Mapas del tiempo
Cuarta parte. El holoceno: Pocos mundos
Cuarta parte
EL HOLOCENO
POCOS MUNDOS
DURACIÓN 8.1. Historia de las sociedades agrícolas y de las civilizaciones urbanas: 5000 años.
Capítulo 8
LA INTENSIFICACIÓN Y EL ORIGEN DE LA AGRICULTURA
La revolución agrícola supuso la reestructuración de la economía de la alimentación y pasar de un estilo de vida nómada y basado en la caza y la recolección a un estilo de vida sedentario, basado en el cultivo del suelo. Aunque la agricultura empezó como complemento de la caza y la recolección, al final casi la reemplazó por completo. La revolución agrícola necesitó que la décima parte de la superficie terrestre se limpiara de árboles y hierba para proceder a su labranza. A diferencia de la cultura de la caza-recolección, que tuvo poco efecto en el planeta, la nueva cultura de los cultivos transformó literalmente la superficie de la Tierra.
LESTER R. BROWN
En la escala geológica, el fin del pleistoceno y el comienzo del Holoceno se produjeron hace unos 11 500 años, al final de la última glaciación. Desde entonces, la historia humana siguió un rumbo nuevo. Con el paso de las tecnologías extensivas a las intensivas se cruzó otro umbral. La creciente capacidad ecológica de nuestra especie se constata en el Paleolítico en la exploración de entornos nuevos durante las migraciones que poblaron el planeta de humanos. Desde el principio del Holoceno adopta la forma de intensificación: tecnologías y formas de vida nuevas que capacitan a los humanos para extraer más recursos de una misma extensión de tierra. En consecuencia, aunque casi toda la historia humana está concentrada en el Paleolítico (desde el punto de vista cronológico), casi todos los humanos han vivido en los últimos 10 000 años (véase la figura 8.1).
En términos generales podemos denominar agricultura al conjunto de nuevas tecnologías de comienzos del Holoceno. Éstas fomentaron el crecimiento de la población y animaron a los humanos a instalarse en las grandes y concentradas comunidades que llamamos aldeas y pueblos. La creciente densidad demográfica aumentó el intercambio de ideas y estimuló el aprendizaje colectivo, de modo que el ritmo del cambio tecnológico se aceleró. Pero con la formación de comunidades mayores y más densas aparecieron nuevos problemas sociales y organizativos cuya solución exigía a su vez relaciones sociales nuevas y estructuras sociales mayores y más complejas. Con el transcurso de los milenios y a velocidad variable, estos cambios se difundieron por buena parte del planeta. Representan el cambio más decisivo desde la aparición de los humanos modernos.
FIGURA 8.1. Comparación de tres edades de la historia humana. Comparación del Paleolítico, la era agraria y la
época moderna según (A) la duración (240 000, 10 000 y 200 años, respectivamente); (B) la población humana de
cada una [desde la aparición de nuestra especie han nacido alrededor de 80 000 millones de humanos, según
cálculos de M. Livi-Bacci, A Concise History of World Population, Blackwell, Oxford, 1992, pp. 31 y 33; (C) el
número de años vividos en cada período. Como la esperanza de vida ha aumentado espectacularmente en la edad
moderna, ésta destaca mucho más cuando se compara con el total de la población humana viva cálculos según
Livi-Bacci, cit.].
FIGURA 8.2. Poblaciones humanas desde 10000 a. p. Según la tabla 6.2.
El dinamismo del Holoceno se ve con la máxima claridad en el crecimiento demográfico (véanse la figura 8.2 y las tablas 6.2 y 6.3). Ya hemos visto que, en la prehistoria europea, incluso las formas más primitivas de agricultura podían alimentar de 50 a 100 veces más personas que las tecnologías recolectoras en un área
parecida[1]. Por este motivo, la transición a la agricultura aparece como un ascenso casi vertical en el gráfico del crecimiento de la población mundial. Como es lógico, las cifras de la población mundial que damos para este período son aproximadas. Sin embargo, la multiplicación de colonias en esta época indica que las poblaciones realmente crecieron más aprisa que en el Paleolítico. Las estimaciones de las tablas 6.2 y 6.3 dan a entender que la población mundial pasó de unos 6 millones en 10000 a. p. a unos 50 millones 5000 años más tarde, lo que supone que en ese tiempo se
multiplicó por una cantidad intermedia entre seis y doce[2]. Por término medio, las poblaciones se duplicaban cada 1600 años, mientras que en el Paleolítico se tardaba 6000 años. Estos cambios señalan el comienzo de una época demográfica nueva, cuyas características tasas de crecimiento a largo plazo se mantuvieron durante casi 10 000 años, hasta que aumentaron en la edad moderna.
En la década de 1930, el arqueólogo australiano V. Gordon Childe propuso el concepto de «revolución neolítica» para describir esta serie de cambios. Al principio, los arqueólogos utilizaron el término Neolítico (Edad de la Piedra Nueva) para describir las características herramientas de piedra pulida que aparecieron hace alrededor de 10 000 años. Pero Childe decía que el verdadero significado del período estaba en algo más revolucionario: en la aparición de la agricultura. La agricultura puso los cimientos de todos los progresos importantes de la historia humana posterior. Muchos prehistoriadores actuales se niegan a aceptar la terminología de Childe porque, cuando se estudian más de cerca, se advierte que los cambios fueron graduales. Los humanos de entonces difícilmente se habrían percatado de que estaban viviendo una revolución. Pese a todo, la idea de Childe de que hubo una revolución neolítica o agrícola merece conservarse, porque los cambios, en la escala del conjunto de la historia humana, fueron rápidos y revolucionarios (véase la tabla 8.1). En el breve transcurso de 7500 años, entre 11500 a. p. y 4000 a. p., aparecieron comunidades con plantas adaptadas y animales domesticados por lo menos en tres regiones muy separadas entre sí, aunque tal vez llegaran a siete. El modo de vida fomentado en estas regiones de agricultura inicial acabó difundiéndose conforme los agricultores emigraban a otras regiones o cuando otras comunidades incorporaban las nuevas técnicas a su propia forma de vida, que tal vez fuera ya semiagrícola. En virtud de una compleja mezcla de migración, difusión e invención y reinvención locales, las formas de vida agrícola se extendieron por casi todo el mundo, con multitud de variantes locales, a través de redes de intercambio ya existentes o recién creadas.
Este capítulo se centra en lo que llamo primera edad agrícola. Es el período de la historia humana en que había comunidades agrícolas, pero no ciudades ni estados. Como veremos, su cronología varía de una región a otra. En unas empezó hace 10 000 o 11 000 años y terminó hace 5000 o 6000; en otras empezó mucho más tarde y duró hasta el siglo XX.
PERÍODO HOLOCÉNICO DE LA HISTORIA HUMANA
El final de la última glaciación
La fase más fría de la última glaciación duró entre 25000 a. p. aproximadamente y 18000 a. p. Hace 18 000 años, los climas se volvieron más cálidos y húmedos, a veces con gran brusquedad, aunque había ocasionales retrocesos a las condiciones glaciales (por ejemplo, entre 13000 a. p. y 11500 a. p.). Desde 11500 a. p. los climas se han mantenido, en su mayor parte, en el nivel característico de los períodos cálidos entre glaciaciones (las llamadas interglaciaciones), aunque ha habido períodos ocasionales de más calor o más frío. Toda la historia humana conocida ha transcurrido hasta ahora en la interglaciación del Holoceno.
TABLA 8.1. PERIODIZACIÓN DE LA HISTORIA HUMANA.
Conforme los climas se volvían más cálidos, los glaciares que cubrían buena parte de América del Norte, Europa septentrional y el este de Siberia se redujeron y retrocedieron. Al derretirse el hielo, el nivel del mar subió y las aguas inundaron las costas de casi todo el orbe. El cambio fue más espectacular en las latitudes septentrionales, donde las tierras liberadas del peso de las grandes masas de hielo salieron literalmente a flote.
Los cambios climáticos transformaron los paisajes y la vegetación[3]. Los desiertos y las tundras se redujeron, los bosques se extendieron. En Eurasia y América del Norte, los bosques emigraron a las estepas que habían estado congeladas hasta entonces y crearon las zonas forestales más extensas del mundo. Los abedules y los pinos emigraron más aprisa y más lejos, seguidos por especies caducifolias como el avellano, el olmo y el roble. En las regiones más cálidas de África y América del Sur, donde apenas habían quedado bosques, volvieron a brotar selvas tropicales casi tan extensas como los bosques templados de las latitudes septentrionales. Donde se extendía el bosque, desplazaba a las especies esteparias como el mamut, el bisonte y el caballo, que durante la glaciación habían pastado en las estepas de Eurasia y América del Norte. Los bosques introdujeron en su lugar especies como el oso, el ciervo y el conejo, junto con una amplia gama de productos vegetales nuevos como los frutos de cáscara dura, las bayas, las semillas, la fruta y las setas. Estas especies eran para los humanos más difíciles de explotar que los grandes herbívoros que cazaban en latitudes más septentrionales durante las glaciaciones. Pero estas pequeñas especies proliferaron en algunas regiones conforme los climas se volvían más cálidos y su sola abundancia las hizo más atractivas. Entre 10000 a. p. y 5500 a. p., la creciente humedad transformó lo que hoy es el desierto del Sahara en una exuberante región de lagos y bosques, cuyos pobladores legaron a la posteridad asombrosas pinturas rupestres con imágenes de una vida que sería inconcebible en el Sahara actual.
Mientras las plantas y los animales terrestres se adaptaban al cambio climático, los humanos hicieron lo propio. Pero se adaptaron de forma distinta, según las diferentes partes del mundo; así pues, las sociedades humanas se volvieron más diversas durante el Holoceno.
Los tres mundos
Conforme subía el nivel del mar en el Holoceno, se inundaban los puentes de tierra entre Siberia y Alaska, Japón y China, Gran Bretaña y Europa, y Australia, Papúa y Nueva Guinea y Tasmania. Indonesia, península meridional de Asia durante la edad de los hielos, pasó a ser un archipiélago y el espacio abierto entre Indonesia, Australia y Papúa y Nueva Guinea se ensanchó. Instalados ya los humanos en todo el planeta, esta ruptura de los antiguos nexos amenazó con dividir a los humanos en poblaciones separadas, cada una con una historia aparte. Como ha dicho Robert Wright: «El Viejo Mundo y el Nuevo se convirtieron en tubos de ensayo de la
evolución cultural[4]».
MAPA 8.1. Zonas mundiales del Holoceno.
La separación no fue completa en ningún momento. La llegada de los dingo a Australia, hace quizá 4000 años, y de los pescadores trepang de Indonesia en siglos más actuales, demuestra que Australia no estuvo nunca totalmente aislada de Indonesia y Asia. Y Papúa y Nueva Guinea ha tenido contactos innegables con los
austronesios que han emigrado a Indonesia desde 1600 a. C.[5] La escasa extensión del estrecho de Bering y la breve existencia de una colonia vikinga en Terranova ponen de manifiesto que América no estuvo nunca totalmente aislada de Eurasia. Además, la presencia de batatas sudamericanas en Polinesia demuestra que hubo contactos entre América y las diversas comunidades que colonizaron el Pacífico durante los últimos 3000 años. Sin embargo, fueron tan limitados que es lícito afirmar que durante buena parte del Holoceno, los últimos 4000 años, la historia humana se desarrolló en tres zonas mundiales diferenciadas, a las que habría que añadir otra, la
del Pacífico[6]. Estas grandes zonas fueron la afroeuroasiática, que comprendía África, toda Eurasia continental y las islas periféricas como Gran Bretaña y Japón; América, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, y las islas periféricas como las Antillas; Australia y Papúa y Nueva Guinea; y desde 4000 a. p. aproximadamente, las sociedades isleñas del Pacífico (véanse los mapas 8.1 y 8.2).
Dentro de estas zonas, y en principio por lo menos, las ideas, las influencias, las técnicas, las lenguas e incluso algunos bienes pudieron desplazarse de un extremo a otro. Siempre hubo un contacto indirecto entre Papúa y Nueva Guinea y Australia a través de la cadena de islas del estrecho de Torres. En Australia, los bienes de prestigio, como el nácar del noroeste, recorrían por trechos buena parte del continente, mientras que las caracolas de la especie Melo amphora del cabo York, en el extremo nororiental, se transformaban en adornos que se utilizaban en los rituales y
la brujería de Australia meridional y los desiertos de Australia occidental[7]. Las islas de Polinesia y Micronesia fueron colonizadas en el curso de una serie de migraciones por comunidades cuyas semejanzas se ven en los idiomas y en los restos
arqueológicos de las llamadas culturas de Lapita[8]. En Afroeurasia, el Sahara fue una región de estepas y sabanas hasta hace 4000 años aproximadamente y en consecuencia el África subsahariana no estuvo separada del resto de la región como lo ha estado desde entonces. Las tecnologías del pastoreo se originaron en Eurasia Interior y en el África sahariana, desde donde se difundieron por las estepas euroasiáticas y hacia Siberia oriental, por un lado, y hacia Oriente Medio y África oriental por el otro. Las lenguas indoeuropeas se extendieron hasta Sinkiang, la India y Europa occidental; las lenguas afroasiáticas se extendieron por buena parte de África y por Oriente Medio; y las lenguas altaicas pasaron de Mongolia a Anatolia. En América, la primera oleada migratoria viajó, generación tras generación, de Alaska a la Tierra del Fuego, originando, como ha demostrado el lingüista Joseph Greenberg, una zona lingüística coherente que abarcaba toda América del Sur y casi
toda América del Norte[9].
MAPA 8.2. La zona afroeuroasiática.
Nos será útil considerar estas regiones como zonas independientes durante gran parte del Holoceno porque de este modo distinguiremos las tendencias universales de las regionales. Hay paralelismos asombrosos entre estos mundos, pero también hay diferencias llamativas e importantes. En todas las zonas hubo alguna clase de intensificación y el constante crecimiento de la capacidad adaptativa que ya se había hecho notar en el Paleolítico se mantuvo en todo el planeta. Pero el ritmo del cambio variaba, al igual que el carácter de las adaptaciones que se producían en cada zona. El principal objetivo de los tres capítulos siguientes será explicar las semejanzas y las
diferencias de la historia de cada zona[10].
¿QUÉ ES LA AGRICULTURA?
Entre todas las formas de intensificación de comienzos del Holoceno, la agricultura es con diferencia la más importante. Pero ¿qué es la agricultura?
Al igual que los «agricultores de las antorchas» descritos en el capítulo anterior, los labradores preparan sistemáticamente el entorno para fomentar el desarrollo de las especies vegetales y animales que les parecen más útiles. Pero la agricultura eleva la productividad a un nivel particular, intensificando la preparación hasta tal punto que al final transforma las especies favorecidas mediante una forma primitiva de selección artificial. Se basa en la forma primitiva de ingeniería genética que se denomina domesticación artificial.
La domesticación y la domesticación artificial
La domesticación es un proceso simbiótico en el que una especie, en vez de depredar a otra, la protege y estimula su reproducción para crear una fuente de alimentación más segura. Hemos visto que este modelo de coevolución, que va de la depredación a la simbiosis, es frecuente en la historia evolutiva, y hay una buena lógica darwiniana para ello. Como la depredación intensiva puede destruir la especie explotada, los depredadores más eficaces (grandes y pequeños) son los que seleccionan la presa e incluso procuran mantener su supervivencia como especie. Las dos especies se benefician de una relación así. Mientras la depredadora adquiere más control sobre una importante fuente de alimentación, la especie explotada encuentra un protector dispuesto a asegurar su supervivencia y su reproducción, aunque pagando un precio. Las ovejas y el maíz no serían tan abundantes si los humanos no hubieran domesticado unas y aclimatado el otro. La aclimatación y la domesticación se producen entre muchas especies. Hay, por ejemplo, especies de hormigas que tratan a los pulgones más o menos como nosotros a las vacas, a cambio de la sustancia azucarada que exudan. Pinchan con las antenas a los pulgones cautivos para estimular la producción de la sustancia. A cambio de ésta, las hormigas cuidan de los
pulgones y permiten que se reproduzcan[11].
No hay una línea tajante que separe la depredación de la aclimatación y la domesticación. Pero en las relaciones estrechamente simbióticas, las dos especies cambian, conductual o genéticamente, hasta que se alcanza un punto a partir del cual una o las dos no pueden vivir ya sin la otra. En la historia humana, los cambios genéticos se han producido principalmente en las especies domesticadas y aclimatadas. También los humanos han cambiado genéticamente; por ejemplo, algunos han adquirido mayor capacidad para digerir la leche de los animales domesticados. Pero las adaptaciones humanas más significativas han sido conductuales y culturales. La aceleración del cambio cultural explica por qué las simbiosis de los humanos se desarrollaron más aprisa que las relaciones simbióticas entre los no humanos.
La domesticación describe esa etapa de la simbiosis en la que al menos una parte ya no puede vivir por sí sola. En el caso de la agricultura significa que las especies aclimatadas ya no pueden vivir o reproducirse sin la intervención humana y que muchas comunidades humanas tampoco pueden vivir ya sin sus especies aclimatadas predilectas. Las ovejas domesticadas son demasiado lentas y torpes para vivir en la naturaleza, y el maíz actual no se puede reproducir ya sin la intervención humana,
porque sus semillas no se pueden esparcir libremente[12]. En una historia reciente del origen de la agricultura, Bruce Smith dice que la domesticación es «la creación, por parte de los humanos, de una nueva forma de vegetal o de animal que es claramente
distinta de sus antepasadas silvestres y de la parentela silvestre que le queda[13]». La creación de especies animales nuevas comienza cuando los humanos controlan la reproducción de sus animales y les impiden el contacto con las poblaciones salvajes. En el caso de las plantas aclimatadas, empieza con la cosecha, la siembra y el desbroce, dado que estas prácticas las alejan del contacto genético con las poblaciones vecinas y les da una ventaja artificial sobre sus primas silvestres. En ambos casos, la intervención humana levanta una barrera entre las especies silvestres y las aclimatadas. Esto estimula los cambios genéticos rápidos de un modo parecido a la especiación alopátrica, aunque aquí son los humanos, y no las migraciones o los cambios geográficos, quienes levantan barreras genéticas entre poblaciones de la misma especie.
Una vez que los humanos separan una población de sus parientes silvestres, ésta
puede evolucionar muy aprisa[14]. Los arqueólogos están familiarizados con ciertos cambios. Las fanerógamas aclimatadas suelen tener apretados racimos de semillas que están más firmemente prendidos del tallo que los de las variedades silvestres, porque para los humanos es más fácil recoger (y, por lo tanto, volver a plantar) las densas concentraciones de semillas; también es probable que las semillas aisladas o prendidas irregularmente del tallo se caigan durante la cosecha, de manera que no es fácil que vuelvan a plantarse. Las plantas aclimatadas tienden además a desarrollar semillas grandes con tegumento fino, por motivos parecidos. Si se plantan semillas muy juntas y han de competir por la luz solar, es más probable que sobrevivan las que echaron los primeros brotes; y es probable asimismo que éstas tengan un tegumento fino y mayores depósitos alimenticios internos, lo cual les da cierta ventaja sobre sus rivales. Y es más factible igualmente que los humanos, para la siguiente siembra, elijan las que echan brotes más lozanos, más gallardos y más aprisa. Así, cuando buscan indicios de aclimatación, los paleobotánicos buscan semillas que sean más grandes y tengan un tegumento más fino que las variedades silvestres, que estén unidas en racimos y que estén más firmemente adheridas al tallo por un fuerte raquis (el eje de conexión). Los animales domesticados sufren cambios parecidos, aunque son más difíciles de detectar en el registro arqueológico. Un indicador habitual es la reducción de tamaño, ya se deba a la selección artificial, para obtener especímenes más dóciles y manejables, o a la inferior alimentación determinada por la domesticación. Otro indicador es la composición de la manada. En las manadas domesticadas, las hembras suelen exceder en número a los machos, porque los machos se sacrifican antes. También suele sacrificarse a los especímenes viejos de las manadas domesticadas.
Agricultura no es lo mismo que aclimatación. Muchas sociedades han adoptado formas limitadas de domesticación sin haber dependido de los animales y las plantas ni haberse vuelto sedentarias. Aunque las sociedades dedicadas al pastoreo dependen tanto de las especies domesticadas como las dedicadas a la agricultura, las especies en cuestión son animales, no vegetales. Y las sociedades ganaderas, como las recolectoras, suelen ser nómadas. Por el contrario, las sociedades agrarias normalmente explotan tanto las plantas aclimatadas como los animales domesticados y casi todas son sedentarias. Aunque las comunidades agrícolas pueden seguir cazando y pescando, la base de su subsistencia procede de las especies aclimatadas y domesticadas. Por último, las plantas aclimatadas suelen ser más importantes en las sociedades agrarias que los animales domesticados. Es una consecuencia de la ley ecológica básica que dice que los organismos más bajos de la cadena alimentaria transmiten la energía de la luz con más eficacia. En cada etapa de la cadena alimentaria se pierde alrededor del 90 por 100 de esa energía; así pues, los modos de vida humanos que dependen sobre todo de los productos vegetales pueden soportar por lo general mayores densidades demográficas que los modos de vida (como el pastoreo) que dependen sobre todo de los productos animales. Las plantas aclimatadas son, pues, responsables de casi todo el dinamismo demográfico de la revolución agrícola.
Como se ve en la tabla 8.2, la domesticación de distintas especies de plantas y animales se mantuvo durante todo el Holoceno y se produjo, al parecer independientemente, en diferentes regiones del planeta. Sin embargo, las cifras sólo reflejan los testimonios más antiguos. El paso de la domesticación a las formas de vida basadas sobre todo en la agricultura fue rápido en unas regiones (como Asia suroccidental, Asia central y China) y más lento en otras, en particular en América, donde hay un vacío de miles de años entre los indicios más antiguos de domesticación y los primeros testimonios de formas de vida con predominio de la agricultura.
TABLA 8.2. PRIMEROS INDICIOS CONOCIDOS DE ACLIMATACIÓN Y DOMESTICACIÓN DE
ESPECIES.
FUENTE: Adaptado de Neil Roberts, 2 The Holocene: An Environmental History , Blackwell, Oxford, 1998,
p. 136.
Cronología y geografía del comienzo de la domesticación
Las investigaciones en curso podrían hacer retroceder en el tiempo las fechas registradas en la tabla 8.2, quizá unos centenares de años, en algunos casos unos milenios. Asimismo, los investigadores podrían identificar otros centros de domesticación descuidados hasta ahora. Hay candidatos probables en los trópicos, concretamente en Papúa y Nueva Guinea, en Indonesia y en las pluvisilvas brasileñas (donde los productos principales eran la mandioca, la patata y el cacahuete). En algunas zonas de Papúa y Nueva Guinea probablemente se cultivaba ya la colocasia hace 9000 años; hace entre 5000 y 6000, la agricultura propiamente dicha, con especies autóctonas (o quizá importadas) de colocasia y ñame como productos principales, sostenía aldeas permanentes formadas en los claros de los bosques de
toda la isla[15].
Francis Galton dijo hace más de un siglo que los primeros pasos hacia la domesticación comportaron una especie de «prueba de audición» ecológica. Los humanos sin duda «escucharon» a numerosas especies explotadas, pero muchas no pasaron la prueba porque carecían de alguna cualidad crucial necesaria para convertirlas en objeto de adaptación. Entre las especies descartadas estuvieron el ciervo (que era demasiado asustadizo), las bellotas y las avellanas (que eran menos nutritivas y más difíciles de almacenar que los cereales y las legumbres aclimatadas, aunque los dos productos siguieron utilizándose como recursos de las épocas de hambre). La primera especie animal que los humanos consiguieron domesticar fue probablemente el lobo. Los lobos se domesticaron a finales del Paleolítico Superior y todas las razas de perros domésticos actuales proceden de aquellos lobos
domesticados[16]. Pero éstos no tuvieron el impacto transformativo de las especies domesticadas en fecha posterior, porque lejos de ofrecer una alternativa a la vida recolectora, fueron utilizados para la caza.
La «revolución neolítica» empieza en realidad con la aclimatación de una pequeña cantidad de espermafitos o plantas con semillas. Los testimonios más antiguos de este cambio proceden de Asia suroccidental, del estrecho corredor que une África con Eurasia, la red premoderna de intercambio más grande de la Tierra. Seguramente no es casual que la agricultura apareciese en el ámbito de la zona mundial más grande y antigua, la afroeuroasiática. Y tampoco es una casualidad que apareciera en el corredor que unía dos regiones diferenciadas, porque las regiones «axiales» de este jaez (véase el capítulo 10 para una descripción más detallada) eran como centros de intercambio de la información ecológica acumulada en áreas extensas. Otra región axial, Centroamérica, unía las dos masas continentales americanas y también allí apareció la agricultura en fecha temprana.
Los centros agrícolas más antiguos de Afroeurasia están encerrados en una región que los arqueólogos llaman Creciente Fértil. Es un arco de tierras altas que discurre hacia el norte abarcando parte de lo que hoy son Israel, Jordania y el Líbano, luego dobla hacia el este por la frontera de Turquía y Siria, y baja hacia el sur por los montes Zagros, en la frontera Irak-Irán. Por lo menos ocho especies vegetales se aclimataron en esta región entre 11000 y 9000 a. p. Fueron las lentejas, los guisantes, los garbanzos, las algarrobas, el lino, la escaña menor, la escanda y la cebada. Parece que estos tres cereales fueron aclimatados juntos en los alrededores de Jericó, entre 11500 y 10700 a. p., probablemente por comunidades que ya los habían recolectado
en estado silvestre[17]. En el curso de esos siglos los tres experimentaron cambios normalmente asociados a la aclimatación. Desarrollaron semillas más grandes y un fuerte pedúnculo que mantenía las semillas unidas al tallo.
Las ovejas y las cabras fueron domesticadas probablemente en la zona norte del Creciente Fértil por comunidades que hasta entonces se habían dedicado a cazarlas. En general, sin embargo, parece que los animales se domesticaron un poco después de haberse aclimatado algunas plantas. Es posible que una condición previa para la domesticación de animales fuera en muchas áreas la existencia de cultivos que pudieran utilizarse como pienso. Los cerdos se domesticaron al norte del Creciente
Fértil, en la actual frontera entre Turquía y Siria[18]. A diferencia de las ovejas y las cabras, compiten con los humanos por la comida, lo que tal vez fuese el motivo de que se les domesticara después. También las vacas se domesticaron después que las ovejas y las cabras. Los primeros restos seguros de bovinos domesticados se
remontan aproximadamente a 9300 a. p.[19] El retraso puede deberse a que el antepasado salvaje de los bovinos, el uro, era un animal peligroso. (Lo sabemos porque ha habido uros salvajes hasta hace tres siglos: el último se dibujó en Polonia a principios del siglo XVII). Sin embargo, los uros eran gregarios, como las ovejas y las cabras. Esto significa que era posible dominar manadas enteras domando o
sustituyendo a los jefes[20]. La domesticación de los bovinos, como la de las ovejas y las cabras, empezó a producir cambios genéticos conforme se iban sacrificando los especímenes con características indeseadas como el miedo o la agresividad (o la inteligencia).
China fue la segunda región donde comenzó la domesticación de especies. Investigaciones recientes han revelado que se produjo antes de lo que se creía en otras épocas. El arroz se aclimató probablemente en el sur de China, siguiendo el curso del Yangtsé, hace entre 9500 y 8800 años, y lo aclimataron recolectores que ya habían recolectado arroz silvestre. El panizo se aclimató siguiendo el curso del río Amarillo, en el norte de China, hace 8000 años. Cabe la posibilidad de que, de manera independiente, se domesticaran cerdos en el norte. En el octavo milenio a. p. ya estaban consolidados tanto los sistemas del norte, basados en el panizo, como los del sur, basados en el arroz.
Entre 6000 y 4000 a. p. hubo otra oleada de domesticación en África. Hace por lo menos 4000 años, y tal vez mucho antes, se aclimataron en el sur del Sahara variedades locales del panizo y el sorgo. La diversidad de las condiciones y la aparición de especímenes muy distintos de los del Creciente Fértil dan a entender que lo ocurrido en el Asia suroccidental influyó poco en las domesticaciones del África subsahariana.
La investigación reciente sugiere que el proceso se produjo en América más tarde de lo que se pensaba. No se encuentra en ningún lugar ningún indicio firme de ninguna domesticación en curso antes de 5500 a. p. Tal es la datación de la muestra más antigua de maíz aclimatado que se ha encontrado hasta hoy, en el valle de Tehuacán, al sureste de Ciudad de México. El maíz procede de una especie silvestre llamada teocinte; con las alubias (o fríjoles) y ciertas variedades de calabaza, acabó siendo la planta aclimatada más importante de América. La única región americana donde los animales domesticados desempeñaron algún papel fue el subcontinente meridional. Los conejillos de Indias, las llamas y las alpacas se domesticaron hace por lo menos 4000 años, aproximadamente cuando se aclimataban la quinua y las patatas. Los animales domesticados tuvieron menos importancia en América porque las especies con más potencial, como los caballos y los camellos, se habían extinguido al final de la última glaciación, probablemente a causa de la depredación excesiva de los humanos. En el fondo, el gran vacío que hay en la prehistoria americana hasta que aparecen las primeras formas de domesticación y de agricultura estable podría explicarse en parte por la escasez de especies potencialmente domesticables que sobrevivieron a la primera oleada de invasores humanos que llegó
a la región[21].
También hubo domesticación en la tercera zona mundial, la de Papúa y Nueva Guinea. Aquí se produjo antes, pero su impacto fue más limitado que en las otras zonas.
Cuando apareció, la agricultura no arrasó con todo. Desde el punto de vista moderno, lo sorprendente del período abarcado en este capítulo es la lentitud con que se difundió la agricultura. Aunque algunas comunidades empezaron a depender de sus cultivos y se volvieron totalmente agrícolas, muchas conservaron su tradicional estilo de vida recolector, mientras adoptaban un par de cultivos a modo de complemento. En Papúa y Nueva Guinea han coexistido las comunidades agrícolas con las recolectoras hasta los tiempos modernos. En América, la lentitud con que se difundió la aclimatación se ve sobre todo en las comunidades del este de América del Norte que aclimataron girasoles y calabazas vinateras. La falta de especies apropiadas podría explicar el lento progreso de la agricultura en esta región. Aunque al sur estuvieran afianzadas las formas de vida agrícola cuando aquéllas empezaron a plantar productos locales, hace unos 4000 años, la caza y la recolección siguieron siendo importantes durante otros 3000, porque los cultivos locales no permitían completar el paquete nutricional. Cuando hace 1800 años llegó el maíz mexicano, no prosperó. La agricultura no despegó en la región hasta 700 años después, cuando se introdujeron otras variedades capaces de soportar los inviernos del norte, junto con
las alubias y las calabazas mexicanas[22].
La serie de animales domesticados y plantas aclimatadas característica del Creciente Fértil apareció en África nororiental, en la cuenca del Nilo, después de 9000 a. p. (aunque la cebada crecía silvestre en Egipto), pero pasaron miles de años hasta que proliferaron las aldeas agrícolas.
La domesticación pasó del Creciente Fértil a los Balcanes y a las costas mediterráneas de Italia y Francia hace unos 9000 años. De aquí se difundió hacia el norte, a zonas templadas con clima y ecología propios donde los métodos tuvieron que modificarse hasta que dieron resultado. Hasta hace algún tiempo se pensaba que la agricultura había «avanzado» por Europa como una ola hace entre 6000 y 8000 años. Sin embargo, estudios posteriores han puesto de manifiesto que este avance fue más lento y menos triunfal de lo que se creía. Las comunidades agrícolas se instalaron sobre todo en regiones con suelo de loes, que se trabaja fácilmente. Pero en otros lugares, en especial en el noroeste y el noreste, su impacto fue limitado durante milenios. Antes bien, las comunidades locales de recolectores adoptaban a menudo técnicas agrarias y mantenían relaciones comerciales con comunidades agrícolas, sin convertirse en agricultores. La domesticación y la vida agrícola asociada al proceso siguieron siendo simplemente opciones o complementos de la vida recolectora; los recolectores y los agricultores estuvieron vinculados en redes regionales de intercambio en muchas áreas del mundo neolítico.
Podemos ver pautas parecidas en otras zonas que fueron influidas pero no dominadas por la agricultura al principio de la era agraria, desde la Rusia europea hasta Asia central y el norte de México.
EL ORIGEN DE LA AGRICULTURA
¿Cómo explicaríamos la transición a la agricultura [23]?
En principio se diría que la respuesta es sencilla. Gracias al aprendizaje colectivo, las comunidades humanas siguieron explorando formas de extraer recursos del entorno, hasta que al final dieron con la agricultura. Además, la agricultura era hasta tal punto más productiva que la mayoría de las modalidades recolectoras que es una tentación suponer que nada más «inventarse» se difundió con rapidez. Los primeros intentos de explicar la revolución del Neolítico se basaron en este supuesto, ya que entendieron la agricultura como una invención que se difundió a partir de un único centro a causa de su evidente superioridad sobre las demás adaptaciones humanas.
Sin embargo, las investigaciones del siglo XX han detectado dos problemas importantes en esta clase de explicaciones. En primer lugar, como hemos visto, la agricultura no se difundió desde un centro único. Lejos de ello, apareció, en principio de manera independiente, en diversas regiones de las tres grandes zonas mundiales. ¿Cómo se puede explicar la relativa simultaneidad del proceso en regiones que al parecer no tenían ningún contacto ente sí? Como ha señalado Mark Cohen: «Lo más sorprendente de los inicios de la agricultura […] es precisamente que se trata de un
fenómeno universal[24]».
En segundo lugar, no podemos ya dar por sentado que las comunidades recolectoras adoptaran la agricultura una vez que conocieron su tecnología. En realidad, no estamos tan seguros de que la aparición de la agricultura haya de considerarse automáticamente una señal de progreso. Es verdad que la agricultura puede alimentar a una población mayor que la economía recolectora, y es probable que a largo plazo las comunidades agrícolas desbancaran a las recolectoras cuando las dos entraran en conflicto. Pero es un hecho que muchas comunidades recolectoras se han negado a adoptar prácticas agrícolas a pesar de tener conocimiento de ellas. Como algunos miembros de una comunidad recolectora del desierto de Kalahari dijeron a un investigador moderno, ¿para qué querría nadie ser agricultor habiendo tanto fruto de mongongo al alcance de la mano? Las poblaciones aborígenes del extremo norte de Australia, sobre todo las del cabo York, conocían la agricultura, dado que los habitantes de las islas que tenían al norte la practicaban. Pero no quisieron adoptarla. También en Rusia y en Ucrania coexistieron los recolectores y los agricultores, tal vez durante miles de años, desde que los agricultores llegaron a la
región hace entre 6000 y 7000 años[25]. Para los recolectores, la agricultura fue una opción, no una necesidad.
Y su conservadurismo pudo haber sido perfectamente racional y lógico. Los testimonios procedentes de los restos óseos revelan que las primeras formas de
agricultura desarrollaron enfermedades y tensiones de nuevo cuño[26]. En los climas cálidos, la dieta de los agricultores es menos variada que la de los recolectores y, por lo tanto, sufren más escaseces periódicas; los recolectores pueden recurrir más fácilmente a otras fuentes alimenticias. El hambre generalizada es, paradójicamente, un efecto secundario de la revolución agrícola. Las comunidades agrícolas están asimismo más expuestas a enfermedades que transmiten las ratas, los ratones, las bacterias y los virus y que prosperan en las comunidades sedentarias relativamente grandes. Y algo más importante aún: las comparaciones genéticas entre bacterias patógenas modernas dan a entender que en las regiones de Afroeurasia donde había concentraciones de animales domesticados, las bacterias patógenas de las vacas, las gallinas o los cerdos pasaban fácilmente a los humanos. Las enfermedades aprovecharon el hecho de que también los humanos se convirtieron en animales
gregarios cuando formaron aldeas estables y se dedicaron a cultivar la tierra[27]. Las cepas más tenaces, que han sobrevivido hasta el punto de volverse endémicas, por ejemplo la viruela y la gripe, fueron las que infectaron a los anfitriones humanos sin matarlos. Los esqueletos del Neolítico parecen en general más pequeños que los de las sociedades recolectoras de la Edad de Piedra y esto podría ser otro indicio del deterioro de la salud en las primeras comunidades agrícolas; además, no hay indicios de que con la adopción de la agricultura aumentase la esperanza de vida o se redujera
la mortalidad infantil[28]. A lo sumo, sólo el 50 por 100 de los niños nacidos tenía posibilidades de llegar a la vida adulta en ambas clases de sociedad; y la esperanza de vida de los que sobrevivían oscilaba entre los treinta y cinco y los cuarenta años,
aunque algunos llegaban a cincuenta y sesenta[29]. En general, parece que la introducción de la agricultura tendió más a empeorar la calidad de vida que a mejorarla. John Coatsworth ha dicho: «Los bioarqueólogos han encontrado vínculos entre la transición a la agricultura, un deterioro importante de la nutrición y el aumento de las enfermedades, la mortalidad, el agotamiento y la violencia en las zonas donde los restos óseos permiten comparar la calidad de vida humana antes y
después del cambio[30]».
Toda historia veraz del comienzo de la agricultura debe explicar tanto la cronología de los orígenes como los motivos por los que las comunidades recolectoras adoptaron la vida agrícola a pesar de sus aparentes desventajas. ¿Por qué iba a querer nadie una vida basada en las fatigas de la siembra, la cosecha y la preparación de una pequeña variedad de productos cuando era tan fácil arrancar plantas o cazar animales más variados, más grandes y de preparación más sencilla?
Posibles «primeros motores» de la revolución del Neolítico
Los intentos modernos por explicar la revolución del Neolítico se remontan a la década de 1920. El genetista ruso N. I. Vavilov se puso a analizar especímenes actuales de plantas aclimatadas, convencido de que el lugar donde hubiera más variedad genética sería asimismo su lugar de procedencia y quizá también el lugar donde empezaron a cultivarse. Identificó ocho «cunas» posibles de la agricultura inicial. La lista de cunas de Vavilov se parece a otras listas posteriores y la paleobotánica moderna se basa en el principio de que el estudio de las plantas actuales puede darnos mucha información sobre los primeros tiempos de la aclimatación. V. Gordon Childe aducía que el cambio climático podía haber creado «oasis» de colonización densa cuyos habitantes, para sobrevivir, se vieran obligados a intensificar sus métodos de producción. En términos generales, el postulado sigue teniendo cierta validez, pero los detalles del planteamiento inicial ya no se sostienen. El primero en realizar estudios arqueológicos sistemáticos sobre el origen de la agricultura en Irak fue Robert Braidwood, que investigó dos aldeas, Karim Shahir y Jarmo: la primera estuvo habitada por recolectores, la segunda por agricultores. Y Richard MacNeish, a finales de la década de 1940, inauguró el estudio del origen de la agricultura americana con una serie de expediciones dedicadas a desentrañar los
primeros pasos del maíz[31].
Desde entonces, las investigaciones sobre el origen de la agricultura se han multiplicado. Hoy conocemos con relativa claridad sus componentes principales, pero aún no sabemos con exactitud cómo se relacionan entre sí. Los factores principales son el cambio climático; ciertas modalidades de intensificación entre los recolectores; el crecimiento demográfico, que en algunas regiones obligó a las comunidades recolectoras a explotar territorios de tamaño decreciente con más intensidad; el aumento de los intercambios entre comunidades; y, por último, la disponibilidad de especies aclimatables y domesticables. Cualquier explicación que se proponga está obligada a combinar estos elementos, todos o algunos. La versión que sigue combina los argumentos de varios modelos estrechamente relacionados y datos procedentes de varias regiones, aunque cuadra mejor con lo que sabemos de Mesopotamia y el Creciente Fértil. Sostiene que en la aparición de la agricultura hubo varias etapas que se dieron, con variantes menores, en todas las regiones donde empezaba la
domesticación[32].
Como advertirá el lector, la versión simplificada que presento difiere de las historias triunfalistas de principios del siglo XX. Por el contrario, y a semejanza de lo que cuenta el Génesis, mi historia describe una tentación, una caída y una expulsión del Edén.
Adaptaciones culturales previas y saber ecológico. Casi todas las comunidades del Paleolítico Superior conocían en todo o en parte lo que los agricultores necesitaban saber. Desde el punto de vista tecnológico, estaban preparados para adoptar la agricultura. Suponemos que es así porque las comunidades recolectoras modernas tienen un conocimiento especializado de las plantas y los animales de su entorno. Conocen las condiciones en las que prosperan las especies favorecidas y saben cómo nutrirlas y potenciarlas, por ejemplo, eliminando malas hierbas u otros rivales. Casi todas las sociedades reducidas saben que las plantas nacen de semillas o de esquejes
y que los humanos pueden estimular o inhibir su desarrollo[33]. Donald O. Henry ha descrito el saber ecológico de las poblaciones paleolíticas diciendo que fue una de las
condiciones «indispensables» para la aparición de la agricultura[34].
Se tiene asimismo la certeza de que entre los recolectores que tenían poco o ningún contacto con la agricultura aparecieron formas significativas de intensificación. Los antropólogos suelen referirse a estas comunidades como a comunidades de «recolectores prósperos». En el capítulo anterior se han descrito las impresionantes culturas de la caza del mamut de la Ucrania del Paleolítico Inferior y se han mencionado las densas poblaciones de la Francia meridional, que vivían explotando las abundantes reservas de caza y pesca que había inmediatamente al sur de los glaciares europeos. Dondequiera que encontramos comunidades recolectoras que se vuelven más sedentarias, sabemos que están empleando tecnologías más intensivas, porque para quedarse mucho tiempo en un sitio tienen que aprovechar los recursos del lugar más intensivamente. Ahora bien, esta clase de intensificación se hace más patente en los primeros milenios que siguieron a la última glaciación. De un modo u otro, encontramos intensificación en las tres zonas mundiales y en las tres produjo cierto nivel de sedentarismo (es decir, la tendencia a ocupar lugares más o menos fijos). Es importante insistir en este punto porque a menudo se ha creído que ciertas regiones del mundo se estancaron mientras se implantaba la agricultura en otras zonas más privilegiadas.
FIGURA 8.3. Intensificación en Australia: trampas para anguilas. Nasa y trampa para anguilas dibujadas por G.
A. Robinson en 1841 en Victoria occidental. En la mitad superior vemos la «parte frontal de un yeroec o
encañizada» con «nasas o arrabines» en los agujeros de escape de la encañizada; en la mitad inferior vemos un
«lingeer o palo para colgar las anguilas» y debajo una «arrabine o nasa para anguilas, hecha con juncos
trenzados». Tomado de Josephine Flood, Archaeology of the Dreamtime, Collins, Sidney, 1983, p. 206, que se
basa en el diario de George Augustus Robinson de 1841. Con permiso de la Mitchell Library de Sidney, Australia.
FIGURA 8.4. Intensificación en Australia: casas de piedra. Se han hallado más de 140 casas de piedra junto al lago Condah, en la provincia australiana de Victoria. Tomado de Josephine Flood, Archaeology of the Dreamtime,
Collins, Sidney, p. 107; ilustración de David White, Age, 29-1-81.
En Australia hay actualmente multitud de indicios de intensificación que se remontan sobre todo a los últimos 5000 años. La intensificación permitía el crecimiento demográfico y produjo sedentarismo en algunas zonas. El instrumental lítico fue mucho más variado en este período. En muchas zonas de Australia aparecen herramientas nuevas, más pequeñas y trabajadas con más precisión, por ejemplo las pequeñas puntas de Australia central que posiblemente se emplearon como puntas de lanza (en Australia no hay testimonios de arcos ni flechas). Algunas puntas estaban tan bien hechas que se tenían por objetos rituales y se comerciaba con ellas en un radio de cientos de kilómetros. En otras partes se fabricaban hojas reforzadas, que probablemente se incrustaban en armas como las temibles «lanzas de la muerte», cuyos bordes dentados garantizaban que las heridas que causasen fueran casi siempre
mortales[35]. El dingo, un perro semisalvaje, apareció en la zona hace unos 4000 años, y dado su estrecho parentesco con los perros modernos de la India, es probable que
no llegara de Indonesia, sino de la orilla opuesta del océano Índico[36].
Nuevas técnicas quiere decir nuevas formas de obtener recursos. En el estado de Victoria, en Australia, se construían trampas complejas para anguilas que, en ocasiones, incluían canales de 300 metros de longitud (véase la figura 8.3). Josephine Flood las describe del siguiente modo:
Se tendían trampas a lo ancho de acequias y canales construidos con piedras; en las aberturas de las
paredes, que por lo general tenían forma de «V», se colocaban nasas o redes. Las nasas, que son redes
tubulares, se trenzaban con tiras de corteza de árbol o con juncos, y en la boca tenían un aro de madera de
sauce. Los hombres se quedaban detrás de la encañizada, listos para atrapar las anguilas según fueran
saliendo por el extremo posterior de la nasa. Mataban a las anguilas dándoles un bocado en la cabeza[37].
En aquellas trampas se pescaban tantas anguilas que acabaron siendo la base de muchos poblados relativamente estables (véase la figura 8.4). La conservación de chozas de escasa altura y construidas con piedras, en agrupaciones de variado tamaño (en un caso, hasta 146 chozas en un solo lugar), confirma los testimonios de los
primeros viajeros europeos sobre la existencia de aldeas indígenas en la zona[38]. Estas comunidades vivían de la variada gama de animales comestibles que había en la región, desde el emú hasta el canguro, y de productos vegetales como el ñame, el helecho y la enredadera.
Los anzuelos de concha fueron una innovación que permitió explotar más fuentes alimenticias y propició el crecimiento de la población de las costas australianas. Algunas comunidades empezaron a recolectar ñames, frutas y granos de un modo que sugiere la existencia de una agricultura en ciernes. Los métodos que se aplicaban (y todavía se aplican) en la recolección de ñames fomentaban la reproducción; las semillas de las frutas se recogían y se plantaban en lugares elegidos para que brotaran grupos de árboles frutales. Viajeros europeos que cruzaron algunas de las zonas más áridas de Australia central vieron comunidades que recogían panizo silvestre con cuchillos de piedra y lo amontonaban en grandes almiares. En ciertas regiones se han encontrado piedras de moler semillas con una antigüedad de 15 000 años, lo que
indica que era una práctica muy antigua[39].
A finales del Paleolítico y principios del Holoceno se produjeron cambios parecidos en muchas regiones del mundo. En Mesoamérica hay indicios, que se remontan a hace 9000 y 10 000 años, de explotación intensiva de especies que luego serían artículos principales, como variedades primitivas de maíz, judías y calabazas. Algunas comunidades costeras de Mesoamérica disponían de recursos marinos tan
abundantes que empezaron a volverse sedentarias hace unos 5000 años[40]. En la región báltica de Eurasia noroccidental también hay indicios de intensificación inmediatamente posteriores a la última glaciación. Brian Fagan señala:
Las poblaciones mesolíticas que vivían a orillas del recién formado mar Báltico fabricaron una asombrosa
variedad de azagayas de pesca, redes, arpones y trampas, muchas de las cuales se han conservado en
yacimientos inundados. Las lanzas y las flechas se remataban con lengüetas de piedra, hueso o asta. Para
trabajar la madera y preparar los productos vegetales de los bosques se utilizaban herramientas de borde
afilado. También había canoas grandes y algunas eran piraguas construidas ahuecando troncos de árbol[41].
Se trataba de comunidades estables y básicamente sedentarias de recolectores prósperos. Vivían de la caza, la pesca y la recolección de productos vegetales comestibles. Algunos poblados del Báltico eran grandes. Los arqueólogos han encontrado habitaciones fijas para todo el año en las que posiblemente vivieron hasta cien personas. Algunos de estos lugares estuvieron ocupados ininterrumpidamente
entre 3000 y 1500 a. C.[42]
También en la cuenca del Nilo, en el sur de Egipto y Sudán se han encontrado indicios de la presencia de recolectores prósperos. Cerca de Asuán había comunidades hace 18 000 años que cazaban animales grandes, pescaban (lo que probablemente significa que eran relativamente sedentarios) y fabricaban harina moliendo hierbas silvestres; en un yacimiento próximo, fechado en 15000 a. p., hay hojas de piedra con un brillo que indica que se utilizaban para recoger grano
silvestre[43]. Pero los recolectores prósperos mejor conocidos de esta época son las comunidades natufienses que aparecieron alrededor de 14000 a. p. en la cuenca del Mediterráneo oriental, en determinadas zonas de lo que actualmente son Israel, Jordania, Líbano y Siria, y permanecieron allí durante más de 2000 años. Los núcleos sedimentarios han puesto de manifiesto que la comunidad natufiense de Ain Mallaha, que floreció hace unos 13 000 años en la parte superior del valle del Jordán, conocía las bellotas y cereales silvestres, y productos lacustres como peces, tortugas,
moluscos y aves, que capturaban con redes y garfios[44]. Las comunidades natufienses también cazaban gacelas. Con tan abundantes recursos a mano, empezaron a instalarse en aldeas que solían ser seis o siete veces mayores que los poblados anteriores de toda la región y en las que llegaba a haber hasta 150 habitantes.
Las comunidades recolectoras de todas estas áreas ensayaban técnicas nuevas a las que no era ajeno un mayor cuidado de los recursos vegetales y animales. Las nuevas técnicas permitían a veces que comunidades enteras se volvieran más o menos sedentarias. Estos cambios representan etapas importantes en la conquista de la agricultura.
Conforme cambiaban las tecnologías humanas, comenzaron a afectar a las especies próximas, sobre todo a las que se explotaban más intensivamente. Por ejemplo, los recolectores podían volver a los campamentos de base con plantas favorecidas, cuyas semillas germinarían y, al cabo de varios años, darían un plantel de productos que consumirían las generaciones posteriores. Estas prácticas pueden generar presiones selectivas muy fuertes, porque es evidente que, con el paso del tiempo, serán probablemente los frutos más sabrosos los que se seleccionen y se planten cerca de los campamentos, mientras que los productos silvestres podrían
quedar marginados por resultar menos apetitosos[45]. Con el paso del tiempo, una manipulación de este calibre aplicada a poblaciones de plantas concretas puede producir cambios genéticos importantes.
Predisposiciones genéticas, productos aclimatables y animales domesticables. Unas especies se prestaban más que otras a la manipulación selectiva. La verdad es que algunos especímenes, contemplados retrospectivamente, parecen haber estado predispuestos a la domesticación. Esta característica es la segunda «condición indispensable» de la agricultura enumerada por Henry. Además, como ha sostenido Vavilov, la distribución de estos especímenes domesticables ofrece una explicación útil de la geografía y el «estilo» de la domesticación en distintas regiones. Entre las muchas especies salvajes que los humanos tuvieron en cuenta, pocas superaron la prueba y en algunos lugares no la superó ninguna. Como es lógico, la disponibilidad o no disponibilidad de plantas y animales nutritivos y fácilmente aclimatables y domesticables pudo ser un factor crucialmente determinante en la geografía de los comienzos de la agricultura y en consecuencia un factor igualmente determinante de
gran parte de la historia humana posterior[46]. Entre cientos de miles de plantas sólo unos centenares se han aclimatado con buenos resultados y casi todas son de importancia secundaria al lado de la decena de especies básicas que integra la mayor parte de la comida que se consume actualmente en el mundo.
Las cualidades buscadas por los humanos en las especies domesticables era la resistencia, el valor nutritivo, la adaptabilidad y la capacidad de reproducirse en condiciones variables. Los animales tenían que ser gregarios; capaces de vivir y reproducirse en manadas grandes y compactas; y tener una tendencia a las jerarquías sociales que los predispusiera a seguir a los jefes, fueran animales o humanos. La naturaleza de las especies disponibles podría explicar asimismo la cronología de las primeras aclimataciones y domesticaciones. Jared Diamond ha argüido de un modo convincente que los candidatos disponibles en el Creciente Fértil fueron insólitamente variados, atractivos y fáciles de adaptar, y que estos rasgos explican en buena medida por qué fue en esta región donde aparecieron los primeros cultivos. La facilidad de aclimatación de las principales especies de cereales de la región podría demostrarse señalando los pocos cambios que han sufrido desde que eran silvestres; las variedades de cebada y trigo silvestres eran abundantes, nutritivas y fáciles de recolectar y cultivar. La aclimatación del maíz, por el contrario, fue difícil; el teocinte tuvo que pasar muchas pruebas durante milenios, hasta que fue capaz de alimentar a
poblaciones numerosas[47]. La ausencia de animales domesticables tras las extinciones de la megafauna a comienzos del Holoceno retrasaron igualmente la implantación de la agricultura en Mesoamérica. Allí sólo se domesticaron el perro y el pavo, y ninguno era tan valioso como los principales animales domesticados en el Creciente Fértil. Esta escasez de animales privó a los agricultores americanos de fuerza de tracción, estiércol y una sustancial fuente de proteínas. Las limitaciones nutricionales de las especies locales aclimatadas, como la colocasia, que tiene pocas proteínas, también frenaron el impacto demográfico de la agricultura en Papúa y Nueva Guinea y redujeron su difusión.
La existencia de especies aclimatables/domesticables y una cantidad apreciable de información ecológica pertinente son requisitos básicos para la implantación de la agricultura. Pero estos factores no dan cuenta de la oportunidad ni de la motivación para pasar a la agricultura desarrollada.
Cambio climático, presión demográfica e intercambios. Dado que la agricultura apareció en regiones muy distantes entre sí en el breve curso de unos milenios, es tentador buscar mecanismos globales capaces de haber precipitado cambios en distintos lugares. Dos detonantes podrían ser el cambio climático y la presión demográfica.
Los cambios climáticos al final de la última glaciación fueron irregulares e impredecibles. Sin embargo, su efecto más generalizado fue el aumento de las temperaturas medias. Al margen de cuál fuese su orientación y naturaleza concretas, es posible que estos cambios potenciaran modificaciones culturales y genéticas en todo el mundo. Con la alteración de climas y ambientes, las comunidades humanas se vieron obligadas a experimentar con nuevos alimentos y nuevas técnicas. Esto es innegable en zonas como las estepas euroasiáticas, donde el exceso de capturas y el calentamiento global acabaron expulsando a presas tradicionales como el mamut de las tierras donde habían vivido hasta entonces.
El cambio climático transformó también los ambientes. Las subidas térmicas aumentaron la disponibilidad de plantas y animales comestibles en ciertas regiones. Henry aduce que las plantas aclimatables tal vez fueran escasas antes del final de la última glaciación y señala que, si hubiera hecho más frío, las formas primitivas del arroz, los cereales y el maíz habrían quedado aisladas y limitadas a las tierras bajas. Pero con la multiplicación de los climas cálidos se volvieron más abundantes y conquistaron las tierras altas. La mayor suavidad del clima imperante allí les permitió criar semillas durante más tiempo y su valor para los humanos aumentó. Un caso que corrobora con firmeza este argumento es el Creciente Fértil, donde se puede rastrear la difusión de los cereales gracias a los estudios del polen. No obstante, es probable que el clima que se impuso a comienzos del Holoceno, más cálido y húmedo, ampliara en muchas regiones del planeta el alcance y la cantidad de plantas necesitadas de calor, como los cereales. La abundancia fue muy notable en regiones con fácil acceso al agua de los ríos, los lagos o los pantanos, mientras que las regiones de ecología variada produjeron una creciente variedad de productos animales y vegetales. En el sureste de Turquía, como demostró un experimento dirigido por Jack Harlan en los años setenta, incluso en las condiciones actuales y durante sólo tres semanas se podía recoger grano silvestre suficiente para alimentar a una familia todo el año. La creciente abundancia de productos vegetales nutritivos pudo a su vez haber atraído a los herbívoros. Al final, estos «jardines del Edén» atrajeron también a los humanos. Es posible que las comunidades recolectoras tendieran a instalarse donde los recursos eran especialmente abundantes y dieran de este modo un paso decisivo hacia la adopción de la agricultura.
El segundo factor global es más difícil de identificar en el registro arqueológico, pero igualmente difícil de excluir de toda historia del origen de la agricultura: la presión demográfica. Que el crecimiento demográfico, lejos de estar limitado por las tecnologías disponibles (el conocido argumento malthusiano), puede fomentar el cambio tecnológico es una tesis desarrollada por Ester Boserup, aunque quien más ha estudiado sus posibilidades para explicar el origen de la agricultura ha sido Mark Cohen. Lo que Cohen dice básicamente es que la presión demográfica impulsaba a los individuos y a los grupos a trasladarse a regiones menos colonizadas. El resultado final fue que la presión demográfica estaba tan equitativamente repartida a comienzos del Holoceno «que los grupos que poblaban el planeta no tuvieron más remedio que
adoptar la agricultura en el curso de unos milenios[48]». Hay varios motivos para creer que la presión demográfica aumentó al final de la última glaciación, sobre todo en la zona afroeuroasiática. La colonización de ambientes inhóspitos como las tundras, la reducción de la caza de animales grandes (muchos de los cuales se extinguieron) y el creciente uso de productos alimenticios más pequeños, como los moluscos y las semillas, son indicios de una ligera presión demográfica. Lo mismo
cabe decir del aumento de las habitaciones[49]. Pero la circunstancia más importante fue, según hemos visto, que a comienzos del Holoceno los humanos habían ocupado ya todos los continentes habitables y, por consiguiente, habían reducido mucho las posibilidades de la extensificación. Dadas las tecnologías recolectoras del Paleolítico, las poblaciones humanas en gran parte del planeta estaban casi al límite de la capacidad demográfica global. Como ha señalado Paul Bairoch: «Según las estimaciones de Hassan, la capacidad demográfica óptima del mundo con una economía de caza y recolección es de unos 8,6 millones de habitantes (5,6 millones
en praderas tropicales y sólo 0,5 millones en praderas de las zonas templadas[50])».
El cambio climático pudo haber acentuado esta presión en regiones muy concretas, pues conforme aumentaba la temperatura en todo el mundo, subía el nivel del mar. Es indudable que este cambio obligó a los recolectores costeros de zonas como el golfo Pérsico a invadir el territorio de sus vecinos. (Una de las dificultades para demostrar esta hipótesis es que casi todos los lugares pertinentes están en la actualidad bajo el agua). La geografía de las migraciones del Paleolítico pone de manifiesto asimismo la existencia de algunos cuellos de botella donde la densidad demográfica pudo haber sido excepcionalmente elevada. Eran regiones por las que debían pasar las poblaciones que querían trasladarse a otras tierras. La comprendida entre Mesopotamia y el Nilo era sin duda una región así. Hace 80 000 o 90 000 años tenía ya una densidad demográfica muy elevada, desde el punto de vista del Paleolítico. Es probable que Mesoamérica fuese otro cuello de botella, al igual que la estrecha franja habitable del oeste de los Andes. Aplicar este criterio a las cuencas de los ríos Amarillo y Yangtsé es más complicado, pero es posible que la abundancia localizada creara también allí cuellos de botella que obligaran a las comunidades recolectoras a vivir en territorios en reducción continua.
Hay otro factor, estrechamente relacionado con el crecimiento demográfico, que pudo haber fomentado el sedentarismo: el incremento de los intercambios entre las regiones. Están bien documentadas las concentraciones temporales que practicaban las comunidades recolectoras para intercambiar bienes, rituales y cónyuges. Se concentraban donde podían intensificar la producción de comestibles, por lo menos durante unas semanas. He aquí la descripción de una de estas concentraciones, tomada de las memorias de un ganadero británico del siglo XIX, afincado en el estado australiano de Victoria:
En las grandes reuniones periódicas el comercio se basa en el intercambio de artículos propios de zonas
muy distantes entre sí. Un lugar preferido para las reuniones dedicadas al trueque es una colina llamada
Noorat, situada cerca de Terang. Allí abundan los canguros de los bosques y la piel de los animales jóvenes
de aquel lugar se cree que es la mejor para confeccionar alfombras. Los aborígenes del distrito de Geelong
llevan las mejores piedras para hacer hachas y una resina de acacia que es famosa por su adherencia. Esta
resina de Geelong es muy eficaz para fijar los mangos de las hachas y las puntas de pedernal de las lanzas, y
para pegar las juntas de los recipientes de corteza de árbol que se transporta en grandes cantidades por todo el
distrito occidental. El basalto para las hachas se obtiene de una cantera de Spring Creek, en las cercanías de
Goodwood; y la arenisca para lijarlo se consigue en el río salobre que hay junto al lago Boloke. Cerca de
Dunkeld hay cristal volcánico o de obsidiana, para rascar y pulir armas. […] También se intercambian
moluscos marinos […] y bivalvos de agua dulce [51].
Andrew Sherratt ha sugerido que el intercambio de bienes valiosos entre las comunidades recolectoras pudo haber fomentado la fundación de campamentos muy poblados, incluso de larga duración, en los ejes de las redes regionales de intercambio. Estos intercambios fueron muy frecuentes a comienzos del Holoceno en el corredor palestino, entre Anatolia y el mar Rojo; es posible que estimularan a las comunidades que ya aprovechaban el cereal silvestre que crecía en las bien regadas tierras altas a ensayar su cultivo en las tierras bajas por las que pasaban las florecientes rutas de «comercio». Sherratt señala que Jane Jacobs argüía ya en los años sesenta que los poblados grandes como Jericó se fundaron probablemente en puntos donde era más intenso el intercambio; es posible que entonces se utilizaran formas simples de agricultura para alimentar a la población ya instalada y que más
tarde se formaran aldeas pequeñas[52]. Además, es bastante probable que estos mismos intercambios fomentaran el intercambio de técnicas ecológicas imprescindibles para los primeros experimentos agropecuarios.
Por lo tanto, es posible que la influencia combinada de abundancia localizada, ligera presión demográfica e incremento de los intercambios acabara fomentando el sedentarismo en algunas regiones. Ya había habido comunidades sedentarias incluso en el Paleolítico Superior; pero sin domesticación, estos experimentos no produjeron cambios permanentes ni generales en la tecnología ni el estilo de vida. Al final de la última glaciación, sin embargo, la creciente presencia de especies aclimatables y domesticables y quizás un aumento de la presión demográfica consiguieron que los experimentos fueran más frecuentes, más importantes y más duraderos. Las culturas natufienses de Oriente Medio ejemplifican bien estos procesos.
Crecimiento demográfico, intensificación y especialización. Aunque el sedentarismo no es la agricultura, sin duda fue un paso tan espontáneo como fundamental para llegar a ella. La población natufiense creció con rapidez, las aldeas se multiplicaron y desde 14000 a. p. proliferaron por todo Oriente Medio. La causa del crecimiento demográfico fue probablemente el sedentarismo, aunque en algunas regiones ocurrió al revés. Como se ha visto en el capítulo anterior, las ambulantes comunidades de recolectores tenían buenos motivos para limitar el crecimiento demográfico. Pero cuando se instalaban, los límites se volvían más elásticos. Ya no había necesidad de cargar tanto con los niños pequeños; las dietas con mucho grano (sobre todo si la comida se cocía) permitían destetar antes a los niños; los intervalos entre los embarazos se acortaron; y las mujeres llegaban antes a la pubertad. Estos factores aceleraron sin duda el crecimiento demográfico en las comunidades con menos movilidad.
El sedentarismo tendía además a transformar la tecnología de los recolectores sedentarios y la genética de las plantas y los animales de que se alimentaban. La creciente dependencia de una pequeña cantidad de fuentes alimenticias abundantes y fácilmente recolectables redujo el saber propio de la vida nómada, durante la que lo normal era conocer una gran variedad de especies y de técnicas. Fue la «descapacitación» propia del Neolítico. Ahora bien, es probable que este mismo proceso potenciara el conocimiento concreto de las especies favorecidas. Es seguro que las comunidades sedentarias aprendieron muchas más cosas sobre los ciclos vitales, las enfermedades y las pautas de crecimiento de la pequeña cantidad de especies más próximas al poblado. Este saber se sumó al considerable conocimiento que los recolectores ya tenían sobre los ciclos vitales de sus presas y sobre la mejor forma de protegerlas y multiplicarlas con eficacia. El cuidado de estas especies produjo probablemente cambios genéticos que propiciaron la aclimatación, dado que se descartaban los especímenes que peor respondían. Por último, la limpieza de la tierra para la construcción de habitaciones permanentes creó las condiciones idóneas para que prosperaran las especies resistentes, sobre todo si los humanos las utilizaban con regularidad suficiente para que las semillas se acumularan alrededor del poblado.
Con el paso del tiempo, las comunidades sedentarias de recolectores se dieron cuenta de que la población aumentaba, de que ampliaban sus conocimientos sobre las especies concretas que comían y de que estas mismas especies sufrían cambios que las volvían más útiles.
La trampa del sedentarismo. Conforme crecía la población de las comunidades sedentarias y aumentaba su dependencia de una decreciente variedad de especies, así como su capacidad para incrementar la productividad de las mismas, se redujeron las posibilidades y los atractivos de volver a la vida nómada. Es una conducta que podemos denominar trampa del sedentarismo. Es posible que al cabo de unas cuantas generaciones los recolectores sedentarios se dieran cuenta de que cultivaban una forma de vida sedentaria mientras olvidaban las habilidades tradicionales y mientras el crecimiento demográfico reducía el área del territorio disponible para cada comunidad. Tal como habría podido prever un Malthus del Neolítico, el crecimiento demográfico estaba irremediablemente condenado a desbordar la capacidad de los abundantes recursos naturales que habían fomentado la adopción del sedentarismo. También es posible que los períodos de empeoramiento climático local redujeran la disponibilidad natural de los productos comestibles. En cualquiera de los dos casos, las comunidades, al cabo de unas cuantas generaciones, alcanzaban el límite ecológico de la explotación de las regiones cuyos recursos habían parecido tan abundantes en los tiempos de la fundación del poblado. Llegadas a este punto, y si la opción de volver al nomadismo ya no era viable (por estar superpobladas las regiones limítrofes) o había dejado de ser atractiva (porque el sedentarismo se consideraba el modo de vida normal), las comunidades no tenían más remedio que aumentar la intensificación, esforzándose más para incrementar la productividad de unas cuantas especies favorecidas.
Esta decisión representó el último paso hacia la agricultura desarrollada. Donde se ven con más claridad estos procesos es en los testimonios encontrados en Mesopotamia. Las comunidades natufienses sufrieron el empeoramiento del clima que se produjo entre 13000 y 11500 a. p. Hay indicios de deficiencias nutricionales, de extensión de la práctica de matar a las niñas, de crecientes diferencias de jerarquía,
fenómenos que podrían deberse a una crisis de los recursos[53]. Algunas comunidades del Creciente Fértil, sobre todo las de las regiones más áridas, reaccionaron volviendo a formas de vida más móviles. Pero otras que vivían en regiones con abundancia de agua y cereal silvestre empezaron a intensificar la producción de productos comestibles concretos, por ejemplo los cereales. El paso definitivo fue plantar semillas en un suelo donde no crecían otras plantas. Las comparaciones con las sociedades recolectoras modernas y con las sociedades horticultoras, en las que las mujeres hacen casi todo el trabajo agrícola, sugiere que tal vez fueron las mujeres las primeras en ensayar estas técnicas, mientras los hombres se dedicaban a la caza y a
otras actividades que se desarrollaban fuera del poblado[54]. Es posible que, al principio, el cultivo deliberado fuera sólo una medida preventiva para contrarrestar los efectos del empeoramiento de las condiciones, porque los índices demográficos de la población natufiense bajaron bruscamente a partir de 13000 a. p. Sin embargo, funcionó, porque pronto aparecieron comunidades que dependían de manera progresiva de plantas aclimatadas y luego de animales domesticados. Muchas comunidades siguieron tratando la domesticación como un complemento limitado de la recolección tradicional, pero algunas no. Para éstas fue la base de una forma de vida completamente distinta.
Las primeras aldeas realmente agrícolas aparecieron en el suroeste asiático alrededor de 10500 a. p. Abu Hureyra, una aldea próxima a la frontera entre lo que actualmente son Turquía y Siria, ejemplifica la rapidez que podía alcanzar la
transición[55]. En 10500 a. p. se fundó allí una aldea; sus habitáculos semisubterráneos se construían con techos de caña y postes de madera. Sus habitantes consumían grano silvestre, pero también cazaban gacelas. Las gacelas llegaban con regularidad en primavera, se mataban en grandes cantidades y su carne se almacenaba. Pero estas comunidades almacenaban carne y grano. Es posible que plantaran grano deliberadamente y que tuvieran corrales para presas salvajes como las gacelas. Después de 10500 a. p. la agricultura y el pasteoreo evolucionaron rápidamente durante unos siglos. La población de la aldea aumentó a 300 o 400 habitantes. Hacia 9700 a. p. se fundó otra aldea que abarcaba un área mayor; sus habitantes seguían dependiendo de las gacelas. Pero hacia 9000 a. p. se produjo una rápida transición que duró sólo alrededor de cien años; sus habitantes se volvieron agricultores, cultivaban cereales y legumbres y tenían rebaños de tamaño respetable de ovejas y cabras domesticadas. Construían casas de adobe, sencillas y
rectangulares, con patios y senderos estrechos[56]. Por entonces habían aparecido ya aldeas parecidas en otros puntos del Creciente Fértil (véase el mapa 8.3).
¿Una explicación general del origen de la agricultura?
Esta secuencia (predisposición o adaptación previa; progresivo sedentarismo estimulado por los cambios climáticos, la presión demográfica y el intercambio creciente; luego intensificación y más crecimiento demográfico; y finalmente dedicación plena a la agricultura) aparece perfectamente trazada en el Creciente Fértil. Pero ¿es aplicable a otras regiones con agricultura incipiente?
Antes se pensaba que en América la aclimatación fue anterior al sedentarismo. Es posible que fuera así, en el sentido de que hubo comunidades nómadas o seminómadas que probablemente desempeñaron un papel fundamental en las primeras etapas de la aclimatación de productos como el maíz. Pero las recientes revisiones de la cronología de la aclimatación americana indican que también allí pudo haber sido crucial el sedentarismo para la aparición de modalidades de agricultura capaces de producir transformaciones más decisivas. Los datos sobre China son insuficientes para proponer conclusiones en firme, pero nada desmiente que también allí se diera la secuencia señalada, y lo mismo cabe decir de los primeros
indicios de agricultura en el África subsahariana[57]. Bruce Smith, responsable de la mejor revisión reciente del problema, ha aducido que,
en muchas regiones del mundo, los experimentos tendentes a la aclimatación de plantas semilleras y luego a
la agricultura se llevaron a cabo en condiciones parecidas. Los experimentadores eran sociedades cazadoras-
recolectoras que se habían instalado junto a lagos, pantanos o ríos, en terrenos tan abundantes en recursos
silvestres que las sociedades en cuestión podían fundar poblados permanentes y vivir en gran medida de las
comunidades vegetales y animales locales. Así pues, parece que la vida sedentaria, sostenida por los
abundantes recursos de una zona con mucha agua, fue un elemento importante para los primeros ensayos de
aclimatación[58].
MAPA 8.3. La antigua Mesopotamia.
PRIMERAS FORMAS DE VIDA AGRÍCOLA
¿Cómo vivían los miembros de las primeras comunidades agrícolas? Para responder tenemos que interrumpir la estricta cronología de este capítulo, porque las sociedades de principios de la era agraria rebasaron el período comprendido entre 11500 y 4000 a. p. En algunas regiones, como las montañas de Papúa y Nueva Guinea, sobrevivieron hasta bien entrado el siglo XX; y en muchas zonas, por ejemplo en gran parte de América, hubo comunidades semisedentarias hasta hace un par de
siglos[59]. Pero la pregunta reviste gran interés, porque las comunidades de agricultores independientes han estado tan extendidas y han durado tanto tiempo que su estilo de vida y su historia representa un capítulo importante aunque olvidado de la historia humana.
Tecnologías: horticultura, no agricultura
Las tecnologías de comienzos de la era agraria diferían de las que solemos asociar en la actualidad con la agricultura. Por este motivo es habitual hablar de horticultura para referirse a ellas. En general, eran tecnologías menos productivas que las posteriores, y éste podría ser un motivo de que la salud de las primeras comunidades agrícolas estuviera más deteriorada que en la mayoría de las comunidades recolectoras. Los antropólogos modernos entienden por horticultura las tecnologías de cultivo que no emplean arado ni animales de tiro. La principal herramienta agrícola, en estas sociedades, es poco más que una azada o palo de escarbar que se utiliza para plantar semillas y eliminar las hierbas que podrían competir por los nutrientes del suelo.
Las sociedades hortícolas han sobrevivido hasta nuestros días en muchas regiones del mundo. Es posible que ciertas regiones y ciertos cultivos se adapten mejor a estas tecnologías que a las formas modernas de siembra con arado, pero la horticultura es por lo general menos productiva. Los palos no pueden arar los suelos de superficie dura, por lo que la horticultura sólo se puede practicar en zonas con suelo fértil y blando, como el loes. Además, los horticultores suelen trabajar sin el fertilizante que aportan los animales domesticados. Estas limitaciones explican en parte que no cuajaran las primeras formas de agricultura en muchas regiones que luego, en la fase tardía de la era agraria, se cultivaron intensivamente. En zonas como la moderna Ucrania, los primeros horticultores trabajaban en terrazas fluviales con suelo de loes y dejaban a los recolectores nómadas las tierras altas situadas entre los ríos. Casi todos los horticultores primitivos siguieron cazando y recolectando. En realidad, la caza, la recolección y la pesca han seguido siendo aspectos importantes de la vida hortícola y agrícola hasta los tiempos modernos.
Comunidades aldeanas
Las comunidades de los comienzos de la era agraria eran aldeas de agricultores independientes. Cada aldea era una sociedad casi suficiente. Por encima de ellas no había autoridades superiores, ni estados ni jefes regionales, aunque las redes de intercambio (que a veces eran muy extensas) ejercían una influencia impersonal en casi todas.
A semejanza de las aldeas de las montañas de Papúa y Nueva Guinea de principios del siglo XX, las primeras aldeas de la era agraria diferían mucho en tamaño y podían tener desde veinte o cuarenta casas hasta varios millares. Es posible que algunas nos parecieran pueblos. Da la impresión de que los poblados permanentes propiciaban una arquitectura distinta de la de los poblados temporales de comunidades más móviles. Mientras que las comunidades nómadas tienden a vivir en abrigos o chozas circulares, los edificios de las aldeas se construyen para que duren y, por lo tanto, suelen ser cuadrados o rectangulares. (Sin embargo, en el norte de China había casas redondas bien construidas que duraron mucho tiempo. Aún se pueden ver sus restos en la aldea de Pan-po, en las afueras de Sian). Los habitáculos más permanentes exigían una definición de las relaciones familiares, porque planteaban crudamente la cuestión de quién vivía con quién. Por el tamaño y diseño de las viviendas se intuye que en estas aldeas pudo haberse definido con más precisión la familia nuclear. También es posible que apareciese una idea más clara de lo que era la propiedad, tanto de la vivienda como del conjunto de la aldea (véase figura 8.5). Cuando a finales de la era agraria temprana aparecen murallas defensivas en algunas regiones, sabemos que los aldeanos tienen ya un fuerte sentido de la propiedad familiar y aldeana.
FIGURA 8.5. Primeras aldeas agrícolas en Ucrania. Reconstrucción de Kolomishchina en el IV milenio a. C.
Tomado de Marija Gimbutas, The Civilization of the Goddess: the World of Old Europe, edición de Joan Marler,
Harper and Row, San Francisco, 1991, p. 106.
Los pobladores de las aldeas de este período eran más numerosos que las familias y grupos propios de la Edad de Piedra Antigua. El parentesco siguió siendo, sin duda, el principio rector que organizaba estas comunidades, hasta la aparición de las jefaturas a gran escala y los estados. Sin embargo, es probable que la idea de parentesco cambiara para adaptarse a las características de las comunidades de las aldeas agrícolas, que eran mayores y más permanentes y tenían más cohesión. Las familias nucleares tuvieron que definir mejor las relaciones entre ellas y con el conjunto de la aldea, lo cual repercutió en la creación de conceptos de parentesco más complejos que los investigadores actuales de las sociedades aldeanas conocen bien. Por este motivo no es descabellado suponer que las principales estructuras sociales de la era agraria temprana se parecían a lo que Elman Service entiende por «tribu», grupo que no hay que confundir con la «horda», que no solía constar de más de
cincuenta individuos o incluso menos[60]. Como las tribus suelen constar de centenares de individuos, necesitan formas más complejas de categorizar las relaciones entre los individuos y las casas. Por lo general se conseguía cierta unidad dando por sentado que todos descendían del mismo antepasado.
¿Jerarquías o igualdad?
Aunque en casi todas las comunidades recolectoras nómadas se puede clasificar fácilmente a sus miembros por edad y sexo y en ellas puede haber jerarquías personales, en casi todos los demás aspectos tienen que ser igualitarias. En la medida en que son nómadas, no pueden producir excedentes generadores de distinciones significativas en cuanto a riqueza. La agricultura exigió el almacenamiento periódico de excedentes y alimentó a comunidades mucho mayores. Por esta dinámica creó las condiciones necesarias para que hubiera concentración de riqueza y formas desconocidas de desigualdad. En realidad, hay indicios de que empezó a haber desigualdades en cuanto los recolectores se volvieron más sedentarios. Es posible que las comunidades natufienses primitivas estuvieran compuestas únicamente por pequeños grupos de familias emparentadas. Pero según fueron creciendo en tamaño aparecieron relaciones más complejas, porque la administración de las actividades de la aldea y la solución de los conflictos internos adquirió también mayor complejidad. El principal problema que tienen ante sí las comunidades sedentarias es que los individuos ya no pueden resolver tan fácilmente los conflictos trasladándose a otro lugar o integrándose en otros grupos. La agricultura ata a un territorio concreto a los individuos y a los grupos con mucha más firmeza y a veces les obliga a obrar colectivamente. Por este y otros motivos, las comunidades grandes no tienen más remedio que nombrar jefes. Y el nombramiento de jefes presupone alguna forma de jerarquía. Los arqueólogos han detectado diferencias incluso en tumbas natufienses entre una minoría de individuos, presumiblemente de posición social alta, enterrados con objetos de adorno y una mayoría enterrada con menos espectacularidad. Que incluso los niños se entierren a veces con pompa sugiere que la categoría podía heredarse, de modo que es posible que hubiera un sistema de linajes superiores.
Estos factores de presión u otros parecidos se daban en todas las aldeas agrícolas primitivas. Sin embargo, al principio hubo un límite para las desigualdades. Las comunidades siguieron siendo igualitarias sobre todo en las regiones donde la agricultura era reciente y se competía poco por los recursos. Durante las primeras etapas de la cultura ucraniana de Tripolye, por ejemplo, las casas suelen variar poco en tamaño y los objetos que contienen no indican que hubiese importantes diferencias en cuestión de riquezas. Esta clase de indicios impulsó a Marija Gimbutas, arqueóloga estadounidense de origen lituano, a sostener que toda la era agraria temprana fue un período de igualdad relativa entre los hombres y las mujeres y entre
las familias[61]. Probablemente hubo una clara división sexual del trabajo. Tener hijos era fundamental para la supervivencia de las unidades familiares en casi todas las comunidades agrícolas; y en un mundo con una elevada tasa de mortalidad infantil pero sin biberón ni métodos anticonceptivos, esto significaba que la vida de las mujeres estaba determinada por el alumbramiento y la crianza de los hijos. Sin embargo, no hay razón para creer que estas diferencias de roles supusieran por fuerza la existencia de formas sistemáticas de desigualdad de género.
Relaciones con otras sociedades
Como hemos visto, las primeras comunidades agrícolas coexistieron con las recolectoras. Además, comerciaban con otras comunidades agrícolas. Así pues, las grandes redes de intercambio de comienzos del Neolítico vinculaban a comunidades que vivían de manera muy diferente. Los testimonios más claros de la existencia de amplios sistemas de intercambio proceden de Oriente Medio, sobre todo de Anatolia, donde se comerciaba con obsidiana, un cristal volcánico utilizado para fabricar hojas afiladas, en el primitivo poblado de Çatal Hüyük.
No hay duda de que entre los contactos había también conflictos y agresiones, y es posible que las primeras sociedades agrarias libraran batallas semirrituales de diversas clases en las que a veces se producían bajas (como se producen en los modernos enfrentamientos rituales que llamamos «deportes»). Pero es improbable que estos conflictos tuvieran organización o regularidad suficientes para pensar que se trataba de guerras. Las primeras comunidades agrícolas suelen tener pocas armas. Carecen de fortificaciones. Las famosas murallas de Jericó, la ciudad agrícola más antigua que se conoce, parece que no eran fortificaciones, sino diques para contener las inundaciones.
CONSECUENCIAS DE LA AGRICULTURA
Con la aparición de la agricultura se produjo un cambio fundamental en las relaciones entre los humanos y la naturaleza. La actividad humana influía en otros organismos ya en la época paleolítica. Pero cuando los humanos se dedicaron a la agricultura, reformaron también el medio inorgánico —los suelos, los ríos, los paisajes— y crearon entornos nuevos adaptados a la medida exacta de sus
necesidades[62]. La agricultura es una forma de alterar los procesos naturales para beneficio de los humanos, lo cual equivale a interferir en los ciclos ecológicos naturales. Al eliminar especies indeseadas (arrancando las malas hierbas), los agricultores crean deliberadamente paisajes artificiales en los que se obstaculizan los procesos reproductores que posibilitarían el regreso de la tierra a su estado primitivo. La tierra se limpia deliberadamente de multitud de especies y en consecuencia se mantiene por debajo de su nivel natural de productividad. En cambio, aumenta la productividad de las especies favorecidas por los humanos, porque tienen más acceso a los nutrientes, al agua y a la luz del Sol. Pero al reducirse el manto vegetal aumenta el nivel de la erosión, porque las plantas compactan el suelo con las raíces, crean el humus que lo aglutina y reducen el tamaño y la energía cinética de las gotas de lluvia
que llegan a la tierra[63]. Y la erosión, más el cultivo intensivo de una pequeña cantidad de productos, puede acelerar los ciclos nutrientes y obligar a los humanos a mantener artificialmente la fertilidad del suelo, con estiércol, con cenizas, con rotación de cultivos o dejando la tierra en barbecho para que se recupere. Los humanos siguieron reformando además los organismos que les rodeaban, no sólo sometiendo a ingeniería genética a las plantas aclimatadas y a los animales domesticados, sino persiguiendo a las especies (por ejemplo a los lobos) que les creaban problemas a ellos o a sus animales.
Conforme reformaban ambientes para aprovecharlos mejor, es posible que los humanos tuvieran la creciente impresión de que el mundo «natural» y el «humano» se estaban separando. La sensación de unidad entre los humanos y su entorno, que todavía es patente en las comunidades recolectoras de nuestra época, se redujo seguramente en las comunidades agrícolas. Es probable que fuera sustituida por una sensación de extrañamiento, por la impresión de que el mundo natural era, en el mejor de los casos, indiferente a los humanos, y en el peor decididamente hostil.
Sin embargo, estos cambios afectaron sólo a pequeñas partes del mundo a comienzos del Holoceno y las primeras tecnologías agrícolas tuvieron un efecto
limitado en el medio natural[64]. El impacto humano en el mundo natural sólo se volvió significativo cuando las técnicas agrícolas se difundieron.
RESUMEN
El final de la última glaciación representa un punto de inflexión fundamental en la historia humana. Con la aparición de la agricultura, las sociedades humanas empezaron a adquirir el dinamismo demográfico y tecnológico que ha impulsado el cambio histórico de los últimos milenios. La agricultura apareció en diversas regiones del planeta durante los primeros milenios que siguieron a la última glaciación. No es fácil explicar por qué los recolectores adoptaron la agricultura, pero las principales etapas del proceso parecen estar claras. Casi todas las habilidades que hacían falta estaban ya presentes en las sociedades recolectoras. Lo mismo cabe decir de una serie de plantas y animales predispuestos a la domesticación. Los cambios climáticos propiciaron el ensayo de nuevas tecnologías y se crearon regiones de abundancia que fomentaron el sedentarismo, aunque éste, a su vez, fomentó el crecimiento de la población local. Al final, conforme proseguía el crecimiento demográfico, las comunidades sedentarias sólo tuvieron dos opciones: volver a una vida más nómada y tradicional o aumentar la intensificación. Los que optaron por la segunda solución crearon las primeras sociedades realmente agrícolas.
Sin embargo, los beneficios de las primeras tecnologías agrícolas no fueron tan grandes como para que se difundieran rápidamente o de manera automática. Por el contrario, las primeras comunidades agrícolas crecieron con lentitud, conforme los emigrantes colonizaban terrenos aptos para la horticultura de entonces. Las comunidades agrícolas coexistieron durante milenios con los grupos de recolectores. El crecimiento demográfico lento (en comparación con las tasa actuales), la limitación de los conflictos y la limitación del impacto ecológico fueron las principales características de casi toda la primera fase de la era agraria. Fue un período relativamente pacífico en el que pequeñas comunidades aldeanas vivían entre comunidades que seguían viviendo de la caza y la recolección, como en el Paleolítico Superior. Los historiadores suelen olvidar esta etapa de la historia humana, por eso conviene recordar que duró tanto como la era siguiente, que se caracterizó por la aparición de las ciudades, los estados y los imperios.
LECTURAS COMPLEMENTARIAS
Dos buenos y recientes repasos de la extensa bibliografía dedicada al origen de la agricultura son The Emergence of Agriculture (1995) de Bruce Smith y «Agricultural Origins in Global Perspective» (2001) de John Mears. Mark Cohen, La crisis alimentaria de la prehistoria (1977), destaca la importancia de la presión demográfica en la aparición de la agricultura; David Rindos, Los orígenes de la agricultura (1984), describe la aparición de la agricultura como un proceso simbiótico básicamente inconsciente. En Armas, gérmenes y acero (1998), Jared Diamond piensa que la distribución de las especies aclimatables/domesticables es la clave que explica la cronología y la geografía de la agricultura temprana. From Foraging to Agriculture (1989) de Donald Henry describe detalladamente las culturas natufienses y su papel en la primera agricultura mesopotámica, mientras que The Origins of Agriculture and Settled Life (1992) de Richard MacNeish es un repaso pormenorizado de la aparición de la agricultura en América. Hay descripciones generales de las formas de vida en este período en Göran Burenhult, ed., The Illustrated History of Mankind (5 vols., 1993-1994), y en Robert Wenke, Patterns in Prehistory 3 (1990); The Civilization of the Goddess (1991) de Marija Gimbutas presenta una versión polémica de la vida agrícola primitiva y de las relaciones entre los sexos, algunas de cuyas consecuencias pueden verse resumidas en Margaret Ehrenberg, Women in Prehistory (1989). The Holocene (1998) de Neil Roberts, Historia verde del mundo (1992) de Clive Ponting y Changing the Face of the Earth (1996) de I. G. Simmons analizan algunas consecuencias ecológicas de las primeras formas de agricultura. Andrew Sherratt, en «Reviving the Grand Narrative» (1995), subraya la importancia de las redes de intercambio en el origen de la agricultura y en la evolución histórica en general. Prehistory of Australia (1999) de John Mulvaney y Johan Kamminga y Archaeology of the Dreamtime (1983) de Josephine Flood son introducciones autorizadas a la historia de Australia a principios del Holoceno.