Los enanos
Ocho
A petición de Pete, ella se sentó. Tenía algo que decir, explicó él, que sería aconsejable que escuchara, pues podría resultar provechoso. De pie junto a la chimenea, para empezar la invitó a considerar la cuestión del exterior de la persona y hasta qué punto era relevante. ¿Dónde el cuerpo dejaba de ser una fuerza positiva y se convertía en una carga onerosa? Él mismo estaba interesado en esta cuestión. Por ejemplo, estaban él y Mark. Osaría decir que sus exteriores iban primero que ellos y establecieron un contacto antes de que sus personalidades estuvieran dispuestas a participar. Para las personas con poca capacidad de discernimiento, eso podría servir de indicio de lo que fuera a venir, pero ¿hasta qué punto ese indicio era acertado? Él mismo era un joven atractivo, Mark, por su parte, parecía que acababa de levantarse de la cama, o que estaba a punto de meterse en ella. Los exteriores de ambos no concordaban, según su opinión, con la realidad. De hecho, este era uno de los pocos problemas que compartían. Ambos se habían visto obligados a llegar a algún tipo de acuerdo con su forma corporal, y el procedimiento que adoptaron para resolver la cuestión podría ser decisivo. A él le pareció que Mark estaba bastante contento de conformarse con la disposición de su cuerpo. Estaba satisfecho de aceptar una adoración basada solo en ese fundamento. Pero seguramente él tenía más que ofrecer que su perfil y sus habilidades en cuanto máquina sexual. Estaba desaprovechando su potencial. Actuando en semejante enlace de suficiencia con los caprichos de su cuerpo, no podría esperar conservar ningún punto de vista objetivo o crítico, ni en relación a él ni en relación a los demás. Porque siempre había que mantener una distancia entre lo que se olía y la capacidad de uno para pesar en la balanza el asunto o evento localizado. Mark no solo fallaba en eso, sino que estaba cerrado a toda enmienda. No se exponía a ser criticado.
Ella escuchaba.
Len, por supuesto, no era tanto un tipo físico como un síntoma físico. Su comportamiento, su manera de expresarse, se nutrían de algo semejante a un tartamudeo central y compulsivo. Nunca estaba quieto o, cuando lo estaba, su tranquilidad era a la vez un gesto y un argumento. Pero nunca eran sus mismas facciones distintivas lo que se destacaba, sino lo que venía tras ellas; las cortinas de humo, las señales de aflicción. Solamente sobre ese terreno era posible encontrarse con él, de modo que hacer observaciones acerca de su carácter físico era irrelevante, ya que su cuerpo, como tal, sencillamente no participaba. La actividad constante que uno podía percibir cuando estaba en compañía de Len regía exclusivamente en los límites de su cuerpo, y en objetos vinculados a él, como las gafas. Sus ojos eran activos solo como finales de nervios, no se podían considerar auténticos rasgos. Y donde normalmente este territorio nervioso constituía parte del total, en su caso era el total. Se adelantaba a su cuerpo, que pasaba por ser un mero vehículo para el conjunto de manías y acertijos que era Len.
Ella se recostó.
A decir verdad, Len mantenía una distancia no mayor que Mark entre lo que olía y lo que pensaba, pero por distintas razones. Ambos fallaban en distinguir entre cualquier olor dado y la conclusión consecuente, pero donde Mark era sencillamente demasiado perezoso para hacer el esfuerzo de diferenciar, a Len le faltaba confianza en su propio discernimiento. Len tenía que adherirse al olor y equipararlo al pensamiento, hasta que este fuera el olor, porque era incapaz de enfrentarse a la verdadera naturaleza del pensar y sus demandas. Pero mientras que Mark no estaba dispuesto a ser corregido, aunque es probable que con el tiempo descubriera sus errores o llegara a apreciarlos con ejemplos, Len sí mostraba buena disposición a aprender y a recibir ayuda.
Recostada, Virginia escuchaba.
Esto estaba dispuesto a conceder — siguió Pete—, y más, a cualquiera de los dos. Ya que, teniendo en cuenta todas las diferencias, estimaba de valor su amistad. De hecho, no estaba seguro si no se podía decir que ellos constituían una iglesia, en cierto modo. Difícilmente se podría decir que estaban unidos en cuanto a dogma o dirección, pero había terreno en común y había un marco. A lo más, formaban una unidad, y una unidad que, en sus propios términos, tenía el derecho de llamarse iglesia, en tanto que era una alianza de los tres en favor del bien común, y una fe en esa alianza. Por supuesto que había que trabajar en pro de una estructura equilibrada y flexible. Bien se daba cuenta de que esa estructura estaba lejos de estar acabada. Las diferencias entre ellos podían propiciar la corrupción de la unidad. Era preciso contenerlas, pero en el caso de que fueran contenidas o, lo que era más productivo, llevadas a una virtuosa conciliación, entonces podrían hablar de un logro. Para él, el esfuerzo mismo tenía valor. Tenía más que valor, era, francamente, esencial. Ahí radicaba la esencia de la comunicación. Si seguía incapacitado para comunicarse con su prójimo, no quedaría de él más que una podredumbre seca.
Ella escuchaba.
Después de haber reconocido la posibilidad de corrupción dentro de la unidad, trataría de la cuestión de la corrupción desde fuera de ella. Estaba convencido de que una influencia exterior podría absorberse sin daño. Por ejemplo, Virginia actuaba sobre uno de ellos en ese momento: sobre él mismo. Asumiendo que ella le hacía un efecto positivo, él mismo tendría más que ofrecer a la iglesia. Si, por otra parte, ella le infligiera un daño, asumía que los demás cumplirían con sus obligaciones en cuanto a él, mediante el entendimiento. Desde luego, se podría proponer el argumento de una influencia exterior que actuara, digamos, sobre Len de una manera y sobre Mark de otra, de tal modo que provocara discordia entre ambos y corrompiera la estructura. Pero en tal caso bastaría con escoger. Tendrían que considerar qué era de más valor, si su alianza o el tema en disputa. Según cuál fuera la opción, o bien la iglesia sacaría provecho y tiraría adelante, o bien cada cual haría sus maletas y se largaría a su casa.
Cuando el día se hizo penumbra, Virginia se acomodó en la silla, al encuentro de las sombras de la habitación, palabras otra vez, en torno suyo, desde la cama, desde donde él, en cuclillas, fumaba.
Se había hartado de las personas vacías y de los charlatanes. Su modo de vida había entrado en crisis. El tiempo que estuvo, por ejemplo en la Iglesia anglicana, había sido un desperdicio. Le habían engañado. Había creído que invertía tiempo y esfuerzo en su formación de visionario positivo, pero aquello no fue más que un lavado de cerebro. No le sirvió más que para degradar sus poderes. Sus potencialidades se estaban desgastando, estancando. Seguir teniendo potencial solo le causaba descontento. Más allá de sus propios recursos, siendo francos, con poco contaba. Todo estaba por hacer. Pero estaba condenado a seguir su camino, de eso estaba seguro. Tenía que trabajar su dolencia hasta llegar al hueso y curarla. Su condición solo se podría destruir cumpliéndola, se había resignado a ello. Pero seguir como miembro de la Iglesia anglicana exigía un tipo de paciencia de la que ya no disponía. Estaban demasiado anegados en estupideces. Por ejemplo, su idea de la naturaleza de Dios era una impertinencia, pero ellos se limitaban a darse palmaditas en la espalda. En cuanto a Dios, le habían entregado su sombrero y le habían dicho que esperara. Lo consideraban su propia creación, una mercancía. Ellos dirigían la empresa y a Dios le tocaba hacer los recados. Dios hacía el trabajo duro, ellos obtenían las ganancias. En la última reunión a la que asistió les había preguntado dónde estaba su Dios. Les dijo: «Pónganlo ahí sobre la mesa y le damos un repaso. Vamos a verlo todos». Pensaron que había estallado una bomba. En realidad, era ese tipo de gente que, si se les abrieran las puertas del cielo, solo sentirían una corriente de aire.
En el crepúsculo se sentaba inmóvil. Ahora Pete se acercó a ella.
Lo mismo se aplicaba a los poetas. Eran culpables de una deserción criminal. Tenía que subrayarle a ella que el acto de escribir era el acto de comprometerse con uno mismo. Por consiguiente, era una cuestión de moral. Los poetas a su alrededor firmaban sus propias sentencias de muerte cada vez que garabateaban sus nombres. Su obra no era tanto autoexpresión como autocreación. Y todo lo que salía era mentira. Cada poema que escribían no era más que un pedo póstumo. La obra de hombres muertos, capaces solo de parir un cadáver, a su propia imagen. Era una degradación y un abandono del propósito de escribir, activo solo en cuanto se deleitaba con su propio olor. Era fatal que una obra de arte se concibiera y se realizara en un vacío. Tenía que ser tan intencionada como una receta de cocina. ¿Para qué preparar un pudín de ciruelas si no lo ibas a consumir? Además de asumir un compromiso con uno mismo, al escribir uno tenía la obligación de informar, de iluminar y tal vez de transformar. El hombre tal vez fuera un error de juicio, pero hasta el momento seguía siendo un factor relevante. Y estas personas eran relevantes solo en cuanto constituían un recuerdo constante de la figura mental de cera que se les enfrentaba. Pecaban con cada palabra que escribían.
Estaba oscuro. Virginia se levantó y puso el hervidor en el gas. Luego salieron a pasear y cruzaron el Lea.