Los enanos
Seis
—Hagas lo que hagas, no despiertes al gato.
—Hazme un favor…
—No lo entiendes. Hoy estaba tocando a Bach para ese gato. Estaba ensayando una sonata para violín sin acompañamiento. ¿No lo ves? Merece un descanso, desde su punto de vista. No puedo afirmar que yo entienda su punto de vista…, aunque me siento más próximo a ese gato de lo que puedas pensar. Tenemos mucho en común.
—Dios mío —dijo Pete.
Len dio un par de vueltas a la llave y abrió la puerta. Bajaron hasta la sala. El gato, acostado en el sillón, levantó la cabeza.
—Está despierto.
—Nunca volverá a dormir —dijo Pete, sentándose —. Puede que Bach sea la causa de tu éxito, pero es la ruina de ese gato.
—No lo veo así —dijo Len.
Desplazó suavemente al gato del asiento. Cayó al suelo, ¡zas!, y se quedó mirando a Pete, meneando la cola.
—Tú tal vez no entiendas su punto de vista, pero creo que él entiende el mío bastante bien.
—¿Quieres decir con respecto a él?
—Sí.
—¿Cuál es?
—Desdén —dijo Pete—, y desafío. Poco respeto, desprecio, y cualquier actitud que no sea impropia del poderoso remitente, así lo estimo yo.
—Eso es triste. Dios mío.
—Oye. Cualquier hombre sensato trataría con reserva a un gato que, además de ser matemático y músico, por añadidura se proclamase, sobre esa base, el rey del gallinero.
—¿Dijiste reserva o lascivia?
—Dije reserva.
—Creí que habías dicho lascivia.
El gato se sentó en la alfombra y se lamió las patas.
—Ese gato ha dejado de ser el animal que fue —dijo Pete—. Míralo. Se ha convertido en una semicorchea.
—No puedes echarle toda la culpa a Bach.
—¿Por qué no? Él ordena y manda en esta casa con mano de hierro.
Len meneó la cabeza y abrió las cortinas. Sin dejar de menear la cabeza, se sentó sobre la mesa, aspirando entre los dientes apretados. Se bajó las gafas y miró por encima de la montura, alrededor de la habitación, luego volvió a ponerse las gafas en su lugar.
—¿Qué? —exclamó, volviéndose a quitar bruscamente las gafas —. ¿Qué fue? ¿Qué dijiste? ¿Eh? ¿Bach? ¿Bach? ¿Qué fue de Bach?
Pete se recostó en el sillón.
—Dime una cosa —dijo—. ¿Quién era Bach?
—¿Quién era? ¡No me puedes hacer semejante pregunta!
—¿Qué me puedes decir acerca de él?
—Estás chiflado.
—Mira Len —dijo Pete, inclinándose hacia delante—, ten un poco de cabeza. Tienes que saber algo de él, después de dar tanto la lata. ¿Qué convendría saber de él?
—No —dijo Len—. Pregúntale a otro. No te puedo decir nada. Es imposible. No puedo hablar de él.
—¿No?
Len se encogió de hombros y abrió la puerta de la alacena. Tomó una botella de vino de un estante, sacó el corcho y olfateó, colocó la botella en la mesa, con dos copas. Echó una mirada feroz a la botella, la alzó y leyó la etiqueta. Luego se la pasó a Pete. Este la olfateó y la devolvió a su lugar. Len se puso las gafas en su sitio y aguantó la respiración para olfatear de nuevo. Sirvió el vino, se acercó la copa a la nariz, observó el color y tomó un sorbo rápido. Se paseó por la habitación con el vino en la boca, poniendo en blanco los ojos y agitando los párpados. Entonces empezó a hacer gárgaras.
—¿Bach? —dijo, escupiendo el vino de regreso a la copa —, es sencillo. Lo importante de Bach… lo importante de Bach —levantó la botella, frunció el ceño, la devolvió a la alacena y cerró la puerta—. Lo importante —dijo Len—, de Bach, es que, un momento por favor, es que…
Se sentó sobre la mesa y rápidamente se puso de nuevo en pie, recogiendo la copa y dándose palmaditas en la trasera del pantalón, donde se acumulaba el vino derramado.
—¡Puf! ¡Puf! ¡Puf!
—Coge un trapo.
—¡Puf!
—Gírate —dijo Pete—. No es nada.
—Estoy empapado hasta los huesos.
—Estabas hablando de Bach.
Len se quitó el pantalón, lo cogió por las perneras y lo sacudió con violencia. Inspeccionó la mancha y se lo puso de nuevo.
—Treinta y nueve chelines con seis peniques, hace cinco años.
—¿Y ahora por qué no haces el pino? —dijo Pete—. ¿Qué pasaba, por el amor de Dios, con el puñetero Bach?
—¿Bach? Muy sencillo. Lo importante de Bach es que él entendía que su música emanaba a través de él y no de él. O sea, desde A hasta C por la vía Bach. Y no hay nada más que decir.
Se sentó en un sillón y se recostó.
—Fíjate en Beethoven.
—¿Qué quieres decir?
—¿Qué quiero decir? —dijo Len—. Beethoven siempre es Beethoven. Bach es como el frío o el calor o el agua o el fuego. Es Bach pero no es Bach. No hay comparación.
—Espera un momento…
—Mira —dijo Len, sintiendo el vino en las nalgas —, cuando escucho la música de Bach sé lo que significa el reconocimiento. No el reconocimiento de que esté escuchando a Bach, sino simplemente el reconocimiento. No hay piel, no hay madera, no hay carne, no hay hueso, no hay orgasmo, no hay recuperación. No hay vida, pero tampoco hay muerte. No hay ningún acto. La conciencia se abandona a los cuatro vientos, o a los cuarenta vientos, desde luego, depende de quién seas.
—¿Eso hace?
—No es cuestión de decir «Aquí está, ahora». Eso no viene al caso. Vendría al caso si Bach no fuera Bach. Entonces podrías decir «Sí, estoy escuchando eso», pero Bach no te quiere conocer. Es una actitud sin punto. Sin punto.
—Sí.
—Bach es el compositor de los débiles. Pero también de los fuertes, por cuanto él aterroriza a muchos que no son ni débiles ni fuertes.
—¡Caray!
—Bach —siguió Len, poniéndose en pie y caminando hasta la pared—, no tiene que ver con asesinatos, con la naturaleza, con masacres, terremotos, pestes, rebeliones, hambrunas o cosas por el estilo. No tiene nada que ver con cosas grandes. Siempre hay sitio para él. Puedes, aunque te parezca extraño, metértelo en el bolsillo. Pero si te lo metes en el bolsillo, no te lo estás metiendo a él en el bolsillo, eso lo has de entender.
—Ajá.
—Me dicen, Pete —dijo Len, sentándose de nuevo sobre la mesa —, que una cálida y generosa mujer hace que en comparación todo pierda importancia. Sin ninguna duda. Incluso Shakespeare se convierte en unas cuantas palabras bien escogidas. Pero Bach, para mí, nunca podría convertirse en unas cuantas notas bien escogidas. Supongo que es porque desconfio de todo el mundo. Puedo entender, creo, dónde mi propiedad llega a convertirse también en la de una mujer y todo es olvido. Pero la última carta, por el momento, es la de Bach.
—Ya veo.
—Una cuestión, ¿sabes? —dijo Len, levantándose—, puramente técnica referente a Bach es su insistencia y su inspirada justificación de esa insistencia. Bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu bu… bu tilelelelelalalalalala bu bu bu etcétera. Puedes acceder a la tilelela, pero fácilmente encajas en los bu bus anteriores. No hay problema. Eso es todo lo que tengo que decir en cuanto a Bach. Ahí lo tienes. No has debido preguntarme.
—Bueno —dijo Pete—. Vale. Sí. Algo me has dicho.
Estaban de pie, con las manos en los bolsillos, sobre la alfombra.
—¿Y si tomáramos una taza de chocolate?
—¿Chocolate?
—Sí —dijo Pete—, haremos un brindis.
—Está bien. Está bien. No me importa brindar.
Salieron del cuarto y bajaron hasta la despensa, con el gato tras ellos. Al otro lado de la ventana del sótano la luna brillaba torcida sobre la vajilla colgante. Len encendió la luz y puso el hervidor. Sacó una lata de chocolate.
—Sí, no es mala idea.
—No es posible.
—Mi cara es una mascarilla —dijo Pete, mirándose en el desconchado espejo de encima del fregadero.
—Tienes toda la razón.
—¿Sabes?, una vecina me paró el otro día y me dijo que yo era el hombre más bello que jamás había visto.
—¿Cómo respondiste a eso?
—¿Cómo podía responder?
—Tengo unos bollos.
Pete se sentó a la mesa y acarició la superficie.
—Esta mesa es muy sólida.
—Dije de que tenía unos bollos.
—No, gracias. ¿Desde cuándo tienes esta mesa?
—Es una reliquia de familia.
—Sí —dijo Pete, reclinándose—, a mí me gustaría tener una buena mesa, y una buena silla. Muebles sólidos. Hechos para el uso. Los llevaría a un barco. Navegaría por el río. Una casa flotante. Podrías sentarte en la cabina y mirar al agua.
—¿Quién se ocuparía del timón?
—Podrías estacionarlo. Estacionarlo. No hay un alma a la vista.
—¿Adónde irías?
—¿Irías? —dijo Pete—. No irías.
—Aquí tienes tu chocolate.
Lo probaron.
—¿Cómo está Mark?
—Bien —Len se encogió de hombros.
—¿Qué dice de nuevo?
—Anoche dijo que no iba a escupir.
—Me alegro de oírlo.
—Me alegro de poder decirlo.
—¿Qué motivos tiene para escupir?
—Bueno, de vez en cuando se ve que le apetece un buen escupitajo.
—Sí, pero ¿a santo de qué escupe, o no escupe, esta vez? —preguntó Pete.
—Mi examinador.
—¿Quién?
—Cristo. Jesucristo.
—¿Qué? —dijo Pete, incorporándose—. ¿Está pensando en echarle un salivazo a Jesús?
—No exactamente. Pero de tanto en tanto no puede evitarlo, supongo.
—¿De qué estás hablando?
—Bien —dijo Len—, tú mismo le dijiste que yo estaba curioseando el Nuevo Testamento.
—Oh. Así que está escupiendo a eso, ¿verdad?
—Ya te he dicho que él dijo que no lo haría.
—Muy generoso de su parte.
—Bueno, puede que esté en condiciones de hacerlo. Eso nunca se sabe.
Pete metió las manos en los bolsillos y se rio.
—Hablas como un cretino. ¿En condiciones de escupirle a Jesucristo? Me troncharé en cualquier momento. Pero sigue, me interesa. Dime: ¿por qué piensas que está en condiciones de escupir?
—Me estás arrancando las uñas, una a una.
—Te estoy dejando salir casi indemne. Sigue.
—Está bien. Creo que tiene una respuesta, y solo eso. Incluso si no la tiene, creo que creo que la tiene, e incluso aunque no crea que la tiene, puede que la tenga o, si quieres, alguien con su nombre puede tenerla.
—¡Alguien con su nombre! Has hecho que el gato se esconda a rastras bajo la mesa. ¿Así es como hablas con el gato cada noche?
—Está bien —dijo Len—. Tienes algo que decir. ¿Por qué no lo dices?
—No —dijo Pete.
Levantó la taza y tomó un trago.
—No —sonrió—. No tengo nada que decir.
—¿Seguro?
Levantó la mirada y sacudió la cabeza. Luego, reflexionando, empezó a reírse entre dientes.
—Está bien. Mark dijo otra cosa, además, que estoy seguro que vas a apreciar.
—¿Qué cosa?
—Estaba hablando del deán Swift, ¿sabes?, y dijo que acabó comiéndose su propia mierda y dejando su dinero para manicomios. ¿Has visto a Pete últimamente? Pues lo mismo. Sin rodeos. ¿Qué opinas de eso?
Pete estaba sentado, se echó adelante y se rio.
—Es muy divertido.
—¡Divertido! Podría serlo.
—Sí, muy raro.
—¿Raro? ¿Qué quieres decir con raro?
—Al llegar a casa del trabajo el otro día —dijo Pete—, había un vecino en la puerta. Salía humo por la ventana.
—¿Qué?
—No pasaba nada. Era un pastel que me había dejado olvidado en el horno. Todo estaba intacto menos el pastel, que estaba para regalárselo a tu gato. Pero el vecino estaba pálido, nerviosísimo. Seguramente pensaba que yo había estado cocinando huesos humanos.
—Sí, eso lo puedo entender — asintió Len.
—¿Puedes?
—Desde luego, puedo entenderlo perfectamente.
El grifo goteó. Len lo cerró con fuerza.
—Bueno, ¿cómo estás, Len? —dijo Pete.
—¿Qué?
—¿Cómo te va todo?
—¡Yo! —dijo Len, dando una patada a la silla—. Soy un despojo para los cuervos.
—¿Tú?
—Te lo diré —dijo Len, sentándose a horcajadas en la silla —. Soy un no participante.
—Bobadas. ¿Tú? Tú eres simplemente una almeja.
—Eso también.
—Te voy a decir cuál es tu problema —dijo Pete—: tienes que ser más elástico.
—¿Elástico? Elástico. Tienes toda la razón… Elástico. ¿De qué estás hablando?
—¿Cómo te va con Cristo?
—¿Con Cristo? No, no, no. Él es lo que es y yo soy lo que no soy. No veo cómo podemos relacionarnos el uno con el otro.
—Desesperar —dijo Pete, encendiendo un cigarrillo—, más que un fracaso, es un error táctico. Por elástico entiendo estar preparado para los propios desvíos. No tienes ni idea de por dónde vas a salir en cada momento. Eres como una camisa raída. Tienes que moverte. Te van a encerrar en pocos años, si sigues así. Tienes que olvidarte de ese rollo de terror y de lástima. Es una cagada. El sentido común obra milagros. Lo primero que debes hacer es matar a ese gato. No te lleva a ningún lado.
Len se puso en pie y se limpió las gafas. Bajó la vista, tiritando.
—No, dijo. El cielo es distinto cada vez que lo miro. Las nubes corren en mi ojo. No lo puedo hacer.
—La percepción de la experiencia —dijo Pete—, para considerarla valiosa, tiene que depender, obviamente, de la discriminación. Eso es lo que necesitas. Careces de la facultad para distinguir entre una cosa y otra. Cada vez que traspasas esa puerta caes directamente por un acantilado. Lo que debes hacer es nutrir tu facultad de valoración. ¿Cómo puedes pretender valorar y verificar algo si andas todo el día con la napia metida entre los pies?
—Mírame —dijo Len—, nunca sería capaz de renunciar a Bach.
—¿Quién te dice que hagas eso?
—¿No? Oh. Vaya, ya veo. No te he entendido.
—¿Qué?
—¿No me has pedido que renunciara a Bach?
—Pero ¿de qué estás hablando?
—Seguro que fue otra persona.
Len recogió las tazas y las dejó en el fregadero.
—Me pregunto qué estará haciendo Mark.
—Estará susurrando dulces palabras al oído de alguna señora —sonrió Pete—. ¿No crees?
—Probablemente.
—Sí —dijo Pete—, este Mark es un tipo extraño. A veces pienso que es mala hierba.
Equilibrando la silla bajo su cuerpo, subió los pies a la mesa.
—Sí —dijo—, a veces pienso que es mala hierba. Y sin embargo, no sé, de tanto en tanto, ese tipo me sorprende… Me sorprende agradablemente, quiero decir. Pero a menudo me hago preguntas acerca de él. A veces pienso que saca partido hasta del polvo de sus zapatos, que se limita a jugar un juego. ¿Pero qué juego?
Len abrió el grifo y enjuagó un platillo.
—A veces me pregunto —dijo Pete — por qué me tomo tantas molestias. Mark tiene, después de todo, vanidad suficiente para albergar un ejército en su interior. ¿Y qué hay para respaldarla? Ahí está la cuestión. ¿Verdad?
Len enjuagó una taza y no contestó.
—Una actitud. Pero esa actitud, ¿tiene sustancia o está vacía? A veces pienso que no hay nada detrás, que es tan árido como un terreno arrasado por una bomba. Pero no voy a ser dogmático al respecto.
—No —dijo Len—, secando las tazas.
—Es un tipo esquivo. Desde luego, me gusta, a fin de cuentas. Uno puede perdonar mucho. Pero no ha dado un palo al agua en su vida, ese es su problema. Tiene un punto arrogante, él no lo negará. Pero pienso que se pasa en cuanto a la lujuria… Entre tú y yo, será una vieja gloria muy pronto si no va con ojo.
—¡Pss! ¡Pss! —siseó Len.
El gato se deslizó por debajo de la mesa. Len lo detuvo, echó leche en un platillo y se puso en pie. El gato bebió a lengüetazos.
—¿Cómo llamas al gato?
—Salomón —dijo Len.
Se apoyó en el aparador mientras con el dedo, por debajo de las gafas, trataba de quitarse algo del lagrimal.
—Oye Len —dijo Pete—, si quieres te cuento un sueño que tuve anoche, para animarte.
—De acuerdo.
—No esperaba soñar anoche.
—¿Qué fue?
—Muy directo —dijo Pete—. Yo estaba con Virginia en una estación de metro, en el andén. La gente corría de acá para allá. Cundía el pánico. Miré a mi alrededor y vi que las caras de todo el mundo estaban pelándose, llenas de manchas, con ampollas. La gente chillaba y el ruido resonaba por los túneles. La campana de incendios hacía un estruendo ensordecedor. Cuando miré a Ginny, vi que su cara también se desprendía en trozos. Como yeso. Costras negras y manchas. La piel se le caía a pedazos que eran carne para gatos. La oía crepitar en los rieles eléctricos. La estiré del brazo para sacarla de allí. No se movía. Quedó allí inmóvil, con media cara, mirándome fijamente. Le grité que se viniera, pero no se movía. Entonces, de repente, pensé: Jesús, ¿cómo será mi cara? ¿Es lo que ella está mirando? ¿Me estoy pudriendo también?
Len tenía la boca abierta.
—Uno para el libro negro, ¿verdad? —dijo Pete.
Len se tapó los ojos con las manos.
—Eso no tiene importancia —dijo Pete—. Fíjate en esto. A ver cuántas puedo hacer.
—¿Qué?
—Tú cuenta.
Pete se extendió en el suelo bocabajo y comenzó a hacer flexiones con los brazos. Len se inclinó para mirarlo.
—¿Cuántas?
—Quince.
Pete siguió, con la mirada fija en un punto.
—Veinte.
—¡Uf!
—Veinticinco.
—¡Ufff!
—Veintinueve.
—Suficiente.
Se relajó y sonrió, sentado en el suelo.
—No está mal, ¿verdad?
—¿De qué estás hecho? —dijo Len —. Esto me supera.
—Dame una semana y haré treinta y cinco.