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Capítulo 10. La era de las «civilizaciones» agrarias: Tendencias a largo plazo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Capítulo 10
LA ERA DE LAS «CIVILIZACIONES» AGRARIAS:
TENDENCIAS A LARGO PLAZO
La presencia de la era de las civilizaciones agrarias ha sido preponderante en las versiones convencionales de la historia humana, entre otras cosas porque las civilizaciones agrarias fueron las primeras comunidades que dejaron los testimonios escritos en los que luego se basó la historiografía moderna. Por este motivo conocemos detalladamente esta era. Sin embargo, repetir la descripción detallada de estos tiempos no es conveniente desde el punto de vista de la escala de la gran historia. Además, ya existen muchas y excelentes descripciones al respecto. En este capítulo, por el contrario, analizaremos algunas de las macroestructuras y tendencias que moldearon la era en cuestión. Los enfoques tradicionales, que se centran en civilizaciones o culturas concretas, pueden perfectamente descuidar estas tendencias. Como ha señalado Robert Wright, la historia del mundo antiguo puede parecer a menudo una imagen imprecisa de civilizaciones y pueblos, de auges y decadencias. Pero «si mirásemos de más lejos y prescindiéramos de los detalles borrosos, tendríamos una imagen más general: los siglos pasan y las civilizaciones vienen y se
van, pero la civilización prospera, aumenta su radio de acción y su complejidad[1]».
Este capítulo, que repasa los 4000 años y pico durante los que las civilizaciones agrarias fueron las comunidades más poderosas del planeta, examina primeramente las estructuras a gran escala. A continuación analiza algunas tendencias a largo plazo de esta era, centrándose en concreto en los cambios producidos en la capacidad colectiva para manipular el medio natural. Éstos se ven en el crecimiento demográfico y en unas tecnologías más productivas. Las preguntas básicas que articulan el capítulo son: ¿qué procesos formaron las pautas a largo plazo en el aprendizaje colectivo y la innovación en la era que estamos estudiando? Y ¿qué consecuencias tuvieron estos procesos en las diferentes regiones del mundo?
LAS MACROESTRUCTURAS
Dos rasgos estructurales destacan en esta era. Primero, que las sociedades se diversificaron más que nunca con la aparición de las ciudades y los estados. Y la diversidad, por sí misma, fue un potente motor del aprendizaje colectivo, porque aumentó la disponibilidad general de las posibilidades ecológicas, tecnológicas y organizativas, así como la sinergia potencial de la variada combinación de estas tecnologías. Pero los estados aumentaron además la escala de las interacciones humanas. Como eran mucho mayores que las comunidades anteriores, su poderoso campo gravitatorio succionó recursos, personas e ideas en un amplio radio geográfico. Por este proceso, las civilizaciones agrarias crearon redes de intercambio distintas y más grandes, y éstas representan el segundo rasgo estructural más sobresaliente de esta era. Redes de intercambio que eran más extensas, variadas y dinámicas que todas las anteriores aumentaron a la vez la escala y variedad de los intercambios y la sinergia potencial del aprendizaje colectivo.
Nuevas formas de diversidad
A riesgo de parecer demasiado esquemático, en esta era podemos concebir cuatro modelos principales de sociedad: tres sin estado (cazadores-recolectores, agricultores independientes y pastores) y una con estado (las civilizaciones agrarias).
Los cazadores-recolectores no desaparecieron durante la era de las civilizaciones agrarias; vivían en comunidades pequeñas, por lo general nómadas, y dependían sobre todo de tecnologías sin metales. A pesar de conocer alguna intensificación, Australia estuvo ocupada exclusivamente por cazadores-recolectores hasta hace doscientos años. También en América, en Siberia, en muchos puntos de Asia meridional y del sureste y en ciertas zonas de África vivieron comunidades parecidas hasta hace unos siglos.
En muchas regiones había multitud de agricultores u horticultores que vivían aproximadamente como venían viviendo desde la primera era agraria, sin estructuras de poder a gran escala. La mayor parte de la población de Papúa y Nueva Guinea estuvo formada por comunidades de este género hasta hace unas décadas; a menudo tenían contactos comerciales y a veces enfrentamientos bélicos con agricultores o cazadoresrecolectores de la región, y en ocasiones con comerciantes de Indonesia. Podían encontrarse comunidades agrícolas sin estado en buena parte de África y en ciertas zonas de América. También podían verse en las fronteras de los grandes imperios exactores, desde Manchuria hasta el norte de Alemania.
Allí donde aumentaban la productividad y la población, las comunidades y las tecnologías agrícolas se extendían a territorios escasamente poblados hasta entonces y en consecuencia ponían los cimientos de nuevas regiones de civilización agraria. Por ejemplo, desde mediados del I milenio d. C. se fue instalando en lo que hoy es Rusia una amplia comunidad de agricultores que hablaban mayoritariamente antiguas lenguas eslavas, y allí pusieron los cimientos demográficos de los primeros estados rusos. Estos cambios se han interpretado a menudo, con excesivo simplismo, como consecuencia de migraciones de pueblos enteros que conocían tecnologías más productivas. Por ejemplo, la difusión de las lenguas indoeuropeas desde el norte del mar Negro hasta el Mediterráneo, Irán, Asia central y el norte de la India se ha relacionado con la difusión de la agricultura o el pastoreo. Del mismo modo, la difusión de las lenguas bantú desde el Camerún hasta buena parte de África central y meridional se ha explicado a menudo como consecuencia de la llegada de pueblos que desplazaron a las comunidades autóctonas porque tenían tecnologías agrícolas más productivas y conocían la transformación del hierro. Las interpretaciones modernas de la difusión de grupos lingüísticos enteros son más complejas, ya que los consideran como resultado de una pluralidad de procesos, por ejemplo las relaciones comerciales y el dominio político o cultural, además de la expansión demográfica, el cambio tecnológico y las migraciones. Sin embargo, la difusión de grupos lingüísticos enteros es un claro indicio de la lenta difusión de tecnologías de diversas clases y más productivas, desde cultivos mejorados, como el del centeno en Europa oriental, hasta herramientas perfeccionadas, como las herraduras y los arados de
hierro[2].
Uno de los movimientos de expansión más extraordinarios, la formación en el Pacífico de una «zona mundial» inexistente hasta entonces, refleja sin lugar a dudas la llegada de olas migratorias. Pero la «Oceanía profunda», las islas exteriores de Micronesia y Polinesia, no fueron colonizadas hasta la aparición de culturas marineras con tecnologías avanzadas de construcción naval y navegación, hace unos 3500 años. Estas poblaciones llegaron seguramente de China meridional o de Formosa, que al parecer fueron la cuna de las lenguas austronesias que hablaban todos estos grupos. Podemos rastrear sus migraciones por el Pacífico gracias a la difusión de una clase especial de alfarería, la llamada vajilla Lapita. Los límites más lejanos de estas migraciones fueron la isla de Pascua (Rapa Nui), colonizada alrededor de 300 d. C., Hawai y Madagascar, colonizadas ambas hacia 500 d. C., y Nueva Zelanda (Aotearoa), colonizada alrededor de 800 d. C. o en 1000-1200 como
muy tarde[3]. Jared Diamond ha señalado que la aparición de estas sociedades isleñas refleja el impacto de los factores ecológicos en el desarrollo social: un par de milenios después ya había en el Pacífico un amplio muestrario de sociedades diferentes que iban desde las comunidades cazadoras-recolectoras, tecnológicamente sencillas, hasta los poderosos protoestados de Hawai y Tonga, que tenían un rígido
sistema de clases y una población que oscilaba entre 30 000 y 40 000 habitantes[4].
La tercera clase de comunidad fue exclusiva de Afroeurasia, ya que básicamente dependía de la explotación de animales domesticados. En muchas regiones áridas de Afroeurasia y en puntos de Siberia septentrional vivían pastores nómadas o seminómadas que cuidaban vacas, ovejas, caballos o renos. Al igual que la mayoría de los agricultores independientes, los pastores solían tener contactos con las civilizaciones agrarias próximas a través de los conflictos armados, el comercio y el intercambio de ideas religiosas y técnicas. Los pastores montados, sobre todo en Eurasia, podían llegar a representar una seria amenaza militar para sus vecinos a causa de su movilidad y de la destreza con que utilizaban los caballos y los camellos en la guerra. Desde finales del I milenio a. C. algunas comunidades de pastores fundaron imperios poderosos en las estepas euroasiáticas, robando a sus ricos vecinos sedentarios. El imperio mayor y más influyente fue el fundado por Gengis Kan, ya en el siglo XIII d. C.; fue el primer imperio político que se extendió desde el Pacífico hasta el Mediterráneo.
Las comunidades sin estado desempeñaron un papel importantísimo en la era de las civilizaciones agrarias, aunque generaron poco material escrito y en consecuencia han sido desestimadas por los historiadores. Como vivían en tierras situadas entre grandes civilizaciones, a menudo se relacionaban con sus poderosos vecinos para formar redes de intercambio mayores, en particular en Afroeurasia. Aunque las Rutas
de la Seda son el ejemplo más claro de este mecanismo[5], las comunidades sin estado también hicieron de puente entre las incipientes civilizaciones de Mesoamérica y Perú. Las civilizaciones agrarias tendían a estar localizadas, pero las comunidades sin estado que quedaban fuera de su control tenían fronteras más difusas; los contactos entre estas sociedades de distinta naturaleza crearon las redes de intercambio más grandes de todo el mundo premoderno.
Sin embargo, las verdaderas dinamos del cambio en este período fueron las comunidades con estado. Las características de las civilizaciones agrarias fueron su tamaño, su densidad demográfica y su complejidad social. En escala y complejidad estaban muy lejos de todas las comunidades anteriores. Sólo las comunidades mayores de la primera era agraria contenían más de 500 habitantes y casi todas tenían menos de 50. Por el contrario, Uruk, una de las ciudades más antiguas, llegó a tener en su período de esplendor unos 50 000 habitantes. Y esta masa de personas buena parte de cuya alimentación y trabajo dependía de las comunidades rurales cercanas, tenía estrechas relaciones con otras trece ciudadesestado del sur de Mesopotamia y comerciaba en el golfo Pérsico y el Mediterráneo, incluso en el norte de la India y en Asia central. La población total del cúmulo de ciudades-estado del sur de Mesopotamia alcanzó probablemente varios centenares de miles de personas. Esta combinación de poblaciones densas y redes jerárquicas de intercambio que conectaban a cientos de miles o a millones de personas que vivían en comunidades muy diferentes y que desbordaban las fronteras de los gobiernos concretos es uno de los rasgos estructurales más importantes de la era de las civilizaciones agrarias.
En las civilizaciones agrarias siempre hay varios (como mínimo tres) niveles de administración y explotación. En la base estaban los productores primarios, sobre todo los pequeños agricultores y horticultores que vivían en aldeas. Sus comunidades se parecían mucho a las de la primera era agraria y la única diferencia era que ahora tenían encima una jerarquía de gobernantes y exactores de tributos. Las comunidades aldeanas producían alimentos, fibras y combustibles como la madera. Y proporcionaban fuerza de trabajo humana y animal para las empresas a gran escala, como las redes de riego, la construcción de grandes edificios y la guerra. Pero el mundo aldeano estaba todavía determinado sobre todo por las necesidades de la familia agrícola, lo que quiere decir que, en este mundo más que en otros, hombres y mujeres eran socios y compañeros. Por encima de esta esfera, conforme iban adquiriendo importancia las funciones especializadas, los hombres empezaron a tener papeles separados, por lo general dominantes, y el patriarcado se volvió más institucionalizado.
Por encima de las aldeas había grupos privilegiados y agentes del poder local: jefes, nobles, funcionarios o sacerdotes. Los agentes del poder local obtenían recursos de los productores primarios, pero por lo general preferían no interferir directamente en la vida de los que estaban por debajo de ellos. El resultado fue algo característico de las civilizaciones agrarias, la presencia de una clara brecha, en lo que se refiere a posición social, riqueza, formas de vida y hábitos intelectuales, entre la masa de los
productores primarios y los exactores de tributos que estaban por encima de ellos[6]. Por encima de los agentes del poder local siempre había por lo menos otro nivel, un nivel de ciudades y gobernantes, que vivían de los recursos que entregaban los agentes del poder regional. A veces aparecían niveles de gobernantes que gobernaban sobre otros gobernantes: los «reyes de reyes», por utilizar el título persa.
Por lo tanto, incluso en las civilizaciones agrarias más sencillas eran muchas las clases de comunidad que quedaban atrapadas en las redes políticas, económicas e ideológicas de poder por las que los grupos privilegiados canalizaban los recursos que necesitaban. La canalización de los recursos determinaba tanto la vida de los grupos privilegiados como la de los productores primarios. Y estos métodos llegaban incluso hasta las unidades familiares, que constituían la base productiva de la sociedad. A pesar de la relativa igualdad reinante en la familia campesina, los varones tendían a reclamar (con desigual resultado) una autoridad refleja que se basaba en el preponderante papel de los varones fuera de las unidades básicas de la familia y la aldea. Las estructuras religiosas, culturales y jurídicas solían apoyar estas exigencias patriarcales.
El medio más eficaz de trasvasar recursos de las unidades familiares a los grupos privilegiados fue la demanda apoyada en una combinación de amenazas religiosas, jurídicas y físicas. Por este motivo, Eric Wolf ha llamado sociedades «de exacción» a
las civilizaciones agrarias[7]. A diferencia de la práctica del regalo, que es la forma característica de intercambiar bienes en las sociedades regidas por el parentesco (y a semejanza del mutualismo en el mundo biológico), la exacción es, por definición, una forma de intercambio desigual. Se parece al parasitismo, una relación en que una parte gana más que la otra y a menudo puede imponerle su voluntad.
Pero, como hemos visto, incluso en las sociedades de exacción sigue habiendo un elemento de reciprocidad o mutualismo. El poder basado en la coacción y el poder basado en el consentimiento pueden coexistir y coexisten en todas las sociedades de exacción. Los productores primarios dependían a menudo de los exactores para la defensa y otros servicios. En tiempo de guerra, los aldeanos se refugiaban tras las murallas de los castillos o las ciudades. En tiempo de paz, los mercados urbanos ofrecían bienes exóticos y formas alternativas de trabajo, y los templos urbanos daban una posibilidad mayor y más grandiosa de hacerse oír por los dioses. Además, a las élites exactoras les interesaba que sus campesinos tuvieran tierra suficiente para vivir de su trabajo y producir un excedente. En este sentido general, los gobernantes y caciques exactores tenían que proteger el derecho a la tierra de las mayorías campesinas. El resultado fue que, en la práctica (aunque no siempre en teoría), los recursos productivos se distribuyeron en las sociedades agrarias de un modo más uniforme que en el mundo moderno. Más que encarnar la explotación pura, las civilizaciones agrarias representaron una forma de simbiosis compleja aunque desigual, semejante, en ciertos aspectos, a la domesticación. La comparación de William McNeill con el parasitismo, citada en el capítulo 9, reproduce bien los matices de este desequilibrio, porque si los parásitos quieren sobrevivir, tienen que proteger a sus anfitriones, del mismo modo que los humanos tienen que proteger a sus animales domésticos y alimentar a sus esclavos. McNeill, en un trabajo posterior, ha calificado de «acuerdo civilizado» esta relación entre las ciudades y las aldeas que
está en la base de todas las civilizaciones agrarias[8].
Las exacciones existieron no sólo dentro de los estados, sino también entre estados vecinos, y en algunos casos se generaron unas relaciones muy especiales. Los imperios agrarios pueden verse como sistemas exactores en que los estados poderosos recaudan tributos de los menos poderosos. Pero a veces la relación se invertía. A fin de cuentas, los parásitos del mundo biológico pueden ser tan grandes como los cucos y tan pequeños como las bacterias. A semejanza de los terribles cíclidos, que se lanzan sobre otros peces y les arrancan la carne a bocados, los estados pequeños se organizaban a veces en ejércitos peligrosos que podían hostigar a los gigantes hasta tal punto que les obligaban a pagar tributos o cuotas de protección. Los ejemplos más conocidos de estas relaciones son las que se dieron entre los pastores nómadas de los estados euroasiáticos y los grandes estados de China, Persia y el Mediterráneo
oriental[9].
Resumiendo: en todas las civilizaciones agrarias están presentes, con mayor o menor rigor, ciertas estructuras, que son:
• Comunidades agrícolas que aportan casi todos los recursos. Están muy
separadas de los grupos privilegiados, pero contienen a la mayoría de la población y producen la mayor parte del contingente humano, la comida, la energía y las materias primas.
• Jerarquías de género que apoyan el derecho masculino al dominio en casi
todos los niveles de la pirámide social.
• Ciudades y pueblos.
• Una compleja división del trabajo en las ciudades y los pueblos y entre las
ciudades y su sector rural.
• Jerarquías de funcionarios, jueces y gobernantes sometidos a reyes. • Ejércitos, controlados por gobernantes, que protegen de otros exactores y al
mismo tiempo permiten a los gobernantes exigir tributos a sus propios súbditos o a las regiones vecinas.
• Burocracias alfabetizadas que inventan y administran recursos. • Redes de intercambio por las que los estados y las ciudades obtienen
recursos que no pueden conseguirse por la fuerza.
• Sistemas de religión e ideología, administrados frecuentemente por el estado,
que legitiman las estructuras estatales y a menudo dan lugar a una arquitectura monumental y a altos niveles de calidad artística.
• Un extenso sector rural que no está directamente bajo su control, pero cuyos
recursos son vitales para el eficaz funcionamiento del conjunto. Estos sectores rurales pueden estar en otras regiones de civilización agraria o pueden estar poblados por agricultores independientes, o por pastores, o por cazadores-recolectores.
Redes de intercambio
En la era de las civilizaciones agrarias, los intercambios relacionaron entre sí a muchas clases de comunidades con más eficacia y alcance que nunca. Estas complejas redes de intercambio representan la segunda innovación estructural más importante de la era de las civilizaciones agrarias.
Los autores de historias universales han venido percatándose de la importancia de los grandes sistemas de interacción y a menudo los han analizado utilizando la idea de sistemas mundiales. Immanuel Wallerstein, el fundador de estas teorías, aducía que en la era moderna sobre todo era necesario analizar no ya países o civilizaciones concretos, sino las redes mayores de poder y comercio en que estaban inmersos, porque estas redes explicaban rasgos que no podían explicarse desde la historia interna de las regiones concretas. Wallerstein llamaba «sistemas-mundiales» a estas redes, aunque no abarcaban literalmente el mundo entero, alegando que en muchos aspectos funcionaban como mundos separados. Los sistemas mundiales son estructuras estratificadas y multirregionales que integran comunidades de muchas clases; en su interior, unas regiones son más influyentes que otras.
Wallerstein se centró en el sistema mundial capitalista, de comienzos de la época moderna, que estuvo dominado por los estados europeos. En realidad fue el primer sistema mundial verdadero que hubo en la historia. Para comprender el creciente poder de Europa en aquel período, los historiadores, siempre según Wallerstein, tenían que saber cómo estaba inmersa Europa en redes de poder y comercio que abarcaban grandes zonas del planeta y cómo se beneficiaba de ellas. Basándose en la idea de Wallerstein, otros historiadores han identificado sistemas parecidos en épocas anteriores. Janet Abu-Lughod afirma que en el siglo XIII hubo un sistema mundial que abarcaba Eurasia, y André Gunder-Frank, Barry Gills y otros sostienen que ya en el III milenio a. C. podrían haber existido «sistemas mundiales» (en un sentido
amplio) a escala regional[10]. Christopher Chase-Dunn y Thomas D. Hall han ido más lejos aduciendo que en todas las zonas del mundo, incluso en regiones sin estados, existieron redes de intercambio por lo menos con algunos rasgos de los sistemas
mundiales[11].
Estas grandes redes señalan las fronteras dentro de las cuales las comunidades humanas pueden compartir información, tecnologías y adaptaciones. Así condicionan los procesos de aprendizaje colectivo a escalas muy grandes y determinan el ritmo y la geografía de las innovaciones durante períodos muy largos. Una de las más importantes aportaciones de las últimas teorías de los sistemas mundiales es que hay varias clases de redes que funcionan de diferente manera y a escala diferente. Michael Mann sostiene que incluso los estados, que parecen claramente delimitados, en realidad ejercen varias clases de poder que funcionan de diferente modo, como
diferentes campos de fuerza[12]. Ha identificado cuatro «redes» de poder e influencia: la ideológica, la económica, la militar y la política. El poder político suele estar limitado por fronteras reconocidas. El poder militar, por el contrario, puede rebasar estas fronteras y llegar hasta donde lo permiten las tecnologías logísticas y militares vigentes. Así, los generales chinos del período Han tenían una idea bastante clara de las dimensiones del ejército que podían enviar a las estepas mongolas y hasta cuándo podían estar en campaña sin gastos excesivos. El poder ideológico es más difuso, porque las fronteras culturales de una región como China son difíciles de concretar, y el poder económico es aún más difícil de precisar. Así pues, las redes económicas e informativas tendían a ser mayores y menos rígidas que las controladas directamente por la fuerza.
Basándose en estas observaciones, Chase-Dunn y Hall han sugerido que hay varias clases de redes de intercambio, cada una con sus características y un radio de acción peculiar. Las principales clases que identifican son las redes de mercancías al por mayor, las redes de bienes de prestigio, las redes político-militares y las redes de
información[13]. La mayor o menor facilidad de transporte de las mercancías determina el alcance de las redes. Hasta hace poco, las mercancías al por mayor, como el cereal, eran de transporte difícil y caro, así que por lo general recorrían distancias cortas. Los ejércitos podían desplazarse más lejos, pero con toda la impedimenta que llevaban, tenían que avanzar despacio. Sin embargo, los bienes de prestigio como la seda eran más fáciles de transportar y recorrían distancias más largas, y la información se desplazaba con más facilidad aún. Tal es la razón por la que los intercambios de información y de bienes de prestigio generaron las redes más grandes y antiguas. (En realidad, los artículos de prestigio pueden llegar con frecuencia más lejos que la información. Pensemos en los ornamentos que se intercambian tantas veces que el significado original se olvida). Y es la razón por la que me he centrado aquí en las redes de intercambio más grandes, las redes de información que abarcaban zonas mundiales enteras.
Las redes grandes de intercambio tienen una «topología» regional característica. Tal vez sea útil recordar el símil de la ley de la gravedad social. En virtud de esta ley imaginaria, las comunidades humanas atraen a otras comunidades, con los bienes, las ideas y las personas que contienen. Conforme crecen las comunidades, aumenta la atracción que se ejerce. A grandes rasgos (y con un sorprendente parecido con la ley de Newton), la magnitud de la atracción gravitatoria entre comunidades es directamente proporcional a su tamaño e inversamente proporcional a la distancia que las separa.
En el Paleolítico, los intercambios eran limitados y se producían a pequeña escala, porque ningún grupo tenía tamaño suficiente para ejercer una atracción importante sobre otros grupos. Pero al aparecer comunidades más amplias, unas intercambiaron bienes e información más aprisa que otras, y cubriendo distancias mayores, porque las comunidades grandes podían atraer recursos y material humano de un área muy vasta. Los intercambios de información, bienes y personas alcanzaban el máximo dinamismo allí donde había muchas comunidades grandes. En estas regiones se acumulaba más información y mercancías que en ningún otro lugar, de modo que podemos denominarlas centros de gravedad. Absorbían personas, ideas y productos de grandes sectores rurales. Pero también ejercían una fuerte atracción sobre las regiones menos densamente pobladas que había entre ellos. Para entender cómo funcionaba esta influencia tenemos que imaginar una forma de gravitación más moderna, más einsteiniana, en la que los cuerpos grandes deforman el espacio-tiempo que les rodea, inclinándolo y enroscándolo hasta el extremo de alterar la conducta y el movimiento de los objetos menores que hay dentro de su campo gravitatorio. Las ciudades grandes y los estados transformaban la topología social de las regiones intermedias y a veces creaban de este modo lo que podemos denominar regiones axiales. Las regiones axiales estaban localizadas entre centros regionales de gravedad. Estos «pasillos gravitatorios», situados en la intersección de varios campos gravitatorios, estaban sometidos a la atracción de centros diversos. Estuvieran densamente pobladas o no, las regiones axiales veían pasar mucho tráfico (véase la figura 10.1).
Una ojeada al mapa del mundo sugiere inmediatamente que Mesoamérica y el corredor que une Mesopotamia y Egipto tuvieron que ser regiones axiales, porque eran puentes entre zonas grandes y variadas. Ciertas regiones, como la Europa del siglo XIX o la Mesopotamia abasí, podrían considerarse por igual regiones axiales y centros de gravedad. Atraían información y bienes a causa de su situación y porque contenían una población densa y rica. Otras regiones, como la China de finales del siglo XIX d. C., valen como centros de gravedad, pero no como ejes; y al contrario, regiones como la Atenas del siglo V a. C., Asia central en 2000 a. C. o Mongolia en el siglo XIII d. C., son válidas como ejes, aunque no tenían población suficiente para ser centros de gravedad. Tanto los centros de gravedad como las regiones axiales influyeron poderosamente en el cambio, ya que el volumen de las mercancías que pasaban por ellos los convirtió en centros de intercambio de información acumulada en muchos kilómetros a la redonda. Sin embargo, la diferencia entre ambos tipos de centro no dejó de tener consecuencias. Los centros de gravedad dieron estructura y forma a las grandes redes de intercambio, mientras que las regiones axiales tenían menos peso y se dejaban transformar más fácilmente por el material intercambiable que circulaba por ellas. Por este motivo las innovaciones significativas solían adquirir importancia primero en las regiones axiales, porque era en ellas donde podían tener mayor impacto, mientras que la masa y la aceleración de los centros de gravedad hacían que éstos cambiaran por lo general más lentamente.
FIGURA 10.1. Modelos de redes de intercambio. Por lo que sabemos, todas las redes de intercambio del
Paleolítico fueron «planas» o «no jerárquicas». Esto quiere decir que la densidad de una región se diferenciaba
poco de la de otra, y que había poca variedad en el ritmo y el volumen de los intercambios. Con la aparición de las
poblaciones agrícolas densas, las redes se volvieron más complejas y jerárquicas, y aparecieron regiones en las
que los intercambios de información fueron tan intensivos que el ritmo del «aprendizaje colectivo» se aceleró
notablemente. En consecuencia, el ritmo de las innovaciones fue mucho más rápido en el Holoceno que en el
Paleolítico.
La escala, diversidad y complejidad crecientes de las redes de intercambio fomentaron procesos de aprendizaje colectivo en territorios muy amplios y explican en parte el peculiar dinamismo tecnológico, político y cultural de la era de las civilizaciones agrarias.
TENDENCIAS A LARGO PLAZO
Alcance y poder crecientes de las civilizaciones agrarias
En 3000 a. C., las civilizaciones agrarias de la Mesopotamia meridional y el valle del Nilo eran excepcionales; a pesar de su elevada población, ésta representaba una parte minúscula de la población humana del planeta. Casi toda la población mundial vivía aún en comunidades sin estado. Cuatro mil años después, en 1000 d. C., las civilizaciones agrarias no abarcaban todavía ni siquiera la quinta parte de la superficie terrestre, aunque en casi todos los demás aspectos eran las comunidades dominantes a nivel mundial. Podían encontrarse en muchas zonas de Afroeurasia y en algunas de América. Incluso en el Pacífico había ya pequeños protoestados (véase la tabla 10.1).
¿Por qué y cómo adquirieron las civilizaciones agrarias semejante preponderancia? No podían aparecer allí donde no existía aún la densidad demográfica rural que se necesitaba para sostenerlas. Así pues, la difusión de las civilizaciones agrarias estuvo estrechamente relacionada con la difusión de la agricultura, y ésta, como ya hemos visto, dependía de las innovaciones tecnológicas que capacitaban a los agricultores para cultivar entornos de variedad creciente. Las tendencias de las innovaciones que describo en la segunda mitad de este capítulo son la clave para entender los cambios descritos en la primera. Esta sección analizará las principales etapas de la difusión de las civilizaciones agrarias en el curso de 4000 años.
En 3000 a. C. sólo había civilizaciones agrarias en Mesopotamia y en Egipto. En 2000 a. C. habían aparecido ya ciudades-estado en Sudán (la poderosa ciudad-estado de Yam o Kerma) y se habían difundido más extensamente en Mesopotamia. En el reinado de Sargón de Acad (que gobernó alrededor de 50 años desde 2350 a. C. aproximadamente) tenemos el primer testimonio de que se abre una nueva etapa en la formación del estado: la aparición de un estado que gobierna sobre varias ciudades-
estado con su correspondiente sector rural[14]. Sargón afirmaba que alimentaba
diariamente a 5400 hombres, una cifra que da cuenta del tamaño de su séquito[15]. Con lo que tal vez fuera el primer ejército permanente de la historia, derrotó a las ciudades-estado rivales. Pero en vez de limitarse a imponerles tributos, las incorporó a su imperio, destruyendo sus murallas y nombrando gobernadores (ensi) a sus propios hijos. Además financió redes comerciales que por un lado cruzaban toda Mesopotamia y llegaban a Asia central y al valle del Indo, y por el otro cruzaban Egipto y alcanzaban el África subsahariana. Mesopotamia fue el eje principal de estas redes; y gracias a la densidad demográfica y a la escala del poder político del régimen de Acad, probablemente fue además el primer centro de gravedad que se formó en una red regional de intercambio.
TABLA 10.1. CRONOLOGÍA DE LAS PRIMERAS CIVILIZACIONES AGRARIAS.
Por una descripción de la capital de Acad (Acad, Akkad o Agadé) que se remonta al comienzo del II milenio podemos hacernos una idea de lo que significaba estar en el centro de estas vastas redes de intercambio, donde la riqueza y la información se acumulaban en grandes cantidades:
En aquellos días, las viviendas de Acad estaban llenas de oro, sus resplandecientes edificios estaban llenos de
plata, a sus graneros llevaban cobre, estaño, bloques de lapislázuli, y sus silos se abombaban [¿?] por los
lados […] había bullicio en los muelles donde atracaban los barcos […] sus murallas se elevaban hacia el
cielo como una montaña […] las puertas: como el Tigris desaguando su caudal en el mar, la sagrada Inanna
abría sus puertas[16].
En 2000 a. C. también había ya civilizaciones agrarias en Creta y entre los hititas de Anatolia. En el noroeste de la península indostánica, siguiendo el curso del Indo, apareció una civilización inequívocamente agrícola a finales del III milenio. La civilización harapp¯a, como la de Sumer, se fundó con la riqueza y el poder de una serie de ciudades grandes, alimentadas con agricultura de regadío, en una árida llanura aluvial. Tenía contactos comerciales y culturales con Asia central y Sumer, pero sus sistemas de escritura y sus estilos artísticos, como los de Egipto, parecen totalmente originales. Así pues, no es descabellado suponer que Harapp¯a fue un eje regional entre otros, en un sistema mundial que abarcaba además las civilizaciones
agrarias del Mediterráneo oriental[17]. La civilización de Harapp¯a decayó en la primera mitad del II milenio. Su caída pudo deberse a las invasiones procedentes del norte, o a problemas ecológicos derivados del riego excesivo, o a modificaciones de los ríos a cuyas orillas se fundó.
Durante el II milenio, el centro de gravedad de las civilizaciones mesopotámicas pasó del norte a Babilonia y, con el paso del tiempo, a Asiria. La atracción gravitatoria que ejercía Babilonia la convirtió en una de las primeras ciudades más grandes que se conocen, con una población que probablemente superaba los 200 000
habitantes[18]. Hammurabi fundó allí un estado imperial alrededor de 1792 a. C. Su código jurídico, con sus 282 leyes esculpidas en 49 columnas de basalto, es el primer testimonio escrito que describe detalladamente estructuras jurídicas y administrativas (véase la figura 10.2). Mientras tanto, las crecientes redes comerciales del Mediterráneo difundieron las tecnologías y los estilos de las civilizaciones de Mesopotamia y Egipto por todo el litoral mediterráneo. En esta zona en expansión estaba el mundo egeo de los poemas homéricos. Las redes comerciales egipcias también se expandieron hacia Sudán y el África subsahariana. De este modo se formó una sola región de intercambio que abarcaba Mesopotamia, buena parte del litoral mediterráneo, ciertas zonas del África subsahariana, Asia central y puntos de la península indostánica.
Este sistema de intercambios, con el centro de gravedad en Mesopotamia pero con conexiones con regiones axiales de Egipto y Sudán, Asia central y el norte de la India, fue la red más grande de la zona mundial afroeuroasiática; esta zona, a su vez, fue la región interconectada más grande del planeta. Por este motivo, en teoría por lo menos, habría sido de esperar que en dicha zona los procesos de aprendizaje colectivo fueran más intensos y las innovaciones más rápidas. Que Mesopotamia estuviera en el eje de las redes afroeuroasiáticas de intercambio podría explicar el papel tan importante que desempeñó esta región en la historia de Afroeurasia y en la historia del mundo en general, desde los primeros momentos de la formación del estado hasta que los cambios decisivos que se produjeron en los últimos 500 años la desplazaron de su posición central.
FIGURA 10.2. Código de Hammurabi (siglo VIII a. C.). Hammurabi gobernó Babilonia aproximadamente entre
1792 a. C. y 1750 a. C. Fue el primer gobernante cuya legislación conocemos detalladamente. En 1901, los
arqueólogos franceses descubrieron una columna de basalto de dos metros de altura con las leyes de Hammurabi
grabadas en ella; en la actualidad está en el Louvre. En este fragmento de la columna vemos al dios sol entregando
a Hammurabi el bastón y el anillo de la autoridad. © Erich Lessing/Art Resource, N. Y.
Pero Mesopotamia no fue en ningún momento el único centro de gravedad, ni siquiera en la zona afroeuroasiática. En China, siguiendo el curso del río Amarillo, aparecieron civilizaciones agrarias durante el II milenio a. C. Hay testimonios arqueológicos y escritos de que en 1600 a. C. había un complejo regional de ciudades-estado en guerra que abarcaba buena parte del norte y el oeste de China, y que por el sur llegaba hasta el Yangtsé. Unas tenían gobernantes ricos y poderosos y otras una burocracia alfabetizada. An-yang pasó a ser en el siglo XIV a. C. un importante centro ceremonial de la semilegendaria dinastía Shang, que reivindicaba el derecho a mandar sobre muchas ciudades-estado subalternas. La investigación moderna da a entender que los historiadores podrían haber exagerado la autoridad que ejercían los gobernantes Shang en otras regiones, ya que sus registros son los únicos que han llegado hasta nosotros. Sin embargo, los reyes Shang capitanearon ejércitos de hasta 13 000 hombres, que eran pertrechados con armas fabricadas en serie y artículos de vestir de las manufacturas del estado. Además construyeron tumbas grandiosas y complejas en las que a menudo se ofrecían sacrificios humanos. La dinastía Chen, que gobernó aproximadamente entre 1050 a. C. y 221 a. C., fue responsable del primer período de unidad informal; en los siglos posteriores China septentrional estuvo a merced de más de un centenar de reinos independientes de diverso tamaño que estaban sometidos a un grupo de siete grandes «estados centrales», los yongguo, los siete situados cerca del río Amarillo. China septentrional renació en el I milenio a. C. como segundo gran centro de gravedad de la zona mundial afroeuroasiática. Ya estaban puestos los cimientos demográficos, tecnológicos y administrativos para que apareciesen el imperio Qin y el primer imperio Han (221-207 a. C. y 207-8 a. C., respectivamente), y así se establecieron las bases tecnológicas, artísticas e intelectuales de la civilización china tradicional.
¿Estuvo el sistema mundial chino totalmente aislado de los del norte de la India y Mesopotamia? La aparición, desde 4000 a. C. aproximadamente, de culturas móviles, de pastoreo, que se integraron en sistemas de intercambio que llegaban hasta las estepas interiores de Eurasia pone de manifiesto que como mínimo hubo contactos indirectos entre todas las regiones de Eurasia durante toda la era de las civilizaciones
agrarias[19] II . Sabemos que durante el y III milenios se difundieron por las estepas idiomas, tecnologías (como la rueda y el carro de guerra), formas de vida (entre ellas las tecnologías básicas del pastoreo mismo) y quizá métodos para trabajar el bronce, además de cultivos y productos mayoritarios como el trigo y la cebada (hacia el este), y pollos y panizo (hacia el oeste). La aparición, en 2000 a. C., de otra región axial en la civilización de «Oxus» (una constelación de ciudades-estado comerciales de Asia central, con contactos con Sumer y China y con el norte de la India) da a entender que estos intercambios ya eran importantes hace 4000 años, porque Asia central es el eje natural de los intercambios transeuroasiáticos. Sigue abierta al debate la cuestión de si los intercambios transeuroasiáticos fueron suficientemente significativos para justificar la afirmación de que hacia 2000 a. C. había un solo sistema
afroeuroasiático[20]. Podemos estar seguros, sin embargo, de que por entonces y en toda Eurasia, ninguna región de civilización agraria estaba totalmente aislada de otras regiones.
Durante el I milenio a. C., el poder y alcance de los imperios agrarios de Afroeurasia aumentaron de manera decisiva. El imperio asirio, con base en el norte de Mesopotamia, dominó esta región entre los siglos X y VII. El imperio aqueménida, fundado en el siglo VI por Ciro el Grande, fue mucho mayor que ningún imperio agrario anterior. Su localización en Persia, en el centro de redes de intercambio que iban de África a la India, Asia central y China, probablemente explica la inagotable importancia de Persia y Mesopotamia en la historia afroeuroasiática. Pero la aridez de gran parte del suelo persa explica también que esta región desde siempre desempeñara más el papel de eje que el de centro de gravedad.
A la sombra de estos grandes imperios, las civilizaciones agrarias se difundieron por el Mediterráneo y Egipto hasta llegar a lo que hoy son Sudán y Etiopía. Estas nuevas regiones de civilización agraria fueron los cimientos de los imperios griego, cartaginés, romano y sudanés. Al principio, las incipientes regiones de civilización agraria consistían en pequeños estados rivales, muchos de los cuales se dedicaban tanto al comercio como a la conquista. Pero, con el paso del tiempo, algunas de estas regiones axiales locales pasaron a ser también centros de gravedad. Las asombrosas conquistas de Alejandro Magno, entre 334 y 323 a. C., crearon un imperio inmenso aunque efímero que abarcaba Grecia, todo el imperio persa y gran parte de Asia central y del norte de la India. El imperio de Alejandro abarcaba toda la región axial de las grandes redes de intercambio de Afroeurasia. Conforme declinaba fueron apareciendo dinastías regionales, marcadas por el helenismo, en Persia, Egipto y Asia central, y en el extremo occidental, en Italia y el norte de África. La difusión de las civilizaciones agrarias por el litoral mediterráneo puso los cimientos de otro sistema imperial, el de Roma. La expansión romana fuera de Italia comenzó con la conquista de Sicilia en 241 a. C. y con los ochenta años de guerras púnicas (264-146 a. C.) entre Roma y Cartago, otro eje regional. En su momento de máximo esplendor, antes de dividirse a finales del siglo IV d. C., el imperio romano controlaba casi toda la cuenca mediterránea y tenía grandes colonias en las regiones agrarias de Europa.
Durante la primera mitad del I milenio a. C., estimuladas en parte por los contactos con el mundo mediterráneo, las civilizaciones agrarias reaparecieron en el norte de la India, sobre todo en las tierras arroceras del Ganges. Allí se formaron importantes ejes regionales y al final un centro regional de gravedad. El mayor imperio indostánico del I milenio a. C., el de los Maurya (hacia 320-185 a. C.), controló casi todo el continente; tuvieron que pasar siglos para que hubiera otro gobernante que controlara individualmente tanto territorio como el emperador Ashoka (reinó en 268-233 a. C.). Sin embargo, la formación de civilizaciones densamente pobladas en la India creó otro centro de gravedad que fomentó la aparición de más redes de intercambio por los mares del sur desde finales del I milenio a. C. Como ha señalado Lynda Shaffer, las exportaciones indostánicas de algodón y azúcar cristalizado, el control indostánico del comercio con oro indonesio y especias de las Molucas y la influencia de las religiones (en especial el budismo) y las matemáticas de la India abarcaron un largo arco que iba desde el este de África hasta el sur de China. Shaffer ha calificado este proceso de «meridionalización», un
neologismo basado en el más conocido término de [21] occidentalización.
A finales del I milenio a. C., las civilizaciones agrarias del este, el sur y el oeste de Eurasia estuvieron más estrechamente relacionadas que nunca. Dos fenómenos vinieron a estrechar los lazos de varios centros euroasiáticos de gravedad que formaron un sistema de intercambio que abarcaba toda Eurasia. El primero fue el aumento radical de la circulación por las Rutas de la Seda cuando los reyes aqueménidas de Persia extendieron su influencia a Asia central, en el siglo VI, y cuando, ya a principios del siglo I, el gobierno chino conquistó Sinkiang y fomentó el comercio con la India, Persia y el Mediterráneo. El segundo fenómeno fue la expansión del comercio marítimo entre el suroeste de Asia, la India y el sureste asiático, cuando los marineros aprendieron a aprovechar los monzones. Estas transformaciones multiplicaron los intercambios de artículos comerciales, ideas religiosas y tecnológicas e incluso enfermedades por toda la masa continental afroeuroasiática. La aparición, en el sur de Egipto, del poderoso estado de Kush (en el Sudán actual), que durante un tiempo tuvo fuerza suficiente para dominar casi todo Egipto (712-664 a. C.), representa una importante etapa en la integración de ciertas áreas del África subsahariana en estas redes mayores.