Mapas del tiempo

David Christian · Capítulo 3 de 20

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Mapas del tiempo

Introducción: ¿Un mito de creación moderno?

Introducción

¿UN MITO DE CREACIÓN MODERNO?

 

«GRAN HISTORIA»: VER EL PASADO A TRAVÉS DE TODAS LAS ESCALAS CRONOLÓGICAS

 

Para estudiar la historia hay que verla como un proceso de larga duración. No es el único medio, pero por sí mismo puede plantear todos los grandes problemas de las estructuras sociales del pasado y el presente. Es el único lenguaje que vincula la historia al presente y crea un todo indivisible.

FERNAND BRAUDEL

 

La historia universal abarca la vida pretérita de la humanidad, no sus relaciones y tendencias particulares, sino todos sus aspectos, su totalidad.

LEOPOLD VON RANKE

 

Una breve parada, un saboreo momentáneo

del existir en el oasis del desierto,

y hete aquí que la caravana fantasma llega

a la nada de la que partió… Ea, apresúrate.

OMAR KHAYAM

 

Al igual que los mercaderes de una caravana que cruza el desierto, necesitamos saber adónde vamos, de dónde venimos y en compañía de quién viajamos. La ciencia moderna nos dice que la caravana es amplia y variada, y que entre nuestros compañeros de viaje hay multitud de criaturas exóticas, desde quarks hasta galaxias. Sabemos también mucho acerca de dónde comenzó el viaje y hacia dónde nos dirigimos. Así pues, la ciencia moderna podría ayudarnos a responder algunas de las preguntas más difíciles que podemos plantearnos en relación con nuestra existencia y con la del universo por el que viajamos. Podría ayudarnos a señalar la frontera que todos deberíamos trazar entre lo personal y lo universal.

«¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿De qué totalidad formo parte?». Todas las comunidades humanas se han formulado estas preguntas de un modo u otro. Y los sistemas educativos de casi todas las sociedades humanas se han esforzado por encontrar las respuestas. Por lo general, las respuestas han estado insertas en ciclos de mitos de creación. Al presentar una historia memorable e infalible del origen de todo —nuestras comunidades, los animales, las plantas, los paisajes que nos rodean, la Tierra, la Luna, los cielos y el universo mismo—, los mitos de creación proporcionan coordenadas universales en las que los creyentes imaginan su existencia y encuentran un papel en el gran esquema de las cosas. Los mitos de creación tienen fuerza porque responden a nuestra profunda necesidad espiritual, psíquica y social de tener un lugar y ser parte de algo. Dado que proporcionan una orientación tan importante, suelen aparecer integrados en sistemas religiosos a los niveles más profundos, como el principio del Génesis en las tradiciones judeocristiana e islámica. Uno de los muchos rasgos curiosos de la sociedad moderna es que, a pesar de disponer de más información concluyente que ninguna sociedad anterior, los agentes del sistema educativo moderno no suelen enseñar esta materia. Por el contrario, en colegios, universidades e institutos de investigación enseñamos sobre los orígenes de manera fragmentaria e inconexa. Al parecer somos incapaces de presentar una historia unificada del proceso por el que las cosas han llegado a ser como son.

He escrito este libro convencido de que tener tanta humildad intelectual es innecesario y peligroso. Innecesario porque estamos rodeados de elementos propios de un mito de creación moderno. Y peligroso porque contribuye a esa intangible pero omnipresente desorientación de la vida moderna que el sociólogo francés Émile Durkheim llamaba «anomia»: la sensación de no encajar, sensación que es consecuencia inevitable de no saber en qué hay que encajar.

Mapas del tiempo se propone esbozar una historia coherente y comprensible de nuestros orígenes, un mito de creación moderno. Empezó siendo un ciclo de charlas en un curso experimental de historia en la Universidad Macquarie de Sidney. El objetivo del curso era comprobar si se podía, y más en el mundo moderno, contar una historia coherente sobre el pasado a distintas escalas, que empezara literalmente por el origen del universo y terminara en la actualidad. Yo esperaba que cada escala añadiera algo nuevo a la imagen general e hiciera más comprensibles las escalas restantes. Dadas las convenciones imperantes en los departamentos de historia, era una auténtica impertinencia. Pero la idea resultó sorprendentemente factible, incluso más interesante de lo que había supuesto al principio. El cometido de esta introducción es en parte justificar esta forma diferente de pensar y enseñar el pasado.

Empecé enseñando «gran historia» en 1989; dos años después publiqué un ensayo

que intentaba ser una defensa formal de este método[1]. Aunque conscientes de la singularidad del proyecto, los que nos esforzábamos por enseñar gran historia no tardamos en convencernos de que aquellos grandes planteamientos aumentaban el interés de las clases y estimulaban la reflexión sobre la naturaleza de la historia. Enseñando una historia tan general nos convencimos de que por debajo de la asombrosa diversidad y complejidad del conocimiento moderno hay una unidad y una coherencia de base que nos confirman que las diferentes escalas del tiempo tienen realmente algo que decirse. Vistas en su conjunto, las distintas historias tienen la fuerza y la riqueza del ciclo tradicional de los mitos de creación. Son lo que los indígenas australianos llamarían un «sueño» moderno: un relato coherente de cómo fuimos creados y cómo encajamos en el esquema de las cosas.

Hay algo más que conocieron casi todas las sociedades premodernas: la fuerza extraordinaria de los relatos que aspiran a comprender la realidad total. Esta fuerza es independiente del éxito o el fracaso de cada aspiración concreta; el proyecto tiene fuerza por sí mismo y satisface necesidades profundas. Yo creo que observar la totalidad del pasado es como recurrir a un mapa del mundo. Ningún geógrafo enseñaría geografía sirviéndose exclusivamente de planos callejeros. Sin embargo, casi todos los historiadores enseñan historia de países concretos, o historia de las civilizaciones agrícolas, sin preguntarse en ningún momento por el pasado total. ¿Cuál sería pues el equivalente temporal de un mapa del mundo? ¿Existe un mapa del tiempo que abarque todas las escalas del pasado?

Es un buen momento para plantear estas cuestiones porque en el mundo universitario aumenta la impresión de que necesitamos superar la descripción fragmentaria de la realidad que ha dominado la investigación (y con gran provecho) durante un siglo. Los científicos fueron los primeros en moverse. El éxito de la Historia del tiempo (1988) de Stephen Hawking muestra asimismo el interés del gran público por comprender la realidad total. Sin embargo, en el campo de Hawking, la cosmología, la idea de una «gran teoría unificada» se consideraba antaño ridícula y demasiado ambiciosa. Hoy se da por sentada. La biología y la geología también se han acercado a descripciones más unificadas de las materias que les son propias, por ejemplo con la consolidación, desde los años sesenta, de paradigmas que combinan la

evolución y la tectónica de placas[2].

En el Instituto de Santa Fe, en Estados Unidos, se vienen investigando estas interconexiones desde hace años. Un personaje vinculado al Instituto, Murray Gell-Mann, premio Nobel de Física, ha expuesto muy bien los argumentos que puede aducir un físico en favor de una interpretación más unificada de la realidad.

 

Vivimos en una época de especialización creciente y no sin motivo. La humanidad no deja de aprender

cosas en cada campo de investigación, y conforme se desarrollan las especialidades, tienden a dividirse en

subespecialidades. Es un proceso incesante y es tan inevitable como deseable. Por otro lado, sin embargo,

crece también la necesidad de que la especialización se complemente con alguna clase de integración. El

motivo es que ningún sistema complejo y no lineal puede describirse cabalmente dividiéndose en

subsistemas o descomponiéndose en aspectos definidos de antemano. Si estos subsistemas o aspectos,

puestos en briosa interacción, se estudiaran por separado, aunque fuera con lupa y escalpelo, la comparación

de los resultados no arrojaría una imagen productiva de la realidad. En este sentido hay una gran verdad en el

viejo refrán que dice que el todo es mayor que la suma de las partes.

Por tanto, hay que rechazar la idea de que el trabajo serio consiste en machacar un problema

archidefinido en una disciplina estricta y de que el pensamiento integrador se deja para los cócteles. Ni en la

vida académica, ni en los círculos administrativos, ni en ninguna parte se respeta suficientemente el trabajo

integrador.

 

Murray Gell-Mann ha añadido en el Instituto de Santa Fe: «Los hay que además de estudiar el comportamiento de las partes de un sistema al modo tradicional tienen

la valentía de [3] mirar directamente el conjunto».

¿Deberían buscar los historiadores una estructura unificadora equivalente, una «gran historia unificada» capaz de sintetizar, desde el punto de vista historiográfico, lo que se sabe actualmente sobre el origen? La aparición de una subdisciplina nueva, la historia universal, es un indicio de que muchos historiadores sienten también la necesidad de tener un enfoque más coherente de sus temas. La gran historia responde a esta necesidad. A finales de los años ochenta, John Mears, de la Universidad Metodista del Sur (en Dallas, Texas), inauguró más o menos al mismo tiempo que yo un curso de historia que empleaba las mayores escalas disponibles. Desde entonces ha habido cursos parecidos en otras universidades, en Melbourne, en Camberra, en Perth, en Amsterdam y también en Santa Cruz. Fred Spier, de la Universidad de Amsterdam, ha ido más allá y ha escrito el primer libro sobre la gran historia. En él

defiende la construcción de una historia unificada de todas las escalas cronológicas[4].

Además, hay investigadores de otros campos que tienen la creciente sensación de que nos estamos acercando a una gran unificación del conocimiento. El biólogo E. O. Wilson ha dicho que hay que empezar a investigar los vínculos que relacionan los

distintos dominios del conocimiento, desde la cosmología hasta la ética[5]. William McNeill, especialista en historia universal, ha señalado:

 

Los seres humanos, por lo que parece, pertenecen al universo y participan de su carácter inestable y en

evolución. […] Lo que acontece entre los humanos y entre las estrellas parece formar parte de un discurso

grandioso y omnipresente en el que aparece de manera espontánea una complejidad que genera formas

nuevas de comportamiento en todos los niveles de organización, desde los ínfimos quarks y leptones hasta las

galaxias, desde las cadenas largas del carbono hasta los organismos vivos y la biosfera, y desde la biosfera

hasta los universos simbólicos en los que viven y trabajan los humanos, individual y colectivamente, tratando

siempre de obtener más de lo que quieren y necesitan del mundo que les rodea[6].

 

Con el presente libro quiero contribuir a un proyecto mayor: construir una imagen más unificada de la historia y del conocimiento en general. Soy consciente de las dificultades del proyecto, pero estoy seguro de que es factible y a la vez importante, de modo que vale la pena acometerlo, con la esperanza de que otros, con el tiempo, lo mejoren. Además, estoy convencido de que un mito de creación moderno ha de ser tan rico y hermoso como los mitos de creación de las comunidades de otros tiempos; es una historia que merece contarse aunque el relato contenga imperfecciones.

 

ESTRUCTURA Y ORGANIZACIÓN

Estos acontecimientos son tan imposibles que probablemente se parecen tanto a los que pudieron haber sucedido como los que nunca sucedieron a los que seguramente no sucederán nunca a nadie.

JAMES JOYCE

 

Si la Torre Eiffel representase la edad del mundo, la mano de pintura que cubre el punto más alto sería la historia del hombre; y todos pensarían que la torre se construyó por esa pintura. Creo que los demás lo pensarían; yo no.

MARK TWAIN

 

Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de la física cuántica, expuso las dificultades de construir una imagen más unificada del conocimiento en el prefacio de un libro que escribió sobre un tema de biología: el origen de la vida. En este prefacio figura también la mejor razón que conozco para atreverse a acometer la empresa:

 

Hemos heredado de nuestros antepasados la nostalgia de un conocimiento unificado y omnímodo. El

mismo nombre que se da a las máximas instituciones del saber nos recuerda que el factor universal ha sido,

desde la antigüedad y durante muchos siglos, el único al que se ha dado plena credibilidad. Pero el

desarrollo, en anchura y profundidad, de múltiples ramas del conocimiento en el curso de los últimos cien

años y pico nos ha planteado un curioso dilema. Percibimos claramente que sólo en nuestros días estamos

empezando a adquirir material de confianza para unir todo lo que se sabe en un solo conjunto; sin embargo,

se ha vuelto casi imposible que un solo cerebro domine plenamente más de un pequeño campo especializado.

Lo único que se me ocurre para salir de este dilema (para que nuestro verdadero objetivo no se pierda

para siempre) es que alguien se arriesgue a elaborar una síntesis de hechos y teorías, aun recurriendo a

conocimientos incompletos y de segunda mano y a riesgo de hacer el ridículo.

Y basta de excusas[7].

 

Algunos de los problemas más desalentadores que plantea la gran historia son de orden organizativo. ¿Qué forma ha de tener un mito de creación moderno? ¿Desde qué punto de vista hay que contarlo? ¿Qué objetos habrán de ocupar el centro de la escena? ¿Qué escalas cronológicas tendrán vigencia?

Un mito de creación moderno no es ni puede esperarse que sea «neutral». El conocimiento moderno no cuenta con ningún «conocedor» omnisciente, con ningún punto neutral de observación desde el que todos los objetos, desde los quarks hasta las galaxias, pasando por los humanos, aparezcan con el mismo significado. No podemos estar en todas partes a la vez. De modo que la idea misma de conocimiento sin punto de vista concreto carece de sentido. (Técnicamente, esta afirmación refleja una posición filosófica, asociada a Nietzsche, y que se denomina perspectivismo). De todos modos, ¿qué utilidad podría tener un conocimiento así? Todo conocimiento surge de una relación entre un conocedor y un objeto de conocimiento. Y los conocedores esperan dar algún empleo al conocimiento.

También los relatos que describen una creación surgen de una relación entre las comunidades humanas concretas y el universo imaginado por ellas. Dan respuestas a preguntas universales a escalas muy diferentes, motivo por el que a veces parecen tener una estructura incluyente, como las cajas chinas o como el universo tolemaico, con sus múltiples capas concéntricas. En el centro están los que quieren conocer. En el borde exterior hay una totalidad, de la clase que sea, un universo o un dios. Entre ambos hay entidades que viven a diferentes escalas temporales, espaciales y mitológicas. Así pues, las preguntas que formulamos son las que establecen la forma general de todos los mitos de creación. Y puesto que somos humanos, es normal que los humanos ocupen más espacio en el mito del que ocupan en el universo total. Un mito de creación siempre se refiere a alguien, y la historia que se cuenta en este libro es el mito de la creación de los seres humanos modernos, educados en las tradiciones científicas del mundo moderno. (Esto significa, paradójicamente, que la estructura narrativa del mito de creación moderno, como la de todos los mitos de creación, puede parecer precopernicana, a pesar de su contenido rotundamente poscopernicano).

No obstante la amplitud de su horizonte, Mapas del tiempo no pretende abrumar al lector con detalles. Me he esforzado (sin conseguirlo del todo) por poner un límite razonable al grosor del libro, esperando que los pormenores no impidan ver la imagen general. Los interesados por las partes concretas de esta historia podrán saber más al respecto sin problemas, y a este fin, a modo de punto de partida, he añadido al final de cada capítulo breves orientaciones bibliográficas.

La ajustada proporción de temas y motivos que hay en el libro refleja el hecho de que es un esbozo de gran historia proyectado desde la perspectiva de un historiador, no de un astrónomo, ni de un geólogo, ni de un biólogo. (Al final de esta introducción se enumera una serie de métodos macrohistóricos alternativos). Esto quiere decir que las sociedades humanas abultan aquí más de lo que destacan, por ejemplo, en los libros de Stephen Hawking o en El cosmos, la tierra y el hombre (1978) de Preston Cloud. Los cinco primeros capítulos abarcan temas que normalmente son competencia de la cosmología, la geología y la biología. Tratan del origen y la evolución del universo, de las galaxias y las estrellas, del sistema solar y de la Tierra, y de la vida en la Tierra. El resto del libro repasa la historia de nuestra especie y sus relaciones con el planeta y con otras especies. Los capítulos 6 y 7 hablan del origen de los seres humanos y de la naturaleza de las primeras sociedades humanas. Tratan de rastrear lo distintivo de la historia humana y lo que distingue a los humanos de otros organismos. El capítulo 8 analiza las primeras sociedades agrícolas, que carecieron de ciudades y estados. Con la aparición de la agricultura, hace unos 10 000 años, los humanos empiezan a vivir en comunidades densas en las que los intercambios de información y de productos son más intensivos que nunca. Los capítulos 9 y 10 describen la aparición y evolución de las ciudades, los estados y las civilizaciones agrícolas. Los capítulos 11-14 están dedicados a la construcción de una interpretación coherente del mundo moderno y de su origen. Por último, el capítulo 15 mira hacia el futuro. La gran historia trata inevitablemente de grandes corrientes y tendencias, y éstas no se detienen de súbito en el momento actual. Un enfoque tan ambicioso del pasado plantea por fuerza preguntas sobre el porvenir, y hay ya algunas respuestas a mano, a propósito del futuro próximo (por ejemplo, de los próximos cien años) y del futuro remoto (los próximos dos mil o tres mil millones de años). Plantear estas preguntas debería ser en nuestros días una parte esencial de la educación, ya que las valoraciones que hagamos del futuro afectarán a las decisiones que tomemos en la actualidad: éstas, a su vez, influirán en el estilo del mundo que habiten nuestros hijos y nuestros nietos. No nos darán las gracias si nos tomamos este cometido a la ligera.

Otro problema organizativo se refiere a la temática. Una historia que abarca tantas disciplinas académicas podría parecer que tiene poca coherencia. Pero hay fenómenos que cruzan todas las escalas. Resulta que los agentes principales presentan una gran semejanza. En todos los niveles nos encontraremos con entidades ordenadas, desde moléculas hasta grandes cadenas de galaxias, pasando por microbios y sociedades humanas. El tema de una historia a todas las escalas es explicar cómo pueden existir estas entidades, cómo nacen, evolucionan y al final perecen. Como es lógico, cada escala tiene sus propias reglas —químicas en el caso de las moléculas, biológicas en el caso de los microbios—, pero la sorpresa es que algunos principios transformacionales subyacentes podrían ser universales. Ésta es la razón por la que Fred Spier ha aducido que, a un nivel básico, la gran historia trata de «regímenes». Trata de las frágiles pautas ordenadas que aparecen en todas las escalas y trata de sus

modalidades evolutivas[8]. Así pues, un tema fundamental de la gran historia será la variación de las reglas de transformación en las diferentes escalas, a pesar de las semejanzas fundamentales que hay en la esencia de todo cambio. La historia humana es distinta de la historia cosmológica, pero no es totalmente distinta. En el apéndice 2 comento algunos principios generales del cambio, pero el conjunto del libro examina algunas de las reglas de transformación que aparecen en distintas escalas.

 

A FAVOR Y EN CONTRA DE LA GRAN HISTORIA

 

A los geólogos, los arqueólogos o los prehistoriadores les parecerá del todo natural que se estudie el pasado a escalas mastodónticas. Pero no a todos les convencerá el cometido de la gran historia. A los historiadores profesionales en concreto, la idea de estudiar el pasado con escalas temporales tan amplias podría parecerles demasiado ambiciosa y hasta imposible, un pasatiempo alejado de la verdadera misión de la investigación histórica. Para terminar esta introducción responderé a las cuatro objeciones principales que podrían hacerse.

La primera es habitual entre los historiadores profesionales. Dice que al aumentar la escala, la historia se vuelve intangible. Pierde detalles, textura, concreción y sustancia. Al final se vuelve vacía. Lógicamente, en las escalas grandes, los temas y problemas propios de los historiadores profesionales podrían desaparecer, del mismo modo que desaparecen los rasgos de un paisaje conocido cuando se observan desde un avión en ascenso. La Revolución francesa podría mencionarse sólo de pasada en un curso de gran historia. Pero hay compensaciones. Conforme ampliamos la ventana por la que observamos el pasado, los rasgos del paisaje conocido que antaño nos parecían demasiado grandes para encajar en él se perciben ahora en su totalidad. Además de las aldeas y carreteras de las historias nacionales y locales, empezamos a ver ahora los continentes y océanos del pasado. Los encuadres, tengan el tamaño que tengan, excluyen más de lo que revelan. Y esto es particularmente aplicable a los marcos temporales convencionales de la historiografía moderna, que suelen abarcar unos cuantos años o unos cuantos siglos. Lo sorprendente es que lo que ocultan los marcos convencionales es la presencia misma de la humanidad. Incluso en marcos temporales de varios miles de años es difícil plantear preguntas sobre el significado general de la historia humana en la biosfera circundante. Sin embargo, en un mundo con armas nucleares y problemas ecológicos que desbordan las fronteras nacionales necesitamos con urgencia enfocar a la humanidad como un todo. Las descripciones del pasado que se centran sobre todo en las divisiones entre naciones, religiones y culturas empiezan a parecer localistas y anacrónicas, incluso peligrosas. Así pues, no es verdad que la historia se vuelva vacía en las escalas grandes. Los objetos conocidos podrán desvanecerse, pero a cambio aparecen otros objetos y problemas, no menos importantes. Y su presencia no puede sino enriquecer la disciplina.

Otra objeción es que los historiadores, para hablar de gran historia, tendrán que rebasar las fronteras de su disciplina. Esto es verdad. Los estudios sinópticos como el presente libro corren muchos riesgos, porque el autor depende de fuentes secundarias y de otros estudios sinópticos. Por consiguiente, habrá meteduras de pata y malentendidos: el error forma parte del proyecto. En realidad, forma parte del proceso del aprendizaje. Para entender el propio país hay que ir a otros al menos una vez en la vida. No se entenderá todo lo que se vea, pero empezará a verse el país propio desde otro punto de vista. Lo mismo puede decirse de la historia. Para entender lo que es característico de la historia humana hay que saber aproximadamente cómo enfocaría la cuestión un biólogo o un geólogo. No podemos volvernos biólogos ni geólogos y nuestro enfoque de la biología y la geología tendrá límites, pero debemos aprovechar como mejor sepamos la experiencia de los especialistas en otras materias. Y tenemos mucho que aprender de sus puntos de vista sobre el pasado. El respeto exagerado por la autonomía de las disciplinas ha obstaculizado las posibilidades de la sinergia intelectual entre los distintos campos del conocimiento. Diré, por ejemplo, que necesitamos el enfoque del biólogo para comprender lo que es realmente característico del tipo animal al que pertenecemos, Homo sapiens.

En tercer lugar podría objetarse que la gran historia aspira a construir otro «gran relato» precisamente cuando hemos comprendido la inutilidad, incluso los peligros, de los grandes relatos. ¿No marginará el metarrelato gran-histórico las historias

alternativas, de las minorías, de las regiones, de las naciones o etnias concretas[9]? Es posible que lo único capaz de hacer justicia a la riqueza de la experiencia humana sea observar el pasado de manera fragmentaria («con ojos de joyero», por utilizar la

expresión de los antropólogos George Marcus y Michael Fischer[10]). Como señala acertadamente Natalie Zemon Davis:

 

Sigue en el aire la cuestión de si es apropiado un solo relato modélico para contar la historia global. Yo

creo que no. Los relatos modélicos son particularmente sensibles a la influencia de las pautas características

de la época y el lugar del historiador, al margen de la utilidad que puedan tener para explicar parte de los

testimonios históricos. Si hay una historia global innovadora y descentralizada que descubre trayectorias y

caminos históricos alternativos y pertinentes, nada impide que sus macrorrelatos sean también alternativos o

múltiples. Lo que debe hacer la historia global es situar creativamente esos relatos en un marco

interactivo [11].

 

Una vez más, la acusación es cierta, por lo menos en parte. Los relatos parecen inevitables cuando miramos al pasado utilizando escalas grandes y, desde luego, estarán moldeados por los intereses contemporáneos. Sin embargo, es un error rechazar los macrorrelatos, por grandes que parezcan. Guste o no, los macrorrelatos se buscan y se encuentran, porque proporcionan significados. Como ha dicho William Cronon a propósito de la historia ecológica: «Cuando describimos las actividades humanas en el interior de un ecosistema, siempre da la sensación de que estamos contando historias. A semejanza de los historiadores, configuramos los acontecimientos del pasado en series causales —relatos— que ordenan y simplifican los acontecimientos para darles significados nuevos. Procedemos así porque el relato es la principal forma literaria que trata de encontrar significados en una realidad

cronológica abrumadoramente atestada y desordenada[12]». Si los intelectuales con carnet son demasiado remilgados para escribirlos, los relatos proliferarán de todos modos y ellos quedarán en la sombra y se marginarán solos. Esto es como un abandono de las responsabilidades, sobre todo porque los intelectuales han desempeñado un papel muy importante en la creación de muchos metarrelatos actuales. Los metarrelatos existen, tienen fuerza y son poderosos. Podemos adaptarlos, pero nunca podremos desterrarlos. Además, aunque los grandes relatos tengan fuerza, los grandes relatos subliminales podrían tener más fuerza aún. Por debajo de la superficie del conocimiento moderno existe ya un «mito de creación moderno». Existe con una forma peligrosa, como fragmentos de conocimiento mal expresados y mal comprendidos que cuestionan las versiones tradicionales de la realidad pero no se han integrado para dar una imagen nueva de dicha realidad. Sólo cuando un mito de creación moderno proporcione una historia coherente será realmente posible dar el siguiente paso: criticarlo, deconstruirlo y quizá mejorarlo. En historia, como en arquitectura, para deconstruir hay que construir. Hemos de ver el mito antes de pasar a criticarlo. Y hemos de expresarlo antes de verlo. Ernest Gellner puso el dedo en la llaga en la introducción a su enfoque sinóptico de la historia, El arado, la espada y el libro (1991):

 

El objetivo del presente volumen es sencillo. Es dar, con unos perfiles muy claros y quizá exagerados, una

imagen de la historia humana que ha venido adquiriendo forma últimamente, pero que todavía no se ha

codificado con propiedad. Este intento de concretarlo no se debe a que el autor tenga la fantasía de creer que

es verdadero, porque no la tiene. La verdad final y definitiva no es un don de las teorías en general. En

concreto es poco probable que se acepten teorías que abarcan una variedad infinita de hechos

extremadamente complejos que superan la capacidad de un solo investigador. La imagen se expone con la

esperanza de que la claridad y las consecuencias de la exposición permitan analizarla con sentido crítico[13].

 

Además, en un «gran relato» como el que se presenta en este libro pueden caber muchísimas cosas. En el mercado global de la «verdad» del siglo XXI, todos los relatos coexisten en dura competencia. Las detalladas crónicas del pasado que se han venido enseñando en escuelas y universidades se encargan de que un mito de creación moderno no sea un relato monolítico y único, sino más bien un amplio y desvencijado ciclo de historias, cada una de las cuales podrá contarse de muchas maneras y con muchas variantes. Puestos a ello, es posible que los relatos muy grandes creen más espacio para otras versiones del pasado que pugnan por sobrevivir en los actuales programas de historia (menos amplios). Como ha dicho Patrick O’Brien: «Es de esperar que conforme aumente el número de historiadores que escriben a escala global, la disciplina adquiera reputación y produzca metarrelatos contrapuestos a los que el desbordante caudal de historias locales, regionales y

nacionales podría reengancharse[14]».

La cuarta objeción está estrechamente relacionada con la precedente: ¿no estará un relato tan ambicioso condenado a atribuirse un exagerado derecho a la verdad? He visto, cuando enseño gran historia, que los estudiantes se esfuerzan por encontrar el término medio entre dos posiciones extremas. Por un lado, les atrae pensar que una versión moderna y «científica» del origen es verdadera y que todas las versiones anteriores son más o menos falsas. Por otro, dados los titubeos de las versiones modernas del pasado, también les atrae suponer que se trata de «una historia más».

Imaginar un relato gran-histórico como un mito de creación moderno es una buena forma de ayudar a los estudiantes a encontrar el equilibrio epistemológico entre los dos extremos. Porque es un aviso, en primer lugar, de que todas las versiones de la realidad son provisionales. Muchas historias que se cuentan actualmente parecerán pintorescas e infantiles dentro de unos siglos, del mismo modo que hoy nos parecen ingenuos muchos elementos de los mitos de creación tradicionales. Pero no por saberlo caemos en un relativismo nihilista. Todos los sistemas gnoseológicos, desde la ciencia moderna hasta los insertos en los mitos de creación más antiguos, se pueden considerar mapas de la realidad. Nunca son verdaderos o falsos, sin más. Las descripciones absolutas de la realidad son imposibles, innecesarias y demasiado costosas para los organismos que aprenden, incluidos los humanos. Pero las descripciones accesibles son indispensables. Por ejemplo, sistemas de conocimiento como los mapas son una combinación compleja de realismo, flexibilidad, utilidad e inspiración. Deben dar una descripción de la realidad que se ajuste hasta cierto punto al sentido común. Pero la descripción también debe ser útil. Debe contribuir a la solución de los problemas que cada

comunidad ha de resolver, sean espirituales, psicológicos, políticos o mecánicos[15].

Todos los mitos de creación han presentado en su momento un mapa práctico de la realidad y eso es porque se creía en ellos. Concordaban con lo que la gente sabía. Contenían mucho saber empírico útil; y sus estructuras mayores ayudaban a la gente a situarse en una realidad más general. Pero cada mapa tenía que basarse en el conocimiento y satisfacer las necesidades de una sociedad concreta. Por ese motivo no han de ser necesariamente «verdaderos» fuera de su entorno doméstico. Un mito de creación moderno no necesita excusarse por ser local. Debe empezar por el conocimiento moderno y por preguntas modernas, porque está destinado a personas que viven en el mundo moderno. Necesitamos comprender nuestro universo aunque estemos seguros de que este anhelo no se cumplirá nunca. Así pues, lo más convincente que podemos decir sobre la verdad de un mito de creación moderno es que presenta una versión unificada del origen desde la perspectiva de principios del siglo XXI.

 

LECTURAS COMPLEMENTARIAS SOBRE GRAN HISTORIA

 

A continuación se enumera una serie de obras que estudian el pasado utilizando escalas mayores que las de la historia universal, o tratan de ver la historia humana en su contexto más amplio, o aportan encuadres metodológicos para alcanzar estas contextualizaciones. Es una definición muy amplia de la «gran historia» y es indudable que podría haber incluido en ella muchas otras obras. Los autores proceden de campos muy distintos, y también los libros son de una gran variedad por su método y por su calidad, de modo que hay espacio de sobra para polemizar sobre cuáles pueden considerarse obras gran-históricas y cuáles no. Esta bibliografía preliminar se basa en la primera lista compilada por Fred Spier, de la que he eliminado los libros demasiado técnicos para ser útiles a los historiadores y al público en general. También se han quedado en la cuneta muchos títulos que manejan escalas amplias y tienen mucho que enseñar a los historiadores, pero que no abarcan varias escalas temporales.

 

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