Mapas del tiempo

David Christian · Capítulo 17 de 20

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Capítulo 14. La gran aceleración del siglo XX

Capítulo 14

LA GRAN ACELERACIÓN DEL SIGLO XX

 

Si tuviera que resumir el siglo XX, diría que despertó las mayores esperanzas que ha concebido la humanidad y destruyó todas las ilusiones e ideales.

YEHUDI MENUHIN

 

LA ACELERACIÓN

 

Tenemos tan cerca el siglo XX que probablemente creemos que lo conocemos. Pero en algunos aspectos es más difícil de entender que las demás épocas repasadas en este libro. El siglo XX, entre todos los períodos de la historia humana, podría ser el más difícil de percibir en la amplia perspectiva de la gran historia. Desconocemos lo que habrá dentro de unos siglos. Según dice Eric Hobsbawm en Historia del siglo XX: 1914-1991 (1994), una historia soberbia del «breve» siglo XX, sus rasgos más destacados son las guerras mundiales de la primera mitad del siglo, la Gran Depresión, la experiencia comunista, la descolonización y, sobre todo, el largo período de prosperidad que siguió a la segunda guerra mundial. Pero a la escala de la gran historia destacan otros rasgos. Los más asombrosos son los que se refieren a los cambios acaecidos en las relaciones entre los humanos y la biosfera. En una reciente historia ecológica del siglo, John McNeill ha sostenido que «la raza humana, sin proponérselo siquiera, ha sometido a la tierra a un gigantesco experimento incontrolado. Creo que con el tiempo acabará considerándose el aspecto más importante de la historia del siglo XX, más que la segunda guerra mundial, la aventura comunista, el auge de la educación de masas, la difusión de la democracia y la

reciente emancipación de las mujeres[1]».

El presente capítulo se centrará en la brusca aceleración experimentada por el ritmo y la escala del cambio en el siglo XX. El alcance total de la revolución moderna no empezó a manifestarse hasta este siglo. El cambio se aceleró tanto y fueron tan universales sus ramificaciones que en realidad estamos en una etapa radicalmente nueva de la historia humana y de la historia de las relaciones de los humanos con otras especies y con la Tierra. No sería exagerado decir que el siglo XX inaugura un momento decisivo en la historia de la biosfera.

A escala cosmológica, los cambios se producen fundamentalmente en el majestuoso discurrir de millones e incluso miles de millones de años. En el reino de la biología, donde el ritmo viene dado por la selección natural, las alteraciones trascendentes se producen a escalas que oscilan entre varios milenios y varios millones de años. En la historia humana, determinada de manera creciente por el cambio cultural, el ritmo es más rápido. Los cambios importantes del Paleolítico tardaron en producirse muchos milenios. Las sociedades agrarias, con un dinamismo demográfico mayor, redujeron la escala, y la historia total de las sociedades agrarias cupo en un período de sólo diez mil años, mientras que la de las civilizaciones agrarias no duró más que la mitad. El extraordinario dinamismo de la revolución moderna ha acelerado otra vez el paso del cambio histórico global. Es como si el tiempo se hubiera comprimido en el siglo XX.

Nuestro sentido del espacio ha sufrido asimismo una revolución a causa de las modernas formas de transporte y comunicaciones, desde los viajes aéreos hasta Internet. No es sólo que los telescopios lleguen casi al límite del universo y al comienzo del tiempo. La información y el dinero pueden desplazarse alrededor del globo de manera prácticamente instantánea y las personas pueden viajar casi con la misma rapidez. El aprendizaje colectivo abarca hoy todo el planeta, pero su escala temporal es la de una conversación privada. Robert Wright señala: «La intermitente pero incesante tendencia de los invisibles cerebros sociales a conectarse entre sí y a sumergirse por último en un cerebro mayor es un tema capital de la historia. La culminación de este proceso —la construcción de un único cerebro planetario— es lo que estamos presenciando actualmente, con todos sus efectos desorganizadores pero

en última instancia integradores[2]». El espacio se ha contraído tan rápidamente como el tiempo. El epidemiólogo D. J. Bradley ha demostrado con brillantez lo que significan estos cambios para la experiencia vital de los individuos comparando los viajes y desplazamientos efectuados en el curso de toda una vida por cuatro generaciones de varones de su propia familia. Los viajes efectuados por su bisabuelo cabían en un cuadrado de 40 kilómetros de lado. La longitud del lado del cuadrado se multiplicó aproximadamente por diez durante las tres generaciones siguientes. Los viajes del abuelo cabían en un cuadrado de unos 400 kilómetros de lado, mientras que el lado del cuadrado del padre medía como mínimo 4000 kilómetros, y en cuanto a

Bradley, ha dado la vuelta al mundo[3].

El ensayista Walter Benjamin presentó en 1940 una siniestra imagen de los cambios vertiginosos experimentados por las sociedades humanas en el siglo XX:

 

Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus novus. Se ve en él a un ángel al parecer en el momento de

alejarse de algo que mira fijamente. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El

ángel de la historia debe de tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. Lo que para nosotros es

una cadena de acontecimientos para él es una catástrofe única que arroja a sus pies una incesante

acumulación de ruinas. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado.

Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede

plegarlas. Esta tempestad le empuja irresistiblemente hacia el futuro, al que vuelve la espalda, mientras el

cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos progreso [4].

 

Como ha dicho Eric Hobsbawm, este cambio vertiginoso ha disuelto hasta tal punto los vínculos con el pasado que ha transformado nuestra concepción de la

historia[5].

A diversas escalas ha habido más cambios en el siglo XX que en toda la historia humana anterior. Que este capítulo abarque sólo un siglo y el dedicado a la era de las civilizaciones agrarias (el capítulo 10) abarque cuatro milenios da una idea aproximada de las transformaciones orquestadas por la sociedad moderna.

Para describir estos cambios, la lógica requiere, una vez más, que empecemos por el crecimiento de la población, porque al margen del impacto producido por otros factores, como las nuevas tecnologías y las nuevas formas de organización social, todo aumento de la población plantea inevitablemente nuevas demandas a los

recursos de la Tierra (véase la tabla 14.1[6]). En 1900, la población mundial era de unos 1600 millones. Cien años después se había cuadruplicado y estaba en unos 6000 millones. Los humanos tardaron 100 000 años en ser mil millones y sólo cien en añadir cinco mil millones. El tiempo de reproducción de la población humana pasó a ser de ochenta años en la primera mitad del siglo XX y de cuarenta en la segunda.

 

LOS CAMBIOS EN LA SOCIEDAD HUMANA

 

Las olas de innovación del siglo XX

 

El agente primario de la transformación fue la aceleración del cambio tecnológico. Fue éste el que en primer lugar posibilitó el mantenimiento de una población tan elevada. En el siglo XVIII había ya una agricultura totalmente comercializada en Europa noroccidental, pero el aumento significativo de la productividad agrícola se había dado en el siglo XIX. Entre 1900 y 2000, la productividad de las tierras cultivadas de todo el mundo se multiplicó por tres, mientras que el total de cereales cosechado se multiplicó por cinco, pasando de 400

millones de toneladas a casi 2000 millones[7]. La producción agrícola aumentó más aprisa que la población. El aumento de la producción de alimentos dependía hasta cierto punto del aumento de la aplicación de una tecnología antigua, el riego, y del intercambio ininterrumpido de cultivos como el maíz y la soja entre distintas partes del mundo. Pero también fueron fundamentales las nuevas técnicas. Adquirieron especial relevancia el uso de fertilizantes artificiales y la producción sistemática de nuevas semillas, las más importantes de las cuales han sido variedades de cereales de alto rendimiento y granos híbridos.

Fuera de la agricultura, los cambios tecnológicos más importantes del siglo XX

llegaron en oleadas cuyo impacto y tamaño empequeñeció los del XIX[8] . La cuarta ola de innovaciones empezó a finales del siglo XIX y duró casi hasta mediados del siguiente. El motor de combustión interna, instalado en coches, en camiones, en tanques o en aviones, fue la tecnología capital, y el petróleo fue la fuente de energía decisiva, aunque también tuvieron importancia otros combustibles fósiles, como el carbón y el gas natural. En esta fase, una serie de grandes empresas polidivisionales, con base en los países más industrializados, empezaron a romper las barreras del marco nacional en que habían surgido convirtiéndose en empresas multinacionales,

que operaban en varios países[9]. La aparición de las empresas multinacionales fue un indicador del creciente predominio de los países más industrializados. La expansión geográfica de la industrialización se redujo en este período y la capacidad productiva de las regiones que ya habían empezado a industrializarse subió vertiginosamente, adelantando al resto del mundo. Las estimaciones de Paul Bairoch (véanse las tablas 13.1 y 13.2) indican que la producción industrial absoluta y relativa de las regiones situadas lejos del centro industrial estuvo bajando durante casi un siglo, desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX.

 

TABLA 14.1. POBLACIÓN MUNDIAL, 1900-2000.

 

FUENTES: Massimo Livi-Bacci, A Concise History of World Population, Blackwell, Oxford, 1992, trad. inglesa,

p. 147; se ha añadido el valor de 1970; el de 2000 procede de Lester R. Brown, Eco-Economy: Building an

Economy for the Earth, W. W. Norton, Nueva York, 2001, p. 212.

 

La quinta ola de innovaciones, que apareció al finalizar la segunda guerra mundial, estuvo dominada por la energía atómica y la electrónica. La electrónica elevó la eficacia de muchas otras tecnologías. Pero como además reducía milagrosamente el coste de usar, adquirir y procesar información, aceleró el ritmo y la eficiencia del aprendizaje colectivo y permitió que éste se diera a escalas globales y no sólo locales. Durante esta ola se produjo un aumento brusco de la producción industrial en muchas regiones poco afectadas por las olas anteriores, como América Latina, Asia oriental y el suroeste asiático. Y fue testigo igualmente del aumento de la riqueza y la influencia de las empresas multinacionales. El crecimiento de la posguerra pareció pisar el freno a finales de los años setenta y durante los ochenta, sobre todo en las regiones más industrializadas, que eran las dínamos de la economía del mundo.

El crecimiento volvió a acelerarse con la sexta ola de innovaciones. Esta ola sigue avanzando en la actualidad, a principios del siglo XXI. Sus tecnologías dominantes son electrónicas y genéticas, y su primer efecto notable ha sido aglutinar todos los sectores del mundo con una cohesión que no tiene precedentes. Manuel Castells sostiene que las dos últimas décadas del siglo XX representan la transición a una fase completamente diferente de la historia capitalista, que él llama «era de la

información[10]». En esta fase, según él, la clave del beneficio está en la circulación de la información; las fronteras entre las empresas individuales se están borrando, mientras la producción y los servicios se organizan con alianzas móviles o redes de empresas, muchas de las cuales ceden gran parte de su trabajo a compañías individuales o más pequeñas, a las que subcontratan. El control y movimiento de

información ha pasado a ser quizá el sector más grande de la industria[11]. La circulación global de la información y la riqueza es hoy tan rápida, y respeta tan poco las fronteras tradicionales, que ha difuminado las fronteras de los estados y no sólo las de las empresas. En 2000 había muchas empresas internacionales con un valor en el mercado tan elevado como el de muchos estados de primer orden y casi todas estas gigantescas empresas se dedican a las comunicaciones (véase la tabla 14.2).

Vistas en su conjunto, las olas quinta y sexta sostuvieron una escalada de la producción mucho mayor que la de finales del siglo XIX y principios del XX. Entre 1900 y 1950, la producción total de la economía global pasó de un poco más de 2000 billones de dólares a algo más de 5000 billones. En los cincuenta años siguientes se elevó a cerca de 39 000 billones. Estas cantidades indican que la producción global se multiplicó casi por veinte en el siglo XX. Se calcula que el crecimiento del trienio

1995-1998 fue superior al crecimiento total de los 10 000 años anteriores a 1900[12].

 

La creación: el capitalismo consumista y las nuevas formas de vida

 

El lado positivo del cambio se ve en la impresionante riqueza de las regiones más industrializadas. En estas regiones hay amplias capas de la población con un nivel creciente de prosperidad material. Los críticos del capitalismo del siglo XIX entendieron su capacidad para generar pobreza, pero subestimaron su capacidad para engendrar riqueza material. Los que no apreciaban su potencial productivo (como Rosa Luxemburg) sostenían que el extraordinario dinamismo del capitalismo garantizaba su derrumbe. Cuanto más se produjera, más difícil sería encontrar compradores. Mientras que en casi todas las etapas anteriores de la humanidad había habido que enfrentarse al endémico problema de la escasez, el problema ahora era organizar la abundancia. (Los marxistas lo llamaban el problema de la «realización» de beneficios). Sin embargo, desde finales del siglo XIX las economías capitalistas encontraron una solución tratando a sus propios trabajadores no sólo como si fueran carnaza de fábrica, sino también como si fueran mercados potenciales de las mismas mercancías que ellos producían en serie. Así como los virus suelen evolucionar para proteger a su anfitrión, el capitalismo (con un movimiento que Marx parece que no previó) aprendió a proteger e incluso a seducir a su propio proletariado, dentro de una forma de simbiosis nueva y menos desigual. Este movimiento es el que generó el capitalismo consumista del siglo XX. Su rasgo característico ha sido el requisito de que el grueso de la población debería consumir mercancías en cantidad creciente por el bien de todo el sistema. Para facilitar la existencia de un mercado de consumo masivo fue necesario elevar los salarios, publicitar agresivamente los productos y poner fin a la anticuada ética del ahorro y la conservación, que había sido un factor dominante en casi todas las comunidades de la mayor parte de la historia humana. Estos cambios empezaron en el siglo XIX, pero donde cristalizó la forma del capitalismo consumista moderno fue en Estados Unidos, en los años veinte de la siguiente centuria. Fue también en Estados Unidos donde aparecieron algunas de las primeras críticas contra el consumismo capitalista, y en la misma década, por ejemplo Babbitt (1922), la novela de Sinclair Lewis.

 

TABLA 14.2. ENTIDADES ECONÓMICAS ORDENADAS POR SU VALOR EN EL MERCADO. ENERO DE

2000.

FUENTE: Sydney Morning Herald, 15 de enero de 2000.

 

Como es lógico, los gobiernos se sienten más cómodos enfrentándose al excedente que la escasez, que había sido el principal problema de casi todos los estados anteriores. El hiperproductivo sistema socioeconómico del capitalismo moderno podía disipar la hostilidad de las clases subordinadas ofreciéndoles niveles de vida que habrían satisfecho a muchos monarcas de los primeros tiempos históricos. El capitalismo consumista transformó así los problemas políticos tradicionales, permitiendo a los grupos dominantes modernos la adquisición de lealtades mediante la donación de regalos a escala masiva. Por encima de cualquier otro factor, este cambio explica la supervivencia de sociedades capitalistas liberales en casi todas las regiones industrializadas del mundo, así como su capacidad de resistencia.

El capitalismo consumista ha transformado los ritmos del cambio histórico. El mundo agrícola estaba regido por ciclos malthusianos, ya que el crecimiento demográfico superaba periódicamente la capacidad de producción. Durante la crisis económica de la década de 1870 se puso de manifiesto por primera vez que el desarrollo económico podía estancarse tanto por culpa de la superproducción como de la subproducción. Los fabricantes de sectores con productividad en rápido crecimiento vieron que los mercados eran demasiado pequeños para absorber lo que podían producir entonces. Durante las décadas que siguieron se hizo patente que, en un mundo con una productividad en crecimiento continuo, el problema de encontrar (o crear) mercados determinaba los ritmos de la actividad económica tanto como la insuficiencia de la productividad había determinado los de la era agraria. En consecuencia, la era moderna está dominada por ciclos de actividad de periodicidad variable (por lo general de creciente brevedad), que llamamos ciclos económicos. Para afrontar estos ciclos ha habido que promover comportamientos radicalmente nuevos entre los empresarios, los gobiernos y los consumidores de casi todos los países industrializados. Al principio, muchos gobiernos y empresarios reaccionaron ante los elevados niveles de productividad pidiendo protección para sus mercados y creando mercados protegidos en regiones coloniales. Resultó una estrategia suicida, ya que no sólo producía conflictos militares intolerables, sino también la división de los gigantescos mercados mundiales que habían nutrido gran parte del desarrollo industrial del siglo XIX. John Maynard Keynes y otros se dieron cuenta de que, a largo plazo, soslayar las crisis cíclicas significa mantener y sostener los mercados y no monopolizarlos. Así pues, una de las principales preocupaciones del capitalismo consumista del siglo XX fue crear y ampliar mercados. Este cambio nos ayuda a entender la revolución ética que ha hecho del consumo una virtud tan fundamental como lo había sido la abstinencia en el mundo precapitalista. Y explica la aparición de esa nueva y poderosa casta sacerdotal de anunciantes cuya incesante defensa del consumo vemos sobre todo en televisión.

Los beneficiarios de estos cambios disfrutaron de niveles de prosperidad material sin precedentes y de formas de libertad desconocidas hasta entonces. En los países más ricos, los progresos de la medicina mejoraron la salud y eliminaron muchas causas de sufrimiento físico, antaño inevitables. En realidad, las formas de vida han cambiado tanto que podrían estar influyendo evolutivamente en el cuerpo humano. Ciertos estudios realizados en Estados Unidos indican que los ciudadanos de finales del siglo XX no sólo eran más altos que los del siglo anterior, sino que además tenían menos dureza esquelética. La mejora de la alimentación y de la atención médica, en combinación con modos de vida más regalados, podría estar ejerciendo en la especie

una presión evolutiva mucho mayor de lo que se pensaba[13].

Las relaciones personales también se han modificado. Aunque los niveles de violencia interpersonal siguen siendo elevados, las modernas sociedades democráticas reprueban estas conductas; la mayoría de las personas está más a salvo de la violencia de lo que habría estado en las sociedades exactoras tradicionales, en las que la coacción física era una forma de dominio más aceptable. Las estructuras políticas de los estados democráticos, a pesar de sus muchos defectos, dan a los ciudadanos un nivel de protección jurídica sin precedentes. Y el control sobre la información que sostenía los privilegios de las minorías dominantes se ha relajado gracias al avance de la educación de masas. Muy notable ha sido la lenta descomposición de los roles de género tradicionales que limitaban las oportunidades de las mujeres. La difusión de los métodos anticonceptivos y la creación de nuevos empleos que no exigen fuerza física han favorecido el acceso de las mujeres a muchos trabajos especializados y ajenos a la casa familiar que los hombres habían monopolizado en las sociedades tradicionales. La consecuencia es que, aunque el salario femenino y los niveles de empleo siguen estando por detrás de los masculinos en casi todos los sectores de la mayoría de las economías industrializadas, la tendencia a largo plazo en los países más desarrollados se ha caracterizado por un aumento importante en los niveles educativos y en las oportunidades laborales. En 1990 había tantas mujeres como hombres en las instituciones de enseñanza secundaria y superior de los países industrializados, y había casi 80 mujeres con empleo remunerado por cada 100 hombres. En comparación, en el mundo en general había unas 80 mujeres en enseñanza secundaria y 65 en la superior por cada 100

hombres, y sólo 60 mujeres con empleo remunerado por cada 100 hombres[14].

Las inmensas ventajas de que gozaban en el siglo XX los ciudadanos de los países más ricos ejemplifican la asombrosa creatividad de la revolución moderna. Y esa creatividad alimenta la tentadora promesa de que habrá un futuro mejor para los humanos en todas partes.

 

Las contradicciones del capitalismo: desigualdad y pobreza

 

Sin embargo, a pesar de los notables cambios positivos que se vieron en el siglo XX, el impacto de la revolución moderna fue mucho menos benigno en muchos aspectos y para muchas personas. En principio, el aumento de la productividad de las sociedades modernas ofrecía la posibilidad de construir sociedades en las que todos los sectores estuvieran libres de la opresión de la pobreza material. Tal fue la grandiosa promesa del socialismo. Pero casi todos los socialistas se dieron cuenta de que, aunque el capitalismo creaba los requisitos materiales de una sociedad así, sus estructuras básicas generaban desigualdad. El dinamismo productivo, que parecía ser la mayor virtud del capitalismo, estaba impulsado por un reparto desigual del control sobre los medios de producción. El capitalismo, al parecer, necesitaba grandes diferencias en el reparto de la riqueza para sobrevivir y prosperar. Marx sostenía que el sistema no funcionaría sin una combinación idónea de propietarios y no propietarios de los medios de producción. Y parece que llegó a la conclusión de que mientras hubiera capitalismo, aumentaría la desigualdad. Los socialistas entendieron que había que destruir el capitalismo si se quería construir una sociedad en la que todos los sectores de la población pudieran disponer de los beneficios de la alta productividad. Pero ¿conseguiría una sociedad socialista igualar los elevados niveles de productividad del capitalismo? ¿Serían capaces las sociedades más igualitarias de alcanzar la elevada productividad del capitalismo, productividad en la que se basaban en última instancia las esperanzas socialistas de un mundo libre de pobreza material? El siglo XX aportó algunas respuestas a estos angustiosos interrogantes.

Los acontecimientos del siglo XX confirmaron gran parte de la crítica socialista del capitalismo. Las mismas fuerzas que generaban la extraordinaria abundancia material aumentaban al mismo tiempo las desigualdades globales entre los ciudadanos de las naciones y entre las naciones. La riqueza se acumulaba sin cesar en depósitos gigantescos que contrastaban con los valles de pobreza que había entre ellos. El capitalismo ha demostrado su capacidad para generar riqueza material en abundancia; pero hasta el momento no ha sido capaz de distribuir la riqueza global de manera equitativa, humana y sostenible.

Aunque nuestros resultados, a la hora de medir estas desigualdades, son toscos y aproximativos, permiten ver con claridad algunas tendencias. Las estimaciones de los ingresos globales per cápita sugieren que este indicador pasó de 1500 dólares en 1900 a 6600 en 1998. Durante este mismo período, la esperanza global de vida, uno de los

indicadores más decisivos de la calidad de vida, ha pasado de 35 años a 66[15]. Son mejoras importantes, aunque están repartidas de manera desigual, como muestran las tablas 14.3 y 14.4. Mientras que la renta per cápita de Estados Unidos era de unos 34 100 dólares en 2000 (y de unos 27 680 dólares la media de los países con ingresos más elevados), la de Brasil era de unos 3580, la de China (una superpotencia económica hace sólo dos siglos) de unos 840 y las de la India (otro antiguo gigante económico) y Burkina Faso de 450 y 210 respectivamente. Las proporciones acentúan el efecto de desigualdad (véase la tabla 14.3). Estas cifras nos dicen que la renta per cápita de Burkina Faso no era ni el 1 por 100 de la media de los países con mayores ingresos, mientras que las cifras de la India y de toda el África subsahariana eran poco más del 1,5 por 100 de la media. Las cifras de las estadísticas de la esperanza de vida arrojan una diferencia menos dramática, ya que el conocimiento médico moderno ha elevado la esperanza en todo el mundo. Sin embargo, las estadísticas nos cuentan que la vida se acorta a causa de la pobreza relativa (véase la tabla 14.4).

En las últimas décadas del siglo XX parece haberse ensanchado el desfase económico. En 1960, el 20 por 100 más rico de la población mundial ingresaba alrededor de 30 veces la renta del 20 por 100 más pobre; en 1991, el multiplicador

había subido a 61[16]. Las condiciones se han deteriorado sobre todo en América del Sur y en el África subsahariana. A comienzos de la década de 1970, África era autosuficiente en lo que se refiere a producción de alimentos e incluso exportaba excedentes. Impresiona, pues, averiguar que en 1990-2000 el PIB total del África subsahariana (sin contar Suráfrica), con una población de 450 millones de habitantes,

fue inferior al de Bélgica, que tiene sólo 11 millones[17].

Estas estadísticas nos recuerdan que la modernidad ha empeorado las condiciones de vida de millones de personas. En los países más ricos ha conseguido mantenerse por debajo del 1 por 100 el número de adultos con sida porque tienen recursos sanitarios y educativos para tomar las medidas preventivas oportunas. Por el contrario, en Zimbabwe tenía el sida el 26 por 100 de los adultos alrededor de 1995, y

había niveles casi igual de elevados en Botswana, Namibia, Suazilandia y Zambia[18]. La escasez de alimentos es otro escandaloso exponente de la desigualdad. El hambre es sólo su forma más extrema; por lo general escasez significa vivir entre los sufrimientos de la desnutrición crónica. Como ha dicho Paul Harrison: «La realidad cotidiana de la desnutrición en el tercer mundo es […] adultos que se consumen, agotados física y mentalmente, y a merced de las enfermedades. Y son los niños, que suelen morirse, aunque no tanto sólo de hambre cuanto de hambre y trabajando en un

clima de enfermedad; aunque muchos sobreviven afectados de por vida[19]». A finales de la década de 1990 se calculaba que sufrían desnutrición más de 800 millones de personas (alrededor del 14 por 100 de la población mundial), mientras que 1200

millones (cerca del 20 por 100) no disponían de agua limpia y potable[20]. La tabla 14.5 muestra un resumen de las estadísticas demográficas y económicas de 1994.

 

TABLA 14.3. RENTA PER CÁPITA, 2000

 

FUENTE: World Development Indicators, Banco Mundial, Washington D. C., 2002, tabla 1.1, «Size of

Economy», pp. 18-20.

TABLA 14.4. ESPERANZA DE VIDA AL NACER, 2000

FUENTE: World Development Indicators, Banco Mundial, Washington D. C., 2002, tabla 1.5, «Women in

Development», pp. 32-34.

 

La destrucción de las formas de vida tradicionales

 

Las cifras que hemos visto en las tablas anteriores reflejan algo más que un atraso en relación con los países más ricos. También nos hablan de la destrucción de las formas de vida tradicionales y de las redes de seguridad interiorizadas en las tradiciones locales de caridad o en las instituciones locales especializadas, como los graneros de emergencia. La caída de la producción en los países que no se industrializaron antes de mediados del siglo XX se aprecia en las cifras de la tabla 13.2, y la caída de la producción deshilachó todas las redes de seguridad tradicionales. La suerte de los campesinos ingleses del siglo XVIII a raíz de los cercamientos se repite hoy conforme la presión demográfica, o la deuda, o los impuestos, o la guerra socava la vida rural establecida. Las estadísticas del desarrollo urbano son un indicador indirecto de este cambio. En 1800, el 97 por 100 de la población mundial vivía en centros de menos de 20 000 habitantes. A mediados del siglo XX, el porcentaje había descendido aproximadamente al 75 por 100 y en 1980 a alrededor del 60 por 100. En 2000, por primera vez en la historia humana, había tanta población en ciudades de más de 20 000 habitantes como en comunidades

menores[21]. En 1800, Gran Bretaña y Bélgica eran los únicos países del mundo con menos del 20 por 100 de la población empleada en la agricultura y el sector pesquero. La agricultura campesina es hoy la forma de vida dominante en tres grandes regiones solamente —el África subsahariana, el sureste y el sur de Asia y China—, aunque los campesinos apenas pueden sobrevivir en muchas de sus comunidades. Eric Hobsbawm sostiene que «el cambio social más espectacular y de mayor alcance de la segunda mitad del presente siglo, y el que ha cortado definitivamente nuestros lazos

con el pasado, es la desaparición del campesinado[22]».

Las estadísticas son una forma benevolente de describir estos cambios; la descripción que sigue refleja lo que pudo significar para las familias y los individuos. Procede del informe de Paul Harrison sobre una entrevista que sostuvo en los años ochenta con el jefe de una unidad familiar de Burkina Faso, el país africano llamado hasta entonces Alto Volta y que queda al norte de Costa de Marfil, Gana y Togo. Como en gran parte del Sahel, la agricultura de Burkina Faso se reducía básicamente al cultivo de rozas. Los habitantes de la zona preparaban la tierra no cultivada durante décadas cortando la vegetación y prendiéndole fuego. Las semillas se plantaban entre las cenizas del suelo: panizo y sorgo para comer, algodón o cacahuetes para vender. La fertilidad era muy elevada durante un par de años y luego decrecía rápidamente, motivo por el que las comunidades tenían que desplazarse y preparar otro terreno. Estos métodos pueden alimentar a una población muy pequeña, por razones obvias: en un momento dado, casi toda la tierra estará en barbecho. Pero la presión demográfica de los últimos años obligó a los agricultores a acelerar el ciclo y a reaprovechar terrenos antes de que recuperasen la fertilidad. Al final, la sobreexplotación amenazó con destruir para siempre el mismo suelo.

 

TABLA 14.5. DATOS DEMOGRÁFICOS Y ECONÓMICOS GLOBALES, 1994

FUENTES: Allan Findlay, «Population Crises: The Malthusian Specter?», en R. J. Johnston, Peter J. Taylor y

Michael J. Watts, eds., Geographies of Global Change: Remapping the World in the Late Twentieth Century,

Blackwell, Oxford, 1995, p. 156, basado en 1994 World Population Data Sheet, compilado por el Population

Reference Bureau, Washington D. C.

* Según la convención de la ONU vigente entonces: América del Norte, Europa (comprendida Rusia), Australia,

Japón y Nueva Zelanda.

 

Paul Harrison conoció y entrevistó a un agricultor de sesenta años, llamado Moumouni, que había vivido diferentes etapas de la crisis galopante que ha acabado por destruir gran parte de la tierra cultivable tradicional de la frontera meridional del Sahara.

Moumouni recordaba que, cuando era pequeño, sólo había doce personas en el complejo de su padre.

Ahora había treinta y cuatro, contando a cinco muchachos que trabajaban en Costa de Marfil. El jefe de la

aldea asigna la tierra basándose en un principio: a cada cual, según sus necesidades. […] Sin embargo, las

tierras tradicionales de la aldea no se habían ampliado en absoluto. […] La tierra de más que se necesitaba se

había tomado de los cinco sextos que solían dejarse en barbecho. Con el paso de las décadas, el tiempo de

barbecho se había ido recortando lentamente, hasta que fue sólo de cuatro o cinco años, cuando para restaurar

la agotada fertilidad del suelo se necesitaban por lo menos doce.

 

Moumouni enseñó su tierra a Harrison.

 

Incluso dentro del complejo, el suelo parecía estéril, pedregoso y polvoriento, sin el menor rastro de

mantillo. Y era el único terreno que abonaban, con los excrementos de un asno y un par de cabras. Más allá

de un círculo de veinticinco metros de radio, trazado alrededor de las casas, la tierra era de color rojo oscuro

y estaba requemada. Se había cultivado el año anterior, pero había dado muy poco. Según Moumouni, allí no

iba a crecer nada aquel año[23].

 

La repercusión de estos problemas puede verse a escala nacional. Un informe del Banco Mundial estima que el coste de «las pérdidas en cultivos, ganado y leña a causa de la degradación de la tierra» en Burkina Faso, en 1988, fue casi el 8,8 por

100 del producto interior bruto del país[24].

La vida de los cazadores-recolectores tradicionales ha sufrido una agresión no menos violenta en el siglo XX. Pero el cambio que han experimentado no es completo, por extraño que parezca y a pesar de la colosal disparidad en escala y recursos que hay entre las comunidades cazadoras-recolectoras y los estados capitalistas modernos. En realidad, podría ser la disparidad lo que explicase la notable capacidad de muchas de estas comunidades para conservar parte de su pasado. Allí donde se han necesitado sus tierras para fines urbanísticos o mineros, han sido expulsados con brusquedad y sin ceremonias; pero, en caso contrario, se les ha dejado en paz con frecuencia. Sus choques armados con las sociedades modernas han adoptado por lo general la forma de guerra de guerrillas o de confrontación militar a pequeña escala. Los conflictos eran muy reales y a veces los estados se involucraban directamente, como en el caso de las guerras indias de Estados Unidos o en el de los múltiples enfrentamientos guerrilleros con comunidades organizadas por parentesco, desde Australia hasta Siberia. Pero cuando cesaban las hostilidades, las comunidades organizadas por parentesco solían encontrar nichos en las sociedades que tanto les habían arrebatado. Así que en cierto modo han sobrevivido hasta la actualidad y han conservado más parte de su pasado de la que pudieron conservar del suyo las comunidades campesinas del mundo agrícola. Y el mundo moderno tiene mucho que aprender de las comunidades cuyo estilo de vida ha durado tanto, más que el del capitalismo industrial.

 

La destrucción de los imperios exactores tradicionales

El capitalismo moderno ha acabado también con las grandes estructuras políticas de la era de las civilizaciones agrarias. Los grandes imperios exactores que presidieron la era de las civilizaciones agrarias se desvanecieron con una notable rapidez. Cuando Jorge III envió a China al embajador George Macartney para pedir igualdad de representación diplomática y derechos comerciales, K’ien-long, el emperador Ts’ing, respondió que no, alegando que Inglaterra era «una región remota e inaccesible que estaba al otro lado de los océanos». Sin embargo, el emperador felicitó a Jorge III por su «lealtad y sumisión» y por haberle enviado aquella «misión de homenaje», y le animó a ser obediente en el futuro «para que sigáis disfrutando de

las ventajas de la paz perpetua[25]». Un siglo después, los europeos harían gala de una arrogancia parecida ante el resto del mundo. En aquel momento era totalmente realista; a fin de cuentas, Europa producía poco que China no pudiera producir mejor y más barato, así que los europeos tenían que adquirir multitud de productos chinos a cambio de plata.

Pero los comerciantes británicos no tardaron en encontrar otra cosa que deseaban los consumidores chinos: el opio de producción indostánica, cuyo consumo se había prohibido en China. Al principio, los comerciantes británicos traficaron ilegalmente, pero en 1840-50, en las llamadas guerras del opio, apoyados por buques de guerra, obligaron al gobierno chino a que legalizara la compraventa de la nueva aunque perjudicial mercancía. En 1939, el funcionario chino de Cantón obligó a los buques británicos a entregar el opio y lo destruyó. Lin Zexu, funcionario chino, escribió a la reina Victoria en estos términos: «Nos han contado que en vuestro honorable país no se permite a nadie inhalar la droga. Si se considera tan perjudicial, ¿cómo se concilia con las leyes del Cielo la obtención de beneficios exponiendo a otros a su maléfico

efecto?»[26]. Alegando que el verdadero conflicto era la libertad de comercio y no el opio, lord Palmerston, primer ministro de Inglaterra, envió una flota que bloqueó Cantón y se enfrentó a los buques chinos. Los británicos atacaron otros puertos durante los dos años siguientes. Al final se apoderaron de las ciudades del Yangtsé, que abastecían a Pekín por el Gran Canal, obligando a los chinos a retirarse en 1842. La tecnología naval y militar china, que había cambiado poco desde los tiempos de Marco Polo, estaba en inferioridad de condiciones ante el poderío británico. El abismo que había abierto la industrialización en cuanto a tecnología y productividad causó el hundimiento del imperio chino a principios del siglo XX. Hacia finales de siglo ya no quedaban estructuras políticas ni económicas que encajaran en el modelo de los «estados exactores» de Eric Wolf, aunque estos estados habían dominado el mundo hacía sólo doscientos años.

Aunque un rasgo fundamental de los dos últimos siglos ha sido la velocidad a la que se han hundido los antiguos imperios exactores, hay otro que ha escapado a la atención general y es la cantidad de características del mundo exactor tradicional que

ha sobrevivido en los grandes imperios comunistas del siglo [27] XX . Los gobiernos

comunistas que se instauraron primero en Rusia y luego en China estuvieron dirigidos por movimientos revolucionarios modernizadores. Pero su ideología era tan anticapitalista como antiautocrática. Este detalle nos ayuda a entender la atracción que ejercieron en sociedades cuyas minorías intelectuales se resintieron vivamente de las agresiones del capitalismo contra su prestigio y cultura tradicionales. Que Stalin rechazara de plano el capitalismo durante la colectivización de los años treinta significó que la Unión Soviética iba a tener que competir con las principales potencias industriales sin contar con el dinamismo innovador del capitalismo. La dirección centralizada de los intercambios económicos e intelectuales reprimió las transacciones comerciales e intelectuales que son la savia del capitalismo, y la censura obstruyó las redes del aprendizaje colectivo que tantas innovaciones menores generaba en las economías de mercado. La China maoísta siguió un camino parecido desde 1949. Allí donde las fuerzas del mercado estaban prohibidas no hubo más remedio que movilizar recursos más tradicionales y utilizar técnicas tributarias y de organización socioeconómica parecidas a las de los grandes imperios exactores, pero con la ventaja añadida de contar con algunas tecnologías del siglo XX, desde el teléfono hasta los tanques. Al igual que los grandes imperios exactores, las economías dirigidas del mundo comunista eran más eficaces movilizando recursos que elevando la productividad. Cálculos recientes señalan que las mejoras en los niveles de eficacia dan para explicar a lo sumo el 24 por 100 y quizá sólo el 2 por 100 de los aumentos de la producción en la Unión Soviética durante los tres primeros planes quinquenales de Stalin. Casi todas las conquistas de la industrialización se basaron en una movilización masiva y coercitiva de capital, materias primas y mano

de obra[28]. En la determinación del gobierno soviético de igualar el poderío industrial y militar de los rivales capitalistas no se ahorraron recursos humanos ni materiales.

Durante un tiempo —sobre todo en los años treinta, cuando el mundo capitalista estaba en crisis, y luego en los años cincuenta—, dio la impresión de que estas nuevas estructuras dirigidas por el estado podían generar un dinamismo capaz de compararse con el del capitalismo. Lo que les faltaba en talante empresarial lo compensaban con un compromiso sistemático por alcanzar niveles de educación altos, con la introducción de tecnologías modernas y con la gigantesca capacidad organizativa de los estados poderosos e implacables para utilizar las modernas tecnologías de la comunicación. Pero su atonía innovadora, el mismo factor que había frenado las innovaciones durante toda la era de las civilizaciones agrarias, garantizaba que con el tiempo iban a quedar rezagadas en niveles de productividad, en innovación y, al final, en capacidad militar. Los hábitos derrochadores de la fase de construcción costaron mucho de erradicar y la economía soviética no consiguió cambiar del todo sus mecanismos de desarrollo y pasar de la explotación intensiva de los recursos a la economización de los mismos: al final, se quedó sin recursos. La Unión Soviética se vino abajo por su incapacidad para competir económica y tecnológicamente. Mijaíl Gorbachov lo entendió perfectamente. La capacidad movilizadora no podía compensar a largo plazo la lentitud innovadora:

 

En cierto momento —y esto se vio con claridad en la segunda mitad de los años setenta— ocurrió algo

que a simple vista parecía inexplicable. El país empezó a perder ímpetu. […] Se formó una especie de

«mecanismo de frenado» que afectaba al desarrollo social y económico. Y todo esto sucedió en un momento

en que la revolución científica y tecnológica abría nuevas perspectivas al progreso económico y social. Algo

extraño estaba sucediendo: el volante de la poderosa maquinaria estaba en movimiento, pero o la barra de

transmisión patinaba y su impulso no llegaba a los centros de trabajo o las correas estaban flojas.

Al analizar la situación, descubrimos que el crecimiento económico se estaba reduciendo. En los últimos

quince años, las tasas de crecimiento de la renta nacional habían bajado más de la mitad y a principios de los

años ochenta estaban casi al nivel del estancamiento económico. Un país que antaño se había acercado

rápidamente a las naciones avanzadas del mundo empezaba a perder posiciones. Además, empezaba a

ensancharse el abismo que nos separaba en eficacia de la producción, en calidad de los productos, en

desarrollo científico y tecnológico, en producción de tecnología avanzada y en el uso de técnicas avanzadas,

y no para dejarnos en el mejor lugar [29].

 

Los esfuerzos de Gorbachov por introducir un nuevo dinamismo, relajando el control de la economía y la sociedad, acabaron por destruir todo el sistema. En los años noventa, Rusia tuvo que ponerse a reconstruir el capitalismo, prácticamente desde cero.

China tuvo que enfrentarse a problemas parecidos, pero adoptó una solución diferente. Por debajo de la superficie, la China comunista se está volviendo una sociedad capitalista y está utilizando métodos que no estaban a disposición de los dirigentes soviéticos, porque en China no se eliminaron tan radicalmente como en la Unión Soviética las estructuras y los hábitos del capitalismo. Las experiencias de la era comunista nos sugieren que desguazar el capitalismo no aporta por fuerza una solución a los muchos problemas que crea el capitalismo. Las sociedades comunistas del siglo XX no pudieron igualar la productividad de sus rivales capitalistas; pero tampoco fueron tan igualitarias.

 

Los conflictos

 

No es extraño que un mundo tan inestable, con los niveles de desigualdad en crecimiento continuo, esté plagado de conflictos. En los últimos cien años se han producido más conflictos armados que en ningún otro siglo de la historia humana. La escala del daño humano y material causado por las guerras refleja el desarrollo de la «productividad» de los ejércitos y las armas de la era moderna, así como el creciente tamaño de los ejércitos y de las poblaciones en guerra. William Eckhardt calcula, de manera aproximativa, que entre 1 d. C. y 1500 murieron en conflictos armados 3,7 millones de personas. En el siglo XVI, 1,6 millones; en los siglos XVII y XVIII, 6,1 millones y 7 millones; y en el siglo XIX, 19,4 millones. En el siglo XX se alcanzó la cifra de 109,7 millones, que es casi el triple del total de bajas de los 1900 años

anteriores (véase la tabla 14.6[30]). Contando sólo la segunda guerra mundial, las bajas llegaron a 53,5 millones. Igualmente espectacular fue la cantidad de bajas que pudo haber y no hubo en una guerra nuclear que por suerte (¿?) se evitó. Pero las guerras nucleares estaban en preparación. En 1986 había casi 70 000 cabezas nucleares, con una potencia explosiva total equivalente a 18 000 millones de

toneladas de [31] TNT, 3,6 toneladas por habitante del planeta. Si se hubieran utilizado, habrían causado una catástrofe parecida, por la escala y algunas consecuencias, a la extinción de finales del Cretácico, que destruyó casi todas las especies de dinosaurios grandes.

Las guerras menores han causado tantas víctimas como las mundiales y la guerra

fría. Entre 1900 y 1985 hubo alrededor de 275 guerras[32]. Entre 1945 y 2000 hubo nueve guerras regionales en las que murieron más de un millón de personas; en estas guerras, las bajas civiles superaban a las militares. En las guerras de Corea y Vietnam

murieron el 10 y el 13 por 100, respectivamente, de la población local[33]. Desde el final de la guerra fría ha habido cambios que podrían tener gran importancia a largo plazo. En los años noventa los gastos militares globales se recortaron en un 40 por 100 aproximadamente y se redujeron las existencias de toda clase de armas. (La «guerra contra el terrorismo» declarada a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y el Pentágono podría invertir esta tendencia). La guerra se ha vuelto más localizada y de manera creciente se ha producido en el interior de los estados o entre determinados estados y ejércitos guerrilleros, y este cambio supone una reducción de la escala (aunque no del horror de los que viven los

conflictos[34]). Estas cifras indican más una modificación de la naturaleza de la guerra que una reducción real del número de enfrentamientos. Las tensiones y perturbaciones del huracán de cambio que barre el planeta garantizan que seguirá habiendo conflictos y el armamento moderno se encargará de que los conflictos locales sigan causando grandes sufrimientos.

 

TABLA 14.6. MUERTES A CAUSA DE LA GUERRA, 1500-1999.

 

FUENTES: Lester R. Brown et al., State of the World, 1999: A Worldwatch Institute Report on Progress towards

a Sustainable Society, Earthscan Publications, Londres, 1999, p. 153, que cita a William Eckhardt, «War-Related

Deaths Since 3000 B. C.», Bulletin of Peace Proposals 22, n.º 4 (diciembre de 1991), y a Ruth Leger Sivard,

World Military and Social Expenditures 1996, World Priorities, Washington D. C., 1996.

LOS CAMBIOS EN LA RELACIÓN DE LOS HUMANOS CON LA BIOSFERA

 

La escala de la sociedad humana en el siglo XX y el alcance de su capacidad productiva (y destructiva) se han encargado de que la revolución moderna cause en el medio planetario un impacto que ya no es sólo local, sino también global. Tal es la causa de que casi todos los indicadores del impacto ambiental de las poblaciones humanas «repitan la misma curva exponencial durante los últimos trescientos

años[35]».

Tenemos una evaluación aproximada de los impactos ambientales humanos en los esfuerzos por medir las cambiantes necesidades energéticas de las sociedades humanas (véase la tabla 6.1). Estas cifras ponen de manifiesto que el consumo total humano de energía se multiplicó en el siglo XX por un factor más elevado que en toda la historia humana anterior. Al final del siglo XX, la energía total consumida por los humanos era aproximadamente entre 60 000 y 90 000 veces la energía consumida a principios del Neolítico. A consecuencia de estos cambios, la sociedad humana pasó a ser en el siglo XX una importante fuerza de presión sobre la biosfera. Como ya hemos visto, se calcula que nuestra especie aprovecha entre el 25 y quizá el 40 por 100 de la «productividad primaria neta» de la tierra (véase la p. 140).

Dado que los recursos de la biosfera son limitados, el uso humano de energía, recursos y espacio a esta escala ha reducido inevitablemente los recursos disponibles para otras especies. La decadencia de la biodiversidad es una consecuencia ineludible. En colaboración con especies aclimatadas/domesticadas y compañeros de viaje como el conejo, la cabra y las malas hierbas, los humanos han reducido la biodiversidad destruyendo o apropiándose del hábitat de otras especies. En 1996 estaba en peligro de extinción alrededor del 26 por 100 de las especies de

vertebrados[36]. Como dice Richard Leakey, la escala de las extinciones modernas podría tener la magnitud de las cinco grandes extinciones que conocen los paleontólogos y en las que desapareció por lo menos el 65 por 100 de las especies

marinas[37].

¿Habrá recursos suficientes para sostener a nuestra especie a un nivel aceptable? ¿Costará mucho alimentar a 10 000 o 12 000 millones de personas dentro de un siglo? Cabe la posibilidad de que las nuevas tecnologías, basándose quizá en la ingeniería genética, permitan que la producción de alimentos siga aumentando al rápido ritmo que fue característico del siglo XX. En el ínterin hay buenas razones para creer que nos estamos acercando a un límite crítico. Nos alimentamos de las tierras de labor, de las tierras de pastos y del sector pesquero. El área de las tierras de pastos no puede ampliarse mucho más y gran parte de la tierra disponible está muy degradada. Se sabe además que el sector pesquero apenas puede producir más de lo que produce. Por otro lado, la producción de las tierras de cultivos depende mucho del uso intensivo del riego; desde 1950, los regadíos han pasado de 94 a 260 millones de hectáreas y hoy son responsables del 40 por 100 de la producción total de

alimentos[38]. En muchas tierras, sin embargo, la introducción de bombas de agua con modernos motores de gasóleo ha reducido la capacidad de la zona freática, un efecto que nos indica que también aquí hay poco espacio para la expansión. Lo que ocurre, ecológicamente hablando, es que los depósitos de agua dulce del subsuelo, que han tardado millones de años en llenarse, se agotarán dentro de unas décadas.

La sobreexplotación de los recursos es una cara del impacto humano sobre la biosfera; el vertido de residuos es la otra. El ejemplo más espectacular de la trascendencia de los contaminantes generados por los humanos podría ser la posibilidad de que estemos cambiando la atmósfera de la Tierra. Lester Brown sostiene que, «mientras que la revolución agrícola transformó la superficie de la

tierra, la revolución industrial está transformando la atmósfera[39]». La temperatura de la superficie depende del precario equilibrio entre la cantidad de luz solar que cruza la atmósfera y la cantidad liberada o devuelta al espacio. Marte, cuya atmósfera es insignificante, retiene poca energía solar y en consecuencia es demasiado frío para contener vida. Venus, cuya atmósfera es un invernadero con abundancia de anhídrido carbónico, tiene una temperatura de unos 450 grados centígrados, demasiado elevada para la vida. El factor decisivo (aunque no el único) que determina la cantidad de energía solar que retiene la superficie del planeta es la cantidad de anhídrido carbónico que hay en la atmósfera. Durante la última glaciación, la temperatura media era unos 9 grados centígrados más baja que la actual y los niveles atmosféricos de CO eran aproximadamente de 190-200 partes por millón. Hacia 1800, los niveles 2

de CO habían subido a unas 280 partes por millón. La revolución industrial comenzó 2

en este punto a explotar masivamente combustibles inorgánicos como el carbón y el petróleo, que aumentaron enormemente la cantidad de CO presente en la atmósfera. 2 En la actualidad, los niveles de CO han llegado a unas 350 partes por millón, el 2 doble que durante las glaciaciones. Hacia 2150 podrían duplicarse otra vez y quedar entre 550 y 600, si continúa el ritmo actual de emisión. El carbono que se acumuló en los árboles y que luego permaneció sepultado bajo tierra durante decenas de millones de años ha vuelto a la atmósfera en unas cuantas décadas. Una parte del ciclo del carbono que normalmente se rige por una escala temporal de millones de años se ha acelerado de manera espectacular. Y los procesos naturales no pueden absorber el carbono a esas velocidades.

Lo que no acaba de estar claro es qué significará en la práctica esta explosiva liberación de anhídrido carbónico. En términos generales se cree que producirá un calentamiento y las temperaturas globales son ya más altas que a principios del siglo XX. El calentamiento podría aumentar la productividad ecológica en algunas zonas, pero es innegable que tendrá una repercusión planetaria, para bien o para mal. Parece que las temperaturas medias se han elevado en las dos últimas décadas por lo menos, ocasionando períodos de calor y sequía inusitados, así como pautas climatológicas anómalas. Un aumento de 2,5 grados centígrados (según un cálculo moderado) en 2050 representaría el equivalente de los cambios producidos al final de la última glaciación. El volumen del agua aumentará, subirá el nivel del mar y se fundirán los casquetes polares. Los efectos serán trágicos en las tierras de escasa altitud: en las islas del Pacífico, los Países Bajos, Bangladesh y otros lugares. El calentamiento afectará asimismo a las especies existentes, entre ellas algunas vitales para los humanos. El arroz no soporta las temperaturas altas, así que su productividad

podría retroceder conforme sube la temperatura[40].

Puede que el aspecto más preocupante de los efectos del calentamiento global sea que son imposibles de prever. Los climatólogos saben que los sistemas climáticos, como muchos otros sistemas caóticos, están sometidos a cambios bruscos y repentinos. Pueden evolucionar despacio y de manera previsible durante un tiempo, y luego volverse inestables y pasar bruscamente a otro estado. Es posible que al final de la última glaciación se produjera uno de estos cambios repentinos. Si el calentamiento actual se está produciendo a una escala parecida, entonces no podemos descartar la posibilidad de que el clima global experimente un cambio cualitativo repentino, un cambio que podría discurrir a la escala de una vida humana.

El descenso de la biodiversidad y el aumento de las emisiones de carbono están entre los indicadores más trascendentes del impacto humano. Lester Brown, excoordinador del anuario State of the World, dice que, a finales del siglo XX, los efectos más perniciosos de la actividad humana eran patentes en seis sectores: el agua potable, la tierra útil, las pesquerías oceánicas, los bosques, la diversidad biológica y

la atmósfera planetaria[41]. Mientras que el impacto en los tres últimos sectores es indirecto para la mayoría de las personas, y por lo tanto más fácil de olvidar, el producido en los tres primeros es más evidente y nos invita a pensar que nuestra capacidad de alimentar a una población creciente tiene un límite innegable. La falta de agua potable pone en peligro la salud de millones de personas e impide el crecimiento potencial de los regadíos. Además, la explotación de las pesquerías y las

tierras útiles parece haber llegado al nivel máximo[42].

En un concienzudo resumen del impacto humano sobre el medio ambiente, publicado en la década de 1990, Robert W. Kates, B. L. Turner y William C. Clark se esfuerzan por medir el alcance del impacto medioambiental humano a diversas escalas. Toman diez efectos fundamentales en el medio ambiente, calculan el impacto total entre 10000 a. C. y 1985 d. C. y determinan las fechas en que los valores alcanzan el 25, luego el 50 y finalmente el 75 por 100 del nivel de 1985; sus cifras aparecen en la tabla 14.7. La forma más rápida de juzgar el significado de la tabla es mirar las fechas en las que ese tipo de impacto llega al 50 por 100 del valor de 1985. En siete variables hubo más cambios entre 1945 y 1985 que en los 10 000 años

anteriores[43]. En cuanto a las tres variables restantes —deforestación, extinción de vertebrados y liberación de carbono en la atmósfera—, el 50 por 100 de los cambios se ha producido después de mediados del siglo XIX. La tabla 6.1 nos cuenta algo parecido en el uso humano de la energía. Desde el punto de vista cronológico, el siglo XX es un fragmento de historia diminuto, pero la escala de las transformaciones que ha presenciado empequeñece toda la historia humana anterior.

 

TABLA 14.7. CAMBIO AMBIENTAL POR CAUSA HUMANA. DE 10000 A. C. A 1985 D. C

 

FUENTE: Robert W. Kates, B. L. Turner II y William C. Clark, «The Great Transformation», en B. L. Turner II et

al., eds., The Earth as Transformed by Human Action: Global and Regional Changes in the Biosphere over the

Past 300 Years, Cambridge University Press, Cambridge, 1990, p. 7.

 

Los humanos del siglo XX han ocasionado cambios tan decisivos, tan rápidos y de escala tan amplia que nos obligan a enfocar nuevamente la historia humana como parte integral de la historia de la biosfera. Las estadísticas recogidas en este capítulo nos dan una idea de la escala y velocidad del cambio. Lo que no nos dan es una indicación clara de sus consecuencias a largo plazo, produciendo en cambio la impresión de que hay algo muy grande que se mueve muy aprisa. Éste es quizá el aspecto más preocupante de este breve repaso a la historia del siglo XX: el temor de que sea como un accidente de tráfico a cámara lenta. ¿Puede seguir acelerándose el cambio sin consecuencias peligrosas para la sociedad humana y la biosfera en general? ¿O conseguirá esa asombrosa creatividad que representa la otra cara de la revolución moderna conducirnos hacia una relación más estable y sostenible con el medio natural? El capítulo siguiente, que repasa algunos futuros posibles a diferentes escalas, empezará planteando estos temas.

 

RESUMEN

Los cambios producidos en el siglo XX han sido, en muchos aspectos, mayores que los producidos en toda la historia humana anterior. Cuando la revolución moderna cogió velocidad, la capacidad productiva subió en vertical: lo mismo ocurrió con el nivel de vida en las regiones axiales industrializadas, ya que los gobiernos y la clase empresarial acabó entendiendo que la satisfacción material de la población era la clave para construir una sociedad capitalista próspera. Pero gran parte del impacto de la revolución moderna fue destructivo fuera de las regiones axiales. Las formas de vida tradicionales y las salvaguardas interiores resultaron arrasadas, al igual que los estados que eran responsables de ellas. Los estados comunistas de mediados del siglo XX quisieron igualar las hazañas económicas y militares de las sociedades capitalistas, aunque eludiendo las desigualdades inherentes al capitalismo. Pero no supieron estar a la altura de sus rivales ni crearon sociedades que ofrecieran alternativas interesantes. Tan espectacular como los cambios económicos y tecnológicos del siglo fue la creciente influencia humana en la biosfera, que creció más rápidamente que en toda la historia anterior. A principios del siglo XXI las sociedades humanas ejercían ya una influencia innegable en toda la biosfera y cada vez eran más contundentes los indicadores de que los humanos estaban viviendo por encima de los límites sostenibles. La aceleración del ritmo y la escala del cambio es quizá el aspecto más asombroso y (para los contemporáneos) más aterrador de la historia del siglo XX. La escala de los impactos humanos en la biosfera y en otros humanos es hoy tan grande que los cambios del siglo XX se advertirán en la escala de la historia planetaria.

 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

J. R. McNeill, Something New under the Sun (2000), y Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX: 1914-1999 (1994), presentan introducciones opuestas: la primera se centra en temas ecológicos, la segunda en temas históricos más convencionales. La era de la información (3 vols., 1996-1998) de Manuel Castells es un ambicioso esfuerzo por encuadrar en una teoría los cambios de finales del siglo XX. B. L. Turner II et al., eds., The Earth as Transformed by Human Action (1990), cuantifica el alcance de los impactos humanos en el medio ambiente y los volúmenes anuales de Lester Brown et al., State of the World (desde 1984), publican estadísticas ecológicas. David Held et al., eds., Transformación global (1999), analiza algunos aspectos de la globalización, mientras que Paul Harrison, Inside the Third World (1981) y The Third Revolution (1992), dan a conocer muchas realidades de la vida en el tercer mundo. Paul Kennedy, Hacia el siglo XXI (1994), repasa muchas tendencias a largo plazo. Sexta parte