Memorias del Mediterráneo
3. La revancha del Mediterráneo: La primera civilización agraria
Además, la técnica mesolítica no habla de decadencia. El arco se desarrolla; ingeniosos perfeccionamientos del utillaje microlítico, anzuelos, puntas de flecha, dan testimonio de una gran habilidad artesanal. Finalmente, en las llanuras del norte de Europa, del este de Inglaterra a Rusia, numerosos objetos decorados, encantadoras estatuillas de ámbar, un abundante material de madera, de cuerno o de hueso, restos de chozas, de redes, de cestos, de piraguas de madera evocan una cultura vigorosa, llamada maglemosiense a causa de un yacimiento danés.
Estos alegatos rehabilitan de pleno derecho a los cazadores y pescadores del Mesolítico europeo, pero quizá no sea ése el problema. El Mesolítico, si bien no es un retroceso absoluto (por otra parte, discutible para algunas regiones), quizá lo sea para la evolución más importante: la ganadería y la agricultura. La primera domesticación de los animales, tal y como se realizará en el Oriente Próximo neolítico o entre los pueblos de pastores de las zonas desérticas y de las estepas asiáticas, nació lentamente: es la continuación de relaciones permanentes de los pueblos cazadores con rebaños determinados. Esta simbiosis entre un grupo humano y un grupo animal desapareció al parecer en Europa Occidental al mismo tiempo que los grandes rebaños de renos y de herbívoros de la era glaciar. Aunque encontremos más tarde, en el séptimo milenio, rebaños de cabras y de ovejas cerca de las costas mediterráneas, en Provenza, hubo en cualquier caso una ruptura y sin duda un retraso. Por el contrario, la revolución climática no interrumpió nada en Oriente Próximo, donde la fauna y la flora silvestres se prestaban más todavía a una domesticación. Así empezó la gran aventura del Mediterráneo oriental.
3. La revancha del Mediterráneo: La primera civilización agraria
Hacia el 8000, en el momento en que termina el magdaleniense franco cantábrico, ya existen verdaderas aldeas en el este, al otro extremo del Mediterráneo. El hombre se está convirtiendo en «conocedor de los secretos que hacen germinar el trigo y obedecer al animal», de modo que la ganadería y la agricultura sustituyen poco a poco a la caza y a la recolección de frutos silvestres. Con ello, el hombre echa raíces, sus aldeas se fijan y se alzan sobre sus propios restos, formando ahora las colinas artificiales tan conocidas de los arqueólogos, los tells de Asia, las magulas de Tesalia, las tumbas de Macedonia, los höyük de Turquía. ¿Se trata de una revolución, la única que merecería este nombre antes de la revolución industrial, tan reciente, lanzada desde Inglaterra en el siglo XVIII después de Cristo, en cuyas aguas seguimos navegando? Gordon Childe, fue el primero que habló de una revolución neolítica sin la que el homo sapiens, a pesar de su inteligencia, hubiera seguido siendo, como sus predecesores, un «animal raro», es decir, desarmado.
La expresión ha provocado muchas protestas. Quizá sea un simple malentendido sobre las palabras. Una revolución es una ruptura, un nuevo aliento que relega a la sombra una vida arcaica. Y un hombre nuevo, un paisaje nuevo, un sistema social nuevo, una economía nueva surgen en el Neolítico, en algunas regiones minúsculas del globo. Desde este punto de vista, sí, se trata de una revolución. ¿Es necesario añadir que la palabra «revolución» proclama a los cuatro vientos su pertenencia a un vocabulario propiamente histórico, que evoca un hecho rápido, brutal, dramático? Ahora bien, la «revolución neolítica», como toda prehistoria auténtica, es una revolución a cámara lenta, en sus premisas, su fijación, su extensión. Sus etapas se cuentan por milenios, no por siglos. En fin, no habría que imaginarla como una receta milagrosa, descubierta de una vez por todas en Asia anterior y transmitida a continuación por todo el mundo. Es posible que la receta, completa o no, haya sido inventada en diferentes puntos del globo, todos ellos independientes. Quizá hubo, como pensaba Émile Werth a partir de diversas gramíneas silvestres y especies animales, varios centros autónomos de invención y de difusión.
Otro elemento de ambigüedad se introduce si vemos en esta «revolución» particular el nacimiento de la civilización. La civilización, que también es un fenómeno de duración inverosímil, comienza en realidad con el primer grupo humano, por muy desvalido que haya sido, por el mero hecho de que se trata de un grupo y de que tiene algo que transmitir. Se afirma o se acentúa cuando son perceptibles creencias, actitudes elementales hacia la muerte y las fuerzas del mundo exterior. Para desarrollarse e irradiar, exige la agricultura, que da raíces a las sociedades, aldeas y ciudades (sobre todo ciudades), la escritura, cemento de toda sociedad densa. No «nace» pues en una fecha y en un lugar determinado.
Una vez dicho esto, en lo que se refiere a Europa y al Mediterráneo, en Oriente Próximo se observan los primeros pasos de la civilización agrícola, en algunos islotes privilegiados inmersos en un amplio territorio, inerte o indiferente. Sólo nos interesarán estos islotes.
Excavaciones revolucionarias: el Creciente Fértil y Asia Menor
Este problema de los orígenes es el desafío al que se enfrentan excavaciones que tenemos que calificar de revolucionarias. Lo que sabemos, lo que sabremos mañana, depende de las excavaciones realizadas al nivel más profundo posible, a menudo hasta unos veinte metros, para llegar al suelo virgen subyacente. Es imposible situar las mutaciones decisivas sin reconstruir la sucesión total de las capas, sin leerlo todo en esta lenta progresión, sin situarlo finalmente en una cronología todo lo precisa posible: la aparición de pilones, de morteros, de cuchillos largos (de hueso, con pequeños trozos de sílex incrustados a modo de hoja), hoces, silos, fosos para grano, restos de animales (¿salvajes o domesticados?), son elementos decisivos que habría que analizar de cerca. La hoz, por ejemplo, no indica si los cereales son silvestres y sistemáticamente cosechados o si ya son cultivados; los restos de cereales, cuando se puede reconocer su especie, son más explícitos en este punto. Las dudas y los errores son evidentemente posibles: un perro identificado en Jericó con demasiada rapidez, que resultó ser, tras un análisis más detallado, un lobo, no deja de ser, en los albores de la domesticación, un detalle significativo.
No obstante, una red de prospecciones, desarrolladas con la ayuda sistemática del carbono 14, ha permitido establecer una serie de dataciones cuya escala ha resultado ser concordante, o lógicamente discordante. El Mesolítico podría haber empezado más o menos hacia el 10000, el Protoneolítico (sin cerámica), hacia el 9000; el Neolítico cerámico hacia el séptimo milenio —con variaciones, por supuesto, en función de los lugares—. El descubrimiento más significativo, con mucho, es el de un primer Neolítico desprovisto de cerámica, cuando esta última se había considerado, junto con la piedra pulida, el signo estructural indispensable del Neolítico. ¿Hay que sorprenderse? El divorcio de la alfarería y de la agricultura elemental se sigue dando en nuestros días en algunos pueblos primitivos. En Brasil central, por ejemplo, algunas tribus ignoran la alfarería, mientras que «todas practican la agricultura sobre tierra quemada, en la que algunos grupos son verdaderos maestros» (C. Lévi-Strauss).
El otro descubrimiento, más importante todavía, es que la primera civilización —es decir, una amalgama de plantas cultivadas, animales domésticos, casas, primeras aldeas y ciudades, manifestaciones artísticas, cultos organizados con sus santuarios— comienza efectivamente en Oriente Próximo, pero no, como se creía antes, en los grandes valles fluviales de Egipto o de Mesopotamia. Por el momento [1970], una veintena de alfileres sitúan en un mapa las excavaciones decisivas de las dos o tres últimas décadas. Allí están las innovaciones. Con seguridad, aunque son prospecciones incompletas, ya tienen un sentido.
Hay tres zonas principales: los valles y vertientes occidentales de los Zagros, en los límites de la Mesopotamia; la amplia franja meridional de Anatolia; la región sirio-palestino-libanesa. En su conjunto, se trata de regiones bastante elevadas, húmedas (más de 200 mm de lluvia en la actualidad), situadas en su mayor parte en el arco de círculo, en el límite norte del gran desierto de Siria, que se suele llamar Creciente Fértil. La fertilidad, en este caso, depende de los altos relieves de la zona, que interceptan las lluvias de las depresiones invernales y se transforman en depósitos de agua para las regiones que las rodean más abajo. Las fuentes, los ríos, los torrentes que bajan por las montañas explican, a poca distancia del gran desierto de Siria, la presencia de bosques y de una vegetación natural que dará a la agricultura neolítica sus plantas cultivables. No obstante, habría que completar este esquema para que abarque la zona completa de las primeras culturas agrícolas.
Supongamos que el Creciente Fértil está representado por un semicírculo burdamente trazado desde el mar Muerto (o el mar Rojo) hasta el golfo Pérsico: en la parte más alta de este semicírculo habría que trazar una tangente hacia el oeste. El trazo debería ser lo bastante grueso para abarcar toda la franja meridional de Anatolia, entre Catal Höyük y Hacilar hacia el norte, y hacia el sur las estaciones de Kizilkaya y Beldibi, a dos pasos del Mediterráneo. Los desarrollos neolíticos fueron especialmente precoces y brillantes en esta rama anatólica que se consideró equivocadamente, durante mucho tiempo, como la frontera vacía y bárbara del Creciente Fértil. Hacia el 5000, probablemente a causa de invasiones, esta primera civilización anatólica desaparecerá sin haber dejado huella sobre el desarrollo cultural de Oriente Próximo. Por el contrario, en el sexto milenio, la cultura neolítica que se instala en Grecia tiene fuertes afinidades con la de Hacilar, su utillaje, sus tipos de cerámica. La influencia anatólica es innegable, aunque dudamos sobre la forma en que se transmitió.
Todas estas localizaciones tienen un sentido. Las zonas en las que se alzaron las aldeas corresponden, efectivamente, al hábitat original de los rebaños salvajes de ovejas y cabras, bovinos y porcinos; corresponden también, entre 600 y 900 m de altitud, al hábitat de varias gramíneas silvestres: la escanda menor (Triticum monococcum), de los Balcanes a Irán; la cebada, de Anatolia a Persia, de Transcaucásica a Palestina y a Arabia; la escanda común (Triticum spelta), presente en todas estas zonas al mismo tiempo. Hay que añadir los guisantes, las lentejas, las vezas. Después de haber cosechado durante mucho tiempo las semillas en las colinas, las mujeres empezaron a cultivarlas; los cazadores se deslizaron poco a poco desde la domesticación a la ganadería.
Algunas prospecciones
Para ver con claridad estos comienzos decisivos y no obstante titubeantes, ninguno de los cuales desembocará localmente en la gran civilización, nada puede sustituir a los detalles concretos de las excavaciones. A cada una corresponde una «cultura», o mejor aún, una sucesión de experiencias que nunca son exactamente las mismas. Tres ejemplos presentados rápidamente nos llevarán al Zagros (Jarmo); al pie del monte Carmelo (Jericó); hasta Anatolia (Catal Höyük). ¿La dificultad? Unir entre sí estas historias diferentes y sin embargo análogas, reconocerles una cronología común.
En Jarmo, al borde de un wadi profundo, el Adhaim (afluente del Tigris entre otros llegados de las montañas que rodean su curso medio al este), el pico de los arqueólogos ha llegado al Neolítico no cerámico (séptimo milenio). En profundidad, no hay menos de once niveles, anteriores a la cerámica. Se trata de una aldea pequeña (20 a 25 casas, quizá 150 habitantes). Las primeras chozas están construidas con arcilla secada al sol, los techos con juncos; luego aparecen los hogares, hornos, chimeneas. Pieles, cestos impermeabilizados con betún, vasijas de piedra que sirven de recipientes. Restos de Triticum monococcum todavía cerca de la planta silvestre, de Triticum spelta, de cebada de dos carreras, de guisantes y de lentejas prueban sin ambigüedades una agricultura ya desarrollada. Molinos manuales, hoces, trituradores, un utillaje lítico superabundante en sílex y obsidiana (importada de Anatolia) se encuentran junto a diosas madres rudimentarias, modeladas en arcilla sin cocer. Los muertos se entierran fuera de la aldea. Cuando comienza la cerámica, hacia el 6000, los cimientos de piedra de las casas han aparecido ya. No obstante, sólo se ha domesticado a la cabra y quizá al perro. La caza del cerdo, del cordero y del buey silvestre sigue garantizando la mayor parte de la alimentación cárnica.
El segundo viaje nos lleva a Jericó y a las importantes excavaciones de 1954. No todo está claro en la historia de este lugar excepcional, que revolucionó en su tiempo tantas ideas arraigadas. Nadie imaginaba,
efectivamente, una ciudad[9] de más de dos mil habitantes, en el alba de la prehistoria. La aglomeración existe desde muy pronto. El nivel más antiguo, en el que se ha creído reconocer un santuario, está datado por el carbono 14 en el 9500 aproximadamente. En aquella época, la aldea de Jericó y todas las que se sucedieron en este lugar a lo largo del noveno milenio, no se diferencian de otros asentamientos palestinos de la cultura llamada Natufiense, Eynan, por ejemplo, en las orillas del lago Huleh. Esta cultura extraña, con orígenes poco conocidos, instalada en cuevas y en terrazas acondicionadas, o en verdaderas aldeas de chozas redondas, ha proporcionado un abundante material lítico e interesantes esculturas, las más antiguas de Oriente Próximo. Parece orientarse hacia el Neolítico, con abundante consumo de cereales (sin domesticación animal, sin embargo) y el uso de morteros, fosos para grano, etc. Sin embargo, se estanca o desaparece totalmente en la mayor parte de estos asentamientos primitivos. El valle del Jordán y Jericó en particular son una excepción y recogen la herencia.
En el octavo milenio, el cultivo de los cereales ya está implantado. ¿Es la razón del desarrollo brusco, explosivo de Jericó? En este punto situado por debajo del nivel general de los mares (a menos 200 m), a orillas del mar Muerto, las condiciones para una agricultura próspera, con posibles regadíos, no son mejores, después de todo, que en otros puntos de Palestina. No obstante, la aglomeración se ha convertido en una ciudad, con hermosas casas redondas, de ladrillo de adobe sobre cimientos de piedra; algunas tienen varias habitaciones. Está rodeada de fosos prodigiosos y de murallas (incluida una gran torre), tiene cisternas, silos de grano, todos ellos signos de una evidente coherencia urbana. La explicación podría ser la explotación de la sal, del azufre y del precioso betún del mar Muerto, es decir, una vida comercial de comienzos precoces, ya que en el noveno milenio, en la aldea antigua, ya había aparecido la obsidiana de Anatolia. Se suman ahora la nefrita y otras rocas volcánicas de Anatolia, las turquesas del Sinaí, el cauri del mar Rojo.
Es lo que nos lleva a pensar que junto a una revolución agrícola, en estos primeros esbozos de «civilización» hubo una revolución de la circulación con raíces mucho más hondas en el pasado de lo que se puede haber pensado antes. Estos contactos lejanos quizá no tuvieran únicamente ventajas, ya que la ciudad, después de veintidós niveles de construcción y un milenio de vida próspera (pero poco segura, si juzgamos por las murallas, ensanchadas de nuevo), queda abandonada a comienzos del séptimo milenio. Vuelve a estar ocupada inmediatamente, pero por otros hombres que ocupan al mismo tiempo todo el valle del Jordán, y todo indica que venían del norte de Siria o de Anatolia. La tradición natufiense desaparece entonces totalmente; las casas de la nueva ciudad son rectangulares, con suelos revocados al estilo sirio. La economía sigue siendo protoneolítica y lo seguirá siendo durante diez o quince siglos más; la única innovación real será la domesticación de la cabra y del perro. El Neolítico cerámico llegará por fin a Jericó en el sexto milenio, aportado quizá por un pueblo seminómada, tras un nuevo periodo de abandono de la ciudad que señala una importante laguna estratigráfica. Curiosamente, la llegada de la cerámica corresponderá, para Jericó, Palestina y Líbano, a un empobrecimiento cultural que durará mucho tiempo, hasta el cuarto milenio.
El viaje a Catal Höyük, en Anatolia, podría ocuparnos mucho más tiempo, pues las excavaciones de 1962-1964 han revelado, en contacto con una capa protoneolítica, lo que fue, sin duda, el Neolítico cerámico más precoz de toda
Asia anterior. Catal Höyük es una verdadera ciudad[10] de la que desgraciadamente sólo se ha estudiado un barrio, llamado de los sacerdotes (media hectárea, de las quince que ocupan las excavaciones). Se han identificado doce niveles entre el 6500 y el 5650 antes de Cristo. Aparecen en primer lugar casas de adobe, rectangulares, de un solo piso, con un agujero en el tejado para el humo, pequeñas «ventanas» altas para el paso de la luz. La entrada se realiza por una abertura en el tejado plano, al que se llega por una escalera (se sigue encontrando este tipo de casa en Anatolia en nuestros días, o incluso en Armenia). No hay puertas, ni calles. A veces, patios interiores comunes a varias casas a los que dan minúsculas ventanas. Su escalonamiento en la pendiente del tell permite a casas contiguas abrir cada una sus ventanas al ras del tejado del vecino. Para penetrar en ellas, se circula por los tejados con escaleras cortas. Los croquis de la página siguiente explican mejor que las palabras esta extraña forma de circulación. La ciudad presentaba así al exterior muros ciegos y continuos, fáciles de defender, pues las ventanas servían también de troneras para los arqueros.
Si los habitantes de esta gran ciudad vinieron de las montañas vecinas (donde se encuentran las plantas primitivas) para establecerse en las mesetas fértiles de Konya, hay que suponer una interesante historia previa, sobre la que desgraciadamente no sabemos nada. Es especialmente lamentable porque nos hubiera permitido captar realmente el paso de un Mesolítico previo a la «revolución» neolítica.
En Catal Höyük, efectivamente, la agricultura alcanza un alto grado de organización. Alrededor de la ciudad, la explotación de los campos, quizá colectiva, abarca el trigo (tres especies), la cebada desnuda, las lentejas, los guisantes, las vezas, los pistachos, los almendros, numerosos cerezos. Se fabrica aceite, y sin duda cerveza. Se han domesticado numerosos corderos y
quizá bóvidos[11], se cazan sin tregua el buey salvaje, el ciervo común, el onagro, el gamo, el jabalí, y más todavía el leopardo. La fuente más importante de ingresos de la ciudad es no obstante el comercio, no hay que olvidarlo.
Cerca de dos volcanes en actividad, Catal Höyük ejerció una especie de monopolio sobre el comercio de obsidiana con el oeste de Anatolia, Chipre y Levante. Adquiere, a cambio, el hermoso sílex de Siria, muchas conchas del Mediterráneo, todo tipo de piedras, alabastro, mármol, caliza negra, y, procedentes de las montañas más cercanas, ocre, cinabrio, cobre nativo e incluso mineral de cobre. Todos estos materiales alimentan una artesanía ya refinada: como un puñal ritual de hoja de sílex y mango de hueso trabajado, cuyas espirales representan una serpiente enroscada sobre sí misma. Data de comienzos del sexto milenio. Mucho antes de esta fecha, todos los pequeños objetos que acompañan a los muertos, las innumerables jabalinas, lanzas y puntas de flecha, los espejos de obsidiana pulida, los collares de perlas finamente perforadas, talladas en piedra oscura, apatita azul o conchas, los colgantes de obsidiana o de cobre, las perlas de metal (cobre y plomo), recipientes de hueso, de madera, de cuerno, tejidos de gran finura, probablemente de lana, nos hacen pensar en una artesanía especializada. Finalmente, la cerámica todavía burda del séptimo milenio se va refinando progresivamente, cerámica roja u oscura, alisada, gamuzada y salpicada de colores. En la fase final, que las excavaciones no han descubierto todavía, pero que conocemos por Hacilar, aparece la alfarería pintada, rojo sobre fondo crema, o blanco sobre rojo (mediados del sexto milenio).
El interés excepcional de Catal Höyük está básicamente en el arte sacro. Se ha encontrado un material particularmente rico en los niveles sucesivos de los diferentes santuarios, numerosas esculturas, de piedra, de alabastro, de mármol, de terracota, relieves, pinturas también, extendidas con pincel sobre un revestimiento de yeso fino, las primeras que se conocen sobre muros construidos por la mano del hombre. La diosa de la fecundidad, divinidad esencial de los cultos neolíticos, aparece en mil formas: jovencita, mujer embarazada de formas densas, que recuerdan las Venus paleolíticas, o pariendo un toro (símbolo del dios masculino, generalmente representado por una cabeza de toro o por una fila de cuernos, casi nunca bajo una apariencia antropomórfica).
Interior de un santuario: vemos a la diosa pariendo un toro, banquetas, cuernos alzados y la escalera que
permite alcanzar la terraza superior (dibujo basado en J. Mellaart).
La aglomeración, formada por viviendas adosadas agrupadas en pequeño número alrededor de varios
santuarios. En el lado que daba al exterior, las paredes formaban un frente continuo que protegía el
pueblo de los merodeadores. La ausencia prácticamente total de puertas hace suponer que se circulaba
por las terrazas y no al nivel del suelo (dibujo de Laure Nollet).
La religión paleolítica aflora con toda su imaginería antigua: frescos murales y relieves que representan animales, toros, carneros, vacas, gamos, jabalíes, leopardos (animal sagrado de la diosa); motivos de manos, pintadas en positivo o en negativo, como en el arte mural hispanofrancés, que cubren todo un paño de pared en un santuario, asociadas a senos de mujer y a cabezas de toros; escenas de caza, bailarines vestidos con pieles de leopardo, ritos funerarios en los que intervienen sacerdotes disfrazados de buitres… Efectivamente, los muertos se abandonaban a las aves de presa que los descarnaban. Luego se vestían los esqueletos con su ropa y se enterraban con sus bienes terrenales en la misma casa en la que habían vivido, e una de las plataformas sobreelevadas que se encuentran en cada vivienda, los amplios bancos de obra en los que se sentaban, trabajaban e incluso dormían, como en las antiguas casas chinas… Bajo el banco principal de la casa, en el lugar de honor, se entierra a las mujeres, signo de una sociedad en la que reinan las madres, las sacerdotisas y las diosas.
Me parece que este arte sagrado de Catal Höyük, menos bello y poderoso que el de los cazadores magdalenienses, pero enmarcado en una evolución continua, iluminado por ella, podría aportarnos algún día, por comparación, con conocimientos precisos sobre las religiones neolíticas de Oriente Próximo, una explicación plausible de los enigmas anteriores que plantean los cultos paleolíticos occidentales.