennis llamó.

—Picapleitos, ¿estás ahí?

No hubo respuesta dentro.

El enfermero giró la manilla y entró.

—Aquí no está.

—Ay, no. Mirad eso —gimió Rosa, señalando un punto en el suelo.

Todos se fijaron en el charquito.

—Es sangre… —comentó la psiquiatra, poniéndose rígida.

La chica se llevó las manos a la boca y luego abrazó fuerte a Jian, que la sacó de la habitación.

—¿Dónde estará? —preguntó el ayudante.

—Miedo me da pensarlo —susurró Rebecca.

—¿Qué haces, Jian? —preguntó Rosa incrédula.

—Te salvo la vida —respondió él apuntando con uno de los cuchillos de cocina a los otros dos.

—Tíralo —ordenó la doctora Stark con tono decidido.

—No. Sois vosotros los asesinos. Habéis hecho desaparecer a Claudio.

No hay otra explicación.

—No seas estúpido. ¿Qué obtendríamos con ello? Esta situación horrible nos hace polvo. ¿Por qué íbamos…?

—No lo sé. Puede que estéis locos.

—O… —sugirió Dennis, acercándose a él un paso.

—Quédate donde estás —ordenó Jian levantando el cuchillo.

—¿O? —preguntó la muchacha.

—Está claro. Es Claudio el responsable —explicó el hombre—.

Pensadlo un momento: ¿y si la mancha de sangre fuese solo una puesta en escena para distraernos? Quizás ahora esté escondido en algún sitio a oscuras, listo para atacar y matarnos a todos.

—¡Y una mierda! Solo intentas distraerme para luego matarme también a mí.

—¿Estás tan seguro como para arriesgar la vida? —lo desafió el enfermero mirándolo a los ojos.

—Vamos a calmarnos —intervino Rebecca con tono didáctico—.

Estamos todos muy nerviosos, pero tenemos que seguir unidos.

Jian suspiró y bajó el arma. Rosa se le echó al cuello sollozando. El joven, sin embargo, no tenía intención de quedarse allí. Ya se había encaminado por el pasillo hacia otro dormitorio.

—¿Adónde vas? —le preguntó la psiquiatra.

—A desatar a Lena —respondió—. Ahora al menos estamos seguros de que no es ella la asesina, visto que estaba atada cuando han herido, o tal vez matado, a Claudio.

Pero Dennis, de un salto felino, se le puso delante.

—No vas a ir a ninguna parte solo. No estamos seguros de nada. Puede que seas tú el loco que mata personas.

—¡Basta! —gritó la doctora—. Lo comprobaremos todos juntos. Puede que Lena se haya liberado y…

—Y haya asesinado al abogado —concluyó Rosa.

Estaban inmóviles ante la puerta.

—¡Vamos! —ordenó la psiquiatra—. ¡Ábrela!

El enfermero la abrió de golpe y todos se quedaron sin aliento.

Rebecca no podía creer lo que veía. Y, a pesar de ello, sabía bien que la negación es uno de los principales mecanismos de defensa de la mente humana cuando no puede aceptar la realidad. Es el caso de las personas que, frente a la posibilidad de estar enfermas, se niegan a los chequeos y las pruebas médicas para no arriesgarse a recibir una mala noticia. Ojos que no ven, corazón que no siente.

La doctora conocía a la perfección aquella estrategia: sus pacientes la usaban de continuo. Todos los adictos niegan la evidencia.

Por fin, levantó la mirada y entró en la habitación. También para ella había llegado el momento de enfrentarse a la verdad.

Habían asesinado a Lena. Tenía los ojos abiertos de par en par y la garganta cortada. No había conseguido ni siquiera gritar porque estaba atada y sedada. Era probable que el asesino le hubiese tapado la boca con la mano mientras le seccionaba con el cuchillo la carótida.

Había sangre por todas partes. En las paredes, en los muebles, en el suelo. Un espectáculo espeluznante.

Rosa sintió que desfallecía.

—No puedo creerlo —suspiró Jian.

La psiquiatra se sentía culpable. Temblaba.

—Ha muerto por mi culpa… No ha podido hacer nada para defenderse.

Nadie lograba consolarla.

Dennis estaba cada vez más inquieto.

—¿Has sido tú la que ha hecho desaparecer al abogado? —le susurró al oído.

—Pero ¡estás loco? ¿Cómo se te ocurre?

—He visto cómo os mirabais.

—¿Ah sí? —replicó ella—. Entonces, a lo mejor lo has matado tú porque estabas celoso… ¡Dímelo!

El enfermero estaba a punto de responder cuando oyeron un chirrido metálico.

—¿Habéis oído? —preguntó—. Viene del piso de abajo.

Rebecca asintió asustada, mientras Jian y Rosa se abrazaban fuerte.

Luego los tres siguieron a Dennis, que se había lanzado escaleras abajo.

Jian sacó el cuchillo del bolsillo y lo empuñó listo para cualquier eventualidad.

La terapeuta caminaba ya casi en estado de trance, bajando los escalones de dos en dos.

Cruzaron el salón y se dirigieron a la puerta de metal que llevaba a la bodega y el cuarto de la caldera.

La encontraron abierta y Claudio estaba allí, de pie, con la cabeza sangrando, un gran corte en la frente y la cara cubierta de sangre como un vampiro.

—Aquí está el asesino —gritó Dennis preparándose para pelear.

El abogado tenía una mano sobre la herida y parecía confuso, como si no supiese exactamente dónde se encontraba.

—¡Estás vivo! —gritó Jian aliviado.

—Él sí —aclaró el enfermero—. Lástima que Lena y Julie no puedan decir lo mismo: las has matado tú, ¿no?

—¿Qué? ¿También Lena está muerta? —balbució Claudio.

La doctora Stark lo observó con atención para averiguar si estaba siendo sincero.

¿Podía haberlo reprimido todo? Es una reacción que conocen también los ajenos al oficio. Sucede cuando una persona decide inconscientemente olvidar hechos desagradables, como le pasa al personaje de Jason Bourne, o a Lobezno en X-Men.

También ella habría querido hacer borrón y cuenta nueva con tantos momentos de su vida y olvidarlos para siempre, pero no era capaz.

¿Y Claudio? ¿Quizá su mente había conseguido borrar los homicidios cometidos para evitar entrar en conflicto?

Necesitaba valorar mejor la situación, pero no tuvo tiempo: los otros adictos habían dictado ya sentencia.

—Dennis tiene razón —lo atacó Rosa—. Has estrangulado a Julie después de haberte acostado con ella, y luego has degollado a Lena mientras estaba atada.

—Pero ¿cómo se os ocurre?

Jian lo amenazaba con el cuchillo y el enfermero había levantado los puños dispuesto a golpearle.

—Entonces, ¿por qué has desaparecido? —le preguntó la psiquiatra.

—Para ponerme a salvo —rebatió él—. Alguien entró en mi cuarto y me dio un porrazo en la cabeza.

—¿Quién?

—No lo sé —dijo desesperado—. Estaba descansando, estaba oscuro y no he podido verle la cara. Solo he pensado en huir…

—¿Qué hay tras esa puerta? —lo asedió Rosa, intentado echar un vistazo a su espalda.

—Un laberinto de salas polvorientas. La caldera y antiguas bodegas…

—Antes estaba cerrada —observó Dennis—. ¿Cómo has podido entrar?

—De hecho, ninguno teníamos la llave —observó la terapeuta.

—Klaus la tenía —replicó el abogado con un hilo de voz y, al decirlo, sacó un llavero en forma de calavera para enseñárselo a los demás—. Las encontré en su cuarto cuando lo registramos y me las llevé; total, a él no le hacían ya falta…

El enfermero no le permitió terminar la frase y le saltó al cuello para inmovilizarlo.

El manojo de llaves cayó al suelo mientras los dos hombres se peleaban furiosos.

Jian actuó por instinto, las recogió y agarró a Rosa de una mano.

—¿Qué haces? —le preguntó ella con los ojos saltones.

—Te estoy salvando —respondió el joven asestando un poderoso empujón a la doctora, que cayó al suelo junto a los dos hombres.

Cuando la mujer logró levantarse, la puerta de metal ya estaba atrancada y, desde dentro, estaban dando varias vueltas a la llave.

Claudio y Dennis dejaron de pelearse.

—¿Qué sucede? —preguntó el ayudante levantando la cabeza.

—Se han encerrado —suspiró Rebecca.

—¿Y ahora qué?

—Lo primero, dejad de comportaros como niños. Puede que sea Jian quien ha dejado a sus espaldas todos esos cadáveres.

—Mi sospechoso sigue siendo este capullo —gruñó Dennis.

—Piénsalo —contestó la doctora—: ha sido él quien ha encontrado todos los cadáveres, tiene un cuchillo en el bolsillo y ahora se ha encerrado ahí abajo con la más débil del grupo.

—¡Mierda! —imprecó el abogado secándose la herida de la cabeza con un pañuelo—. Entonces Rosa será su próxima víctima.

El lugar en el que se encontraban estaba en la más completa oscuridad.

Los dos avanzaban a tientas, apretándose el uno contra la otra para no perderse en las sombras. Anduvieron al azar, doblando cuando se encontraban ante una pared, sin una meta precisa.

—No se ve nada —suspiró ella.

—Ya, pero al menos aquí estamos seguros. Nadie puede entrar sin las llaves.

—¿Y si eres tú el asesino?

Jian se paró en seco.

—Espero que estés de broma. Te he protegido hasta ahora. A ver si tengo que ser yo el que se preocupe…

—¿Tú? ¿Y por qué?

—Bueno, a lo mejor porque nadie se encierra en una clínica porque pasa demasiado tiempo en internet. Puede que te guste matar gente.

Jian oyó a Rosa gimiendo en la oscuridad.

—Lo siento, no quería…

—Ya lo creo que querías…

—Espera, pero ¿dónde estamos?

La chica encendió el móvil. Aunque estaba prácticamente descargado, consiguió iluminar un poco el entorno en el que se encontraban.

—Ay, no.

—Mierda —suspiró el diseñador de webs—. Hemos acabado en el pasillo de las cabinas. Los sótanos deben de estar todos conectados.

—Entonces, pueden llegar hasta nosotros.

—Siempre que lo descubran —observó Jian—. Ven, vamos a meternos aquí.

Abrazó a Rosa y, juntos, entraron en una de las celdas y se hicieron un ovillo en el suelo, apretados el uno contra la otra para no tener frío.

El muchacho, al notar el cuerpo caliente y suave de ella, se excitó. Sabía que no era el momento propicio, pero no podía hacer nada: su testosterona estaba por las nubes.

—Cuéntame qué hacías con tu teléfono cuando estabas sola en casa —le susurró.

Rosa se apretó más en el abrazo y advirtió su erección. Sabía bien cómo mantener a raya a un hombre excitado. Y, desde luego, la asustaba menos que un asesino.

—¿Qué quieres que te cuente?

—No sé. Puedes explicarme por qué…

—Me gustaba entretener a los hombres. Con gestos, palabras. Te hace sentir fuerte. Están todos ahí, locos por ti, por cada pequeño gesto tuyo…

—¿Y qué sucedió?

—Me pasé con uno. Me había prometido cien francos de recarga…

—¿Y tú?

—Bueno, estaba tumbada en la cama y llevaba solo unas bragas.

La respiración de Jian se aceleró.

—Sigue —la exhortó.

—Ya se estaba tocando y me pidió que me quitase las bragas para hacerlo yo…

—¿Y tú?

—Fingí que no quería, pero luego accedí cuando me envió el dinero extra.

—¡Bien! ¿Y le acompañaste?

—¡Claro! Estaba usando un juguete que me había comprado, cuando mi madre abrió la puerta y se puso a gritar como una loca: «¡Dios mío, pero qué estás haciendo!». Luego, como una loca, se dirigió al ordenador y lo tiró al suelo. Seguía gritando: «Pero ¿qué te ha pasado? ¿Por qué te humillas así?». Mientras, me daba bofetadas.

Las lágrimas corrían por la cara de la chica.

—Y luego te trajo aquí.

—Eso es.

La batería del celular se agotaba.

—La señal aún no ha vuelto —sollozó Rosa—. Y pronto estaremos a oscuras.

—Me estoy volviendo loco aquí.

—Y yo. Pero es mejor que estar con esos psicópatas.

Jian se levantó de golpe.

—¿Has oído eso?

—Parecen pasos…

Rosa apuntó el móvil hacia la oscuridad.

—¿Quién es? —chilló el joven asiático, pero el grito se le apagó en la garganta.

Lo había atravesado la hoja de un cuchillo.

La chica gritó también y, con el teléfono, iluminó la cara del asesino.

—Así que eras tú…

No consiguió terminar la frase porque el cuchillo se le clavó en el abdomen. Una, dos, tres veces, hasta que cayó al suelo envuelta en la oscuridad.

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