Los adictos

Paolo Roversi · Capítulo 3 de 21

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Los adictos

Capítulo 2

Offenburg (Alemania), 1994

L a nieve cubría el cadáver casi por completo. A su alrededor, el rojo de la sangre y un ominoso silencio amortiguado.

Fischer se había acuclillado para estudiar mejor aquella carnicería.

La escena estaba iluminada, como a la luz del día, por los dos potentes focos que Berger había llevado en la mochila. Las baterías no durarían mucho, así que el policía aprovechaba para hacer fotografías con su Nikon.

Lo documentaba todo antes de que la escena se viese comprometida por los agentes atmosféricos. Aquellas instantáneas servirían para la investigación, para mostrar las condiciones en las que estaba el cuerpo cuando lo habían encontrado. Le habían cortado las dos manos y la garganta, tan profundamente que la cabeza casi se había separado del cuello. Era espeluznante.

—Alguien ha atacado a la víctima con una hoja muy afilada —dijo guardando la cámara en su funda.

El otro hombre no respondió.

Con el mayor cuidado posible, el comisario intentó retirar la capa de nieve que se había ido depositando sobre la cara del muerto. Llevaba guantes por precaución, aunque dudaba mucho de que los de la Científica

—que a saber cuándo iban a llegar— consiguieran encontrar huellas en un ambiente tan difícil, con un crimen cometido bajo una tormenta de nieve…

—Individuo caucásico, en torno a los cuarenta años, me inclino a pensar

—recitó como si tuviese al lado a un colega y no a un civil aterrorizado—.

Ojos azules, cabello rubio. Puede que alguien de la zona, que vive en alguna cabaña de por aquí…

Tampoco esta vez le contestó Berger. Se había sentado con la espalda contra un árbol y tenía la cabeza entre las manos.

El horror es aún más terrible si no lo has experimentado antes.

Fischer, por desgracia, no tenía esa suerte. A él le había pasado ya, hacía muchos años, y también entonces sobre la nieve. Había sucedido en 1971, durante uno de sus primeros turnos de guardia en Berlín, mientras vigilaba la parte occidental del Muro, la de los Aliados. La zona entre los dos puestos de guardia y las vallas era una larga franja blanca, entre las dos fronteras, vigilada como la caja fuerte más valiosa de la historia. A veces alguien intentaba por sorpresa correr hacia el Muro para saltarlo, pero demasiado a menudo los VoPos —el sobrenombre de los militares de la Volkspolizei, la policía de la República Democrática Alemana— tenían todo el tiempo del mundo para apuntar y disparar hasta que el desventurado caía al suelo y su sangre ensuciaba la plácida franja de control.

Aquella noche, poco después de la una, en el lado este había comenzado a sonar una sirena y potentes reflectores habían iluminado a un fugitivo que había trepado el Muro por la parte oriental. Fischer había sentido que se le helaba la sangre en las venas cuando el faro había cubierto de luz al tipo sentado a caballo sobre la pared divisoria, a un salto de la libertad. Las balas de los VoPos habían sido inexorables.

Unos minutos más tarde, les había tocado a él y a otro recluta recuperar el cadáver caído en la parte occidental. Al darle la vuelta, la mirada vidriosa del prófugo había sido como una cuchillada para el entonces joven de veinticinco años que era Jürgen Fischer. El único consuelo era que la muerte había sido instantánea: estaba muerto antes de llegar al suelo.

No podía decirse lo mismo de la víctima que tenía ante él en aquel momento: no la habían asesinado con un disparo preciso del fusil de un francotirador, muy al contrario. Lo que tenía ante él era el resultado de un feroz homicidio, cometido con arma blanca.

—¿Me ha oído? —preguntó.

Al no obtener respuesta alguna, Fischer volvió a erguirse y se dirigió a su acompañante. Entendía muy bien su turbación por aquel macabro

espectáculo. Pero su instinto de policía con veinte años de experiencia le sugería alguna cosa más.

Se acercó y estudió la expresión abatida de Berger. Ahora estaba seguro: un desconocido no provoca tanta desesperación.

—Lo conoces, ¿verdad?

El guía asintió sin conseguir decir palabra. Estaba blanco como la nieve que lo rodeaba.

—¿Quién es?

—Se llama Hans Neumann. Vive… Vivía en una cabaña no lejos de aquí.

—Vamos a echar un vistazo. Quien haya hecho esto no puede haberse alejado mucho.

Berger se puso en pie con esfuerzo y comenzó a negar con la cabeza.

—¿Echar un vistazo? ¿Y si ha sido el asesino quien ha disparado la bengala?

El policía sacó su pistola y le quitó el seguro.

—En ese caso, estará esperándonos, así que mejor que estemos preparados.

Nueva York (EE. UU.), actualidad

—¿ Q ué quiere decir que no has vendido? —chilló Tim Parker al teléfono sin despegar la mirada de los dos grandes monitores por los que corrían las cotizaciones de los mercados de medio mundo.

Luego pinchó con el ratón y abrió una ventana para comprobar lo que decía la página web de Bloomberg: las acciones a las que habían apostado estaban cayendo en picado, tenían que librarse de ellas enseguida. En realidad, ¡ya tendrían que haberlo hecho!

Por la ventana de su despacho se veían el lento fluir del Hudson y la Estatua de la Libertad, ante la que un barquito se preparaba para atracar con su pasaje de turistas.

Tim, sin embargo, no tenía tiempo para disfrutar del panorama: el Dow Jones estaba a punto de cerrar y tenía un gran problema por resolver.

—¿Por qué coño no has vendido? —gritó levantándose y dirigiéndose con pasos rápidos hacia el pasillo—. ¿Cómo voy a fiarme ahora?

Abrió la puerta del baño con fuerza y con una mirada echó al tipo que se estaba lavando las manos. Mejor no discutir con Parker cuando tenía aquella expresión venenosa.

Tim escuchaba frunciendo el ceño y negando con la cabeza.

—Un momento, te pongo en espera, me está llamando el cliente…

Suspiró y se aflojó el nudo de la corbata.

—¿Diga? ¡Harrison! ¿Cómo estás? ¿Todo bien? Pues claro, yo estupendo, como nunca… Sí, sí, tranquilo, la transacción está hecha. Te había dicho que podías contar con nosotros, ¿no?

Mientras hablaba hurgó en los bolsillos del elegante pantalón hasta sacar un frasquito. Luego, con el móvil encajado entre el hombro y la oreja, se preparó una generosa raya de cocaína en la encimera de mármol del lavabo.

—Pues claro, ¡tranquilo! —aseguró el inversor—. ¿Me confirmas nuestra cena en la Treinta y ocho? Perfecto… ¿Cómo? Hay poca cobertura, estoy en… Te llamo luego; o mejor no, ya nos vemos esta noche.

Colgó y dejó un momento el teléfono en el lavabo. Enrolló un billete de cincuenta dólares y esnifó con voracidad la raya de coca.

El chute le llegó directo al cerebro y, por un instante, se quedó sin aliento. Luego, con una lentitud extrema, recuperó el móvil para volver a la conversación anterior.

—¡Te acabo de salvar el culo! —declaró—. Me he marcado un farol, pero, como no cierres la venta, estás fuera. ¿Entendido? ¡Joder! Tengo otra llamada. Luego hablamos, adiós.

Salió del baño y volvió a su despacho aún con el móvil pegado a la oreja.

—¿Diga? Ah, cariño. Estaba a punto de avisarte. Esta noche llegaré tarde, antes tengo una cena de trabajo… Mantenlo calentito para el lobo feroz. El lobo de Wall Street. Ja ja ja.

El corredor de bolsa se dejó caer en su butaca de piel y tiró el móvil sobre el escritorio.

Estaba a punto de ponerse a teclear en su iMac cuando una gota de sangre aterrizó sobre el teclado.

Tim se llevó instintivamente la mano a la nariz y retiró dos dedos completamente rojos.

—¡Mierda!

Comenzó a darle vueltas la cabeza y se le empañó la vista. Intentó aguantar y buscó en la página de Bloomberg el dato de cierre: aquellas malditas acciones habían perdido el treinta y siete por ciento. Había ya un artículo en línea en el que se hacía un primer análisis del desastre.

Como para meterse una raya, si no fuese porque, en su caso, acababa de hacerlo. Mientras resbalaba despacio desde el sillón al suelo, Tim tuvo justo el tiempo de captar un banner que había aparecido al lado del artículo que estaba leyendo, como hecho a su medida.

¿DEMASIADO ESTRÉS? ¿DEMASIADA TENSIÓN? ¿ADICTO AL TRABAJO O A OTRAS COSAS? TENEMOS LA SOLUCIÓN PARA TI. CLÍNICAS SUNRISE: TE

SALVAREMOS DE TU ADICCIÓN.

Aquella palabra, «adicción», fue lo último que leyó antes de perder el sentido.

Stuttgart (Alemania), actualidad

H annah acarició con dulzura la cabeza de Lena, enredándole los dedos en el pelo. Estaban tumbadas en la cama, una junto a la otra, desnudas.

Lena tenía los ojos cerrados, aunque la tele de la pared de delante estaba encendida con el volumen al mínimo.

Hannah comenzó a besarla en el cuello y, con la mano, intentó bajar de sus pequeños pechos, pero Lena la paró a la altura del ombligo.

—Lo siento. Estoy cansada…

Hannah retiró los dedos como si le hubiese dado una descarga eléctrica, luego se levantó y se metió en el baño sin cerrar la puerta.

—Joder, no me lo puedo creer —estalló después de un segundo—. ¡Has comprado otra balanza! No puedes seguir así, lo sabes, ¿no?

Volvió al dormitorio dispuesta a discutir, pero ya no había rastro de su compañera.

Se acercó a la ventana y esperó. Unos instantes después, el portón del edificio se abrió y salió Lena vestida con un chándal.

—La típica carrerita de antes de dormir —susurró Hannah, negando con la cabeza—. Para el sexo está demasiado cansada, pero…

Las palabras se le ahogaron en la garganta porque un anuncio que emitían en la televisión acababa de llamarle la atención.

«Si ya lo ha probado todo sin éxito, solo le queda una cosa por hacer: contacte con nosotros y curaremos su adicción gratis y de manera definitiva. Confíe en las clínicas Sunrise. »

Los rasgos de Hannah se relajaron en una sonrisa mientras cogía el móvil y marcaba el número sobreimpreso en pantalla.

«A lo mejor todavía hay esperanza para Lena —pensó—. Siempre que Gerhard me eche una mano para convencerla.»

Londres (Gran Bretaña), actualidad

D iluviaba desde hacía más de cuarenta y ocho horas. Sin embargo, Rebecca no se había dado apenas cuenta. Llevaba todo aquel tiempo encerrada en su consulta, preparándose para la gran aventura. Su único contacto con la realidad había sido el Daily Mail que, en sus páginas interiores, incluía casi todos los días un gran anuncio de Sunrise.

Ahora, por fin, se había obligado a salir de aquel retiro forzado y caminaba bajo la lluvia hacia el Apple Market, el mercado cubierto de Covent Garden.

Habían pasado ya cuatro semanas desde que Ivánov le había hecho su propuesta. Treinta días habían volado literalmente mientras ella estaba encerrada en el despacho de Kensington intentando encontrar profesionales válidos que pudiesen hacerse cargo de sus pacientes. No podía y, sobre todo, no quería abandonarlos a su suerte. Cuando una persona se vincula a un terapeuta es como si lo eligiese de por vida. Para ella era una especie de pensión asegurada, a la que iba a renunciar por la Sunrise.

Se sentía emocionada como pocas veces en la vida. Aunque había aún una cosa que la entristecía y que no podía seguir retrasando: Dennis Moore.

Había quedado con él en un Starbucks del centro: territorio neutral, equidistante de la casa de ambos. Se daba cuenta ella sola de que aquellos malabares mentales resultaban a menudo empalagosos para sus interlocutores, pero no había nada que hacer, ella era así…

Faltaban solo treinta y seis horas para emprender el viaje y le quedaba aquella última tarea pendiente, la más delicada, que había retrasado lo máximo posible.

Dennis era el enfermero multitarea que la ayudaba en la gestión cotidiana de la consulta. Era él quien daba las citas, suministraba los tratamientos cuando era preciso y la ayudaba con los pacientes más difíciles, que sufrían a veces ataques de ira o cosas peores. Trabajaba a media jornada y aquella situación les iba muy bien a los dos.

Ahora, sin embargo, todo iba a cambiar.

Aunque Rebecca ya le había hablado de pasada de la Sunrise como una

«posibilidad muy remota», no había vuelto a mencionar el tema. Mientras rumiaba la mejor forma de enfrentarse al asunto ante un frappuccino burbujeante, Dennis entró en el local y se dirigió a su mesa con una gran sonrisa. Se besaron en la mejilla, se sentaron y la psiquiatra, sin apenas tomar aliento, se lo contó todo, apretando el vaso entre las manos como si fuese un amuleto.

Cuando la doctora terminó, él sacudió la cabeza desconcertado.

—Creía que habías aparcado la idea…

—La he rechazado durante mucho tiempo —mintió porque se avergonzaba de haberlo engañado hasta ese momento—. En más de una ocasión me he dicho que sería un riesgo. Pero…

—¿Qué?

—No voy a volver a tener una oportunidad como esta. No te puedes hacer siquiera una idea del dinero que me han ofrecido para…

—Entiendo —la cortó él—. Vas a aceptar.

—Sí.

—¿Estás de verdad decidida a abandonar a tus pacientes? ¿Después de todos los sacrificios que has hecho?

La voz de Dennis era ahora cortante.

Rebecca lo miró a los ojos.

—Se trata de un nuevo comienzo. Ya he empezado muchas veces de nuevo en la vida y los cambios no me dan miedo. ¿Y a ti?

Dennis frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—El señor Ivánov, a quien por otra parte ya conoces, puesto que ha sido paciente nuestro, me ha permitido que contrate un ayudante, una especie de delegado, digamos. Y he pensado en ti. Si te apetece. La paga sería mucho mejor que ahora.

El enfermero se quedó un momento desubicado por la propuesta. Desde luego, la alternativa sería quedarse sin trabajo de un día para otro, aunque seguro que encontraba algún remedio gracias a sus habilidades. No con Rebecca, eso no. Echaría de menos su sonrisa, su vitalidad, su belleza…

—¿Qué dices? —lo apremió la psiquiatra.

—¿Tengo que responderte ahora mismo?

—Tendría que habértelo preguntado antes, lo sé. Pero he estado dudando si aceptar hasta el final —se disculpó mordiéndose el labio—.

Prácticamente hasta esta mañana, cuando he derivado al doctor Patterson el último paciente que tenía aún a mi cargo. En ese instante, he sentido que algo me estallaba dentro. Nada me retenía ya aquí, ningún vínculo, salvo…

—Yo.

—Exacto, Dennis. Entonces, ¿vienes?

Dejó de mirarla. Sus ojos verdes se habían apagado de pronto y su cuerpo escultórico, un metro ochenta de puro músculo y lleno de vitalidad, parecía haberse desinflado dentro del chaquetón de piel que no se había quitado al entrar en el local.

Rebecca le dejó tiempo para reflexionar, para considerar los pros y los contras. No podía imponerle a él su sueño.

Después de un largo minuto, que a ella le pareció eterno, volvió a mirarla. Ahora le brillaban los ojos y se le había dibujado una amplia sonrisa en los labios.

—¿Qué temperatura hace ahora en el sur de Italia?

—Bueno, al menos diez grados más que en Londres —se apresuró a responder la doctora.

—Está bien, me has convencido. No aguanto más esta lluvia.

Los dos saltaron de su silla y se abrazaron por instinto. Dennis la apretó fuerte contra él y le olió el pelo. No la abandonaría nunca.

Jamás.

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