Mapas del tiempo

David Christian · Capítulo 12 de 20

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Capítulo 9. Del dominio sobre la naturaleza al dominio sobre las personas: Ciudades, estados y «civilizaciones»

Capítulo 9

DEL DOMINIO SOBRE LA NATURALEZA AL DOMINIO SOBRE

LAS PERSONAS:

CIUDADES, ESTADOS Y «CIVILIZACIONES»

 

COMPLEJIDAD SOCIAL

 

En el universo primitivo, la gravedad se apoderó de los átomos y con ellos esculpió estrellas y galaxias. En la era descrita en este capítulo veremos que una especie de gravedad social esculpió ciudades y estados con comunidades dispersas de agricultores. Conforme las poblaciones agrícolas se agrupaban en comunidades mayores y más densas, aumentaron las interacciones entre los grupos y creció la presión social hasta que, por un proceso asombrosamente parecido al de la formación de las estrellas, aparecieron estructuras nuevas y un nuevo nivel de complejidad. Al igual que las estrellas, las ciudades y los estados reorganizaron y energizaron los objetos menores dentro de su campo gravitatorio.

Las comunidades resultantes de estos cambios, urbanizadas, con organización estatal y a menudo en guerra, son el tema principal de la historiografía moderna. Los historiadores han olvidado con demasiada facilidad qué diferentes de estas comunidades eran las sociedades pequeñas y relativamente igualitarias del Paleolítico y de la primera fase agrícola. La verdad es que, desde la perspectiva de la cronología, casi toda la historia humana ha transcurrido en comunidades que no sabían absolutamente nada del poder estatal. En las aldeas de los comienzos de la era agraria, las relaciones fundamentales de la gran mayoría eran casi siempre personales, locales e igualitarias. Casi todas las familias eran autosuficientes y las personas se trataban como personas, no como representantes de instituciones.

MAPA 9.1. La antigua Sumer.

 

Entonces aparecieron los primeros estados, hace 5000 años aproximadamente. Ya en 3200 a. C. había pequeñas ciudades-estado en el sur de Mesopotamia (véase el mapa 9.1). En 3100 a. C. se formó un estado en Egipto: un funcionario regional llamado Menes o Nemer unificó el norte y el sur en un solo reino y fundó la primera dinastía egipcia. También se formaron estados en regiones con densidad demográfica creciente: en el norte de la India y China hacia 2000 a. C. y en Mesoamérica hacia 1000 a. C. (véase el mapa 9.2). La aparición de los estados representa una transición fundamental de las relaciones personales al poder impersonal y del dominio sobre las

cosas al dominio sobre las personas[1]. El mundo de las jerarquías, el poder y los estados es el que conocemos actualmente. Un mundo donde la riqueza y el poder de los individuos y las comunidades pueden variar muchísimo, según sea la genealogía, el género y el grupo étnico al que pertenecen. Marvin Harris califica el cambio de fin de la igualdad.

 

Entonces aparecieron en la Tierra los reyes, los dictadores, los sumos sacerdotes, los emperadores, los

jefes de gobierno, los presidentes, los gobernadores, los alcaldes, los generales, los almirantes, los jefes de

policía, los jueces, los abogados y los carceleros, así como las mazmorras, las cárceles, las penitenciarías y

los campos de concentración. Bajo la tutela del estado, los seres humanos aprendieron a hacer reverencias, a

humillarse, a arrodillarse, a rendir pleitesía. En muchos aspectos, el ascenso del estado fue el descenso de la

libertad a la esclavitud[2].

 

Los estados solían estar insertos en regiones mayores que contenían otros estados con sus tierras anexionadas. Llamaré a estas regiones civilizaciones agrarias. El término civilización se suele entender como sinónimo de progreso, pero aquí lo utilizamos en otro sentido. Aunque hay diferencias claras entre las civilizaciones agrarias y otras clases de comunidades humanas, aquí no se juzga el valor intrínseco de ninguna sociedad. Por civilizaciones agrarias entiendo las sociedades en sentido amplio que se basan en la agricultura, con estados y todo lo que esto supone (alfabetización, guerras, etc.). Podría parecer que la expresión civilización agraria contiene términos contradictorios, porque asociamos la civilización (que se deriva de civis, «ciudadano» en latín) con los estados y sobre todo con sus ciudades. Pero el adjetivo agrario nos recuerda que todas las ciudades premodernas dependían de los campos que rodeaban la urbe o las aldeas que estaban bajo su órbita.

MAPA 9.2. La antigua Mesoamérica.

 

Tal vez nos sea útil enfocar la aparición de las ciudades y los estados como enfocamos la aparición de los organismos policelulares, como un proceso que articuló en unidades mayores entidades independientes hasta entonces. En la figura 9.1 tenemos un esquema de las principales etapas del proceso (véase también la tabla

9.1)[3]. La transición que se analiza en este capítulo se puede ver como el paso del nivel 4 al nivel 5, aunque las civilizaciones agrarias en general se organizan normalmente en los niveles 5 y 6.

¿Cómo explicaríamos esta transición fundamental? La creciente densidad de población de las regiones agrícolas proporcionó las materias primas demográficas y físicas con que se construyeron las primeras ciudades y los primeros estados, y la progresiva aglomeración aportó buenos motivos para la creación de estructuras

estatales[4]. Pero ¿cómo se unieron las comunidades locales? ¿Por voluntad propia o porque no tuvieron más remedio? Probablemente por ambas cosas.

Las teorías «verticalistas» acentúan la importancia de la coerción, ya que entienden los estados como instituciones impuestas a las mayorías por minorías privilegiadas y poderosas. Este enfoque es habitual en las teorías marxistas del estado, que lo considera ante todo como un mecanismo de explotación. Aunque algunos individuos (sobre todo agricultores) siguieron extrayendo recursos del mundo natural, como sus antepasados, ahora había un estrato nuevo, un estrato de dirigentes que empezó a extraer recursos de los propios humanos manipulando vastas redes de influencia, riqueza y poder. La sociedad humana pasó a ser el «nicho» en el que estas minorías privilegiadas buscaban los recursos que necesitaban. La sociedad se estratificó: debajo estaba la base, el nivel de los que explotaban la naturaleza (los productores primarios), y encima las capas de los que explotaban a los explotadores de la naturaleza. Estos cambios crearon una nueva «cadena alimentaria» en la sociedad humana y la creciente división de intereses entre los privilegiados y los explotados explica sin duda hasta cierto punto la aparición de estructuras sociales complejas.

 

FIGURA 9.1. Escalas de la organización social. Esquema muy simplificado de las diferencias más significativas

en la escala de la organización social humana.

TABLA 9.1. ESCALAS DE ORGANIZACIÓN SOCIAL.

 

Pero la explotación, al igual que la simbiosis, nunca es sencilla ni inequívoca. Como la depredación en el mundo no humano, puede presentar aspectos más o menos brutales. Como han señalado Lynn Margulis y Dorion Sagan: «Los depredadores más despiadados, a semejanza de los microbios responsables de las enfermedades más temibles, acarrean a largo plazo su propia destrucción al matar a su víctima. La depredación contenida —la agresión que no mata del todo o mata lentamente— es un

tema recurrente en la evolución[5]». En las relaciones donde hay depredación contenida las dos partes pueden obtener algo y la explotación se puede moderar gracias a los intereses comunes. En los primeros estados, como los de Mesopotamia, China y Mesoamérica, la explotación podía adoptar formas extraordinariamente crueles, como los sacrificios humanos a gran escala. Pero así como los virus patógenos desarrollan a menudo cepas más moderadas para explotar a las víctimas sin matarlas, también los gobernantes humanos aprendieron con el tiempo a proteger a los campesinos a los que explotaban (al igual que los campesinos protegían sus rebaños). De este modo, los productores primarios acababan dependiendo tanto de los privilegiados que les gobernaban como éstos de aquéllos. William McNeill ha calificado de parasitismo estas nuevas relaciones: «Los gérmenes patógenos son los microparásitos más temibles con que tienen que contender los humanos. Los únicos macroparásitos importantes que conocemos son esos humanos que se especializan en

la violencia para vivir sin producir la comida ni los demás bienes que consumen[6]». Tanto los privilegiados como los explotados tuvieron que adaptarse a la nueva «ecología» estratificada que se estaba formando en la sociedad humana, ya que las nuevas estructuras transformaban las antiguas estructuras domésticas de la aldea, la casa y la familia.

Las teorías «horizontalistas» de la formación del estado sostienen que cuando la sociedades se vuelven más complejas, sus miembros entienden que para sobrevivir necesitan estructuras de tipo estatal. Este proceso tiene unos paralelismos asombrosos en el mundo no humano. En la historia de muchas especies ha habido transiciones a niveles de mayor complejidad social, aunque al parecer no entre nuestros parientes los grandes simios. Ya hemos visto que las células independientes se combinaban, primero en estructuras laxas como los estromatolitos y las esponjas y finalmente en el interior de organismos policelulares como los humanos, en los que hay una división del trabajo entre los grupos de células, que dependen del buen funcionamiento de toda la comunidad. Los organismos policelulares también se pueden combinar para formar comunidades mayores. Unas, como las manadas de antílopes, son grandes pero simples; otras pueden ser muy complejas. Muchas especies de insectos sociales, como las hormigas, las termitas y las abejas, viven en comunidades densamente pobladas cuyos miembros dependen casi totalmente del conjunto. Su entorno (como las ciudades modernas) se reduce básicamente a otros miembros de la misma especie y a las estructuras que crean. En casi todas las comunidades complejas, como los nidos de termitas, los individuos se especializan al máximo, y se necesitan formas especiales de comunicación y coordinación si la comunidad quiere funcionar con eficacia. Los individuos se comunican por la vista, por el tacto e intercambiando productos químicos llamados feromonas. Aparecen comportamientos especiales para solucionar el hacinamiento, la contaminación y los conflictos entre los individuos. Y se forman las jerarquías.

Desde nuestro punto de vista humano, estas comunidades se parecen mucho a los estados, porque tienen su propio sistema de castas y métodos propios para controlar y disciplinar a los individuos. Éste es el motivo de que los investigadores humanos hablen con tanta naturalidad de las «abejas reina» o de las «hormigas obreras». Como ha señalado Lewis Thomas, las hormigas «se parecen tanto a los humanos que se nos suben los colores. Cultivan hongos, apacientan “rebaños” de pulgones, movilizan ejércitos para hacer la guerra, utilizan armas químicas para asustar y confundir al enemigo, capturan esclavos. Las familias de hormigas tejedoras se dedican a trabajos menores y sujetan las larvas como si fueran lanzaderas para tirar de los hilos que cosen las hojas para los huertos de hongos. Intercambian información sin cesar. Lo

hacen todo menos ver la televisión[7]». Las semejanzas son realmente inquietantes y dan credibilidad a las teorías horizontalistas de la formación del estado. Para éstas los estados son soluciones a los problemas que experimentan todos los miembros de las comunidades hacinadas. También los humanos entendieron que al vivir en comunidades mayores y más complejas necesitaban repartir cometidos y conocimientos; este proceso exigió formas nuevas de comunicación, por ejemplo calendarios, para ayudar a los individuos a organizar sus actividades, o la escritura, para que hubiera constancia de las obligaciones y posesiones de los individuos. Los individuos se volvieron más dependientes del grupo, y el grupo tuvo que reorganizarse para que los individuos intercambiaran conocimientos y recursos. Sin embargo, cuando empezaron a coordinarse las energías y habilidades de millones de individuos, estas comunidades superiores adquirieron una potencia ecológica que ningún individuo podía igualar, aunque todos se beneficiaban de ella en mayor o menor medida. Así pues, la lógica de la formación del estado humano refleja los procesos que se dan entre los insectos sociales. La diferencia principal, tal como hemos visto al estudiar la aparición de la agricultura, es que los humanos se adaptaban culturalmente, mientras que los insectos evolucionaban genéticamente. Este detalle explica que la transición a la complejidad social fuera más rápida entre los humanos.

Toda explicación del poder del estado tiene que combinar la teoría verticalista con la horizontalista, porque en realidad son complementarias. Dedicaré el resto del presente capítulo a explicar sistemáticamente la aparición del poder estatal, con lo cual entiendo la concentración en pocas manos de una sustancial capacidad de control sobre muchos recursos humanos y materiales. Esta fórmula es demasiado ambigua para no suscitar polémicas (por la palabra sustancial, por ejemplo), pero contribuye a centrar la atención en dos requisitos fundamentales de las grandes estructuras de poder. La primera es la acumulación de abundantes recursos humanos, materiales e intelectuales; la segunda es la aparición de formas nuevas de administrar y controlar esos recursos.

 

INTENSIFICACIÓN: FORMAS NUEVAS DE EXTRAER RECURSOS DE LA NATURALEZA

 

Pasar a niveles de más complejidad supuso aprovechar y administrar nuevas fuentes de energía. Las nuevas fuentes de energía eran generadas por tecnologías más intensivas (el tema de la primera parte de este capítulo). La construcción de estructuras sociales capaces de administrar esos colosales flujos de energía sin venirse abajo fue una compleja labor que al final generó los mecanismos de coordinación que llamamos estados (tema de la segunda parte de este capítulo).

La transición a nuevos niveles de complejidad depende a menudo de mecanismos de retroacción positiva, ciclos en los que un cambio potencia otro y éste otro que a su vez amplía el primero, y así durante todo el ciclo. Una de estas cadenas causales desempeñó un papel fundamental en la transición a estructuras sociales más amplias y complejas. Relaciona crecimiento demográfico, aprendizaje colectivo e innovación tecnológica (véase la figura 9.2). El aumento del tamaño y la densidad de las comunidades humanas potenció procesos de aprendizaje colectivo con el incremento del tamaño y la variedad de las redes por las que podían intercambiarse información y productos. La sinergia intelectual que flotaba en estas redes ampliadas fomentó el desarrollo de tecnologías nuevas y más intensivas que permitieron alimentar a

comunidades humanas más numerosas aún[8]. Este bucle de retroacción aceleró el ritmo de las innovaciones y el crecimiento, un efecto que explica en parte que la aparición de la agricultura fuera como pisar el acelerador de la historia humana. La velocidad de este cambio puede parecer lenta desde el punto de vista moderno, pero fue rápida desde la perspectiva del Paleolítico y vertiginosa en comparación con el ritmo del cambio genético en el mundo no humano.

 

FIGURA 9.2. Crecimiento agrícola y demográfico: bucle de retroacción positiva.

 

Durante los milenios que siguieron a la invención de la agricultura aparecieron nuevas tecnologías en las zonas mundiales afroeuroasiática y americana cuyo efecto final fue un mayor rendimiento de las tecnologías basadas en la aclimatación. A continuación describo tres cambios, de los más importantes, por orden de intensificación creciente: la agricultura de rozas, la «revolución de los productos secundarios» y el riego. La tabla 9.2 nos da una idea general del profundo impacto de los niveles de intensificación en la producción de alimentos por hectárea y en la densidad demográfica de diferentes eras de la historia humana.

 

TABLA 9.2. APORTE DE ENERGÍA Y DENSIDAD DE POBLACIÓN EN LA HISTORIA.

La agricultura de rozas es una forma seminómada de cultivo que todavía se practica ampliamente (sobre todo en ambientes forestales). En realidad fue esta forma de cultivo lo que permitió a los primeros agricultores alejarse de los suelos fáciles preferidos por los primeros granjeros y pasar a medios forestales como los del norte de Eurasia. Como se suele emplear el fuego para despejar la tierra que va a roturarse, la agricultura de rozas se puede considerar una adaptación de las técnicas paleolíticas

de la agricultura «de antorchas» a las nuevas tecnologías de la era agraria[9]. Es una forma de explotar los nutrientes acumulados en los árboles. Los agricultores de rozas suelen despejar un área de bosque talando los árboles; luego queman el tronco caído y siembran entre los tocones, en la tierra enriquecida por las cenizas. Los primeros cultivadores neolíticos de Europa plantaban cereales en terrenos despejados con

hachas de piedra[10]. En los claros recientes, los cultivos no sólo se nutren de las cenizas de los árboles talados, sino que están libres de la competencia de otras plantas, motivo por el que crecen con exuberancia. Pero la tierra suele agotarse al cabo de tres o cuatro años y es necesario cambiar de lugar. Donde la población es escasa, pueden desplazarse comunidades enteras en ciclos de 20-50 años, tiempo suficiente para que el sector de bosque explotado se regenere. Pero conforme aumenta la población, los ciclos se acortan inevitablemente y se abren claros de manera incesante, un proceso que al final conduce a la formación de los paisajes agrícolas sin bosque que tan habituales son en el mundo moderno. De este modo, la agricultura de rozas produjo al final una deforestación masiva. En conjunto y desde comienzos del Holoceno, los bosques se han reducido en un 20 por 100 aproximadamente y han pasado de 5000 millones de hectáreas a 4000 millones. Hasta hace poco, la reducción incidía más en la zona templada (32-35 por 100) que en los trópicos (4-6 por 100), pero en la actualidad se ha invertido la tónica y es mayor en

las regiones de bosques tropicales[11].

 

La «revolución de los productos secundarios»

La agricultura de rozas se ha practicado a distintos niveles en todas las zonas del mundo. Pero la segunda forma principal de intensificación se dio sólo en la zona afroeuroasiática, dado que dependía de los nuevos métodos de explotación de ganados y rebaños, y la extinción de la megafauna en América y en Australia apenas dejó especies domesticables a las que recurrir.

Cuando los agricultores se adentraron en las zonas templadas de la Europa oriental y central tuvieron que adaptar sus métodos de cultivo a climas más fríos y húmedos. Andrew Sherratt sostiene que entre 5000 a. C. y 3000 a. C. hubo cambios importantes en los métodos agrícolas que contribuyeron a solucionar este

problema[12]; y agrupa todos estos cambios bajo la etiqueta de «revolución de los productos secundarios». Las nuevas técnicas establecieron una simbiosis más estrecha con los animales domesticados y permitieron a los humanos explotarlos con más eficacia.

Al comienzo de la era agraria, los animales se domesticaban sobre todo para aprovechar su carne y su piel. Aunque había que alimentarlos toda la vida, sólo se les utilizaba una vez, cuando se les sacrificaba. Este método de explotación tan poco eficaz podría explicar por qué los animales eran menos importantes que las plantas para la mayoría de las comunidades de entonces. Sin embargo, entre 5000 a. C. y 4000 a. C., las comunidades agrícolas de ciertas regiones de Afroeurasia aprendieron a explotar a los animales sin sacrificarlos, aprovechando sus productos secundarios, sobre todo la leche y la lana. Y aprendieron además a utilizarlos como fuente de energía, en especial como fuerza de tracción. Los animales grandes como el caballo, el camello y el buey no tardaron en ser las fuentes de energía mecánica más abundantes y poderosas que había a mano. Fue una transformación revolucionaria, probablemente tan espectacular, a su modo, como la posterior revolución de los combustibles fósiles, ya que supuso el hallazgo de la forma de energía más importante que se conocía desde la introducción del fuego en la vida de los humanos. Los animales de tiro pueden producir entre 500 y 700 vatios de potencia, mientras

que los humanos, en el mejor de los casos, sólo pueden producir alrededor de 75[13]. La fuerza de tracción de los bueyes o los caballos se empleó para tirar de carros y arados y para transportar a los humanos.

Los arados, tirados por bueyes o caballos, tenían una importancia enorme; como remueven la tierra mucho mejor que los palos, sirven para arar los suelos más duros. El mayor aprovechamiento de los animales aumentó asimismo la cantidad de estiércol disponible para conservar la fertilidad del suelo. La explotación más eficaz de los animales aumentó la productividad de los agricultores y la creciente disponibilidad del estiércol y los arados permitió cultivar suelos menos productivos. Así, las nuevas técnicas permitieron que la agricultura llegara a regiones de suelo más duro y arcilloso, como los del norte de Europa.

Estos cambios posibilitaron además la colonización de las áridas estepas, ya que permitieron que algunos grupos se alimentaran únicamente con productos animales. La revolución de los productos secundarios convirtió a los herbívoros domesticados en máquinas eficaces de transformar la hierba en energía utilizable por los humanos, del mismo modo que la revolución industrial, milenios después, encontraría nuevas formas transformativas de extraer energía del carbón. Los pastores explotaron las últimas tecnologías aprovechando las grandes praderas africanas y euroasiáticas que resultaban demasiado áridas para el cultivo. Como la forma más efectiva de explotar praderas era dejar que el ganado pastara suelto en ellas, los pastores solían llevar una vida nómada o seminómada. Por eso solemos pensar que el pastoreo es intrínsecamente nómada, aunque no lo es por necesidad. Las primeras formas de pastoreo aparecieron probablemente en las estepas del sureste de Rusia y del oeste de Kazajstán alrededor de 4000 a. C., pero el pastoreo montado, militarista y básicamente nómada de siglos posteriores no se desarrolló plenamente hasta el I milenio a. C., cuando se perfeccionaron las sillas de montar. También hubo pastoreo en Asia suroccidental y en el este de África.

La revolución de los productos secundarios fue una forma de extensificación en la medida en que capacitó a las comunidades humanas para colonizar regiones que hasta entonces habían permanecido vírgenes. Pero también fue una forma de intensificación porque permitió que la colonización fuera demográficamente más densa y porque el uso de la tracción animal mejoró las redes viarias de toda Eurasia. A largo plazo transformó las comunicaciones, el comercio y la guerra en la zona afroeuroasiática, ya que permitió que el traslado de hombres y bienes, en carretas, carros de guerra (desde 2000 a. C. aproximadamente) o a lomos de animales, fuera más fácil y rápido y abarcase distancias mayores. Los pastores de Eurasia proporcionaron los vínculos que unieron las civilizaciones agrarias de China, la India y Mesopotamia en una sola red euroasiática de intercambios. De este modo, toda la región compartía tecnologías, religiones e incluso inmunidad a determinadas enfermedades. En general, las tecnologías de la revolución de los productos secundarios posibilitaron que la zona afroeuroasiática fuera la región de

conocimientos comunes más grande del planeta[14].

Se ha sostenido que la revolución de los productos secundarios, en especial la invención del arado, pudo haber desempeñado un papel decisivo en la jerarquización de las relaciones entre los sexos. En las sociedades horticultoras, como ya hemos visto, eran las mujeres las que por lo general trabajaban la tierra. Sin embargo, en las sociedades donde se labra con arado suelen ser los hombres los que se encargan de este cometido. Y se ha sugerido que la «apropiación» de la agricultura por los hombres representó un paso importante en la aparición de relaciones de género menos igualitarias. Según Margaret Ehrenberg: «Los antropólogos han demostrado que en las sociedades actuales hay una correlación significativa entre la agricultura con arado, la genealogía patrilineal y la propiedad de la tierra, del mismo modo que la hay entre la agricultura sin arado, la participación intensa de las mujeres y el fomento

de su estatus social[15]». Sin embargo, esta teoría tiene agujeros. Uno es que el hecho de que los hombres dedicaran más tiempo a las labores agrícolas en las sociedades con arado no redujo la importancia del papel de las mujeres en las actividades productoras y reproductoras. Otro es que muchas sociedades en las que la revolución de los productos secundarios no propició ningún cambio, como las sociedades agrarias de América, también desarrollaron estructuras patriarcales acentuadas. En consecuencia, el patriarcado no debería relacionarse de modo determinista con la aparición de una forma de vida o una tecnología. Como expondré más abajo, es probable que el patriarcado institucionalizado apareciera con las jerarquías institucionalizadas en general: vino en el mismo paquete que (y mezclado con) la esclavitud, las clases, la exacción y el estado.

 

El riego

 

Al igual que la agricultura de rozas, en todas las zonas del mundo se practicó alguna clase de riego, aunque produjo más consecuencias en Afroeurasia que en América. En las tierras cálidas suele haber sol en abundancia para la función de la fotosíntesis, pero el desarrollo de las plantas está limitado por la escasez de lluvias. El riego es una forma de aprovechar el agua de los ríos o los pantanos en beneficio de los cultivos. Ha sido una de las formas más importantes de intensificación agrícola y en la actualidad sigue siendo decisiva, tanto en los jardines de las zonas residenciales suburbanas como en las grandes plantaciones de cereal del Medio Oeste de Estados Unidos. Las primeras formas de riego fueron por lo general muy sencillas y apenas supusieron otra cosa que cavar acequias para desviar el agua de los ríos hacia los campos cultivados. En las regiones con abundancia de agua, como la desembocadura del Éufrates, en el sur de Mesopotamia, el riego consistió más bien en la desviación de pequeñas partes del caudal que acarreaban los numerosos afluentes del Éufrates. Con estas técnicas, los agricultores aprovechaban la riqueza aluvial del suelo, cuyos sedimentos depositaban las aguas de los dos grandes ríos, el Tigris y el Éufrates. Con el paso del tiempo, sin embargo, conforme crecían las comunidades y aparecían formas nuevas de organización, el riego se volvió más complejo; se construyeron grandes redes de canales que se planearon concienzudamente y en las que trabajaron miles de personas. En las tierras áridas con suelo fértil, como las llanuras de Mesopotamia o los campos que flanquean el curso del río Amarillo, el riego podía elevar la productividad agrícola de un modo decisivo, razón por la que cabe decir que el riego ha sido una de las innovaciones tecnológicas más revolucionarias de todos los tiempos.

También se aplicó en muchas otras regiones. En Papúa y Nueva Guinea hay indicios de riego que se remontan a hace 9000 años. En el sur de China y otras partes del sureste asiático, los cultivadores de arroz idearon muchas técnicas de riego y escalonamiento del terreno para aumentar la productividad de su principal cultivo. También en Mesoamérica aparecieron formas de riego nuevas y complejas, aunque en fecha posterior. Los mayas, en el I milenio a. C., secaron pantanos y los llenaron con desechos urbanos, con objeto de formar suelos productivos, manejables y capaces de alimentar a una población en rápido crecimiento. Las variedades mejoradas del maíz también aumentaron la productividad en esta región. Sin embargo, aquí no hubo ninguna revolución de productos secundarios, ya que no había animales grandes que además de domesticables fueran útiles en este sentido. Esta circunstancia fue determinante para la agricultura americana y podría explicar muchas diferencias que

encontramos en la trayectoria histórica de América y Afroeurasia[16].

 

Otras innovaciones

 

Hubo muchas más innovaciones en las regiones agrícolas, en la producción textil, en la alfarería, en la construcción y en la metalurgia, por señalar unos cuantos sectores. La alfarería más antigua que se conoce es la de la cultura j¯omon de Japón, que posiblemente se remonta a comienzos del Holoceno. El primer testimonio de la alfarería en Mesopotamia es de 6500 a. C. aproximadamente. Las vasijas se utilizaban para transportar agua, para cocinar, para guardar alimentos. La alfarería de América central y del sur data probablemente de 3000 a. C. Tanto en la zona afroeuroasiática como en la americana, la alfarería fue un resultado natural en poblaciones que construían viviendas con barro y cocían los alimentos en hornos o al fuego. Durante la primera parte de la era agraria se trabajaron en muchas partes del mundo metales blandos como el oro, la plata y el cobre, aunque se utilizaron sobre todo para la ornamentación. El testimonio más antiguo de la metalistería mesopotámica data de 5500 a. C. aproximadamente; también en América se trabajaron estos metales, en fecha posterior. El uso de metales duros, aptos para fabricar armas y herramientas, fue más tardío, ya que para trabajarlos se necesitaban temperaturas elevadas y hornos más eficaces. Los metales duros se obtuvieron mediante aleaciones, como el bronce (que se hace con cobre y estaño, aunque a veces interviene el arsénico) y el hierro (que se vuelve durísimo combinado con el carbono). Sólo se conocieron en Afroeurasia. Es sorprendente que no se conocieran en otras partes del planeta, ya que el arte de trabajar los metales duros se parece al de cocer la cerámica. El bronce se trabajó por vez primera en Sumer, en el IV milenio a. C.; hacia el año 2000 a. C. se trabajaba también en China. La forja del hierro empezó probablemente en el Cáucaso, a mediados del II milenio a. C., y se difundió por todas las regiones de Afroeurasia en el milenio siguiente; por este motivo se suele llamar Edad del Hierro al I milenio a. C. El acero propiamente dicho se inventó probablemente en la época del imperio romano.

Crecimiento demográfico

 

La aplicación de tecnologías agrícolas más productivas catapultó el crecimiento demográfico. Pero el crecimiento demográfico en cuanto tal es una forma de intensificación, porque antes del hallazgo de los combustibles fósiles, los recursos energéticos de las sociedades humanas eran básicamente la fuerza muscular de los animales y la de los propios humanos. Así pues más personas y más animales equivalían a más fuerza productiva disponible allí donde las estructuras sociales tenían eficacia suficiente para controlar y coordinar las actividades de un gran

número de personas y animales[17].

En el Creciente Fértil, región donde se han estudiado mejor estos procesos, se puede ver la expansión a largo plazo de las comunidades aldeanas en el creciente número de poblados. Desde 5000 a. C. aproximadamente, fueron apareciendo aldeas en el sur del Creciente Fértil, en las llanuras desérticas y las tierras pantanosas que flanquean los grandes ríos de Mesopotamia. En las llanuras áridas se utilizó más el agua fluvial, mediante sistemas de riego sencillos. Los aldeanos de esta zona podían aprovechar además la abundancia de peces de los grandes ríos. Conforme las comunidades agrícolas multiplicaban, difundían y diversificaban sus técnicas, y mejoraban su productividad, aumentaban los recursos que producían y la población que vivía gracias a ellos. Según hemos visto, la población mundial pasó de 6 millones aproximadamente a 50 millones entre los años 8000 a. C. y 3000 a. C.

En la escala mayor, la tendencia a la acumulación es evidente. Pero conviene recordar que esa misma acumulación, en la escala de las décadas o los siglos, fue un proceso caótico y desigual. La densidad la población podía aumentar en una región y de pronto reducirse por culpa del cambio climático, del agotamiento del suelo o por cualquier otra causa. Como ha dicho Robert Wenke: «La verdad es que la historia de los comienzos de la complejidad parece un desordenado ciclo de “prosperidad o ruina”, en el que sólo a muy largo plazo se percibe una tendencia general a la

complejidad[18]».

 

JERARQUÍA: LA APARICIÓN DE LAS DESIGUALDADES EN RIQUEZA Y PODER

 

El aumento de las tecnologías productivas y del tamaño y la densidad de las comunidades forjó los requisitos necesarios para la aparición del estado.

 

Indicios de las primeras desigualdades

 

Al aumentar los recursos disponibles, las sociedades se enfrentaron por primera vez con el problema de los excedentes, cuyo control y distribución planteaba dificultades desconocidas hasta entonces. Con una rapidez de vértigo, la distribución dejó de ser equitativa y aparecieron diferencias de poder y riqueza. Los excedentes empezaron a utilizarse para alimentar a especialistas privilegiados (mayoritariamente varones): artesanos, comerciantes, soldados, sacerdotes, escribas y gobernantes.

Vale la pena señalar la paradoja que encierra la formación de las jerarquías. Porque, en principio por lo menos, el aumento de la productividad en el marco de la revolución agrícola pudo haber elevado el nivel material de vida de todos los miembros de la sociedad. Pero no fue así. A diferencia del agua, que cuando se acumula busca la horizontalidad, en las sociedades complejas la riqueza material se acumula verticalmente, en forma de pirámide. Uno de los objetivos de este capítulo es proponer una explicación para este rasgo curioso pero fundamental de las sociedades complejas. Conforme aumentaba la densidad de población, los humanos, como las termitas, descubrieron que necesitaban organizar y coordinar sus actividades. Pero esto supuso ceder poder a organizadores que lo utilizaron tanto en beneficio propio como en el de la comunidad, y a veces más en beneficio propio. Todas las teorías verticalistas del estado prevén la aparición de la desigualdad.

Los arqueólogos conocen muchas formas de identificar la desigualdad. En las comunidades más desarrolladas de la primera era agraria —por ejemplo, el pueblo anatolio de Çatal Hüyük, que prosperó entre 6250 a. C. aproximadamente y 5400 a. C., comerció con obsidiana en un amplio territorio y alcanzó una población que osciló entre 4000 y 6000 habitantes— apenas hay indicios de que hubiera diferencias de riqueza significativas. Sin embargo, se aprecian pequeñas diferencias en sus sepulturas, y los arqueólogos sostienen que esta diferenciación refleja una de las primeras reacciones al aumento de la densidad de población: la formación de clanes jerarquizados. Conforme crecen las comunidades, el concepto de parentesco y los mecanismos sociales basados en él se estiran al máximo. Es imposible concebir una comunidad de 4000 personas como una familia. No obstante, es posible conservar un sentido informal del parentesco suponiendo que todos los miembros de la comunidad tienen un antepasado común. (Que sea mítico o real es lo de menos). Una vez que se produce esto, la lógica simbólica del parentesco impone que los linajes remonten su genealogía a diferentes hijos del antepasado fundador, unos a los hijos más antiguos, otros a los hijos más jóvenes. De este modo puede acabar hablándose de linajes antiguos o superiores y de linajes modernos e inferiores, del mismo modo que los individuos pueden jerarquizarse dentro de las familias de acuerdo con la edad. Los linajes jerarquizados surgen de manera natural de la ideología del parentesco, pues incluso en las comunidades más igualitarias vemos que los individuos se jerarquizan dentro de las familias por edades y antigüedad. Así pues, el concepto de parentesco predispone a los individuos de manera natural a aceptar la autoridad de los miembros más antiguos de los clanes más antiguos.

Los arqueólogos saben que cuando hay diferencias en el tamaño de las casas y en el valor de los objetos que contienen es que hay desigualdad. Los objetos especiales y la indumentaria pueden ser indicios de una posición social elevada. La calidad de vida y los niveles alimenticios también nos informan sobre las jerarquías, porque los grupos privilegiados, de manera casi invariable, estaban mejor alimentados que los sometidos. Los bioarqueólogos encuentran a menudo sensibles diferencias de estatura entre los miembros de los distintos grupos sociales. Según John Coastworth: «Entre los antiguos mesoamericanos, las minorías dominantes de nobles, sacerdotes y guerreros controlaban el acceso a los alimentos, en particular a las escasas fuentes de proteínas. […] En la Inglaterra de 1800, los varones adultos de la nobleza medían

diez centímetros más que la población en general[19]».

No menos indicativa es la aparición de la arquitectura monumental. Unos monumentos, como Stonehenge, no tienen funciones prácticas evidentes. Es posible que fueran centros ceremoniales o quizá observatorios astronómicos. Otros, como los zigurat y pirámides de Mesopotamia, Egipto y Mesoamérica, solían ser lugares de sepultura, o palacios, o templos, y en cualquier caso lugares que ponen de manifiesto la existencia de individuos de posición elevada. Estos monumentos han aparecido en todas las sociedades en las que luego se ha organizado un estado y en muchas que no acabaron desarrollando estructuras estatales. El caso más espectacular es sin duda el de las pirámides de Egipto, la primera de las cuales se construyó a mediados del III milenio a. C. La aparición de estos monumentos indica que el pensamiento religioso también estaba cambiando conforme las comunidades humanas crecían y se volvían más complejas. Del mismo modo que aparecieron las jerarquías entre los humanos, empezaron a aparecer dioses privilegiados que exigían un apropiado nivel de respeto. Porque, como sugería ya el sociólogo Émile Durkheim, nuestra idea del funcionamiento del universo suele reflejar el funcionamiento de nuestras sociedades. La mejor forma de respetar a estos dioses más venerables, temibles y lejanos era construirles edificios especiales, edificios que se acercaran más al cielo que las viviendas corrientes, edificios donde los humanos pudieran rendir homenaje ofreciendo sacrificios y dádivas. Podemos estar seguros de que allí donde aparece la arquitectura monumental hay dirigentes o administradores poderosos, porque alguien ha de coordinar el trabajo de cientos, incluso miles de individuos. De este modo, el poder secular y el religioso fueron juntos con frecuencia. Los dirigentes esperaban despertar temor y veneración construyendo tales edificios, temor y veneración hacia el poder de los dioses y también hacia la majestad de los sacerdotes y gobernantes que trataban directamente con los poderosísimos dioses y supervisaban la construcción de su residencia. La arquitectura monumental es símbolo e instrumento de poder al mismo tiempo.

El primer monumento mesopotámico es probablemente el templo de Eridú, que data de 5000 a. C. aproximadamente. Los zigurat del IV milenio a. C. fueron magníficas estructuras escalonadas que se construyeron con gran despliegue de detalles arquitectónicos y cantidades ingentes de mano de obra. Fueron un impresionante escenario donde se representaron ceremonias religiosas y políticas. Las primeras pirámides mesoamericanas las construyeron los olmecas, a comienzos del II milenio a. C. Hacia 2000 a. C. aparecieron impresionantes monumentos funerarios incluso en las regiones menos pobladas, como las estepas de Eurasia, donde había pocos pueblos y casi toda la población se dedicaba al pastoreo ambulante. La gigantesca tumba de Aryán, en Tuva, que se remonta al siglo VIII a. C., pone de manifiesto la riqueza y la mano de obra que podían mover los poderosos dirigentes esteparios, a menudo explotando los recursos de las vecinas comunidades sedentarias. La tumba de Aryán constaba de setenta cámaras dispuestas como los radios de una rueda; el túmulo medía 120 metros de anchura y contenía alrededor de 160 caballos

de silla[20]. En el centro estaban enterrados un hombre y una mujer, vestidos con pieles y con adornos sofisticados. Es evidente que gobernaban una confederación tribal grande y poderosa, porque había príncipes y nobles inferiores enterrados al sur, al oeste y al norte, y es posible que algunos fueran sacrificados en el mismo rito funerario. También apareció arquitectura monumental, y de escala asombrosa, en una de las comunidades más perdidas de la era de las civilizaciones agrarias: en Rapa Nui (isla de Pascua). Con una población de varios miles de individuos, los jefes locales competían entre sí en la construcción de grandes estatuas.

En las regiones con gran densidad de población, las nuevas comunidades acabaron organizándose en redes cuya topología dependía menos del relieve del terreno que de la existencia y situación de otras colonias. Es una pauta de conducta conocida, incluso en la actualidad, en las regiones densamente pobladas. Las aldeas tienden a distribuirse, siguiendo modelos parecidos, alrededor de poblaciones más grandes que hacen las veces de centros de gravedad en las redes locales de intercambio. De este modo pueden formarse redes jerarquizadas de aldeas pequeñas que rodean aldeas mayores agrupadas alrededor de pueblos que a su vez pueden arracimarse en torno a una ciudad importante. Incluso en los pueblos más pequeños suele haber instituciones que están ausentes en las aldeas, por ejemplo un templo, o un almacén, incluso la residencia de un sacerdote o un jefe. Por norma, pues, las poblaciones mayores que hacen de centro de gravedad local contendrán más diferencias que las aldeas satélite. Hay claros indicios de que en la época de Eridú, en el V milenio a. C., aparecieron en Mesopotamia núcleos de dos niveles. Los pueblos grandes suelen tener entre 1000 y 3000 habitantes y en muchos hay terrazas ceremoniales de una u otra clase, así como zonas especiales de almacenamiento, de manera que pudieron haber sido mercados y también centros religiosos.

Un indicio de desigualdad más palmario es la aparición de conflictos generalizados o guerras. Los testimonios fundamentales son aquí las fortificaciones y las sepulturas con armas. En la cultura ucraniana de Tripolye, que había sido una región típicamente igualitaria de comienzos de la era agraria, las aldeas empezaron a multiplicarse alrededor de 4000 a. C. y solían fundarse en puntos de fácil fortificación. En las estepas euroasiáticas, las guerras reflejaban el creciente enfrentamiento entre las comunidades sedentarias de agricultores y las incipientes comunidades de pastores nómadas. Las lujosas sepulturas de pastores que aparecen a fines del III milenio indican que los pastores de entonces se enriquecían a veces a costa de comunidades agrícolas peor armadas.

En la base de estas incipientes jerarquías estaban los esclavos y otros subordinados. Sus amos los trataban como si fueran reservas energéticas, baterías vivas, ganado humano. Desde el punto de vista de la mecánica, los humanos son excelentes transformadores de alimentos en energía, y en consecuencia los esclavos

humanos solían valorarse más que los esclavos animales, cuando podían tenerse[21]. El alto valor de los seres humanos como fuente de energía explica hasta cierto punto por qué estuvo tan extendida la esclavitud en el mundo premoderno, del mismo modo que la existencia de los combustibles fósiles explica hasta cierto punto la desaparición casi total de la esclavitud en nuestros días. Los trabajos forzados y la esclavitud humana existieron bajo múltiples formas en las civilizaciones agrarias; y algunos esclavos o subordinados llegaban a veces a posiciones de poder y riqueza. Pero los propietarios utilizaban a la mayoría como si fueran fuentes de energía almacenada: allí donde la fuerza humana de trabajo era una fuente de energía tan importante como lo es hoy el petróleo, dominar la energía equivalía a dominar a las personas. Para adaptar mejor a los esclavos a la sumisión, a menudo se les separaba de sus familias al nacer. Y al igual que a los animales domésticos, a muchos se les mantenía deliberadamente en un estado de dependencia infantil que venía a ser como una mutilación psíquica, ya que durante toda la vida eran como niños y esta indefensión facilitaba su control. Los esclavos, tanto humanos como animales, podían controlarse mejor si se les hacía depender económica y psíquicamente de los amos.

Como las incipientes jerarquías alteraron asimismo la definición de los roles sociales de los hombres y las mujeres, empezaron a jerarquizarse no sólo las clases y las ocupaciones, sino también los sexos. Los hombres privilegiados acabaron dominando mayoritariamente las jerarquías. ¿Por qué se asocia normalmente la jerarquía con el patriarcado? La hipótesis más simple —que los hombres eran menos importantes que las mujeres en la casa familiar, la célula básica de la sociedad humana— podría ser la mejor explicación. Las nuevas formas de poder aparecieron por encima del nivel de la familia a consecuencia de una división del trabajo de creciente complejidad. Los agentes del poder eran los especialistas en el poder, la administración, la obtención de información, el combate o la religión. Pero estas funciones especializadas estaban por lo general más a disposición de los individuos

cuyo papel en el seno familiar era menos importante[22]. En sociedades que desconocían el biberón y los métodos anticonceptivos estos individuos eran los hombres (o las mujeres de la aristocracia, algunas de cuyas funciones podían desempeñar otras mujeres). Así, mientras que hilar y tejer se consideraban labores propias de las mujeres en muchas sociedades, al margen de que el producto se consumiera dentro de la familia o se vendiera en el mercado, los tejedores especialistas o a tiempo completo solían ser hombres. Conforme la división del trabajo se volvía más compleja, los papeles especializados, fuese en la guerra, en la esfera religiosa o en el gobierno, estuvieron por lo general (aunque no siempre) más a disposición de los hombres que de las mujeres, porque solía ser más fácil para los hombres estar en el eje de las redes locales de intercambio. Y de este modo apareció en muchas comunidades agrícolas grandes una distinción entre el mundo doméstico, por lo general dominado por las mujeres, y el terreno público, por lo general dominado por los hombres.

El patriarcado fue la expresión de la naciente diferencia en poder y riquezas en las relaciones entre los sexos, porque muchos papeles especializados permitieron a los hombres acceder a nuevas formas de riqueza y poder. El aumento de poder dio a su vez a los hombres privilegiados más influencia en las definiciones públicas de los papeles de género. Que las primeras historias escritas, de las que tanto depende la historiografía moderna, se elaborasen en el seno del naciente ámbito público, y que sus autores fueran mayoritariamente hombres, contribuye a explicar por qué se concentraron en los asuntos públicos y en las gestas masculinas. Y es posible que estas obras, por estar escritas por hombres, nos hayan hecho creer que el patriarcado era más simple de lo que era en realidad, al ocultar a los investigadores modernos las complejas negociaciones que se desarrollaban en todas las familias y las múltiples circunstancias en que tanto hombres como mujeres eludían o atenuaban las convenciones sociales que consideraban opresivas.

 

Nuevas formas de poder y control: el poder basado en el consentimiento

 

¿Cómo explicaríamos esta acentuación del escalonamiento del poder y la riqueza en las comunidades agrícolas grandes? Los antropólogos han demostrado que los individuos de las comunidades nómadas pequeñas se oponen por lo general a que otros individuos asuman posiciones de mando. ¿Cómo es que aparecieron las jerarquías con esta resistencia?

Los modernos estudios sobre comunidades aldeanas, más el testimonio arqueológico, proponen una serie de etapas mediante las que ciertos individuos o

ciertos grupos pudieron haber empezado a dirigir el trabajo y los recursos de otros[23]. En muchas comunidades humanas, el poder y los recursos se ceden voluntariamente a los cabecillas de confianza. Podemos llamar a esta operación poder basado en el consentimiento o poder desde abajo. En las comunidades grandes, sin embargo, los dirigentes podían utilizar los recursos encomendados a su custodia para crear nuevas formas de poder que les permitieran coaccionar a los individuos a los que gobernaban, por lo menos a algunos. Éste sería el poder coercitivo o poder desde

arriba[24]. Esta diferenciación se corresponde con la que ya hemos expuesto a propósito de la formación del estado entre las teorías verticalistas y las horizontalistas. En la práctica, todos los estados se basan en los dos tipos de poder y los dos están siempre interrelacionados. Sin embargo, hay una clara secuencia lógica e histórica que va del poder basado en el consentimiento hacia el poder basado

además en la coacción[25].

Cuando no hay estructuras estatales, todo el mundo puede recurrir a la violencia, de modo que ésta es una forma poco fiable de controlar personas o recursos. Pero hay muchos motivos por los que las comunidades aldeanas pueden ceder voluntariamente a los cabecillas de confianza un poco de dominio sobre sus recursos y su trabajo. La lógica es la misma que la del nido de termitas. Cuando crecen las comunidades, aparecen problemas nuevos que piden soluciones colectivas. Las actividades agrícolas, económicas y religiosas tienen que coordinarse con más cuidado; deben solucionarse los conflictos internos; y es necesario negociar los conflictos con las comunidades vecinas. Tratar estos problemas con eficacia suele ser cuestión de vida o muerte, ya que el fracaso puede representar el hambre, la enfermedad o la derrota en la guerra. Son problemas que las familias no pueden resolver por separado, motivo por el que a las casas les interesa delegar autoridad. En pocas palabras, la mayoría de los habitantes de una comunidad puede participar voluntariamente en la construcción de muros sociales sencillos que concentren los recursos excedentes en depósitos controlados por los dirigentes tribales o religiosos. Podríamos imaginar que estas primeras estructuras de poder eran como los primeros canales de riego. Como ya hemos visto, éstos eran estructuras sencillas que consistían básicamente en acequias y diques pequeños, y se podían construir y mantener con la cooperación más o menos voluntaria de comunidades enteras.

Una vez que se decide delegar autoridad, conviene nombrar dirigentes buenos. Hay varios factores que pueden influir en cómo se elige a los dirigentes y en qué poderes se les otorga. Que muchas funciones de mando supongan tareas y habilidades especializadas explica por qué los hombres las desempeñaban más a menudo que las mujeres, ya que los primeros eran menos necesarios en el seno familiar y tenían más tiempo para asumir funciones especializadas. Allí donde había linajes jerarquizados, es probable que se eligiera a los miembros de mayor edad de los clanes más antiguos para desempeñar funciones de representación o de administración, salvo que fueran unos incompetentes totales. En los conflictos internos es probable que se eligiera a individuos conocidos por su santidad, o por su capacidad diplomática, o por su prudencia; en los conflictos con otras comunidades, los que mostraban habilidades militares tenían las de ganar. Y podía nombrarse a los que gozaban de un trato especial con los dioses, como los chamanes y los sacerdotes, cuando las crisis necesitaban la intervención divina. Haciendo valer esta autoridad, los dirigentes religiosos solían acumular recursos que entregaban a los dioses en forma de sacrificios u ofrendas.

En ocasiones, sin embargo, se concedía la autoridad a cambio de favores pasados, siguiendo una versión modificada de las normas básicas de la reciprocidad. Así se explica una institución cuyas leyes podrían parecer extravagantes a los modernos: el «gran hombre». La etiqueta es apropiada, porque el papel estaba muy especializado y parece que lo desempeñaron mayoritariamente hombres. De un modo u otro ha habido hombres importantes en muchas comunidades de tiempos recientes y es probable que el papel existiera también en muchas sociedades prehistóricas. Los estudios clásicos sobre el tema se deben al antropólogo Bronislaw Malinowski, que estuvo investigando en Melanesia a comienzos del siglo XX. En Bougainville se denominaba mumi a los grandes hombres. El mumi trabajaba intensamente para acumular bienes y celebrar un banquete. Acosaba a sus parientes y él mismo se mataba trabajando para conseguir más bienes de prestigio, como los ñames y los cerdos. Cuando había acumulado bienes suficientes, invitaba a todo el mundo a un gran banquete. He aquí un caso descrito por Marvin Harris a propósito de los hombres importantes de Bougainville: «En un gran banquete celebrado el 10 de enero de 1939 y concurrido por 1100 comensales, el mumi anfitrión, que se llamaba Soni, regaló treinta y dos cerdos y grandes cantidades de puré de sagú. Soni y sus seguidores, sin embargo, no probaron bocado. “Ya comeremos de la fama de Soni”,

decían los seguidores[26]». Desde el punto de vista comercial, esta conducta no tiene ningún sentido. Pero lo tiene desde el punto de vista social, porque hacer regalos crea obligaciones. Hacer regalos era en el mundo del parentesco lo que invertir es en el mundo comercial: desprenderse de recursos con la esperanza (siempre incierta) de recuperar en el futuro más de lo gastado. Aunque el coste de estos banquetes podía arruinar al mumi, también le daba cierto derecho a reclamar favores a quienes estaban en deuda con él.

Los antropólogos han observado en muchas sociedades la presencia de estos banquetes o «jornadas de regalos». Entre los ejemplos más conocidos está el potlatch de los indios del noroeste de Norteamérica, como los kwakiutl. Los jefes kwakiutl acumulaban mantas y otros bienes y luego los regalaban en el curso de aparatosas ceremonias llamadas potlatch. Los favores adeudados a un gran hombre podían convertirse directamente en formas de poder más significativas, por ejemplo pidiendo el gran hombre a sus deudores que le ayudaran a atacar a una tribu vecina. El ataque, a su vez, podía traducirse en bienes que podían utilizarse con otro criterio de redistribución.

Los antropólogos identifican una forma de poder más significativa aún en las sociedades preestatales: la jefatura. Las definiciones de lo que es un jefe son hasta cierto punto arbitrarias y ninguna abarca los matices del mundo real, aunque los antropólogos suelen utilizar el término para designar a dirigentes de poderosos linajes aristocráticos que tienen autoridad sobre muchas aldeas, grupos y clanes más pequeños, con una población de miles de individuos. Su autoridad se basa por lo general en su posición social dentro del sistema de linajes jerarquizados, lo cual suele permitirles la movilización de ingentes recursos. En las islas Trobriand, estudiadas por Malinowski, los jefes podían gobernar muchas aldeas y tener miles de súbditos. A menudo encabezaban ataques contra otras islas y los súbditos los trataban con gran deferencia. Malinowski cuenta que cierta vez que apareció en público el jefe de una aldea, todos los habitantes cayeron a tierra inmediatamente, «como derribados por un

huracán[27]». Las aldeas abastecían de ñames a los jefes para cumplir con las obligaciones del parentesco. De este modo, y gracias a los protocolos del parentesco, el jefe acababa controlando más recursos que otros. Los ñames en cuestión solían repartirse en banquetes, que creaban más obligaciones, o se empleaban para pagar a especialistas, por ejemplo a guerreros o a constructores de canoas. Las jefaturas todavía no son estados, dado que pueden escindirse fácilmente en facciones tribales o de clan. Sin embargo, los recursos concentrados daban mucho poder a los jefes, que en ocasiones los utilizaban para coaccionar a los individuos o grupos reacios a aceptar su autoridad.

Son formas de poder todavía limitadas y precarias. Los gobernantes deben adaptarse a las necesidades del mundo organizado por parentescos en el que viven, porque en gran medida son siervos de aquellos a quienes gobiernan. Si no cumplen con sus deberes de dirigentes, pueden perder rápidamente su influencia y sus seguidores pueden abandonarlos. Los antropólogos llaman segmentarias a estas estructuras porque pueden fragmentarse fácilmente en los segmentos que las componen.

A pesar de estas limitaciones, el poder basado en el consentimiento puede dar a los dirigentes capacidad para dominar muchos recursos materiales y humanos; este rasgo hace que el poder basado en el consentimiento sea la base imprescindible para la construcción de estructuras de poder más amplias y duraderas. Lo que posibilitó la transición a formas de poder más duraderas y coercitivas fue la aparición de centros demográficos mayores y más concentrados, en concreto la aparición de las primeras ciudades.

 

Las primeras ciudades

 

Las ciudades (en el extremo inferior del nivel 5 de la tabla 9.1) son algo más que aldeas grandes. Con los primeros pueblos y ciudades aparecieron los primeros entornos totalmente humanizados. En ellas había multitudes que para sobrevivir dependían por completo de otros individuos, y aparecieron nuevas formas de complejidad y de jerarquía. El requisito fundamental para que haya ciudades es que la productividad alcance tal nivel que la población rural pueda alimentarse a sí misma y a un excedente de población de no agricultores (véase la figura 9.3). La existencia de ciudades presupone una compleja división del trabajo, tanto en sentido horizontal como en sentido vertical.

La primeras ciudades aparecieron en Mesopotamia. Los procesos seguidos en esta región son los que más han estudiado los arqueólogos, de modo que primero los

describiré y luego me plantearé hasta qué punto fueron procesos típicos[28]. La población aumentó rápidamente en el delta del Éufrates y el Tigris en el IV milenio a. C. Es posible que este crecimiento se debiera a los cambios climáticos, porque los climas se volvieron más fríos y secos hacia 3500 a. C., fecha a partir de la cual el Sahara, una región de estepas y sabanas, se transformó en un árido desierto. El cambio pudo haber conducido a un declive de la agricultura en algunas zonas de Mesopotamia, pero el sur era una región de pantanos y de islotes dispersos ocupados por aldeas. Al secarse el clima, hubo más tierra para colonizar y los pantanos se convirtieron en fértiles tierras de labor que producían varias cosechas al año con los sistemas de riego más elementales. Los cultivos más importantes eran trigo, cebada, dátiles y varias clases de legumbres. Había ganado abundante y pesca en los grandes ríos. Fue una tardía versión de los «jardines del Edén» que habían atraído a los cazadores-recolectores para instalarse allí a comienzos del Holoceno.

 

FIGURA 9.3. Umbrales de productividad en la historia humana: densidades de población en distintos regímenes

de vida. Datos tomados de Massimo Livi-Bacci, A Concise History of World Population, trad. inglesa de Carl

Ipsen, Blackwell, Oxford, 1992, p. 27, y de Allen W. Johnson y Timothy Earle, The Evolution of Human

Societies: From Foraging Group to Agrarian State 2 , Stanford University Press, Stanford, 2000, p. 125.

 

Otro factor que podría contribuir a explicar el crecimiento demográfico en el sur de Mesopotamia fue la cambiante topología de las redes regionales de intercambio. Andrew Sherratt sostiene que

en los primeros tiempos de Ubaid, las tierras bajas de Mesopotamia eran un lodazal: una región llena de lodo.

Había gente que vivía allí en chozas de hierba, gente que utilizaba hoces de barro, pero no era el lugar más

animado del mundo. ¿Dónde se estaban produciendo los acontecimientos interesantes? En dos regiones

cercanas: en el arco septentrional del creciente fértil, por el que circulaba sin cesar toda clase de piedras,

metales y cerámica decorada […]; y en las costas del golfo Pérsico, sobre las que sabemos menos, dado que

en gran medida están sepultadas por el fango mesopotámico que se ha acumulado en las desembocaduras de

los ríos, pero en las que hubo un comercio marítimo muy activo que se ha mantenido hasta nuestros días. El

espacio que había entre ambas era lo de menos… [29] hasta que las dos se tocaron.

 

Según Sherratt, el tráfico de comerciantes a lo largo de los grandes ríos fue la oportunidad que necesitaban las tierras bajas de Mesopotamia. Al prosperar los intercambios, lo que hasta entonces había sido un lodazal se convirtió de pronto en la zona central de largas redes de intercambio por las que circulaban obsidiana, metales, alfarería y bienes semitropicales del sur. Entre las dos ricas regiones del Creciente Fértil y el golfo Pérsico se produjo una especie de arco voltaico, y dio la casualidad

de que debajo del chisporroteo estaba la Mesopotamia meridional[30]. El aumento de su población reflejó no tanto las condiciones locales cuanto la cambiante topología de unas redes de intercambio que cruzaban buena parte del suroeste de Asia.

Es posible que las dos explicaciones se complementen. La creciente aridez obligó a las poblaciones a concentrarse geográficamente y al mismo tiempo estrechó los corredores por donde circulaban las mercancías. Sucedió algo parecido en Egipto, donde las poblaciones y seguramente también las redes de intercambio acabaron concentrándose conforme el Sahara se secaba y empujaba a los humanos hacia las

riberas del Nilo[31]. Fueran cuales fuesen las causas, la Mesopotamia meridional atrajo a más colonos, algunos de los cuales tal vez procedieran de tierras ya demasiado áridas para el cultivo. El territorio que luego se llamó Sumer fue la región agrícola más densamente poblada del mundo entre 3500 a. C. y 3200 a. C. Los colonos recién llegados no tardaban en organizarse en jerarquías de tres niveles y tal vez cuatro. Y en la cabeza de estas jerarquías había un grupo de grandes centros regionales, entre ellos Uruk y Nippur.

Algunos de estos pueblos se expandieron rápidamente y se convirtieron en auténticas ciudades —las primeras de que tenemos noticia— en los últimos siglos del IV milenio. A diferencia de las aldeas y los pueblos de comienzos de la era agraria, la mayoría de los cuales consistía en una yuxtaposición de casas suficientes y semejantes, las ciudades importaban de otros lugares buena parte de la comida que consumían y tenían una compleja división del trabajo. Uruk era un centro regional a principios del IV milenio, tenía unos 10 000 habitantes y varios templos. En 3000 a. C. era ya una ciudad de 50 000 almas y con murallas bien fortificadas. Las casas eran de adobe y de paredes enjalbegadas, un modelo que todavía puede encontrarse actualmente, y formaban calles estrechas. Aunque casi todas eran de una sola planta, las ricas solían ser de dos. En el centro, en un zigurat de 12 metros de altura, se alzaba el «Templo Blanco» (véase la figura 9.4).

Hacia principios del período dinástico (c. 2900-800 a. C.) apenas quedaban ya localidades pequeñas en Mesopotamia meridional. Casi todos los habitantes de la región vivían en ciudades. Estas concentraciones humanas no tenían precedentes en la historia de la especie. Es evidente que la supervivencia de estas poblaciones tan densas se debía a los fértiles y ahora bien regados suelos de la región del delta. Pero ¿por qué se trasladaban tantos aldeanos a las ciudades? Había una hostilidad creciente entre los pueblos y las ciudades de la región; puede que los aldeanos se refugiaran en los pueblos en que se sintieran seguros y que todos los días fueran a trabajar a los campos cercanos. Pero es posible que también la gradual aridez los empujara hacia las ciudades.

Las ciudades, como las estrellas, curvaban el espacio-tiempo social de la región en que están enclavadas y atraían los bienes, las personas y las habilidades de las aldeas y pueblos de los alrededores. En consecuencia, se convirtieron automáticamente en importantes focos de intercambio. Las redes regionales de intercambio se articularon en estructuras más complejas y jerárquicas, y en las ciudades se concentraron más actividades, más riquezas y más conocimientos. El porvenir de las regiones contiguas dependió de manera progresiva del hallazgo de un nicho en estas nuevas redes de poder y riqueza.

Las ciudades exigían nuevas formas de organización social. Hans Nissen ha argüido que conforme se secaba el sur de Mesopotamia, se hicieron imprescindibles los sistemas de riego planificados y cuidadosamente administrados, con objeto de

alimentar a la creciente población de la zona[32]. Los arqueólogos han cartografiado la rápida aparición de complicadas redes de acequias, sobre todo alrededor de los principales centros demográficos. La dependencia de los grandes sistemas de riego y la necesidad de sentirse seguros obligaron a los aldeanos a cooperar más entre sí y con los pueblos, que eran los que tenían los recursos y la capacidad para gestionar los sistemas de riego de los que dependían. Los dirigentes de los pueblos podían reclutar mano de obra para cavar y limpiar las acequias. Y podían dirimir las complejas disputas por el uso del agua que son inevitables en las comunidades que dependen de sistemas de riego a gran escala.

FIGURA 9.4. Primera arquitectura monumental: el «Templo Blanco» de Uruk, en Mesopotamia meridional, a

finales del IV milenio a. C. De A. Bernard Knapp, The History and Culture of Ancient Western Asia and Egypt,

Dorsey, Chicago, 1988, p. 44, tomado de Helen y Richard Leacroft, The Buildings of Ancient Mesopotamia,

Brockhampton Press, Leicester, y Young Scott Books, Reading (Mass.), 1974.

 

Los primeros estados: el poder basado en la coacción

 

Los primeros estados se fundaron para «solucionar» los múltiples problemas que se creaban en estas comunidades tan densamente pobladas. Pero ¿por qué? Ya hemos visto que las estructuras de poder más básicas son como diques que pueden crear pequeños embalses de recursos excedentes. Las ciudades, sin embargo, exigían diques sociales mayores y más resistentes. Para administrar sus colosales reservas de riqueza necesitaban estructuras equivalentes a los gigantescos sistemas de riego de las ciudades sumerias. La política del consenso ya no podía gestionar la ingeniería social a esta escala.

La ciudad fue crucial para estos cambios, porque por propia naturaleza fue un

concentrador de poder[33]. Por un lado concentró en un solo lugar unas formas de autoridad y una fuerza de trabajo que hasta entonces habían estado dispersas en vastos territorios y entre comunidades muy diferentes. Por otro, la institución de estas comunidades tan grandes y densas exigió nuevas formas de poder; porque conforme crecían en tamaño las comunidades, se agudizaban los problemas organizativos que planteaban. Las ciudades necesitaron mecanismos especiales para resolver enfrentamientos, para organizar los intercambios entre los agricultores y los especialistas, para construir almacenes con vistas a las épocas de hambre, para administrar el agua y eliminar los desechos, para construir fortificaciones y acequias, y para organizar la guerra y la defensa. Por suerte, los procesos económicos y demográficos que crearon estas necesidades pusieron también mayores recursos en manos de los dirigentes. Conforme aumentaba la necesidad de una administración centralizada, aumentaban los recursos a disposición de las autoridades centrales. Estos dos factores combinados explican por qué una institución como el estado se formó precisamente a raíz de la aparición de concentraciones demográficas muy densas, fuese en ciudades (como en la Mesopotamia meridional) o en regiones abarrotadas de aldeas y pueblos grandes muy poblados (que fue el modelo egipcio). Donde la mayoría de la población era urbana, como en Mesopotamia, los primeros estados adquirieron normalmente la forma de ciudades-estado; en cambio, en regiones como Egipto, donde la población estaba menos concentrada y los recursos

tenían que recorrer mayores distancias, apareció bajo la forma de estado territorial[34].

El estado (en el nivel 5 de la tabla 9.1) se diferencia de la tribu (franja superior del nivel 4) sobre todo por su capacidad para coaccionar sistemáticamente y a gran

escala[35]. Los estados, como los jefes, afirman a menudo que representan a los «linajes más antiguos», aunque éstos estén cada vez menos relacionados con los linajes vigentes. Pero allí donde no bastan las formas tradicionales de lealtad, los estados, a diferencia de los jefes, tienen a su disposición métodos coercitivos, sufragados por los inmensos recursos que han acumulado.

La forma más sencilla de representarse el poder estatal en su versión más rudimentaria es imaginar a un jefe con recursos suficientes para costearse un ejército o un séquito. Marvin Harris ilustra esta forma de poder con el caso de los bunyoro de Uganda, que estuvieron gobernados en el siglo XIX por un dirigente hereditario al que

llamaban el [36] mukama. Tenía autoridad sobre unas 100 000 personas que vivían básicamente de cultivar panizo y plátanos. Formalmente, el mukama sólo era el jefe de una serie de cabecillas. Como todo jefe tradicional, pasaba por ser un «gran proveedor» y recibía homenajes y tributos. Pero, en la práctica, su poder se basaba en algo más que las obligaciones del parentesco, porque los jugosos tributos que recibía los empleaba en organizar una guardia de palacio y un séquito de criados, con médicos, músicos, etc. Su personal armado le otorgaba poder para apropiarse de las tierras de un jefe o una aldea. A semejanza del rey Lear, recorría el país con su séquito y exigía a los jefes locales y a las aldeas que les alimentaran durante la visita.

Tal es el modelo de muchos estados primitivos que no han pasado todavía a formas tributarias más burocráticas. Coincide con lo que sabemos del primer estado

chino, el de los Shang[37]. La misma lógica se desprende del siguiente pasaje de una crónica de los rus medievales. Se refiere al gran príncipe Vladimiro, del siglo X d. C.:

 

En cierta ocasión […] cuando los invitados estaban ya borrachos, [los del séquito de Vladimiro]

empezaron a renegar contra el príncipe y a quejarse de que les trataba mal, porque para comer les daba

cucharas de madera y no cucharas de plata. Cuando Vladimiro se enteró de estas quejas, ordenó que se

fabricaran cucharas de plata para que las usaran sus hombres, comentando que con la plata y el oro no se

garantiza un séquito, pero que gracias al séquito él estaba en condiciones de conquistar estos tesoros, del

mismo modo que su abuelo y su padre los habían buscado con sus seguidores [38].

 

La observación de Vladimiro refleja sólo la mitad de la cruda dialéctica del poder; en la práctica, como él sabía muy bien, la plata y el oro se necesitaban para pagar a los soldados que le ayudaban a conseguir más plata y más oro. En los escritos del emperador bizantino Constantino Porfirogéneta (que reinó entre 913 y 959) hay una soberbia descripción del mecanismo por el que el abuelo de Vladimiro y su padre conseguían tributos con ayuda de sus druyini, sus guardias armados:

 

Cuando comienza noviembre, los jefes y todos los rusos a la vez parten de Kíev y hacen poliudie, que

significa «la ronda», y esto quiere decir que van a las tierras eslavas de los vervios, los dregoviches, los

krivichi, los severianos y los demás eslavos que pagan tributo a los rusos. Allí los alimentan durante todo el

invierno, pero cuando llega el mes de abril y se derriten los hielos del Dniéper, vuelven a Kíev [39].

 

Aunque los estados como el del mukama bunyoro o el de los rus del siglo X consisten en poco más que en la figura del gobernante que utiliza los recursos que supervisa para financiar un séquito de soldados, es evidente que han cruzado la frontera entre el poder basado en el consentimiento y el poder apoyado sistemáticamente en la coacción. No obstante, son tan rudimentarios que muchos expertos en ciencias políticas a duras penas los considerarían estados y reservarían este término para esas estructuras más complejas que surgen cuando los gobernantes pueden formar burocracias especiales y ejércitos organizados. En la presente etapa, estas estructuras empiezan a encajar en la definición de Charles Tilly de que los estados son «organizaciones aglutinadas por la coacción que se diferencian de las casas familiares y los grupos de parentesco, y tienen una clara primacía en algunos aspectos sobre las demás organizaciones en amplios territorios. Por lo tanto, el término incluye las ciudades-estado, los imperios, las teocracias y muchas otras formas de gobierno, pero excluye las tribus, los linajes, las empresas comerciales y

las iglesias como tales[40]».

Pero tampoco deberíamos exagerar el poder de estas estructuras mayores. Aunque podían utilizar la violencia, a veces de un modo espectacular y horrible, el dominio real que tenían sobre las actividades cotidianas de la mayor parte de la población, en particular en las zonas rurales, era insignificante en comparación con el de los estados modernos. En parte se debió a que disponían de una energía limitada; como ha señalado John McNeill, la energía que controlaban era básicamente la fuerza física humana, y esto significa en la práctica que «los emperadores Ming y los faraones de Egipto no tenían más poder efectivo que el que pueden tener hoy el conductor de una

excavadora o el jefe de un carro de combate[41]». Hasta cierto punto, la debilidad de los estados preindustriales reflejaba su limitado alcance burocrático. En realidad, la prontitud con que los primeros estados recurrían a la violencia y a los ejércitos para aplicarla era un signo de debilidad, no de fuerza. Los estados tradicionales

compensaban con la violencia lo que les faltaba en competencia burocrática[42]. Anthony Giddens señala que «el gobernante puede tener autoridad sobre la vida de sus súbditos en el sentido de que si no obedecen, o se rebelan abiertamente, puede ejecutarlos. Pero tener “poder sobre la vida y la muerte” en este sentido no es lo mismo que capacidad para controlar la vida cotidiana de la mayoría de la población,

cosa que no está al alcance del gobernante[43]». Los estados tradicionales no solían tener un poder total ni siquiera sobre las organizaciones militares formales del territorio, y pocos sabían con exactitud dónde terminaba su autoridad y dónde empezaba la de los potentados regionales. Fuera de las ciudades tenían normalmente poca autoridad sobre las formas más localizadas de violencia que se utilizaban para recaudar tributos, acusar a los delincuentes, enfrentarse a los bandidos y reparar las injusticias locales. Estos mecanismos de poder estaban en manos de minorías o clanes locales. Para la mayoría de los individuos, la reparación de injusticias seguía siendo asunto de la familia o del clan, que podían buscar el apoyo de los protectores o funcionarios locales. Y la violencia, como era de esperar, era un elemento omnipresente incluso en las familias, donde se empleaba para hacer valer la autoridad

de los varones y los de más edad[44].

Pero a despecho de estas limitaciones y a pesar de la ausencia de un monopolio estatal de la violencia, los primeros estados fueron estructuras mucho más imponentes que las jefaturas. Y dondequiera que los encontramos, aparecen relacionados con el mismo conjunto de rasgos: nuevas formas de especialización, división general del trabajo, burocracia, sistemas de contabilidad y escritura, ejércitos y sistemas tributarios.

 

División del trabajo. En el sur de Mesopotamia, las aldeas autosuficientes y relativamente igualitarias de la primera era agraria eran ya cosa del remoto pasado a finales del IV milenio a. C. La agricultura, durante dos mil años por lo menos, había sido suficientemente productiva para alimentar a una población no agricultora de sacerdotes, alfareros y otros especialistas. Puede verse la creciente especialización en la aparición de alfareros profesionales ya en el V milenio. Se sabe porque se han excavado talleres que contenían equipo especializado, por ejemplo tornos de alfarero. De finales del IV milenio en adelante se mantiene incólume una larga lista de oficios

diversos, la llamada Lista Oficial de Profesiones[45]. En ella constan los sacerdotes, los funcionarios y artesanos de muchas clases, como plateros, albañiles, alfareros, escribas e incluso encantadores de serpientes. Parece que muchas profesiones se organizaron en gremios o sociedades parecidas. Había una compleja estructura de clases, con reyes-dioses, aristócratas, comerciantes, artesanos, agricultores, escribas y finalmente los esclavos (que eran sobre todo agricultores o nómadas arruinados y prisioneros de guerra). De la riqueza de los gobernantes dan testimonio las impresionantes tumbas de Ur, datadas a finales del IV milenio y excavadas por Leonard Woolley. Los gobernantes eran enterrados con gran lujo y magnificencia, y parece que se sacrificaba a algunos individuos para que los sirvieran en el más allá. Los comerciantes eran una parte fundamental de la división urbana del trabajo, porque las ciudades como Uruk necesitaban más bienes de los que producían los agricultores de la zona. Además necesitaban piedra, lana y bienes de lujo que las flotas mercantes, unas organizadas por los mandatarios y otras por los comerciantes, se encargaban de transportar por el Tigris y el Éufrates. En el otro extremo del espectro están los testimonios que hablan de una clase pobre, compuesta por esclavos, vagabundos, cautivos de guerra y agricultores venidos a menos. Por ejemplo, desde el principio del período de Uruk aparecen unos cuencos de lados inclinados, fabricados burdamente pero al parecer de manera masiva, y que probablemente se utilizaron para la comida de las levas de trabajadores. Apoya esta interpretación la aparición posterior del símbolo de comer, que muestra a una persona

vertiéndose en la boca comida de uno de estos cuencos[46]. Quizá eran trabajadores de esta clase los que integraban los ejércitos de mano de obra que se utilizaban en la construcción de fortificaciones y murallas, y en el mantenimiento de las acequias.

Hacia 3200 a. C., la sociedad sumeria había alcanzado una escala que ya no podía gestionarse con la mentalidad tradicional del parentesco. En pocas palabras, la sociedad era demasiado grande y compleja para que todos encajaran en los modelos de parentesco, que cada vez eran más complicados. En su lugar aparecieron nuevas categorías: el oficio, el lugar de origen, lo que los sociólogos modernos llamarían clase o estamento. Pese a todo, la mentalidad del parentesco siguió siendo la base de las relaciones en los niveles inferiores de la sociedad, circunstancia que podría explicar por qué las formas simbólicas de la ideología del parentesco pervivieron en el pensamiento religioso de los primeros estados. Los gobernantes solían representarse como «padres» de sus súbditos, y también los dioses se consideraban a menudo padres o madres de poblaciones concretas.

 

Burocracia, contabilidad y escritura. Administrar los inmensos recursos concentrados en los primeros estados era una compleja labor contable y burocrática. Por este motivo, los primeros estados mantenían a funcionarios que llevaban listas de las cosas que se administraban. La necesidad de tener bajo control los grandes almacenes de comida y otros recursos acumulados por el estado explica por qué aparecieron sistemas de escritura en zonas del mundo muy distantes entre sí, como Mesopotamia, Egipto, India septentrional, China y Mesoamérica, dentro del proceso de la formación del estado. La escritura apareció como una forma de contabilidad y

de dominio, no como un medio de registrar las palabras habladas[47]. (China podría ser hasta cierto punto una excepción, ya que las primeras formas de escritura que aparecieron allí estaban más relacionadas con actividades religiosas que con la

contabilidad)[48]. Fuera cual fuese su origen, la escritura fue una forma nueva de almacenar información y, por lo tanto, de controlarla. Como no utilizaba el simbolismo ambiguo de las imágenes, la escritura posibilitó el almacenamiento del conocimiento con la precisión del lenguaje hablado. De este modo estabilizó e incluso anquilosó el conocimiento empírico, protegiéndolo de la variabilidad que acompaña necesariamente a la transmisión oral. Pero las habilidades que exigía estuvieron durante milenios monopolizadas por grupos privilegiados y sobre todo por los varones de estos grupos. En consecuencia, quienes más se beneficiaron de la capacidad de atesorar información con la escritura fueron los grupos privilegiados y los varones. La escritura fue un medio muy poderoso de concentrar en manos de unos pocos los conocimientos acumulados por millones.

En la Mesopotamia meridional se utilizaban objetos de arcilla, en representación de diferentes clases de mercancías, como símbolos de tal o cual propiedad, y esto ya en el VIII milenio. En el IV milenio arraigó la costumbre de unirlos en unas esferas de arcilla llamadas bullae. Desde fines del IV milenio, que es cuando empezaron a formarse las ciudades, los propietarios comenzaron a utilizar una especie de sellos cilíndricos que podían pasarse por encima de las bulas para especificar su contenido. Este procedimiento volvió innecesarias las bulas y los sellos no tardaron en emplearse para hacer incisiones en tablillas planas. Más tarde, los funcionarios abandonaron los sellos y empezaron a hacer incisiones en las tablillas con estiletes de caña. Los estiletes venían a ser como los lápices y con ellos se grababan en la arcilla unos símbolos que invariablemente tenían forma de cuña (motivo por el que esta escritura se denomina cuneiforme). Al principio eran simples imágenes de lo que representaban, pero muy pronto se estilizaron (véase la figura 9.5). La escritura cuneiforme, al principio, daba para poco más que para elaborar inventarios, pero aun así bastó para que funcionara con eficacia como método de contabilidad. Casi todo el material escrito de Uruk que ha llegado hasta nosotros consiste en listas de mercancías recibidas y distribuidas.

Lo que había empezado como forma de registrar empezó a convertirse en un auténtico sistema de escritura a comienzos del III milenio a. C., conforme los símbolos de los objetos y los movimientos se adaptaban poco a poco a papeles más abstractos y pasaban a describir sentimientos e incluso funciones gramaticales y sílabas. En este momento la escritura fue algo más que un simple sistema de contabilidad. La clave de estos cambios fue el principio del jeroglífico: utilizar un símbolo (ya existente) de un objeto concreto para representar otra palabra que sonaba de un modo parecido a la primera. Por ejemplo, el símbolo sumerio de «flecha» se pronunciaba ti. Las flechas podían dibujarse fácilmente. Pero la palabra «vida», una idea más abstracta, también se pronunciaba ti, de modo que para representar la «vida» podía emplearse igualmente el símbolo de la flecha. Poco a poco se simplificó el sistema de símbolos, aunque en 1900 a. C. aún consistía en 600 o 700 elementos y por la forma estaba más cerca de la escritura china moderna que de los modernos alfabetos silábicos.

FIGURA 9. 5. Evolución de la escritura cuneiforme en Mesopotamia. Tomado de A. Bernard Knapp, The History

and Culture of Ancient Western Asia and Egypt, Dorsey, Chicago, 1988, p. 55: con permiso de Archaeology

Magazine, Archaeological Institute of America.

 

La escritura jeroglífica se utilizó en Egipto por lo menos desde los tiempos de Menes, hacia 3100 a. C. En el valle del Indo hubo escritura desde 2500 a. C. aproximadamente. En China hubo varios sistemas de escritura por lo menos desde 1200 a. C. y empleaban muchos signos que todavía hoy resultan legibles. Los primeros alfabetos aparecieron en las ciudades mercantiles de Fenicia durante el II milenio a. C. Se basaron en signos consonantes tomados de los jeroglíficos egipcios. Los signos de las vocales no se utilizaron hasta los tiempos de la Grecia clásica. Idear alfabetos con una pequeña cantidad de letras simplificó la escritura y la lectura, y liberó la alfabetización del cerrado círculo de los diestros y superespecializados escribas. Pero a pesar de esta democratización parcial de la alfabetización, el poder que generaba siguió siendo monopolio de grupos privilegiados hasta fecha muy reciente.

En la zona mesoamericana, en concreto en el sur de México, aparecieron sistemas de escritura alrededor de 600 a. C. Que la función principal de casi todos los primeros sistemas de escritura fue la contabilidad lo corrobora en cierto modo el caso excepcional de los incas, que gobernaron la única civilización agraria importante que desconoció la escritura; sin embargo, los incas disponían de una nutrida burocracia que llevaba la contabilidad utilizando cuerdas con nudos, llamadas quipus. No debería sorprender a nadie que todas las civilizaciones agrarias inventaran, además de sistemas de escritura, complejos sistemas de matemáticas. También idearon los calendarios, otro instrumento esencial en toda sociedad compleja que tuviera que coordinar las actividades de miles o millones de personas, con objeto de que pagaran sus impuestos a tiempo. Los primeros calendarios aprovecharon el vasto saber astronómico que se había acumulado en todas las sociedades de comienzos de la era agraria y que es palpable incluso en la lejana Inglaterra, en el monumento megalítico de Stonehenge, que empezó a construirse en el III o II milenio a. C.

 

Ejércitos e impuestos. Los estados pueden coaccionar porque son capaces de movilizar amplios séquitos o grupos de hombres armados. A mediados del IV milenio, casi todas las poblaciones de la Mesopotamia meridional estaban fortificadas, lo que indica que la guerra era frecuente. Los testimonios arqueológicos y escritos del III milenio revelan un mundo en guerra casi constante. Los conflictos se agravaron a causa de la incesante reducción del caudal de los ríos que había empezado a mediados del IV milenio, fenómeno que, sobre todo donde dio lugar a interferencias artificiales en el curso de las aguas, produjo cambios periódicos en su recorrido. A finales del primer período dinástico, durante la primera mitad del III milenio, el curso del Éufrates se desvió hacia el este de Uruk. La desaparición del río causó la rápida decadencia de Uruk y el auge de ciudades como Umma y Girsu (en Lagash), que estaban a orillas del nuevo cauce. Estos cambios dieron lugar a violentos conflictos militares, de modo que no es de extrañar que las primeras literaturas y crónicas que aparecieron en el III milenio traten sobre todo de la guerra.

Los ejércitos capacitaban a los estados para mediar en conflictos internos e imponer tributos con más eficacia. En los primeros estados, los tributos consistían casi totalmente en productos alimenticios, que entregaban los campesinos y que se empleaban para alimentar a los nobles o a los funcionarios del gobierno, o en mano de obra que se utilizaba para trabajar en las tierras de los nobles o en las obras

públicas[49]. El factor coacción es precisamente lo que diferencia la exacción de los métodos utilizados para acumular recursos en las sociedades preestatales. El antropólogo Eric Wolf sostiene que podría ser la diferencia más importante entre las

sociedades con estado y las sociedades anteriores[50].

 

Las sociedades «de exacción»

 

Los recursos, en las sociedades que Wolf llama «de relaciones de parentesco», se recogían en buena medida con el consentimiento de los contribuyentes. Cuando aparecen los estados hay siempre un elemento de coacción, dado que los recursos se recogen bajo la forma de impuestos o lo que Wolf llama «tributos». Tales son los argumentos para pensar que las sociedades con estado son estructuras sociales totalmente nuevas. Según Wolf, la aparición de las sociedades que él llama «de exacción» representa una transformación de primer orden en las formas de vida y la organización de las sociedades humanas. En la tabla 9.3 vemos que su clasificación de los principales «modos de producción» coincide con otras tipologías sociales que ya conocemos. El teórico social Anthony Giddens viene a decir lo mismo con una terminología distinta: «En las sociedades de clases [las “sociedades de exacción” de Wolf], la extracción del excedente de producción se respalda normalmente con la

amenaza o el uso de la fuerza[51]».

Combinados de un modo u otro, los ingredientes descritos en este capítulo estuvieron presentes en todas las regiones donde se formaron los primeros estados: en Afroeurasia, en América e incluso en las islas mayores del Pacífico, como Tonga y Hawai. Ante todo, la formación de poblaciones densas, que generó una compleja división del trabajo que planteó nuevos problemas organizativos, promovió la necesidad por resolver conflictos y la frecuencia de la guerra, y fomentó la construcción de grandes monumentos y la aparición de una forma u otra de escritura. Aquí resulta pertinente poner otro ejemplo, esta vez de Mesoamérica.

 

TABLA 9.3. TIPOLOGÍA DE LAS PRINCIPALES TECNOLOGÍAS Y FORMAS DE VIDA.

El primer testimonio claro de la presencia de comunidades sedentarias de agricultores en Mesoamérica se remonta a 2000 a. C. aproximadamente. Los testimonios encontrados en los Andes son algo anteriores, de 2500 a. C.

aproximadamente[52]. Después de esta fecha se multiplican los testimonios de la progresiva complejidad social, entre ellos una arquitectura monumental y estructuras de población de dos o tres niveles, hasta que en el I milenio a. C. podemos identificar las primeras estructuras estatales. Como sucede en el caso del Viejo Mundo, es una tentación entender la intensificación y el crecimiento demográfico como los principales motores del cambio. En los Andes y en Mesoamérica ya había poblaciones con montículos o pirámides a principios del II milenio a. C. Es posible que fueran los centros ceremoniales y quizá también comerciales de muchas aldeas satélite. Su aparición sugiere la presencia de formas primitivas de jefatura.

A mediados del II milenio apareció la civilización olmeca en las tierras bajas de la costa oriental de México. La población vivía sobre todo de la agricultura de rozas, pero en algunas regiones sembraba además los fértiles suelos de aluvión. Como en la Mesopotamia de mediados del IV milenio, la civilización olmeca constaba de un gran número de núcleos demográficos jerarquizados. Tenía asimismo arquitectura monumental y artesanos muy diestros. En lugares como La Venta y San Lorenzo se construyeron grandes centros ceremoniales, algunos con pirámides de hasta 33 metros. Al principio fueron tumbas, pues casi todas contienen sepulturas complejas que constituyen una sólida prueba de que había rígidas jerarquías sociales y políticas, además de ser símbolos idóneos de éstas. Para construir la principal pirámide de La Venta se necesitaron por lo menos 800 000 días de trabajo individual y en el pueblo

vivían unas 18 000 personas[53]. Los olmecas levantaron gigantescas estatuas o cabezas monumentales, muy hermosas desde el punto de vista moderno, con grandes masas de basalto que se recogían en lugares situados a 80 kilómetros y que probablemente se transportaban con el concurso de cientos de personas. La brutalidad con que se destruyeron algunos centros olmecas pone de manifiesto que también allí había guerra organizada. Hay indicios de formas primitivas de escritura y es posible que los olmecas se adelantaran a los sistemas de escritura que se desarrollaron en Mesoamérica y cuyas versiones tardías han acabado por descifrarse en fecha muy reciente. Los restos de una escultura olmeca tardía que parece utilizar un sistema cronológico parecido al de los mayas permiten pensar que los olmecas pudieron haber inventado además los sistemas cronológicos que se difundieron por toda

Centroamérica[54]. Por último, hay indicios de redes tributarias o comerciales de gran extensión, ya que la obsidiana se recogía en grandes cantidades en las zonas montañosas del centro de México.

Como las de Mesopotamia, las primeras civilizaciones mesoamericanas cristalizaron en tierras pantanosas, pero con el tiempo las poblaciones se fueron trasladando a regiones con agricultura dependiente del régimen pluvial. En el valle de Oaxaca, a unos 500 kilómetros al sur de la actual Ciudad de México, en una región de aldeas pequeñas, empezaron a formarse núcleos mayores alrededor de 1300 a. C., algunos con grandes edificios, al parecer públicos. Desde 1000 a. C. aumentó rápidamente el tamaño de tales edificios. La población se multiplicó y la producción agrícola se intensificó gracias a la construcción de un gran sistema de canales. Hay indicios del aumento de la especialización, sobre todo de los oficios como la alfarería, y los sistemas de intercambio y los mercados crecieron. También hay indicios que hacen pensar que hubo formas primitivas de escritura. Más tarde, ya en 600 a. C., hay claras muestras de la existencia de un sistema de gobierno de nivel estatal, con la capital en Monte Albán. Hacia 400 a. C. había por lo menos siete pequeñas ciudades-estado en el valle de Oaxaca, así que la región empezó a tener hasta cierto punto el aspecto de Sumer a finales del IV milenio. Hacia 200 d. C. es posible que la población de todo el valle rondara los 120 000 habitantes. En su momento de más esplendor,

entre 200 d. C. y 700 d. C., Monte Albán llegó a tener unos 17 000 habitantes[55].

Aunque las civilizaciones agrarias aparecieron en América unos dos mil años después que en Mesopotamia, las semejanzas en la historia de las dos regiones sugieren una vez más que la formación del estado fue una explosión social cuya mecha se encendió al comienzo de la era agraria. El dinamismo demográfico introducido en la historia humana por la agricultura garantizaba que los humanos, al igual que las termitas, tendrían que afrontar antes o después el problema, desconocido hasta entonces, de coexistir en densas comunidades de congéneres. Pese a todas las diferencias locales, las soluciones que los humanos encontraron en diferentes partes del mundo fueron muy parecidas entre sí… y también sorprendentemente parecidas a las encontradas por las termitas y otros insectos sociales.

 

RESUMEN

 

El impulso tecnológico de comienzos del Holoceno generó nuevas tecnologías que incrementaron la producción y alimentaron a poblaciones mayores y más densas. Estas tecnologías fueron la agricultura de rozas, la revolución de los productos secundarios y el riego. Conforme crecían las comunidades, aumentaban las dificultades administrativas y los humanos acabaron enfrentándose a problemas muy parecidos a los de otros animales, como los insectos sociales. Para solucionarlos, las comunidades no tuvieron más remedio que delegar el poder administrativo en ciertos grupos privilegiados. Los gobernantes, al principio, gobernaron con el consentimiento manifiesto de los súbditos. Pero con el tiempo controlaron grandes cantidades de recursos; y en las comunidades mayores, estos recursos capacitaron a los gobernantes para articular formas de poder más coercitivas. Por lo tanto, no es una coincidencia que las primeras ciudades aparecieran al mismo tiempo que los primeros estados, a finales del IV milenio a. C. Los estados representan el nacimiento de una comunidad de nuevo cuño, que Eric Wolf denomina sociedad «de exacción». En estas comunidades, los grupos privilegiados utilizaban la fuerza o las amenazas para controlar los recursos excedentes. Las sociedades de exacción han sido las más poderosas y las más visibles durante la mayor parte de la historia escrita.

 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

Este capítulo debe mucho a The Early History of the Ancient Near East (1988), donde Hans Nissen detalla la aparición de los estados sumerios, y ha tomado algunas ideas de «The Origin of Pristine States» (1978), el ya clásico artículo de Marvin Harris. También pueden encontrarse descripciones generales en Göran Burenhult, ed., The Illustrated History of Humankind, vols. 3 y 4 (1994); Michael Coe, Mexico (19944 3 ); Robert Wenke, Patterns in Prehistory (1990); Charles Maisels, The Emergence of Civilization (1990); y Bruce Trigger, Early Civilizations (1993). La literatura sobre el origen del estado es muy abundante; Elmer Service repasa las principales teorías en 2 Primitive Social Organization (1971), al igual que Robert Cohen y Elmer Service, eds., en Origins of the State (1978). Allen Johnson y Timothy Earle, 2 La evolución de las sociedades humanas (2000), es la descripción general más reciente; adopta un punto de vista evolucionista al que probablemente se opondrán muchos antropólogos. «The Secondary Products Revolution» (1983) de Andrew Sherratt es el trabajo clásico sobre esta importante revolución tecnológica, mientras que Women in Prehistory (1989) de Margeret Ehrenberg estudia las posibles repercusiones de estos cambios en la división sexual del trabajo. Anatoly Khazanov, Nomads and the Outside World 2 (1994), y Thomas Barfield, The Nomadic Alternative (1993), ofrecen buenas descripciones del pastoreo; Peter Golden, «Nomads and Sedentary Societies in Eurasia» (2001) es una introducción útil y sucinta. D. T. Potts, Mesopotamian Civilizations (1997), hace hincapié en los problemas ecológicos.