Memorias del Mediterráneo

Fernand Braudel · Capítulo 4 de 29

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Memorias del Mediterráneo

Primera parte

Capítulo primero. Ver el mar

En el inmenso pasado del Mediterráneo, el testimonio más hermoso es el del mismo mar. Digámoslo, una y otra vez. Mirémoslo, una y otra vez. Por supuesto, no puede explicarlo todo en un pasado complicado, construido por los hombres con más o menos lógica, capricho o aberración, pero devuelve pacientemente a su sitio las experiencias del pasado, les restituye el hálito de la vida, las coloca bajo un cielo, en un paisaje que podemos ver con nuestros propios ojos, similares a los de antaño. Un momento de atención o de ilusión, y todo parece revivir.

 

Una línea remota en el globo terráqueo

¿Debemos, pues, devolverle su edad, tan provecta, al mar vivo, eternamente joven para nuestros ojos, «siempre listo para servir»? ¡Qué importa, pensará el viajero, qué importa que el Mediterráneo, fractura insignificante de la corteza terrestre, que el avión cruza con altanera velocidad (una hora de Marsella a Argel, un cuarto de hora de Palermo a Túnez y el resto por el estilo), sea una línea arcaica de la geología del globo! ¡Qué importa que el mar Interior sea prodigiosa mente más viejo que la más vieja de las historias humanas que haya acogido! Y sin embargo, el mar sólo es comprensible desde la amplia perspectiva de su historia geológica, le debe su forma, su arquitectura, las realidades básicas de su vida, la de ayer como la de hoy o la de mañana. Así pues, ¡manos a la obra!

Desde la era primaria, a millones y millones de años del tiempo presente, a una distancia cronológica que desafía a la imaginación, un amplio anillo marítimo (el Tetis de los geólogos) va desde las Antillas al Pacífico. Corta en dos, en el sentido de los paralelos, lo que será más tarde el cuerpo del Viejo Mundo. El Mediterráneo actual es la masa residual de las aguas del Tetis, que se remonta prácticamente a los orígenes del globo.

A expensas de este antiquísimo Mediterráneo, mucho más extenso que el actual, se crearon los pliegues violentos y constantes de la era terciaria. Todas estas montañas, de la cordillera Bética al Rif, el Atlas, los Alpes, los Apeninos, los Balcanes, el Tauro, el Cáucaso, surgieron del mar antiguo. Rebañaron su espacio, se adueñaron de los sedimentos depositados en el inmenso lecho del mar —sus arenas, sus arcillas, sus greses, sus calizas, a menudo de un grosor prodigioso, incluso sus rocas profundas primitivas. Las montañas que encierran, estrangulan, atrincheran, compartimentan la larga orilla marina, son la carne y los huesos del Tetis ancestral. El agua del mar dejó aquí y allá huellas de su lento trabajo: cerca del Cairo, las calizas sedimentarias «de un grano tan fino y de un blanco lechoso que permiten al cincel del escultor dar la sensación de volumen trabajando con profundidades de sólo unos milímetros», las grandes placas de caliza coralífera con las que se levantaron los templos megalíticos de Malta, la piedra de Segovia, que hay que mojar para trabajarla con mayor facilidad, las calizas de Latomía, las enormes canteras de Siracusa, las piedras de Istría en Venecia, y tantas otras rocas de Grecia, de Sicilia o de Italia: todas ellas nacieron del mar.

 

Volcanes y temblores de tierra

Finalmente, al no colmarse la totalidad de las fosas mediterráneas, queda del mar un surco poderosamente deprimido, que parece a veces excavado con troquel, con profundidades comparables a los desniveles de las montañas mediterráneas más orgullosas, cuando no mayores. Una fosa de 4.600 m que se hunde cerca del cabo Matapán es capaz de contener sin problemas la mayor cima de Grecia, los 2.985 m del monte Olimpo. Marinos o terrestres, estos relieves no están totalmente consolidados. Existe por todas partes un reticulado de largas fallas, algunas de las cuales llegan hasta el mar Rojo. Precisamente una grieta, doble por lo menos, abre la ruta estrecha de las Columnas de Hércules, entre el Mediterráneo y el Océano.

Así, es inevitable una geología atormentada, una orogenia que no se ha asentado hasta ahora, temblores de tierra frecuentes, a menudo mortíferos, fuentes termales (en Toscana, ya conocidas por los etruscos), tierras volcánicas muy extendidas, volcanes antiguos o en actividad, o al menos capaces de despertar. Los Cíclopes, fabricantes de rayos, manejando sus enormes fuelles de piel de toro, fueron antaño los herreros fabulosos del Etna, mucho antes de que Empédocles, el filósofo, se arrojara a su cráter —que sólo devolvió, dicen, una de sus sandalias. «¡Cuántas veces —exclama Virgilio— hemos visto al Etna burbujeante desbordarse…, derramar globos de fuego y rocas en fusión!». En cuanto al Vesubio, acabó limpiamente con Pompeya y Herculano, en el 79 después de Cristo, y le hemos visto antes de 1943 desafiar a Nápoles con su penacho de humo. En el centro del archipiélago de Lípari, entre Sicilia e Italia, el Stromboli está de servicio todas las noches: ilumina con sus proyecciones incandescentes el mar que le rodea. Terremotos y erupciones marcaron sin tregua el pasado y amenazan el presente de los países mediterráneos. Una de las pinturas murales más antiguas (murales, no rupestres), en un templo de Çatal Höyük, en Anatolia (hacia el 6200 a. C.) representa una erupción volcánica, quizá del cercano Hasan Dag.

Tendremos ocasión de hablar de las convulsiones «plutónicas» del suelo de la antigua Creta minoica, y en particular de la fantástica explosión de la isla cercana de Thera (actualmente Santorín), hacia 1470-1450 a. C. La mitad de la isla estalló, provocando un enorme maremoto y lluvias apocalípticas de cenizas. Actualmente, la isla extraña de Santorín es un semicráter que apenas emerge del agua. Si creemos al arqueólogo Claude A. Schaeffer, los terremotos y los movimientos sísmicos también desempeñaron un papel importante en la destrucción brutal e inesperada de todas las ciudades hititas de Asia Menor, a comienzos del siglo XII a. C.; en ese caso, la naturaleza, que no los hombres, sería responsable de un cataclismo todavía enigmático para los historiadores.

 

Las montañas omnipresentes

El espacio mediterráneo está devorado por las montañas. Ahí están, llegando a la orilla, abusivas, apiñadas unas contra otras, esqueleto y telón de fondo inevitable de los paisajes. Dificultan la circulación, torturan las carreteras, limitan el espacio reservado a las alegres campiñas, a las ciudades, al trigo, a la vid, incluso al olivo, pues la altitud, tarde o temprano, puede con la actividad de los hombres. Tanto como al mar liberador, pero durante mucho tiempo cargado de peligros y poco o nada utilizado, los hombres del Mediterráneo se han visto abocados a la montaña, donde en general (las excepciones confirman la regla) sólo puede desarrollarse, y mantenerse, Dios sabe como, una vida primitiva. El Mediterráneo de las llanuras, a falta de sitio, se reduce en general a escasas bandas, a unos puñados de tierra cultivada. Más allá, comienzan los senderos escarpados, duros con el paso de los hombres y de los animales.

Es más, el llano, sobre todo cuando alcanza dimensiones importantes, será a menudo el territorio de las aguas sin control. Habrá que arrebatárselo a la marisma hostil. La fortuna de los etruscos se debió, en parte, al arte de sanear las tierras bajas semiinundadas. Evidentemente, cuanto más extensa es la llanura más difícil es el trabajo, más ingrato, más tardío. La desmesurada llanura del Po, donde se precipitan los ríos salvajes que bajan de los Alpes y de los Apeninos, fue tierra de nadie durante casi toda la época prehistórica. El hombre sólo se instalará allí a partir de las ciudades palustres de las Terramaras, hacia el siglo XV antes de Cristo.

En general, la vida brota más espontáneamente en las tierras altas, inmediatamente aprovechables, que al nivel del mar Mediterráneo. Las llanuras sometidas, sólo accesibles al hombre inmerso en sociedades obedientes, nacen del trabajo colectivo y de su eficacia. Son la otra cara de las tierras altas, encaramadas, pobres, libres, con las que establecer un diálogo necesario, aunque temeroso. La llanura se siente, se considera superior; come hasta hartarse, alimentos escogidos; no obstante, no deja de ser una presa, con sus ciudades, sus riquezas, sus tierras feraces, sus caminos abiertos. Telémaco mira con condescendencia a los montañeses del Peloponeso, comedores de bellotas. Lógicamente, Campania o Apulia viven aterrorizadas por los campesinos de los Abrazos, pastores que se abalanzan con sus rebaños sobre las cálidas llanuras al empezar el invierno. A fin de cuentas, los hombres de Campania prefieren el bárbaro romano al bárbaro de las alturas. El servicio que Roma presta a la Italia del Sur, en el siglo III, es reducir a la obediencia y al orden el macizo salvaje y temible de los Abrazos.

El drama de las incursiones montañesas es moneda corriente y podemos encontrarlo en cualquier época, en cualquier región del mar. La vida enfrenta machaconamente a los hombres de las alturas, comedores de bellotas o de castañas, cazadores de animales salvajes, vendedores de pieles, de cuero, de cabezas de ganado, siempre dispuestos a emprender la marcha y emigrar, con las gentes del llano, apegadas a la tierra, sometidos los unos, soberbios los otros, amos de las tierras, de los resortes del poder, de los ejércitos, de las ciudades, de los barcos que recorren los mares. Es el diálogo, aún presente en nuestros días, entre la nieve y el frío de las alturas austeras y las tierras bajas donde florecen los naranjos y las civilizaciones.

En realidad, mucho cambia la cosa de la azotea a la planta baja. Aquí, progresar, allá tratar de vivir. Incluso las cosechas, a unas horas de marcha, no se rigen por el mismo calendario. El trigo, que se esfuerza por subir todo lo que puede, madura dos meses más tarde en las tierras altas que al nivel del mar, así que los accidentes meteorológicos no pueden tener el mismo significado para las cosechas en función de la altitud. Una lluvia tardía en abril o en mayo es una bendición en la montaña y una catástrofe en el llano, donde el trigo casi maduro podría enmohecerse y pudrirse. Estas observaciones son tan válidas para la Creta minoica como para la Siria del siglo XVII después de Cristo, o la Argelia de nuestros días.

El Sahara y el Atlántico

Como excepción a la regla, la montaña está ausente de una de las orillas del Mediterráneo, el larguísimo litoral curiosamente plano, casi ciego, que linda con el Sahara y se extiende sobre millares de kilómetros, desde el Sahel tunecino y la isla redonda de Yerba (la isla odiseica de los lotófagos) hasta el delta del Nilo y el agua dulce y embarrada que el gran río proyecta bastante lejos mar adentro — o hasta las montañas del Líbano que dan a las ciudades fenicias, hacinadas sobre sus islas o sus terrazas marinas, su aspecto típicamente, maravillosamente mediterráneo. Desde el avión, con la sencillez brutal que tienen los paisajes vistos desde arriba, la amplia extensión de agua marina y el Sahara, una contra otro, enfrentan sus inmensidades vacías, una azul, la otra blanca con reflejos amarillos, ocres o anaranjados.

En realidad, el desierto irrumpe brutalmente en la vida física y humana del mar. Humanamente, lanza cada verano, hacia las zonas costeras, sus nómadas devastadores, hombres, mujeres, niños, animales que se agrupan en campamentos de tiendas negras entretejidas con pelo de cabra (o más adelante de camello). Son vecinos molestos, saqueadores ocasionales. Junto con la humanidad montañesa, que pende sobre las civilizaciones frágiles, los pueblos nómadas son otro peligro permanente. Toda civilización victoriosa cerca del mar Interior, se definirá obligatoriamente como una forma de utilizar y de contener al montañés o al nómada, de contemporizar con unos y con otros, de mantenerlos a ambos a distancia.

A pesar de su inmensidad, el desierto nunca absorbe totalmente a los pueblos que lo habitan, los expulsa regularmente hacia sus orillas, sus saheles. Tampoco atrae a demasiados hombres a lo largo de las pistas de caravanas que lo cruzan, como un lento navegar que se sumerge en las soledades pedregosas y arenosas de África y Asia, océano infinitamente más vasto que el mar Interior. No obstante, las líneas de caravanas han ido creando con el tiempo fantásticos enlaces con las tierras de los negros, con Senegal, Níger y sus buscadores de oro primitivos, con las grandes civilizaciones, con el mar Rojo, el golfo Pérsico, el océano índico, con las maravillas precoces de la cerámica, del metal, de las joyas, de los perfumes, con los remedios milagrosos, con las especias y las comidas extrañas.

El desierto también invade físicamente el mar Interior. Cada verano, el aire seco y ardiente del Sahara envuelve toda la extensión del mar, franqueando osadamente sus límites hacia el norte. Crea sobre el Mediterráneo «esos cielos de gloria», de una limpidez extraña, esas noches cargadas de estrellas que no se encuentran en ningún otro lugar con perfección equivalente. Los vientos dominantes del nordeste, de abril a septiembre, los vientos etesios de los griegos, no aportan ningún alivio, ninguna humedad real al horno sahariano. El cielo de verano sólo se vela cuando, por algunos días, se desencadenan el jamsin o el siroco, el plumbeus Auster de Horacio, denso como el plomo —esos vientos del sur cargados de arena, que a veces arrastran hasta muy lejos las lluvias de sangre que hace cavilar a los sabios y estremecerse a los simples.

Soportar seis meses de sequía a la espera de una gota de agua, es pedir mucho a las plantas, los animales, los hombres. El bosque, vegetación espontánea en las montañas del Mediterráneo, sólo sobrevivirá si el hombre no lo toca, si no abre carreteras, si no enciende demasiados fuegos que despejen el terreno de sus campos, si no instala en ellos a sus ovejas o sus cabras, si no corta demasiada madera para calentarse o para construir sus naves. Los bosques maltratados se degradan rápidamente, el monte bajo y la garriga, con sus múltiples rocallas, con sus plantas y arbustos aromáticos, son las formas decadentes de aquellos imperios vegetales, siempre admirados en el Mediterráneo como una riqueza rara. Cartago, que se resentía de ser africana, buscará en Cerdeña la madera para sus naves. En peor situación estaban Mesopotamia y Egipto.

El desierto sólo se borra cuando aparece el océano Atlántico. Desde octubre, casi nunca antes, frecuentemente después, las depresiones oceánicas, henchidas de humedad, comienzan sus viajes procesionales de oeste a este. Cuando una de ellas cruza el estrecho de Gibraltar, o pasa de un salto del golfo de Gascuña al golfo de León, corre hacia el este girando sobre sí misma, desata los vientos que, desde todas direcciones, caen sobre ella y la empujan más y más, hacia Oriente. El mar se ensombrece, sus aguas adquieren las tonalidades gredosas del Báltico o, azotadas por los ciclones, desaparecen bajo un polvo de espuma. Y se desatan las tempestades. Y las lluvias, a veces la nieve, comienzan a caer: los ríos en seco desde hace meses se hinchan; hay días que las ciudades desaparecen bajo una cortina de agua torrencial y nubes bajas, como el cielo dramático de Toledo en los cuadros del Greco. Es la estación «de negras lluvias», imbribus atris, que roban la luz del sol. Las inundaciones son frecuentes, brutales, ocupando el llano en el Rosellón o en la Mitidja, en Toscana o en España, en los campos de Salónica, y a veces estos cursos absurdos de agua cruzan el desierto, inundan las calles de La Meca, transforman en torrentes de agua y lodo las pistas del norte sahariano. En Aín Sefra, al sur de Oran, Isabelle Eberhard, la exilada rusa embrujada por el desierto, perecía en 1904 arrastrada por una crecida insospechada del wadi.

Sin embargo, el invierno mediterráneo también es suave; la nieve es insólita en las tierras bajas; tiene sus días de claro sol, en los que a veces callan el mistral o el bóreas; incluso el mar tiene treguas momentáneas y los barcos de remo se pueden adentrar un instante en alta mar; finalmente, esta estación tempestuosa es también la época de las lluvias benéficas. Los campesinos de Aristófanes pueden alegrarse, charlar, beber, no hacer nada, mientras Zeus «fecunda la tierra» a chorros. Hace frío, apilemos la leña junto al fuego y bebamos, es el consejo de Alceo, el viejo poeta de la griega Mitilene. Siempre hay tiempo para algunas tareas invernales: moler los granos de trigo o tostarlos para que se conserven, cocer y reducir el vino dulce, tallar venablos, cortar en el bosque un tronco curvo de encina para hacerle una cama al arado, cazar con trampas a las aves que migran, trenzar un cesto, llevar la borrica hasta el mercado…

El trabajo de verdad no comienza hasta las últimas lluvias de la primavera, cuando vuelve la golondrina, que saluda la antiquísima canción de la isla de Rodas:

Golondrina, golondrina

que traes la primavera

(…)

Golondrina de blanco vientre

Golondrina de negro lomo…

Pero es una primavera breve, que casi se agota en cuanto brotan los jacintos y los lirios del arenal, las flores microscópicas de los olivos. Empiezan entonces los lentos meses del verano, con su interminable labor. Y el calendario agrícola, muy cargado, no se interrumpirá hasta el otoño, hasta el momento, dice Hesíodo, en que «la voz de la grulla lanza desde lo alto de las nubes su llamada» que anuncia la siembra y «la llegada del invierno lluvioso».

 

Al albur de cualquier imprevisto

Por supuesto, he simplificado el mecanismo climático del Mediterráneo. No es ese perfecto motor rústico de dos tiempo, sufre otras influencias. Diremos no obstante lo esencial si añadimos que este motor se puede averiar, la lluvia puede llegar demasiado pronto o demasiado tarde, ser demasiado abundante o insuficiente, «el invierno puede venir con aires de primavera», los vientos caprichosos pueden traer, en un momento inoportuno, la sequía o el exceso de agua o las heladas primaverales que queman la flor del trigo y los renuevos de la vid, o el golpe de siroco que seca el grano lechoso antes de que madure. Los campesinos del Mediterráneo siempre temieron estas sorpresas que pueden destruirlo todo en un instante, tan rápido como las «nubes pestíferas» de langosta, también frecuentes. En Cabilia, cada vez que «se abren las puertas del año [es decir, en los equinoccios y en los solsticios]», se dice que se anuncia una nueva estación, «con su fortuna: pan de cebada o hambruna».

¿La única salida real sería el regadío, solución que adoptaron las primeras civilizaciones a lo largo de los ríos, el Nilo, el Eufrates, el Indo? En principio, sí. Pero este regadío, por el motivo que fuere, tiene que ser imprescindible, porque es una solución de lujo que requiere enormes esfuerzos. Limitada en el espacio, sólo ha protegido a algunos países de los imprevistos.

 

No olvidar los cursos de agua

El libro de Claudio Vita-Finzi, The Mediterranean Valleys (1969), recuerda oportunamente que los hechos más espectaculares —erupciones volcánicas, temblores de tierra, cambios climáticos— no son los únicos que ocupan el escenario en una geografía retrospectiva. Los cursos de agua tienen un papel, incluso los ríos, a menudo tan secos, que van a dar al Mediterráneo.

Su papel es doble: transportan agua, remolinos o limo, aportan el material de base de las vegas cultivables en las que el hombre trabajará con afán; instrumentos de erosión, luchan contra sus mismos valles, se abren un camino a través de sus propios aluviones y los desplazan de nuevo. Platón imagina que las aguas se llevaron «las partes grasas y muelles» de la tierra en Ática: «Sólo queda el caparazón desnudo».

El mérito de C. Vita-Finzi es no haber diferenciado estas dos labores seculares, sino haber «historiado» sus fases, sugiriendo una historia casi humana de los cursos de agua que se suman al mar Interior. Historia apasionante, difícil, pues el agua que corre se mezcla con todos los fenómenos de la naturaleza y, más de lo que podríamos imaginar, con el destino particular de los hombres.

Con el Paleolítico se inicia un largo periodo de sedimentación al que se suman antiguas capas de aluvión, tierras fuertemente enrojecidas por el óxido de hierro: se trata del periodo por excelencia en el que, del 30000 al 10000 antes de Cristo, el Nilo, mucho más abundante que en la época faraónica, acumulará sus masas limosas más considerables. El Neolítico, primer periodo de la agricultura, coincide desgraciadamente con una erosión destructora de las tierras cultivables. Es un fenómeno que se extiende hasta el Imperio Romano, que se resolverá de alguna forma multiplicando en África del Norte, desde Cirenaica a Marruecos, los diques, las presas, las terrazas. Detenida, entorpecida su marcha un instante, la erosión se reanuda al final del Imperio; el agua rompe entonces los diques y presas. Y se lleva la tierra vegetal. La Edad Media, en el Mediterráneo y lejos de él, será más favorable, los cursos de agua se hinchan, vuelven a ser fuentes de acumulación de limo. Para los geógrafos árabes de los siglos XI, XII y XIII, el Chelif, con sus inundaciones regulares, o el Sous, se pueden comparar al Nilo. Estas exageraciones pueden hacernos sonreír, pero los ríos de ahora ya no son los de antaño. Hacia el siglo XVI se invierte la tendencia. La erosión vuelve por sus fueros, los cursos de agua se hunden en sus antiguos aluviones (a veces de un grosor de unos cuarenta metros) y arrojan al mar arenas y limos; los deltas se agrandan, pero sus tierras fértiles no son fáciles de retener. Contra esta erosión generalizada de los suelos, que se prolonga hasta nuestros días, no parece haber esperanzas de remedio eficaz.

La alternancia de la sedimentación y de la erosión se explica por los cambios en el nivel del mar, las variaciones del clima (más agua significa mayor fuerza de la erosión), la acción del hombre que interviene en la composición de la capa vegetal y modifica las condiciones de la escorrentía: desde el Paleolítico, a causa de los incendios forestales que provoca (5.000 m3 de cenizas en una excavación argelina del periodo capsiense); a partir del Neolítico a causa de su agricultura sobre tierra quemada y de sus rebaños.

Se abren así nuevas perspectivas. Obligan a revisar las explicaciones antiguas. Si la Campagna romana queda despoblada y se deteriora, hacia el siglo IV después de Cristo, se debe tanto a los hombres negligentes como a la mayor escorrentía, que arroja sobre las regiones bajas la grava y el agua insalubre. Cuando la malaria se asienta con virulencia hacia el siglo XVI, es porque el agua ocupa las tierras bajas, las anega, sin liberarlas después, obligando al hombre a luchar contra ella metro a metro o a huir.

Todas estas razones pueden explicar además la estabilidad y el valor excepcional en el Mediterráneo de los cultivos en terrazas, por encima del agua de los valles, trepando por las colinas en las que muy pronto se agrupan el trigo, el olivo, la vid, la higuera…

 

Facilidades limitadas

Resumamos: tendemos demasiado a creer en la suavidad, la facilidad espontánea de la vida mediterránea. Es dejarse engañar por el encanto del paisaje. La tierra cultivable es escasa, las montañas áridas o poco fértiles son omnipresentes («muchos huesos y poca carne», decía un geógrafo); el agua de las lluvias está mal repartida: abunda cuando la vegetación descansa en invierno, desaparece cuando más la necesitan las plantas nacientes. El trigo, como otras plantas anuales, tiene que darse prisa en madurar. El clima tampoco facilita la faena de los hombres: todos los trabajos se hacen en los periodos de más calor, para obtener cosechas más bien escasas. «Siembra desnudo, ara desnudo, cosecha desnudo», es decir, en el momento en que hace demasiado calor para vestirse, es el consejo de Hesíodo. Nudus ara, sere nudus, repite Virgilio. Y si falta grano al cabo del año —añade—, «entonces sacude los robles del bosque para calmar el hambre…».

Hay que añadir que el agua del mar, siempre tibia, cerca de los 13 °C en su enorme masa (lo que suaviza el clima en invierno), es biológicamente muy pobre. El naturalista que conoce el Atlántico y «ve subir en el Mediterráneo la nasa o el copo» queda estupefacto de no encontrar «el hormigueo de vida que caracteriza los ricos fondos oceánicos»; pocos moluscos, pocos peces, generalmente de pequeño tamaño. Sin duda hay pesquerías renombradas, como la laguna de Comacchio, el lago de Bizerta, el río marino del Bósforo y, en el Helesponto, «los pasos de Abidos, ricos en ostras»; todos los años se pueden rastrear bancos de atunes frente a las costas de Sicilia, de África del Norte, de Provenza, de Andalucía… Precaria provisión, entre unas cosas y otras: los frutti di mare son exquisitos, pero están contados. Mil razones explican este desastre: las costas escarpadas desprovistas de bajíos —y los bajíos garantizan la vida de los alevines—; la pobreza del plancton vegetal y animal, tan catastrófica como en el mar de los Sargazos, donde las aguas superficiales tienen por ello las mismas transparencias azuladas que el Mediterráneo; finalmente, el interminable pasado tan complicado del mar, responsable de frecuentes variaciones brutales de la salinidad y de la temperatura, que fueron diezmando las faunas locales unas tras otras.

Su angosta comunicación con el océano es lo que salva al Mediterráneo. Imaginemos que un dique cierre el estrecho de Gibraltar: el Mediterráneo se transformaría en un lago salobre del que desaparecería toda la vida. Por el contrario, si se abriera al Atlántico más de lo que está, reviviría, animado por el vaivén de las mareas, invadido por el pulular de las faunas oceánicas; el agua de la superficie se enturbiaría, la tibieza excepcional de los inviernos desaparecería. ¿Y entonces? Nos resignaremos a comer en el Mediterráneo el pescado congelado del océano, donde arriba con regularidad. Y en Venecia, degustaremos el privilegio de una orata ai ferri que no venga de la laguna, sino de las aguas libres del Adriático, de los hermosos pesqueros de velas pintadas de Chioggia.

¿Y la riqueza misma del mar?, podríamos decir mientras desfilan todas las imágenes de un Mediterráneo, sembrado de islas, de costas recortadas por innumerables calas, cuna de marinos, invitación a los viajes y a los intercambios… Y es que el mar no siempre ha sido este «vínculo natural» entre las tierras y los hombres tan mentado. Fue necesario un larguísimo aprendizaje. Casi tan desnudo frente al mar como lo hemos estado nosotros, durante tanto tiempo, frente al espacio aéreo, el hombre primitivo no se aventuró sobre las olas del Mediterráneo hasta los milenios XII y XI (probablemente) o VI y V (con seguridad) —lo que no deja de ser un récord maravilloso. Pero empezar un aprendizaje no es garantía de destreza inmediata. Hasta el tercer milenio (o más) no se convierte la marina en una verdadera herramienta, hasta el segundo milenio no resultan eficaces los intercambios, hasta el primer milenio no se afianza la navegación más allá de Gibraltar, por las rutas sin fin del mar Tenebroso.

Así pues, las «navegaciones salvajes», temprano empeño, no se convierten en navegaciones civilizadas, regulares, cuando no seguras, hasta muy tarde. Incluso algunos de estos enlaces marítimos relativamente densos sólo comunican determinadas riberas, determinadas ciudades. Primero cruzan los espacios marinos estrechos, abarcando como mucho uno de los mares privados en los que se divide el Mediterráneo, que son otras tantas economías semicerradas. «Quien dobla el cabo Maleas —dice un proverbio griego— debe olvidar su patria».

 

El umbral de Sicilia

Así pues, el universo mediterráneo estuvo dividido durante mucho tiempo en espacios autónomos, no demasiado unidos entre sí. El mundo actual está mucho más unido en sus diversas partes que el Mediterráneo de tiempos de Pericles. Es una verdad que nunca hay que perder de vista, ni siquiera en los tiempos aparentemente tranquilos y monocromos del dominio romano. Lo plural siempre se impone a lo singular: hay diez, veinte, cien Mediterráneos y cada uno está subdividido a su vez. Vivir un instante de la vida real de los pescadores de ayer y de hoy es aprender que todo cambia de un punto de la costa a otro, de un fondo a otro, de un banco de arena a un lecho rocoso. En tierra, siempre escuchamos la misma canción: estamos en el Mediterráneo, por supuesto; el clima de Cádiz recuerda al de Beirut, las costas provenzales se asemejan a las del sur de Crimea, podríamos encontrar en Sicilia la vegetación del monte de los Olivos, cerca de Jerusalén. Así es, pero la forma de trabajar la tierra no es la misma, ni tampoco las herramientas, ni la forma de rodrigonar y emparrar la vid, ni los vinos son los mismos, ni los olivos, ni tampoco las higueras o los laureles, ni las casas, ni los vestidos. Quien no haya visto Ragusa en febrero, por San Blas, transformada por la música y la danza, invadida por las mujeres y los hombres de la montaña, no podrá comprender la dualidad fundamental de las tierras dálmatas. La geografía apenas se limita a esbozar estas diferencias; el pasado, fabricante encarnizado de particularismos, lo ha acentuado todo, dejando aquí y allá sus colores deleitosos.

Además, grandes contrastes rompen la imagen única del mar: el Norte no es, no puede ser el Sur; como tampoco el Oeste es el Este. El Mediterráneo se alarga demasiado siguiendo los paralelos y el umbral de Sicilia lo rompe en dos en lugar de unir sus fragmentos.

De la costa meridional de Sicilia a las costas de África, el mar Interior sólo ofrece fondos poco importantes; parece que se está alzando; un pequeño esfuerzo y un dique lo cerraría de norte a sur. Estas escasas profundidades marinas forman una línea de islas que va desde Sicilia hasta las costas de coral y esponjas de Túnez: Malta, Gozo, Pantelaria, Lampedusa, Zembra, las Kerkenna, Yerba… Conservo el recuerdo de viajes aéreos entre Túnez y Sicilia, entre Grecia e Italia. El hidroavión volaba bajo en aquellos tiempos: se distinguía hasta la línea de las salinas de Trapani, al oeste de Sicilia, hasta la sombra de las barcas en el fondo del mar junto a la costa, hasta las venas de agua más azul que revelan las corrientes superficiales; ¡se veía, oh milagro, en el mismo instante, Corfú y el golfo de Tárente! En este mapa aéreo fantástico, formado de recuerdos que se van acumulando, se me aparece siempre la bisagra de los dos Mediterráneos. La Historia con mayúsculas siempre tuvo predilección por ella. ¿Podría ser de otra forma? Norte contra Sur, es Roma contra Cartago; Este contra Oeste es Oriente contra Occidente, el Islam al asalto de la Cristiandad. Si las batallas de antaño se aparecieran, de golpe, todas juntas, una inmensa línea de combate se desplegaría desde Corfú a Actium, a Lepanto, a Malta, a Zama, a Yerba. La historia demuestra que, nueve de cada diez veces, las dos cuencas del mar Interior —Este y Oeste, Levante y Poniente— tienen tendencia a replegarse sobre ellas mismas, aunque intercambien si llega el caso barcos, mercancías, hombres e incluso creencias. El mar acabó obligándolas a vivir juntas, pero son hermanas enemigas, opuestas en todo. El cielo mismo y los colores difieren a uno y otro lado del umbral de Sicilia: el Este es más claro; en el mar más violeta que azul, negro como vino, decía Homero, las Cicladas son manchas de un naranja luminoso, Rodas una masa negra, Chipre un bloque de azul intenso. Así las vi, una tarde, volando desde Atenas a Beirut. Podemos criticar el progreso, pero para ver el Mediterráneo aconsejaremos empezar por un viaje aéreo en un día claro, sobre un avión que, no muy lejos de la tierra y del mar, viaje sin demasiada prisa…

 

El Mediterráneo en el corazón del Viejo Mundo

Por muy amplio que sea el Mediterráneo, medido a la escala de las velocidades de antaño, nunca se encerró en su propia historia. Rápidamente franqueó sus límites: al Oeste, hacia el océano Atlántico; al Este, a través de Oriente Próximo que será su objeto de fascinación durante siglos; al Sur hacia las marcas desérticas, mucho más allá de los límites de los palmerales compactos; al Norte, hacia las interminables estepas eurasiáticas que llegan hasta el mar Negro; mucho más al Norte, hacia la Europa forestal que se despierta lentamente, muy lejos de los límites tradicionales y casi sacrosantos del olivo. Cuando dejamos atrás el último olivo, la vida y la historia del Mediterráneo no se detienen para dar gusto al geógrafo, al botánico o al historiador.

En realidad el rasgo principal del destino de este Mare Internum es estar inmerso en el más amplio conjunto de tierras emergidas que pueda haber en el mundo: el grandioso, el «gigantesco continente unitario», euroafroasiático, como un planeta por el que todo circuló precozmente. Los hombres han encontrado en estos tres continentes soldados el gran escenario de su historia universal, en el que se desarrollaron sus intercambios decisivos.

Y como la masa humana que va rodando interminablemente hasta el mar Interior se detiene regularmente en sus orillas, no es de extrañar que el Mediterráneo haya sido tan pronto uno de los centros vivos del universo, y que se haya proyectado a su vez a través de estos continentes macizos, que son para él una caja de resonancia. La historia del Mediterráneo está a la escucha de la historia universal, pero su propia música se deja oír a lo lejos. Estos flujos y reflujos son lo esencial de un pasado bajo el doble signo del movimiento: está lo que el Mediterráneo da, y está lo que recibe; los «regalos» intercambiados pueden ser tanto calamidades como favores. Todo está entreverado y la brillante aparición de las primeras civilizaciones, en el Mediterráneo, es el resultado, ahora lo veremos, de una confluencia.