Memorias del Mediterráneo

Fernand Braudel · Capítulo 14 de 29

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Memorias del Mediterráneo

2. Creta, nuevo actor de la civilización cosmopolita

La Creta prehelénica, llamada minoica, del nombre de su rey legendario (se dice el Minos, como se dice el Faraón), es un espectáculo fascinante y enigmático. Se nos dice que en el mundo prehistórico no hay sociedad mejor conocida que la cretense; sin embargo, lo que nos atormenta es lo que no conseguimos saber sobre ella, seducidos como estamos por lo que conocemos ya.

Desde el desciframiento, por parte de Michael Ventris, en 1953, del lineal B, tercera y última escritura de la isla, el problema ha cambiado de sentido, pero no se ha hecho la luz. ¡Hay quien dice, con más o menos buena fe, que incluso estamos más a oscuras! En realidad, es que tenemos que imaginar un nuevo relato a propósito de Creta. Los arqueólogos proponen dos o tres versiones, a la espera de la que sin duda seguirá a un desciframiento del lineal A. Todo lo que sabemos, de momento, es que no se trata de un idioma

indoeuropeo[31].

 

La primera civilización del Egeo

Al sur del mar Egeo, la Creta antigua es una isla perdida en un desierto de agua salada. Amplia, montañosa, está cortada por llanuras (una de ellas, en el centro, la Mesara, bastante extensa: 40 km de largo, 6 a 12 de ancho), cerradas por montañas calizas que hacen las veces de depósito de agua. El monte Ida la corona a casi 2.500 m. El contraste habitual del Mediterráneo entre la planta baja y la azotea está perfectamente ilustrado. No obstante, si bien las tierras altas cretenses parecen, según las reglas, bastante cerradas a las influencias exteriores que cambiarán radicalmente la isla, no existe aparentemente una amenaza montañosa para las llanuras, ciudades y palacios de las tierra bajas. Existe una trashumancia ovina; tranquila, da poco que hablar. Nada comparable, en suma, a las tierras altas salvajes, peligrosas que tendrá la isla (que entonces se llamará Candia) en tiempos del dominio veneciano. En realidad, la Creta minoica, tan pacífica dentro de sus propios límites, ¿no habrá estado durante mucho tiempo despoblada con respecto a sus posibilidades?

La oposición más fuerte, la más inesperada, se establece entre las fachadas norte y sur de la isla, la que se vuelca hacia las islas y costas cercanas del Egeo y la que mira hacia África lejana, la Cirenaica y, más lejos, Egipto, la una mediterránea, como otras tantas costas, la otra una curiosidad climática, con un toque tropical que evoca la estrecha franja española de Málaga. Las golondrinas pasan allí el invierno, como en Egipto.

Una isla siempre es un mundo cerrado, protegido. En Creta, por ejemplo, no hay animales salvajes autóctonos, salvo la cabra montes, el tejón, el gato montes, la comadreja (que se utilizaba en las casas contra los ratones). No existían zorros, lobos, águilas, lechuzas. Ningún animal dañino salvo el escorpión, la víbora y una araña venenosa (desconocida en el continente). Los griegos dirán más adelante que «la isla de Zeus» había sido liberada de estas plagas por el rey de los dioses o por Heracles. Fue más bien obra del mar protector. ¿No fue este aislamiento la principal ventaja de Creta en sus inicios? Otras islas, casi igual de grandes, como Rodas, o más extensas como Chipre, ambas bien situadas en las rutas del mar, están mejor relacionadas que ella con el continente próximo. Sin embargo, Creta ocupó indudablemente la primera posición.

Pese a todo, su participación fue muy modesta en una primera civilización egea y periegea, cuyos puntos más brillantes fueron las Cicladas y más todavía la ciudad de Troya, al sur del Helesponto. Como el resto del Egeo, recibió de Asia Menor sus primeras poblaciones y su primera agricultura, hacia el séptimo milenio; luego otras oleadas de emigrantes la iniciaron en la cerámica y, finalmente, durante el tercer milenio, en los progresos de la metalurgia. Si creemos a los arqueólogos, la gran isla, en estas primeras experiencias y en particular en lo que se refiere a la cerámica, estaba seriamente retrasada con respecto a otras regiones como la Argólida o Tesalia, más directamente relacionadas con Anatolia, e incluso a una isla como Siros, cuyos vasos son conocidos desde hace tiempo, con el nombre prosaico e impertinente de «sartenes» —vasijas planas, de uso probablemente ritual, decorados con incrustaciones blancas, espirales, triángulos, estrellas, soles, barcos, peces… La primera civilización heládica presenta, como la anatólica, la omnipresente diosa madre, representada en primer lugar en el Neolítico por estatuillas naturalistas, muy similares a las del continente asiático; más tarde, a comienzos de la edad del Bronce, por esos extraños ídolos denominados «cicládicos», quizá menos puramente egeos de lo que se ha dicho. Las figuras «en forma de violín», por ejemplo, como recortadas en una placa de mármol o de arcilla, no sólo se encuentran en Troya (prácticamente en todos los niveles I a VI) y en Creta, sino también en Tesalia, en el Bósforo asiático, en Teleilat Ghassul (al norte del mar Muerto), y tienen su correspondencia en las pequeñas siluetas de una tumba de Alaça Höyük, recortadas en una lámina de oro. Desde Creta, siguen su camino hacia Occidente, inspirando en Cerdeña numerosas estatuillas de piedra o de mármoles locales (primera mitad del segundo milenio), o en Malta, en el siglo XVI, figuras estilizadas en forma de violín o de disco plano. En España, en las tumbas megalíticas de Purchena y de Los Millares, son uno de los numerosos signos de una influencia del Oriente mediterráneo.

La fachada oriental del Egeo, la costa de Asia Menor y sus puertos, que son la salida de los valles que bajan de las mesetas, sirvieron de escala en esta corriente cultural que, durante varios milenios, fluyó desde Anatolia hacia el Egeo y Grecia. En la colina de Hissarlik, no lejos del Helesponto, el desarrollo brillante de la ciudad de Troya, a partir del 3000, es la historia de una de estas escalas. Nueve ciudades sucesivas fueron descubiertas por Schliemann (1870), en un lugar hasta entonces legendario. La más antigua, Troya I, es una ciudad muy pequeña, pero innegablemente una ciudad, con sus murallas y, en el punto más seguro de las mismas, el palacio del príncipe. Se fabrica allí una cerámica modelada a mano, gris y negra, con incisiones e incrustaciones blancas, muchos útiles de piedra (supervivencia nada sorprendente), pero la presencia del cobre revela los albores de una metalurgia. Por supuesto, está presente la inevitable diosa madre. Troya II, dentro de murallas más amplias, sólo durará dos siglos (2500-2300) y desaparecerá en un incendio, como unos mil años más tarde Troya VII, la ciudad de Príamo y de Héctor, asediada durante largo tiempo por el ejército de los griegos. Durante estos dos siglos, Troya II desempeñó un papel importante en la difusión de la metalurgia a través del Egeo. Las excavaciones nos han dado una multitud de objetos preciosos, de oro, plata, plomo, electro, hierro incluso, cuchillos de hoja de plata o de bronce, con mangos de cristal de roca tallado, una bella orfebrería que utiliza indistintamente la filigrana, el cloisonné o el grafilado. Todos estos objetos preciosos parecen haber sido enterrados precipitadamente, apenas un instante antes de la hora definitiva del peligro. Se conoce el torno de alfarero, pero convive con la cerámica moldeada a mano.

En esta segunda mitad del tercer milenio, Troya está en relación evidente con Mesopotamia (cilindros y sellos de Jemdet Nasr); con la meseta de Anatolia, Tesalia, Macedonia, el Egeo, Egipto, e incluso con el Báltico a través del Danubio (el ámbar de origen nórdico se reconoce en el análisis químico) y la variedad de materiales empleados, piedras semipreciosas en particular, indica que no se trata de relaciones ocasionales.

Sería imprudente generalizar, juzgar la primera civilización del Egeo de acuerdo con este ejemplo, quizá excepcional, pero es algo que hay que tener en cuenta. Ya hemos encontrado, en el continente griego o en algunas islas, suficientes restos de verdaderas ciudades, incluso de palacios, para pensar que una primera civilización vigorosa, animada por tráficos marítimos precoces, se extendió al conjunto del Egeo en el tercer milenio.

Esta civilización se apaga brutalmente con las invasiones indoeuropeas de cerca del siglo XXIV. La Tróade, Anatolia, el continente griego, numerosas islas del Egeo son invadidas por pueblos mucho menos evolucionados que los suyos — quizá antepasados de los micenios de Grecia, de los hititas y de los luvitas de Anatolia. Todas las ciudades arden con sus palacios, Troya, Hagios Kosmas (cerca de Atenas), Lerna y Tilinto en Argólida, Poliochni en la isla de Lemnos. El nivel general de la economía y de la cultura retrocede en el Egeo. Tesalia vuelve a la barbarie. Todas las luces se apagan. Salvo en Creta: poco accesible, protegida por su situación excéntrica, la isla no será invadida. Fue sin duda su primera oportunidad.

 

Choques exteriores

Antes del declive de la primera civilización egea, la prosperidad cretense ya se había manifestado hacia el 2500, limitada por lo demás, como si una economía avanzada dibujara dos islas dentro de la grande; un fragmento minúsculo al este, entre Zakro y el golfo de Mirabello —en particular en Vasiliki y en la isla costera de Mochlos— y la llanura central de Mesara, apartada, amplia pero como encerrada en su riqueza natural, caracterizada por sus tumbas colectivas, de tholoi. Al contrario que el resto del Egeo, que en el tercer milenio lo recibe prácticamente todo de la costa occidental de Anatolia, Creta también mantiene relaciones con Siria y, directa o indirectamente, con Egipto. ¿Será la razón de que, antes del 2000, el antiguo pariente pobre del Neolítico egeo desarrolle una civilización viva, abierta, original, adaptando a su aire variadas influencias?

Todavía no hay verdaderas ciudades, tampoco palacios, en esta civilización en devenir del Minoico antiguo. Sin embargo, las tumbas de la costa nos han dado un rico material: jarras de pico recto, de forma anatólica (como en el resto del Egeo), diosas de mármol de formas esquemáticas, herramientas y armas de cobre puro, después de bronce, o joyas de oro ya singularizadas, cerámicas originales («teteras» de largos picos, que parecen copiar formas de metal) y sobre todo numerosísimos vasos de piedra, de inspiración evidentemente egipcia (incluso algunos importados) que han suscitado un amplio debate entre especialistas. Ya no se cree en las relaciones directas con el Nilo a principios del tercer milenio (fecha de estos vasos en Egipto), sino más bien en relaciones indirectas a través de Biblos. No obstante, ¿se trata de un simple comercio o del arribo a Creta de algunos refugiados de la orilla del Nilo, llegados a través de Siria? ¿En qué época? ¿La de la lejana conquista del Delta por Narmer? ¿O la del primer periodo intermedio que, en el siglo XXIII vio tantos pillajes de tumbas egipcias muy antiguas? Estas hipótesis explicarían también el estuche fálico que incluye desde muy pronto el traje cretense (detalle que, se dice, se puede atribuir tanto al Delta como a Libia) y los numerosos sellos de la llanura de Mesara (Hagia Triada) que, siempre en el minoico antiguo (es decir, antes del 2200) imitan directamente sellos del primer periodo intermedio egipcio, a su vez fuertemente influidos por Asia. Otros especialistas creen simplemente que los cretenses que iban a Biblos llegaron hasta Egipto con los mercaderes locales.

En cualquier caso, la Creta de finales del tercer milenio ya se encuentra en una posición claramente ascendente. Sin embargo, el mayor despegue no se produce hasta comienzos del siglo XX, como por casualidad, bruscamente en todo caso: vemos florecer palacios, florecer ciudades; aparecen la rueda y el carro; hacia el 2000 se adopta el torno de alfarero que aquí, milagrosamente, no deteriora, todo lo contrario, la calidad excepcional de la cerámica. El arranque es tan dinámico que se quiso explicar, una vez más, como una «migración»: pueblos de la costa siria o palestina podrían haberse refugiado en la isla, expulsados por Lugalzagesi, el rey mesopotámico de la dinastía III

de Ur[32], que se abrió camino hasta «el Mar superior del Sol poniente». La leyenda de Europa raptada por Zeus en las costas de Fenicia y conducida hasta Creta a través del mar podría tener una parte de verdad.

Sin embargo, ¿de qué sirve explicar con migraciones aquello que se explica solo con la novísima vivacidad del comercio y de las relaciones «internacionales» a comienzos del segundo milenio? Desde el Minoico antiguo (antes del 2000), Creta había adoptado una escritura jeroglífica y este signo basta para indicar hasta qué punto se había apartado del mundo heládico y de sus invasores bárbaros iletrados. Sus marinos conocían bien, es seguro, el camino de las costas de Siria. Aislada del mundo egeo, Creta se vuelve hacia Chipre, Ugarit y Biblos; llega así hasta Egipto y Mesopotamia, sin los que no es concebible fortuna alguna. Queda así incluida dentro de un contexto de civilización oriental.

 

Palacios y ciudades: «indicadores»

Las grandes ciudades y los grandes palacios son los de Festos, Malia, Zakro, en el que se realizaron excavaciones en 1964. Salvo que quedaran maravillas por descubrir, como afirma la tradición, en el emplazamiento de la antigua Cidonia, al oeste de la isla, la lista de los grandes conjuntos urbanos y palaciegos está completa. Habría que sumar algunos palacios modestos o mansiones señoriales. En realidad, no hay llanura cultivada, no hay ciudad activa que no haya tenido su palacio y su príncipe local: Arkhanes, sólo a unos kilómetros de Cnosos, donde los muros de la edad de Bronce siguen incorporados a los muros de las casas actuales; Monastiraki, que controla el fértil valle de Amari, o Kanli Kastelli, o Gurnia, cuyas «casas están apiñadas alrededor del pequeño palacio y de su patio, como las ciudades medievales se apiñaban alrededor de su iglesia o de su castillo».

Si trasladamos estos puntos a un mapa, su distribución es ilustrativa. Nada, absolutamente nada por lo menos de momento, en la parte occidental de la isla, que sin embargo es tan rica como la parte oriental, y en cualquier caso tiene más agua. Es algo que prueba que Creta sólo se comunicó con el exterior en el cuadrante norte-este-sur. Un fenómeno similar es la Argólida occidental, o la Grecia peninsular, al oeste del Pindó y del Parnaso, que serán tierras con población primitiva durante mucho tiempo (S. Marinatos).

La disposición en el tiempo también es reveladora. Se puede hablar de dos generaciones de palacios: la primera, del 2000 al 1700; la segunda, de 1700 a 1400. Incendios, terremotos, incursiones extranjeras o revoluciones sociales: se han adelantado todas las explicaciones sobre los múltiples avatares de los palacios cretenses. Lo que está claro es que fueron destruidos y reconstruidos con obstinación, en los mismos emplazamientos, y que la época de los segundos palacios corresponde a un tiempo a la mejora de la coyuntura y al desarrollo del gran arte cretense.

Lo que también está claro es que la multiplicidad de los palacios correspondió a una multiplicidad de ciudades Estado. El Minos no es un faraón. Cnosos quizá nunca ejerció autoridad política firme sobre el resto de la isla hasta la conquista micénica, hacia 1400 —¡y ni siquiera!—. Su hegemonía política y quizá religiosa actuó sobre lo que podemos imaginar como una federación frágil de ciudades Estado, cada una con su príncipe, sobre el modelo de las primeras ciudades sumerias, o incluso de los pequeños reyes de las ciudades sirias. Que las relaciones fueron pacíficas lo prueba que prácticamente ninguna ciudad cretense haya tenido murallas.

Además, junto a cada palacio hay una ciudad, nacida al mismo tiempo, o incluso antes que el palacio. Si damos unos pasos fuera de la explanada exterior de Cnosos, llegamos a una ciudad a la que se prestan de sesenta a cien mil habitantes. Esta ciudad de artesanos, de comerciantes, de marinos, no tuvo por qué ser demasiado disciplinada. Es lógico suponer, como hace H. van Effenterre en un artículo brillante, la existencia de una clase de comerciantes con actividades privadas, al margen del control estricto de la economía palatina. La dispersión de las actividades exteriores de la isla, sus numerosas «colonias» comerciales instaladas en las ciudades sirias o egeas, favorecían esta independencia económica. Es también posible que estos notables hayan tenido además un papel político en un gobierno aristocrático de la ciudad, que el pueblo reunido en la plaza pública —ya un agora— haya tenido también algo que decir, que el rey haya desempeñado un simple papel de arbitro, como el Minos de la leyenda, y de jefe religioso, más que de jefe de Estado. Ahora bien, aceptar todas estas premisas sería ver, como H. van Effenterre, en la Creta minoica el boceto de la ciudad griega del futuro. La hipótesis es seductora, aunque los argumentos aportados —la existencia en Malia de una sala de reuniones de los notables, de una sala pública cerca del palacio— puedan aplicarse sin dificultad a algunas ciudades babilónicas en las que los comerciantes estaban organizados y controlaban sus asuntos, sin desempeñar por ello un papel político.

Última certidumbre: estos palacios fastuosos fueron privativos tanto de una divinidad como de un hombre que, aquí como en otros lugares, debe únicamente su autoridad al título y a las funciones de rey sacerdote. La sala llamada del Trono, en Cnosos, que Evans restauró, con sus asientos de yeso y su fresco de grifones, ¿es una sala de ceremonias y de recepción del Minos o un santuario reservado a la diosa madre? Todos los palacios contienen una multitud de objetos de culto, mesas de libaciones (como en Malia), estatuillas que representan a la diosa, ritones, hachas dobles (labris), cuernos de consagración, escudos en forma de ocho, o los extraños «nudos sagrados» de cerámica o de marfil que representan un pañuelo anudado, con flecos dorados…

Los palacios son pues templos, moradas señoriales y amplios almacenes en los que se concentra una gran parte de la vida económica de la isla.

Creta en la coyuntura económica

Los inicios de la urbanización cretense correspondieron a la mejora general de la economía, a comienzos del segundo milenio. La época de los segundos palacios, más activa todavía, corresponde a las mayores demandas del Imperio Nuevo egipcio, para el que nace, con la expulsión de los hicsos y las intervenciones en Asia, la importante y dramática política exterior. Este nuevo aire de cosmopolitismo que sopla en Oriente Próximo fue la base casi exclusiva de la opulencia material de Creta. Esta dependencia respecto al exterior explica incluso que Creta, desde el punto de vista material, haya vivido buenos tiempos, incluso hasta el 1200, hasta la época de las catástrofes generales. Es un hecho que la conquista micénica, hacia 1400 (?), y las destrucciones que la acompañan no interrumpen su prosperidad. Los recién llegados se deslizan por el carril de la actividad cretense sin ruptura aparente.

Durante la primera mitad del segundo milenio, Creta se adapta a esta vida exterior próspera que la convierte, poco a poco, en el centro de una amplia red. Se desarrolla como una potencia marítima de primera fila. No obstante, ¿podemos hablar a este respecto de «talasocracia», de «imperio cretense del mar»? Creta no es una poderosa máquina política, ya lo hemos dicho. Sus marinos sin duda disponen de escalas, de puntos de apoyo: Hiera (Santorín), Melos, la isla de la obsidiana, la isla de Citera, que se puede ver en días claros desde la costa occidental de la isla, centinela en el camino del Peloponeso, y también de Occidente, estuvieron ocupadas por los marinos, e incluso los colonos cretenses; los mercaderes cretenses se instalaron en Mileto, en la costa de Asia Menor, en Rodas, en Chipre, en Ugarit y probablemente, como los propios sirios, en los puertos del Delta. Las naves minoicas también

atracaron en Malta, Sicilia, el sur de Italia[33]. Sin embargo, estas connivencias, estas precauciones, estas utilizaciones en general desinteresadas, no nos hacen pensar demasiado en un imperio.

Dibujan no obstante un imperio cultural: el arte, el estilo cretense invadirán el Egeo. En Melos, el palacio de Filakopi, reconstruido en el siglo XVII con su fresco de peces voladores, sus columnas, está construido a la imagen del de Cnosos. También dibujan, con todos sus aspectos y ventajas, un control comercial del mar. El servicio de los barcos a remo y a vela de Creta sólo fue posible, por otra parte, gracias a un amplio reclutamiento de marinos a través las Cicladas, y hasta la Caria asiática. El recuerdo que se perpetuará de piratas carianos perseguidos por los cretenses, y luego convertidos a su servicio en gendarmes del mar, es una historia verosímil. Se repite a menudo en la historia mediterránea, en la que los marinos son tan poco numerosos en realidad, que una flota mínimamente considerable no se concibe sin levas externas. Así fue en la Atenas de Pericles, en el Estambul turco o en la Venecia del Renacimiento, y también en la Creta de Minos.

Al hilo de esta evolución, la vida de los intercambios, amarrada exclusivamente a la punta oriental de la isla, establece pronto su eje principal más al oeste, de Cnosos a Festos: Cnosos en la costa norte y Festos en la sur. No es de extrañar que sean los dos mayores palacios de toda la isla (Cnosos representa 20.000 m² de edificios, probablemente de tres pisos): se encuentran en los dos extremos de una ruta norte-sur que une las dos costas, admirable ejemplo de una «ruta de istmo», atajo terrestre entre dos navegaciones marítimas. Esta carretera esencial está naturalmente bien conservada: empedrada, utiliza un viaducto en su extremo sur, por ella circulan animales de carga, más que las sillas de mano o los pesados carros de cuatro ruedas de los que nos han llegado algunos modelos. La rueda aparece en Creta hacia el 2000 o el 1900, tomada probablemente de Siria y Mesopotamia.

La carretera Cnosos-Festos señala una mayor actividad de las costas meridionales, relacionada con un cabotaje este-oeste y a la inversa, hacia Rodas, Chipre, Siria, y quizá más a viajes en línea recta hasta la costa de África, Cirenaica o Egipto. Las historias generales han repetido hasta la saciedad que la navegación de altura —en la que se perdía de vista la costa— no empezó hasta el siglo III a. C., en la época helenística, en particular entre Rodas y Egipto. Hay que admitir que la hazaña, porque se trata de una hazaña, fue muy anterior. Los modestos veleros de tiempos de Minos tenían esa osadía. Un testimonio tardío pero anterior en varios siglos a la época helenística, lo dice claramente. Cuando llega a Itaca y se hace pasar por un mercader cretense, Ulises explica: «Tuve deseos… de marcharme de crucero… al Egiptos. Armo nueve barcos y los hombres acuden. Durante seis días, estos valientes marineros festejan conmigo… El séptimo día nos embarcamos y, de las llanuras de Creta, un bóreas hermoso y franco nos conduce en línea recta, como siguiendo la corriente de un río… Sólo teníamos que sentarnos y dejarnos llevar por el viento y los pilotos. En cinco días llegamos al hermoso río Egiptos». El récord es difícil de mejorar, incluso siglos y siglos más tarde, por ejemplo en tiempos de Barbarroja y de la grandeza turca. Son las proezas del viento del norte, aunque hay que tener valor para dejarse llevar por él. Vale la pena: Egipto es el país de las maravillas y del oro.

Es curioso no obstante ver que los puertos son más numerosos al norte, entre Cnosos y el golfo de Mirabello. ¿No es el papel esencial de Creta servir de escala entre Europa, Asia y África? Al norte, la isla mira hacia países que ahora son más atrasados que ella, la Grecia peninsular y la Argólida, con las que no había interrumpido sus antiguas relaciones, tras la invasión aquea, o mucho más al oeste, hacia las regiones todavía primitivas de la Italia meridional y de Sicilia. ¿Hasta dónde se aventuraron sus marinos en estas direcciones lejanas? No se sabe con seguridad. Y de nuevo se plantea el problema, oscuro y controvertido, de los primeros viajes por mar desde Oriente hacia Occidente.

Como todos los pueblos marineros, los cretenses a menudo obraron como transportistas por cuenta ajena, entregando en puertos extranjeros mercancías que no habían fabricado ellos. Además, su propio comercio de importación y exportación era importante. Su bella cerámica pintada se ha encontrado en Melos, Egina, Lerna, Micenas, Chipre, Siria o Egipto. Exportan también muchos tejidos (sus colores vivos están muy de moda en Egipto, país del lino tradicionalmente blanco), joyas, armas de bronce que encontramos en Chipre, donde cretenses compraban cobre, aunque su isla tuviera algunos yacimientos. Su obsidiana venía de Melos y de Yali, Egipto les proporcionaba muchas piedras semipreciosas y amatistas utilizadas para los sellos grabados.

Estos intercambios suponen una artesanía desarrollada. Una ciudad como Gurnia aparece así como una ciudad de tejedores. El desarrollo «industrial» es tal que al parecer Creta podría haber exportado incluso mano de obra cualificada, a Egipto, (desde el siglo XIX, y mucho más tarde, a Amarna), a Micenas también, sin duda. Sin embargo, incluso en sus tiempos de mayor prosperidad comercial, Creta vivía también del trabajo de sus leñadores, de sus campesinos, de sus pastores, de sus pescadores. Exporta madera (sobre todo de ciprés), aceite de oliva, vino. Parece sin embargo que importaba trigo. Sería la prueba de una economía desarrollada, en la que todo está unido por finos hilos conductores.

 

Accidentes: lo imputable a los dioses

En Creta, no faltan dramas, siempre los mismos: palacios destruidos, reconstruidos, destruidos, reconstruidos de nuevo. Hasta la desaparición final. En cuanto a la fecha, las causas de las catástrofes, los especialistas no suelen estar de acuerdo. Sin embargo, sólo pueden ser de dos tipos: o es responsabilidad de los dioses y de la naturaleza, o lo es de los hombres y las violencias de la guerra. Los dos acontecimientos alrededor de los cuales giran las controversias esenciales son, uno natural: la catástrofe volcánica de la isla de Thera; otro humano: la conquista de la isla por los micenios.

La explosión de la isla de Thera (Santorín), señalada por primera vez por S. Marinatos en 1939, ha interesado desde entonces lo bastante a los arqueólogos, vulcanólogos y exploradores de fondos submarinos para que podamos reconstruir aproximadamente lo que fue, sin duda, «el mayor cataclismo natural de la historia». Santorín, que sigue teniendo fiebres eruptivas (la última data de 1925-1926), es una especie de Vesubio, actualmente sumergido en el mar en sus tres cuartas partes. Con «sus murallas de lava y cenizas, alternativamente negras, rojas, verdosas, sobre las que se encaraman pueblos de un blanco crudo, es el paisaje más extraño del archipiélago».

Hacia 1500 a. C. un volcán aparentemente apagado desde hace milenios entra en actividad. Violentos terremotos, que se pueden detectar en las excavaciones de los palacios de Cnosos y Festos, precedieron, en el siglo XVI, a la erupción o la serie de erupciones que sepultaron, en Santorín, las aldeas cretenses, o de cultura cretense, bajo varios metros de lava. Al parecer, los habitantes tuvieron tiempo de escapar. Sin embargo, no era más que un preludio: hacia 1470 o 1450, la isla explotaba literalmente, como la isla de Krakatoa en el estrecho de la Sonda, el siglo pasado, en 1883.

La envergadura de este desastre reciente permite imaginar la violencia de la explosión de Thera, cuatro veces superior, si medimos el volumen del cono volcánico destruido. El desarrollo parece haber sido el mismo: varios años de terremotos, varias erupciones consecutivas, finalmente la explosión, una fantástica nube de cenizas ardientes, y para terminar, maremotos. Olas de veinte metros en el estrecho de la Sonda destruyeron trescientas ciudades y pueblos, lanzaron un barco, locomotoras por encima de las casas. En Thera, en el Egeo, mar relativamente profundo, es decir, con una enorme presión, el maremoto debió ser más fantástico todavía, con olas más altas y sobre todo más rápidas.

Creta, a ciento veinte kilómetros de Thera, recibió de plano el enorme cataclismo marino, sacudida por terremotos, envuelta en cenizas y gases deletéreos. Todo el este de la isla, e incluso el centro, sufrieron sus estragos. En Cnosos sólo sobrevivirá un palacio, afectado pero no aniquilado por la catástrofe. Las ciudades de Festos, Malia, Hagia Triada, Zakro, fueron destruidas al mismo tiempo que sus palacios; lo mismo ocurrió con Gurnia, Palaikastro, Pseira, Mochlos… La vegetación desapareció: las cenizas extendidas como un manto de al menos diez centímetros de grosor impedirán durante años todo tipo de cultivo, todo asentamiento. Las excavaciones arqueológicas han detectado un amplio movimiento de emigración hacia el oeste de la isla, y probablemente también hacia el continente micénico.

Empujadas por el viento del norte, las nubes pestilentes llegan a Siria y al delta del Nilo. El libro del Éxodo habla de una noche terrorífica de tres días durante la cual los judíos, prisioneros del faraón, aprovecharon para escapar. Se ha relacionado naturalmente con el episodio de Santorín. ¿Ficción? Quizá. Cronológicamente, los dos acontecimientos son difíciles de relacionar, pero he asistido, en 1945, tras el terrible bombardeo de Hamburgo, a la llegada de las nubes procedentes de la ciudad: a cien kilómetros de allí, en pleno día, una nube brusca nos envolvió. La explosión de Krakatoa sepultó en una oscuridad total a ciudades situadas a doscientos kilómetros de distancia. La naturaleza, desgraciadamente, hace las cosas mejor que los hombres.

Es como si la explosión de Santorín, ignorada durante mucho tiempo, se fuera situando progresivamente en el primer plano de las explicaciones históricas. El librito inteligente de Rhys Carpenter (1966) y la tesis muy

documentada de J. V. Luce, [34] The End of Atlantis (1969) afirman que este acontecimiento es el fondo de verdad que está en la base del fin de la famosa Atlántida de Platón —isla inmensa, portadora de una poderosa civilización, que desaparece bajo las olas «en un día y una noche». Ambos nos remiten al comienzo del Timeo y al Critias. La Atlántida, según el relato del gran sacerdote saíta y «los archivos de los templos» egipcios, estaba situada totalmente al oeste, en los límites del mundo conocido. Platón la situó naturalmente más allá de Gibraltar, en medio del océano, pero para los egipcios de la dinastía XVIII, el país más lejano conocido hacia el oeste era Creta. ¿El fin de la Atlántida podría ser simplemente la suma de dos acontecimientos, acumulados en los relatos tradicionales: el fin del poder minoico y la explosión de Thera?

 

Hechos: lo imputable a los hombres

Esta tesis acerca cronológicamente, hasta confundirlos, los dos acontecimientos clave de los que hablábamos: la explosión de Thera y la conquista micénica (es decir, el verdadero final de Creta). Si es así, los micenios llegaron a Creta inmediatamente después del cataclismo.

En realidad, los aqueos, primeros griegos, invasores indoeuropeos antecesores de los micenios, habían llegado a Grecia al acabar el tercer milenio. Se habían instalado sobre todo en las orillas del Egeo, mezclados con las poblaciones anteriores que sometieron, destruyendo sus ciudades y su civilización. En el nivel que, en Lerna, por ejemplo, sucede inmediatamente al incendio de la ciudad, todo ha cambiado: la forma de las casas, las sepulturas, los tipos de cerámica… No es de extrañar que estos belicosos viajeros impongan también su idioma. Quizá, después de todo, la civilización egea que derrocaron, en el continente griego sólo fuera un injerto todavía frágil, una simple franja costera, más algunos puntos diseminados a través de un espacio todavía mal ocupado.

Estos primeros pueblos egeos (los pelasgos de la tradición griega) dejaron no obstante huellas profundas. Los análisis de los lingüistas son terminantes a este respecto. Los recién llegados, aunque conservaron su idioma, tomaron mucho prestado de los vencidos. Así es como el idioma griego heredó un número considerable de palabras extranjeras. La toponimia y la onomástica lo dicen, lo claman casi: ciudades tan famosas como Corinto, Tilinto, Atenas, o el monte Parnaso, por encima del oráculo de Delfos, en el corazón mismo de la Hélade, que es «el ombligo del mundo», no llevan nombres griegos. Tampoco son griegos algunos nombres de héroes homéricos, Aquiles, Ulises: ¡qué lástima! Ni los nombres cretenses de los jueces de los infiernos, Minos y Radamantis, o de la diosa que reina sobre el oscuro paraje, Perséfone. Más significativo todavía es el origen no griego de numerosas palabras relacionadas con la agricultura: el trigo, la vid, la higuera, el olivo, el lirio, la rosa, el jazmín, la mejorana. O con la navegación: el arte de navegar es uno de los regalos, más precioso todavía que la vid y que el olivo, que la Hélade no griega hizo a los invasores indoeuropeos, ajenos al mar: ¡ni thalassa, ni pontos son palabras de origen griego!

Pronto aprenderán la lección. En Argólida, los recién llegados se ven inmersos en la red de antiguas relaciones, en particular con Creta. Esta última, en plena expansión, ha irradiado con toda su superioridad sobre las Cicladas y las costas cercanas de la península. En el siglo XVIII, los alfareros del continente y de las islas, quizá incluso cretenses inmigrados, se ponen a imitar los modelos cretenses, el estilo llamado de Camares; los sellos, las joyas, los temas decorativos minoicos se exportan y se copian. En el siglo XV, una cultura uniforme de inspiración minoica, vinculada al conjunto de Oriente Próximo, cubre toda la zona del Egeo, hasta el punto de que a menudo es imposible determinar si un objeto encontrado en Filakopi, en la isla de Melos, en Egina, en Micenas, en Pilos, es de importación cretense o de fabricación local.

El ejemplo más brillante de este proceso es Micenas. La ciudad se impone al resto de las ciudades de la Argólida y prevalece el nombre de civilización micénica. Esta civilización toma un gran impulso en la época de los nuevos palacios de Creta: son testigos de su esplendor las tumbas principescas que hemos encontrado intactas y que datan, más o menos, del siglo XVI (algunas son muy ligeramente anteriores y otras de la primera mitad del siglo XV). Es curioso encontrar en ellas, junto a la influencia cretense preponderante, la de Egipto claramente manifestada. Es cierto que entre 1550 y 1470-1450, los micénicos y los cretenses parecen haber tenido intercambios comerciales amistosos de costa a costa, en las islas Eólicas, donde se han encontrado juntas sus cerámicas respectivas, en los mismos yacimientos, como en Rodas, donde los micénicos parecen mezclados con la colonia cretense, o incluso en Egipto, donde los textos mencionan al mismo tiempo Keftiu (es decir, Creta) y «las islas en medio del Gran Verde», que designan al parecer a todos los egeos no cretenses, incluido el Peloponeso.

Este desarrollo común, en los siglos XVI y XV, de los comercios cretense y micénico bastaría para explicar la riqueza de las tumbas micénicas, la abundancia de objetos de oro (un oro que viene de Egipto), en particular las increíbles máscaras con las que se cubren los rostros de los difuntos ilustres, hábito que no es cretense y que procede sin duda, como el oro, de las orillas del Nilo. Otra hipótesis: los marinos cretenses llevaron a Egipto, hacia 1580, a mercenarios micénicos, a petición del faraón Amosis, para expulsar a los hicsos del Delta. Se podría tratar de los haunebu, soldados fuertemente armados cuyas lanzas, cascos, escudos y largas espadas hicieron maravillas contra los intrusos asiáticos. Estos mercenarios volvieron a su tierra cargados de oro egipcio. Ahora bien, científicamente hablando, no hay por qué creer en esta novela de aventuras.

En cualquier caso, los micénicos van avanzado sobre las huellas de los cretenses: su civilización y su economía asimilan el modelo secular y lo destruyen, casi sin querer. La expansión micénica, si no nos equivocamos, sigue el movimiento al alza de los intercambios; en su éxito, es coyuntural. Como la aceleración es importante, la zona de los viajes y conquistas de los micénicos a través del mar se superponen a la de la grandeza cretense y la supera. Los veremos pues en Rodas, en Chipre, expulsando a sus predecesores, en la costa de Asia Menor, en Siria, en Palestina, en Egipto, donde sus cerámicas llegan en gran cantidad a Amarna. Además, llegan a Occidente: «Se pueden encontrar por toda Italia tesoros micénicos». Todo indica una expansión rápida, ágil. Guerrera en caso de necesidad, como en los estrechos que llevan a los muros de Ileon (la guerra de Troya, hacia 1250, es micénica), y más allá, hacia el mar Negro (el Ponto Euxino).

No cabe duda de que la civilización de Micenas, de Tilinto, de Pilos, de Argos, de Tebas, de Atenas, está en pleno desarrollo. En los siglos XIV y XIII, se construyen grandes palacios a la cretense, con las mismas columnas, el mismo estilo de fresco. No obstante, el patio central a cielo abierto de los palacios cretenses se sustituye por el megaron, amplia habitación en cuyo centro existe un hogar entre cuatro columnas, con un agujero en el tejado por el que el humo sale directamente, sin chimenea. Destaquemos, de pasada, que el megaron es originario de Asia Menor.

Nuestra intención no es entretenernos en Micenas o en Tilinto, o detallar los caracteres de una sociedad belicosa, con sus reyes de tipo indoeuropeo, sus guerreros que se llevan a la tumba armas suntuosas. Lo que nos interesa, es la civilización cretense que, atrapada en la red de las ciudades micénicas, pasa a formar parte de los cimientos de la Grecia del futuro. Micenas es el intermediario, imperfecto es verdad, pues su final será dramático, pero el único intermediario, ya que hacia 1400 o un poco más tarde, la destrucción definitiva de Cnosos transfiere hacia la Argólida toda la herencia cretense y cretomicénica.

Para volver a Cnosos, es innegable que la ciudad fue tomada por los micenios. ¿Cuándo? La fecha de 1460-1450 se basa en algunos hechos. En particular, en la pintura egipcia de la tumba de Rejmira, en Tebas, donde unos cretenses que traen ofrendas a Rejmira están «disfrazados», por así decirlo. El pintor ha borrado el traje clásico con los estuches peneanos —que se pueden distinguir todavía— y los ha sustituido por el taparrabos en punta micénico. En otra tumba, unas décadas más tarde, los hombres de «Keftiu y de las islas del Gran Verde» siguen usando taparrabos. ¿Cambio de moda? ¿Reconocimiento por parte de Rejmira, ministro encargado por el faraón de recibir, en Tebas, a los extranjeros, de un cambio de dinastía en Creta? En cualquier caso, a partir de 1400, desaparece toda mención a Keftiu de las inscripciones egipcias. Otros argumentos: las reparaciones en el palacio de Cnosos, como consecuencia de la explosión de Thera, marcan la aparición de tablillas de lineal B, similares a las de Pilos, Tebas o Micenas… En fin, hay un cambio claro de estilo, tanto en la cerámica como en las sepulturas, entre el M(inoico) T(ardío) IB (que permite fechar las grandes destrucciones volcánicas de la isla) y el M. T. II, llamado «estilo del palacio», que aparece en Cnosos, y sólo en Cnosos. Es normal concluir, a la luz de las recientes averiguaciones sobre la catástrofe de Thera, que los micenios hayan podido aprovecharse de la desolación cretense para instalarse en Cnosos, en el único palacio que sigue en pie y en el centro del poder cretense. ¿No había perdido la isla, al mismo tiempo que numerosas ciudades y numerosas vidas, varios puertos, varios de sus establecimientos en las islas del Egeo, tan duramente afectadas como ella? Había una plaza libre y fue tomada. La diáspora cretense que siguió, sin duda en todas direcciones, contribuyó ampliamente a la nueva grandeza de Micenas. Cuando Creta recupere una prosperidad relativa, sólo será una provincia micénica.

Entonces, ¿quién destruyó, esta vez definitivamente, el palacio de Cnosos, ocupado por los micénicos? Aquí reaparecen todos los interrogantes, incluidos los de las fechas. Quizá los cretenses dominados se rebelan contra el extranjero amo de Cnosos y saquean el palacio hacia 1400. Es una explicación que se suele avanzar, pero con reservas, pues hay hechos que se empeñan en no casar unos con otros. Por ejemplo, que el griego de las tablillas sea, en Cnosos, más evolucionado, es decir, en principio, más tardío que las tablillas de Pilos, plantea un problema. Otros autores piensan que hay que cambiar radicalmente la fecha de la destrucción de Cnosos, retrasarla hasta mediados del siglo XVI, atribuyéndola entonces a estos enemigos — quizá simplemente las ciudades vecinas— contra los que se amurallaban las ciudades micénicas; o dejarla buenamente para la segunda mitad del siglo XIII. En este caso, Cnosos habría sufrido la misma suerte que las otras ciudades y palacios micénicos. Pero éste es otro episodio de la historia, sobre el que volveremos al final del presente capítulo.

 

Lo esencial: la civilización cretense

De todas formas, lo que importa para el destino del conjunto del Mediterráneo, es la civilización cretense en sí. La desgracia es que hablar de civilización es querer responder a muchas preguntas, cuando en realidad tenemos muy pocas respuestas. Sobre la vida cotidiana, las imágenes son insuficientes: algunos fogonazos, como mucho, de los que un novelista no podría sacar nada ni con toda la imaginación del mundo. Sobre las instituciones, ya hemos dicho, más arriba, lo esencial de lo que sabemos, es decir, menos que nada: hubo reyes sacerdotes, palacios, ciudades, artesanos agrupados, un pueblo de marinos. Sin embargo, la organización de esta sociedad es mucho más misteriosa que la de Babilonia o la de Egipto. La ausencia de documentos escritos (las tablillas tardías de lineal B, descifradas, no han aportado nada, salvo inventarios) es irreparable. Queda la religión. Queda el arte.

Tenemos suficiente información sobre la religión de los cretenses para hacernos una idea, pero demasiado poca para hablar de ella con seguridad, para conocer su estructura que sin duda nos daría los secretos mismos de la organización social. Cuando los dioses del Olimpo ocupan Creta —el lineal B habla sobre todo de divinidades aqueas—, cuando Zeus, escapando de su terrible padre, comedor de niños, Cronos, se refugia en la gruta sagrada del monte Ida, nos empieza a sonar una mitología familiar. ¿Y antes? La mitología en la que el hombre relata las aventuras divinas representándolas a su imagen exige bastantes dioses, comparsas de sus aventuras. No cabe duda de que en la antigua Creta minoica no existen. En los palacios, centros del culto oficial (no hay templos en el sentido moderno, o mesopotámico, o egipcio, de la palabra, en las ciudades cretenses), en los santuarios de las cimas montañosas, las grutas, los bosques sagrados, numerosos objetos tienen un evidente valor religioso: el árbol, el pilar, la doble hacha, los cuernos de toro, los tejidos anudados ritualmente… Algunos animales son sagrados —la serpiente, la paloma, símbolos de la tierra y del cielo— pero sólo se afirma una divinidad, la diosa madre omnipresente que nos hunde en las profundidades de las mentalidades primitivas, de la infancia de las religiones. Viene directamente de las diosas adiposas del primer Neolítico cretense, que sostienen sus senos con las manos unidas, evidentes dispensadoras de fecundidad, es decir, de todos los bienes. ¿Qué puede pedir un pueblo cretense que, al no estar dividido en regiones, en pueblos diferentes y hostiles, no cuenta con una población de dioses locales rivales, salvo que la diosa de la naturaleza proteja los campos, los rebaños, la tierra profunda, el mar inmenso, los animales, los hombres en fin que ha creado, que cure sus males corporales, que parece ser uno de los poderes de la estatua milagrosa de la diosa llamada de las Adormideras?

¿Estamos hablando de monoteísmo? Sin duda. ¿Por qué tendríamos que hacer la diferencia entre la diosa de las Serpientes, la diosa de las Flores o la diosa de las Palomas? Decir monoteísmo es pensar en una novedad religiosa proyectada hacia el futuro. ¿Y qué hay más antiguo que la diosa madre, reina de la Naturaleza, con su evolución habitual hacia la pareja diosa y dios (un dios siempre insulso), o hacia la trinidad que asocia el niño? El sexto milenio, en Çatal Höyük, era «monoteísta» a este respecto, y también los cazadores de la piedra que reverenciaban a las «venus» del Gravetiense. El Egeo, que lo recibió todo de la Anatolia neolítica y no de las civilizaciones densas de Mesopotamia o de Egipto, permaneció fiel a la diosa fecunda de los primeros agricultores, en lugar de adoptar el panteón múltiple de civilizaciones más evolucionadas, en los que por primera vez dioses masculinos arrinconaron a las diosas.

Una vez dicho esto, tenemos la sensación de que, en religión como en arte, Creta hace suyo, transformándolo profundamente, todo lo que le llega de fuera. ¡Qué lejos está la danza lúgubre de las sacerdotisas buitres pintadas en los muros de Çatal Höyük de las jóvenes danzarinas que representan tantas joyas o frescos cretenses, con sus cinturas estrechas de bailarinas y sus faldas de volantes desplegados por la danza! Es otro sentido de la vida, de la muerte, como un retroceso del miedo, tan consustancial al hombre primitivo. Nada de lo que conocemos en la vida ritual de los cretenses —el pueblo de creyentes dirigiéndose a la gruta del monte Ida o a la gruta de Erleithya, cerca de Amnisos; las multitudes de fieles que se amontonan en el patio central de un palacio para asistir a una ceremonia, las corridas de toros en las que no se trata de dar muerte al animal, sino de peligrosas y espectaculares acrobacias de atletas, las grandes procesiones de la cosecha tal y como las representa un hermoso vaso de esteatita negra en la que todas las bocas están abiertas para reír y cantar, incluso el muerto que, en uno de los flancos del enigmático sarcófago de Hagia Triada recibe, de pie delante de su tumba, atento, las últimas ofrendas de los vivos —nada de todo esto nos habla de un hombre aterrorizado por sus dioses, sus sacerdotes o por la idea de la muerte. En un fresco de Cnosos, mujeres de trajes claros, amarillos, azules y blancos, de senos desnudos, bailan ante un numeroso público sentado bajo olivares azules. Otro espectáculo que el fresco deteriorado deja anónimo, quizá una corrida de toros, se celebra en el patio del palacio de Cnosos: en el centro, sentadas en el lugar de honor, otras mujeres, damas de la corte o sacerdotisas; detrás de ellas, centenares de cabezas apiñadas. Colores alegres: rojo, azul, amarillo, blancos, marrones. El carácter ritual de las dos ceremonias es evidente, pero la atmósfera es la de una gran fiesta feliz, una sociedad en la que las mujeres y los hombres se reúnen libremente. Basta comparar estas escenas con el fresco de Mari llamado de la «investidura» (siglo XVIII), en el que el rey Zimrilim recibe solemnemente de la diosa de la guerra, Ishtar, emblemas sagrados, en presencia de otras divinidades, de animales y de grifones hieráticos, para convencerse de que se trata de dos mundos con actitudes religiosas y concepción de la vida fundamentalmente divergentes.

El arte cretense confirma esta impresión. Es con seguridad el más original de todo el mundo oriental, el que más directamente nos llega por su fantasía, su amor a la vida y a la felicidad, por las libertades que se toma con las formas y los colores, en beneficio de la expresión. En la gran época del arte cretense —la de los segundos palacios—, antes del periodo micénico que congelará toda esta libertad, el naturalismo es triunfante: animales y plantas por todas partes, en los muros o en los flancos de los vasos de cerámica; una brizna de hierba, una mata de crocos o de lirios, un fogonazo de azucenas blancas sobre el ocre de un vaso o sobre el rojo pompeyano de un estuco mural, juncos que se combinan en un motivo continuo, casi abstracto, una rama de olivo florido, los brazos retorcidos de un pulpo, delfines, una estrella de mar, un pez volador azul, una ronda de enormes libélulas son temas que nunca se habían tratado con la minuciosidad botánica de las hierbas o de las violetas de Durero. Son el decorado irreal de un mundo irreal en el que un mono azul corta unos crocos, un pájaro azul se inclina sobre unas rocas rojas, amarillas, azules, jaspeadas de blanco, en las que florecen escaramujos; un gato montes acecha a través de las ramas aéreas de hiedra a un pájaro inocente que le da la espalda, un caballo verde tira del carro de dos jóvenes diosas sonrientes… La cerámica se presta como el fresco a esta fantasía inventiva. Es curioso ver el mismo tema vegetal o marino tratado de mil formas diferentes, en tantos vasos multiplicados por el torno del alfarero y exportados por centenares. Como si el pintor se reservara cada vez el placer de la creación.

Sólo la escultura, y precisamente quizá porque ofrece más resistencia al juego de la imaginación, es un terreno en el que los cretenses se manejan peor. Las estatuillas de cerámica son en muchos casos convencionales, a veces torpes. Sin embargo, es difícil olvidar algunos bellos objetos, como el acróbata de marfil, con el cuerpo alargado por el salto, algunas cabezas de toro, el leopardo de esquisto marrón que adornaba una azuela de ceremonia, en Malia, y más todavía los admirables relieves de los vasos y ritones de piedra, de los innumerables sellos de oro, de amatista, de cristal de roca, de ágata, de cornalina, de marfil. En fin, de joyas extraordinarias.

El arte cretense plantea sin duda un problema: encontramos en él todos los préstamos y una originalidad universal. ¿No es lo propio de las culturas insulares? Chipre también, con su extraordinaria cerámica del primer milenio, Cerdeña con sus extraños pequeños bronces de la misma época, plantean, proclaman este problema de la originalidad insular. Las islas son universos excesivos, al mismo tiempo abiertos de par en par, barridos bruscamente por invasiones de hombres, de técnicas e incluso de modas, y muy cerrados al mismo tiempo, con intercambios muy intermitentes, menos cotidianos que en otros lugares. Cada adquisición extranjera se desarrolla aquí en una atmósfera cerrada y pronto desarrolla rasgos particulares, muy alejados a veces del modelo inicial. Y además, no se trata de un rasgo únicamente aplicable al arte.

 

Una superestructura cosmopolita

A pesar de todo, la Creta del segundo milenio, y todo el Egeo que va uncido a su carro, son parte integrante de Oriente Próximo, como nunca será el caso de Grecia, ni en el periodo llamado orientalizante, ni siquiera en los tiempos fáciles del Oriente helenístico. Todas las civilizaciones de Oriente Próximo, a pesar de los choques, viven en el mismo plano, abiertas unas a otras. Ningún desequilibrio: los intercambios van de un lado a otro, como un viaje de ida y vuelta. Una comunidad curiosa, una amplia superestructura cultural se extiende por encima del espacio de las relaciones económicas. W. S. Smith tiene razón al ver en esta circunstancia la realidad esencial de la edad del Bronce. La estrella es este conjunto de Oriente Próximo, no uno de sus sectores, ni la Creta deslumbrante, ni el Egipto de la dinastía XVIII. Además, si buscáramos en este florecimiento cultural el elemento más dinámico, tendríamos que mirar hacia la Siria de Ugarit y de Biblos. Porque, intermediario desde siempre, se sitúa en el centro de esta unidad, de esta confluencia que hacen que, de Cnosos a Susa, de Micenas a Elefantina, no haya en realidad más que una historia de las civilizaciones de Oriente Próximo a su nivel más alto.

Esta comunicación libre supone muchas cosas: ante todo, ya lo hemos visto, una coyuntura favorable, sociedades ricas y exigentes, más una red tupida de intercambios internacionales. Finalmente, hijo de esta coyuntura, un espíritu nuevo, la curiosidad que se transforma fácilmente en predilección por todo lo extranjero, que marca la moda, las técnicas, la arquitectura, el arte y hasta los primeros pasos de la diplomacia. Está haciendo su aparición la vida internacional y, desde esta perspectiva, las minucias de la arqueología en busca de los orígenes y de las zonas de difusión de un tema ornamental, de un estilo de cerámica, de un detalle arquitectónico, de una técnica de fresco, de un procedimiento de orfebrería, se vuelven simplemente apasionantes. Sobre todo para quien no se preocupe demasiado del fondo del debate, siempre el mismo en estos estudios de «influencias»: ¿quién fue el precursor? Desde el punto de vista de la historia general, desde el punto de vista del Mediterráneo de la historia, ¿no es un problema menor a pesar de todo? Lo que importa, es que acaba de nacer una extraordinaria capacidad de difusión relativamente rápida, en un mundo en el que la navegación sigue siendo una aventura.

En Malia, en la costa norte de Creta, se alza uno de los palacios más antiguos de la isla, reformado a lo largo del tiempo, pero no reconstruido totalmente, como Cnosos o Festos. Es el único que puede dar una idea aproximada de los primeros palacios de la isla, a principios del segundo milenio. Cuando las excavaciones de Mari, en el Eufrates, descubrieron el maravilloso palacio mesopotámico de Zimrilim, que a lo largo de varias hectáreas reagrupa el laberinto de sus construcciones alrededor de un amplio patio central, a cielo abierto, se pensó naturalmente que este conjunto célebre, que se venía a visitar desde lejos en el siglo XVIII, en tiempos de Hammurabi, hubiera podido servir de modelo a los palacios cretenses. Es anterior a ellos y el plano general, tal y como lo muestran claramente las fotografías aéreas, es muy similar al de Malia. Es como si las mismas funciones, después de todo, estuvieran condenadas a dar las mismas construcciones arquitectónicas. Y sabemos también, por las tablillas de Mari, que un comercio activo unía a los mercaderes cretenses, a través de su colonia de Ugarit, con la poderosa ciudad de Mari, cuyos tráficos se prolongaban hacia el sur hasta el golfo Pérsico. Si había intercambios comerciales, ¿por qué no intercambios culturales? Sí, pero en 1945-1959, en Beycesultan en el Meandros, en Anatolia esta vez, las excavaciones inglesas descubrieron otro palacio, también construido alrededor de un patio central. Más pequeño, menos «laberíntico», tenía sin embargo rasgos comunes con el palacio de Malia: sus columnatas, sus pilares, totalmente ausentes de Mari. Así se complican hasta el infinito las filiaciones entrecruzadas. Desde Egipto parece haber venido el gusto por las columnas, y conocemos las relaciones de Egipto y de Anatolia. Mientras tanto, en Malia, una curiosa sala hipóstila evoca sin ambigüedades la influencia directa de un modelo egipcio. ¿Por qué no? Una estatua egipcia, del siglo XIX probablemente, fue descubierta en Cnosos, y un vaso minoico se encontró en Abidos, Egipto, entre unos objetos egipcios de la misma época. No tomaremos postura en estas discusiones y estas investigaciones eruditas. Nos contentaremos con concluir que Mesopotamia, Creta, Anatolia, Siria, Egipto, comparten en el segundo milenio algunos rasgos arquitectónicos. Incluso los cuartos de baño revestidos de cerámica y la alcantarilla que se creyó una innovación cretense están presentes en Mari.

Hay más: los frescos cretenses que sólo aparecen en los segundos palacios cretenses, es decir, bastante tardíamente, en el siglo XVI, ¿no fueron inspirados por los que hizo ejecutar en su propio palacio Zimrilim, el último rey de Mari, antes de que Hammurabi conquistara la ciudad en 1760? Las técnicas de temple son las mismas, los colores similares, sin duda porque se trituraban las mismas piedras, por ejemplo el lapislázuli, para los hermosos ojos azules que tanto gustarán a los etruscos, siglos más tarde. Los temas son similares: procesiones sacrificiales, escenas rituales. No obstante, la inspiración religiosa, ya lo hemos dicho, es muy diferente: en Mari, un hieratismo totalmente mesopotámico inspira la escena llamada de la investidura. Sin embargo, en el mismo fresco, se da libre curso a la fantasía semítica que ya había suavizado los rigores sumerios en tiempos de Acad: entre una palmera por la que trepan dos hombres (sin duda para la ceremonia de la fecundación de las flores) y un árbol irreal, largo fuste en cuyo extremo se abren en ramillete flores similares a los papiros de Egipto, un pájaro azul sale volando, y este pájaro parece tender él solo, entre las verdes palmeras, un hilo que va de Mari a Creta.

Una vez más, los papeles se pueden invertir. Alrededor de la gran composición de la investidura del rey, en Mari, corre regularmente un friso de espirales. La espiral (imagen de las olas del mar inquieto) es egea, se suele decir, egea aunque algunas cerámicas predinásticas nos den a veces ejemplos precoces. ¿Tiene tanta importancia después de todo precisar el origen de un motivo corriente? Lo más divertido es ver la espiral, tan frecuente en el Egeo del tercer milenio, en las «sartenes» de Siros, en los hermosos vasos de piedra cretenses, o en las joyas de Troya II (el Tesoro de Príamo, como la había bautizado H. Schliemann), invadir simultáneamente, a partir de 2000, los frescos de Mari, los techos de las tumbas y palacios egipcios, los animales fantásticos de la hermosa cerámica policroma llamada «de Capadocia» en Kanish (Kültepe), en el momento en que la ciudad prehitita alberga una colonia asina de mercaderes, los sellos y joyas egipcios a partir de la dinastía XII, las cerámicas de Creta y de otras islas del Egeo, la cerámica chipriota, las tumbas de tholoi de Beocia y hasta la barba de un dios (¿o príncipe?) que se riza en espirales —movimiento muy natural, por supuesto, pero cuya perfecta regularidad geométrica es sorprendente en este caso. ¡En el siglo XVI, en las puertas del palacio hitita de Bogazköy, el dios de la guerra lleva una especie de taparrabos adornado con espirales!

 

Creta inspira a Egipto

El detalle, insignificante en sí, recuerda oportunamente los caminos modestos, múltiples, inesperados también, que han podido tomar los intercambios culturales. Por ejemplo, gracias a los tejidos pintados y bordados, a los motivos de los vasos, a los cilindros y los escarabeos amuletos de Egipto, a los recuerdos de los viajeros, aunque se hayan olvidado de transmitírnoslos… W. S. Smith imagina que los cretenses que iban a Biblos, desde el siglo XX, debieron seguir hasta Egipto, siguiendo las huellas de los mercaderes cananeos de la ciudad, y visitar las tumbas talladas en la roca del Imperio Medio; ¿esas tumbas no estuvieron desde siempre abiertas al público? La pintura egipcia hubiera podido, como la de Mari, desempeñar un papel en la aparición del fresco cretense. La situación inversa es todavía más real: el naturalismo minoico despierta la curiosidad y la imitación de los artistas del Nilo, ejerciendo de paso alguna influencia sobre Siria, especialmente al norte. Éste es un buen ejemplo de transferencias culturales.

No obstante, se sigue planteando un problema difícil de cronología. Los palacios cretenses se cubren de frescos en los siglos XVI y XV. Sin embargo, hasta el siglo XIV, tras la desaparición de Creta en beneficio de Micenas, no triunfa en Egipto el estilo llamado de Amarna, demasiado parecido al arte minoico para que sea posible dudar de sus relaciones. También en el siglo XIV, en Siria aparecen sellos de Mitanni que representan jóvenes cretenses de silueta estilizada y largos cabellos, o escenas de tauromaquia que encontramos además también en Kahoun, en Egipto.

Son posibles dos explicaciones, que no son excluyentes. Los hombres, primero: los refinados artesanos cretenses tras la toma de la isla, podrían haber optado por huir hacia el norte de Siria —que conocían bien—, y más lejos, hacia el Egipto lujoso y sofisticado de la dinastía XVIII, donde se necesita naturalmente mano de obra cualificada. La otra explicación, que desarrolla con elegancia W. S. Smith, tiene la ventaja de precisar la forma en que el estilo cretense se introdujo, por diferentes caminos y en varias ocasiones, a partir del siglo XVI, en las tradiciones tan coriáceas del formal universo egipcio.

En Egipto como en Mesopotamia (pensemos en la hermosa vasija de Warka, en el «estandarte» de Ur), existe una costumbre muy antigua de representar una escena, o incluso el decorado de un vaso pintado, por bandas superpuestas. Los onagros de Ur, enganchados a un carro de guerra, se suceden en los tres niveles de un friso, pero —como en una película en la que se congelaran las imágenes— siempre pasa el mismo onagro, cuya marcha apacible se convierte poco a poco en galope tendido. De la misma forma, en un relieve egipcio, el trigo se corta, se carga sobre los asnos, se lleva a los silos, se almacena: los personajes se suceden, a lo largo de las bandas horizontales que dividen regularmente el muro, sin que la escena se estructure nunca como composición global en la que cada elemento se sitúa en una organización general del espacio. Los diferentes actores de una misma escena están unidos por un vínculo conceptual y no espacial. Con este sistema, se sacrifica el movimiento. El marco, el paisaje desaparece, se evoca simbólicamente: una espiga, una flor tumbada sobre un toro sugerirá, en un vaso mesopotámico, un campo o una pradera; en Egipto, los lotos, una escena de pesca y algunos jeroglíficos explicativos indican que nos encontramos en un lugar del Delta, propiedad del muerto. Sólo el Egeo, en Oriente Próximo, utiliza la composición en el sentido que le damos nosotros: las flores o las volutas, en general asimétricas, de un vaso de Camares, las danzarinas cretenses o los guerreros micénicos que se agrupan irregularmente sobre el chatón oval de una sortija de oro, el pájaro azul de Cnosos en un paisaje rocoso, ocupan libremente el espacio recreado por el artista.

En resumen, Egipto fue fiel a su composición tradicional por bandas paralelas hasta los tiempos de Roma, es decir, durante tres milenios. Se producen no obstante algunas rupturas, tanto más significativas por ello. A partir de Tutmosis I, a finales del siglo XVI, en una época de atracción por las modas extranjeras, Egipto se deja encandilar por el movimiento. Es su primera tentación. Huyendo de un cazador, animales en plena carrera —sin duda alguna inspirados por el «galope volante» tan apreciado por los minoicos y los micénicos— ocupan toda una amplia zona, esta vez sin divisiones horizontales. O bien las líneas divisorias se ondulan, se deforman para evocar una colina, un movimiento de terreno. También se reconoce una influencia cretense en el uso más impresionista del color: el dibujo desaparece tras la mancha coloreada, las líneas se suavizan en curvas, un toque barroco hace ondular una falda, flotar un estandarte.

En las últimas décadas del siglo XV —en tiempos de Amenofis III que coleccionó las plantas en sus campañas de Siria, las hizo esculpir en los muros de su sepulcro en Carnac, y pintar en los pavimentos de su palacio—, otra gracia egea seduce a los egipcios, la de la decoración floral. Con el hijo de Amenofis, Akenatón, que desecha a los antiguos dioses para reverenciar únicamente al Sol, dios único, la tradición de las pinturas funerarias cambia totalmente, como todo lo demás. El príncipe construye desde cero una nueva capital, una nueva ciudad, nuevos palacios, en Tell el Amarna. En este clima revolucionario, el nuevo estilo triunfa: une el movimiento —pájaro que bate las alas, leones o lebreles que persiguen a una gacela— a las plantas, las flores, los insectos, los pájaros tratados con la libertad y el naturalismo cretense. La «sala verde» del palacio norte, en Amarna, con sus espesuras de papiros, no se parece en nada a otras innumerables escenas de marisma, tema favorito de las pinturas egipcias. Este estilo invade, no sólo la pintura, sino la cerámica, los muebles pintados y tallados, los cofres de afeites. Crea incluso escuela muy lejos y hay rítones de cerámica chipriota que podrían, salvo algunos detalles, haberse fabricado en Amarna.

¿Podemos extrañarnos de que el arte ecléctico por excelencia, en este milenio de eclecticismo, sea el arte sirio de Biblos o de Ugarit? Sus productos de lujo —marfiles, cuencos de oro o plata repujados, joyas, cerámica policroma— están pensados para la exportación a tierras lejanas. Ha nacido un «arte internacional», consciente de las diferencias de estilo para aprovecharlas, bebiendo sin reparos en todas las fuentes a la vez. Trabaja para una clientela extranjera: tiene que gustar y tiene que vender.

 

La universalidad de Amarna

Podríamos prolongar sin problemas esta larguísima revisión de las interrelaciones culturales del segundo milenio, sobre todo si pudiéramos ocuparnos de la difusión de las plantas, la vid, el olivo en particular; o de la de las técnicas, como la cristalería, la cerámica vidriada, el cloisonné; incluso la de las recetas de medicina, si juzgamos por el médico egipcio que una pintura de Tebas muestra a la cabecera de un príncipe sirio…

En aquellas épocas lejanas, el lenguaje esencial de las civilizaciones se sitúa evidentemente en el plano religioso. La mitología mesopotámica o hitita, los poemas de Ugarit nos darían numerosos ejemplos de contaminaciones extrañas. Dioses y mitos se desplazan, al mismo tiempo que los bienes culturales más comunes, de un país a otro en Oriente Próximo. El ejemplo del panteón hitita, en el que se unen tres o cuatro tradiciones religiosas, sería un ejemplo demasiado bueno. Preferimos el extraño poema en el que los mensajeros de los dioses de Ugarit vuelan hasta Creta para traerse al dios de los artistas cretenses, su santo patrón, Kohtar Wa-Khasis: será el encargado de reconstruir el palacio de Baal… Sería fácil, y quizá también fastidioso, seguir de plaza en plaza a través de sus metamorfosis y de sus cambios de nombre, a los dioses del tiempo, del rayo o del cielo.

La apertura cultural del segundo milenio, en lo que tiene de nuevo, de excepcional, se captará mejor con el ejemplo de Egipto, de la religión más estructurada, menos acogedora de todo Oriente. Religión nacional, excluye lo que no es egipcio, y la exclusión suele formularse claramente. En los templos de Jnum, el dios de cabeza de carnero dispensador de agua del Nilo, dice un mandamiento: «No permitas que ningún asiático entre en el templo, joven o viejo». Los egipcios son los únicos creyentes legítimos, incluso los únicos habitantes legítimos del mundo. Sin duda, en Nubia y en algunas ciudades más o menos firmemente controladas de Siria, se alzaron templos egipcios, se admitieron divinidades locales en el panteón egipcio local, adornándolas con los cuernos de Hator o con el disco alado. Es también una forma de dominar, de controlar a los súbditos. Y sin embargo, Baal o Astarté, introducidos por esta vía entre los dioses de Egipto, tendrán bastante éxito, superando las marrullerías y remilgos de la política. Los préstamos existieron, la puerta secreta de los intercambios religiosos por lo menos se entreabrió.

Es más fácil de ver durante la crisis religiosa y cultural que se esboza hacia la dinastía XVIII y estalla bajo el reinado de Amenofis IV, el faraón más extraño que conoció la historia. Al revelarse a él el dios sol, el faraón proclama el poder absoluto de este dios único, representado de forma sencilla y simbólica por el disco solar, cuyos rayos terminan en manos extendidas. Este dios único es Atón, cuyo nombre asumirá el faraón, convirtiéndose en Akenatón, «siervo de Atón». Una guerra religiosa enfrenta a Akenatón contra la tutela asfixiante del clero de Amón, enriquecido por las donaciones de los faraones conquistadores. Esta guerra le obliga a abandonar Tebas, la capital en la que reina el dios maldito, y a crear una nueva metrópolis, construida apresuradamente en honor de Atón —es la ciudad que actualmente llamamos Tell el Amarna. Sólo vivirá, frágil y feliz, dos décadas.

Este episodio, por muy revelador que sea, no es lo que aquí nos interesa, ni esta marcha coronada por el fracaso hacia el dios único, que ya se anunciaba antes del reformador y que, a pesar de la reacción subsiguiente, seguirá atormentando los corazones. Lo que nos interesa es que la religión egipcia se abre entonces a una cierta universalidad, que se preocupa, por primera vez, de los extranjeros que hasta entonces no quería reconocer. El himno al sol de Akenatón atribuye al propio dios la diversificación de las razas: «Las lenguas de los hombres son diferentes cuando hablan, también su naturaleza, su piel es diferente. Así es como has diversificado a los pueblos». Las almas extranjeras, si utilizan la guía del Libro de los muertos, se salvarán como los egipcios y tendrán acceso al más allá. Aunque sólo con su olor, los dioses sabrán que no vienen de la tierra santa de Egipto…

El sol brilla para todos los hombres: todos podrían vivir en la paz de Atón y la de su representante en la tierra. El momento es demasiado grave, con las traiciones y los fracasos militares en Siria y las luchas religiosas intestinas, como para que estas declaraciones no hayan tenido también un trasfondo político. El dios sol, aceptado por todos, podría consolidar, salvar el imperio. Estos pensamientos están inmersos en un contexto espiritual innegable y hace ya varias generaciones que el cosmopolitismo se ha introducido en la vieja mansión de Egipto cuando el misticismo de Akenatón lo hace penetrar, apenas un instante, hasta su corazón religioso.