Memorias del Mediterráneo

Fernand Braudel · Capítulo 21 de 29

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Memorias del Mediterráneo

3. Las colonizaciones griegas

Estas imágenes sombrías se multiplican con el siglo IV, en el momento en que los etruscos sufren en su felicidad material, en que cae la noche sobre Toscana.

 

3. Las colonizaciones griegas

La expansión griega presenta los mismos problemas y ambigüedades que la colonización fenicia o la historia de los etruscos. Nuestros conocimientos son más abundantes, pero en lo que se refiere a la cronología, las motivaciones, se plantean muchas más preguntas, a menudo sin respuesta, que sobre la fundación de Cartago. Superabundancia de conocimientos, superabundancia de debates: el primer pasado de Grecia es terreno abonado para todo ello.

Ayer, este pasado aparecía como bastante sencillo. Ciudades cercanas unas de otras crean, al otro lado del mar, de Crimea a España, un universo disperso de más ciudades, cada una relacionada con una ciudad matriz. Con escasas excepciones, cada colonización era el resultado de un viaje preparado anticipadamente, generalmente siguiendo los consejos del oráculo de Delfos. La expedición estaba dirigida por un fundador enviado por la metrópoli, el oikistes que, con la protección de los dioses, elegía el emplazamiento de la ciudad nueva, dirigía el trabajo de los agrimensores y la distribución de las parcelas de tierra, adaptaba la constitución de la metrópoli a la ciudad nueva. Luego reinaba, a menudo en solitario, dejando tras él el recuerdo de un héroe, en épocas lejanas en las que vivían todavía, en el centro de animadas fábulas, reyes y semidioses. En cada ocasión, los emigrantes trasladaban en su equipaje el fuego encendido en el hogar de la metrópoli.

Otros personajes necesarios para el desarrollo del guión: los indígenas mantenían una lucha encarnizada contra el invasor, o eran lo bastante sensatos para someterse, o estaban tan deslumbrados que ofrecían al fundador la hija de su rey. Protis, uno de los fundadores, hacia el 600, de Masalia (Marsella), se casa con Giptis, hija del rey de los segobrigios. El espartano Falante funda Tarento contra los bárbaros iapigios. El oráculo de Delfos le había aconsejado que fuera «el azote de los iapigios». Procedente de Thera, guiado por nómadas libios, Battos, en el 631, funda Cirene, allá donde llueve, «donde el cielo tiene agujeros», maravilla de las maravillas, en la inhóspita costa africana. Los indígenas también están presentes para burlarse un poco de ellos. Los carios, cerca de Mileto, son considerados bárbaros por su forma de hablar el griego (prueba de que por lo menos lo hablan). Por supuesto, hay «bárbaros buenos», como habrá para Europa el «buen salvaje», por ejemplo, en las orillas septentrionales del Ponto Euxino, donde «cimerios, escitas y sármatas suelen recibir maravillosamente a los jonios, con sus buenos vinos y sus hermosos vasos».

Centenares de historias, unas más hermosas que otras, nos relatan Herodoto, Pausanias y algunos más. No conviene tomárselas al pie de la letra. Es verdad que la cronología ha resultado ser exacta en muchos casos, pero desde que la arqueología ha tomado cartas en el asunto, sus documentos, sus fragmentos de cerámica sobre todo, desmienten algunas fechas de fundación. Y como todas ellas están relacionadas, al cuestionar una sola, toda la cronología se tambalea y ya no podemos estar seguros de nada. Además, también hay que descifrar el idioma de la arqueología. Supongamos que dentro de uno o dos milenios la arqueología reconstruye paso a paso, sin ningún escrito en que apoyarse, el pasado abolido de la Argelia francesa: ¡la batalla de Argel sería tan oscura como la toma de Cnosos por los micénicos o la fundación de Tarento por los dorios!

En cuanto a la Grecia antigua, el problema principal está en el primer avance de la civilización, en el momento en que se libera del barro pegajoso de su Edad Media. Para ella, todo dependería de ese principio.

 

Las precolonizaciones oscuras

La historia general distingue dos colonizaciones griegas: la primera agrícola, del 775 al 675; la segunda, del 675 al 600, sobre todo comercial. Es una simplificación muy cómoda. En primer lugar, la aventura griega no comienza puntualmente en el 776 o en el 775, año de la primera Olimpiada, y la colonización agrícola no se diferencia de la comercial como el agua del aceite. No queda más remedio que bucear en lo que ocurrió en la noche anterior a la primera Olimpiada.

Esta búsqueda sólo nos puede llevar, por caminos inciertos, unos muy largos y otros muy cortos, hacia los orígenes de los movimientos que empujaron a los griegos fuera de sus diferentes patrias.

En Italia, lato sensu, existen muchas pruebas de una presencia micénica, pero no aparenta ser una colonización, en el estado actual de los conocimientos, salvo en Tarento y en el territorio que la rodea. Incluso hubo, en este lugar privilegiado, una cierta continuidad desde Micenas a la Grecia

colonial.[56] Por lo tanto, Italia no es para los colonos griegos una terra incognita en el siglo VIII. Hacia el lejano Oeste, los viajes llevaron a los barcos de Rodas, mucho antes de la fundación de Marsella (600), hasta las costas de Galia y de España. En un principio, a finales del siglo VII, tenemos las fundaciones de Rhode-Rosas, de Agathe-Agda y de Rhodanusia, en la

desembocadura del Ródano[57], aunque nuestra información a este respecto es limitada.

El problema es similar, pero mucho más complejo, en lo que se refiere a la fachada de Asia Menor y al mar Egeo. Mercaderes y asentamientos comerciales micénicos han dejado su huella en este extenso litoral. Se habló griego, sin duda, en Rodas, en Cos y en las islas vecinas, en Cilicia, en Caria; existió un asentamiento micénico en Mileto a finales de la edad del Bronce. No obstante, aquí como en todas partes, cae la noche con el siglo XII. Más tarde, algunos refugiados griegos arriban a las orillas orientales del Egeo. Se van creando ciudades muy modestas: Esmirna hacia el año mil, Mileto sin duda un poco antes. Esmirna en su primera forma está rodeada de un muro, en palabras de experto, «macizo y bien construido», prueba de que existen amenazas exteriores, pero en el interior de su recinto sólo existen casas muy primitivas, «curvilineales». Habrá que esperar a mediados del siglo VII para que todo cambie, pero muy deprisa, al menos en las «doce ciudades» de Jonia, las mayores de las cuales, Focea, Mileto, desempeñarán un papel decisivo en la colonización cercana y lejana. En unas décadas, se convierten en las ciudades más brillantes del mundo griego.

Sus principios modestos implican una vida en el espacio intermedio, el mar Egeo y sus islas, todas ellas en poder de los griegos, de Creta a las Espóradas del Norte. Pronto se instalarán en la costa septentrional, todavía salvaje, del golfo Termaico, en las costas marinas del Helesponto. La primera cultura griega irradia así a través de todo el Egeo, sin demasiada fuerza, pero en solitario. El estilo «geométrico», el de la civilización nueva que despierta en la península, ha dejado múltiples huellas en las islas y en la orilla asiática. En Delos, en el corazón de las Cicladas, el santuario de Apolo, que brillará más tarde como un faro sobre el mar que le rodea, se alza desde el siglo VIII. Grecia y Levante

La Grecia de Asia no es una tierra colonial a decir verdad, pues es tan antigua, o casi, como Grecia propiamente dicha, que vuelve a la vida tras la invasión dórica; sus ciudades no han sido «fundadas» por una metrópoli de la otra orilla del Egeo, han nacido paralelamente a las ciudades de la península griega y de las islas. Las mezclas de población son las mismas a uno y otro lado del Egeo, con grupos dóricos, jónicos y eólicos, más algunos aqueos. Con el tiempo, la parte de Asia Menor que conservará el nombre de Jonia (la Jonia de las doce ciudades) se diferenciará, por su civilización, sus costumbres y su arte, de la Grecia peninsular. Mucho más tarde todavía, un orden «jónico» se diferenciará del dórico, nacido al otro lado del Egeo.

A decir verdad, esta Grecia de Asia sólo prosperará un día gracias a sus vínculos con el Asia profunda. Estos vínculos tardan en crearse, y cuando lo hacen se organizan en la dirección de Siria, no son los griegos de Asia, sino los jonios de Eubea y de las islas del Egeo los que están en el origen de los nuevos asentamientos, en particular el de Al Mina. La propia Jonia no tiene nada que ver probablemente con este primer comercio y con la orientalización del arte y del pensamiento que se derivará de él. Curiosamente, es en Corinto, hacia el año 725 a. C., donde aparecen los primeros signos, en la cerámica protocorintia. Mientras tanto, la Grecia de Asia no se liberará del estilo geométrico hasta mediados del siglo VII.

Desde este punto de vista, si el historiador tuviera que elegir un sector y uno solo sobre el que quisiera ver la luz, quizá debiera elegir la costa sur de Asia Menor, hasta su articulación siria: Rodas y Chipre, antiguos pilares, y después refugios, de la cultura micénica; Tarso, relacionada con Rodas y las Cicladas desde el siglo IX; y más todavía Al Mina, esta factoría en la desembocadura del Orontes lindando con la Siria neohitita, descubierta por los arqueólogos en 1935, cuyos orígenes no podemos fechar hasta ahora, quizá comienzos del siglo VIII. Su importancia debió ser capital. Al Mina representa la primera gran apertura de Grecia sobre Siria, Palestina, los Estados neohititas y árameos, Asiria, Urartu y todas las líneas caravaneras del Oriente Próximo continental. Además, la ciudad tiene una importante población de fenicios. No es de extrañar que se considere cada vez más como la ciudad en la que Grecia se une a Oriente, donde los griegos se iniciarán al alfabeto fenicio y donde tiene su origen la fase orientalizante del arte griego que dará el primer zarpazo al estilo geométrico.

Al Mina tiene valor de ejemplo por otras razones. El Mediterráneo en sus interminables costas está rodeado por países que, para su época, son primitivos o desarrollados, o superdesarrollados, unos de nivel muy alto, otros muy bajo. Ahora bien, los tráficos muy eficaces se desarrollan entre puntos de alto y bajo voltaje. Al Mina es evidentemente un punto elevado, una cima comercial, situada en una de esas líneas que unen Grecia, todavía atrasada, con países de antiguo desarrollo que no han perdido su ventaja, aunque hayan perdido una parte de su riqueza. Otro punto elevado será más tarde Naucratis, el Shanghai que Psamético I concederá en el delta del Nilo a mercaderes griegos, sobre todo jónicos. Su fundación se sitúa antes del 600, sin duda hacia el 630. Es realmente en ese momento cuando por la red de ciudades griegas, las antiguas y las nuevas, empieza a circular la electricidad.

 

¿Tierras o mercancías?

Por supuesto, la tierra es la gran realidad de base. En el momento de la gran dispersión de sus hombres, Grecia es un país agrícola, de economía arcaica, mal dotado, en realidad: pocas tierras cultivables, y todavía menos de calidad. Cuando crece la población, se imponen colonizaciones interiores, pero su elasticidad es reducida: el pico de los labradores no sólo se detiene al topar con las piedras o las raíces nudosas de los árboles, además, está condenado por el bajo rendimiento de todas las tierras marginales. Arar varias veces, romper los terrones a golpe de azada, nada puede con el empecinamiento del suelo griego por no producir lo suficiente. Sin contar con que las rozas aceleran la escorrentía y una tormenta basta para llevarse ladera abajo toda la tierra fértil. Toda Grecia padece y padecerá hasta nuestros días esta enfermedad endémica.

Es fácil traducir esta dificultad a términos sociales: un número demasiado elevado de pequeños campesinos que se afanan por repartirse una magra herencia que los libra a la explotación de algunos terratenientes y los convierte en hectemoros —aparceros que entregan probablemente cada año las cinco sextas partes de su cosecha—, los endeuda respecto a los ricos y tarde o temprano «esclaviza la tierra». La Grecia del siglo VIII está llena de campesinos que huyen y en Homero abundan los vagabundos. Hesiodo, en Los trabajos y los días, habla del esfuerzo interminable del campesino, atado a su estrecho campo, amargado por las disputas ariscas con sus vecinos, su familia y los «reyes», es decir, los señores de las ciudades. Sólo la equidad de Zeus podría salvarle. O la huida. Si no, tiene que resignarse a ser «el ruiseñor en las garras del ave de presa». El legislador trata de ponerle remedio, y ésa es la gloria de Solón, pero el proceso se reanuda con modalidades diferentes.

Es muy evidente que aquí tenemos el origen de la colonización griega. Encontramos muchos factores más: el crecimiento de las ciudades, la abundancia de artesanos, más la aventura miserable de los mercenarios, similar a la de los montañeses suizos o los lansquenetes del Renacimiento. Los soldados griegos se venden ya en Egipto en el siglo VI y se seguirán vendiendo en el Imperio persa del siglo V.

La huida puede tomar la forma de una aventura a la fenicia. La suposición no es gratuita. En estas épocas de navegación elemental, el campesino se convierte sin problemas en marino, tiene un barco. Hesiodo aconseja a su hermano Perseo, campesino como él, cuando llega el invierno y «hierven los alientos de todos los vientos», que no saque el barco «al mar vinoso, sino que trabaje la tierra. Deja el barco en la orilla, rodéalo de piedras… y retira la botana para que la lluvia de Zeus no pudra nada. Guarda en tu casa ordenadamente todos los aparejos, plega cuidadosamente las alas de la nave marina, cuelga el timón sobre el fuego y espera a que vuelva la estación de navegar».

Todo ayuda a que el proceso de pauperización empuje a los hombres hacia tierras lejanas. Si Beocia, Ática y Esparta (salvo en Tarento) no desempeñan un papel importante en la primera colonización griega, quizá sea porque todavía no han alcanzado el límite de sus posibilidades de colonización interior, les quedan tierras por roturar, comen su propio trigo o, en el caso de Esparta, el de la vecina Mesenia, duramente conquistada. Si las ciudades de Asia Menor, o Megara, emprenden en el siglo VI la explotación del Ponto Euxino y multiplican allí sus asentamientos, es para apoderarse del trigo de los países poco poblados de la Escitia meridional. En la Edad Media, Génova, haciendo los mismos cálculos, también buscará allí alimentos.

Este trigo, hay que pagarlo. En general, con vino, aceite —productos agrícolas ricos— y con productos manufacturados. Ahora bien, sin la intervención de mercaderes especializados, no es posible el trueque del trigo, o de los vasos de cerámica, o de los metales, cuando se trata de tráficos de un volumen importante. Hubo por lo tanto, desde el principio de la emigración o casi, mercaderes y cálculos mercantiles, e incluso colonizaciones por motivos comerciales. ¿Cómo explicar, por ejemplo, con intenciones puramente agrícolas, el asentamiento, hacia el 770, de los griegos de Calcis ¿en la isla de Ischia, frente a la bahía de Nápoles? Para un viaje tan largo, el fruto no es demasiado. Y casualmente, este primer puesto de vigilancia en el que se instalan los griegos más allá del estrecho de Mesina, en el siglo VIII, es una avanzadilla sobre el mar de los etruscos, en busca de sus metales. El metal es una preocupación constante de los calcidios… El oro de Lidia o de Egipto, el metal blanco de España o los lingotes de cobre también desempeñaron un papel en los cálculos de los primeros colonizadores, fueran o no griegos.

 

Por una visión de conjunto

¿Podría verse la expansión griega entre los siglos VIII y VI como un solo bloque de historia? Sin duda, estas ciudades sembradas a lo largo de las costas interminables del mar no forman un universo perfectamente cerrado. La lentitud de las comunicaciones, la fuerza de algunos vínculos locales pueden dejar una ciudad al margen de los circuitos generales. En cualquier caso, esos circuitos existen y son la parte esencial del «modelo» que debemos reconstruir.

El lector, en el mapa situado en anexo, observará los grandes puntos de partida. Calcis, Eretría, Megara, Corinto (dejemos de momento de lado Mileto y Focea) son los primeros centros vivos de la Grecia antigua. El eje que la une y la cruza va del Euripo, estrecho en el que se asienta Calcis, hasta el golfo Sarónico y el istmo de Corinto, ese muro estrecho que, desde el siglo VII, cruza un diolcos, una carretera con cunetas (como raíles en hueco) y troncos de árboles que permiten que los barcos pasen por tierra del golfo Sarónico al golfo de Corinto. Con sus dos puertos, Licaón y Kencreas, Corinto es el extremo de este eje frente a Occidente. Atenas y el Ática quedan al margen de esta colonización que se hizo poco a poco, con pequeños puñados de hombres.

Si consideramos los resultados, podemos diferenciar tres zonas, o mejor tres tipos de campaña:

1) las muy fáciles (no sin importancia o sin resultados ulteriores), que abordan las costas vacías o prácticamente vacías, en cualquier caso mal defendidas;

2) las operaciones esenciales relativas a las colonias implantadas en las costas de Italia meridional (Magna Grecia) y Sicilia;

3) las operaciones arriesgadas: ganarlo o perderlo todo, que se refieren al lejano Oeste. En el centro de estas operaciones tenemos la brillante fundación de Marsella, hacia el año 600.

 

Cirenaica y el Ponto Euxino

Las costas casi vacías, fáciles de ocupar o incluso acogedoras, están en Cirenaica, por otra parte, con un solo asentamiento, del norte del Egeo; en el Ponto Euxino, que Mileto controla gracias a Abidos. Dos centinelas megareos, Bizancio y Calcedonia, se hacen frente a uno y otro lado del Bosforo, pero Mileto fue la única, o casi, que instaló plazas en las costas del mar Negro, de frecuentes tempestades, siempre «envuelto en bruma y nubes» (se le llamó por eufemismo «hospitalario»: el Ponto Euxino). Mileto encontró allí mercancías preciosas, madera, salazón de pescado, hierro, ámbar, sal, pieles, bueyes, caballos, hombres y trigo… Cuando caiga Mileto, Atenas ocupará su lugar en el mar nutricio.

 

Italia y Sicilia

La aventura es bastante más importante en la zona central del Mediterráneo. Si los griegos tuvieron alguna vez la posibilidad de transformar el mar Interior en un lago privado, la partida se jugó precisamente aquí.

En un principio, el mar favorecía sus expediciones dirigidas a Italia y Sicilia. Una corriente litoral remonta la costa balcánica hacia el norte. Al abandonarla a la altura de Corfú, tras un día de navegación, aunque por alta mar, se puede ganar la costa italiana y encontrar otra corriente marina que se dirige al sur. Verdadero río de agua salada pegado a la costa, arrastra las naves hacia el golfo de Tarento y luego a lo largo de las costas de Calabria. Tras el estrecho de Mesina, que no es una interrupción importante, la costa de Sicilia abre sus brazos.

La ocupación griega se centrará pues a lo largo de una cinta costera casi continua, del golfo de Tarento a las costas sicilianas. Hay que destacar que no se ocupó en absoluto del Norte, en las costas mismas del Adriático. Sin embargo, Corinto ocupó Corfú (Corcira), posición esencial que arrebató a los eretrios; se apoderó también de Apolonia y de Epidauro (Durazzo), dos puertos que la costa montañosa de Épiro protege de los fuertes temporales invernales. No se hizo ningún intento (salvo en el caso de Focea, volveremos sobre ello) para alcanzar el norte del Adriático, sus costas bordeadas de islas, al este, y sus tierras bajas entrecortadas por ríos, al oeste. El esfuerzo disperso, aparentemente desordenado de las ciudades griegas, se inscribe ante todo en la búsqueda de una ruta hacia Occidente, lo que no impide detenerse a los colonos allá donde sea posible entenderse, de grado o por fuerza, con los pueblos indígenas, iapigios, oscos, sículos o sicanos.

Llegar a Occidente, despreciando el resto: la cronología, tal y como la tradición y los arqueólogos permiten fijarla, es elocuente en este punto. La primera ocupación griega no se sitúa ni en Tarento, ni en Metaponto, ni en Síbaris, ni en Siracusa, sino más allá de la línea Tarento-Siracusa y más allá del estrecho de Mesina, en Pitecusas (Ischia), hacia el 770. Los calcidios y otros eubeos se lanzaron desde el principio a una carrera dirigida al punto más lejano. Luego esta avanzadilla se reforzó con la ocupación de las islas de Capreas (Capri), Pandaterra, Pontia y con la fundación, hacia el 740, de la ciudad esencial de Cumas (mucho menos antigua de lo que decía la tradición, que adelantaba impertérrita la fecha de 1502). En la retaguardia de estas primeras fundaciones, apresuradamente lanzadas hacia el oeste, se fundan las otras ciudades, Naxos (757), Zancle (750) que, con Regio (hacia 740), controla el estrecho de Mesina, Siracusa (733) fundada por Corinto, Tarento (708)… ¿No es la misma historia que la de los fenicios, lanzados a tumba abierta hasta España?

Todo parece haberse desarrollado de forma casi tranquila, en espacios, si no vacíos, al menos mal defendidos y sin competidores importantes. Estos adversarios no disputarán hasta más tarde a los griegos las posiciones clave. En el siglo VI, los etruscos refuerzan sus posiciones en Campania: los griegos no llegarán más lejos y el vasto mar Tirreno, durante mucho tiempo, sólo se les abrirá con el consentimiento de sus rivales. Con los cartagineses, que controlan férreamente la línea Panormos-Motja (¿cómo podría renunciar Cartago, tan cercana, a «este malecón»?) se llegó a un acuerdo. Más o menos, griegos y púnicos se establecieron juntos en la isla, éstos al oeste, aquéllos al este, del 750 al 650. La victoria principal de los griegos fue apoderarse los primeros del tumultuoso estrecho de Mesina, pero no fue una victoria total, pues los etruscos dominan el mar Tirreno, pues los púnicos, aferrados a la estrecha y montañosa Sicilia, controlan la navegación «por las islas» hasta España. Los griegos buscaron la ruta del oeste, la ruta de los metales, pero no llegaron realmente a controlarla.

En cualquier caso, las ciudades griegas prosperan, sin duda alguna, gracias a sus tierras amplias y fértiles. Varrón pretende que los cereales dan ciento por uno. No estamos obligados a creerlo, pero el triple triunfo del trigo, del aceite y del vino, fuente según Diodoro del enriquecimiento rápido de los sibaritas, explica el esplendor de las ciudades coloniales.

Su riqueza es también comercial y artesana, pero ante todo comercial, pues las ciudades de este «centro» del Mediterráneo son, por excelencia, intermediarias. Si Hímera y Selinonte acuñan las primeras monedas griegas de Sicilia (Hímera hacia el 570-560), es porque son las primeras que se encuentran en contacto con el metal blanco de España, llegado a través de Marsella (fundada por los focenses hacia el 600), o incluso a través de los cartagineses, importantes proveedores de plata.

En estos albures de su historia, la mayor parte de las ciudades griegas de Occidente miran hacia las metrópolis donde se afanan los artesanos, transportistas y mercaderes. Los productos de la industria metropolitana son como una moneda que hay que colocar en Occidente. Es probable que los tejidos finos, multicolores de Mileto llegaran a Etruria a través de las rutas del istmo que, por tierra, van del golfo de Tarento al mar Tirreno. Síbaris deberá una parte de su riqueza al control de este tráfico de mulas dirigido a la colonia de Laos, en el mar Tirreno. La ruta, bastante difícil, aunque apenas se eleva mil metros, sólo se pudo utilizar para mercancías ligeras y preciosas, como los tejidos.

Sobre el comercio pesado de las cerámicas, que viajan en el fondo de la cala de los barcos, la arqueología nos informa de forma más segura, casi estadística. Como útiles y para dar alegría a los banquetes, un tráfico constante transporta a lo largo de enormes distancias los vasos, las ánforas, las cráteras, las copas, los ritones, las nidrias, los aríbalos, e incluso la vajilla corriente. Como los tipos de cerámica se multiplican por diez, varían en función de sus lugares de origen y de las épocas y conocemos a veces las marcas de los talleres y de los pintores que las decoran, los ejemplares o los fragmentos que encuentran los arqueólogos presentan posibilidades preciosas de datación. Por su masa, su diversidad, señalan también las líneas de intercambio, así como las variaciones en esos mismos intercambios.

De un estudio centrado en Zancle y Regio, podemos obtener con Georges Vallet (1958) algunas observaciones de conjunto. Del 625 al 570, aproximadamente, se amplifica el flujo de la cerámica corintia; del 570 al 525, se impone la cerámica jónica de barniz negro (sobre todo de Focea y de Mileto); a partir del 550, llega el turno de los productos áticos. Tenemos así tres edades: corintia, jónica, ática. Desde la primera se define un comercio nuevo, de tipo colonial, como los que veremos en la primera modernidad de Europa: efectivamente, la «vajilla» que Corinto envía hacia Occidente revela una producción en serie, destinada ante todo al intercambio por trigo, que la ciudad activa redistribuye a continuación a través de Grecia central. A este comercio típicamente colonial, únicamente en beneficio de Corinto, favorecida por su posición geográfica en la encrucijada de las rutas del istmo que lleva su nombre, sustituye, con la entrada en escena de Jonia, y luego del Ática (que aparece antes de los desastres del 494 y la toma de Jonia por parte de los persas), una fase de comercio que ya es internacional.

Si se ha podido hablar, respecto a estos intercambios, de «acumulación», es para sugerir con una palabra que este desarrollo económico antiguo ya tiene algo de un «capitalismo» mercantil, con las tensiones que ello implica. En Tarento, en 1911, se descubrió el tesoro monetario arcaico más importante de Occidente: más de seiscientas monedas, a las que hay que sumar los «seis kilogramos de plata sin acuñar, en placas coladas o cinceladas, en piezas toscas, desgastadas, cortadas e irreconocibles, en bastones o varillas, y también algunos restos de utensilios o de vasos de plata». El conjunto parece haberse hundido hacia el 480. Es el año de Hímera y de Salamina. Es un hermoso testimonio, demasiado, quizá: ahora se sospecha que los descubridores de 1911 completaron el tesoro con monedas de otras

procedencias[58].

 

El Far West y Marsella

A partir de Sicilia e Italia meridional, la colonización griega empieza a correr grandes riesgos, a finales del siglo VII y durante la primera mitad del VI.

No vamos a retomar aquí la discusión sobre las fuentes antiguas, presentada por Michel Clerc en su obra clásica sobre Marsella, desde los orígenes hasta el siglo V d. C. Sus conclusiones no han sido invalidadas por las excavaciones realizadas, en 1967, en el barrio de la Bolsa, aunque estas últimas nos han enseñado muchas cosas sobre el puerto del Lacydon (más amplio que el Vieux-Port actual), sobre los muelles de piedra en los que se amarraban los buques, el depósito de agua dulce en el que se aprovisionaban,

las fortificaciones de la ciudad antigua[59].

La fundación de Masalia hacia el año 600, en la desembocadura comercial del Ródano y sobre la ruta que va de este a oeste es un testimonio de la gran osadía de los focenses. Su ciudad, tras Mileto la mayor de Jonia, está en plena expansión a finales del siglo VII y hasta que la tomaron los persas, en el 549. En el enorme tablero en que se ha convertido el Mediterráneo occidental, están ocupadas casi todas las casillas esenciales o de fácil acceso. Los focenses, los últimos que llegan al oeste, tendrán que llegar más lejos que los fundadores de ciudades calcídicas o corintias, más allá de Corcira y Epidamno, de Zancle y de Regio, más allá de Cumas. Tienen un as en la manga: barcos rápidos. Buenos marineros, como todos los pueblos de Jonia, según Tucídides, se les ocurrió transportar sus mercancías, no en barcos redondos, a vela, sino en barcos alargados, pentecóntoros de cincuenta remeros que los griegos y otros mediterráneos reservaban en general para la guerra. Quizá tengamos algo similar a lo que será en Venecia la galera da mercato del siglo XV (d. C.), barco mixto a vela y a remo. En todo caso, este carguero fócense afilado y rápido, es más capaz que cualquier otro de defenderse. Ya es cosa nuestra imaginarlos practicando, si se daba el caso, al mismo tiempo que el comercio, la piratería.

Los focenses llegaron así al norte del Adriático y a la ciudad de Adria. Habrían podido explotar el «istmo alemán», ya al alcance de la mano. Si lo abandonaron, no fue porque prefirieran el istmo francés, la vía del Ródano que pronto reconocieron los mercaderes griegos, sino para salir en dirección del Atlántico. Todo hace pensar que Masalia no fue el objetivo esencial de los focenses y de los griegos de Asia, samios o rodios. Si seguimos a Herodoto al pie de la letra (1-163), los focenses «descubrieron el Adriático, Tirrenia (traduciremos Etruria), Iberia y Tartessos». Ni una palabra sobre Marsella. Quizá se diera prioridad, una vez más, al oro y al cobre de España, al estaño que el cabotaje atlántico traía de Andalucía. En estas condiciones, Mainake y Hemeroscopión podrían haber sido fundadas antes de Masalia. Desgraciadamente, sobre la primera no sabemos nada y los arqueólogos consideran Hemeroscopión como relativamente reciente.

Marsella debió desplegar sus raíces poco a poco, ganando su autonomía. Ésta sólo pudo consagrarse con la caída de Focea, tomada por los persas en el 549, abandonada por la mayoría de su población. Empezaron entonces tiempos difíciles, ya que las flotas cartaginesa y etrusca impidieron la instalación de los focenses fugitivos en Alalia y la España meridional volvió

bajo el control, sistemático y profundo, de los púnicos[60]. En cualquier caso, por lo menos habían intentado llegar al metal blanco español.

 

Sistemas desiguales

Hacia el año 700, la renovación general había favorecido la dispersión y los intercambios, para los fenicios, los cartagineses, los etruscos o los griegos. La razón es que una cierta prosperidad aportaba medios para ello.

Hacia el 600, los acontecimientos, los intercambios parecen acelerarse. En un mundo mediterráneo explorado y ya repartido, el sistema griego llega a una perfección que no se volverá a superar, con una última expedición, procedente de Mileto, hacia el Ponto Euxino, y de Focea, hacia el extremo poniente del mar. Hacia el 630, el faraón concede a los mercaderes griegos la ciudad de Naucratis; hacia el 600, los focenses fundan Marsella, que es el límite de su navegación hacia Occidente.

Naucratis, ya lo hemos dicho, es como Shanghai, una concesión en beneficio de los griegos de Asia. Están presentes los milesios, los eginenses y una multitud de griegos procedentes de Kíos, Rodas, Tinos, Focea, Clazomene, Halicamaso, Mitilene. ¿Habían comprendido los griegos que el Mediterráneo es de quien lo cruza en toda su longitud? ¿De quien comunica un punto de tráfico muy alto con uno de tráfico muy bajo, en este caso Naucratis y Marsella? Quien controla los dos extremos domina el sistema y la Grecia de Asia se convierte en el corazón del sistema comercial griego.

No es, sin embargo, el corazón de un Mediterráneo que no pertenece exclusivamente a nadie. Tres sistemas se alojan en él, colaborando esporádicamente, enfrentados por lo general, incluso por la fuerza.

El más frágil, el menos prestigioso fue el de los etruscos. Incluso en el momento de su victoria de Alalia, no extienden su propio tráfico a la totalidad del mar. Están sobre una bisagra entre Oriente y Occidente, y su lujo así lo indica, pero ellos no se ocupan de enlaces que deberían ser cosa suya. En todo caso, su primer gran desastre, la derrota naval de Cumas (474) les asesta un golpe irreparable.

El sistema fenicio tiene una envergadura diferente. Fenicia y Cartago han resistido todos los embates: los desastres infligidos por Asiria, luego por Nabucodonosor, no acabaron con la flota fenicia, que renace con los faraones de la dinastía saíta. En el 525, pasa al servicio de Persia… Asimismo, Cartago se recupera tras el desastre de Hímera (480). Y así siguen. Al parecer, no hay quien pueda con su cuerpo flexible.

Que la omnipresencia de la cultura griega no trastorne nuestro juicio: finalmente, el Mediterráneo no fue un «lago griego». En 525, se perdió Egipto, pues Cambises acabó con el comercio de Naucratis. En el 494, Jonia, motor esencial, es sometida por Persia. Luego vendrán las guerras médicas, Maratón (490), Salamina (480), luego las glorias agitadas de Atenas. Al contrario de lo que repiten los historiadores, los griegos no ganaron las guerras médicas, que terminan en realidad en el 404 con la toma de Atenas, a manos, no tanto del peloponesio como del oro persa. El esfuerzo monstruoso e ininterrumpido de las industrias griegas, ¿no es la prueba de una situación difícil con obstáculos que hay que superar? Las emigraciones de artesanos, de artistas griegos, hacia Etruria, ¿no es un movimiento similar al de los mercenarios hacia Oriente Próximo? Este esfuerzo supone una influencia irresistible de la civilización griega, incluso en Cartago, incluso en la España cartaginesa, pero el sistema rival, el púnico, es sin duda el primero en el plano comercial. Puede sumar, al metal blanco de España, el oro de África.

El mar está en cualquier caso dividido. Ninguno de los sistemas existentes lo controla por entero, ninguno disfruta de los privilegios que significaría esta plenitud. Estamos muy lejos del triunfo unitario de Roma.