Los enanos
Capítulo II
Nueve
Pete entró a paso tranquilo en la calle Threadneedle, se detuvo al vislumbrar la esquina de piedra gris. Miró hacia arriba.
El Banco de Valparaíso. Tiene que ser el Banco de Valparaíso. Edificio sin ladrillos. Un acto de fe. Recto como una vela. Hasta el tope y para abajo. Conversaciones geométricas con el sol. Un modo de ver el santo crucifijo. El ángulo del sol angulado, vuelto comercio. Apuntado en taquigrafía. No se deje engañar por reflejos engañosos. Neumáticas impertinencias. El mercado está abarrotado. Peor que una conjugación perifrástica. Pero el sol tiene todos los tamaños y las formas. Armando líos. Palabras falsas en los techos. Lenguaje de señas. ¿Qué es eso? ¿Un dihedron? ¿O quién escupió sobre el polígono? Lánzame la bola matemática. Estoy por creerlo.
Se apoyó en la pared.
Enciende un cigarrillo y aparenta normalidad.
Bajando el Banco de Valparaíso sin ladrillos, el sol se esfuerza, alancea, se atranca en el asta de la bandera. Respirando humo, Pete mira el embrollo del tráfico, la lucha de los vehículos al mediodía, oye el rechinar de las ruedas; las figuras que se hunden en el reverbero, caminando; la tembladera de aguja en la calle de sol. Un veloz brazo negro empujó adelantando con un desvío.
Mira. Sí. Aceite de linaza y lacre. Rígido collar de cachorro. Peso ligero. Muy activo sobre las puntas. Gobernadores de una nación. La historia secreta. Masones y constructores de la paz. Pronósticos candentes sacados de la manga. Para que salgas ganando. Contraseña y una ginebra de prisa. ¿Cuál es tu nombre y número? Guárdalo.
Apoyándose, contempló la calle caminante. Los edificios hechos a medida balanceados hacia atrás, saliendo de su inclinación. Hacían alto entre sol y sol.
Cerca de la hora de la siesta. Tendido sobre el jardín de la azotea. Té con limón y un toldo. A la sombra de un viejo manzano. Abrigado de
la corriente. Darle vueltas al globo y escarbarse los dientes.
Cientos de ventanas y ni una sola cara en alguna de ellas. El día no existe. Clandestino trabajo. Dedicándose al trabajo. Un día de ocho horas sin un día en él. El mundo del trabajo. Donde trabajo y soy intruso. ¿Bajo la dirección de quién? Quien habló, diciendo. No creas ni una palabra de eso.
Pete se giró y miró hacia arriba. Ventanas del Banco de Valparaíso parpadearon un anónimo centelleo.
Centelleando desde el dedo gordo hasta la oreja. Todo hecho en un santiamén. Depende de si tienes las herramientas. Pilas de trabajo para todos. Pero ningún permiso sin la gracia de Dios. Enmárcalo. Desempólvalo todo el tiempo, cada día.
Edificio oscilando, y el próximo, y el próximo, por la calle Threadneedle.
¿Qué es eso? Con arrogante andadura. ¿Ella se negaría? Mira aquellos flancos. Bim bam. Amárrame y compra uno. Bam bim. Ella montaría a horcajadas. Todo el camino hasta Dalston. No dudes de eso. He estado antes. Salí por la puerta principal. Sin mi hueva, como un arenque seco.
—¡Peter Cox! ¡Caramba!
Retribución.
—¡Vaya, vaya, vaya!
—¡Derek! —Pete saludó, apretando la mano—. Vaya, vaya.
—Ay ay —sonrió Derek, recuperando la mano—, ¡vaya vaya!
—Bueno —dijo Pete sonriente—. ¿Qué haces por aquí?
—Yo trabajo aquí —Derek se rio, con cara lustrosa.
—No me digas —dijo Pete—. No lo hubiera creído. Yo también.
—No me digas —dijo Derek, radiante, ensanchando la cara—. Nunca lo hubiera imaginado. ¡Vaya, vaya, vaya! ¿Dónde?
—¿Dónde? —dijo Pete—. Oh, Dobbin y Laver. A la vuelta de la esquina.
—¡Soy vecino tuyo! —exclamó Derek con energía, descomponiendo la cara, golpeándole los hombros.
—¡Vaya! —dijo Pete—. Vaya, vaya, vaya.
—Te ves rebosante de salud — dijo Derek con entusiasmo, desplegando la cara—. No has cambiado nada. Todavía tienes el pelo ensortijado. ¿Cómo te va? ¿Un buen trabajo?
—Oh —Pete patinó, encogiéndose de hombros—, es… ¿sabes?… no… está… mal, amigo Derek.
—¡Demonios! —exclamó Derek con vigor, cerrando la cara —. ¡Hará ya tres años desde que nos vimos por última vez! Y antes que eso, no nos habíamos visto desde que acabamos el colegio.
—Sí —dijo Pete—, hay algo en eso.
—¡Dios mío! —tronó Derek, con la cara chispeante —. ¡Un siglo! ¿Qué haces ahora? ¿Es tu hora del almuerzo?
—Bueno, sí… —resolló Pete—. Más o menos.
—¡Qué suerte! —dijo melodramáticamente Derek, con la cara hirviendo—. ¿Tomamos algo?
—Bueno, en realidad —se arrugó Pete—, voy corriendo a encontrarme con un tipo. Mark Gilbert. Lo conocías, ¿verdad?
—¡Gilbert! ¡Por supuesto! — Derek mugió, moliendo la cara—. Se hizo actor, ¿no es eso?
—Pues, sí —dijo Pete—, pero, sabes, está preocupado por algo, creo. Quiere comentármelo con tranquilidad. Ya sabes cómo son estas cosas, Derek… Conoces a los actores… ¿No?
—Problemas con mujeres. ¿A que sí? —Derek esquivó, con la cara desprendiéndosele en escamas—. Sé exactamente de lo que estás hablando. Actor… ¿No?
—Sí —dijo Pete—, son gente rara. Es una lástima, pero tengo que ir. Pero seguro que nos cruzamos otro día. Trabajando los dos por aquí… Digo.
—¡Ojalá! —dijo de golpe, con cara cantarina, agarrándose los codos—. Tenemos que tomar algo después de tantos años.
—Sin duda.
—Pues, mira, Peter —saltó Derek, entonando la cara, dando espaldarazos—. ¿Por qué no me llamas? Podemos encontrarnos una noche después del trabajo. Espera un momento, te doy mi número. Todavía veo a Robin y a Bill, ¿sabes? ¿Tú ves a alguien del viejo grupo? Ah sí, a Gilbert. Aquí tienes. Bueno, mira, dame un toque, ¿vale? Yo llamaré a Robin y Bill, lo pasaremos de muerte.
—¿Cómo le va a Robin?
—Floreciente, amigo. Todavía sin casarse. ¿Tú te has casado? — avispó Derek, rebrotando la cara.
—Ay, ay —dijo Pete—. Oh, así es la cosa… Bueno… Haré lo que dices. Ahora tengo que irme. Ya sabes cómo son esos actores…
—¡Ha sido estupendo encontrarte! — lanzó Derek mientras se le apagaba la cara—. Que no se te olvide.
Pete se giró, saludó con la mano, y cruzó la calle.
Totalmente sudado. Alguien arregló eso. Tengo que mantener los ojos bien abiertos. No me hubiera visto desde el otro lado. Sospechoso. Claro que sí lo haría. Todos lo hacen. Debería llevar sombrero. Dejarme bigote. Comprar una silla de ruedas. Una nariz postiza hace milagros. Vaya, qué susto. ¿Dónde está el papelito? Uf. Por el sumidero.
Entre bocinazos y tubos de escape, Pete cruzó la calle. Bajo planos de hierro ondulado vio ladrillos y peroles ordenados y alzados por figuras en la calor. Dobló por una calle lateral.
Por aquí. El río. Sí. Más fresco cuanto más cerca se huele. Pero todavía hay zumbido. Zumbido y chisporroteo. Londres está quemándose. Mira. Niñas de sándwich. Exhibición de piernas para un financiero de la City. Los encaramados a la tapia. Esperando una presa. Aves de rapiña. ¿Cómo es ser mujer, Maisie? No sé. Nada para obstaculizarte. Nada que cuelga y nada que sobresale. Liso y mojado. Dedos en el papel. Papel de tisú para cada propósito. Pintalabios y pepino. Ojos. No voy a pasar por tu camino, no. Y nunca es la palabra. A algunas les gusta con sudor. Faena animal. Mecánica putrefacta. A pelo con chapoteo. A la imagen de Dios. Nada cuesta. Nada vale. Puterío enfrentada a nítida excelencia. Sudor y escupitajos y sin nada que demostrar después. El acto de compasión. Ganador y colocado. La bolsa o la vida. Algo por nada. La nivelación general. Así no. Así no.
Por ahí va un barco. Uno para mí. Es un buen barco. Barcos. Gente enana. Echa una mirada a aquel sol. Sanguinario. Velas. Gente enana. Babosa gente enana. Sol es de acero también. Acero entero. Si yo fuera de acero todo estaría resuelto. Listo para actuar. Dormir.
Pete entró en la oficina y cerró la puerta tras él.
—Ah —dijo la recepcionista—, Mr. Lynd quiere verle, Mr. Cox.
—¿A mí?
—¿A quién más?
Cabezas rubias en gorjeo bajaron la vista.
—¿Ahora?
La chica asintió e inclinó la cabeza. Pete se dirigió resueltamente hasta la puerta final y llamó.
—Pase.
Pete entró.
—Me dijeron que usted quería verme, Mr. Lynd.
—Ah sí, es cierto —dijo Mr. Lynd, acariciando la tapa de una caja de puros—. Pase, por favor. Cierre la puerta. Muy bien. Ahora. Sí. Siéntese, Mr. Cox.
—Gracias.
Pete se sentó.
—A ver, Mr. Cox.
Mr. Lynd tabaleó se meció suavemente en la butaca.
—¿Fuma? —propuso, con la mano vagando por el escritorio.
—No, gracias, Mr. Lynd.
—Vamos a ver, Mr. Cox… —dijo Mr. Lynd—. ¿Cómo le va a usted?
—Oh —dijo Pete—, bastante bien, ¿sabe?, Mr. Lynd.
Agarrándose los dedos de ambas manos y sorbiendo discretamente por la nariz, Mr. Lynd, con la boca cerrada, sonrió.
—Bien —sonrió—. ¿Y cómo le va en el trabajo?
—Bueno —dijo Pete—, no creo ser la persona indicada para darle una respuesta, Mr. Lynd. La respuesta, debo decir, dependerá de si usted lo encuentra o no satisfactorio.
Girando en su silla, Mr. Lynd captó su reflejo en el gabinete de vidrio oscuro.
—No es exactamente lo que quise decir —dijo—. Pero le puedo decir, Mr. Cox, que su trabajo es, sí, bastante satisfactorio.
—Oh, gracias —dijo Pete.
—Yo me refería, más bien —dijo Mr. Lynd, balanceándose hacia atrás en su butacón y alzando el pantalón—, yo me refería, más bien, a cómo se siente, usted mismo, en relación al trabajo.
—¿Cómo me siento yo mismo en relación al trabajo?
—Para serle franco, Mr. Cox — dijo Mr. Lynd, con el puño cerrado sobre su estómago—, entre algunos de mis colegas y yo existen discrepancias.
—¿Discrepancias?
—Quiero decir en cuanto a nuestra actitud hacia los trabajadores, quiero decir, hacia el personal. Yo, por mi parte, considero su… podríamos decir… bienestar mental, como algo que afecta a la buena marcha de la empresa entera.
—Muy atinado —dijo Pete.
—Esto se lo digo a usted, desde luego, porque me doy cuenta de que usted no es, ah, desde luego, una persona poco inteligente, Mr. Cox.
Pete se rascó la nariz y murmuró.
—Pero lo que quise decir, Mr. Cox —siguió Mr. Lynd, dejando caer el tronco hacia delante y abollando la frente—, es que yo había tenido… hum… la impresión, alguna que otra vez, de que usted mostraba cierta tendencia a estar… Cómo diría…
Abrió una agenda de cuero negro que estaba a su derecha, encima del escritorio, y la cerró bruscamente.
… ¡distraído!
—¿Ah, sí? —dijo Pete, cruzando la pierna derecha sobre la izquierda.
—Sí —dijo Mr. Lynd, apoyando los codos y jugueteando con los dedos—. Que no estaba entusiasmado, vamos, esa era mi impresión, con su trabajo.
—¿Entusiasmado con mi trabajo?
—Pues sí —dijo Mr. Lynd, meneando la cabeza rápidamente —, por decirlo de alguna manera.
¿Qué quieres decir con por decirlo de alguna manera? No me busques las cosquillas.
—Pero le aseguro, Mr. Lynd —dijo Pete, que encuentro mi trabajo muy interesante—. La concentración, hay que decirlo, tiene apariencias múltiples y engañosas.
Ándate con ojo.
—¿Cómo dice? —dijo Mr. Lynd, allanando los ojos.
—No, quise decir…
Mr. Lynd sonrió francamente, las palmas dirigidas hacia arriba.
—No alcancé a…
—No —comenzó Pete— yo…
Su pie dio un golpe contra el escritorio.
—No —dijo, con una sonrisa—, me siento completamente en mi casa, Mr. Lynd, si eso es lo que quiere decir. Probablemente tengo el seso puesto en el trabajo en estos momentos.
La frente de Mr. Lynd subió de golpe.
—Ah —dijo—, alegra oír eso, Mr. Cox. Yo creo, ¿ve?, que usted tiene notables aptitudes.
Sorbió fuertemente por la nariz y buscó a tientas su reloj de bolsillo.
¿Quién le ha dicho eso? ¿Su nodriza? No crea ni una palabra de lo que le digan, colega. Vamos. Despídame. Basta. Somos exquisitamente finos. Reconózcalo. Soy como un libro cerrado.
Mr. Lynd cerró el reloj de bolsillo con un chasquido.
—Dígame, Mr. Cox.
—¿Sí?
—¿Cuáles son exactamente, Mr. Cox, si no le —sonriendo mientras lo decía— molesta mi pregunta, sus ambiciones?
Pete vio a Mr. Lynd abrir la caja de puros, cerrarla y levantar una mirada franca.
—Lamentablemente —respondió—, no puedo decir que haya pensado en eso, Mr. Lynd.
—¿De verás? Me sorprende.
Mr. Lynd parpadeó, y sacó la barbilla, enderezándose, para soltar la nuca.
—Porque yo creo —dijo, tragando saliva —, y no soy el único en creerlo, que usted tiene alguna posibilidad de promoción en esta empresa, siéndole sincero.
El sol rozó su brazo, al estirarse para empujar un calendario hacia el borde del escritorio. Evitó que se cayera, lo puso a horcajadas sobre la base, y se incorporó de golpe.
—Sí. Pero usted tiene… supongo… ¿Otros intereses?
—Oh sí —dijo Pete—, tengo bastantes otros intereses. Sobre todo domésticos.
—¿Oh? ¿No creo que usted esté casado?
Los ojos de Mr. Lynd brillaban. La risita de los dos se hizo una.
—No, no lo estoy, Mr. Lynd.
—Ya veo. Bueno, tal vez estoy fisgoneando demasiado.
—De ninguna forma.
Mr. Lynd levantó la manga de chaqueta e inspeccionó y, con el meñique, dio un golpecito a la manga de camisa.
—Bueno —concluyó—, cuando desee hablar conmigo, por favor, no dude en hacerlo.
—Muy amable de su parte, Mr. Lynd.
—Muy bien —dijo Mr. Lynd, quedándose en su asiento.
Pete se levantó. El sol hacía añicos el pisapapeles.
—Gracias —dijo.
—No, no.
¿Ovejita, quién te hizo?
La puerta, al cerrarse, rozó la alfombra tras él.
Por la tarde, mientras el sol caía sobre la ciudad, Pete estaba apoyado en una pared al pie de una escalera de piedra, fumando, mirando a través de la ventana, viendo pasar los autobuses rojos por debajo de los árboles junto al río.
Ninguna alarma en el río. Ningún sudor en el río. Acero solamente. Olor a acero. Destello de acero sobre la marea. Ejércitos de luz sobre el agua metálica. Voces.
Arriba se oían voces. Jugaban livianas, esquivas, subiendo y bajando, deshaciéndose en risas, girando a gran altura, más abajo; reduciéndose hasta murmullo de piedra. Los zapatos rasgaban y se detenían, rumoreando, sobre él. Atrapado bajo el declive de la escalera, Pete fruncía el ceño, susurraba; ellas, las niñas, escaleras arriba, azuzaban suavemente, reían, murmuraban. Aventurándose, un zapato taconeó, punta de metal, resonó para abajo sobre la piedra, taconeando invisible en la piedra inferior, volteó, se paró. Un suspiro entre voces, bajo, un cacareo jugado entre manos. De espaldas contra la pared, Pete oyó unos rápidos susurros reñidos entre sí, murmullos frotándose envueltos en la piedra. Una voz se deslizó hacia abajo, sin descifrar, dentro de la oreja agrietada, pisó un filamento en la venosa pared, embalada, hacia abajo, debajo de su eco, su propio sonido. Una voz, inclinándose, los rasgando un peldaño, abofeteando la piedra, por encima de él, en cáscara y ritmo, oído, no oído; una que cesaba, permitía, escuchaba. Pete se apoyó en la pared murmurada, volvió la cara hacia el exceso de luz, escuchó, permitió. Los pasos patinaron hacia abajo sobre la piedra, sonó la risa, dura, franca, sin palabras. De golpe se cerró una puerta.
Desaparecidas. Dulzura. Luz. Fétidas cosas. Cosas groseras. El reino.
Subió la escalera y entró en la oficina.
—Oh, Mr. Cox, en el teléfono, preguntan por usted.
—¿Qué, ahora?
—Sí. Acaba de llamar.
Todos los oídos abiertos. Ojos.
—¿Diga?
—¿Mr. Cox?
—Sí. ¿Quién habla?
—Llamo para decir que mi cliente no está satisfecho con el trabajo de usted en el techo.
—¿Qué?
—No olvide que usted le dio una garantía a mi cliente. Está dispuesto a aceptar un sesenta por ciento por el material de deshecho, pero no tolera las goteras. Si usted cumple con sus obligaciones, mi cliente hará lo propio con las suyas. Mi cliente está dispuesto a darle…
—No Len, ahora no… Estoy ocupado. ¿Cuándo nos vemos?
—Parece que usted no se percata de la gravedad de esta situación, Mr. Pox, digo Cox. Las cañerías están descompuestas y el medidor se está atascando. El piano de cola no tiene arreglo, probablemente. Si acepta usted un trato, le toca respetarlo. Mi cliente…
—De acuerdo, entonces. Si estás por aquí cerca, ven a buscarme a la salida del trabajo.
—Eso es inaudito.
—Hasta luego.
—No te olvides de traer el chucrut.