Mapas del tiempo

David Christian · Capítulo 14 de 20

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Quinta parte. La Era Moderna: Un solo mundo

Quinta parte

LA ERA MODERNA

UN SOLO MUNDO

DURACIÓN 11.1. La escala de la modernidad: 1000 años.

Capítulo 11

INTRODUCCIÓN A LA MODERNIDAD

 

En los últimos mil años, y sobre todo en los últimos siglos, ha habido una transformación más rápida y fundamental que ninguna otra en la historia humana. Se ha cruzado otro umbral que ha conducido a un modelo de sociedad completamente nuevo. Como ha dicho Anthony Giddens, «En un período de no más de trescientos años a lo sumo, la rapidez, espectacularidad y alcance del cambio han sido incomparablemente mayores que en todas las transformaciones históricas anteriores. El orden social […] iniciado con el advenimiento de la modernidad no es sólo la acentuación de las tendencias de desarrollo preexistentes. En ciertos aspectos

fundamentales y que se pueden concretar, se trata de algo nuevo[1]». El cambio no es importante sólo para los humanos; es un acontecimiento de trascendencia planetaria porque el impacto de los humanos en la biosfera tiene hoy dimensiones

completamente nuevas[2].

Dado que vivimos en medio de esta transformación, nos cuesta ver sus rasgos con claridad y objetividad. Para describirla nos contentaremos, pues, con una etiqueta voluntariamente vaga: «la revolución moderna».

 

EL MUNDO EN VÍSPERAS DE LA MODERNIDAD

 

Para comprender la escala y la trascendencia de la revolución moderna tal vez nos resulta útil hacer un viaje imaginario por el mundo en vísperas de la modernidad, durante los primeros siglos del II milenio d. C.

En Europa y la gente sin historia (1982), Eric Wolf conduce de la mano al lector

por el mundo de 1400[3]. Esta perspectiva general nos recuerda que en una fecha tan tardía había aún una gran área del mundo que no formaba parte de las regiones de civilización agraria. Aunque habían estado invadiendo de manera sistemática las tierras de los agricultores independientes, de los pastores e incluso de los cazadores-recolectores, en el año 1000 d. C. las civilizaciones agrarias seguían controlando menos del 15 por 100 de las tierras ocupadas por los estados modernos. En consecuencia no podemos remontar a la era agraria el efecto devastador que han tenido los estados modernos en las comunidades sin estado en los últimos 500 años. En la práctica, las comunidades sin estado, como las de los agricultores de Europa septentrional o de Manchuria, o los pastores de Mongolia y de las estepas escitas, aún podían plantear serios problemas militares a los imperios agrarios más poderosos. Por otra parte, las relaciones entre los diferentes tipos de comunidad estaban determinadas tanto por los intercambios como por los conflictos. Los pastores nómadas cambiaban caballos y pieles curtidas por sedas o vinos de producción urbana; los cazadores-recolectores de Siberia cambiaban colmillos de morsa o pieles sin curtir por objetos metálicos; y los horticultores de las selvas centroamericanas o del África tropical cambiaban oro, plumas, pieles de jaguar y esclavos por mercancías de producción urbana. Y al contrario: los estados, desde China hasta Roma, necesitaban los caballos y a los mercenarios de las estepas; sus mercaderes comerciaban con las estepas y en ellas, y con las regiones boscosas de más allá. También las ciudades americanas tenían que comerciar con y en regiones controladas por comunidades sin estructuras estatales, y por rutas que las unían a comunidades perdidas en la selva.

Las categorías analíticas nos inducen a creer que cada estilo de vida era como un mundo propio, pero, según Wolf, esto es una ilusión: «En el mundo de 1400, todas las comunidades existentes estaban interrelacionadas. Grupos que se proclamaban culturalmente distintos estaban vinculados por el parentesco o por lealtades ceremoniales; los estados se expandían e integraban a otros pueblos en estructuras políticas más amplias; los grupos privilegiados se sucedían, se hacían con el control de poblaciones agrícolas y fundaban órdenes políticos y simbólicos de nuevo

cuño[4]».

Los grupos privilegiados de las civilizaciones agrarias solían considerar «bárbaros» a los que vivían fuera de sus fronteras (y a muchos que vivían dentro). Los bárbaros eran los cazadores-recolectores, los pastores, los horticultores y los pequeños agricultores, que solían practicar formas seminómadas de agricultura de rozas y todavía cazaban y recogían parte de sus productos. En las redes que unían estos mundos operaban mercaderes de variado pelaje, unos despiadados y carroñeros, otros más dados a la negociación. La mayoría la población vivía aún en comunidades pequeñas. Y aquí el parentesco era más importante que el poder del estado. También era así para los aldeanos, que eran el estrato social más numeroso y producían la mayor parte de los recursos de las civilizaciones agrarias. Como es lógico, los aldeanos no podían encogerse de hombros ante la opresiva carga que representaban los caciques o los recaudadores de impuestos, ni ante la llegada de ejércitos que solían llevar consigo muerte, enfermedades o esclavitud. Pero en casi todas las unidades familiares, y durante la mayor parte del tiempo, lo importante era la familia, la parentela y los vecinos.

En una vasta zona fronteriza que se extendía lejos de las regiones de la civilización agraria había comunidades de agricultores organizadas en aldeas que a menudo tenían un jefe nombrado por cuestiones de parentesco. Algunas de estas comunidades estaban muy cerca de tener forma estatal. Buena parte de la cuenca del Amazonas estaba habitada por pequeñas comunidades de horticultores que también se dedicaban a la caza y la recolección. En América del Norte, en la cuenca del río Mississippi, había comunidades de agricultores, densamente pobladas y estructuradas casi como los estados. Es posible que ciertos yacimientos de la cultura del Mississippi, como Cahokia, cerca de San Luis, correspondan a localidades donde probablemente llegaron a vivir más de 30 000 personas. Cahokia fue un gran centro ceremonial y político, con unos cien montículos de tierra. Algunos elementos de la cultura del Mississippi sobrevivieron hasta el siglo XVI, aunque las localidades más grandes como Cahokia hacía tiempo que habían desaparecido; y las comunidades supervivientes fueron diezmadas por las enfermedades euroasiáticas cuando entraron en contacto con los europeos. Pese a todo, conservamos el testimonio directo de un explorador francés, Le Page du Pratz, que vivió una breve temporada entre las tribus natchez del valle del Mississippi. Según el resumen de Brian Fagan: «Vio una sociedad rígidamente estratificada —dividida en nobles y plebeyos y capitaneada por un cacique al que llamaban el Gran Sol— cuyos miembros vivían en un poblado de nueve casas y un templo construido en la cima de un montículo de tierra. Pratz presenció el entierro del Gran Sol. Sus esposas, parientes y criados fueron

narcotizados y apaleados para que le hicieran compañía en la muerte[5]».

También en buena parte de África occidental y central podían verse comunidades grandes de agricultores. En ciertas regiones, por ejemplo en lo que hoy es Zimbabwe, o en las tierras situadas al norte de la Ghana actual, hubo sistemas estatales, desde mediados del I milenio d. C. e incluso antes, que se sostenían gracias a la elevada densidad demográfica y a grandes redes comerciales. Los estados de África occidental dependían básicamente de su control sobre las redes comerciales y en particular del tráfico del oro que cruzaba el Sahara y llegaba al Mediterráneo, cerca del Marruecos actual, o a Egipto y al mundo islámico. Los estados que surgieron en África oriental y central comerciaban con ciudades costeras cuyos mercaderes musulmanes transportaban artículos (sobre todo oro y esclavos) al mundo islámico y al sur y el sureste de Asia. En el siglo XIV, la flota china que zarpó a las órdenes del eunuco musulmán Yeng Hi llegó a las costas orientales de África. Pero estas expediciones sólo suponían una novedad si eliminaban a los intermediarios de las redes comerciales tradicionales. En China hubo esclavos africanos por lo menos desde el siglo VII d. C. y, según Wolf, «en 1119 se decía que casi todos los ricos de

Cantón habían tenido esclavos negros[6]».

El norte de Europa también proporcionó esclavos a las civilizaciones agrarias cercanas, y gran parte de Europa siguió siendo un mundo de agricultores sin estado hasta finales del I milenio d. C. Estas regiones, aunque carecían de los grandes ejércitos permanentes de los imperios agrarios, podían resultar peligrosas para sus vecinos «civilizados». Fue así especialmente allí donde la riqueza de las civilizaciones agrarias despertaba la emulación y el deseo de conquista. Los bárbaros godos fundaron dinastías entre los restos del imperio romano en los siglos V y VI d. C. y ya desde el siglo IV hubo dinastías manchúes que fundaron estados en China septentrional, sin olvidar la última dinastía de la China premoderna, la T’sing o «manchú» (1644-1911). Estos conflictos fomentaron la difusión de las estructuras estatales fuera de las fronteras establecidas de las civilizaciones agrarias. A mediados del I milenio d. C. empezaron a aparecer estados por todo el norte de Europa. Las poblaciones agrícolas de Europa oriental se expandieron con rapidez y emigraron a lo que hoy son Ucrania y Rusia; así pues, también en gran parte de Europa oriental hubo estados hacia finales del milenio.

Las civilizaciones agrarias del Nuevo Mundo no estuvieron más a salvo de los «bárbaros» más próximos. Varias ciudades grandes de Mesoamérica, como Teotihuacán y Tula, sufrieron invasiones devastadoras de comunidades del norte con las que ya tenían lazos culturales y comerciales. La historia de los aztecas refleja la de los godos. Llamados mexicas al principio, los antepasados de los aztecas procedían de comunidades de horticultores o recolectores del norte del valle de México, influidos en múltiples aspectos por el legado cultural de México central. Los aztecas se trasladaron al valle de México, donde vivieron en las zonas periféricas, entre las principales ciudades-estado de la región. En el siglo XIV empezaron a ofrecerse como mercenarios, hasta que en 1428 derrocaron a sus señores y fundaron

una dinastía propia[7]. También en el sureste asiático y en las fronteras de la creciente China hubo grandes regiones de comunidades de agricultores sin estado. Las comunidades más aisladas eran las que estaban en las islas de Melanesia y Polinesia.

En Afroeurasia había otra importante clase de frontera: entre regiones agrícolas y regiones de pastoreo. Los pastores vivían en tierras demasiado áridas para soportar la densidad de las poblaciones agrícolas. Estas tierras formaban una franja que iba desde Mongolia hasta el Sahara y el sur de África oriental, pasando por las estepas de

Eurasia interior, Irán y Mesopotamia[8]. El pastoreo del caballo, la cabra, la oveja y el camello era el más extendido por los áridos desiertos y estepas de Eurasia. El pastoreo del camello era importante sobre todo en el centro de Arabia y en el desierto del Sahara. En gran parte de África central y oriental había comunidades grandes de pastores-ganaderos. Las comunidades de pastores solían consistir en grupos basados en el parentesco y organizados en clanes, tribus y, ocasionalmente (sobre todo en épocas de conflicto generalizado), alianzas intertribales. En épocas de paz, los pastores viajaban por rutas migratorias ya establecidas en grupos pequeños de unidades familiares. O levantaban tiendas cada vez que fijaban un campamento o viajaban en viviendas móviles cubiertas. El autor griego conocido por Pseudo Hipócrates describe los carromatos utilizados por los escitas del norte del mar Negro hace más de dos mil años: «Los más ligeros tenían cuatro ruedas, pero algunos tenían seis, y tienen una protección de fieltro. Están construidos como las casas, unos con dos habitaciones y otros con tres, y resisten la lluvia, la nieve y el viento. Tiran de ellos dos o tres yuntas de bueyes sin cuernos; sin cuernos a causa del frío. Las mujeres viven en estos carromatos mientras los hombres van a caballo, y detrás van

las manadas de lo que tengan, bueyes o caballos[9]».

Los pastores causaron un efecto trascendental en las comunidades próximas a ellos, dado que su productividad limitada y su gran movilidad les impulsaban a comerciar con los agricultores o los cazadores-recolectores, aunque su destreza militar daba a entender que el saqueo era con frecuencia una alternativa más fructífera que el comercio. Sus ataques obligaron a tomar medidas defensivas y fomentaron la construcción de murallas desde el norte de China hasta los Balcanes,

pasando por Asia central[10]. Los pastores montados de las estepas de Eurasia interior venían organizándose en poderosas alianzas militares tal vez ya desde el II milenio a. C. Como las estepas sólo permitían alimentar poblaciones pequeñas, estas alianzas podían convertirse en estructuras más duraderas cuando gracias a ellas se conseguía robar en abundancia a las civilizaciones agrarias más próximas; los ejércitos de pastores más poderosos se formaron pues en las rutas comerciales o en las fronteras con vecinos agricultores. Algunas de estas estructuras merecen llamarse estados, a pesar de que se diferenciaban de los estados del mundo agrícola. No eran fruto del pastoreo, la agricultura o el comercio, sino una compleja trama de estas modalidades

de vida[11]. El imperio de pastores más conocido es el de Gengis Kan. Formado en el siglo XIII en campañas de conquista más espectaculares y duraderas que las de Alejandro Magno, el imperio mongol acabó dominando las estepas de Eurasia interior, casi todo Irán y toda China. Fue el primer sistema político que afectó a todas las regiones principales de Eurasia.

Las fronteras entre las civilizaciones agrarias y las comunidades de pastores han sido probablemente las más activas y complejas de todas las zonas fronterizas. En ellas, quizá más que en el resto del mundo, podemos ver las potentes sinergias intelectuales que podían generarse cuando comunidades de tecnología y modo de vida diferente intercambiaban ideas, mercancías y personas de manera habitual. Y estos intercambios hicieron de estas fronteras un poderoso motor de innovación en toda la zona mundial afroeuroasiática. Por ellas pasaron tecnologías nuevas, como las relacionadas con la equitación, la metalurgia y la guerra, así como ideas religiosas, el chamanismo, el budismo, el islamismo, el cristianismo. También transmitieron enfermedades, genes e idiomas. Las lenguas indoeuropeas, procedentes tal vez de la Rusia actual, llegaron hasta las fronteras de China, a la India, a Mesopotamia y a Europa, a hombros de pastores emigrantes. En los ejércitos de las civilizaciones agrarias solía haber unidades de caballería procedentes de las estepas. Y los jefes pastores, desde los partos hasta los mongoles, pasando por los selyúcidas, fundaron dinastías sólidas en las fronteras y luego avanzaron hacia las ciudades.

Las comunidades de cazadores-recolectores, basadas en el parentesco, más pequeñas y menos poderosas, estaban repartidas por gran parte de Siberia, por las costas del Ártico, en ciertos puntos de África, en gran parte de América del Norte, en gran parte de la mitad meridional de América del Sur y en la cuenca del Amazonas, y por toda Australia. Su forma de vida variaba mucho de una comunidad a otra y ninguna generalización haría justicia a esta diversidad. No tenemos más remedio que hacer una semblanza verbal de un solo grupo.

Los janty y los mansi vivían en Siberia occidental, al este de los Urales. Hablaban lenguas lejanamente emparentadas con el finés y el húngaro modernos. En el siglo XVII, que es cuando los comerciantes y los soldados moscovitas entraron en su territorio, su población ascendía probablemente a 16 000 individuos. (Moscovia tenía a la sazón alrededor de 10 millones de habitantes, lo que sirve para recordarnos las grandes diferencias demográficas que había entre las comunidades agrícolas y las de cazadores-recolectores). Según los relatos de los viajeros moscovitas, los janty y los mansi vivían sobre todo de la caza y la pesca. Pero también imitaban algunas técnicas de sus vecinos. Ciertos clanes del sur plantaban cebada y tenían ganado vacuno y caballar, mientras que algunos clanes del norte se dedicaban al pastoreo de renos, como sus vecinos los samoyedos. Su vestimenta exterior era de piel de reno y alce, curtida o sin curtir, aunque algunos clanes llevaban además plumas y pieles de pescado. Algunos del sur incluso tejían prendas de vestir con fibras vegetales. La mayor parte de los janty y los mansi vivía en campamentos de invierno de carácter semipermanente; en verano se mudaban a las tierras de caza y pesca, y allí vivían en tiendas construidas con corteza de abedul. Viajaban por los abundantes ríos de su tierra natal en canoas de corteza de abedul cuando hacía buen tiempo y en invierno con esquíes. Los moscovitas los consideraban militarmente peligrosos, a pesar de su escaso número, ya que utilizaban corazas metálicas, arcos y lanzas de hierro.

La siguiente descripción de su forma de vida fue escrita en 1675 por un embajador moscovita en China. Como ocurre con todos los relatos de los viajeros cultos de las civilizaciones agrarias, por ellos acabamos sabiendo casi tanto de quien escribe como de la sociedad descrita:

 

Todos los ostiakos [janty] capturan grandes cantidades de peces. Unos se los comen crudos, otros los secan

y los hierven, pero no conocen ni el pan ni la sal, nada salvo pescado y una raíz blanca llamada susak, de la

cual recogen una porción en verano, la secan y se la comen en invierno. No toleran el pan; si alguno lo come

hasta saciarse, muere. Viven en yurtas; y no pescan sólo para comer, sino para hacerse prendas de vestir con

la piel, y botas y gorros que cosen con los tendones del pescado. Tienen las embarcaciones más ligeras que

puedan hacerse, son de madera y en ellas caben cinco o seis hombres, incluso más. Siempre llevan consigo

arcos y flechas, para poder entrar en combate en cualquier momento. Tienen multitud de esposas, todas las

que quieren[12].

 

Al igual que los janty y los mansi, muchas comunidades de cazadores-recolectores tuvieron contactos apreciables con comunidades mayores, con las que intercambiaban tecnologías y mercancías. Algunos sistemas de intercambio tenían miles de años de antigüedad. Entre ellos estaba el tráfico de artículos árticos, como los colmillos de morsa y pieles preciosas, que vinculaba a las comunidades siberianas de cazadoresrecolectores con comunidades de agricultores o pastores situadas al oeste o al sur e, indirectamente, con las ciudades de zonas más meridionales aún. Las grandes poblaciones agrícolas de la vertiente occidental de los Andes comerciaban con las comunidades sin estado de la vertiente oriental en busca de artículos de prestigio como las plumas, la coca y las pieles de jaguar, o iban tras el oro de la cuenca del Amazonas utilizando sistemas de intercambio indirecto en el que había muchos intermediarios. Es posible que algunos cultivos adaptados de la zona occidental de América del Sur, como la batata y los cacahuetes, procedieran de las

selvas tropicales de la cuenca del Amazonas[13]. Estas relaciones comerciales permitían a veces a los jefes locales la construcción de sistemas políticos más poderosos de lo que habría sido posible por otros medios. Las confederaciones militares que se formaron en el noreste de América del Norte y en el sureste de Canadá en el siglo XVIII se consolidaron gracias a las armas y al licor que recibieron de Europa a cambio de pieles. No obstante, aunque estos intercambios tal vez parecieran equitativos al principio, a largo plazo resultaron perjudiciales para las comunidades indígenas. Las pieles incitaron al estado ruso a penetrar en Siberia, y los comerciantes franceses y británicos se adentraron en América del Norte con nefastas y perniciosas consecuencias para las muchas comunidades de cazadoresrecolectores y de horticultores con las que trataron.

Incluso la comunidad más perdida solía tener algún contacto con las comunidades agrícolas o practicaba alguna forma elemental de adaptación/domesticación. En siglos recientes, las comunidades de las costas noroccidentales de Australia recibían periódicamente la visita de comerciantes de las Célebes que cambiaban cristal, cerámica, tabaco y herramientas metálicas por el preciado cohombro de mar, que luego se vendía en el sureste asiático y en China como manjar y afrodisíaco.

De este modo y muchos otros, las comunidades de agricultores, de pastores y de cazadores-recolectores de uno y otro lado de las fronteras de las civilizaciones agrarias contribuían a perfilar su historia. Pero las relaciones de poder entre las civilizaciones agrarias y otras comunidades estuvieron mucho más equilibradas durante la mayor parte de la era agraria que en la era moderna. La heterogeneidad ecológica y cultural que podía encontrarse por todo el mundo habitado en el año 1000 d. C. fue una de las principales víctimas de la revolución moderna.

 

LA REVOLUCIÓN MODERNA

 

Muchos rasgos del mundo descrito más arriba llevaban existiendo desde hacía milenios; sin embargo, en el año 2000 d. C. casi todos habían desaparecido. El mundo de comienzos del siglo XXI es radicalmente distinto del mundo de hace setecientos u ochocientos años. La verdad es que las transformaciones causadas por la revolución moderna han sido tan omnímodas que cuesta recordar sectores de la vida que no se hayan transformado. Lo que sigue no es más que una lista de control de algunos de los cambios más importantes.

 

Crecimiento demográfico

El crecimiento demográfico se ha acelerado bruscamente, como se puede ver en la figura 11.1 o en la tabla 11.1. Un estudio realizado en 1960 para calcular la tendencia matemática de la población mundial en los últimos 2000 años llegó a la conclusión de que la demografía humana llegaría al infinito el viernes 13 de

noviembre de 2026[14]. Este cálculo (que llegó a llamarse «la ecuación del juicio final») nos recuerda que las tasas de crecimiento no se pueden sostener eternamente. En el año 1000 d. C., la población mundial era de unos 250 millones de habitantes. A finales del siglo XX se había multiplicado por 24 y llegaba a 6000 millones. Casi todo este crecimiento se produjo en la segunda mitad del II milenio. En 1500, la población mundial era de unos 460 millones; en 1800 era de 950 o, en cualquier caso, un poco inferior a 1000 millones; y en 1900 era de poco más de 1600 millones. En los ochocientos años transcurridos antes de 1800, la población se multiplicó por cuatro, mientras que en los dos siglos posteriores a 1800 se multiplicó por seis. En consecuencia, el tiempo de duplicación de la población mundial se redujo radicalmente, sobre todo en los dos últimos siglos (véase la tabla 6.3). Como se ve en la tabla 11.1, en los dos últimos la población creció en todo el mundo.

 

FIGURA 11.1. Población humana de 1000 a. C. al presente. Basado en la tabla 6.2.

 

La explosión demográfica que queda expuesta en la tabla 11.1 seguramente llegará a su techo en el siglo XXI. Aun así, es un fenómeno de trascendencia planetaria, porque ha afectado a la biosfera. En palabras de Lynn Margulis y Dorion

Sagan, los humanos se han convertido en «una especie de cizaña mamífera[15]». Carlo Cipolla comenta: «Al ver el diagrama que reflejaba el reciente crecimiento de la población mundial en una perspectiva de largo alcance, un biólogo dijo que le daba la impresión de estar viendo la curva de crecimiento de una población microbiana en un organismo repentinamente afectado por una enfermedad infecciosa. El hombre

“bacilo” se está apoderando del mundo[16]». Una especie numerosa, la nuestra, ha adquirido una capacidad sin precedentes de desviar los recursos del planeta para su propio provecho. Como hemos visto, los humanos explotan actualmente por lo menos la cuarta parte de la energía que entra en la biosfera por la luz solar y la fotosíntesis (véase la p. 140). No es de extrañar que el crecimiento de la población humana se haya producido mientras el número de especies restantes descendía bruscamente.

 

Maestría tecnológica

 

Un crecimiento demográfico sostenido presupone un aumento de los recursos que permitan alimentar, vestir y cuidar de la población humana. Pero un crecimiento tan rápido exige algo más que un aumento de la tierra disponible; también necesita mayor productividad, lo que supone el aumento de los ritmos de innovación ecológica y tecnológica. Así pues, el rápido crecimiento demográfico ha estado asociado a (y en realidad ha sido posible por) un asombroso despliegue de maestría tecnológica. La innovación ha dejado de ser esporádica u ocasional en los dos últimos siglos; se ha vuelto general y omnipresente. Y no hay indicios de que esta fiebre de innovaciones vaya a acabarse. Lejos de ello, el ritmo de innovación a finales del siglo XX era más rápido que nunca.

Las nuevas tecnologías han afectado directamente a las tendencias demográficas; han mejorado la calidad del conocimiento y de la atención médicos y han hecho que los recién nacidos y los adultos vivan más tiempo. Pero el impacto indirecto ha sido mayor, porque han elevado bruscamente la productividad tanto en la agricultura como en la industria. La productividad de la agricultura ha cruzado el umbral decisivo que permite que una minoría que trabaja la tierra pueda alimentar a la mayoría que no la trabaja (véase la figura 9.3). Los cambios han sido más espectaculares en la producción industrial. Como ha dicho David Landes en una influyente historia de la revolución industrial,

 

En ciertos sectores se han conseguido mejoras en la productividad elevándola en miles de veces, por

ejemplo en las máquinas y en el hilado [compárense los caballos con los reactores]. En otros sectores, las

mejoras han sido menos impresionantes, pero sólo relativamente: del orden de varios centenares de puntos en

la industria del tejido, la fundición del hierro o la fabricación de calzado. En otros sectores, sin embargo, ha

habido pocos cambios: por ejemplo, un hombre todavía tarda en afeitarse aproximadamente el mismo tiempo

que en el siglo XVIII[17].

 

En el sector textil, que fue probablemente el segundo más importante en la producción de bienes de consumo del mundo premoderno, las tradicionales hilanderas indostánicas, que trabajaban a mano, tardaban 50 000 horas en hilar 50 kilos de algodón; la maquinaria inventada en Gran Bretaña permitió reducir la cantidad de horas a 300 en la última década del siglo XVIII, y hacia 1830 bastaban 135

horas[18]. Las nuevas tecnologías transformaron también los métodos de intercambio de comunicación e información, posibilitando el aumento de la velocidad, la eficacia e incluso la extensión de las redes modernas de intercambio. Mientras que los mensajes del siglo XVIII viajaban a lo sumo a la velocidad de los barcos, o de los caballos que montaban los correos, el teléfono e Internet permiten hoy que millones de personas de cualquier punto del mundo se comuniquen de manera instantánea (véanse las tablas 10.3 y 10.4).

 

TABLA 11.1. POBLACIÓN MUNDIAL POR REGIONES, 400 A. C.-2000 D. C.

FUENTES: J. R. Biraben, «Essai sur l’évolution du nombre des hommes», Population 34 (1979), p. 16; las cifras

para 2000, aplicadas a áreas más o menos equivalentes, se basan en World Development Indicators, Banco

Mundial, Washington D. C., 2002, tabla 1.1, «Size of the Economy», pp. 18-20.

 

Es posible que lo más importante de todo sea que las nuevas tecnologías han permitido a los humanos como especie la transposición de un umbral ecológico decisivo por el que tienen acceso a vastas fuentes de energía no explotadas hasta ahora y mucho mayores que las procedentes de las plantas, los animales y otros humanos. Las sociedades humanas ya no necesitan esperar que la fuerza física humana o animal, o la leña, el viento y el agua satisfagan sus necesidades energéticas. Para no depender de estas fuentes de energía solar de extracción reciente, los humanos han empezado a explotar los vastos depósitos de la luz arcaica que se concentró en el carbón, en el petróleo y en el gas natural, motivo por el que no carece de lógica hablar de una «revolución de los combustibles fósiles». Aprender a utilizar el carbón y el petróleo para generar fuerza de vapor o electricidad ha sido como descubrir varios continentes preparados para la explotación humana. Como ha dicho Anthony Wrigley, para igualar con tecnología tradicional la energía extraída del carbón en Gran Bretaña alrededor de 1820 habría hecho falta un bosque con un área

superior a toda la tierra británica de pastos y de labor[19]. En términos generales, la cantidad de energía utilizada por las sociedades humanas se multiplicó por cinco en el siglo XIX y por dieciséis en el siglo XX. También aumentó el consumo de energía per

cápita, que se multiplicó por cuatro o por cinco en el siglo [20] XX . John McNeill

sostiene que «sin duda hemos utilizado más energía desde 1900 que en toda la

historia humana anterior[21]» (véase la tabla 6.1). En general, la revolución de los combustibles fósiles produjo una bonanza impresionante, multiplicó seguramente por cien la energía total disponible para los humanos y posibilitó proyectos como el transporte del grano al otro lado del mundo, proyectos que habrían sido impensables antes, porque no estaban disponibles las tecnologías necesarias y los costes energéticos habrían sido prohibitivos. Por primera vez, por lo menos en los países más industrializados, la energía era casi gratuita. En este sentido, la revolución moderna fue como otros episodios de la historia humana en que un recurso nuevo se vuelve tan abundante que durante un tiempo parece inagotable. Así como la tierra, la caza y otros recursos parecieron ilimitados a los humanos que llegaron por primera vez a América, Australia o Nueva Zelanda, y el agua cuando empezó a utilizarse el riego a gran escala, y la tierra y otros recursos a los europeos que llegaron a América y Australasia desde el siglo XVI en adelante, también fue una tentación pensar en la era del vapor, el carbón y el petróleo que los combustibles fósiles eran ilimitados y, efectivamente, gratuitos. El descubrimiento de recursos nuevos y abundantes suele estimular en todas las épocas el uso de métodos de explotación peligrosamente faltos de visión de futuro.

 

Aumento del poder político y militar

 

En relación con estos cambios demográficos y tecnológicos, ha habido transformaciones profundas en las estructuras sociales, políticas y militares. El volumen de recursos producidos por la economía moderna, más el nivel al que están concentradas en manos de minorías, nos da a entender que, aunque los estados modernos disponen de muchos más recursos que los premodernos, también tienen que defender mayores diferencias de riqueza y afrontar problemas organizativos infinitamente más complejos. A semejanza de las presas de los pantanos, su tamaño, su fuerza y su complejidad tienen que medirse en proporción con el volumen de recursos acumulados tras ellos. Los estados de todo el mundo han adquirido, desde la Revolución francesa, la capacidad de regular la vida cotidiana de los súbditos por medios inimaginables en épocas anteriores. En realidad, su capacidad para mantener a los súbditos dentro de una tupida malla de normas jurídicas y administrativas nos ayuda a comprender por qué recurren mucho menos a los métodos terroristas de gobierno que eran normales en la era de las civilizaciones agrarias. Pero además de poseer estas nuevas facultades, los estados modernos pueden desencadenar violencia a una escala que tampoco tiene precedentes, porque la producción de armamento también ha aumentado con rapidez, tanto que los humanos tienen hoy el poder, si quisieran, de destruirse a sí mismos y buena parte de la biosfera en cuestión de horas.

 

Transformación de las formas de vida

 

La vida personal se ha transformado. Al final de la era agraria, casi todas las familias vivían en el campo y se dedicaban a la agricultura de pequeña escala. Los pequeños cultivos han desaparecido ya en muchas regiones y en las restantes están desapareciendo. Los pocos cazadoresrecolectores que quedan viven actualmente en tierras por lo general periféricas y con la oposición de los estados; antes o después tendrán que integrarse en las modernas redes jurídicas y económicas que minan las estructuras culturales y económicas tradicionales. También el pastoreo se ha vuelto insignificante. En unos cuantos siglos, la revolución moderna ha destruido o reducido a la marginación formas de vida que habían estado vigentes durante miles de años.

En vez de vivir de la tierra y producir su propio sustento, pues no otra cosa ha significado trabajar para la mayoría de los humanos en casi toda su historia, las familias modernas típicas viven en medios urbanos donde obtienen ingresos con una forma u otra de trabajo asalariado y compran alimentos producidos por otros. En 1980, alrededor del 65 por 100 de la población de las economías más industrializadas vivía en las ciudades, y a nivel mundial alrededor del 38 por 100; es probable que los niveles globales de expansión urbana crucen el umbral simbólico del 50 por 100 en el

primer tramo del siglo [22] XXI . La familia sigue siendo en las ciudades una unidad

básica de consumo, pero ha dejado de ser una unidad fundamental de producción y la estructura básica en cuyo seno se hace vida social. La malla del parentesco se ha sustituido por la malla de la legislación estatal. Además, los nuevos métodos anticonceptivos, de criar a los niños, de educación y de asistencia social han producido una renegociación radical de los papeles de los sexos.

El sentido y la consistencia de la vida han cambiado. Se ha retrasado la muerte en las regiones ricas gracias a la mejor atención sanitaria. La esperanza de vida media en las regiones más ricas de finales del siglo XX era aproximadamente el doble de la que era común en las sociedades agrarias más prósperas, y quizá el triple de lo que era en las sociedades de la Edad de Piedra. En el año 2000 podía esperarse que un niño nacido en Burkina Faso vivera entre 40 y 45 años, otro nacido en la India entre 62 y 63, y otro nacido en Estados Unidos entre 74 y 80 (véase la tabla 14.4). Los modernos de las sociedades más ricas tienen acceso a un nivel de salud física inconcebible en las sociedades anteriores. Sin embargo, en muchos aspectos los modernos trabajan más que los campesinos y los cazadores-recolectores de las sociedades anteriores. Y con la aparición del concepto moderno del tiempo de los

relojes, trabajan de manera creciente a ritmos que no son los suyos[23]. Por si fuera poco, está menos claro con qué fin trabajan. Mientras que los miembros de las unidades agrícolas autosuficientes o de las hordas de cazadores-recolectores sabían muy bien cuál era el «sentido» del trabajo, porque estaba directamente relacionado con su subsistencia, la relación es menos directa en el caso de los hiperespecializados trabajadores de las empresas y sociedades anónimas modernas. Para bien o para mal, la decadencia de las redes de parentesco y de los papeles sociales tradicionales ha privado a los ciudadanos modernos de la identidad perfectamente definida que les daba un objetivo y un lugar en muchas sociedades tradicionales. Los grandes movimientos de personal, débase al tráfico de esclavos, a las migraciones masivas o a los desplazamientos forzosos, también han privado a muchos del sentido de lo colectivo que conocieron sus padres y sus abuelos.

En la actualidad, las relaciones personales son en general menos violentas en la mayoría de los países industrializados. En Inglaterra, por ejemplo, se cometen actualmente diez veces menos homicidios que hace ochocientos años y la mitad que hace trescientos. Este descenso se ha producido porque casi todos los estados modernos han desarmado a la población y monopolizado el uso de la violencia. Charles Tilly señala: «El desarme de la población civil se produjo en muchas pequeñas etapas: requisa general de armas al final de las revueltas, prohibición de los duelos, control de la producción de armas, implantación de los permisos privados de

tenencia de armas, limitación de las exhibiciones públicas de grupos armados[24]». Pero aunque son en general menos violentas, las relaciones personales en las modernas comunidades urbanas carecen de la intimidad y el sentido de la continuidad que tenían en casi todas las sociedades tradicionales. Son accidentales, anónimas y efímeras, y cada vez más. Estos cambios podrían ayudarnos a comprender la confusión de valores y significados que reina en la vida moderna, esa sutil y desorientadora mutación del carácter de la vida que el sociólogo Émile Durkheim llamó «anomia» a finales del siglo XIX.

El sociólogo alemán Norbert Elias ha defendido que estos cambios se han introducido en nuestra vida psíquica, y que las modernas formas de regular el trabajo y el tiempo, impuestas a través del mercado, han acabado por determinar nuestra conducta en las relaciones personales, los modales en la mesa y las actitudes ante la sexualidad. Según Elias, la «economía emocional» característica del mundo moderno surge de la relajación de las restricciones exteriores y de la intensificación de las restricciones interiores: «Las coacciones directamente resultantes de las amenazas con armas y con la fuerza física se reducen gradualmente […] y aumentan poco a poco las formas de dependencia que conducen a la regulación de los afectos

[sentimientos o emociones] bajo la forma de autodominio[25]». La interiorización de las nuevas formas de disciplina parece estar estrechamente relacionada con el concepto moderno del tiempo. Al crecer las poblaciones, y aumentar la proporción de personas que viven en centros urbanos, la planificación de las actividades diarias se ha orientado de manera paulatina hacia las actividades de otros humanos, en vez de ceñirse a los programas naturales del propio cuerpo, las estaciones, y el día y la noche. La creciente influencia de los calendarios y relojes modernos, y la aparición de convenciones como la línea del cambio de fecha y los husos horarios basados en la hora oficial de Greenwich (establecida en 1884), son los mejores ejemplos para ilustrar estos cambios, porque los calendarios y los relojes dan una medida exacta del tiempo social, aunque no del tiempo ecológico y el psíquico. Por consiguiente, señalan hasta qué punto han tenido los humanos que adaptar su conducta a una ecología que es social y no natural: una ecología cuyos elementos principales fueron creados por otros seres humanos. La revolución moderna ha permitido también el acceso de los consumidores a una gama mucho más amplia de sustancias que alteran la vida psíquica, un fenómeno que David Courtwright ha llamado «revolución

psicoactiva[26]». Estas sustancias, desde los opiáceos hasta el azúcar, pasando por el café y el té, han ayudado a millones de personas a soportar las exigencias e imperativos, en ocasiones rigurosos, de la vida moderna.

 

Nuevas modalidades de pensamiento

 

Las modalidades científicas de pensamiento características de la sociedad moderna han generado a la vez confianza y un distanciamiento generalizado. La ciencia moderna ha dado a los humanos un poder sin precedentes sobre el mundo natural. Pero su universo está dominado por fuerzas inanimadas y es un lugar muy diferente del mundo poblado de espíritus en que vivía casi todo el mundo antes de la era moderna. Los antiguos dioses han sido desterrados y el mundo de la sociedad moderna está regido por leyes científicas impersonales. La gravedad y la segunda ley de la termodinámica gobiernan hoy en lugar de los dioses y los demonios. Además, el conocimiento científico carece de la concreción y el sentido topológico de casi todos los sistemas premodernos de conocimiento, ya que se esfuerza por construir

generalizaciones válidas para todas las sociedades y todas las eras[27]. Un sistema así no puede ofrecer el consuelo ni la guía moral de las religiones tradicionales, aunque es más eficaz contribuyendo a la manipulación de nuestro medio material. Pero en un mundo tan poblado había que pagar un precio. Un sistema de conocimiento que manipula con eficacia el mundo material es exactamente lo que necesitamos. Sin un conocimiento así, probablemente no podríamos mantener una población de 6000 millones de personas.

 

Aceleración

 

La velocidad de estas transiciones es ya un rasgo característico, pues el ritmo del cambio ha aumentado también. En realidad, este cambio es tan decisivo que nos obliga a ver la revolución moderna como una revolución distinta de todas las anteriores. A diferencia de la transición a la agricultura, que se produjo región por región y tardó milenios, la transición a la revolución moderna ha sido prácticamente instantánea y ha durado sólo dos o tres siglos. Y se ha producido en un mundo interconectado en el que las innovaciones se difundían tan rápidamente que había poco espacio para la invención independiente. A una velocidad tan elevada, los umbrales decisivos sólo podían cruzarse una vez. Esta singularidad dio una gran ventaja a las regiones que se modernizaron antes y fue lo que hizo que casi todas las restantes comunidades experimentaran la transición a la modernidad como una imposición violenta de normas que venían de fuera, como un tremendo huracán social sobre el que tenían poco control. La rápida difusión del cambio explica que las formas adoptadas por la revolución moderna estuvieran tan influidas por las culturas de una parte del mundo, Europa. Claro que si Europa no hubiera ido en cabeza, podemos estar seguros de que no habría tardado en cruzar el mismo umbral cualquier otra parte del mundo.

 

TEORÍAS DE LA MODERNIDAD

 

¿Cómo explicaríamos estas asombrosas transformaciones? No hay todavía un acuerdo general sobre la naturaleza de la revolución moderna o de sus causas. Un siglo de detallada investigación histórica ha generado un fondo colosal de información sobre la historia moderna, en particular en Europa y Estados Unidos, pero no hay ni una sola teoría sobre el origen de la modernidad que haya recibido el beneplácito general. Por si no bastara con las dificultades causadas por esta falta de consenso y la portentosa masa de información e ideas, está además el hecho de que aún vivimos en la revolución moderna. No conocemos sus perfiles; quién sabe si dentro de unos siglos se verá claramente que en el año 2000 d. C. las transformaciones no habían hecho más que empezar. Podría suceder que incluso las definiciones más generales estuvieran totalmente equivocadas.

Un libro como éste no puede «resolver» el problema de la modernidad. Pero tenemos que esforzarnos por saber qué aspecto tiene esta revolución en la escala de la macrohistoria y desde el punto de vista de principios del siglo XXI. Si hay algo particular en el argumento que sigue es que ve la revolución moderna en el amplio contexto de la historia humana y planetaria, y no como un simple problema relativo a los últimos siglos y a ciertas regiones del mundo. Por lo tanto, su perspectiva es global, un rasgo que lo diferencia de muchas historias al uso. Las historias de la revolución moderna suelen partir de la suposición (tácita habitualmente) de que la modernidad fue fundada en Europa y por las sociedades europeas; de este modo dan a entender que explicar la modernidad equivale a estudiar la historia europea. Por desgracia, la hipótesis de la «excepcionalidad» de Europa ha frenado los análisis

comparados necesarios para averiguar si el argumento es válido o no[28]. Si la modernidad es, como sostengo, un fenómeno global, el enfoque eurocentrista acabará confundiéndonos sin remedio. Los historiadores interesados por la historia universal se han esforzado últimamente por entender la modernidad como un problema global

que pide una explicación global[29]. La versión que sigue no niega el destacado papel de Europa y el mundo atlántico en la revolución moderna, pero está construida dentro de los parámetros de la historia universal y se centra en los aspectos globales del problema.

 

Crecimiento demográfico e índices de innovación

 

Para aclarar algunos problemas que surgirán, correré el riesgo metodológico de empezar por el crecimiento demográfico. Sostengo que, si somos capaces de explicar la tremenda explosión demográfica de los dos o tres últimos siglos, deberíamos poder explicar asimismo muchos otros aspectos de la revolución moderna. Pero cualquier explicación del crecimiento demográfico nos conduce de inmediato al tema de la innovación. Un crecimiento demográfico rápido y sostenido debe comportar una aceleración de los ritmos de innovación. Así pues, en la base de cualquier explicación de la revolución moderna deben estar los cambiantes índices de innovación. Como ha dicho Joel Mokyr: «El cambio tecnológico […] explicó el crecimiento sostenido. No

fue la consecuencia del crecimiento económico, sino la causa[30]».

Por lo tanto, el problema es explicar la brusca aceleración global de las innovaciones, que es la clave de la revolución moderna. Ya hemos visto que la aceleración de las innovaciones está en cierto modo implícita en la idea de aprendizaje colectivo, de modo que la revolución moderna representa en realidad un cambio de velocidad en el ritmo del aprendizaje colectivo de los dos últimos siglos. Como ha señalado Daniel Headrick: «El conocimiento es causa y efecto del crecimiento económico, y la industria de la información ha sido la causa inicial de la

aceleración del cambio tecnológico de los últimos doscientos años[31]». Ya hemos visto algunos mecanismos que aceleraron o retrasaron los índices de innovación en eras anteriores y en diversas regiones del mundo, entre ellos el tamaño y la variedad de las redes de intercambio y la intensidad de los intercambios dentro de ellas. También comprenden el propio crecimiento demográfico, que no sólo aumenta el tamaño de las redes de intercambio, sino que además ejerce una presión más o menos ligera para aumentar la productividad en regiones de densidad demográfica alta. En la era de las civilizaciones agrarias, los estados y los intercambios comerciales funcionaron como fuentes de innovación. Pero también podían inhibir el desarrollo, al igual que la presión demográfica cuando tendía a la superpoblación o a la propagación de enfermedades. En consecuencia, estos factores de presión no podían generar, ni siquiera combinados, ritmos de innovación suficientemente acelerados para alcanzar los niveles potenciales del crecimiento demográfico. De ahí que hubiera hambrunas periódicas y ciclos malthusianos que determinaban los ritmos básicos de la historia humana en la era de las civilizaciones agrarias.

La característica más llamativa de las innovaciones de los dos últimos siglos es que por vez primera han sido tan rápidas y sostenidas que los niveles de productividad han ido a la velocidad del crecimiento demográfico y en algunos aspectos lo han sobrepasado. En realidad, como veremos más abajo, los ritmos a gran escala de la historia moderna están menos determinados por los ciclos malthusianos, que eran consecuencia de una productividad insuficiente, que por los ciclos económicos, generados por la superproducción. Ni que decir tiene que ha habido muchos casos de hambre regional, a veces devastadora, pero la producción de alimentos a escala global ha estado más que a la altura del crecimiento demográfico, lo cual es precisamente el motivo de que la población haya aumentado tan aprisa. Y lo que es válido para la producción de alimentos es también válido para la producción en otros sectores, desde la ropa y la vivienda hasta la energía y el armamento, pasando por los bienes de consumo en general. Lo que tenemos que explicar es este brusco aumento global del ritmo de aprendizaje colectivo, los índices de innovación y los niveles de productividad.

 

Detonantes posibles

 

Podemos aclarar las opciones enumerando algunos de los detonantes que se han propuesto para explicar la revolución moderna. La enjundiosa tradición de la

investigación académica ha presentado varios candidatos prometedores[32]. Por lo general se han empleado para situar a Europa en el mundo moderno. Pero en principio deberían ser igualmente válidos a escala global.

 

Teorías demográficas. Ciertas teorías demográficas (por lo general relacionadas con las investigaciones de Ester Boserup) recurren ampliamente a la presión demográfica

para explicar el aumento de los ritmos de innovación[33]. Ya hemos visto que el crecimiento demográfico obligó a la innovación durante toda la era agraria. Y no es menos cierto que cuando se combinaba con el auge del comercio, el crecimiento demográfico hacía a veces de acicate, aumentando la mano de obra y también la demanda. Por ejemplo, en la Gran Bretaña del siglo XVIII, la creciente demanda de leña y madera para la construcción y la industria condujo a la deforestación, que a su vez obligó a buscar mejores formas de aprovechar los combustibles alternativos. Y algunos inventos clave de la revolución industrial británica, como la máquina de vapor alimentada con carbón y los métodos de trabajar el hierro con carbón en vez de con madera, pueden entenderse como una respuesta a esta presión.

Sin embargo, la presión demográfica por sí sola explica únicamente una parte pequeña de la brusca aceleración de los ritmos de crecimiento que es característica de la era moderna. El inconveniente es que la presión demográfica ha generado pocas veces las innovaciones que se necesitaban y la población, en consecuencia, se ha muerto de hambre o se ha apañado sin ellas. Al fin y al cabo, Gran Bretaña no fue el único país que anduvo escaso de madera y el problema habría podido ser peor en

otros lugares, por ejemplo en China[34]. La necesidad no siempre es la madre de la invención.

 

Teorías geográficas. Las teorías geográficas se basan sobre todo en los rasgos geográficos concretos para explicar los crecientes índices de innovación. Por ejemplo, durante la revolución industrial, Gran Bretaña pudo sustituir la madera por el carbón únicamente porque tenía depósitos abundantes y accesibles. E. A. Wrigley ha utilizado estas observaciones para defender un argumento que apela a rasgos geográficos «contingentes» para explicar el papel excepcional de Europa en la

revolución moderna[35]. Los que se acogen a estas teorías señalan que había regiones del mundo con población elevada y altos niveles de productividad y comercio; es posible, pues, que las circunstancias geográficas, como la situación del carbón o la proximidad relativa del norte y el sur de América, sean lo que mejor explique las diferencias entre la trayectoria de Europa y, por ejemplo, la de China, en los siglos XIX y XX.

Los rasgos geográficos de esta índole son indiscutiblemente importantes y tendrán un papel destacado en la descripción que presento más abajo, pero por sí solos explican poco, sencillamente porque siempre estuvieron allí. Las oportunidades para cambiar no garantizan que se vaya a producir el cambio. En realidad, los metalúrgicos británicos llevaban dos siglos tratando de utilizar el carbón, hasta que Abraham Darby, a principios del siglo XVIII, les enseñó a utilizar el coque. Como dice Mokyr, los factores geográficos de esta índole pueden condicionar el cambio, pero no

son [36] causa fundamental del cambio. Lo que hay que explicar es por qué factores geográficos como la presencia del carbón empezaron de súbito a ser explotados con más eficacia, un cometido que nos estimula a buscar rasgos característicos en la historia intelectual, económica y social de las modernas sociedades industriales.

 

Teorías idealistas. Hay otras teorías que podrían calificarse de idealistas. Sostienen que las formas de pensar influyen en los índices de innovación. Las teorías más sencillas de este grupo explican la revolución moderna diciendo que es el resultado de una ola continua de inventos. T. S. Ashton caricaturizó esta explicación en un resumen propio de una redacción escolar sobre el tema: «Una ola de artilugios inundó

Inglaterra hacia 1760[37]». Naturalmente, en un sentido elemental, estas teorías son correctas. La cantidad de innovaciones aumentó y cada innovación contribuyó a elevar el nivel general de la productividad. El problema, patente incluso en las variantes más complejas de esta teoría, sin olvidarnos de la versión del propio

Ashton[38], es que no pueden explicar por qué el ritmo de las innovaciones creció como creció y en el momento en que creció. ¿Por qué tantas innovaciones? ¿Por qué tanto interés por las tecnologías y las técnicas materiales más productivas o eficientes? ¿Por qué entonces y por qué allí?

Las teorías idealistas más sutiles proponen que los cambios más profundos en las actitudes y los métodos de pensamiento fomentaron nuevos métodos comerciales y tecnológicos. El exponente más célebre de este enfoque (del que el autor renegó luego, por lo menos en parte) es el clásico de Max Weber sobre las relaciones entre el capitalismo y el protestantismo, que apareció en 1904-1905. Weber sostenía que el protestantismo, a diferencia del catolicismo, encarnaba una ética de trabajo denodado, ahorro y racionalidad que estimuló a los individuos emprendedores a ahorrar e

inventar por nuevos medios[39]. Pero estas teorías son difíciles de sostener. Las religiones no son monolitos: al igual que todos los sistemas de pensamiento, son suficientemente complejas, polifacéticas y maleables para adaptarse a ambientes muy distintos. El budismo, el islamismo, el confucianismo e incluso el catolicismo han fomentado en algún momento de su historia algunas de las cualidades que Weber relacionaba con el protestantismo y el capitalismo. La «libertad» (sobre todo de empresa) se ha presentado a menudo como detonante decisivo de las innovaciones; lo mismo se ha hecho con el «surgimiento de la ciencia». Pero el problema que también tienen estos argumentos es que han de explicar por qué y de qué manera adquirieron

de repente tanto protagonismo estos factores concretos[40]. Incluso las teorías idealistas más minuciosas tienen dificultades para explicar por qué tuvieron que cambiar las actitudes de un modo tan decisivo en un período concreto de la historia humana. Si el protestantismo condujo a la ciencia, a la racionalidad o a la modernidad, ¿qué condujo hasta el protestantismo? Es indudable que los cambios producidos en las actitudes explican en buena medida la aceleración del ritmo de las innovaciones, pero son síntomas de algo más profundo, no motores de cambio independientes.

 

Teorías comerciales. Otro puñado de teorías se concentra en el papel de los intercambios comerciales. Los historiadores de la economía, que trabajan dentro de una tradición que se remonta a los escritos de Adam Smith, han destacado el papel de las crecientes redes de intercambio comercial. Smith sostenía que los índices de innovación estaban directamente relacionados con los niveles de comercialización. El capítulo I de La riqueza de las naciones (1776) empieza: «La importantísima mejora conseguida en la capacidad productiva del trabajo y los principales aspectos de la habilidad, la destreza y el juicio con que éste se dirige o aplica parecen haber sido consecuencias de la división del trabajo». En otras palabras, la especialización elevó la productividad. Pero Smith explicaba el aumento de la especialización en cuanto tal como una consecuencia de la aparición del mercado. El capítulo 2 empieza: «Esta división del trabajo, de la que tantos beneficios se derivan, no es en su primer momento un resultado de la perspicacia humana, que prevé y aspira a esa opulencia general a la que da ocasión. Es la consecuencia, inevitable aunque muy lenta y gradual, de cierta tendencia de la naturaleza humana que no se propone un beneficio

tan amplio: es la tendencia a cambiar una cosa por otra[41]». Conforme se expanden las redes de intercambio, las importaciones baratas competirán con los fabricantes locales más caros y les obligarán a especializarse más, para que puedan producir con más eficacia, o a concentrarse en productos que puedan producir más eficazmente. De este modo, las grandes redes de intercambio se encargan de que los métodos más productivos acaben siendo los más usados. Además, donde los mercados son amplios, los individuos pueden permitirse una especialización más estricta, porque hay clientela suficiente para vivir del oficio especializado (véase la figura 11.2). El capítulo 3 de La riqueza de las naciones explica ya en el título la relación entre los mercados y la división del trabajo: «Que la división del trabajo está limitada por las dimensiones del mercado». En otras palabras, la expansión de las redes de intercambio fomentó la especialización, la cual fomentó la innovación en las técnicas

productivas, un crecimiento especial que podríamos llamar [42] smithiano.

Como se ha sostenido en el capítulo anterior, hay una clara y profunda relación entre la expansión de las redes comerciales, el aumento de la especialización y el aumento de los ritmos de innovación. En general, la actividad comercial (es decir, la producción de ingresos por medio de intercambios relativamente consensuados en los que la coacción no es el factor dominante) tiende a fomentar la innovación más que la exacción (la obtención de ingresos por medio de intercambios dominados por la amenaza de la coacción), porque los que generan ingresos comerciales tienen que compensar con la eficacia lo que les falta en capacidad de coacción. Pero ya hemos visto que esta regla tiene muchas excepciones; los exactores están a veces interesados por las innovaciones que aumentan la eficacia y los comerciantes no han sido nunca reacios al empleo de la fuerza cuando pueden salir airosos. Además, la naturaleza de casi todos los estados premodernos da a entender que en las civilizaciones agrarias la exacción generaba por regla general más riqueza y ciertamente más poder que los intercambios comerciales. Esta diferencia nos ayuda a entender lo que al principio pudo parecernos desconcertante: que aunque las redes comerciales son tan antiguas como las civilizaciones agrarias, su influencia sobre los índices de innovación ha estado limitada hasta los dos o tres últimos siglos. Entonces, ¿por qué los intercambios comerciales se han vuelto tan importantes en la era moderna? ¿Han llegado a algún umbral crítico? Y si éste es el caso, ¿cómo lo describiríamos? Para explicar la modernidad tenemos que explicar cómo y por qué han cambiado en los últimos siglos el papel y el significado de los mercados.

 

FIGURA 11.2. Fábrica de alfileres del siglo XVIII. Adam Smith utilizó la fábrica de alfileres como ejemplo que

ilustraba los beneficios de la división del trabajo. Tomado de Joel Mokyr, The Lever of Riches: Technological

Creativity and Economic Progress, Oxford University Press, Oxford, 1992, p. 78; original de René-Antoine

Ferchault de Réamur, L’Art de l’épinglier, 1762.

 

Una solución frecuente (vinculada a menudo a las teorías idealistas de la modernidad) ha sido sostener que Europa estaba insólitamente comercializada y que los mercados europeos eran insólitamente vigorosos. El problema de estos argumentos es que la investigación reciente ha puesto de manifiesto que todavía a finales del siglo XVIII, los niveles generales de comercialización e incluso de productividad en general eran probablemente tan altos en China, Japón y el norte de la India como en Europa, y que sólo en el mundo atlántico empezaron a crecer los índices de innovación en el siglo XIX. André Gunder Frank ha sostenido recientemente que las economías asiáticas eran las de más población, y las mayores y más productivas todavía en 1750 e incluso en 1800. En realidad sostiene que es posible que los ingresos per cápita fueran más elevados en China que en Europa

todavía en 1800[43].

 

Teorías sobre la estructura social. Sin embargo, al reducir la excepcionalidad europea se vuelve muy difícil explicar la diferente trayectoria de estas regiones en el siglo XIX. La respuesta que ha tenido más protagonismo en los debates al respecto por lo menos desde los tiempos de Karl Marx es que, aunque Europa occidental no destaque en 1800 desde la perspectiva smithiana, es un caso notable desde el punto de vista institucional y social. Esta idea es característica de otro enfoque posible a la hora de explicar la subida de los índices de innovación. Las teorías sobre las estructuras sociales sostienen que éstas afectan a los índices de innovación de diversas maneras. En general, dicen que la capacidad del comercio para elevar la productividad puede transformarse conforme los grupos sociales poderosos pasan a depender más de los intercambios comerciales que de los tributarios. En los capítulos anteriores hemos recurrido a estos argumentos para comentar por qué los niveles de innovación tendían a ser bajos en las sociedades organizadas por el parentesco y por qué las estructuras de los estados exactores estimulaban la innovación, pero de manera equívoca y con titubeos. Una explicación de la modernidad que se base en la estructura social debe demostrar que surgieron nuevas estructuras sociales que dieron un impulso más poderoso a la innovación. Estas teorías deben mucho a Marx, que llamó «capitalismo» a la estructura social característica de la modernidad. Marx sostuvo en El capital que la generalización de los intercambios que es característica del capitalismo fomenta una sinergia tecnológica nueva y singularmente poderosa, cuyas propiedades analizó con todo lujo de detalles. El resumen simplificado que sigue se basa en la idea marxiana de los «modos de producción» según la versión

modificada de Eric Wolf[44].

El marxismo no está de moda en la actualidad; en realidad, algunos han afirmado que fue «rebatido» por el hundimiento del socialismo en la década de 1980, y lo cierto es que gran parte del pensamiento de Marx está hoy anticuado. Sin embargo, creo, al igual que Anthony Giddens, que el análisis marxiano del capitalismo «sigue siendo la herramienta imprescindible de todo intento de comprender las gigantescas

transformaciones que han sacudido el mundo desde el siglo XVIII[45]». Según Marx, los «modos de producción» determinan modelos de sociedad cuyas formas de vida y cuyas tecnologías están relacionadas con las estructuras sociales concretas. Ya hemos empleado los modos de producción de Wolf relacionados con la organización por parentesco y la exacción. Aquí analizaremos con más detalle el modo de producción capitalista. En estado ideal tiene tres componentes principales: a) la clase dominante de los empresarios o «capitalistas» que son propietarios de los medios de producción (es decir, el capital) y los utilizan para generar beneficios comerciales que financien su forma de vida privilegiada; b) la clase de los que, a diferencia de los campesinos, no tienen acceso a la propiedad productiva y, por lo tanto, sólo pueden sobrevivir vendiendo su fuerza de trabajo, convirtiéndose así en la clase de los asalariados o «proletarios»; y c) mercados competitivos que relacionan estos dos grupos por medio de intercambios comerciales regidos por fuerzas de mercado y no por la coacción jurídica o física. En un mundo capitalista ideal, los grupos privilegiados están compuestos básicamente por capitalistas y el resto de la población por proletarios, y casi todos los intercambios pasan por el mercado.

En un mundo así, la riqueza, por definición, se reparte de un modo más desigual que en el mundo de las exacciones, porque la mayoría de los proletarios no tiene acceso directo a recursos productivos como la tierra. Hablando en términos generales, es esta acentuada diferencia de riqueza lo que explica el asombroso dinamismo del capitalismo, del mismo modo que la gran diferencia térmica que hay entre el Sol y el espacio que lo rodea desencadena complejos procesos en la Tierra. Las grandes desigualdades del capitalismo nos ayudan a entender por qué para movilizar los recursos no se recurre ya en primera instancia a la violencia o a la amenaza, como en las sociedades exactoras. Por el contrario, los estados recurren a la fuerza sobre todo para mantener las estructuras de la ley y la propiedad que protegen la concentración de riqueza. Es la acentuación de la diferencia lo que mueve la riqueza con tanta eficacia en las sociedades capitalistas y lo que permite que entendamos por qué los estados modernos, paradójicamente, han de ser mucho mayores y más complejos que los estados del mundo de la exacción.

¿Por qué fomentan la innovación estas estructuras? El meollo del argumento es que las dos clases sociales principales están en entornos que las obligan a innovar de manera continua e interminable. Así como los cambios ecológicos obligan a las especies a evolucionar aprisa en períodos de cambio ambiental rápido como las glaciaciones, la nueva y cambiante ecología social del capitalismo obliga a los humanos de todas las clases a adaptarse buscando sin cesar nuevas formas de funcionamiento. De este modo, las estructuras del capitalismo condujeron a la producción de comportamientos nuevos que movilizaron la capacidad innovadora por medios revolucionarios.

El argumento de Marx difiere poco en este punto del de los economistas ortodoxos. En un mundo de empresarios, mercados competitivos y asalariados, tanto los primeros como los últimos tienen que buscar innovaciones para sobrevivir. Los empresarios porque, en los mercados competitivos, la mejor estrategia a largo plazo siempre será abaratar los costes de producción y, por lo tanto, de venta, y para instrumentalizar una estrategia así hay que introducir innovaciones que abaraten los costes en la producción, el transporte y la gestión. A semejanza de la evolución en el mundo no humano, el proceso es infinito, porque los competidores imitarán de inmediato a los innovadores y de este modo la innovación empresarial se volverá general, constante y en aceleración continua.

También los asalariados tienen que buscar formas de mejorar la productividad. En tanto que vendedores de fuerza de trabajo, compiten con otros asalariados. Para encontrar compradores tienen que ofrecer un trabajo que sea más productivo y más barato que el de los rivales potenciales. La dinámica de la competencia garantiza también aquí que la productividad del trabajo aumentará de manera sistemática. Estas leyes aclaran la vieja paradoja de que «el látigo económico» del capitalismo —como llamaba León Trotski a la amenaza del desempleo— sea un instrumento mucho más eficaz para aumentar la productividad del trabajo que el látigo del esclavo o el siervo. Los amos no pueden permitirse el lujo de que los esclavos o los siervos pasen hambre, pero tampoco tienen ningún aliciente para darles una calidad de vida elevada. Un sistema así no puede fomentar la creatividad del trabajador. Sin embargo, los empresarios capitalistas no son propietarios de sus trabajadores y no tienen necesidad de protegerlos del hambre o la pobreza. En realidad, tenderán a ver en el desempleo y en la pobreza saludables incentivos para trabajar con más ahínco. Así que es el propio trabajador el que tiene que procurar que su trabajo sea suficientemente productivo para encontrar un comprador. Por este medio, el látigo económico puede fomentar una autodisciplina sincera e incluso creativa, mientras que el látigo del capataz no puede fomentar más que conformismo a regañadientes. El capitalismo genera una disciplina que afecta al intelecto, al psiquismo y al cuerpo de los asalariados con una fuerza que no estaba al alcance de los métodos característicos, más directos y brutales, de las sociedades exactoras. Es como si las estructuras del capitalismo obligaran a los individuos a cargar otro software en el cerebro. O, por recurrir a otra metáfora, como si las estructuras del capitalismo llenasen la cabeza de las personas con motivaciones y significados (o «memes», en el lenguaje de Richard

Dawkins) completamente nuevos[46].

Es un modelo de sociedad en el que la innovación es infinita, porque las dos grandes clases de la sociedad se encuentran en una cinta móvil de productividad creciente. Las teorías de la modernidad basadas en la estructura social dan a entender que si explicamos cómo y por qué se adaptaron las sociedades modernas a este modelo ideal, habremos explicado una parte importante de la revolución moderna.

Pero también aquí hay problemas. La investigación reciente da a entender que ya no es tan fácil como antes señalar las diferencias entre una Europa capitalista y una China o una India no capitalistas. En gran parte de Asia oriental era corriente el trabajo asalariado, lo mismo que la producción capitalista. Kenneth Pomeranz y R. Bin Wong han expuesto en sendos estudios comparados que los niveles del desarrollo capitalista en China y Europa occidental eran tan parecidos que ya no se puede explicar la revolución industrial remitiéndose únicamente a los elevados

niveles del capitalismo europeo[47]. Es tanto el parecido que los dos autores nos dejan con la impresión de que el paso al crecimiento acelerado, que fue decisivo en la historia de la era moderna, puso en marcha unas cuantas diferencias contingentes, por ejemplo la distribución del carbón.

En los dos capítulos siguientes trataré de explicar los modernos índices de innovación, introduciendo algunos de los detonantes que hemos repasado y añadiendo otro.

 

Escala y sinergia de las redes de intercambio. En el capítulo 7 he sostenido que los índices de innovación, en las escalas grandes, estaban determinados por el tamaño y la heterogeneidad de las redes de información. Con esto quiero decir que la escala por sí misma y la variedad de las interacciones podrían haber sido un poderoso determinante de los cambiantes índices de innovación. En los capítulos 12 y 13 expondré que el aumento brusco de la escala y la variedad de los intercambios de información a comienzos del período moderno podría haber dado un fuerte empujón a algunos procesos de aprendizaje colectivo, sobre todo en las regiones axiales, que era donde estos intercambios estaban más concentrados y eran más diversos. Pero envolveré la sugerencia en una argumentación que hablará de otros detonantes, conocidos en la literatura sobre el origen de la modernidad. Primero describiré algunos factores que intervinieron en la aceleración del ritmo de innovaciones en general. Luego explicaré por qué la aceleración se vio en Europa antes que en otros sitios. Por si alguien necesita orientarse, presento una versión algo esquemática de mi argumentación.

 

• Explicación global del crecimiento de los índices de innovación.

Acumulación. Los procesos de acumulación desarrollados sobre todo en la zona afroeuroasiática en el curso de varios milenios habían creado ciertas regiones en que la innovación había llegado hasta donde podía llegar en el marco exactor tradicional de la era de las civilizaciones agrarias. En el siglo XVIII, estas regiones comprendían China, Japón, partes de la India y

partes de Europa occidental [48]. Redes de intercambio en expansión. La creación de un sistema global de intercambios a partir del siglo XVI dio un repentino y decisivo impulso a los procesos globales de aprendizaje colectivo y comercialización. Las redes de intercambio de información ampliadas abrieron nuevas posibilidades para la innovación que contribuyeron a romper el techo tecnológico alcanzado en las regiones con mayor densidad de población. A consecuencia de este cambio, la cantidad y variedad de la información que se intercambiaba aumentaron bruscamente, lo mismo que la velocidad a la que circulaba, produciéndose así una notable expansión de las reservas de conocimiento que podían aprovechar las sociedades de todo el mundo. El aumento de los intercambios comerciales disparó asimismo la actividad comercial, acelerando los procesos de innovación que conocemos por las versiones de la modernidad según Smith y Marx.

 

• Explicación del papel excepcional de Europa en la revolución moderna.

Nueva tipología del intercambio. Unas cuantas sociedades estaban bien situadas geográficamente para sacar provecho de la brusca aceleración de los procesos globales de aprendizaje colectivo. La aparición de un sistema global de intercambios de información modificó la topología de las redes de intercambio a gran escala. Las costas atlánticas del continente euroasiático, que hasta entonces habían sido la periferia de las redes afroeuroasiáticas de intercambio, se encontraron de súbito en el eje de las redes de intercambio nuevas y de alcance global. Europa y luego la costa atlántica de América del Norte fueron el primer eje de un nuevo sistema mundial, aunque su centro de gravedad estuviera durante mucho tiempo en la India y China. El volumen de intercambios siguió siendo mayor en Asia oriental hasta bien entrado el siglo XIX, aunque por Europa y la zona atlántica circulaba ya una

variedad más amplia de ideas, mercancías, riqueza y tecnologías[49]. Esta

topología reorganizada dio a Europa occidental una prioridad comercial e intelectual llovida del cielo. Al mismo tiempo, Mesopotamia, que durante milenios había sido el eje de las redes euroasiáticas de intercambio, perdió importancia de súbito en el nuevo sistema de intercambios globales. Estos cambios en la topología de las redes globales de intercambio dieron a

Europa ciertas ventajas importantes[50]. Desde este punto de vista, la modernidad no es algo que comenzó en Europa y se difundió por otras regiones del mundo, sino el resultado de varios procesos globales que asignaron a las costas del Atlántico norte un papel radicalmente nuevo. Predisposición europea. Pero ¿por qué estaba Europa en condiciones de aprovechar estas ventajas inesperadas? Porque sólo Europa tenía tanto una posición central en el sistema mundial en ciernes como un nivel de comercialización elevado. Las ventajas de Europa no se debieron a una simple cuestión de buena suerte geográfica. Por el contrario, las sociedades de Europa occidental estaban, en buena medida, predispuestas a aprovechar las oportunidades creadas en las nuevas redes globales de intercambio. Las estructuras sociales, políticas y económicas de muchas regiones de Europa occidental permitieron que Europa aprovechara los nuevos sistemas de intercambio que aparecieron con la formación de una red global de intercambios, punto en el que volveré a hablar de argumentos más conocidos sobre algunos rasgos excepcionales de la historia europea. Como ha dicho Wong en el interesante estudio en que compara la China y la Europa occidental de comienzos de la edad moderna, «la economía política europea no creó la industrialización y tampoco estaba especialmente diseñada para fomentar la industrialización. Antes bien, la economía política europea creó una serie de instituciones aptas para fomentar la

industrialización en cuanto ésta apareciese[51]».

 

RESUMEN

 

El mundo se ha transformado en los dos o tres últimos siglos. El cometido de los dos capítulos siguientes será explicar esta transición, recurriendo a la estrategia descrita en este capítulo. Me centro en el crecimiento demográfico, con la esperanza de que una explicación satisfactoria del asombroso crecimiento demográfico de los tiempos modernos contribuya a explicar por qué y cómo han aprendido los humanos a extraer de su entorno los colosales recursos necesarios para alimentar poblaciones de miles de millones. Esto quiere decir explicar el asombroso aumento de la innovación y la productividad que es propio del mundo moderno.

Ha habido muchos intentos de explicar el revolucionario aumento de las innovaciones que es fundamental para entender la revolución moderna. Cada una se centra en una causa diferente, la presión demográfica, los factores geográficos, la evolución de las ideas, la expansión de los mercados y las redes de intercambio, cambios en las estructuras sociales, etc. La versión de la revolución moderna que presento en los capítulos siguientes recurrirá a algunos de estos elementos, aunque se concentrará sobre todo en la cambiante topología de las redes de intercambio y en los cambios producidos en las estructuras sociales. Sostendré que la aparición de una red global de intercambios fomentó de un modo poderosísimo la actividad comercial y la innovación ecológica en todo el mundo. La ampliación de la escala de los intercambios de información en una red global de información disparó los índices de la innovación ecológica, mientras que el aumento de los intercambios comerciales aceleró las innovaciones identificadas en los modelos de la modernidad de Smith y Marx. De súbito Europa apareció en el sistema global, como una nueva región axial, por lo que estuvo bien situada para aprovechar las extraordinarias oportunidades comerciales creadas en el nuevo sistema global. Pero sostendré asimismo que las instituciones sociales y económicas de Europa contribuyeron a que aprovechara su afortunada situación en la nueva red global de intercambios.

 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

Explaining Long-Term Economic Change (1991) de J. L. Anderson es una introducción competente a la bibliografía teórica. Entre los más importantes estudios recientes están Anthony Giddens, A Contemporary Critique of Historical Materialism 2 (1995); Joel Mokyr, La balanza de la riqueza (1990); y E. A. Wrigley, Cambio, continuidad y azar (1988) y Gentes, ciudades y riqueza (1987). El milagro europeo (1987) y Crecimiento recurrente (1988) de E. L. Jones son clásicos que han suscitado gran polémica sobre el origen del mundo moderno. André Gunder Frank, ReOrient (1998); Kenneth Pomeranz, The Great Divergence (2000); y R. Bin Wong, China Transformed (1997) nos recuerdan el atraso y la debilidad relativos de Europa antes de 1800 y en consecuencia desmienten las teorías, populares antaño, que remontaban la modernidad a la Europa medieval. Estas obras ponen de manifiesto hasta qué punto la revolución moderna fue el resultado de procesos globales. Margaret Jacob, The Cultural Meaning of the Scientific Revolution (1998) ha tenido mucha influencia por introducir el papel de la revolución científica en la explicación del origen de la modernidad en Europa; Charles Tilly, Coerción, capital y los estados europeos: 990-1992 (1992, ed. revisada) es la historia más general que se ha escrito sobre la modernización del sistema estatal europeo. Eric Wolf, Europa y la gente sin historia (1982) nos recuerda el papel crucial que han desempeñado en la historia moderna los pueblos sin estructuras estatales. Además de estos libros hay una amplia literatura sobre aspectos concretos del «origen del mundo moderno», parte de la cual se citará al final de los dos capítulos que siguen.