Memorias del Mediterráneo

Fernand Braudel · Capítulo 20 de 29

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Memorias del Mediterráneo

2. Los etruscos: un misterio sin resolver

fuera de Occidente[50]: un triángulo coronado por un disco y, entre ambos, una línea horizontal. El conjunto hace pensar en una silueta humana, sobre todo cuando la línea horizontal se levanta en ambos extremos, como dos brazos levantados. Otros símbolos asociados a Tanit vienen de Oriente, en particular la «botella» y la mano abierta, el creciente lunar que se une al disco solar, que podría representar a Baal. Son alusiones a mitos que para nosotros siguen siendo enigmáticos.

Más que estos enigmas, el problema es el peso obsesivo de la religión cartaginesa, una religión dinámica, llegada de las profundidades del pasado prehistórico, terrible, dominadora. Los sacrificios humanos —acusación a menudo repetida por los latinos— son demasiado reales: el tofet de Salammbo nos mostró miles de vasijas con huesos calcinados de niños. Cuando quería conjurar el peligro, Cartago inmolaba a los dioses a los hijos de sus ciudadanos más distinguidos. Así fue cuando Agatocles, al servicio de Siracusa, llevó la guerra hasta el territorio mismo de Cartago. Como algunos ciudadanos ilustres cometieron el sacrilegio de sustituir uno de sus hijos por niños comprados para la ocasión, se decidió un sacrificio expiatorio de doscientos niños. El celo religioso aumentó la cifra hasta trescientos… También se inmolaba a los prisioneros de guerra, a veces por miles.

¿La sangre de estas víctimas mancha el nombre de Cartago? En realidad, todas las religiones primitivas conocieron prácticas de este tipo. Cartago sigue, en este punto, a los cananeos de Biblos o a los semitas de Israel: ¿Abraham no se disponía a inmolar a su hijo Isaac? Lo más extraño es que en Cartago la vida económica mira hacia el futuro, mientras que la vida religiosa lleva siglos y siglos de retraso, y tampoco sus «revoluciones» —la del culto de Tanit en el siglo V— la liberan de esta piedad inhumana y terrorífica. El contraste con la apertura griega, que acompasa al hombre con el mundo exterior, es patente. Aquí, una vida de negocios intensa, de espíritu «capitalista» incluso —lo dice sin dudarlo un historiador—, coexiste con una

mentalidad religiosa retrógrada. ¿Qué hubiera pensado Max Weber?[51].

 

2. Los etruscos: un misterio sin resolver

Creadores esenciales de la primera Italia, los etruscos no son colonizadores como los demás. ¿Fueron incluso colonizadores? Plantean un problema apasionante, desgraciadamente oscuro. A pesar del avance de los conocimientos, nada indica que el misterio se vaya a resolver algún día.

Un idioma por descubrir

El primer misterio es el propio idioma etrusco, un idioma no indoeuropeo, que se lee —ya que utiliza el alfabeto griego— pero resulta incomprensible. ¿Quizá mañana el azar nos traiga una inscripción bilingüe? Sí, pero además, tendría que ser una inscripción adecuada, porque el azar ya se presentó en 1964, y no sirvió para nada.

Tres láminas de oro encontradas en Pyrgi, puerto de la ciudad etrusca de Caere (hoy Cerveteri), llevaban tres inscripciones, una de las cuales, en púnico, corresponde a una de las otras dos, en etrusco. Sin embargo, el texto púnico es difícil de interpretar. Se trata de la dedicatoria de un templo a Astarté por parte del rey de Caere, hacia 500. Prueba la colusión, bien conocida por otra parte, entre Cartago y los etruscos, así como la facilidad de estos últimos para aceptar dioses extranjeros. Astarté se asimila en este caso a Uni (Juno) del panteón etrusco. Sin embargo, en lo que se refiere al idioma, la comparación de las dos breves inscripciones no ha dado ningún resultado concluyente.

De momento, hay que interpretar el etrusco a partir del etrusco mismo, comparando los fragmentos conocidos por un método llamado combinatorio, o más bien «adivinatorio», como decía Albert Grenier. El léxico etrusco va creciendo día tras día: clan (hijo), sec (hija), puta (mujer), ati (madre), lupu, lupuce (murió), svalce (vivió), avil (años). De zil, que quiere decir gobernar, se derivan zile o zilath (magistrado); purth, el primer zilath de una ciudad, corresponde al praetor romano; lucumon designa al rey de una ciudad… Las escasas doscientas palabras reconocidas no resuelven gran cosa de momento. Además, podría ser que se llegue a descifrar completamente pero los historiadores sigan estando a ciegas.

Los textos etruscos que poseemos (ante todo inscripciones funerarias) son demasiado cortos, demasiado poco cargados de historia útil, si podemos decirlo así, para permitir reconstrucciones sólidas sobre la primera Toscana de la historia. El único texto largo conocido hasta ahora (actualmente en el museo de Zagreb) está escrito en las doce vendas de una momia egipcia de época grecorromana, encontrada en Alejandría. En total, quinientas palabras. Quizá se trate de un calendario religioso, pero su interpretación se resiste a todos los esfuerzos.

Están en el mismo casos dos inscripciones de más de cien palabras, llamadas «la teja de Capua» y «el cipo de Perusa». El conjunto de estos textos, descifrado, podría darnos quizá algunas luces sobre los rituales y las creencias.

El origen de los etruscos

¿De dónde vienen los etruscos? ¿Cuándo llegan a Italia? Son preguntas, de lugar y de tiempo, cuya respuesta nos es desconocida. En esta situación, cada historiador, acicateado por la intriga, se convierte en abogado, o incluso en detective. Lo más sensato seria mantenerse al margen de enfrentamientos sin salida, pero la sensatez no es nada divertida.

Hay tres o cuatro hechos indiscutibles:

1) el idioma etrusco, la religión etrusca, los rasgos de la vida social etrusca, nos remiten machaconamente a Oriente;

2) la civilización brillante de los etruscos no se puede detectar, de acuerdo con el mobiliario de las tumbas, que nunca miente, antes de comienzos del siglo VII;

3) ahora bien, como los griegos se instalaron en la bahía de Nápoles a partir del 750, es difícil de imaginar que hayan precedido a unos etruscos llegados por mar y del sur, porque entonces, los griegos los habrían interceptado probablemente;

4) disponemos de dos límites cronológicos para fijar la llegada de los etruscos: uno, remoto, muy remoto, incluso, hacia el siglo XII; el otro, tardío,

muy tardío, hacia el siglo [52] VI .

Lo más preocupante en la exposición de las tesis existentes es que, dado que la discusión comenzó hace demasiado tiempo, los combatientes ya no tienen ganas de romper lanzas y las dos tesis esenciales —la oriental y la tesis llamada autóctona— se esfuerzan por unirse, aunque si lo consiguen, no por ello se habrá resuelto en lo más mínimo el oscuro problema.

Actualmente, nadie duda seriamente del origen oriental de los etruscos, que ya afirmaban los antiguos, salvo Diodoro de Sicilia. En 1886, en Kaminia, en la isla de Lemnos, al sur de los Dardanelos, se descubrieron dos inscripciones funerarias del siglo VI, redactadas en un idioma no griego (los atenienses no conquistarán la isla hasta 510) presentan, según Raymond Bloch, «desinencias y formaciones de palabras, términos incluso» que corresponden a los de los textos toscanos. Si no es etrusco, dice Jacques Heurgon, «al menos, de todo lo que hemos leído fuera de Italia, es lo que ofrece más semejanzas con el etrusco». Un idioma de la misma familia. Por otra parte, una necrópolis de los siglos VIII al VII, no lejos de Kaminia, incluía objetos más o menos parecidos a los de las tumbas de Etruria. Las joyas etruscas, especialmente bellas y originales, comparten algunas particularidades con las joyas lidias.

Finalmente, los rasgos que conocemos de la religión etrusca hacen pensar en Oriente. Por ejemplo, en artes adivinatorias, para interpretar los prodigios o consultar las entrañas de las víctimas, los etruscos de Italia siempre han sido considerados los mejores. Un hígado de bronce, encontrado en Piacenza en 1877, es como un modelo en el que se han dibujado unas cuarenta casillas que corresponden a las diferentes zonas del cielo y a las divinidades que las controlan. En las excavaciones mesopotámicas o hititas se han encontrado modelos similares, de arcilla. Podríamos destacar otras semejanzas, menos claras, ya que se pueden explicar por meras contaminaciones del arte orientalizante, a través del Mediterráneo y de la Grecia del siglo VII.

Estando así las cosas, ¿por qué no volvemos al conocido texto de Herodoto (I, 94)? Para él, los etruscos son emigrantes lidios expulsados de su país en el siglo XIII por una hambruna persistente. La falta de trigo en Asia Menor nos recuerda los prolegómenos de la tormenta de los Pueblos del Mar, las quejas angustiosas del rey hitita, hacia el 1200. Estos emigrantes, continúa Herodoto, «bajaron a Esmirna, construyeron allí sus naves y embarcaron en ellas sus alhajas y muebles transportables; navegaron en busca de sustento y morada, hasta que, pasando por varios pueblos, llegaron a los umbros, donde fundaron sus ciudades, en las cuales habitaron después». Este texto describe de forma tan extraña lo que suponemos la terrible aventura de los Pueblos del Mar, que dan ganas de completarla de la forma siguiente: en ese interminable éxodo, los etruscos trataron incluso de entrar en las tierras feraces de Egipto. Se trate de los tursha que el faraón dice haber expulsado del Delta, entre otros invasores. De este nombre al de tirrenos o tirsenos que les dieron los griegos, de tusa o etrusci que les dieron los romanos, el paso parece fácil. Ahora bien, si partieron tan pronto, ¿cuándo llegaron a las orillas del mar Tirreno que les debe su nombre? ¿Se detuvieron en algún otro sitio? Nadie lo sabe.

Los partidarios de la fecha más remota se encuentran ante una dificultad de envergadura, ya que, si partieron en el siglo XII, los etruscos no reaparecen hasta cinco siglos más tarde, con las primeras tumbas suntuosas hacia 650. ¿La fecha inicial parece imposible de defender? Los etruscos también pudieron salir de Asia Menor en el siglo VII, como imagina A. Piganiol, expulsados, no por el hambre, sino por las violencias de los cimerios. Es posible, pero no se excluye a priori un primer éxodo más precoz. Cartago, fundada en el siglo VIII, recibió refugiados de Tiro durante los dos siglos siguientes. Es un hecho que no hubo, en el siglo VII, un corte brutal en la vida de la península italiana que haga suponer una irrupción súbita de una civilización extranjera, que llega de golpe a su madurez, que en un instante drena las marismas y construye las ciudades de Toscana.

En cualquier caso, nos quedaremos, dejando de lado la fecha de su migración, con el origen oriental de los etruscos, que relaciona a los primeros «toscanos» con una civilización oriental antigua, que se mezclará con una civilización «itálica», también arcaizante. Queda en nuestra opinión prácticamente excluido que sólo la influencia cultural de Oriente, tan clara en el siglo VII, haya aportado a Etruria su religión, su idioma y los rasgos de civilización que la convierten definitivamente en un mundo aparte del resto de Italia.

En función de todo lo anterior, se va adaptando la tesis llamada autóctona. Según esta tesis, los etruscos llegaron a Italia en una fecha probablemente muy temprana, en la oleada de una civilización oriental conquistadora, en el segundo milenio. Luego son conquistados a su vez por la llegada indoeuropea de los villanovienses incineradores. Encontramos así una capa muy profunda de civilización mediterránea sumergida durante siglos, ahogada, no suprimida. Este pueblo soterrado renace al expirar el siglo VIII, gracias a la influencia de los griegos y de los fenicios, que actúan como detonador, y a la prosperidad general. ¿Parece este relato más cerca de la realidad que el anterior? No pondremos la mano en el fuego. No es que estos renacimientos sean imposibles, todo lo contrario; además, esta tesis tiene la ventaja de aceptar el origen oriental, aunque hunde la aventura etrusca en las profundidades de la historia italiana, a partir de la cual se explica y adquiere su significado. Porque si vinieron de Oriente en fecha temprana y por mar, los etruscos sólo fueron, en el mejor de los casos, un puñado de hombres, piratas aventureros (como los vikingos de nuestra Edad Media) que se impusieron como aristocracia limitada de señores.

También esta tesis tiene un pero. Las excavaciones recientes han superado en profundidad el nivel villanoviense y han alcanzado el de la civilización anterior, llamada apeniense (que parece haberse desarrollado a lo largo del eje montañoso de la península italiana). Alcanzamos así un mundo amplio, pero gris, en el que nada hace pensar en las maravillas de Oriente.

Finalmente, ningún hecho inclina la balanza en un sentido o en otro. La prudencia autoriza, como mucho a decir: una antigua civilización marcada por Oriente se ilumina bruscamente con los albores del siglo VII; los metales, cobre, estaño, hierro de Toscana, le procuran una riqueza rápida; las ciudades griegas que se le acercan le aportan su propia luz. Etruria está y seguirá «colonizada» por esta civilización a la que acoge con un placer inagotable. Incluso lo que parecía más original en el arte etrusco —las pinturas tumbales — en la medida en que sólo se conocía de la pintura griega lo que nos dice la literatura contemporánea, podría quedar en el aire. El descubrimiento del sarcófago pintado de Paestum, llamado «la tumba del buceador», que parece

ser el preludio de excavaciones fructíferas[53], provocará interesantes debates de prioridad, pues esta pintura griega es contemporánea de los frescos etruscos. Es cierto que, aunque admitamos una influencia griega sobre Etruria, el problema vuelve a centrarse en Grecia y Oriente. Efectivamente, los escasos restos encontrados en Oriente, analizados por Smith, hacen pensar en una tradición oriental de pintura mural casi ininterrumpida, hasta los asirios. ¿Y si en el futuro las ciudades del Eufrates y del Tigris, o de Chipre nos reservaran las sorpresas de Paestum?

 

La primera Toscana

Etruria es ante todo Toscana en un sentido amplio, del Arno al Tíber y de los Apeninos al mar Tirreno, que lleva el nombre mismo de los etruscos. Esta Toscana ocupa parte de lo que actualmente es Umbría y el Lacio. Incluye, hacia el oeste, llegando al mar, llanuras bajas, pedregosas, a menudo pantanosas, la Maremme de Siena, la Maremme de Pisa, con sus cursos de agua enarenados, sus arbustos espinosos; hacia el este, a medida que nos acercamos al Apenino azul, recortado por la nieve, tierras de colinas y estrechas llanuras. Allí se sitúa por excelencia la Etruria Felix, con sus cosechas opulentas y sus vergeles, que sigue siendo en la actualidad el paisaje rural más hermoso que existe en el mundo. Plinio el Joven instalará allí su deliciosa quinta de Tifernum Tiberinum.

Una veintena de ciudades, bastante independientes unas de otras, crearon la fuerza, durante mucho tiempo inagotable, de Etruria. Según la tradición, doce estaban federadas —la dodecápolis— pero no se puede establecer una lista exacta. Las más antiguas, como Caere y Tarquinia, con sus estrechos territorios, están al sur. Estas primeras ciudades están cerca del mar, pero no en la misma orilla, comunicadas con puertos como Pyrgi, que sirvió de salida a Caere e incluso, durante un tiempo, a la misma Roma. Todas están construidas en alturas, en elevaciones, lo que garantiza su defensa (se rodean de murallas desde los siglos VI y V) y las coloca por encima de los miasmas del llano, donde la malaria causaría probablemente estragos. Al desarrollo urbano corresponden el drenaje de las marismas, así como la explotación de los recursos mineros. Si Populonia está junto al mar, excepción que confirma la regla, es a causa de la isla de Elba, cuyo hierro bruto se desembarca sin cesar en los muelles de la ciudad industrial, negra de humo.

Más tarde, con el declive de Etruria, tendrá que replegarse a explotar sus llanuras cerealeras del este, sus laderas de vides y olivos, donde una aristocracia de propietarios rurales no pierde su prosperidad. Este cambio provoca una reacción en cadena y Arezzo, cuyos lucumones fueron los antepasados de Mecenas, se convierte, en la época de Escipión el Africano, por su riqueza agrícola e industrial, en el centro de gravedad de Etruria. Las otras ciudades vegetan, incluida la belicosa Tarquinia, con sus campos de lino y sus fabricantes de lienzo para velas.

 

Etruria más allá de Toscana

Colonia de colonos misteriosos, Etruria desbordó ampliamente sus límites

y colonizó a su vez las regiones cercanas, hacia el sur y hacia el norte[54].

Hacia el sur, los etruscos llegaron a la riquísima llanura de Campania, donde les habían precedido los griegos. Cerca de Cumas la griega, se desarrolla Capua la etrusca. Como las ciudades griegas, Capua sólo pudo sobrevivir defendiéndose de los montañeses vecinos, oscos y samnitas, cuya amenaza constante triunfará un día, en el siglo V, sobre todas las ciudades del llano. Antes de llegar la decadencia, como muestran fructíferas excavaciones, Capua conoció un desarrollo brillante. Su urbanismo geométrico, imitado sin duda de los griegos, se pudo desarrollar libremente, pues la llanura donde se ubicaba no tenía ninguna de las limitaciones que afectaban a las antiguas ciudades de Etruria, así como a la Roma primitiva, circundada por sus colinas.

Capua constituye una «cabeza de puente», por lo que era necesaria una comunicación eficaz entre la ciudad meridional y la Etruria «metropolitana». El mejor paso del Tíber se encontraba a la altura del antiguo puente Sulpicius, frente a la isla Tiberina. Es sabido que Roma, a pesar de las mentiras piadosas de la tradición, fue tomada por los etruscos, refundada, remodelada por ellos; que esta educación vigorosa dejó una marca indeleble sobre la ciudad. En su religión, sus instituciones, sus juegos, su urbanismo, el marco exterior de su vida —los lictores que preceden a los cónsules, la silla curul de estos altos magistrados, las comidas, la música—, los romanos estuvieron siempre marcados por Etruria.

Hacia el norte, la expansión etrusca cruzó los Apeninos[55] a partir del siglo VII, y lo hace masivamente en el siglo VI. El obstáculo era de envergadura. ¡La maravillosa autopista de Florencia a Bolonia muestra las bellezas del viaje y hace olvidar sus dificultades! La travesía de la cadena sólo es posible gracias a la brecha de los valles profundos, numerosos, es verdad, pero hay que pasar de uno a otro. Tras el valle del Tíber o del Arno, se pasa al valle del Reno, y desde allí a Bolonia, al delta del Po, al Adriático.

Hubo un tiempo en el que los especialistas hablaban de un imperio etrusco del valle del Po, de una «dodecápolis» padana similar a la de Etruria. Ahora son más prudentes: en Mantua, Milán o Adria, en el Adigio, nada hace pensar en un dominio político, en lugar de simples intercambios económicos y culturales. En todo caso, Marzobotto (donde las excavaciones han descubierto una ciudad antigua cuyo nombre se ignora), Bolonia (entonces Felsina) y Spina, en la desembocadura del Reno, estuvieron muy marcadas por los hombres y las artes de Toscana. Marzobotto, ciudad con plano en forma de cuadrícula, extiende a lo largo de cien hectáreas sus insulae (165 m de largo por 35, 40, 68 de ancho), sus canalizaciones, sus aceras sobreelevadas. Dentro de este amplio marco, las viviendas, comercios o talleres son mediocres. Spina, que data del siglo V, es una Venecia actualmente sumergida, donde se pueden reconocer fácilmente un gran canal trazado en línea recta, canales secundarios, un plano de cuadrícula ejemplar. Además de etrusca, Spina fue griega, lo que explica sin duda que en el siglo V, en el momento en que las importaciones de cerámicas áticas decrecen en Etruria, no dejen de crecer en Spina. También por esta vía el comercio etrusco llegaba hasta los Alpes, hacia el ámbar y el cobre de Europa central.

 

El declive de Etruria

La cima del poder de Etruria coincidió sin duda con la victoria de sus naves (asociadas a las de Cartago) sobre la flota fócense, frente a Alalia, en Córcega (540-535). Los griegos se ven así expulsados del mar Tirreno, que se convierte en «lago etrusco». Sin embargo, esta situación sólo duraría medio siglo.

En 474, Hierón de Siracusa consigue una victoria decisiva sobre la flota etrusca frente a Cumas. Capua queda abandonada a su suerte, lo que la lleva a sumarse a los Oscos. En Roma, la presencia etrusca desaparecería también, en las fechas tradicionales o en 507, en la revolución que llevaría a la proclamación de la república, o en 504, con el final de la intervención de Porsena, rey de Clusium (Chiusi) que había vuelto a ocupar Roma. Estas fechas de 507 o 504 son discutibles, por otra parte. La evolución romana es similar a la de otras ciudades etruscas, que también derrocaron a sus reyes. Es probable que Roma haya recuperado su libertad un poco más tarde, en el momento en que los siracusanos, tras la gran victoria de Cumas, saqueaban las costas etruscas, e incluso sus puertos sobre el Adriático.

Aunque cae en picado, Etruria no muere por estos golpes reiterados. Tardará más de dos siglos en desaparecer, palmo a palmo. Los celtas, que atacan sus posiciones tras los Apeninos, se quedan con Felsina (Bolonia) en el año 360. Roma, en lucha con todos los pueblos de Italia, se lanza a una guerra de desgaste contra Etruria entrecortada por falsas reconciliaciones, una especie de guerra civil. Veyes cae en el 396, Volsinia en el 265, Falerias en el 240. Esta última fecha, puede marcar en todo caso el término de esta reducción a la obediencia, en realidad muy complicada. Las ciudades etruscas no dejaban de vivir con sus magistraturas, sus aristocracias, su pueblo de campesinos de la gleba, como siervos, sus menores duramente tratados, pero la civilización y la lengua latina se estaban instalando para muchos siglos.

Lo que hizo Roma, no sin esfuerzo —la unidad de la península italiana, prefacio de la conquista del Mare Nostrum—, lo hubiera podido hacer Etruria. En términos de estrategia política, su problema fue tener demasiados enemigos al mismo tiempo y estar ella misma dividida en ciudades celosas de su independencia: las asambleas anuales de las ciudades etruscas en el Fanum Voltumnae, en el territorio de Volsinia, son asambleas religiosas, no un organismo político. Etruria padeció el mismo mal que acarreó los desastres de las polis griegas.

Como ellas, en cierta forma sobrevivió: Toscana es un mundo aparte en el universo italiano. Quizá sea un juego abusivo tratar de reconocer en las calles de Orvieto, de Tarquinia, de Florencia, en un hombre o una mujer de la calle los rostros felices, de acusados rasgos, de las tumbas etruscas. Un amigo mío amante del arte, hablando de los italianos del Renacimiento, pretendía que: «No son toscanos, sino etruscos». Abunda en este sentido el retrato de un etrusco, como lo presenta Jacques Heurgon a través del personaje de Mecenas, descendiente de antiguos lucumones de Arezzo, «ministro de Interior de Augusto», protector de Horacio y de Virgilio. Su descuido, su finura, sus costumbres libres, sus gustos barroquizantes, su pasión por la música, su desprecio por los honores vulgares, su agudo conocimiento de los hombres, su obstinado talante conciliador, ¡qué tentación atribuir todas estas gracias, dejando de lado algunas sombras negras, a la antigua civilización de la Toscana, que se hunde, sin perderse, en la gloria de Roma!

 

Espiando a los dioses sin cesar

Quizá nos sentiríamos menos frustrados por el enigma de los etruscos si conociéramos, de la religión que está en el centro de su vida, algo más de lo que nos enseñan fuentes tardías, seguramente insuficientes. Es una religión del libro, o mejor de los libros, pero estos libros no están a nuestra disposición. Tenemos extractos, comentarios de los tiempos romanos, nada que nos pueda dar una «estructura» que nos permita edificar un universo coherente.

Nacida de un Oriente arcaico, por la religión etrusca circula una savia abundante. El panteón está superpoblado (las 44 casillas del hígado de bronce de Piacenza no bastan para acoger a todos los dioses). Y se abre casi sin discriminación a las divinidades extranjeras —italiotas o griegas, o también fenicias.

La invasión de los dioses italiotas, de nombres latinos «deformados pero reconocibles» plantea muchos problemas. Uni viene de Juno; Nethuns de Neptuno; Maris de Marte; Satre de Saturno. Además, Menrva, diosa etrusca, dio su nombre sin duda a la Minerva latina. Y como contamos también con una avalancha de dioses griegos sus personas y sus mitologías, sus aventuras espectaculares, embarulladas, novelescas, se identifican con las de los dioses etruscos. Tinia, el dios supremo de Etruria, representado con un cetro y señor del rayo, siempre se presenta con el aspecto y los avatares de Zeus. Menrva, por supuesto, sale de la cabeza del rey de los dioses. El Hermes etrusco tiene su propio nombre, también etrusco —Turms—, pero «lleva la clámide, el petaso y el caduceo de Hermes». En cuanto a Heracles, simplemente se le divinizó, para convertirlo en el dios de la guerra, de los viajes, de las aventuras por mar, y además en el simpático vencedor de los Infiernos.

Estas contaminaciones, esta cascada de nombres griegos o itálicos, estas imágenes que anuncian el panteón latino (Tinia forma con Uni y Menrva la tríada esencial, análoga a la trinidad capitalina) nos ocultan las particularidades de la religión etrusca. Por ejemplo, quisiéramos conocer mejor a Voltumnus, dios juvenil importante, que cambia de ropa con las estaciones y que, según la tradición romana, abandonó la causa etrusca por la de Roma. ¿De dónde viene? En este caso, hay un signo indudable que habla de Oriente: la religión etrusca es una religión revelada, a la inversa de la romana o de la griega. Sus libros sagrados transmiten la palabra enseñada por la ninfa Bagoe y por Tages, el niño con sabiduría de anciano que salió un día del surco de un labrador en Tarquinia.

Fue tardíamente cuando la disciplina etrusca, como decían habitualmente los antiguos, de tradición oral durante mucho tiempo, se fijó en los libros que tanto interesaron a los romanos contemporáneos de Cicerón: libri haruspicini sobre el arte de examinar las entrañas de las víctimas; libri fulgurales para la interpretación del rayo; libri rituales; libri acheruntici, como un manual a la egipcia sobre el viaje de los muertos. Todo un sistema de magia protectora, para adivinar y no enfrentarse con la voluntad temible de los dioses; para prever el futuro consultando las entrañas de las víctimas, interpretando los prodigios, en particular el rayo con sus múltiples aspectos, en función de que se presente en tal o cual región del cielo, o de que caiga una o más veces seguidas, etc. El sistema desemboca en unas reglas que son válidas para la vida de los particulares o para la existencia de los Estados.

Atrapado por estos temores y obligaciones, el etrusco, es el más «abrumado», el más religioso de los hombres en opinión de los antiguos, pero es por referencia a la religión romana o griega. Quizá habría que decir simplemente que no ha salido de los círculos mágicos de la religión oriental, de sus terrores, de su formalismo. La religión etrusca, que deja poco descanso a sus fieles, no desemboca al parecer en ninguna ética, en ninguna recompensa, pero no excluye el castigo, y volveremos sobre este tema. ¿Acaso no era así en muchas religiones orientales?

 

¿Hablan los muertos?

De las ciudades etruscas, de calles a menudo estrechas, de murallas de sillares amontonados sin cemento, ha desaparecido todo, o casi, pero centenares de tumbas nos aportan su extraño testimonio.

Las primeras, de la época villanoviense, son simples pozos en los que se entierra la urna bicónica (o en forma de casa) que contiene las cenizas del muerto. Con la inhumación, que pronto se impone en todas partes, aparece la fosa alargada y, desde el siglo VII, excavada en la toba volcánica, la tumba con cámara de los ricos. Cerca del emplazamiento de la ciudad antigua de Caere, fuera de las murallas, según la costumbre, tres necrópolis (sobre 350 ha) ocupan una superficie mayor para la ciudad de los muertos que para la ciudad de los vivos. El caso de Caere no es una excepción. Muchas de estas tumbas sufrieron pillaje y se reutilizaron con el paso del tiempo. Desde hace poco, para poder decidir con conocimiento de causa, los arqueólogos proceden a ingeniosos sondeos: un periscopio introducido en el túmulo permite ver, anticipadamente, si una tumba localizada contiene riquezas, o en todo caso pinturas murales. Es una buena forma de utilizar lo mejor posible los créditos insuficientes, pero los descubrimientos son lentos. ¡Es una lástima!

Del siglo VIII al V, estas tumbas nos dan los mejores testimonios sobre la propia Etruria y sobre las aguas turbulentas del arte internacional. Los objetos que se encuentran en las mismas son un muestrario del comercio de arte mediterráneo: vasos y amuletos de cerámica egipcia, marfil, copas de plata dorada y cristalería de Fenicia, innumerables cerámicas protocorintias, corintias, jónicas, áticas, laconienses, frascos de perfume de todas las procedencias… Y la evolución general de los estilos mediterráneos, del periodo orientalizante a la helenización progresiva, de la sonrisa del arcaísmo griego al estilo severo y clásico, de los vasos de figuras negras a los vasos de figuras rojas: toda esta evolución sensible a las modas se puede reconocer a través de la abundante producción etrusca, armas, espejos, trébedes, cistas de bronce, vasos llamados de bucchero cuya arcilla negra copia el metal, imitaciones de las cerámicas griegas, orfebrería, escultura, arquitectura, en particular la de los templos. La gran época del arte etrusco, la más fuerte, la más original, está en los inicios, de los siglos VII y VI a 475 más o menos. Es la época de las joyas más bellas, de gusto oriental, de la gran escultura, de las estatuas magníficas de terracota de Veyes (finales del siglo VI) donde adornaban el caballete del templo de Apolo, y las más encantadoras (es la palabra adecuada) pinturas funerarias.

Es cierto que visitar en Tarquinia estas casas de muertos, pasear de una a otra, encontrando cada vez los colores y el sol de una primavera toscana, es una peregrinación que se desarrolla bajo el signo de la alegría. Los etruscos creían en una supervivencia en un sentido bastante material del término. El muerto viviría en la misma tumba, en una o más cámaras adornadas con bancos, frisos de piedra tallada, frescos, a partir de la primera mitad del siglo VI. Todo el decorado está destinado a evocar la casa privada, a edificar alrededor del muerto el mundo coloreado de los vivos.

Tomemos en Tarquinia el ejemplo de la tumba llamada de los Leopardos, ni la más hermosa ni la más amplia, pero sí una de las mejor conservadas. Una escalera conduce a una cámara subterránea cuadrada. Frente a la entrada, tendidos sobre lechos, servidos por criados, tres parejas se dedican a comer y charlar. En las paredes laterales, servidores y músicos se adelantan hacia el triclinio en un decorado de ramos floridos. Por encima de los comensales, sobre el frontón, dos leopardos frente a frente han dado su nombre a esta tumba, cuyo encanto no nace de una gran calidad del artista. El trazado bastante tosco, los gestos pesados, las manos sin gracia destacan enseguida si los comparamos con el dibujo delicado y los asombrosos bailarines de la tumba contemporánea llamada del triclinio, o con el movimiento extraordinario de la pareja semidesnuda que baila, siguiendo un ritmo endiablado, en la tumba llamada de las Leonas, cincuenta años más antigua. En cualquier caso, el color, lanzado a grandes pinceladas, los azules, los rojos, los verdes, los negros mezclados sin miramientos, el juego escénico que se esboza entre un criado que enarbola una jarra vacía y los comensales, las mujeres rubias, de tez clara, los hombres jóvenes con el cabello negro, todo está lleno de alegría, espontaneidad, vida.

No hay ningún formalismo en los temas. Cambian de una tumba a otra. Los muertos están rodeados de lo que les ha dado alegría sobre la tierra, los banquetes fastuosos que evocan sin duda ritos funerarios, pero también las alegrías de los vivos, la música, los juegos de los atletas, la diligencia de los servidores, las danzas llenas de alegría, un hermoso barco en el muelle, un buceador desnudo que desde un arrecife rojo y azul se lanza como una flecha entre pájaros multicolores, jinetes, hermosísimos caballos frágiles con finos remos de corredores, y decorados de plantas, de animales, de peces. Todo con gran libertad de colores y composición. Podríamos entretenernos en confrontar el mismo tema, tratado a la egipcia, con las pinturas de la tumba etrusca «de la caza y la pesca»: en un agua turbulenta llena de peces, una barca con su pescador alza una red; por encima, una bandada de pájaros que un cazador abate con una honda. El tema es el mismo, pero se trata de otro mundo, feliz, con este sentido del humor, burlón incluso, que encontramos en algunas esculturas etruscas, que llegan a ser caricaturescas. En todas las tumbas antiguas de Etruria, la bajada a los infiernos es un himno a la vida, independientemente de las creencias, de los temores de los etruscos respecto a los dioses que los atormentan.

Curiosamente, todo cambia en el siglo IV, incluso un poco antes. El estilo primero, bruscamente digno, envarado a veces, tomando sus temas de la mitología de la Grecia clásica, con bellísimos detalles, por ejemplo el famoso retrato de Velia, en la tumba del Ogro. Al mismo tiempo, las imágenes amables de la vida cotidiana desaparecen y los demonios que invaden la escena ya no son los personajes alegres del panteón etrusco. Se trata de Tuchulcha, con su pico de ave de presa, sus largas orejas y las dos serpientes amenazadoras que se alzan sobre su cabeza; de Charun (que sólo tiene de griego el nombre), más siniestro todavía, con su horrible rostro azulado de carnes putrefactas, nariz ganchuda, orejas de caballo, la maza con la que acogota con una alegría monstruosa al mortal que llega a su última hora. Estos seres maléficos forman parte del fondo más antiguo de creencias populares etruscas, pero es la primera vez que aparecen en los muros de las tumbas. Atormentan al difunto en el horrible paso de la vida a la muerte, un momento espantoso antes de volver a la paz y los placeres eternos en los Infiernos —representados a la griega (lo que también es una novedad), donde Hades y Perséfone presiden la mesa de los banquetes del más allá.