Los enanos
Cinco
Por encima del cuerpo de ella, Pete observó las sombras jorobadas de la habitación y luego, recogiendo su pelo, lo alisó en el cojín. La luna se introducía por el arco de la ventana. Ella lo atrajo hacia sí. Él recostó la cabeza sobre sus senos. Una suave brisa corría tras una ventana abierta sobre los amantes. Ella miró las paredes. No alcanzaba a distinguir dónde se juntaban. Parecían a la vez distantes y juntas sobre ella. Miró fijamente el techo estriado. El pálido borde de la sombra colgante, nítido al principio, ahora se esfumaba ante sus ojos, cambiando de forma a sombra en la abolladura del techo. En la parte superior de la pared se reflejaba un rectángulo de luz enrejada. La oscuridad caía sobre sus cuerpos, grávida, y se dispersó justo cuando Virginia miró hacia el exterior.
—Yo he desterrado la oscuridad de la faz de la tierra — dijo Virginia.
Pete extendió los brazos alrededor de una pata de silla, y juntó las manos.
—¿Cómo lo hiciste?
—No, está oscuro —dijo ella—. Todavía más desde que te has movido.
—Es el calor. Si no hiciera tanto calor, no estaríamos tan a oscuras.
—Pero en verano —dijo Virginia—, el día no se convierte en noche. El día es el día. En invierno, es de noche durante el día. En verano…
—No estoy seguro de estar de acuerdo contigo — dijo Pete.
Él bostezó y se estiró, empujando con el pie el guardafuego de la chimenea.
—Pero ahora está oscuro. Más oscuro, porque somos muy blancos —dijo ella.
—Sí.
La atrajo hacia él, haciéndola rodar sobre los cojines, la besó y la miró a los ojos.
—Tú no cierras los ojos.
—No —dijo ella.
—¿Por qué no?
—Quiero verte.
—¿Por qué?
—Porque te quiero.
—Sí —dijo Pete—, yo también.
La luna había ganado el cuerpo de la ventana y brillaba sobre ellos, tras pasar entre las barras de una silla.
—¿No crees que te quiero?
—¿Tú sí?
—¿Tú lo crees?
—No.
—Te equivocas —dijo Pete—. Te quiero.
Se acercó hasta la silla y sacó dos cigarrillos de su chaqueta, los encendió y puso uno en la boca de Virginia.
—En ciertos aspectos estoy chapado a la antigua.
Dejó que el humo se acumulara y lo dividió con un soplido.
—Pero me estoy volviendo menos ignorante.
—¿Ignorante?
—Creo que estoy aprendiendo a quererte.
—¿Cómo?
—Tal vez me estás enseñando. ¿Quién más podría?
—¿Yo?
—¿Quién más?
Virginia se incorporó y volvió la cara hacia él.
—El otro día me dijiste que yo era más niño que mujer para ti.
—Yo dije en cierto modo.
—Pero…
—He estado pensando.
—¿Qué?
—He estado reflexionando.
Dejó caer la cabeza en el cojín, junto a la cadera de Virginia, y estiró las piernas hacia la chimenea. Ella lo miraba. Agachándose, lo besó, y luego se apartó para incorporarse. La atrajo de nuevo hacia él y apretó la boca contra su hombro. El pelo de ella caía en cascada sobre su cara. Le besó los senos. Ella miraba fijamente hacia la ventana. La luz era vidriosa. Virginia se giró y se dejó caer encima de su cuerpo. Rodaron sobre los cojines abrazados, besándose, con los muslos entrecruzados. Quedaron inmóviles, con la superficie inferior de la mesa negra sobre ellos. Virginia acariciaba todo el cuerpo de Pete con sus manos. Él se zafó de su abrazo y se incorporó.
—Sí, eres muy bella.
Regresaron a los cojines y se sentaron cara a cara.
—Pero ¿qué estaba diciendo? —sonrió Pete.
—Estabas pensando.
—Sí.
—Habías estado reflexionando.
Pete recogió el cigarrillo de ella y se lo pasó.
—Lo que sucede a veces —dijo— es que avanzas más deprisa que tu propio pensamiento, que te quedas detrás de tu propio tiempo sin darte cuenta. Todo esto, ahora lo entiendo, ha venido sucediendo dentro de mí desde hace algún tiempo sin que yo fuese consciente. O quizá era reacio a fiarme de ello. He estado aprendiendo a quererte desde hace bastante tiempo.
Virginia callaba. Él se recostó y contempló el rincón oscuro de la habitación.
—¿Estás seguro?
—No. Pero quiero estarlo. Quiero que me ayudes a comprobarlo.
—Sí.
—Lo podemos hacer. Estoy seguro.
—No oigo nada —dijo Virginia.
—Oye.
—¿Sí?
—Voy a pasar la noche aquí.
—¿De verdad?
—Sí.
—No recuerdo la última vez que lo hiciste.
—Bueno —dijo él—, aquí lo tienes.
—Aquí estoy y aquí estás. ¿Te gustaría bailar conmigo?
—¿Qué quieres decir? ¿Ahora?
—Sí.
—Ahora mismo no, ¿eh? —dijo Pete.
—Está bien.
—Tomemos un poco de vino.
Se levantó, se acercó a la mesa y sirvió dos copas de vino tinto.
—Estás muy delgado, muy apretado.
—Salud.
—La luna te persigue.
—No, soy yo que la obstaculizo.
—Es tu privilegio.
—Sí, ¿y por qué no?
Se detuvo junto a la ventana, mirando al exterior.
—No hay viento.
—Len me dijo eso una vez —dijo Virginia.
—¿Qué?
—Simplemente, me miró y dijo, «no hay viento».
—Ah —dijo Pete—, Len. Voy a verlo mañana por la noche.
Agachó la cabeza para mirar al cielo.
—Todo quieto allá arriba, de todos modos.
—Suena muy grave —dijo ella.
—¿Qué cosa?
—Que vas a ver a Len mañana por la noche.
—No, ¿por qué?
Se sentó junto a ella.
—¿Qué somos, tú y yo? Lo que no somos es dos piezas en una máquina de amar.
—No. Desde luego no somos eso.
—Exacto. Para mí tú representas mucho más que eso. Por ejemplo, no necesitas llenarte de adornos para provocar, o ese tipo de cosas. No vienen al caso. Tu provocación es de otra índole… Es de una índole más pura. Tu hermosura es de otra calidad.
—¿Lo es?
—Sí. Existe a pesar tuyo y de todos los demás. No necesitas dedicarte a la excitación, como el resto de mujeres. Esa no es tu vocación. Tu vocación es ser discípula de los dioses. ¿Me entiendes?
Pete vació la botella en las copas. Virginia se introdujo suavemente entre las sábanas.
—¿Te conté alguna vez mi pesadilla en los tiempos en que iba con Mark, cuando formaba parte de la pandilla? —preguntó Pete—. Las mujeres blindadas. Era solo un poco menos difícil que hacer el amor a una palanca. Recuerdo que una vez se rompió una liga. Estábamos sentados sobre una lápida en el cementerio de Hackney. Me quedé atrapado entre la hebilla y el resto de la maquinaria… Un poco más y se me estrangula el miembro. La chica era enfermera, con título y todo. Tenía la costumbre de pellizcarme la epidermis para mostrarme cómo me amortajaría si fuera cadáver. Muy divertido pero, si lo piensas bien, solo para bobos.
—¿Tú y Mark siempre ibais juntos entonces?
—Sí. Trabajo por turno. Trabajo. Mañana trabajo — dijo, bostezando—. ¿Sabías que en la bodega de la empresa hay suficiente carne de venado para hundir un barco?
—¿Para quién es?
—Para los directores y para las esposas de los directores.
Pete se metió en la cama y la estrechó entre sus brazos.
—Esto me hace mucho bien —dijo ella.
—A mí también.
—No es justo que una maestra duerma sola siempre.
Las campanas de la iglesia dieron las dos.
—Tus ojos son muy brillantes — dijo ella.
—Nunca he visto los tuyos tan abiertos.
—Los míos crecen por la noche.
Él le trazó las cejas, los párpados, las mejillas.
—Me pregunto si voy a soñar esta noche.
—No —murmuró ella, con los ojos cerrados —, no vamos a soñar.
—Mira la luna.
Echándose hacia delante, miraron por la ventana.
—Sí.
Bordeada por nervaduras y cavernas de nubosidad, la luna, brillante, permanecía inmóvil.