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Capítulo 12. Globalización, comercialización e innovación
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Capítulo 12
GLOBALIZACIÓN, COMERCIALIZACIÓN E INNOVACIÓN
Los indígenas de la Tierra de Arnhem llamaron balanda a los primeros europeos que vieron, una palabra indonesia que deriva de «holandés».
TIM FLANNERY
El presente capítulo repasa la historia universal desde el año 1000 d. C. hasta 1700 aproximadamente y presenta algunos de los cambios que prepararon el camino de la revolución moderna. Habla primero de los procesos globales y expone que el aumento de tamaño de las redes de intercambio, lento hasta el siglo XVI y muy rápido desde entonces, creó nuevas posibilidades tanto para el intercambio de información y mercancías como para la innovación. Sostiene que la creación de una red de intercambio verdaderamente global en el siglo XVI aumentó de manera decisiva la escala, la trascendencia y la variedad de los intercambios de información y comerciales. La fusión de las zonas mundiales del Holoceno señala un momento revolucionario en la historia de la humanidad.
El capítulo describe además la cambiante topología de los intercambios globales. Conforme se transformaba la geografía de las redes de intercambio, los caudales de información y riqueza recorrían nuevos canales. Estos resultados fueron particularmente importantes en Europa occidental, que hasta entonces había estado en la periferia de los intercambios de la zona mundial afroeuroasiática, pero que de súbito se encontró en el eje del primer sistema global de intercambios. Las modificaciones en la escala y la geografía de las redes de intercambio pusieron los cimientos intelectuales y comerciales de la revolución moderna y determinaron su geografía.
Necesitamos plantear una explicación a tres escalas. Primera: la revolución moderna fue, y es en cierto modo, un proceso global, y no se puede entender debidamente sin valorar este rasgo. Sus materias primas intelectuales, materiales y comerciales proceden de todos los puntos del mundo. Y el nuevo nivel de sinergia creativa generado por la fusión de las dos zonas mundiales mayores —Afroeurasia y América— fue, y probablemente sigue siendo, la palanca de cambio más poderosa del mundo moderno. La revolución moderna fue también global por sus efectos, a la vez creativos y destructivos. De una forma u otra, su impacto se sintió muy pronto en todas las regiones del mundo.
Pero la modernidad no se experimentó del mismo modo en todas las zonas mundiales y la necesidad de entender la diversidad de sus influencias exige una explicación a otro nivel. La fusión de las zonas mundiales resultó ser un proceso brutal y destructivo para las poblaciones autóctonas (humanas y no humanas) en las tres zonas mundiales menores: América, Australia y el Pacífico. Los beneficios se acumularon de manera desigual primero en el interior de la zona afroeuroasiática y luego en las «neoeuropas» de América, Australia y el Pacífico, las nuevas sociedades creadas por poblaciones afroeuroasiáticas que emigraron (de grado o por fuerza) a las otras tres zonas mundiales. En cierto modo, la historia de la zona afroeuroasiática garantizaba que cuando sus poblaciones se encontraran con sociedades de otras zonas mundiales, prevalecerían las sociedades afroeuroasiáticas.
Ya hemos visto algunas razones de este predominio. Unas tienen que ver con la existencia de la fauna domesticada en Afroeurasia. Empleados para la tracción y el transporte, los animales multiplicaron las ventajas de la escala al extender y acelerar los procesos de intercambio en lo que era ya la zona mundial más grande y más variada. La amplitud y la pujanza de las redes de intercambio nos ayudan a entender parte de las ventajas tecnológicas de las sociedades afroeuroasiáticas. Pero los animales también intercambiaban enfermedades con los humanos; su proximidad, en combinación con los eficientes sistemas de comunicación que proporcionaban, permitió que las poblaciones de Afroeurasia fueran más resistentes a las
enfermedades que las de las restantes zonas mundiales[1]. Es posible que las enfermedades fueran más útiles a los afroeuroasiáticos a la hora de la conquista que sus avanzadas tecnologías navales y militares. La viruela, por ejemplo, como ha dicho Alfred Crosby, «desempeñó en la expansión del imperialismo blanco un papel tan importante como la pólvora, quizá más importante, porque los indígenas volvieron los mosquetes y luego los fusiles contra los invasores, pero pocas veces ha
combatido la viruela en el bando de los indígenas[2]».
Pero las ventajas de la revolución moderna también se acumularon de manera desigual e irregular dentro de la gran zona mundial afroeuroasiática, una observación que nos lleva a la escala tercera o regional. Si pensamos que la revolución moderna fue un producto de las sinergias intelectuales y comerciales del primer sistema global, parece natural en principio que las materias primas intelectuales y comerciales de la modernidad se acumularan con preferencia en los ejes de intercambio y los centros de gravedad ya establecidos, por ejemplo en el mundo mediterráneo, o en Mesopotamia, o en el norte de la India, o en China. Y probablemente ocurrió algo así. Los ritmos de expansión e incluso de innovación fueron altos y sostenidos en todas estas regiones
durante todo el período abarcado en el presente capítulo[3]. Pero, aunque todas las regiones del antiguo centro estuvieran determinadas por la naciente red global de intercambio, la fuerza y la trascendencia de la revolución moderna brotó en otros lugares. El brusco aumento de las innovaciones que anuncia la modernidad se produjo primero en la franja occidental de la zona mundial afroeuroasiática, en una región no integrada en la creciente zona de civilizaciones agrarias hasta el I milenio d. C. y que tuvo una importancia secundaria hasta mediados del II milenio. Que la trascendencia adaptativa de la revolución moderna se plasmara allí primero no se hizo evidente, sin embargo, hasta 1776, cuando Adam Smith señaló que «China es
mucho más rica que cualquier país de Europa[4]».
Una explicación idónea de la revolución moderna debe aspirar a explicar sus orígenes a las tres escalas. Como dijo el islamista Marshall Hodgson en un trabajo publicado en 1967,
así como la civilización había aparecido a un nivel agrario en un solo lugar o, a lo sumo, en unos cuantos, y
de allí se extendió por casi todo el resto del planeta, la nueva y moderna forma de vida no apareció al mismo
tiempo ni en todas las regiones con población urbana, sino que empezó cristalizando en una zona pequeña,
Europa occidental, desde donde se difundió por el resto. Los nuevos baremos no fueron resultado de unas
presuntas condiciones ideales que Occidente poseyera en exclusiva. Así como habría sido imposible que
surgiera la vida urbana y alfabetizada sin la acumulación previa de un caudal de invenciones y costumbres
sociales, mayores y menores, procedentes de multitud de pueblos, también la gran mutación cultural moderna
contó con las aportaciones previas de todas las poblaciones urbanas del hemisferio oriental. No sólo fueron
necesarios los inventos y descubrimientos de muchos individuos —pues hasta la fecha se habían hecho pocos
en Europa—; fue asimismo necesario que hubiera grandes regiones con población mayoritariamente urbana y
relativamente densa, unidas por una gran red comercial interregional, para que se formara el vasto mercado
mundial que se había gestado poco a poco en el hemisferio oriental, en el que se amasaron fortunas europeas
y con el que la imaginación europea se ejercitaba [5].
En la actualidad, casi cuarenta años después de que Hodgson escribiera ese pasaje, se aprecia mucho mejor la medida en que la revolución moderna fue resultado de varios procesos globales, aunque su trascendencia se viera al principio sólo en la franja occidental de la zona mundial afroeuroasiática.
Hemos visto en capítulos anteriores que, en las escalas grandes, el tamaño, la variedad y la vitalidad de las redes de intercambio podían ser importantes factores determinantes de los niveles de innovación, mientras que en escalas ligeramente menores también adquieren protagonismo el crecimiento de la población, la actividad estatal y la expansión del comercio. Todos estos elementos estuvieron determinados en gran medida por los ciclos malthusianos que caracterizaron la historia de casi todas las sociedades agrarias. Las redes de intercambios comerciales, políticos e informativos se extendieron con más fuerza en las eras de expansión demográfica y se redujeron con frecuencia en las de decadencia. Y durante las fases de expansión, la creciente esfera de los intercambios, el crecimiento de la población, la actividad estatal y la actividad comercial tendieron a generar innovaciones. En el milenio anterior a la Revolución Industrial hubo dos grandes ciclos malthusianos que fueron cruciales en la historia de toda la zona mundial afroeuroasiática e, indirectamente, también en la de otras zonas (véase la figura 10.4). El primer ciclo empezó por una reactivación demográfica, en la segunda mitad del I milenio, y terminó bruscamente con la peste negra de mediados del siglo XIV. El segundo, que empezó después de la peste, finalizó con una ralentización menos radical, en el siglo XVII.
EL CICLO MALTHUSIANO POSCLÁSICO: ANTES DEL SIGLO XIV
La fase de expansión
Donde se ven mejor los ciclos malthusianos es en los ritmos del crecimiento demográfico (véanse la tabla 11.1 y la figura 10.4). En todos los ciclos malthusianos se pueden identificar ciertas innovaciones importantes que han permitido a las poblaciones aumentar hasta alcanzar otro nivel. El ciclo posclásico estuvo relacionado hasta cierto punto con los avances en las tecnologías agrícolas, como la introducción en Europa de arados más pesados tirados por caballos, o la introducción de cultivos nuevos como el centeno o variedades nuevas de arroz (gracias a la actividad gubernamental, aunque fueron los agricultores quienes mejoraron las variedades de arroz) y sistemas de regadío mejor administrados. Los métodos agrícolas experimentaron una revolución en China, el norte de Europa y el mundo islámico entre los siglos VIII y XII. El crecimiento de la población mundial estimuló la colonización. En realidad, el crecimiento fue más rápido en lugares como el centro de Asia, Europa septentrional y oriental y el sur de China, que habían sido fronterizos en la era clásica. El 60 por 100 de la población china vivía en las tierras septentrionales, que estaban determinadas por el río Amarillo; 250 años después sólo vivía allí el 40 por 100 y el sur del país se había convertido en el centro demográfico del imperio
chino[6].
En el extremo occidental, en las tierras fronterizas que hoy llamamos Europa, la colonización interior desplazó hacia el norte el centro demográfico de gravedad cuando empezaron a cultivarse tierras que hasta entonces se habían considerado estériles. Los páramos, bosques y pantanos ingleses empezaron a cultivarse en los siglos XII y XIII. Como señala Briggs: «Los “yermos” de Dartmoor, por ejemplo, se cultivaron; se sembraron terrazas construidas en laderas […] en Wiltshire y en Dorset; los monjes de la abadía de Battle, en Sussex, construyeron diques sucesivos para recuperar las marismas. A finales del siglo XIII se cultivaba ya un área mayor que
la que se cultivaba antes de las guerras del siglo XII[7]». En las costas noroccidentales de Europa, entre el Rin y el Loira, colonos y terratenientes ganaban tierras de los pantanos costeros y las marismas, dando lugar a un proceso que en los Países Bajos acabó convirtiéndose en un importante arte nacional. En Europa oriental, una migración gigantesca y sin precedentes de campesinos que comenzó en el siglo VI creó los cimientos demográficos de los primeros grandes estados rusos.
El crecimiento de la población fomentó la expansión urbana. En Europa, comprendida Rusia, las ciudades con más de 20 000 habitantes pasaron de 43 a 103
entre 1000 y 1300[8]. En el mundo islámico hubo ciudades superpobladas. Bagdad, la capital abasí, tuvo en el siglo IX alrededor de medio millón de habitantes. Pero incluso en los confines del mundo islámico, en Jorezm, a orillas del mar de Aral, crecían las poblaciones situadas en el eje de las rutas comerciales que unían los bosques de Siberia, las estepas y las tierras urbanizadas del sur. En Jorezm se observa la mezcla de alta cultura y miseria que es característica de casi todas las ciudades premodernas. El geógrafo árabe al-Muqaddasí escribió que su capital, Kath, tenía una mezquita soberbia y un palacio real, y que sus almuédanos eran famosos en todos los dominios abasíes por «la belleza de su voz, la expresividad de sus recitaciones, su porte y su cultura». Sin embargo, «el río inunda continuamente las calles y los moradores se alejan sin cesar de la orilla. Hay muchos vertederos que inundan todos los tramos de los caminos. Los moradores hacen sus necesidades en las calles y acumulan los excrementos en pozos, de donde luego se llevan en sacos a los campos. Es tal la cantidad de excrementos que los forasteros sólo pueden transitar por las
calles de día[9]».
También en China prosperaron las ciudades, sobre todo en el sur, donde había más comercio. Es posible que en el siglo XII China fuera «la sociedad más urbanizada
del mundo», ya que los niveles de urbanización llegaban quizá al 10 por 100[10]. Hang-Cheu probablemente era por entonces la ciudad más grande del planeta, con un millón de habitantes por lo menos. Constaba de muchos distritos: barrios hacinados de clase obrera con casas de varios pisos; barrios extranjeros, con cristianos, judíos y turcos; un gran barrio musulmán con muchos comerciantes extranjeros; y una rica zona meridional habitada mayoritariamente por funcionarios del gobierno y
comerciantes ricos[11]. La lista de los gremios de Hang-Cheu que ha elaborado el historiador Jacques Gernet nos ofrece una idea aproximada de los oficios que se ejercían en la ciudad. En palabras de Janet Abu-Lughod, había «joyeros, doradores, fabricantes de pegamento, comerciantes en arte y antigüedades, vendedores de cangrejos, aceitunas, miel o jengibre, médicos, adivinos, buhoneros, boteros, guardas
de baños y […] cambistas[12]». En esta época, las ciudades más grandes del mundo
estaban en China[13].
La expansión urbana fomentó el comercio local e internacional. Apareció toda una jerarquía de mercados. En los niveles inferiores estaban todavía dominados por el trueque, como da a entender un texto chino del siglo XII:
El mercado pequeño:
gente con hatos de té o sal,
gallinas que cacarean, perros que ladran,
se cambia arroz por leña,
se trueca pescado por arroz.
Por todas partes:
las banderas verdes de las tabernas
donde hay ancianos recostados,
adormecidos por la bebida [14].
Pero también florecieron mercados regionales e internacionales. En 1000 d. C., casi todos los habitantes del noroeste de Europa eran aún campesinos autosuficientes; más al sur también era rural casi toda la producción, incluso en las antiguas regiones urbanas, como el norte de Italia. Pero a principios del II milenio, al crecer la población y las ciudades, aumentaron también las redes comerciales y la actividad comercial. Las célebres ferias de Champaña unían Flandes con las antiguas redes comerciales de Italia y el Mediterráneo. La expansión del comercio y las ciudades fue tan espectacular en Europa que un historiador, Robert S. López, ha dicho que la «revolución comercial de la Edad Media» marcó un punto de inflexión fundamental en la historia del mundo moderno. Para otro historiador, Carlo Cipolla, «el crecimiento de las ciudades europeas en los siglos X y XII representó un punto de
inflexión en la historia de Occidente y, para el caso, de todo el mundo[15]». Estos comentarios se refieren al ritmo del cambio en Europa, pero subestiman el alcance y la trascendencia de los cambios producidos en otros lugares de Afroeurasia.
Que la comercialización fue grande en toda la zona afroeuroasiática se ve en la consolidación y crecimiento de un ya próspero sistema de comercio interregional. El sistema mundial del siglo XIII, perfectamente descrito en un influyente trabajo de Janet Abu-Lughod, unía China, el sureste asiático, el Indostán, el mundo islámico, Asia central, ciertas partes del África subsahariana, el Mediterráneo y Europa en una sola red comercial por la que circulaban más mercancías que por las redes de la era
clásica[16]. Como ha señalado Thomas Allsen, por estas redes circulaban grandes cantidades de información política, cultural y tecnológica, así como de mercancías y
enfermedades[17]. Los pastores desempeñaron papeles importantes en este sistema en calidad de protectores, de guías y, en ocasiones, de mercaderes. El alcance de estas redes de comercio y cultura, sometidas a la influencia islámica, se observa con claridad en las memorias de Ibn Battuta, un erudito marroquí que viajó de Marruecos a La Meca, luego por las estepas eurasiáticas, por la India, por China y por el Sahara
entre 1325 y 1355[18]. Bajo el dominio mongol, las redes comerciales transeuropeas fueron más importantes aún, porque los mongoles protegían el comercio de las tierras que gobernaban. Aunque estas redes terrestres fomentaron los intercambios por todas las redes comerciales euroasiáticas, es posible que las rutas marítimas les superasen en importancia, sobre todo las que unían China, la India y el mundo islámico. Un signo temprano de la precocidad comercial de Europa es que los comerciantes desempeñaron un papel activo en muchos sistemas. En el siglo X había comerciantes y colonos vikingos desde Groenlandia (y durante un tiempo desde Terranova) hasta Bagdad y Asia central. A principios del siglo XIV, los comerciantes italianos (siguiendo las huellas de Marco Polo) viajaban tan regularmente entre el Mediterráneo y China que se publicaron guías de viaje para orientarles. Pero no estaban solos. Los comerciantes armenios y judíos desempeñaron papeles cruciales
en los intercambios transeuroasiáticos[19]. Las religiones, a saber, el cristianismo, el zoroastrismo, el budismo, el maniqueísmo y el islam, también se desplazaban con sorprendente libertad por las principales redes comerciales afroeuroasiáticas. Y lo mismo las enfermedades. Al final llegó de Oriente la peste bubónica. Su difusión fue un exponente de la escala y vitalidad de las redes de intercambio afroeuroasiáticas, aunque para poner fin al ciclo de expansión posclásico.
El eje de estas redes permaneció en el mundo islámico, por lo que no es de extrañar que el islam se expandiera durante todo este período. En los siglos anteriores al año 1000 d. C. quedó patente la importancia de la región axial mesopotámico-persa en el papel crucial que desempeñaron los imperios sasánida e islámico en las redes afroeuroasiáticas de intercambio. En su primer milenio de vida, las civilizaciones islámicas que controlaban esta zona estimularon los intercambios de ideas, mercancías y tecnologías entre las diferentes áreas de las redes afroeuroasiáticas, potenciando en consecuencia el crecimiento demográfico y aumentando la sinergia de las redes de comercio e información. Como ha expuesto Andrew Watson, la expansión del islam fue posible en parte gracias a la actitud aperturista de los
primeros estados islámicos ante la innovación, sobre todo en la agricultura[20]. En los siglos que siguieron, los agricultores del mundo islámico importaron y aprendieron a explotar un amplio abanico de nuevos cultivos —árboles frutales, legumbres, cereales y plantas productoras de fibras, condimentos y sustancias estupefacientes—, dentro de lo que podríamos denominar intercambio abasí, por comparación con el posterior «intercambio colombino». De la India, África y el sureste asiático llegaron muchos cultivos nuevos. Y como con los cultivos y las tecnologías también se acumulaba información, en el mundo islámico pasó a ser el centro tanto de la ciencia euroasiática como del comercio. Fue allí y no en Europa donde se guardaron para el futuro los mayores hitos de la filosofía y la ciencia clásicas del mundo mediterráneo. No cabe ninguna duda de que el eje de la ecúmene afroeuroasiática estaba en el mundo islámico en el año 1000 d. C.; y la expansión del islam prosiguió durante todo el ciclo malthusiano posclásico. En 1500, los estados islámicos comprendían el imperio otomano, el más poderoso del mundo mediterráneo; el imperio safawí de Persia; y una serie de estados que iban desde las Filipinas hasta el África subsahariana, pasando por el sureste y el sur de Asia.
Pero, aunque el eje de las redes afroeuroasiáticas de intercambio estuviera en el suroeste asiático, el centro de gravedad estaba en China y la India. El tráfico que pasaba por el Mediterráneo oriental sería más variado y procedería de una región más amplia, pero el volumen que circulaba por Asia oriental era el más elevado. Asia atraía a los comerciantes europeos, sobre todo China, porque allí estaban los mercados más grandes, los centros urbanos más poblados y la economía más dinámica del mundo. La historia económica de Asia oriental no se ha estudiado tanto como la de Europa; desde el siglo XVIII, los modelos de la historia económica de Asia han estado condicionados por imágenes que han presentado como «asiático» un tipo
de economía y sociedad básicamente estático. La realidad era otra[21]. Las economías asiáticas no sólo eran las mayores del mundo, sino que probablemente tenían el nivel de comercialización más elevado, en todos los estratos de la sociedad, y los niveles de productividad más altos, tanto en el campo como en los centros urbanos.
Como ya hemos comentado en el capítulo 10, Lynda Shaffer ha sostenido que el principal rasgo geográfico de esta era de la historia universal fue la
«meridionalización[22]». Afín al fenómeno de la occidentalización, más reciente, la meridionalización empezó, según Shaffer, con innovaciones tecnológicas y comerciales en la producción textil, la metalurgia, la astronomía, la medicina y la navegación, todas ensayadas ya en la península indostánica y el sureste asiático. Un autor musulmán, al Jahiz, escribía en el siglo IX d. C.:
Por lo que se refiere a los indios, están entre los primeros en astronomía, matemáticas […] y medicina;
sólo ellos poseen los secretos de esta última y con ellos practican curas muy notables. Conocen el arte de
tallar estatuas y el de las figuras pintadas. Suyo es el juego del ajedrez, que es el más noble de todos los
juegos y exige más juicio e inteligencia que ningún otro. Fabrican espadas de Kedah y son maestros en su
manejo. Tienen una música magnífica. […] Tienen un alfabeto capaz de expresar los sonidos de todos los
idiomas, y también muchos números. Han escrito muchísima poesía y muchos tratados largos, y tienen un
profundo conocimiento de la filosofía y las letras. […] Por la sensatez de sus juicios y costumbres inventaron
los alfileres, el corcho, los mondadientes, el corte de la ropa y el tinte para el cabello. […] Ellos fundaron la
ciencia firk, que permite contrarrestar la acción de un veneno cuando ya se ha administrado, y la del cálculo
astronómico, luego adoptada por el resto del mundo. A esta tierra fue a parar Adán cuando descendió del
Paraíso[23].
Las innovaciones ideadas o conservadas en la península indostánica se difundieron por el sureste asiático y China, y luego por el mundo islámico, aportando gran parte de la fuerza impulsora del ciclo malthusiano posclásico. Shaffer señala: «En 1200, el proceso de meridionalización había creado un Sur próspero desde China
hasta el Mediterráneo musulmán[24]».
La ampliación del comercio y sus consecuencias
La expansión de los mercados afroeuroasiáticos durante el ciclo malthusiano posclásico permitió que el comercio y los dedicados a él adquirieran una importancia cultural, económica y política sin precedentes. Ya hemos visto que los comerciantes desempeñaron un papel destacado en todas las civilizaciones agrarias; pertenecían a las clases altas, pero a un estrato inferior y a veces despreciado. No obstante, conforme se fueron ampliando las redes comerciales de las civilizaciones agrarias con el paso de los milenios, creció asimismo el volumen de la riqueza que pasaba por manos mercantiles y con él el número y la categoría de quienes administraban o dependían de la riqueza comercial. Al final del ciclo malthusiano posclásico, los comerciantes formaban una clase social importante, rica y con características propias en casi todos los estados de los mundos mediterráneo e islámico, la península indostánica y China. En ciertas regiones y países, como las ciudades-estado de Italia, o los Países Bajos, o el sureste asiático, los comerciantes formaban la clase dirigente.
La reforzada confianza en los ingresos comerciales produjo cambios fundamentales en las actitudes, las estructuras estatales y la política de estos estados. Ya hemos visto que los ingresos de los estados que quedaban cerca de los principales sistemas comerciales solían depender más del comercio que de la exacción. En Europa se multiplicaron los estados pequeños durante el ciclo malthusiano posclásico, ya que aquí (a diferencia de lo sucedido en el Mediterráneo oriental, el norte de la India y China) no apareció ningún imperio exactor para suceder a los gigantes imperiales de la era clásica. Europa, lo mismo que ciertas zonas del sur y el sureste de Asia, creció como una región de múltiples estados, todos pequeños y muy competitivos. El tamaño de éstos limitaba el volumen de las exacciones posibles; la competencia despiadada elevó el coste de la supervivencia; y la proximidad de rutas comerciales de primer orden permitió desviar ingresos procedentes del comercio. En un medio así, las fuentes comerciales de ingresos dejaron de ser un recurso vergonzoso: no sólo eran la salvación fiscal de muchos estados pequeños, sino que además determinaban sus estructuras económicas y políticas e incluso sus valores y su composición social.
En Italia aparecieron núcleos de ciudades-estado con una gran iniciativa comercial; también aparecieron en el noroeste de Europa, sobre todo en Flandes y en las ciudades de la Liga Hanseática, que comerciaban con pieles y pescado del Atlántico y el Báltico. Como estos estados dependían tanto del comercio, sus gobernantes solían aliarse con los comerciantes y en ocasiones eran comerciantes. No es de extrañar que estos estados apoyaran la actividad mercantil con todas las fuerzas políticas y militares a su alcance, y practicaran una confusa mezcla de política exactora y comercial, recurriendo a la fuerza cuando podían y negociando con diplomacia cuando no había más remedio. Thomas Brady señala que, en Italia, «aparecieron estados gobernados por comerciantes o por comerciantes y terratenientes poco después del año 1000 d. C. Pisa, Génova y Venecia encabezaron el grupo, pero a lo largo y ancho de Europa central, desde la Toscana hasta Flandes y desde Brabante hasta Livonia, los comerciantes no sólo abastecían a los soldados — como sucedía en toda Europa—, sino que estaban en los gobiernos que declaraban
guerras y, en ocasiones, se ceñían la armadura y se iban a combatir también ellos[25]». A veces, estos estados mercantiles llegaban a ser tan fuertes que derrotaban militarmente incluso a estados exactores muy poderosos, como fue el caso de las ciudades-estado atenienses que, 1500 años antes, habían derrotado al imperio persa en Maratón (490 a. C.) y Salamina (480 a. C.). En 1176, una coalición de municipios del norte de Italia derrotó en la batalla de Legnano al emperador germánico Federico Barbarroja, liberándose así del yugo imperial. Un tío de Barbarroja comentó la singularidad del fenómeno en estos términos: «En los municipios italianos no se niegan a nombrar caballeros ni a conceder cargos honorables a jóvenes de posición inferior, ni siquiera a los que trabajan en viles oficios mecánicos y que otros pueblos
excluyen de los círculos más respetables y honorables, como si fueran la peste[26]».
Los estados mercantiles militarmente poderosos como los descritos reflejan la ley a largo plazo que dice que, cuando las redes comerciales se amplían y aumenta la riqueza que circula por ellas, crece asimismo la influencia potencial de los grupos de poder mercantiles, hasta que a veces se dan cuenta de que pueden enfrentarse a los grupos exactores vecinos, no sólo en el campo del comercio, sino también en el de batalla. Uno de los indicadores decisivos de la revolución moderna será el aumento de la influencia económica y militar de los estados cuya economía se basaba en los intercambios comerciales y no en las tradicionales prácticas exactoras, como la recaudación de impuestos sobre la tierra. Pero hasta el siglo XIX no se vio con claridad que, gracias al aumento de la riqueza que circulaba por las redes comerciales internacionales, los estados mercantiles acabarían eclipsando incluso a los imperios exactores más poderosos, y precisamente en su especialidad: el uso de la fuerza.
¿Una revolución industrial frustrada en la China Song?
China es un ejemplo interesante del impacto potencial de la comercialización en el interior de los poderosos imperios exactores. En el I milenio a. C. había ya actividad comercial en gran parte de China, incluso la tierra podía comprarse y venderse. La aparición de una clase mercantil poderosa e independiente a mediados de dicho milenio se refleja en los clásicos literarios de finales de la dinastía Cheu, entre ellos los de Confucio (forma latinizada de Kong Fuzi, o «Maestro Kong», que vivió c. 551-479 a. C.). A comienzos de la dinastía Han había comerciantes ricos que abastecían a los nobles y los gobernantes, pequeños comerciantes que compraban y vendían en centros provinciales, y comerciantes ambulantes que compraban y vendían en las aldeas, integrando de este modo también a los aldeanos en las redes de comercio. Ch’ang-ngan (la moderna Sian), la capital Han, tenía casi 34 kilómetros cuadrados, un área mucho mayor que la de la Roma contemporánea, que sólo tenía 13
kilómetros cuadrados[27]. Según el historiador imperial Sima Qian (que escribió a finales del siglo II a. C.), en las poblaciones grandes podían comprarse «bebidas alcohólicas, comidas preparadas, sedas, prendas de cáñamo, tintes, cueros, pieles,
útiles de lacar, objetos de cobre y hierro[28]». Una descripción de la misma época nos indica que estaba surgiendo una clase mercantil rica y con características propias, sin dejar de transmitir por ello ese aire de reconvención con que los miembros de la nobleza tradicional trataban habitualmente a los comerciantes:
Los comerciantes acaudalados atesoran bienes y multiplican sus beneficios, mientras que los menos
afortunados se quedan vendiendo en sus tiendas. Controlan los mercados y todos los días disfrutan de la vida
en las ciudades. Se aprovechan de las acuciantes necesidades del gobierno para vender a precio doble del
normal. Sus hijos no aran ni cavan la tierra. Sus hijas no crían gusanos de seda ni tejen. Tienen vestidos
hermosos y se atiborran de mijo y carne. Adquieren fortunas sin sufrir los padecimientos de los agricultores.
Su riqueza les permite codearse con príncipes y marqueses y disponer de un poder mayor que el de los
funcionarios[29].
El aumento de la actividad comercial, por ofrecer nuevas fuentes de ingresos a los estados, podía tener al final consecuencias poco perceptibles pero importantes en los sistemas estatales. Pero era menos probable que transformara aquellos estados que podían recurrir fácilmente a fuentes tradicionales, como los impuestos sobre la tierra, sobre todo si eran imperios exactores grandes, como la China Han, que poseían vastos territorios. Sin embargo, allí donde los métodos fiscales tradicionales eran insuficientes, la extensión del comercio podía transformar incluso a los estados más poderosos. Esta mutación se observa en China durante el ciclo malthusiano posclásico. Tras el largo período de desorganización que siguió al declive de la última dinastía Han, a principios del siglo III d. C., China volvió a unificarse bajo las dinastías Sui (589-617) y Tang (618-906). Durante el reinado Tang, un fuerte gobierno central y una administración relativamente disciplinada posibilitaron el rápido crecimiento de la población urbana y de la actividad comercial, sobre todo en el sur. Los Tang fueron excepcionalmente aperturistas ante las influencias extranjeras, tanto en la religión (fue la gran época del budismo chino) como en el comercio. Pero a los Tang no les entusiasmaba la idea de apoyar las iniciativas comerciales privadas. Su base imponible era la tierra y hasta la rebelión de An Lushan (755-763) gestionaron los impuestos con una eficacia nunca superada. En consecuencia, no necesitaban ni les interesaban los ingresos procedentes del comercio. Los Tang, durante la mayor parte de su reinado, manifestaron por el comercio y las actividades comerciales, tanto interiores como exteriores, el desprecio que era tradicional. Por ejemplo, a los comerciantes no les estaba permitido presentarse a los exámenes para entrar en el funcionariado.
Sin embargo, los gobernantes de la dinastía Song (960-1276) estaban en una posición mucho más débil. Al declinar la dinastía Tang, en el siglo X, gran parte del norte de China quedó en poder de la dinastía K’i-tan (Lao). En 1125, la dinastía Song perdió lo que le quedaba de la China septentrional, que quedó en manos de la dinastía manchú de los Yurset (Kin). Obligados a desplazarse hacia el sur, donde proliferaba el comercio, los Song trasladaron la capital de K’ai-fong a Hang-cheu. Con los continuos problemas militares que había en el norte, sin los colosales ingresos tributarios que había dado la China unificada y en el ambiente emprendedor de la China meridional, los gobernantes de la siguiente dinastía Song empezaron a mirar con mejores ojos la actividad comercial y a los que se dedicaban a ella. En el siglo XII permitieron incluso que los comerciantes prósperos adquiriesen categoría oficial; y a Marco Polo le contaron que el emperador Song había invitado a su palacio a
comerciantes ricos, algo impensable durante los Tang[30]. Este cambio de actitudes se debió a las duras realidades fiscales. A mediados del siglo XIII, el 20 por 100 de los ingresos de los Song procedían de los impuestos sobre el comercio exterior, que
doscientos años antes habían alcanzado sólo el 2 por 100[31]. No es de extrañar que los Song meridionales empezaran a fomentar la actividad comercial y la innovación tecnológica. Mientras que durante los Tang sólo se había permitido el comercio con el exterior en un puerto, el de Cantón, durante los Song se abrieron otros siete puertos. Para coadyuvar a este tráfico se construyeron durante los Song meridionales los avanzadísimos juncos. Disponían de brújula y timón de popa, mamparos estancos
y cámaras especiales de flotación[32]. También floreció el comercio interior, sobre todo en el sur, donde se disparó la demografía y se desarrollaron rápidamente redes comerciales con el sureste asiático y Japón. Para apoyar la creciente monetización, los Song acuñaron ingentes cantidades de monedas; hacia 1080 acuñaban alrededor de 6 millones de series al año (o lo que es igual, alrededor de 200 monedas por persona), mientras que los Tang no habían emitido por lo general más de 100 000 o
200 000 al año (unas 10 monedas por persona[33]).
Ya hemos visto que las innovaciones que aumentan la eficacia suelen surgir más de los intercambios comerciales que de las medidas exactoras, en las que la coacción puede ocupar el lugar de la eficacia. Y que de los estados que miran con buenos ojos la actividad comercial y crean un medio político y jurídico de apoyo es razonable esperar signos de creciente apertura a las innovaciones. Esta ecuación parece confirmada en la historia de la dinastía Song, porque, a pesar de su debilidad política, su reinado fue una época de crecimiento e innovaciones asombrosos.
A mediados del siglo XI, China estaba dividida en tres grandes potencias: los Song, los K’i-tan (en el norte y el noreste) y el reino Tangut o Si Hia (en el noroeste). Este período de gobierno dividido fue el preludio de una época de innovación tecnológica extraordinaria que fue una especie de culminación del largo proceso de meridianización. Ante todo se revolucionaron las bases agrícolas de la economía Song. Según Mark Elvin:
la revolución agrícola […] tuvo cuatro aspectos. (1) Los campesinos aprendieron a preparar mejor el suelo
gracias a los nuevos conocimientos, a herramientas mejoradas o de nuevo cuño y a un uso más amplio del
estiércol, el fango de río y la cal como fertilizantes. (2) Se introdujeron variedades de semillas que daban
cosechas más abundantes, o eran más resistentes a la sequía, o que por madurar más aprisa permitían plantar
a continuación para que hubiera dos cosechas al año en la misma tierra. (3) Se elevó el nivel de competencia
de las técnicas hidráulicas y se construyeron redes de riego de una complejidad sin precedentes. (4) El
comercio permitió la especialización en cultivos que no eran los cereales básicos y, por lo tanto, una
explotación más eficaz de una variable gama de recursos[34].
Elvin llega a la conclusión de que, en el siglo XIII, China tenía probablemente el sector agrícola más productivo del mundo, con la única posible excepción de la India.
Los gobiernos simpatizantes también fomentaron la innovación en otros sectores de la economía. El uso generalizado, por los gobiernos y los funcionarios, de la imprenta de tipos fijos (con planchas de madera) para difundir el conocimiento técnico permitió que se conocieran y divulgaran las últimas técnicas y las últimas investigaciones en metalurgia, armamento, agricultura, medicina e ingeniería. En la fabricación del hierro se utilizó carbón y quizá también coque; y las estadísticas oficiales dicen que en 1078 se producían ya 113 000 toneladas al año, es decir, alrededor de 14 kilos por persona. Este nivel de producción multiplicaba por seis lo que normalmente se había producido durante los Tang y no fue igualado en Europa
hasta el siglo [35] XVIII . Por la misma época, dos fábricas de armas del gobierno
producían al año 32 000 armaduras de tres tamaños. La producción de cobre creció tan bruscamente que en los glaciares de Groenlandia se aprecia el repentino aumento
de la contaminación cúprica de la atmósfera en aquella época[36]. También durante la dinastía Song se experimentó con la tecnología de la pólvora, aunque los primeros en aprovechar sus propiedades explosivas en la guerra fueron sus rivales del norte, los Yurset (Kin), en 1221. A finales del siglo XIII ya había cañones en China
septentrional [37] XI . En el siglo se había inventado asimismo una máquina de devanar
la seda: fue el primer intento de mecanizar la producción textil que se conoce[38]. También hubo inventos interesantes en los métodos de comercio (véase la figura 12.1). El gobierno incluso empezó a financiar la emisión de papel moneda a
principios del siglo [39] XI .
Las innovaciones de esta época no fueron exclusivamente chinas y más bien reflejan la creciente predisposición de los gobiernos y los grupos privilegiados a explotar las últimas ideas productivas y comerciales, fuera cual fuese su procedencia. Gran parte de la innovación china se basaba en un arsenal de conocimientos que se había acumulado en otras áreas del sistema afroeuroasiático. Por ejemplo, las variedades de arroz que sostenían la explosión demográfica del sur procedían de Vietnam. Muchas otras técnicas habían llegado de la India o del mundo islámico. Las técnicas hidráulicas habían conocido un gran desarrollo en el mundo islámico, donde el riego tenía una historia milenaria; y en la India se habían desarrollado los métodos de la manufactura textil. Las investigaciones de Joseph Needham sobre la tecnología china han puesto de manifiesto el virtuosismo tecnológico de China, pero es posible que sin querer hayan descuidado las tecnologías innovadoras de otras regiones del