Mapas del tiempo
Notas
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Procedencia de los epígrafes: Fernand Braudel, On History, trad. inglesa, University of Chicago Press, Chicago, 1980 (hay trad. cast., Escritos sobre la historia, Alianza, Madrid, 1991). Leopold von Ranke, citado en Arthur Marwick, The Nature of History, Macmillan, Londres, 1970. Edward Fitzgerald, The Rubáiyát of Omar Khayyám of Naishápúr, estrofa 47, tomado de The Norton Anthology of Poetry, W. W. Norton, Nueva York, 1970, ed. a cargo de Alexander W. Allison et al., (hay trad. cast., Omar Jayyam, Robaiyyat, Hiperión, Madrid, 2005). James Joyce, Finnegans Wake, Faber, Londres, 1975 (reimp.) (Versión española resumida por Víctor Pozanco, Lumen, Barcelona, 1993). Mark Twain, «The Damned Human Race», en Letters from the Earth, Harper and Row, Nueva York, 1962, ed. de Bernard De Voto, citado en Lynn Margulis y Dorion Sagan, Microcosmos: Four Billion Years of Microbial Evolution, Allen and Unwin, Londres, 1987 (hay trad. cast., Microcosmos: cuatro mil millones de años de evolución desde nuestros ancestros microbianos, Tusquets, Barcelona, 1995).
[1] David Christian, «The case for “Big History”», Journal of World History 2, n.º 2 (otoño 1991), pp. 223-238, reimp. en Ross E. Dunn (ed.), The New World History: A Teacher’s Companion, Bedford/St. Martin’s, Boston, 2000, pp. 575-587. Al principio utilicé la expresión «gran historia» (big history) casi en broma, aunque después me di cuenta de su posible presuntuosidad. De todos modos, me he acostumbrado a ella y hoy es una etiqueta cómoda para referirse a todo intento de enfocar la historia a la
mayor escala posible. <<
[2] Pueden verse dos importantes versiones unificadas del pasado —la primera desde el punto de vista cosmológico, la otra desde una perspectiva geológica— en Eric J. Chaisson, Cosmic Evolution: The Rise of Complexity in Nature, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 2001, y Preston Cloud, Cosmos, Earth and Man: A Short History of the Universe, Yale University Press, New Haven, 1978 (hay trad.
cast., El cosmos, la tierra y el hombre, Alianza, Madrid, 1988). <<
[3] Murray Gell-Mann, «Transitions to a More Sustainable World», en Yorick Blumenfeld (ed.), Scanning the Future: Twenty Eminent Thinkers on the World of
Tomorrow, Thames and Hudson, Londres, 1999, pp. 61-62. <<
[4] Fred Spier, The Structure of Big History: From the big bang until Today,
Amsterdam University Press, Amsterdam, 1996. <<
[5] Edward O. Wilson, Consilience: The Unity of Knowledge, Abacus, Londres, 1998 (hay trad. cast., Consilience: la unidad del conocimiento, Galaxia Gutenberg,
Barcelona, 1999). <<
[6] William H. McNeill, «History and Scientific Worldview», History and Theory 37,
n.º 1 (1998), pp. 12-13. <<
[7] Erwin Schrödinger, What is Life? (1944), reimp. en What is Life? The Physical Aspects of the Living Cell, con Mind and Matter y Autobiographical Sketches, Cambridge University Press, Cambridge, 1992, p. 1 (hay trad. cast., ¿Qué es la vida?,
Tusquets, Barcelona, 20015). <<
[8] Spier, The Structure of Big History. <<
[9] Según la célebre fórmula de Lyotard, el posmodernismo es sobre todo «escepticismo ante los metarrelatos». (Jean-François Lyotard, The Postmodern Condition: A Report on Knowledge, trad. inglesa, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1984, p. XXIV; hay trad. cast., La condición posmoderna, Cátedra, Madrid, 20007); Keith Jenkins dice de los grandes relatos que son «filosofías omnímodas de la historia, como la versión ilustrada del progreso de la razón y la libertad o el drama marxista del avance de las fuerzas productivas humanas que a través de los conflictos de clase culmina en la revolución proletaria»: Jenkins (ed.),
The Postmodern History Reader, Routledge, Londres, 1997, p. 7. <<
[10] George E. Marcus y Michael M. J. Fischer, Anthropology as Cultural Critique: An Experimental Moment in the Human Sciences, University of Chicago Press, Chicago, 1986, p. 15 y pássim (hay trad. cast., La antropología como crítica cultural: un momento experimental en las ciencias humanas, Amorrortu, Buenos Aires, 2000).
<<
[11] Natalie Zennon Davies, acerca de un simposio sobre «Cultural Encounters between the Continents over the Centuries», en Nineteenth International Congress of
Historical Sciences, Nasjonalbiblioteket, Oslo, 2000, p. 47. <<
[12] William Cronon, «A Place for Stories: Nature, History and Narrative», Journal of
American History 78, n.º 4 (marzo 1992), p. 1349. <<
[13] Ernest Gellner, Plough, Sword, and Book: The Structure of Human History, Paladin, Londres, 1991, pp. 12-13 (hay trad. cast., El arado, la espada y el libro; la
estructura de la historia humana, Península, Barcelona, 1994). <<
[14] Patrick O’Brien, «Is Universal History Possible?», en Nineteenth International
Congress of Historical Sciences, p. 13. <<
[15] La metáfora del conocimiento como serie de mapas de la realidad se sitúa deliberadamente en el fiel de la balanza entre la teoría instrumentalista del conocimiento y la teoría realista. De la historiografía como cartografía habla con elegancia John Lewis Gaddis en The Landscape of History: How Historians Map the Past, Oxford University Press, Oxford, 2002, sobre todo en pp. 31-34 (hay trad. cast., El paisaje de la historia. Cómo los historiadores representan el pasado, Anagrama, Barcelona, 2004). Puede verse un repaso difícil pero actualizado del debate entre instrumentalismo y realismo en el seno de la filosofía de la ciencia en Stathis Psillos, Scientific Realism: How Science Tracks Truth, Routledge, Londres, 1999, que rastrea la línea fronteriza de los dos enfoques, aunque al final opta por la posición realista.
<<
Epígrafes: William Shakespeare, Noche de Epifanía, 1.2, citado por Gaddis, p. 16 (vid. nota 15 de la introducción), que añade: «Las primeras palabras que Shakespeare pone en boca de Viola, llenas de inteligencia, curiosidad y algo de temor, podrían ser el punto de partida de todo historiador que observa el paisaje de la historia».
[1] Deborah Bird Rose, Nourishing Terrains: Australian Aboriginal Views of
Landscape and Wilderness, Australian Heritage Comission, Canberra, 1996, p. 23. <<
[2] Rig Veda, ed. inglesa, Penguin, Hammonsworth, 1981, pp. 25-26. <<
[3] Popol Vuh: The Mayan Book of the Dawn of Life, trad. inglesa, Simon and Schuster, Nueva York, 1996, p. 64 (texto castellano tomado de la antología de
Demetrio Sodi, La literatura de los mayas, Joaquín Mortiz, México, 1964). <<
[4] Barbara Sproul, Primal Myths: Creation Myths Around the World, 1994, reimp.
HarperSanFrancisco, San Francisco, 1991, p. 15. <<
[5] En Time: An Essay, trad. inglesa, Blackwell, Oxford, 1992 (hay trad. cast., Sobre el tiempo, FCE, Madrid, 1989), uno de los mejores trabajos modernos sobre el tema, sostiene Norbert Elias que nuestro concepto del tiempo está determinado en buena medida por la necesidad de los individuos de las sociedades complejas de coordinar
con precisión sus actividades. <<
[6] Tony Swain describe este sentido de la identidad basado en los lugares de algunos aborígenes australianos: vid. A Place for Strangers: Towards a History of Australian
Aboriginal Being, Cambridge University Press, Cambridge, 1993, cap. 1. <<
[7] Tomado de Sproul, Primal Myths, pp. 137-138. <<
[8] Peter White, «The Settlement of Ancient Australia», en Göran Burenhult (ed.), The Illustrated History of Humankind, vol. I: The First Humans: Human Origins and History to 10 000 B. C., University of Queensland Press, St. Lucia (Australia), 1993,
p. 148. <<
[9] Stephen Hawking, The Universe in a Nutshell, Bantam, Nueva York, 2001, p. 85 (hay trad. cast., El universo en una cáscara de nuez, Crítica-Planeta, Barcelona,
2002). <<
[10] Esta idea del «tiempo del sueño» (dreamtime) se introdujo en el idioma inglés por los informes procedentes de una expedición de 1894 a Australia central; es traducción de la palabra arunta altyerre, que significa «soñar»; véase Rhys Jones, «Folsom and Talgai: Cowboy Archaeology in Two Continents», en Harold Bolitho y Chris Wallace-Crabbe (eds.), Approaching Australia: Papers from the Harvard Australian Studies Symposium, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1997,
p. 20. <<
[11] Mircea Eliade, The Myth of Eternal Return, or Cosmos and History, trad. inglesa, Pantheon, Nueva York, 1954 (hay trad. cast., El mito del eterno retorno. Arquetipos y
repetición, Alianza, Madrid, 2000). <<
[12] Lee Smolin, The Life of the Cosmos, Phoenix, Londres, 1998, sobre todo cap. 7.
<<
[13] Hoy es fácil reírse de estos cálculos, pero, como señala Timothy Ferris, la idea de precisar el momento del origen refleja una mentalidad totalmente moderna, y, de todos modos, el arzobispo Usher, cuyos datos perfeccionó Lightfoot más tarde, se equivocó sólo por una potencia de un millón, lo que no está tan mal en cosmología moderna: The Whole Shebang: A State-of-the-Universe(s) Report, Simon and Schuster, Nueva York, 1997, p. 172 (hay trad. cast., Informe sobre el universo,
Crítica, Barcelona, 1998). <<
[14] Puede verse un resumen actualizado en Charles Lineweaver, «Our Place in the Universe», en Malcolm Walter (ed.), To Mars and Beyond: Search for the Origins of
Life, National Museum of Australia, Canberra, 2002, pp. 88-99. <<
[15] Según los datos de la sonda Wilkinson Microwave Anisotropy Probe (WMAP) publicados por la NASA en febrero de 2003, el cálculo más exacto del tiempo transcurrido desde el big bang da 13 700 millones de años. Vid. «Imagine the Universe News», 12 de febrero de 2003, http://imagine.gsfc.nasa.gov/docs/features/news/12feb03.html (página consultada en
abril de 2003). <<
[16] Martin Rees, Just Six Numbers: The Deep Forces that Shape the Universe, Basic Books, Nueva York, 2000, p. 133 (hay trad. cast., Seis números nada más, Debate, Barcelona, 2001), señala lo siguiente: «El salto atrás de 10-14 -35 segundos a 10
segundos es […] mayor (porque comprende más potencias de diez) que el tiempo transcurrido entre el umbral de tres minutos en que se formó el helio […] y el
presente (1037 segundos, es decir, diez mil millones de años)». <<
[17] Richard P. Feynman, Six Easy Pieces: the Fundamentals of Physics Explained, Penguin, Londres, 1998, p. 5 (hay trad. cast., Seis piezas fáciles: la física explicada
por un genio, Crítica, Barcelona, 2002). <<
[18] Eric Chaisson, Cosmic Evolution: The Rise of Complexity in Nature, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 2001, p. 126, sostiene que la
expansión fue fundamental para la aparición de entidades complejas. <<
[19] Ferris, The Whole Shebang, p. 78. Puede verse una explicación muy pedagógica de la idea de inflación en Paul Davis, The Last Three Minutes, Phoenix, Londres, 1995, pp. 28-35 (hay trad. cast., Los últimos tres minutos, Debate, Madrid, 2001). Para remediar las posibles dificultades con la notación exponencial, véase la «Nota
sobre la notación exponencial», al final de este capítulo. <<
[20] Rees, Just Six Numbers, pp. 93-97. <<
[21] Chaisson, Cosmic Evolution, p. 112. <<
[22] Los datos de la WMAP de la NASA dan a entender que esta transición, que liberó la radiación cósmica de fondo, se produjo unos 380 000 años después del big bang. Vid.
«Imagine the Universe News», 12 de febrero de 2003. <<
[23] Chaisson, Cosmic Evolution, p. 113. <<
[24] Feynman, Six Easy Pieces, p. 34; Ferris dice que si el núcleo fuera una pelota de golf, sus electrones más lejanos estarían a unos tres kilómetros (The Whole Shebang,
p. 108). <<
[25] Chaisson, Cosmic Evolution, p. 2 <<
[26] Aquí pisamos un terreno simbólico muy complejo. Como dice Thich Nhat Hanh, maestro zen vietnamita, «La forma es la ola y el vacío el agua»; cf. The Heart of Understanding: Commentaries on the Prajñaparamita Heart Sutra, ed. de Peter
Levitt, Parallax, Berkeley, 1988, p. 15; el Sutra del Corazón se cita en la p. 1. <<
[27] Wendy L. Freedman, «The Expansion Rate and Size of the Universe», Scientific American, primavera de 1998, pp. 92-97; Ken Croswell, «Uneasy Truce», New Scientist, 30 de mayo de 1998, pp. 42-46. Véase la nota 15 para estimaciones más
recientes. <<
[28] Max Tegmark, citado en James Glanz, «In the big bang’s Echoes: Clues to the
Cosmos», New York Times, 6 de febrero de 2001. <<
[29] Sobre la WMAP de la NASA, véase el sitio de Internet «Wilkinson Microwave Anisotropy Probe», 14 de marzo de 2003, http://map.gsfc.nasa.gov (visitado en abril de 2003); para los últimos resultados de la sonda, hechos públicos en febrero de
2003, véase la nota 15. <<
[30] Lynn Margulis y Dorion Sagan, Microcosmos: Four Billion Years of Microbial
Evolution, Allen and Unwin, Londres, 1987, p. 41. <<
[31] Peter Coles, Cosmology: A very Short Introduction, Oxford University Press, Oxford, 2001, pp. 91-92; Hawking, Universe in a Nutshell, pp. 96-99, detalla la teoría
de la «energía de vacío». <<
[32] Mi exposición de la notación exponencial se basa en la inteligentísima descripción de Cesare Emiliani, The Scientific Companion: Exploring the Physical World with Facts, Figures, and Formulas 2 , John Wiley, Nueva York, 1995, pp. 5-10.
<<
Epígrafe: Martin Rees, Just Six Numbers: The Deep Forces That Shape the Universe, Weidenfeld and Nicolson, Londres, 2000, p. 126.
[1] Timothy Ferris, The Whole Shebang: A State-of-the-Universe(s) Report, Simon
and Schuster, Nueva York, 1997, pp. 51-52. <<
[2] Una exposición competente y actualizada del problema de la materia oscura puede verse en el cap. 5 de Ferris, The Whole Shebang, «The Black Taj»; véase también Rees, Just Six Numbers, cap. 6. Los cálculos más recientes dan a entender que la radiación podría equivaler sólo al 0,005 por ciento de la masa del universo; las partículas como los neutrinos podrían componer el 0,3 por ciento; la materia común —los objetos formados por partículas como los protones y los electrones— podrían componer el 5 por ciento; la «materia oscura y fría», compuesta por partículas previstas por la teoría pero no detectadas aún, podría sumar el 25 por ciento; en el restante 70 por ciento podría estar la «energía oscura». Véase David B. Cline, «The search for Dark Matter», Scientific American, marzo de 2003, pp. 50-59, sobre todo
la tabla de la p. 53. <<
[3] Según datos de la WMAP, hechos públicos por la NASA en febrero de 2003, es posible que las primeras estrellas apareciesen 200 millones de años después del big bang. Vid. «Imagine the Universe News», 12 de febrero de 2003, http://imagine.gsfc.nasa.gov/docs/features/news/12feb03.html (sitio consultado en
abril de 2003). <<
[4] Rees, Just Six Numbers, p. 53; el único medio de transformar en energía el 100 por
ciento de la masa es unir materia y antimateria. <<
[5] Ferris, The Whole Shebang, pp. 79-80. <<
[6] Lee Smolin, The Life of the Cosmos, Phoenix, Londres, 1998, sobre todo cap. 7 («Did the Universe Evolve?»). Las teorías del «darwinismo universal» afirman que cualquier sistema que contenga duplicadores (en este caso, universos y agujeros negros) podría crear entidades complejas por medio de procesos algorítmicos irracionales equivalentes a la selección natural; véase, por ejemplo, Henry Plotkin, Evolution in Mind: An Introduction to Evolutionary Psychology, Penguin, Londres,
1997, pp. 251-252. <<
[7] Charles Lineweaver, «Our Place in the Universe», en Malcolm Walter (ed.), To Mars and Beyond: Search for the Origins of Life, National Museum of Australia,
Canberra, 2002, p. 95. Vid. también la nota 2. <<
[8] John Wilford Noble, «Cosmic Players that Could’ve Been Stars», New York Times,
8 de junio de 2001. <<
[9] Véase Armand Delsemme, Our Cosmic Origins: From the big bang to the Emergence of Life and Intelligence, Cambridge University Press, Cambridge, 1998, p. 61, donde se resume gráficamente el distinto comportamiento de estrellas que tienen diferente masa; Paul Davies, The Last Three Minutes, Phoenix, Londres, 1995,
pp. 41-45, describe bien los detalles de la explosión llamada supernova. <<
[10] Véase Delsemme, Our Cosmic Origins, pp. 74-75. <<
[11] Ken Croswell, The Alchemy of the Heavens, Oxford University Press, Oxford,
1996, pp. 47-48. <<
[12] E. O. Wilson, Consilience, Abacus, Londres, 1999, p. 49. <<
[13] La primera vez que oí hablar de estos experimentos mentales fue a principios de los años noventa, en una serie de charlas del difunto David Allen, un astrónomo
inglés que vivía y trabajaba en Sidney. <<
[14] Cesare Emiliani, The Scientific Companion: Exploring the Physical World with
Facts, Figures, and Formulas 2 , John Wiley, Nueva York, 1995, p. 9. <<
[15] Croswell, Alchemy of the Heavens, p. 182. <<
[1] Ross Taylor, «The Solar System: An Environment for Life?», en Malcolm Walter (ed.), To Mars and Beyond: Search for the Origins of Life, National Museum of
Australia, Canberra, 2002, pp. 59-60. <<
[2] Nigel Hawkes, «First Sight of a Planet Outside our Solar System», Times
(Londres), 29 de mayo de 1998, p. 5. <<
[3] Ian Crawford, «Where are They?», Scientific American, julio de 2000, pp. 38-43, hace un repaso valorativo de las últimas estimaciones sobre la probabilidad de
conocer otras formas de vida en el futuro próximo. <<
[4] Armand Delsemme, Our Cosmic Origins: From the big bang to the Emergence of Life and Intelligence, Cambridge University Press, Cambridge, 1998, pp. 116-121,
sostiene que los cometas desempeñaron este importante papel. <<
[5] Para las técnicas de datación, vid. el apéndice 1; vid. también Delsemme, Our Cosmic Origins, p. 285; Neil Roberts, The Holocene: An Environmental History, Blackwell, Oxford, 19982, cap. 2; y Nigel Calder, Timescale: An Atlas of the Fourth
Dimension, Chatto and Windus, Londres, 1983. <<
[6] Hay una buena cronología de la Tierra en Lynn Margulis y Dorion Sagan, What is Life, University of California Press, Berkeley, 1995, pp. 64-80 (hay trad. cast., ¿Qué
es la vida?, Tusquets, Barcelona, 1996). <<
[7] Ian W. D. Dalziel, «Earth before Pangea», Scientific American, enero de 1995,
pp. 38-43. <<
[1] Erwin Schrödinger, What is Life?, en What is Life? The Physical Aspect of the
Living Cell, Cambridge University Press, Cambridge, 1992, p. 77. <<
[2] Eric Chaisson llama m a esta cantidad, la «densidad del ritmo de la energía libre», que Chaisson mide en «unidades de energía por tiempo por masa»; añade que la idea «la conocen los astrónomos como la proporción luminosidad/masa, los físicos como la densidad de la energía, y los geólogos como el flujo específico de radiación, los biólogos como el ritmo metabólico específico, y los ingenieros como la proporción fuerza/masa». (Cosmic Evolution: The Rise of Complexity in Nature,
Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts), 2001, p. 134. <<
[3] Schröndinger, What is Life?, p. 73. <<
[4] Martin Rees, «Exploring our Universe and Others», Scientific American,
diciembre de 1999, p. 46. <<
[5] Otro naturalista, Alfred Russell Wallace, tuvo la misma idea al mismo tiempo y tanto él como Darwin presentaron la teoría en dos artículos que se publicaron en 1858
en el Journal of the Linnaean Society. <<
[6] Charles Darwin, The Origin of Species by Means of Natural Selection: The Preservation of Favored Races in the Struggle for Life (1859), Penguin, Harmondsworth, 1968, p. 82 (traducción castellana tomada de El origen de las
especies, Espasa-Calpe, Madrid, 1988, pp. 71-72). <<
[7] Darwin, Origin of Species, p. 90. <<
[8] Que los procesos algorítmicos irracionales podrían generar abundantísima complejidad es la intuición fundamental que David Dennett llama «peligrosa idea de Darwin» y describe en su ya clásico Darwin’s Dangerous Idea: Evolution and the Meaning of Life, Allen Lane, Londres, 1995 (hay trad. cast., La peligrosa idea de
Darwin, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1999). <<
[9] Darwin, The Origin of Species, pp. 441-442, 115; citado en Tim Megarty, Society in Prehistory: The Origins of Human Culture, Macmillan, Basingstoke, 1995, pp. 33-
34. <<
[10] Hubert Reeves, Joël de Rosnay, Yves Coppens y Dominique Simonnet, Origins: Cosmos, Earth, and Mankind, trad. inglesa, Arcade Publishing, Nueva York, 1998, p. 138 (entrevista con Coppens) (hay trad. cast., La historia más bella del mundo. Los
secretos de nuestros orígenes, Anagrama, Barcelona, 1997, p. 115). <<
[11] Armand Delsemme, Our Cosmic Origins: From the big bang to the Emergence of Life and Intelligence, Cambridge University Press, Cambridge, 1998, p. 135. Stuart Kauffman analiza la curiosa posibilidad de que el delicado equilibrio entre orden y caos pueda ser fruto de procesos evolutivos; véase At Home in the Universe: the
Search for Laws of Complexity, Viking, Londres, 1995, p. 90. <<
[12] El material de esta sección se ha basado en las clases que dio David Briscoe en la Universidad Macquarie (de Sidney, Australia) desde 1989; véase también Lynn Margulis y Dorion Sagan, What is Life?, University of California Press, Berkeley,
1995, pp. 64-69. <<
[13] Lynn Margulis y Dorion Sagan, Microcosmos: Four Billion Years of Microbial
Evolution, Allen and Unwin, Londres, 1987, p. 48. <<
[14] Los aminoácidos son moléculas orgánicas simples que contienen un grupo amino (-NH ) y un grupo carboxilo (-COOH), además de un grupo variable de átomos, 2
unidos a un átomo de carbono; los nucleótidos también son simples y constan de una molécula de azúcar, ácido fosfórico y una base nitrogenada (entre cuatro bases posibles). Unidos entre sí en largas cadenas, los nucleótidos forman los dos grandes grupos de ácidos nucleicos, el ADN y el ARN, llamados así porque fueron los primeros en aislarse en el núcleo de la célula; el ADN y el ARN son las claves de la herencia de
todos los organismos vivos. <<
[15] Un investigador de los orígenes de la vida, Malcolm Walter, analiza muy bien
estos temas en The Search for Life on Mars, Allen and Unwin, Sidney, 1999. <<
[16] Darwin, citado en Paul Davis, The Fifth Miracle: The Search for the Origin of Life, Penguin, Harmondsworth, 1999, p. 54 (hay trad. cast., El quinto milagro: la
búsqueda del origen y significado de la vida, Crítica, Barcelona, 2000). <<
[17] A. G. Cairns-Smith, Seven Clues to the Origins of Life, Cambridge University Press, Cambridge, 1985 (hay trad. cast., Siete pistas sobre el origen de la vida,
Alianza, Madrid, 1990). <<
[18] Reeves, De Rosnay, Coppens y Simonnet, Origins, p. 92 (entrevista con de
Rosnay). <<
[19] Para ver un repaso detallado de estos descubrimientos sobre las arqueobacterias y
sus consecuencias, cf. Davis, The Fifth Miracle, especialmente cap. 7. <<
[20] Karen L. Von Damm, «Lost City Found», Nature, 12 de julio de 2001, pp. 127-
128. <<
[21] Birger Rasmussen, «Filamentous Microfossils in a 3,235-Million Year-Old Volcanogenic Massive Sulphide Deposit», Nature, 8 de junio de 2000, pp. 676-679, describe el hallazgo del fósil de «extremófila» más antiguo que se conoce, con 3200 millones de años, en la región australiana de Pilbara. Es probable que estas bacterias «comieran» elementos químicos y vivieran cerca de las azufradas chimeneas volcánicas de las profundidades marinas; los restos de arqueobacterias más antiguos
que se conocían hasta entonces tenían sólo 500 millones de años. <<
[22] Hay una buena exposición sobre este asunto de la primacía en Freeman Dyson, Origins of Life 2 , Cambridge University Press, Cambridge, 1999 (hay trad. cast., Los
orígenes de la vida, Cambridge University Press, Madrid, 1999). <<
[23] Cesare Emiliani, The Scientific Companion: Exploring the Physical World with Facts, Figures, and Formulas 2 , John Wiley, Nueva York, 1995, p. 151. Cuentan que Fred Hoyle comparó las probabilidades de los procesos aleatorios de construir incluso la bacteria más simple con las probabilidades de un remolino de aire de construir «un Boeing 747 con el material de un depósito de chatarra» (citado en Delsemme, Our
Cosmic Origins, p. 151). <<
[24] Véase una descripción de estos hipotéticos mecanismos ocultos en Kauffman, At Home in the Universe, y Paul Davis, The Cosmic Blueprint, Unwin, Londres, 1989
(hay trad. cast., Proyecto cósmico, Pirámide, Madrid, 1989). <<
[25] John Maynard Smith y Eörs Szathmáry, The Origins of Life: From the Birth of Life to the Origins of Language, Oxford University Press, Oxford, 1999, describen el
«mundo del ADN» en los caps. 3 y 4. <<
[26] Dyson, Origins of Life, p. 40. <<
[27] Dyson, Origins of Life, cap. 3. <<
[1] Lynn Margulis y Dorion Sagan, Microcosmos: Four Billion Years of Microbial
Evolution, Allen and Unwin, Londres, 1987. <<
[2] Stephen Jay Gould, Life’s Grandeur: The Spread of Excellence from Plato to Darwin, Jonathan Cape, Londres, 1996 (hay trad. cast., La grandeza de la vida, de Platón a Darwin, Crítica, Barcelona, 1997); véase el cap. 14 para los argumentos en favor del predominio de las bacterias, entre ellos la posibilidad de que las bacterias representen más de la mitad de la masa total de los organismos vivos del planeta;
véase también Margulis y Sagan, Microcosmos. <<
[3] John Maynard Smith y Eörs Szathmáry, The Origins of Life: From the Birth of Life to the Origins of Language, Oxford University Press, Oxford, 1999, p. 15. Para conocer otro enfoque que entiende la evolución como parte de un proceso de complejidad creciente, véase Hubert Reeves, Joël de Rosnay, Yves Coppens y Dominique Simonnet, Origins: Cosmos, Earth, and Mankind, Arcade Publishing,
Nueva York, 1998. <<
[4] Este enfoque de la creciente complejidad de la vida se explica de un modo soberbio en Maynard Smith y Szathmáry, The Origins of Life; para hacerse una idea de lo que opinan los biólogos sobre la complejidad, véase Roger Lewin, Complexity: Life on the Edge of Chaos, Phoenix, Londres, 1993, cap. 7 (hay trad. cast.,
Complejidad, el caos como generador de orden, Tusquets, Barcelona, 2002). <<
[5] Maynard Smith y Szathmáry, The Origins of Life, p. 62. <<
[6] Para conocer una descripción más detallada de estos hallazgos de bacterias, véase Malcolm Walter, The Search for Life on Mars, Allen and Unwin, Sidney, 1999, cap. 3; Walter es uno de los investigadores que más ha trabajado con ellas. Cabe la posibilidad de que los indicios no sean verdaderos; en tal caso, los indicios seguros de
vida más antiguos que se conocen tienen menos de 2000 millones de años. <<
[7] Paul Davis, The Fifth Miracle: The Search for the Origin of Life, Penguin,
Harmondsworth, 1999, sobre todo el cap. 10. <<
[8] La descripción que sigue se basa en John Snyder y C. Leland Rodgers, Biology,
Barron’s, Nueva York, 1995, caps. 5 y 6. <<
[9] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 97. <<
[10] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 88. <<
[11] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 93. <<
[12] Las cifras del oxígeno figuran en Armand Delsemme, Our Cosmic Origins: From the big bang to the Emergence of Life and Intelligence, Cambridge University Press,
Cambridge, 1998, p. 168; y véase la gráfica de la p. 170. <<
[13] Margulis y Sagan, Microcosmos, cap. 6. <<
[14] J. E. Lovelock, Gaia: A New Look at Life on Earth (1979), Oxford University Press, Oxford, 1987 (reimp.), p. 69 (hay trad. cast., Gaia, una nueva visión de la vida
sobre la tierra, Hermann Blume, Madrid, 1983). <<
[15] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 93. <<
[16] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 114. <<
[17] Lynn Margulis y Dorion Sagan, What is Life?, University of California Press,
Berkeley, p. 73. <<
[18] Vid. Maynard Smith y Szathmáry, The Origins of Life, cap. 6. <<
[19] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 115. <<
[20] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 119; y véanse las pp. 123-125 para el delicado
equilibrio entre la cooperación y la competencia en la evolución. <<
[21] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 142. <<
[22] Maynard Smith y Szathmáry, The Origins of Life, cap. 7. <<
[23] Richard A. Fortey, Life: An Unauthorized Biography: A Natural History of the First Four Thousand Million Years of Life on Earth, Flamingo, Londres, 1998, p. 89
(hay trad. cast., La vida: una biografía no autorizada, Taurus, Madrid, 1999). <<
[24] Reeves, De Rosnay, Coppens y Simonnet, Origins, p. 110 (entrevista con de
Rosnay). <<
[25] Maynard Smith y Szathmáry, The Origins of Life, pp. 125-129. <<
[26] Maynard Smith y Szathmáry, The Origins of Life, p. 28. <<
[27] Estos ejemplos proceden de Stuart Kauffman, At Home in the Universe: The Search for Laws of Complexity, Viking, Londres, 1995, p. 109, pero reduciendo la
cantidad de genes de los humanos. <<
[28] Ernst Mayr, The Growth of Biological Thought, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1982, p. 273 (hay trad. cast., Una larga controversia: Darwin y el darwinismo, Crítica, Barcelona, 1992); citado en Tim Megarry, Society in
Prehistory: The Origins of Human Culture, Macmillan, Basingstoke, 1995, p. 19. <<
[29] Esta taxonomía se basa en la clasificación actual tal como aparece en Roger Lewin, 4 Human Evolution: An Illustrated Introduction , Blackwell, Oxford, 1999,
p. 43 (hay trad. cast., Evolución humana, Salvat, Barcelona, 1994). <<
[30] Stephen Jay Gould, Wonderful Life: The Burgess Shale and the Nature of History, Hutchinson, Londres, 1989 (hay trad. cast., La vida maravillosa: Burgess Shale y la
naturaleza de la historia, Crítica, Barcelona, 1999). <<
[31] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 187. <<
[32] Margulis y Sagan, Microcosmos, pp. 174-175. <<
[33] Nicholas Humphrey, A History of the Mind, Chatto and Windus, Londres, 1992, p. 97 (hay trad. cast., Una historia de la mente, Gedisa, Barcelona, 1995); Humphrey añade (p. 195) que, en este sentido simple, la conciencia pudo haber aparecido primero en el cerebro de los mamíferos y las aves, que es más complejo, pero parece
que es posible apreciarla en organismos mucho más simples. <<
[34] Terrence W. Deacon, The Symbolic Species: The Co-evolution of Language and
the Brain, Penguin, Harmondsworth, 1997, p. 455. <<
[35] Deacon, The Symbolic Species, p. 450. <<
[36] Véase Luann Becker, «Repeated Blows», Scientific American, marzo de 2002, pp. 76-83; el posible punto de impacto del asteroide se ha localizado últimamente en
Bedout, en el mar, frente a las costas de Australia noroccidental. <<
[37] Los dinosaurios han entrado en la imaginación humana con fuerza arrolladora. Por poner un ejemplo llamativo, parece que ciertas antiguas leyendas centroasiáticas que hablaban de dragones o «grifos» gigantescos que protegían tesoros escondidos se basaban en los restos de dinosaurios como los protoceratopsios cuyos fósiles se han encontrado en abundancia en las montañas de Tien Shan, en China, cerca de yacimientos de oro. Véase Jannine Davis-Kimball y Mona Behan, Warrior Women: An Archaeologist’s Search for History’s Hidden Heroines, Warner, Nueva York, 2002,
cap. 6. <<
[38] Hay una descripción muy gráfica del impacto del asteroide en Tim Flannery, The Eternal Frontier: An Ecological History of North America and its Peoples, Atlantic
Monthly Press, Nueva York, 2001, cap. 1. <<
[39] Sobre el polémico asunto de si la evolución es proclive a la complejidad, véase el
excelente y breve resumen que hace Davis, The Fifth Miracle, pp. 219-225. <<
[40] Alvares, citado en Jeanne M. Sept y George E. Brooks, «Reports of Chimpanzee Natural History, Including Tool Use, in Sixteenth-and Seventeenth-Century Sierra Leone», International Journal of Primatology 15, n.º 6 (diciembre de 1994), p. 872 (la observación entre corchetes es del original); doy las gracias a George Brooks por
haberme facilitado una separata del artículo. <<
[41] James Lovelock, The Ages of Gaia: A Biography of Our Living Earth, Oxford University Press, Oxford, 1988, p. 19 (hay trad. cast., Las edades de Gaia: una
biografía de nuestro planeta vivo, Tusquets, Barcelona, 1993). <<
[42] El término biosfera fue inventado, por semejanza con términos como litosfera o atmósfera (las regiones de las piedras y el aire, respectivamente), por un geólogo austríaco, Edward Suess (1831-1914), y popularizado por el ruso Vladimir Vernadsky (1863-1945), que le dio la acepción de «esfera de toda la materia viva». (Margulis y
Sagan, What is Life?, pp. 48 ss.). <<
[43] Lynn Hunt, «Send in the Clouds», New Scientist, 30 de mayo de 1998, pp. 28-33; para conocer más detalles de la «hipótesis Gaia» véanse los títulos de James
Lovelock. <<
[44] Margulis y Sagan, Microcosmos, p. 91. <<
[45] Lewin, Human Evolution, p. 27. Tampoco es descartable la posibilidad de que estas grandes extinciones, como la de finales del Cretácico, se debieran a sendos
impactos de asteroides. <<
[46] Lewin, Human Evolution, pp. 22-24. <<
[47] Lewin, Human Evolution, p. 22. <<
[48] Tim Flannery, The Future Eaters: An Ecological History of Australasian Lands and People, Reed, Chatswood (Nueva Gales del Sur), 1995, pássim, describe muy bien el funcionamiento de estas pautas en Australasia; en la p. 344 puede verse un
resumen. <<
[49] «La ley del mínimo […] dice que el crecimiento de la población está limitado por aquellos recursos fundamentales (por ejemplo el agua) que más escasean» (Allen W. Johnson y Timothy Earle, The Evolution of Human Societies, Stanford University Press, Stanford, 20002, pp. 14-15; hay trad. cast., La evolución de las sociedades,
Ariel, Barcelona, 2003). <<
[1] Véase, por ejemplo, John Maynard Smith y Eörs Szathmáry, The Origins of Life: From the Birth of Life to the Origins of Language, Oxford University Press, Oxford,
1999. <<
[2] El mejor resumen histórico del uso humano de la energía es Vaclav Smil, Energy
in World History, Westview Press, Boulder (Colorado), 1994. <<
[3] Paul Ehrlich, The Machinery of Nature, Simon and Schuster, Nueva York, 1986, p. 287; las cifras de la PPN terrestre de la que se apropian los humanos proceden de I. G. Simmons, Changing the Face of the Earth: Culture, Environment, History, Blackwell, Oxford, 19962, p. 361, que a su vez se basa en J. M. Diammond, «Human
Use of World Resources», Nature, 6 de agosto de 1987, pp. 479-480. <<
[4] World Resources, 2000-2002: People and Ecosystems: The Fraying Web of Life,
World Resources Institute, Washington D. C., 2000, pp. 246 y 248. <<
[5] Véase, por ejemplo, Richard Leakey y Roger Lewin, The Sixth Extinction: Patterns of Life and the Future of Humankind, Doubleday, Nueva York, 1995 (hay trad. cast., La sexta extinción: el futuro de la vida y la humanidad, Tusquets,
Barcelona, 19982). <<
[6] A. J. McMichael, Planetary Overload: Global Environmental Change and the Health of the Human Species, Cambridge University Press, Cambridge, 1993, p. 33.
<<
[7] Maynard Smith y Szathmáry describen del siguiente modo las nuevas formas de complejidad en el reino de la biología: «Entidades capaces de reproducirse independientemente, antes de que la transición las reprodujera sólo como parte de un
conjunto mayor». (The Origins of Life, p. 19). <<
[8] Craig Stanford, The Hunting Apes: Meat Eating and the Origins of Human
Behavior, Princeton University Press, Princeton, 1999, pp. 28-29. <<
[9] John A. Mears, «Agricultural Origins in Global Perspective», en Michael Adas (ed.), Agricultural and Pastoral Societies in Ancient and Classical History, Temple University Press, Filadelfia, 2001, p. 65. Para un enfoque general de la importancia de los juegos de suma no nula (esto es, juegos en los que compartir es más provechoso que competir) en la historia humana, véase Robert Wright, Nonzero: The
Logic of Human Destiny, Randon House, Nueva York, 2000. <<
[10] McMichael, Planetary Overload, p. 34. <<
[11] Derek Bickerton, Language and Species, University of Chicago Press, Chicago, p. 157, citado en William H. Calvin, How Brains Think: Evolving Intelligence, Then and Now, Phoenix, Londres, 1998, p. 82 (hay trad. cast., Cómo piensan los cerebros:
la evolución de la inteligencia antes y ahora, Debate, Madrid, 2001). <<
[12] Terrence W. Deacon, The Symbolic Species: The Co-evolution of Language and
the Brain, Penguin, Harmondsworth, 1997, p. 397. <<
[13] Chris Stringer y Robin McKie, African Exodus, Cape, Londres, 1996, p. 150. <<
[14] El importante artículo de Vincent Sarich y Alan Wilson fue titulado con el estilo prosaico que es frecuente en esta literatura: «Immunological time scale for hominid
evolution»; apareció en Science, 1 de diciembre de 1967, pp. 1200-1203. <<
[15] Para las limitaciones de la «sistemática molecular» véase Roger Lewin, Human
Evolution: An Illustrated Introduction 4 , Blackwell, Oxford, 1999, pp. 41-45. <<
[16] Los recientes hallazgos de restos de homíninos primitivos sugieren que los paleontólogos podrían hablar en el futuro del antepasado común con más fundamento. Mientras tanto hay, como suele suceder, multitud de especulaciones;
véase Lewin, Human Evolution, pp. 84-85. <<
[17] Para el entorno y la evolución humana véase el resumen de Calvin, How Brains Think, pp. 69-81, y William H. Calvin, The Ascent of Mind: Ice age Climates and the
Evolution of Intelligence, Bantam, Nueva York, 1991. <<
[18] Dos libros recientes de Craig Stanford, The Hunting Apes y Significant Others: The Ape-human Continuum and the Quest for Human Nature, Basic Books, Nueva York, 2001, resumen de un modo fascinante aunque polémico las últimas
investigaciones en este campo. <<
[19] En realidad prefiero el término forrajeros a la expresión consagrada cazadores-recolectores, porque cada vez se hace más patente que en estas sociedades la recolección de productos vegetales suele tener más peso, por lo menos desde el punto de vista de la dieta, que la búsqueda de carne. El término lo propuso Richard Lee en su influyente trabajo sobre los !kung san, The !Kung San: Men, Women, and Work in a Foraging Society, Cambridge University Press, Cambridge, 1979; para ver una introducción a las tecnologías «forrajeras», cf. Allen W. Johnson y Timothy Earle, The Evolution of Human Societies, Stanford University Press, Stanford, 2000, cap. 3.
<<
[20] Véase Robert Foley, «In the Shadow of the Modern Synthesis? Alternative Perspectives on the Last Fifty Years of Paleoanthropology», Evolutionary Anthropology 10, n.º 1 (2001), pp. 5-15, donde hay un resumen de la historia
homínina que subraya estas radiaciones adaptativas. <<
[21] Véase Lewin, Human Evolution, cap. 10. <<
[22] Lewin, Human Evolution, p. 55. <<
[23] Ann Gibbons, «In Search of the First Hominids», Science, 15 de febrero de 2002, pp. 1214-1219; el nombre que el equipo le puso a la especie fue menos llamativo:
Orrorin tugenensis. <<
[24] Yohannes Halle-Selassie, «Late Miocene Hominids from the Middle Awash,
Ethiopia», Nature, 12 de julio 2001, pp. 178-181. <<
[25] Cabe la posibilidad de que los homíninos no fueran los únicos bípedos; hace poco se ha descubierto en una isla del Mediterráneo un fósil de 9 millones de años, perteneciente a una criatura simiesca que al parecer era bípeda (Stanford, The
Hunting Apes, p. 220). <<
[26] Véase Lewin, «Origin of Bipedalism», cap. 17 de Human Evolution. <<
[27] Hubert Reeves, Joël de Rosnay, Yves Coppens y Dominique Simonnet, Origins: Cosmos, Earth, and Mankind, Arcade Publishing, Nueva York, 1998, pp. 152-156
(entrevista con Coppens); Lewin, Human Evolution, pp. 108-109. <<
[28] Reeves, De Rosnay, Coppens y Simonnet, Origins, p. 156 (entrevista con
Coppens). <<
[29] En este y los dos capítulos que siguen, las fechas que daré serán «antes del presente», como quieren los arqueólogos. Para ser exactos, el presente que se toma como referencia en la datación radiométrica es el año 1950, pero puede pasarse por
alto la diferencia a casi todos los efectos. <<
[30] Para conocer la fascinante aunque polémica historia de la evolución de los primeros homíninos que cuenta el descubridor de Lucy véase Donald Johanson y James Shreeve, Lucy’s Child: The Discovery of a Human Ancestor, Penguin,
Harmondsworth, 1989. <<
[31] Véase Stanford, The Hunting Apes. <<
[32] Acerca de la trascendencia del dimorfismo sexual y sus testimonios entre los homíninos véase Walter Leutenegger, «Sexual Dimorphism: Comparative and Evolutionary Perspectives», en Göran Burenhult (ed.), The Illustrated History of Humankind, vol. I, The First Humans: Human Origins and History to 10,000 B. C.,
HarperSanFrancisco, San Francisco, 1993, p. 41. <<
[33] Ian Tattersall, Becoming Human: Evolution and Human Uniqueness, Harcourt Brace, Nueva York, 1998, pp. 133-134 (hay trad. cast., Hacia el ser humano: la
singularidad del hombre y la evolución, Península, Barcelona, 1998). <<
[34] Recientemente se ha sostenido que hubo dos especies de habilis: el Homo rudolfensis, de cerebro mayor y de complexión por lo general más fornida, y el H. habilis, que era más pequeño, pero con una mandíbula y una dentadura más modernas
(Lewin, Human Evolution, p. 124). <<
[35] Craig Stanford propone en The Hunting Apes una versión modificada de la hipótesis del «hombre cazador», basándose en la importancia alimenticia y social de
la carne en las sociedades primates. <<
[36] Para la caza practicada por los chimpancés, véase Stanford, The Hunting Apes. <<
[37] Es ya una costumbre llamar ergaster a los ejemplares africanos de estas especies y erectus a las especies no africanas; yo hablaré de erectus sólo cuando tratemos
concretamente de especies que vivieron fuera de África. <<
[38] Puede verse una excelente y breve historia del Homo ergaster en Paul Ehlirch, Human Natures: Genes, Cultures, and the Human Prospect, Island Press, Washington
DC, 2000, pp. 92-96. <<
[39] Johan Goudsblom sostiene que el uso del fuego representa un momento de transición fundamental en la historia humana: vid. Fire and Civilization, Allen Lane,
Harmondsworth, 1992. <<
[40] Deacon, The Symbolic Species, p. 358. <<
[41] Steven Mithen, The Prehistory of the Mind: A Search for the Origins of Art, Religion, and Science, Thames and Hudson, Londres, 1996, pp. 179 ss. (hay trad. cast., Arqueología de la mente: orígenes del arte de la religión y de la ciencia,
Crítica, Barcelona, 1998). <<
[42] David Christian, A History of Russia, Central Asia, and Mongolia, vol. I, Inner Eurasia from Prehistory to the Mongol Empire, Blackwell, Oxford, 1998, cap. 2,
subraya el significado de la ausencia del erectus en Eurasia septentrional. <<
[43] Edward O. Wilson, Consilience: The Unity of Knowledge, Abacus, Londres, 1998, p. 107; en el cap. 6 hay una breve pero soberbia introducción al estado actual de nuestros conocimientos sobre el cerebro humano. Los demás puntos de inflexión enumerados por Wilson son la aparición de la vida, la aparición de las células
eucariotas y la aparición de los organismos policelulares. <<
[44] Roger Lewin, Complexity: Life on the Edge of Chaos, Phoenix, Londres, 1993,
p. 163. <<
[45] Quien postula el funcionamiento de este bucle de retroacción es Nicholas
Humphrey, según el resumen de Calvin, How Brains Think, pp. 66-68. <<
[46] Véase Jared Diamond, Why is Sex Fun? The Evolution of Human Sexuality, Widenfeld and Nicolson, Londres, 1997 (hay trad. cast., ¿Por qué es divertido el sexo?, Debate, Barcelona, 1999), y Donna J. Haraway, Simians, Cyborgs, and Women: The Reinvention of Nature, Routledge, Nueva York, 1991, p. 107, que tratan de explicar el significado de la falta de un ciclo de celo definido en los humanos
modernos. <<
[47] Robert Foley, Humans Before Humanity, Blackwell, Oxford, 1995, pp. 165-171 (hay trad. cast., Humanos antes de la humanidad, Ediciones Bellaterra, Barcelona,
1997). <<
[48] Ehrlich, Human Natures, p. 96. <<
[1] Henry Plotkin, Evolution in Mind: An Introduction to Evolutionary Psychology,
Penguin, Londres, 1997, p. 248. <<
[2] Un buen repaso de las teorías sobre la adquisición del lenguaje es Steven Mithen, The Prehistory of Mind, Thames and Hudson, Londres, 1996, cuyas tesis pueden verse resumidas en John Maynard Smith y Eörs Szathmáry, The Origins of Life: From the Birth of Life to the Origins of Language, Oxford University Press, Oxford, 1999, pp. 143-145. Sobre los módulos del lenguaje, véase Steven Pinker, The Language Instinct: The New Sciences of Language and Mind, Penguin, Nueva York, 1994 (hay trad. cast., El instinto del lenguaje: cómo crea el lenguaje la mente,
Alianza, Madrid, 1999). <<
[3] Mithen, The Prehistory of Mind. <<
[4] Véase Terrence W. Deacon, The Symbolic Species: The Co-evolution of Language and the Brain, Penguin, Harmondsworth, 1997, especialmente el cap. 10; Steven Pinker ha dicho que si en realidad hay módulos u «órganos» cerebrales, probablemente serán más como animales muertos en la carretera que como los órganos que todos conocemos, el corazón o los pulmones (How the Mind Works, W. W. Norton, Nueva York, 1997, p. 30; hay trad. cast., Cómo funciona la mente,
Destino, Barcelona, 2004). <<
[5] «Los iconos funcionan en virtud de una semejanza entre signo y objeto, los índices funcionan en virtud de una conexión física o temporal entre el signo y el objeto, y los símbolos operan en virtud de un vínculo formal o simplemente convenido, independientemente de las características físicas del signo y del objeto» (Deacon, The Symbolic Species, p. 70). Las referencias de las citas de este libro que se reproducen a
continuación se dan entre paréntesis. <<
[6] Deacon, The Symbolic Species, pp. 322-324 y 345. <<
[7] Deacon, The Symbolic Species, pp. 84-92. <<
[8] Para la influencia del lenguaje en el sentido del tiempo, véase John McCrone, The Ape that Spoke, Macmillan, Basingstoke, 1990, y How the Brain Works: A Beginner’s Guide to the Mind and Consciousness, Dorling Kindersley, Londres, 2002, en
particular pp. 56-58. <<
[9] Deacon, The Symbolic Species, pp. 310-318. <<
[10] Deacon, The Symbolic Species, pp. 340 y 353. <<
[11] Puede verse un resumen valioso, aunque contrario, en Chris Singer y Robin McKie, African Exodus, Cape, Londres, 1996, pp. 48 ss.; véase también Alan G. Thorne y Milford H. Wolpoff, «The Multiregional Evolution of Humans»,
Scientific American, abril de 1992, pp. 28-33. <<
[12] Puede verse una descripción de los indicios genéticos que apoyan este modelo en Luigi Luca Cavalli-Sforza y Francesco Cavalli-Sforza, The Great Human Diasporas: The History of Diversity and Evolution, trad. inglesa, Addison-Wesley, Reading (Massachusetts), 1995 (hay trad. cast., ¿Quiénes somos? Historia de la diversidad
humana, Crítica, Barcelona, 1999). <<
[13] Sally McBrearty y Alison S. Brooks, «The Revolution that Wasn’t: A New Interpretation of the Origin of Modern Human Behavior», Journal of Human Evolution 39 (2000), pp. 453-563. Doy entre paréntesis las referencias de las citas de
este artículo que se reproducen a continuación. <<
[14] McBrearty y Brooks, «The Revolution that Wasn’t», p. 497. <<
[15] McBrearty y Brooks, «The Revolution that Wasn’t», pp. 493-494. <<
[16] Robert Wright, Nonzero: The Logic of Human Destiny, Random House, Nueva
York, 2000, p. 51. <<
[17] La imagen de las «redes» se ha utilizado menos de lo que debiera en el campo de la historia universal. William McNeill, The Rise of the West: A History of the Human Community, University of Chicago Press, Chicago, 1963 (hay trad. cast., La civilización de Occidente 4 , Ed. Universitaria, Río Piedras, Puerto Rico, 1972),
sostenía que las interacciones de las comunidades humanas han sido el principal motor de cambio en la historia del mundo. En su obra más reciente, escrita en colaboración con John MacNeill, se aplica con mucha inteligencia la metáfora de las «redes de interacción». Véase J. R. McNeill y William H. McNeill, The Human Web: A Bird’s-Eye View of World History, W. W. Norton, Nueva York, 2003 (hay trad. cast.,
Las redes humanas, Crítica, Barcelona, 2004). <<
[18] «El arquitecto estadounidense R. Buckminster Fuller (1895-1983) decía “sinergia” (del griego synergía, cooperación) para referirse a entidades cuyo comportamiento era superior a la suma de sus partes», elegante definición del término que tomo de Lynn Margulis y Dorion Sagan, What is Life, University of California
Press, Berkeley, 1995, p. 8. <<
[19] Wright, Nonzero, p. 52; el capítulo 4, «The Invisible Brain», analiza la regla
general de que el aumento de la densidad demográfica estimula la innovación. <<
[20] Puede verse una breve descripción de la reducción de los idiomas a lo largo de la historia en Frances Karttunen y Alfred W. Crosby, «Language Death, Language Genesis, and World History», Journal of World History 6, n.º 2 (otoño de 1995), pp. 157-174; la cantidad referida a la California de 1750, en p. 159; la referida a la
Papúa y Nueva Guinea actual, en p. 173. <<
[21] Sobre la contribución de los estudios sobre los cazadores-recolectores modernos a la comprensión de la vida en el Paleolítico y sobre algunos inconvenientes de estas comparaciones, véase Allen W. Johnson y Timothy Earle, The Evolution of Human
Societies, Stanford University Press, Stanford, 2000, sobre todo caps. 2 y 3. <<
[22] Colin Renfrew, Archaeology and Language: The Puzzle of Indo-European Origins, Penguin, Harmondsworth, 1989, p. 125 (hay trad. cast., Arqueología y lenguaje: la cuestión de los orígenes indoeuropeos, Crítica, Barcelona, 1990), da las estimaciones más bajas de la densidad demográfica; Massimo Livi-Bacci, A Concise History of World Population, trad. inglesa, Blackwell, Oxford, 1992, pp. 26-27 (trad. cast., Historia de la población europea, Crítica, Barcelona, 1999), da las más altas.
<<
[23] Marshall Sahlins, «The Original Affluent Society», en Stone Age Economics,
Tavistock, Londres, 1972, pp. 1-39; la cita es de la p. 1. <<
[24] Marshall Sahlins, «The Original Affluent Society», p. 16. <<
[25] Johnson y Earle, The Evolution of Human Societies, p. 14. <<
[26] Los modelos de Eric R. Wolf, de sociedades «organizadas por parentesco», «exactoras» y «capitalistas», se describen en el cap. 2 de Europe and the People Without History, University of California Press, Berkeley, 1982 (hay trad. cast., Europa y la gente sin historia, FCE, México, 1987); véase otra versión de la vida cazadora-recolectora, también interesada por las estructuras de parentesco, en Johnson y Earle, «The Family-Level Group», parte 1 de The Evolution of Human
Societies. <<
[27] Las leyes de reciprocidad han sido estudiadas por Karl Polanyi y sus partidarios; véase, por ejemplo, Karl Polanyi, Conrad M. Arensberg y Harry W. Pearson, Trade and Market in the Early Empires: Economies in History and Theory, Free Press, Glencoe (Illinois), 1957 (hay trad. cast., Comercio y mercado en los imperios antiguos, Labor, Barcelona, 1976); puede verse una introducción a las ideas de Polanyi en S. C. Humphrey, «History, Economics, and Anthropology: The Work of
Karl Polanyi», History and Theory 8 (1969), pp. 165-212. <<
[28] Citado en Wright, Nonzero, p. 20. <<
[29] Richard Lee, The Dobe !Kung, Holt, Rinehart, and Winston, Nueva York, 1984,
p. 96; citado en Johnson y Earle, The Evolution of Human Societies, p. 75. <<
[30] Irenäus Eibl-Eibesfeldt, «Aggresion and War: are they Part of Being Human?», en Göran Burenhult (ed.), The Illustrated History of Humankind, vol. 1, The First Humans: Human Origins and History to 10,000 B. C., University of Queensland
Press, St. Lucia (Australia), 1993, pp. 26-27. <<