Los adictos

Paolo Roversi · Capítulo 9 de 21

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Los adictos

Capítulo 8

Clínica Sunrise (Italia), actualidad

« E n el fondo, quizá no sea tan malo», Tim se lo repetía bebiendo la segunda taza de café de la mañana. Ya desde primera hora reinaba en el interior de la clínica una extraña armonía mezclada con cierto frenesí.

Como en un pequeño hormiguero, a todos los huéspedes el corredor de bolsa les había asignado una ocupación ya la noche anterior.

Ahora, como buen jefe de equipo, los observaba satisfecho. Mandar, en el fondo, era la actividad que más le gustaba. Cierto, allí no sentía la misma adrenalina que en Wall Street, pero tener firmes en la mano las riendas del poder era, en cualquier caso, una hermosa sensación.

Resistiría muy bien aquella experiencia, quizá con el apoyo de la tipa francesa, Julie, que la noche anterior se había ocupado de él tan, por decirlo así, amorosamente. El mes pasaría volando.

El sol brillaba y el canto de las cigarras llenaba ya el aire. Aquel lugar habría sido de verdad encantador si no hubiese sido también una prisión, su particularísima Staten Island.

Tim salió del salón y bajó al patio. Era consciente de que todos se estaban esforzando solo porque era el comienzo de la cura y querían empezar con buen pie. Fingían que estaban ocupados y ponían mucha atención a lo que hacían aunque fuese una tarea poco importante.

Jian, por ejemplo, estaba pelando una montaña de patatas en la mesa de la cocina con una sonrisa en los labios, mientras Julie, inclinada para recoger tomates del huerto, había comenzado a saludarlo braceando apenas lo había visto. La pequeña Rosa, por su parte, estaba ocupada haciendo las

camas en el piso de arriba y, aunque no rebosaba alegría, se había adaptado sin quejas. De la misma manera, Claudio transportaba sacos llenos de pasta y harina de la despensa a la cocina, y Jessica, con guantes de plástico y una escobilla, estaba limpiando los baños.

Pero al bróker algo no le cuadraba en aquella hermosa estampa. No era exactamente así como la había planificado.

Anduvo deprisa hasta la parte de atrás de la casa y entonces lo entendió: Lena, con camiseta de tirantes y pantalones cortos, acababa de clavar el hacha sobre un enorme leño de olivo.

—¡Eh! —gritó acercándose.

La alemana tomó otro leño y repitió la operación.

—¡Lena! ¡Pero qué coño! ¿No le tocaba al chino cortar la leña?

Ella se secó el sudor con el dorso de la mano antes de responder:

—Hemos hecho un cambio, ¿por qué?

—No me parece que haya permitido… —rebatió Tim, pero al verla esgrimir el hacha perdió todo el valor. En el fondo, no sabía nada de aquella tipa; podía incluso ser peligrosa—. ¿Se lo has dicho a Dennis? —preguntó con un tono más complaciente.

—No… Pero ¿qué problema hay? Lo importante es hacer el trabajo,

¿no?

El corredor de bolsa se impacientó.

—No, lo importante es respetar lo que te dicen. La disciplina forma parte de la terapia. ¿Crees que a Jessica le gusta limpiar váteres? ¡Pero lo hace!

Lena ya no lo escuchaba. Había vuelto a cortar leña haciendo caso omiso del americano, que, tras un instante, se alejó furioso.

La escena no se le había escapado a la doctora Stark que, asomada a la ventana de su consulta como un buitre, había asistido al enfrentamiento.

—Bueno —susurró—, ahí está nuestro primer ganador.

Las sombras comenzaban a desaparecer bajo los árboles con el sol llegando a su punto culminante y, por los postigos abiertos, llegaban los

gritos de los demás: se habían reunido en el huerto a recoger hierbas, que luego usarían para sazonar las patatas hervidas para la comida.

Lena suspiró y apretó la mano hasta que se le pusieron blancos los nudillos. No le gustaba estar sentada sin hacer nada. Además, sentía que la habían castigado.

La psiquiatra la había llamado a su consulta al final de la mañana y, cuando había entrado, tras ofrecerle asiento, se había limitado a consultar papeles y escribir en un cuaderno de piel negra. Cada poco levantaba los ojos para mirarla, sin cambiar de expresión.

Lena, que en sus treinta y cinco años de vida se las había visto ya con una escuadra de loqueros, sabía bien que se trataba de una táctica para tenerla en ascuas, con la esperanza de que bajase la guardia y accediese a las posibles decisiones tomadas por la doctora.

Después de un rato que pareció interminable, Rebecca dejó por fin de tomar apuntes y descansó la mirada sobre la chica de Stuttgart.

—Sé que es duro estar aquí, lejos de tus seres queridos —comenzó—.

Pero lo es para todos y, si los demás se comportasen como tú, reinaría la anarquía.

—¿Te refieres al estúpido asunto de la leña?

—Eso es. Y no es, en absoluto, estúpido.

Lena asintió distraídamente, mientras seguía mirando la ventana abierta como un niño al que se le impide salir a jugar con sus amigos.

—Si no estás convencida de este recorrido, nadie te obliga a quedarte.

Lo sabes, ¿no? El próximo autobús pasa dentro de media hora.

La alemana se decidió a devolver la mirada a la doctora, sosteniéndola con firmeza.

—No quiero irme —contestó—. Tengo que probar al menos, ¿no?

—Desde luego que deberías. Pero ¿por quién?

—¿Cómo que por quién?

—¿Por ti o por Hannah?

Lena dudó. En aquellos papeles esparcidos delante de la psiquiatra debía de estar contada toda su vida: quién era, lo que hacía, lo que le había pasado cuando era pequeña…

—Por ambas —susurró al final—, pero, sobre todo, por Gerhard. Él lo merece…

Rebecca asintió comprensiva.

—Es tu hermano, ¿verdad?

—Ya sabes quién es, ¿no está escrito ahí? —Señaló el cuaderno negro.

—Sí, lo está —confirmó la terapeuta con tono reposado.

—¿Y también sabes lo que sucedió?

—Obviamente. Pero tú estás aquí para superarlo.

—¡Ya lo he superado! —gritó Lena.

—¿Estás segura? ¿No crees que tu comportamiento es aún una reacción a aquellos sucesos?

La paciente negó con la cabeza. Aquella historia no dejaba de volver a atormentarla.

—¡Mírame! —dijo la doctora Stark—. Lena… —La chica levantó la cabeza—. ¿Me prometes que cambiarás de actitud?

—¿En qué sentido? Yo no he hecho nada… ¡Nada!

—Y a agarrar del cuello a Claudio ayer por la noche… ¿cómo lo llamas?

—Ese cabrón me provocó…

Rebecca no reaccionó al insulto.

—Lo sé, Lena, y de hecho enseguida lo llamaré a él también —dijo con tono neutro—. Ahora, sin embargo, estamos hablando de ti: no puedes saltar de esa forma. Tienes que intentar controlar tu rabia. Tu historial está salpicado de episodios así, pero ahora estás aquí para dejar todo eso atrás.

Tienes que tener presente que «fuerza» no es sinónimo de «rabia».

¿Entiendes?

Lena se removió en la silla sin hacer amago de responder.

—Y no puedes tampoco cambiar los turnos de trabajo como te parece

—la apremió la psiquiatra—. Que os hagáis cargo de las responsabilidades que se os asignan es parte del proceso. ¿Estás dispuesta a hacerlo? —La alemana asintió—. Quiero oírtelo decir, por favor.

—Está bien. Lo haré.

La doctora Stark sonrió satisfecha.

—Dale. Empecemos por ahí, entonces. Por asumir nuestras responsabilidades: mañana serás tú la jefa de equipo y te tocará a ti asignar las diversas tareas.

Lena se iluminó de repente.

—¿Puedo poner a Claudio a limpiar los baños?

—Tú eres la jefa, tuyas son las reglas —contestó Rebecca encogiéndose de hombros.

A la hora de la comida, cuando el sol, ya en su cénit, daba de lleno sobre los limoneros y los techos de tejas rojas de la villa, la atmósfera colaborativa de la mañana se había desvanecido hacía mucho.

Tim observaba a los demás como si fuesen sus inferiores, más que sus compañeros de aventura.

—A ver, ¿está ya la mesa? —preguntó dirigiéndose a Jian, que estaba transportando una gran olla.

—¡Un momento!

Se habían acomodado ya todos, incluidos Dennis y Rebecca, que presidían la mesa callados y observando los gestos de los presentes. Jessica había puesto la mesa con cuidado, junto con Rosa; Claudio había cortado el pan y Lena se había ocupado de llevar el agua y los zumos de fruta. Julie, por su parte, había cocinado junto con el chico de Hong Kong, mientras que Tim los había vigilado a todos como el viejo propietario de una plantación de algodón, con las manos prácticamente todo el rato en los bolsillos hasta que la francesa había anunciado que estaba todo listo. En ese punto, se había sentado con aires de triunfo junto a la psiquiatra, como para decir:

«¿Has visto cómo los he hecho currar?».

En el aire se había propagado enseguida un aroma que había despertado a todos el apetito. El menú era sencillo y en línea con los productos de la zona: menestra de verduras, patatas al horno con fumaria, fresnillo, angélica y romero, ensalada de tomate y naranjas, aliñada con el excelente aceite de oliva de la finca, del que la cocina estaba bien provista.

—Bueno —preguntó Julie cuando todos se hubieron servido—, ¿cómo está la menestra? Es una receta que me enseñó mi abuela provenzal…

—Muy rica —respondió Jian, inclinando apenas la cabeza.

— Merci!

Julie sonrió volviendo la mirada al resto de los comensales, con la esperanza de recibir otros cumplidos que, sin embargo, no llegaron.

Tras alguna charla en voz baja, fue Tim, teniéndose aún por el jefe y, por tanto, portavoz, quien tomó la palabra.

—¿Vamos a comer solo verduras y patatitas todo el rato? —preguntó volviéndose hacia la doctora—. ¡Qué tortura! ¿No hay comida de verdad aquí? Un buen filete de ternera, por ejemplo.

—Sí, claro que hay —respondió Dennis—. Pero tendréis que poder cocinarla. Tenemos una despensa que revienta de comida y un congelador lleno de todo tipo de carne…

—Yo soy vegetariana —intervino Jessica con un hilo de voz—. Para mí esto es perfecto.

—Yo puedo prepararos platos de pasta exquisitos —propuso Claudio—.

¿Qué decís de unos penne all’arrabbiata? ¿Le gusta a usted el picante, señorita vegetariana?

La holandesa no respondió y comenzó a rascarse el brazo vendado.

—¡Yo adoro el picante! —anunció Julie sonriendo.

—No nos cabe duda —replicó Tim, con expresión maliciosa.

—Visto que mañana serás uno más —observó Lena—, podrías cocinar tú, Tim. Los americanos sabéis hacerlo, ¿no? Quizás una hamburguesa. O

patatas fritas.

—Lo pensaré —cortó el bróker, con la sensación de que le tomaban el pelo.

Lena sonrió, feliz de haber puesto en evidencia a aquel fantasma y, sin pedir permiso, arrastró hacia ella el plato de Claudio y terminó lo que él había dejado.

El abogado se lo permitió sin comentarios: siempre había odiado la menestra de verduras.

—Estupendo —intervino Rebecca al final de la comida—. Ahora, id a descansar porque hoy por la tarde tendréis que enfrentaros a una prueba especial. Klaus, ¿está todo listo?

El hombretón apareció al fondo del salón asintiendo. Tenía una expresión extraña.

—¿No hay café? —preguntó Claudio.

—Mejor que no, ya estáis bastante nerviosos —respondió Dennis, poniéndose en pie, imitado de inmediato por todos los demás.

—¿De qué clase de prueba se trata? —preguntó Rosa preocupada.

—Ah, ¡os gustará! —respondió el enfermero con un punto de sadismo en la voz—. La llamamos «el bautismo de las cabinas».

—Sí. —Echó leña al fuego la psiquiatra—. Y es la verdadera columna vertebral del método Stark.

Los siete pacientes intercambiaron miradas preocupadas. A todos se les habían pasado las ganas de bromear. El único con una sonrisa sádica en la cara era Klaus y aquello no hacía sino preocupar aún más a los adictos en busca de cura.

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