Los enanos
Dos
—¿Has dormido?
—Todo el día —dijo Mark.
—Entra.
Len cerró la puerta. Bajaron las escaleras hasta la cocina
—¿Que pensáis de mi cocina? ¿Ha cambiado?
Mark sacó un peine de su bolsillo y se peinó.
—Sigue siendo una cocina de la categoría más alta posible — dijo.
—Mira, Mark —dijo Len—, me alegro de que hayas dormido bien. Oye. ¿Qué piensas de este libro? Quiero que le eches una ojeada. No habrás visto nada parecido. Te lo garantizo.
Mark guardó el peine en su bolsillo y miró el título.
—La teoría de integrales de Reimman. ¿Qué intentas hacer? ¿Dejarme caer en la tentación?
—¿Por qué no lo lees? —dijo Len—. Te va que ni pintado.
—Del próximo jueves en quince… —dijo Mark—, puedes iniciarme en un curso.
—Estás perdiendo una oportunidad única en la vida.
—Matemáticas, ajedrez y ballet. Tienes que empezar a los doce, once años.
—No sabes de qué estás hablando.
—Incluso antes.
—Escucha —dijo Len—. Toda la noche de ayer estuve dándole a la mecánica y los determinantes. No hay nada como un poco de cálculo para animarle a uno. ¿No lo ves? Está muerto. No te puede comer. La mente salta por encima de la barrera y camina en el aire.
—¿No?
—Te lo estoy diciendo, te lo digo. Es el único rato en que me siento más o menos ganador y colocado.
—¿Qué es esto? —dijo Mark, sacando un papel de entre las páginas.
—¿Qué es?
—Es uno de tus poemas.
Len se lo arrebató, lo leyó rápidamente y se lo guardó estrujado en el bolsillo.
—¿Qué pasa? —dijo Mark—. Déjame verlo.
—Es un galimatías —dijo Len—. No vale nada. Es nauseabundo.
Lo sacó de su bolsillo y lo arrojó de prisa al cubo de la basura, bajo el fregadero.
—Es imposible.
—Te creo.
Len frunció el ceño, hizo un sonido desapacible y se abotonó las mangas.
—¿Y Pete? ¿Ha escrito algo últimamente?
—No lo sé. ¿Cómo podría saberlo? No es cosa mía. Pero lleva varias cosas entre manos. Eso sí lo sé.
—¿De veras?
—Sí.
—Me pregunto qué serán.
—Tienes todo el derecho de preguntártelo.
Mark sonrió, y miró a su alrededor, a la cocina desnuda. El techo era bajo. El aparador, las sillas y la mesa eran sencillos, de una madera clara. Junto a la pared bombeaba la caldera. Era una habitación cuadrada. Una pequeña ventana daba al patio.
—Los ambientes —dijo— en que vivimos.
—No me lo digas, no lo menciones — dijo Len.
Movió las muñecas y, gesticulando, sacudió la cabeza e hizo un chasquido con los dientes.
—Los ambientes en que vivimos se abren y se cierran.
Arrastró una silla haciéndola rechinar, se sentó en ella, la echó para atrás de un empujón y se movió para golpear la pared.
—Cambian de forma según su voluntad —dijo—. No me quejaría, no reclamaría, ¿sabes?, si por lo menos mantuvieran alguna coherencia. Pero no lo hacen. Y desconozco las fronteras, los límites, que me han hecho creer que son naturales. Ese es el problema. Estoy totalmente a favor del comportamiento natural de habitaciones, puertas, escaleras, todo eso. Pero no puedo fiarme de ellos. Cuando, por ejemplo, miro a través de la ventanilla de un tren, de noche, veo las luces amarillas nítidamente, veo lo que son, y observo que están quietas. Pero solo están quietas porque yo me estoy moviendo. Sé que se mueven conmigo, y cuando pasamos por una curva, súbitamente desaparecen. Sin embargo, sé que están quietas. Después de todo, fueron fijadas a postes que están metidos en tierra. Así que tienen que estar quietas, como es su derecho, en la medida en que la tierra misma esté quieta, lo que por supuesto no es el caso, pero eso es otra historia. La cuestión es, dicho sencillamente, que solo puedo apreciar estos hechos cuando me estoy moviendo. Cuando estoy quieto nada de cuanto me rodea asume una conducta natural. No digo que yo mismo sea algún criterio, yo no diría eso. Después de todo, cuando estoy en un tren, en realidad no me estoy moviendo. Eso es obvio. Estoy en el asiento del rincón. Estoy quieto. A lo más me están moviendo, pero yo no me muevo. Las luces amarillas, tampoco. El tren sí se mueve, seguro, pero ¿qué tiene que ver el tren con esto?
—Exacto —dijo Mark.
—¿Así que dónde te deja? Estoy más que dispuesto a creer que no se trata de un caso clarísimo. Pero de pronto no atino a pensar en ningún caso que sea clarísimo. Con franqueza, no puedo ni pensar en ningún caso. No hay, seamos realistas, un atisbo de evidencia. No tendría la menor posibilidad en los juzgados. Al juez le daría un ataque y yo perdería mi licencia.
—Sin duda alguna.
—No es cosa de risa.
—Nada de eso.
—¿Se mueve el jurado?
—¿Cómo?
—No. En el tribunal están quietos. Y yo estoy quieto en el banquillo. Ningún cambio. Cuando me muevo, sin embargo, en este caso, ellos se mueven también. Desaparezco por la conejera y ellos llaman un taxi.
—Así es.
—Cambio pero sin cambio. Pero ¿cómo resuelve esto mi problema? ¿Me lo puedes decir? No, por supuesto que no. Así es, es todo. Y así será. Tal vez no seamos culpables. ¿Lo somos? Pete diría que somos culpables. Tú dirías que no lo somos. ¿Lo somos?
—No —dijo Mark—. No lo somos.
Len se rio. Abrió la puerta del sótano y respiró. Llovía.
—Bueno —dijo Mark—, debo decir una cosa.
—¿Qué?
—Cuando estás adentro, estás adentro.
—¿Cómo? —dijo Len—. ¿Qué has dicho? ¿Cuando estás adentro, estás adentro?
—Seguro.
—Tienes razón. No lo puedo negar. Nunca has dicho nada más cierto. Cuando estás adentro —repitió, caminando alrededor de la mesa—, estás adentro. Eso es. Casi me caigo de culo. Tengo que recordarlo. ¿Cómo has dicho una cosa así?
—Se me ocurrió, simplemente. Cuando estás adentro, estás adentro.
—Bueno —dijo Len—. Eso sí te lo concedo: los hechos son los hechos. Es evidente. Y cuando no estás adentro, estás afuera. O más exactamente, cuando estás afuera, no estás adentro.
—Eso sí es mucho mejor.
—Cuando estás adentro —murmuró Len —, estás adentro, ¿verdad? Bueno, me lo guardaré para un invierno crudo.
Arriba, en la sala, Mark se recostó en el gastado sillón de cuero. Miraba el círculo de luz en el techo mientras Len, sacando con cuidado el violín de su caja y ajustando el arco, se concentraba en un pasaje de Bach, arrugando la frente y rechistando ante las notas falsas.
—No puedo tocarlo —dijo.
Se oyó un golpe en la puerta trasera. Giró el pomo. El gato, enroscándose, entró y se coló deprisa bajo la mesa.
—Es ridículo. Tengo que hacer ejercicio. Mis dedos tienen la sensibilidad de un exprimidor de hierro. Me iría mejor limpiando ventanas.
—A mí me pareció bien —dijo Mark.
—No, no. Es un insulto a Bach. Una impertinencia. El problema es —murmuró, guardando el violín— que cuando encuentro alguna dirección para mis energías soy incapaz de mantenerla. Debería. No debería hacer nada más que practicar música. Llegar a un acomodo y atenerme a ello. Pero mírame. He sido labriego, ayudante de constructor, embalador, tramoyista, oficinista de compañía naviera, cortador de césped, recolector de lúpulo, viajante, cartero…, soy mozo de estación, matemático, tocador de violín, hago garabatos y juego bastante bien al críquet. No he tocado la pesca de perlas y nunca he sido enfermero… ¿Qué lio es ese? Es absurdo. Nunca he podido mirarme al espejo y decir, ese soy yo. ¿Qué hace ese gato?
El gato daba saltos espasmódicos contra la puerta.
—¿Qué pasa? —dijo Len—. Está bien. Sal. Lo entiendo perfectamente.
—No me extrañaría —dijo Mark, observando una cola, que se perdió con un movimiento rápido en la noche—, que ese fuera gato encerrado.
Len cerró la puerta.
—Vamos para abajo —dijo en tono suave.
—Acabamos de subir.
—Lo sé. Bajemos.
—Vamos, dijo Mark.
Bajaron por la escalera de madera hasta el sótano. Len encendió la luz de la cocina. Mark se sentó, bostezó y encendió un cigarrillo.
—Muy bien.
—Sabes —dijo Len—, nunca tengo la certeza de que entiendes una palabra de lo que digo.
—¿Qué?
—Puede ser que entiendas algo, por supuesto, o puede ser que cuando abres la boca dispares un tiro al azar, que puede ser o no ser relevante. Si es así, eres bastante buen tirador, te lo reconozco. Pero a veces tengo la impresión de que te limitas a estudiar la forma. Pete, por ejemplo, siempre me hace saber, de una manera u otra, si no entiende lo que estoy diciendo. Lo siente como una obligación moral. Tú apenas lo haces. ¿Qué significa eso? ¿Significa que nunca quieres comprometerte? ¿O significa que no tienes nada que comprometer?
Mark echó la ceniza sobre el suelo de piedra. Cayó sin quebrar su forma. Con la punta de su zapato la esparció suavemente, pulverizándola junto a la pata de la mesa. Levantó los ojos para ver a Len.
—¿Estabas diciendo algo?
—¿Estabas actuando? ¿Huddersfield?
—Correcto.
—¿Te apreciaron en Huddersfield?
—Quedaron encantados.
—¿Cómo es cuando actúas? ¿Te satisface? ¿Le satisface a alguien más?
—¿Qué hay de malo en la actuación?
—Es una profesión consagrada. Es consagrada, huelga decirlo. Pero ¿qué produce? ¿Te satisface cuando sales a escena y todos levantan la vista y te miran? Tal vez ni quieran mirarte. Tal vez prefieran mirar a otro. ¿Les has preguntado alguna vez?
Mark sonrió y encendió un cigarrillo. Len se sentó a la mesa, apretando los dientes, y dándose una palmada en la frente.
—¿Sabes qué soy yo? Soy agente de una potencia extranjera.
Sonó el timbre.
Tras la tapadera del agujero de la carbonera, Pete vislumbró una puñalada de luz que entraba en la bodega desde el sótano interior. Se apoyó en el quicio de la puerta. Una brisa liviana se escabullía por los setos. La luna centelleaba entre las nubes en movimiento. Un gato negro, enjuto y fibroso, subió los escalones de un salto, pisó la bota de Pete y se sentó con los ojos cerrados junto a la puerta. La cola rozaba su tobillo. Miró abajo a la forma encorvada. El gato apretó su hocico a la rendija. Esperaron en silencio.
Len abrió la puerta. El gato se escurrió entre sus piernas hasta la sala.
—¿Qué es eso?
—Un gato.
—¿El gato es tuyo?
—¿El gato mío? —dijo Pete. ¿Qué dices? Yo no tengo ningún gato.
—¿No tienes gato?
—Bueno, vamos, déjame entrar.
—A lo mejor es mi gato —murmuró Len, cerrando la puerta tras ellos.
—Solo podía ser tu gato.
—¿Por qué? ¿Qué te hace decir eso?
—Mantuvimos una pequeña charla —dijo Pete—, en el umbral.
—¿Sobre qué?
—La teoría de números.
—¿Qué te ha dicho?
—No me canses —dijo Pete—. No estoy para eso. ¿Por qué no enciendes alguna luz? Esto está negro como boca de lobo.
Mark estaba sentado con los pies sobre la mesa.
—Qué ha habido entre vosotros —dijo Pete.
—Saludos.
—Ese gato no me merece confianza —dijo Len—. Lo dejo salir por la puerta trasera y entra por la de la calle.
—¿Y si tomáramos un poco de aire? Fuera hay una buena brisa. Nos despejará. Quienquiera puede apuntarse. Ambos tenéis pinta de necesitarlo.
Mark bajó las piernas al suelo.
—Tienes razón. Salgamos.
—Quizá les apetezca escuchar una pequeña serenata antes de irse —dijo Len—. Es de Spack y Rutz y tocada por Yetta Clatta. Es música eclesiástica.
—En otra ocasión, Weinblatt —dijo Pete.
Salieron de la casa y caminaron hasta el estanque de patos. En una banca cerca al puente de madera extendieron un periódico y se sentaron. La brisa hacía caer gotas de lluvia de los árboles.
—Escúchame, Pete —dijo Len—. ¿Por qué siempre me llamas Weinblatt? Mi nombre es Weinstein. No me lo he cambiado.
—Será que no te pega.
Mark rompió a toser. Su tos crecía, cada vez más estridente. Maldiciendo entre boqueadas, se acercó tambaleando hasta el borde del estanque y escupió, copiosamente, al agua oscura.
—Mark —dijo Pete—, en cuanto a escupidor, estás hecho un fenómeno.
—Gracias —dijo Mark, escupiendo a un arbusto.
Se sentó y se limpió la boca.
—Pero lo que yo quiero saber es —dijo Pete—, ¿cuándo vas a dejar de tiritar y te vas a poner el hábito?
—¿Yo? ¿Qué quieres decir? Yo soy sacerdote. En ninguna parte soy tan religioso como en la cama. Las pongo a todas en contacto con el universo.
—Querrás decir que las embaucas a todas.
—Eso es.
Len se había levantado y estaba de pie junto al estanque, con las manos en los bolsillos.
—He puesto mi firma —dijo.
—¿Te has alistado en el ejército? —preguntó Mark.
—No —dijo Len, sentándose—. He solicitado un puesto en una oficina de seguros.
—No me digas eso.
—¿Qué quieres decir? —dijo Pete—. Vamos a ver si lo aguanta.
—Yo sé lo que va a pasar —dijo Len—. Me pondrán a hacer cálculos actuariales todo el santo día. Me sentaré y calcularé la próxima mejor tasa de mortalidad. Un tipo como tú, Mark, solo obtiene lo próximo a lo mejor, nunca lo mejor.
—¿Y un tipo como yo? —dijo Pete.
—¿Por qué deberías obtener lo mejor? No conozco a nadie que obtenga lo mejor.
—¿Y tu gato? —preguntó Mark.
—Podrías aguantarlo con un poco de dinamismo y de agallas.
Pete y Mark encendieron sendos cigarrillos. Len miró las cabezas que se inclinaron al fósforo.
—No es ninguna broma, este asunto de trabajo —dijo Mark, dejando escapar el humo por la nariz.
—Bueno —dijo Len—, todo depende de la forma en que se mire. Por ejemplo, yo conozco a un tío que siempre quería tocar madera. Así que, ¿sabéis lo que hizo? Entró a trabajar en una biblioteca. Imaginad todas las oportunidades de tocar madera que existen en una biblioteca. El lugar está lleno de madera. Se lo pasa la mar de bien.
Len se puso en pie.
—A ver, Pete —dijo—. Déjame ver tu mano.
—¿Mi mano?
—Sí.
Alzó la mano izquierda de Pete hasta su barbilla, se acomodó las gafas y escudriñó la palma. Respirando a través de sus dientes, se inclinó más cerca. Soltó la mano con un sobresalto.
—¡Eres un maníaco homicida! —exclamó—. Me lo imaginaba.
—¡Qué! —dijo Mark.
—Dame esa mano —requirió Len—. Fíjate en esa mano. Fíjate bien: una línea recta por toda la mitad. Horizontal. ¿Lo ves? Es todo lo que hay. ¿Qué más tiene? Jamás he visto nada igual. ¡Eres un chiflado!
—Es muy probable —dijo Pete.
—¿Muy probable? No encontrarás dos hombres en un millón con una mano así. Se ve a la legua. Eres un maníaco homicida. Sin sombra de duda. Me apuesto lo que quieras.
A Len le tocaba el turno de noche. Los dejó para tomar su autobús. Pete y Mark se encaminaron a Bethnal Green.
—¿Sabes en qué anda? —dijo Pete.
—No. ¿En qué?
—Ha empezado a leer el Nuevo Testamento.
—Que tenga suerte.
—Di con la Biblia que te regalé el otro día.
—¿Dónde?
—En tus estantes.
—Ah sí.
—¿La has leído?
—Pues, para serte franco, Pete, no he tenido tiempo de hacerlo.
—La tienes desde hace alrededor de cinco años. ¿Por qué te mantengo?
—No, antes de poder atacarla necesito unas vacaciones.
—Es hora de que amplíes tus actividades —dijo Pete—. Hazte un favor.
—Nunca se sabe.
Doblaron la esquina junto a la Compañía Eléctrica.
—¿Qué sabes del amor? —preguntó Pete.
—¿Del amor?
—Sí, algo tienes que saber.
—¿Por qué lo dices?
Un chubasco repentino les hizo cobijarse en el portal de una librería. Observaron la lluvia rebotando en los peldaños de la comisaría. Salió un policía y miró a la calle.
—Bueno —dijo Mark—, esta es la mejor librería de viejo en el West End, Clive.
—Debo admitir que tiene un aspecto impresionante.
—¿No es ese el Libro amarillo, ahí, detrás del libro negro?
—Tiene algo que ver con alcachofas —dijo Pete, agachándose.
El policía cruzó la calle hacia ellos.
—Arquitectura etíope, creo que era.
—¿Qué era?
—El libro que casi me compro.
—Ah ese. Creía que era Lógica y cólico, de Blitz.
—Ah no —dijo Mark—, estás pensando en Polvo, de Crutz.
—¿Sí?
El policía pasó caminando ante la entrada.
—Salud.
—Vamos por otro camino —dijo Mark.
—De todas formas —dijo Pete, mientras salían a la calle—, se ve a la legua que eres la persona indicada para preguntarle acerca del amor.
—¿Es cierto? ¿Por qué?
—La cuestión es esta —dijo Pete—: tengo un puñado de ideas para unos cuantos relatos de amor para revistas de mujeres.
—¿Qué?
—Sí. Pero parto de una deficiencia activa, ya que apenas sé nada del tema… Conque estaba pensando que si tú me dieses una buena orientación, me sería más fácil tener una idea cabal del asunto.
—Te estás quedando conmigo.
—Te prometo que no. Hablo completamente en serio. Me conviene iniciarme en ese juego. ¿Por qué no? Bueno, dime. ¿De qué se trata?
—¡Por Dios!
—¿Qué pasa? Has estado metido hasta el cuello en ese rollo del amor desde hace años.
—Es cierto —dijo Mark—. Hace girar al mundo.
—¿Cómo se siente un tipo enamorado? ¿Cuáles son sus sentimientos?
—Escúchame, ¿por qué no lo averiguas por ti mismo?
—¿Cómo lo hago?
Caminaron bajo el puente del ferrocarril.
—Está bien —dijo Mark—, ya que lo traes a colación, ¿cómo es tu relación con Virginia?
—Tenemos mucho en común.
—¿Pero dirías que la quieres?
—Puede que esa pregunta sea incluso relevante —dijo Pete—, pero no la puedo contestar.
—¿Hierve la sangre?
—¿Qué quieres decir?
—¿Hierve?
—¿La sangre? Bueno, te diré… No nos dedicamos demasiado a eso últimamente.
—¿No?
Los espectadores estaban saliendo del Hackney Empire. Cruzaron la calle.
—No. Mi manera de verlo es esta: era un factor desconocido para mí que debía resolver, y lo resolví hace años. Ahora no me sirve de mucho.
—¿O sea que no te sirve?
—No.
—Bueno —dijo Mark—, considero que podría ser beneficioso para ti probarlo de nuevo.
—No. No creo que esa sea la respuesta.
Cruzando por el semáforo, cerca de Cambridge Heath, percibieron un olor a jabón, vigorizante, y persistente.
—¿Dónde está? —preguntó Mark olisqueando—. La fábrica. ¿Dónde está?
—Por ahí cerca —señaló Pete.
Miraron al otro lado de la calle y, bajo las paredes cubiertas de hollín de los arcos, vieron chimeneas, tierra baldía y depósitos oscuros.
—Claro, puede ser que ni siquiera exista. Quizá Dios ha vaciado la bañera.
—Sí existe —dijo Pete—, día y noche sueltan esos humos, directos a la ventana de mi habitación. Fantástico: sonreír y resignarse.
—Muy agradable.
En la estación de Cambridge Heath entraron en un café y se sentaron con dos tés.
—¿Sabes? —dijo Pete—. Anoche tuve uno de mis viejos sueños de barco.
—¿Sí?
—Sí —dijo Pete—. Yo estaba en un barco con Virginia. Una lancha. Bajando un río. Doblamos una curva y allí, ante nosotros, unos cien metros río abajo, vimos la superficie de agua más calmada que puedas imaginar. Le dije a Ginny que estaríamos muy bien cuando llegásemos allí. Presioné la palanca y avanzamos a toda máquina. Pero de repente el motor se paró. Se había quedado sin aceite. Me giré, era un día soleado, y vi una comisaría de policía en la orilla. Vamos a repostar allí, dije, a la deriva conseguiremos acercarnos hasta un rinconcito. Luego me volví hacia Virginia y le dije, espera un momento, antes de ir deberíamos echar un vistazo a tus cadáveres. Subimos a una pequeña repisa y allí, acostados, había dos enanos de acero, de unos treinta centímetros de largo, envueltos en papel de cartas de la empresa. Muertos. Les echamos una ojeada rápida y los devolvimos a su lugar. Luego fui a buscar las latas de aceite, ¿sabes? Bajé unos escalones y abrí la puerta de la escotilla. En un rincón, recostados contra algo de arpillera había dos negros enanos, del mismo tamaño, también de acero, vivos, mirándome fijamente. Les devolví la mirada fija, un par de minutos, luego les dije que no se fueran a pensar que me daban una sorpresa, que sabía que estaban ahí, que los había calado desde el principio.
—Dios mío —dijo Mark.
Pete sonreía burlón mientras se limpiaba los dientes con un fósforo.