Los adictos

Paolo Roversi · Capítulo 20 de 21

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Los adictos

Capítulo 19

Clínica Sunrise (Italia), actualidad

L a luz volvió una vez más y sorprendió a Claudio tendido en el suelo, agonizando mientras se tapaba la herida del abdomen con las manos.

—Me… has… —susurró dirigiéndose a la doctora que, sin embargo, no lo escuchaba, ocupada en buscar algo en uno de los cajones del escritorio.

—Aquí están —dijo sacando un par de tijeras con las que liberó a Dennis de las bridas.

Él se levantó como una furia y descargó una potente patada en el costado del abogado. No hubo reacción. El hombre acababa de morir.

El enfermero sonrió satisfecho.

—No te alegres —lo reprendió Rebecca con desprecio—. Lo has arruinado todo. ¿Cuándo vas a aprender?

Dennis habría querido protestar, pero a su espalda oyeron claramente que alguien aplaudía.

Los dos se volvieron asustados.

—¡Bravo! ¡Espléndido! Todo como había previsto.

Era Ivánov, que los observaba orgulloso, palmoteando y asintiendo con la cabeza. Llevaba un traje de caza: botas de goma, pantalones de camuflaje y chaqueta del mismo estampado. Parecía muy distinto del hombre que los había recibido la semana anterior con un traje de lino y un panamá en la cabeza.

La doctora Stark se volvió por instinto hacia la ventana y solo entonces vio el todoterreno aparcado en medio del aguazal que se iba secando.

—Ha sido difícil llegar hasta aquí, ¿sabéis? Menos mal que ha dejado de llover.

Rebecca y Dennis habían enmudecido. Continuaban mirándolo incrédulos. Era imposible que no hubiese visto el cadáver de Claudio o los muertos que flotaban en el pantano.

La luz se fue un instante e inmediatamente volvió.

Ivánov se echó a reír de manera siniestra.

—Tendremos que hacer una instalación eléctrica mejor, por lo que parece…

—¿Quieres decir que lo habías previsto? —preguntó Rebecca con un hilo de voz.

—Sencillo: que os he manipulado. Desde el primer momento.

—¿Qué?

—Entiendo vuestro estupor. Pero os ruego que miréis esto y lo entenderéis. Deberías saber que prefiero enseñar un vídeo a explicarme con palabras.

Tenía en la mano una tableta que colocó sobre el escritorio, de manera que pudiesen verla. Después pulsó un código y, en la pantalla, comenzaron a deslizarse imágenes.

—Las cámaras… —susurró Dennis preocupado.

—Eso es. Han grabado toda esta aventura, amigo mío. Al menos, mientras funcionaban. A propósito: os mentí cuando dije que estaban instaladas solo en las zonas comunes. En realidad, hay varias escondidas por todas partes, también en vuestros dormitorios, en la bodega, en los baños… En resumen, un Gran Hermano solo para mí…

La psiquiatra suspiró preocupada.

—Lo he visto todo: los amores, a los pobres adictos mendigándole placeres a Klaus, y la furia homicida de nuestro querido enfermero…

Dennis habría querido saltarle al cuello, pero Ivánov había sacado una pistola y lo apuntaba con ella.

—Tranquilito —lo instó—. Y disfruta de la película.

El vídeo era en blanco y negro porque estaba rodado con cámaras de infrarrojos. No había sonido, pero las imágenes eran muy nítidas. Se veía a Tim salir a escondidas de la habitación de Klaus y meterse una bolsita en el bolsillo. De pronto, a su espalda, salía el enfermero vestido con un mono de trabajo y le tapaba la boca con un pañuelo.

—Apuesto a que era cloroformo, ¿eh? —comentó Ivánov—. De hecho, lo sé: lo he encontrado en tu dormitorio. ¿Sabes qué más había? Ese bonito mono, y también un trapo manchado de sangre… Pero no nos adelantemos, tendremos tiempo de volver sobre ello.

Dennis no respondió, estaba inmerso en la contemplación de sus hazañas.

En la grabación, el bróker intentaba soltarse, pero su cuerpo acababa por perder fuerza y caer al suelo. Dennis, entonces, lo agarraba de los pies y comenzaba a arrastrarlo. Por desgracia, en aquel momento se entreabría la puerta de Jessica y ella asomaba la cabeza. La mujer no tuvo tiempo de entender lo que sucedía porque Dennis le saltó encima y le apretó la garganta con las manos. Aunque intentó liberarse, él era demasiado fuerte.

Muy pronto, dejó de moverse. En pocos segundos todo había acabado. El asesino la había llevado luego a su habitación y había vuelto a salir para arrastrar dentro también a Tim, al que había reservado el mismo tratamiento. La cámara dentro del cuarto, de hecho, mostraba a Dennis sentándose sobre el esternón del corredor de bolsa y apretándole la garganta con las manos hasta asfixiarlo.

Rebecca observó petrificada la escena, sin decir nada.

—Impresionante, ¿verdad? —comentó el ruso como si estuviesen viendo un programa de televisión normal—. Pero no ha terminado aún.

¡Ahora viene lo bueno!

En las escenas siguientes se veía al enfermero entrar en el cuarto de Klaus con una llave maestra y dejarlo inconsciente mientras dormía usando el mismo método. Luego, se cargaba al bucéfalo literalmente al hombro, dando prueba de una potencia física en verdad impresionante.

—Sé por qué estás tan fuerte —observó Ivánov—. Te he espiado mientras te dedicabas en tu dormitorio todas las noches a las pesas y las flexiones. Te preparabas para esto, ¿verdad?

En ese momento, en el montaje se habían juntado imágenes de varias cámaras a lo largo del recorrido que el enfermero había seguido para transportar a las víctimas hasta el jardín.

Una vez allí, había parado un momento a descansar. Luego, como confirmaba una toma hecha probablemente desde el tejado, había sacado un largo cuchillo del bolsillo del mono y lo había clavado con profundidad en la garganta de Klaus, sujetándolo bien mientras el hombrón, aún aturdido por el narcótico, intentaba reaccionar inútilmente. Había hecho luego lo mismo con las otras dos víctimas.

—Apuesto a que has limpiado el arma con el trapo que hay en tu cuarto.

Rebecca se horrorizó mientras Dennis continuaba callado.

—Esta parte es aburrida, la paso deprisa —intervino el ruso.

En el fragmento siguiente, Dennis cavaba con una pala tres agujeros, uno junto al otro, de menos de un metro de profundidad, y tiraba dentro los tres cadáveres, para cubrirlos luego con tierra.

La psiquiatra sintió que le cedían las piernas y tuvo que apoyarse en el escritorio para no caer.

Ivánov interrumpió el vídeo y le lanzó una mirada abatida.

—Hay también grabaciones de lo que sucedió luego en el cuarto de Klaus, pero esas os las ahorro, aunque debo confesar que la cámara escondida allí me ha dado muchas satisfacciones: entre esas cuatro paredes se han cometido prácticamente todos los pecados capitales. Estupendo de verdad. —El magnate sonrió, pero cambió enseguida de expresión, decepcionado de repente—. El resto, por desgracia, me lo he perdido porque se fue la luz… Pero, por lo que he visto abajo en la bodega y aquí en las habitaciones, debes de haberte divertido mucho, ¿eh, pervertido?

Dennis dio un paso en la dirección de Ivánov que, de pronto, levantó la pistola y le apuntó a la cabeza. La doctora sujetó al ayudante por un brazo.

—Lo que no había previsto —continuó Ivánov— es que conseguirías acabar con Klaus… Esa bestia se dejó vencer como un aficionado.

—Así que él era tu peón aquí dentro…

—Eso es, muchacho. El diablo tentador que mantenía vivo el fuego en el interior de vuestros pacientes.

—O sea, que tú eras quien les procuraba la droga y lo demás.

—Ah, no, doctora. Eso lo hizo él solo gracias a sus contactos en los barrios bajos de Bari. Yo solo me ocupé de informarle a tiempo sobre los puntos débiles de los huéspedes.

—Pero así perjudicabas tu propia inversión.

—Tal vez sí o tal vez no. Pero me he divertido. No sabéis cuánto.

Mientras las cámaras funcionaban, ha sido un entretenimiento ideal.

Manipulaba a Klaus a mi voluntad y me sentaba ante los monitores a observar lo que sucedía. En cuanto veía algo extraño, lo llamaba al móvil y lo enviaba a vigilar.

—Por eso salía siempre de la nada…

Rebecca negó con la cabeza frenéticamente.

—Tu plan era una locura desde el principio. Si no hubiese llovido tanto, muchos de los adictos quizás hubieran huido y no habrías conseguido nada.

—¿Estáis seguros? Si hubiesen intentado escapar, Klaus se lo habría impedido o, más concretamente, les habría ahorrado el esfuerzo. Pero, gracias a la tormenta y a nuestro enfermero mal de la chaveta, no ha hecho falta.

—¡No entiendo! ¿Por qué sabotear tu propia clínica? Has invertido millones en el proyecto.

—¡Bah! El dinero va y viene, doctora. Y los beneficios llegarán, ¡ya lo creo! Mi visión es más a largo plazo y tengo socios. Lo que quería era asistir a un espectáculo grandioso.

En la cara de la psiquiatra se pintó una expresión de puro terror.

—No estás curado —susurró.

Ivánov tosió, luego siguió hablando con tono autoritario.

—Nadie se cura de una adicción. Y tú deberías saberlo. Se reniega de ella, se la mantiene a raya y se intenta olvidarla relegándola a un rincón oscuro de la mente… Pero no se va nunca. Siempre está lista para presentarse en cuanto hay un momento de debilidad.

—Estás más sonado que yo, hermano —ironizó Dennis.

—No, en absoluto, yo lo tengo todo bajo control. Siempre.

—Explícate mejor —lo exhortó Rebecca—. ¿Quién paga todo esto? Has dicho que no estás solo…

El ruso se rio.

—Estás atenta a lo que se dice.

—Es mi oficio.

—Tienes razón —confirmó él—, así que digamos que me respaldan algunos financiadores…

Mientras hablaba, la luz volvió a irse y, por un instante, las tinieblas lo envolvieron todo.

Dennis se lanzó hacia delante, pero el ruido sordo de un disparo lo paralizó. Rebecca chilló y rompió a llorar.

Un momento después, volvió la corriente. La sala apestaba a pólvora y a humo. Y estaban aún todos vivos.

Ivánov tenía la pistola apuntada a la cabeza de Dennis. Había errado por un pelo y había un agujero en la pared a su espalda.

—No me pongas de nuevo a prueba, ¿está claro?

El enfermero, pálido, asintió.

—Eso es, y ahora vuelve al lado de tu hermana.

—Pero, entonces, ¿lo sabías? —preguntó la psiquiatra con la voz quebrada por los sollozos.

—¿Que erais hermanos y puede que algo más? —replicó el ruso guiñando un ojo—. ¡Claro! Y es justo con eso con lo que he tejido la trama.

—¿La qué? —preguntó Dennis.

—Eh, no te hagas el santo. Tú has sido mi apuesta más grande. De ti dependía todo. Es más, dime: ¿te ha gustado degollar a Klaus? Te ha recordado a cuando se lo hiciste a tu padre, ¿verdad?

—Pero ¿qué clase de monstruo eres? —gritó Rebecca mirándolo con odio.

—Ay, doctora, eso deberías saberlo, visto que me has tratado y, según tú, también curado.

La psiquiatra se tapó la cara con las manos.

—He sido una estúpida. Una imbécil. Todos esos halagos a mi trabajo…

Solo servían a tus fines.

—No era solo eso. Hubo momentos, cuando estaba en terapia, en los que casi me creí tus historias. Tus patrañas sobre la fuerza de voluntad.

¡Chorradas! Pero tengo que decir que me han servido para crear todo esto.

Ivánov acompañó sus palabras haciendo girar un dedo por encima de la cabeza.

—¿Cómo descubriste que éramos familia? —lo apremió Dennis.

—Al principio, fue una intuición. Pasé mucho tiempo observándoos cuando era vuestro paciente. Y noté que existía una complicidad particular entre vosotros. Un feeling, un entendimiento distinto del que hay entre dos amantes.

—¿Solo eso?

—Por supuesto que no. Soy un hombre de negocios, siempre exijo pruebas. Así que, una vez terminada la terapia, confié a alguien el encargo de indagar en vuestro pasado…

Rebecca y Dennis intercambiaron una mirada preocupada.

El ruso los tenía en un puño como un domador de circo a sus fieras. Y

se estaba divirtiendo.

—No tenéis ni idea de lo que descubrí… Bueno, en realidad lo sabéis muy bien. Es el motivo por el que decidí apostar por vosotros: porque sois malos desde que erais pequeños. El mal está en vuestro interior, es vuestra adicción.

—¡Estás loco! Has perdido por completo el juicio —decretó Rebecca.

—¿Ah, sí? Entonces leed esto —dijo Grigori empujando la tableta hacia ellos.

—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó Dennis.

—Haz clic sobre la carpeta que hay abajo, la que se llama «Hombre del saco». Contiene el informe del policía que investigó vuestro caso: Jürgen Fischer. ¿Lo recordáis?

La doctora suspiró. Lo tenía muy presente. Y, de pronto, le pareció volver atrás en el tiempo, unos veinticinco años…

Offenburg (Alemania), 1994

« T erminará enseguida.» No dejaba de repetírselo.

Su hermano se había llevado dos bofetadas por intentar defenderla.

Solo tenía que esperar; luego saldrían, como de costumbre. Él, después, quería siempre fumar su pipa al aire libre. Incluso bajo una nevada como aquella.

Solo que esta vez sería todo distinto. Había dado instrucciones a su hermano y le había explicado qué frasco tomar del botiquín.

—¿Lo has entendido bien?

—¿Cuánto tengo que poner?

—Todo —le había respondido ella—. Todo lo que haya.

Pensaba en eso mientras el hombre estaba sobre ella y no la dejaba casi respirar.

Era una especie de rito, siempre igual e igualmente desagradable. Se emborrachaba y la tiraba luego sobre el catre. Aquel día, sin embargo, el final sería distinto. Mientras él se distraía encendiendo la estufa de leña, ellos habían puesto el somnífero en su cerveza. Todo el que había.

El hombre ni siquiera se había dado cuenta. Se había vuelto a sentar y se la había pimplado en dos tragos, luego se había levantado de la mesa y había agarrado a la hija por la muñeca.

—Vamos a divertirnos.

El hermanito se veía obligado a presenciarlo todo porque en aquella cabaña perdida en el bosque no había otra habitación a la que ir. Ningún lugar al que huir. Miraba al suelo y escuchaba los lamentos de su hermana llorando en silencio.

A veces ella gritaba de dolor y, entonces, él, exasperado, intentaba quitarle al padre de encima. Lo que conseguía, sin embargo, era una patada o un revés. Y aquella bestia se excitaba incluso más.

Cuando terminó, se cerró la bragueta y ordenó a los chiquillos que se preparasen para salir.

—Os irá bien este aire cortante.

Los niños ni respiraron. Ella estaba aún dolorida, pero apretó los dientes. Dentro de poco tendría su venganza.

El hombre abrió la puerta y salió a la tormenta. La nieve caía densa y el reflejo de aquel manto blanco era casi cegador.

—¡Vamos!

Los tres comenzaron a avanzar lentamente. El padre delante y los hijos detrás.

—¿Será suficiente? —le preguntó el chico.

—Le hemos dado una dosis de caballo. Es un milagro que siga aún en pie.

Caminaron unos cientos de metros hasta llegar al calvero. El hombre metió la mano en el bolsillo para buscar su pipa y, en aquel preciso instante, el anestésico lo hizo derrumbarse sin sentido, de cara a la nieve.

Bajo el cortavientos, ella había escondido el gran cuchillo de caza, el que el padre usaba para desollar las piezas.

Se lo pasó al hermano, quien, sin dudar un segundo, cogió al hombre por el pelo.

—¡Dale! —lo exhortó.

El chiquillo empuñó el arma y la clavó en la garganta del padre, empujando con toda su fuerza, como lo había visto hacer con los ciervos.

Solo que ahora la presa era su despreciable progenitor.

Habría querido arrancarle la cabeza, pero no fue capaz. La sangre saltaba en todas direcciones sobre la nieve.

La hermana le quitó el cuchillo y se inclinó sobre la mano derecha del padre.

—No volverás a tocarme, hijo de puta —gritó, y se la cortó de un golpe.

Luego hizo lo mismo con la otra.

Al final, se derrumbó agotada al lado del hermano. Juntos observaron cómo el cadáver desaparecía poco a poco bajo la nevisca, que no tenía visos de ceder.

—¿Y ahora? —preguntó el pequeño tras un silencio interminable.

—Ahora tira el cuchillo, lo más lejos que puedas. ¡Rápido!

Él se levantó y arrojó el arma en la zona más densa del bosque.

—¿Volvemos?

La niña asintió.

—Sí, pero tenemos que hacer aún una cosa.

—¿Qué?

—Quemar la ropa.

—Vale, pero ¿luego? ¿Moriremos de frío?

—No, ya he pensado también en eso.

Hacía semanas que lo había planeado todo y ahora, por fin, podía decírselo también al hermano.

—Dispararemos una bengala. Alguien vendrá a recogernos y, cuando lleguen, tú les contarás exactamente lo que yo te diga, ¿entendido?

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