Memorias del Mediterráneo
Capítulo V. Todo cambia del siglo XII al VIII
Tras la gran ruptura del siglo XII, Oriente Próximo tardará en renacer. Van apareciendo luces hacia el siglo X, que sólo se afirmarán con la recuperación económica más estable que apunta, con seguridad en el siglo VIII, quizá un poco antes.
Sin embargo, tras la tormenta de los Pueblos del Mar, la vida continúa, pese a quien pese. Se ha salvado un rico acervo cultural. Egipto sigue siendo Egipto, a pesar de sus heridas internas, su vida mediocre, las invasiones que lo abruman; Mesopotamia sigue siendo Mesopotamia, a pesar de sus turbulencias; la costa cananea, ahora diremos fenicia, sigue con su papel de intermediario. No obstante, y es el signo de los tiempos, el intermediario ya no es un siervo; frente a sus amos de ayer, se permite, cuando menos, algunas insolencias. Cuando, hacia 1100, Wenamón, el enviado del clero de Amón, viaja hasta Biblos, se le recibe muy mal. Obtendrá con dificultad la madera necesaria para la construcción de la barca del dios.
El mundo no deja de girar y, es lógico, durante esos siglos sin historia aparente, se dibujan nuevas formas, un nuevo mapamundi. Cuando todo emerge en el siglo VIII, cuando la vida de los hombres vuelve a ser más sencilla, y a nuestros ojos más clara, el mundo no se parecerá en nada al de antaño, el que se quebró en la época de los Pueblos del Mar.
En Oriente Próximo, una especie de «balcanización»
El mapa político de Oriente Próximo se ha complicado hasta límites insospechados. El doble eclipse de Egipto y de Mesopotamia, la caída del imperio hitita, hacen que emerja a la vida una multitud de pequeños Estados belicosos, que ocupan abusivamente el escenario de la historia, desde el que hablan a voces.
En Asia Menor, Urartu, con base en Armenia, se hace cargo de una parte de la experiencia de los hurritas, ese pueblo de artesanos geniales del que ya hemos hablado. Se trata de un Estado montañés, fuerte y obstinado. La metalurgia constituye para él una fuerza evidente (excavaciones rusas de Karmir Blur). El espacio que someten tiene su centro de gravedad alrededor del lago Van y se extiende, más o menos, desde los altos valles del Eufrates y el Tigris hasta el Cáucaso. Los frigios se habían extendido, más o menos en el momento de la invasión dórica, por las mesetas anatólicas en las que el imperio hitita se había levantado para después perder su fuerza (su capital, Gordio, renace ahora ante nuestros ojos con las excavaciones norteamericanas iniciadas en 1950). Hacia el oeste, la Lidia ocupa los valles paralelos del Hermos y del Meandros y tiende a alcanzar el mar Egeo en cuyas orillas se fundará muy pronto, hacia el año 1000, una estela de ciudades griegas, que más tarde serán decisivas. Hacia el sur, sobreviven los Estados neohititas. Luego vienen los Estados árameos, hijos del desierto tumultuoso, que girarán durante mucho tiempo alrededor de Damasco: no hay que subestimarlos, pues controlan las rutas caravaneras que se internan en Asia y son el complemento de las rutas marítimas activas de los fenicios. Además, hacia el sur, se encuentra el Estado judío, cuyo breve esplendor se apagará hacia el 930, cuando se escinda en dos reinos (Judá al sur, Israel al norte).
Los judíos tuvieron que conquistar una a una sus tierras bastante pobres a los semitas cananeos, de los que tomaron las tradiciones, la cultura y el idioma. Les pasa en realidad lo que les pasó a los hititas y a los griegos: quedan atrapados por la superioridad del otro. Otra inferioridad: a pesar de tener un frente marítimo, tienen difícil la salida al litoral accesible, del que los separan los filisteos enemigos y los fenicios amigos, o incluso cómplices. Los fenicios de Tiro construyen el Templo y el palacio de Jerusalén en tiempos de Salomón (hacia 970-930), son barcos fenicios los que, por Esion Geber, en el golfo de Akaba, realizan por cuenta del rey judío el viaje de Ofir (¿Arabia meridional? ¿India?) por el largo camino del mar Rojo; también son artesanos fenicios los que, en la misma ciudad de Esion Geber, también en época de Salomón, construyen importantes instalaciones metalúrgicas para el trabajo del cobre y el hierro, las mejor diseñadas, con mucho, según W. E. Albright, de todo lo que conocemos en el mundo antiguo. Tiempos felices, en suma, para el Estado judío. Nadie hubiera podido prever entonces las desgracias que se avecinaban, ni el fabuloso papel que el futuro reservaba al mensaje espiritual de Israel, que madura lentamente, en medio de las inclemencias de la historia.
Aunque su territorio, limitado por los hebreos y los filisteos al sur, por los neohititas al norte, sólo representa una parte de la antigua tierra de Canaán,
Fenicia[40] es la primera que recupera en Oriente Próximo una cierta prosperidad. Es como un «sector protegido», como Holanda en la recesión general del siglo XVII d. C. Se dan no obstante algunas mutaciones difíciles de distinguir: la antigua supremacía de Biblos desaparece en beneficio de Sidón primero, y después de Tiro que, a partir del año mil, más o menos, se convierte en la ciudad dominante. Las costas fenicias vuelven a la vida gracias a la prodigalidad del mar. El Estado judío, por el contrario, construye su prosperidad sobre una encrucijada de rutas terrestres, entre el Eufrates, el Mediterráneo y el mar Rojo, situación propicia en tiempos de paz, pero peligrosa cuando empiezan las guerras. Y las guerras pronto serán endémicas en Oriente Próximo.
En esta guerra insistente, terrorífica, la minúscula Asiría pronto será el factor esencial. En un principio, se trata apenas de un «pequeño triángulo», un escaso trozo de tierra, desprotegido además, el valle alto del Tigris, entre Mesopotamia al sur, con sus regadíos y sus ciudades, la dura montaña al norte, el desierto al oeste con sus saqueadores árameos. Asiría es una casa abierta a todos los vientos. Vive bajo el signo de la inseguridad y del miedo. Sólo estará tranquila amenazando a los demás, aterrorizándolos a su vez. Sin querer tomar su defensa, es cierto que la crueldad respondió a las crueldades de sus vecinos, sobre todo los árameos. Para ser, está condenada a exterminar a los vencidos, a cargarlos de tributos, a deportar a poblaciones enteras, a poblar con ellas su propia casa donde, con la fuerza que da el número, se convertirán un día en un peligro permanente. Los frisos de los palacios de Nínive relatan con elocuencia estas historias lúgubres.
Asiría se enriquece además con este juego; se cubre de palacios gigantescos. La guerra se ha convertido para ella en una industria, una forma de procurarse las riquezas que antiguamente aportaba el gran comercio a las ciudades babilónicas. Desde finales del siglo X hasta finales del VII, los asirios viven del botín, de los tributos expoliados a Urartu, Damasco, Tiro, Sidón, al reino de Judá, a Israel… Incluso se atreven a un sacrilegio, destruir Babilonia, abolir el culto de Marduk, saquear sus templos. Luego le tocó a Egipto. En 671, ocupan el Bajo Egipto, unos años más tarde, saquean Tebas de forma abominable. Cuando Asurbanipal, gran príncipe además letrado, muere en el 630 en su palacio suntuoso de Nínive (de jardines tan magníficos como su biblioteca), el imperio está en su apogeo. Y sin embargo, unos años más tarde, sucumbe ante el empuje de los pueblos sometidos o enemigos. En el 612, los babilonios y los medos, coaligados, toman Nínive para gran satisfacción de todos los pueblos de Oriente. Las ciudades asirías son destruidas a su vez y los supervivientes se convierten en prisioneros. Ellos construirán, para los reyes de Persia, los palacios en los que todo evoca la difunta Asiría.
A pesar del valor del ejército asirio, siempre dispuesto, al mando de sus reyes sacerdotes y sus señores guerreros, para lanzar la guerra santa contra todos sus vecinos a un tiempo; a pesar de la eficacia de sus tropas tan duramente dirigidas, de sus carros ligeros y protegidos, de sus poderosas máquinas de asedio, de sus jinetes armados con picas y flechas, Asiría no habría vivido estos días de gloria sangrienta si Egipto y Babilonia no hubieran pasado, poco a poco, al rango de potencias secundarias, simples fragmentos del mosaico «balcánico» en que se ha convertido Oriente Próximo. Babilonia es como la Constantinopla del siglo XV (d. C.), única carne viva de un imperio bizantino que ha llegado al punto definitivo de su decadencia. En la antigua Mesopotamia todo se deteriora y se pudre, incluso el admirable sistema de acequias que, a fuerza de tanto uso, ha provocado el calamitoso rebrote de las eflorescencias salinas. En Egipto, la situación es peor. El futuro, ya lo sabemos, pertenece desde antes del siglo X «a los que utilizan el hierro». Egipto, que lo había recibido (antaño) de los hititas, entra en la edad del hierro sin poseerlo… El país de los faraones sólo será, como recordaba irónicamente un general asirio al pueblo de Jerusalén, «la caña rota […] que penetra y traspasa la mano del que se apoya sobre ella» (Isaías, 36, 6). Tebas, saqueada a muerte, nunca se levantará sobre sus ruinas.
Oriente Próximo queda así condenado a vivir en un círculo de alertas y guerras intestinas. Y hay que sumar otra calamidad: la intrusión dramática de los jinetes de las estepas septentrionales.
La caballería sale de las estepas asiáticas
Entre el Cáucaso, Ucrania, las mesetas de loess de Podolia y los bosques inmensos de Rusia central, se están desarrollando transformaciones cuyos ecos viajan, hacia el sur, a través de Oriente Próximo. La vida nómada iniciada desde hace siglos está terminando su crecimiento: el caballo montado es el elemento revolucionario. Todo se transforma a partir de ese momento al ritmo de su galope. Hacia el sur, los países civilizados, o los que pronto lo serán de nuevo, están cada vez más abiertos a la aventura de los nómadas.
La tormenta se anuncia, ya lo hemos dicho, con la invasión de los cimerios al expirar el siglo IX. Probablemente se trate de campesinos semisedentarios, seminómadas, que accidentes naturales, o más bien la presión de los jinetes escitas, empujan hacia el sur, fuera de los límites de la Rusia meridional, que hasta entonces había sido su medio natural. Sólo conservarán de su antiguo territorio, durante algún tiempo, la península de Kuban y una parte de Crimea. Al huir sobre sus carros y carretas, cruzan el Cáucaso por el oeste y el centro. Sus perseguidores, equivocando el camino, dice Herodoto, lo cruzan por el este, van a parar a Media y la saquean.
La invasión cimeria se agotó enseguida, en incursiones reiteradas a través de Urartu, Asina, Anatolia, el reino de Frigia (que destruyó), Cilicia. En Lidia, los saqueadores tomaron Sardes, sin poder entrar en la ciudadela; destruyeron varias ciudades griegas en el Egeo y se perdieron finalmente con armas y bagajes entre las poblaciones de Asia.
Los escitas —que introdujeron muy a su pesar— fueron bastante más peligrosos, pues se trata de jinetes, los primeros nómadas «de verdad» que conoció la historia. Su aventura salvaje de unos treinta años (28, dice Herodoto) se parece a las imágenes que están en todas las memorias de los hunos galopando a través de Europa en el siglo V d. C. La diferencia es que los escitas son blancos, son indoeuropeos, mientras que las tropas que siguen a Atila son mayoritariamente de raza amarilla. ¡Poco importa el color de la piel! El fenómeno es el mismo. Las incursiones escitas son incursiones de pillaje, realizadas a toda velocidad y de muy largo alcance, a manos de bandas de jóvenes en busca de aventuras. A veces se mezclan aventureros reclutados fuera de las «tribus reales». Se establece una especie de democratización, habida cuenta además de que el nuevo instrumento de combate —un caballo — está al alcance de cualquiera, mientras que el antiguo carro de guerra había sido exclusivo de los ricos y poderosos. Esta transformación social se suma a la fuerza inaudita de la explosión. Que los escitas saqueen Media ya supone un importante salto, por encima del Cáucaso y de Armenia, pero llegarán mucho más lejos todavía, a Anatolia y a la propia Asiría. Se lanzan incluso hasta Siria y Palestina. ¡Psamético sólo conseguirá alejarlos de Egipto pagando a sus jefes a precio de oro! Su amenaza permanente no retrocederá hacia el norte hasta las victorias tardías de los medos. Los escitas volverán entonces a su hábitat anterior, las inmensas estepas de la Rusia meridional.
Allí los observará, en su terreno, la curiosidad insaciable de Herodoto. Los contempla con la misma atención fascinada que le había inspirado el extraño Egipto. Describe prolijamente las llanuras inmensas, por las que transitan estos semicivilizados, sus ríos fantásticos, sus inviernos con prodigiosas nevadas que llenan el aire de «plumas» voladoras, los ríos e incluso los mares helados que se cruzan a pie. Todo le sorprende, le emociona, las costumbres, los adivinos, los sacrificios de caballos, las cabelleras o las pieles de enemigos vencidos que los jinetes llevan como trofeo, el ceremonial de los entierros, y más todavía la vida de las tribus bajo las tiendas, en los carros, dependiendo únicamente del pastoreo y bajo el signo de los desplazamientos sin fin.
El historiador de nuestros días busca en vano en estas largas descripciones alguna alusión a lo que constituye, para nosotros, la gloria de los escitas. Herodoto, que habla sin embargo de la abundancia de oro, de las joyas, de los cinturones, de los adornos de las riendas y los arneses, no tiene una palabra para la belleza de un arte que se afirma desde su vuelta a las estepas del sur de Rusia — este extraordinario arte zoológico, bárbaro, fastuoso, que a finales del primer milenio impondrá su estilo a todos los jinetes nómadas, hasta los lejanos confines de China. Es una síntesis feliz y extraña, nacida a un tiempo de las estepas boscosas del norte, de la cultura de Karasuk, cerca de China, de influencias caucásicas, anatólicas, asirias, iraníes, recogidas a lo largo de sus incursiones y estancias en Oriente Próximo. Pronto habrá que añadir una influencia griega, insinuante, cada vez más evidente cuando, rechazados por los medos, los escitas vuelvan a las regiones que rodean el Ponto. Temas escitas y figuras mitológicas griegas —Pegaso, las Gorgonas— cohabitan en los adornos de oro de las tumbas de Crimea, por ejemplo. Los escitas estaban en contacto directo con los griegos. Atenas reclutará entre ellos a sus pintorescos agentes de policía, los arqueros escitas que, en los días de asamblea, arrastraban hacia la Pnix a los ciudadanos rezagados.
Finalmente, todo volvió a su cauce. Sería un error sin embargo subestimar estas intrusiones de pueblos de la estepa —o las que caerán más tarde sobre Europa y Asia— simplemente porque se esfuman con relativa rapidez en contacto con el mundo civilizado. Estos brotes belicosos tuvieron algo más que un valor marginal.
En primer lugar, penetran profundamente en las regiones de Oriente Próximo, que están demasiado cerca unas de otras para que un golpe recibido por una de ellas no se propague a lo lejos, de Anatolia hasta el Nilo. El equilibrio de Oriente Próximo juega en favor de los intrusos: los cimerios contarán con el apoyo de Egipto, los escitas, en palabras de Herodoto, podrían ser aliados bastante fieles de los implacables asirios, hasta el punto de que les hicieron cargar con algunos de sus pillajes. Los nómadas aceleraron las posibilidades guerreras de los actores existentes, de modo que Oriente Próximo se va encerrando cada vez más en esta espiral sin salida.
Los escitas sometieron además a los medos y estos últimos vivieron durante años bajo su férula, aprendiendo en su escuela. Podemos ver perfectamente la caballería meda, cuyo continuador será la gran caballería persa, como un derivado en cierta forma de la caballería revolucionaria de los nómadas. Sin esta caballería excepcional no habría habido imperio persa, ni unificación de Oriente Próximo, ni pax persica. Quizá ni siquiera habría habido tentación para Alejandro Magno. Mientras Oriente Próximo se ocupaba en disputas sin fin, durante la larga y monótona tragedia de los siglos «asirios», había estado, por así decirlo, ausente del resto del mundo, mientras la gran historia se desarrollaba a través del lejano Occidente del mar Interior. Una vez terminada la conquista persa, a finales del siglo VI, se da tal acumulación de poder en Oriente que el mundo mediterráneo se inclina bruscamente de nuevo hacia él. Este movimiento de báscula inclinará el destino griego hacia el este —¡con gran pesar del autor de este libro!
Occidente ha dejado de ser absolutamente bárbaro
Occidente no es una creación ex nihilo de unos colonizadores llegados de Oriente. Durante los milenios y siglos que preceden el encuentro, ya se han realizado prodigiosas transformaciones. Occidente se ha convertido en una gran fuerza de historia, un obrero del destino mismo del Mediterráneo.
Occidente, es una palabra vaga. Con ella nos referimos a Europa central, desde los Alpes al Báltico y al mar del Norte, Italia peninsular (mucho más que las islas que la rodean), lo que será la Galia, la península Ibérica y África del Norte en su sentido más limitado, del golfo de Gabes al océano Atlántico.
Esta África del Norte pronto adquirirá una condición extraña: occidental por la geografía, pronto oriental por su cultura. Los amplios movimientos de población que agitan Occidente durante el primer milenio, aunque implican ampliamente al Mediterráneo, de Asia Menor a Iberia, no llegan hasta el «Magreb». Cruzan los grandes ríos, el Danubio o el Rin, las montañas, los Balcanes, los Alpes, los Pirineos, pero se detienen ante el «río Océano» de Gibraltar. ¿Será porque los fenicios están presentes desde muy pronto —si no con factorías, al menos con ocasión de citas comerciales— desde la bahía de Cádiz a la actual Túnez? En cualquier caso, en el punto más alto de su desarrollo colonial, los fenicios se encontrarán solos frente a un amplio país africano, poco poblado, primitivo, por el que pululan los animales salvajes, en una posición de monopolio de la que se aprovecharán. Estos pueblos mal sedentarizados, mal situados en la vía del progreso, son demasiado fáciles de engañar. Cartago se aprovechará también, durante mucho tiempo, de estos indígenas que le rodean y de los que, no menos atrasados, cruzando el Sahara,
traen el polvo de oro, hasta el actual Río de Oro[41], en el Atlántico, o hasta las orillas del Túnez meridional.
Estos tráficos suponen una civilización victoriosa de la inmensidad sahariana, pero desde el Neolítico, tenemos las pruebas de ello: la difusión, con ejemplo, de algunos útiles líticos muy particulares, cuyo mapa de distribución coincide de forma muy significativa con el de pinturas rupestres de carros uncidos a caballos, estos últimos propagados con seguridad por los mercenarios libios que servirán en el ejército egipcio del Imperio Nuevo, en el siglo XVI (en el momento en que Egipto acababa de adoptar el carro tirado por caballos de los hicsos). Así pues, existen vías que van desde Egipto hasta Marruecos, al oeste, hasta Níger, al sur. En algunos puntos de estos recorridos, el civilizado puede obtener a buen precio el metal amarillo mediante el ventajoso comercio mudo, del que Herodoto nos dio una imagen excelente.
Dejando de lado África del Norte, Occidente es ante todo Europa central y oriental, la Europa que a Emmanuel de Martonne le gustaba definir como un embudo cuyo ancho disminuye a medida que vamos hacia el oeste: el pequeño «cabo asiático», inmenso a la altura del «istmo» ruso, se hace más pequeño en el «istmo alemán» y más todavía en el «istmo» francés. De este a oeste, la estepa siempre ha expulsado sus excedentes demográficos, campesinos en busca de tierras, hombres que huyen de otros hombres, pastores con sus familias y rebaños. Hacia el sur, el embudo está bastante agujereado, mucho en la península de los Balcanes, pero con pasos estrechos que conducen a esos universos semicerrados que son Italia más allá de los Alpes e Iberia cruzando los Pirineos.
Tenemos pues, para los pueblos que se dirigen hacia Occidente, una serie de obstáculos: la estrechez acentuada de la península que es Europa, las barreras montañosas y fluviales, los densos bosques, sin hablar de las poblaciones campesinas que ya se encuentran allí. Sin embargo, los tránsitos de este a oeste, siguiendo el eje Cáucaso-Atlántico, se aceleran con la invención de medios revolucionarios de transporte (la carreta, el carro de tracción animal, el caballo montado). Así encontramos esta serie de invasiones que dudaron, a lo largo de los siglos, entre Oriente Próximo y Occidente, para terminar siempre su carrera en el Mediterráneo.
Siempre se ha tratado de movimientos discontinuos, que rehacen en cada escala nuevas bases de partida. Funcionaron como etapa la Bactriana (Turquestán), los llanos del mar Negro (del Ponto Euxino), la región del Cáucaso, Tracia, la llanura húngara, las costas de Iliria. Hacia Occidente, en el primer milenio, hará las veces de reserva una prodigiosa Europa central, todavía sin civilizar, con bosques inmensos, ríos errabundos, como la Siberia forestal de nuestros días. En ella se instalaron gran número de agricultores desde el Neolítico, en las tierras de loess, fáciles de remover, desprovistas de árboles. Estos depósitos limosos que se alinean siguiendo el antiguo frente de los glaciares, forman una cadena continua, desde Rusia hasta Île de France. También se abren claros en el bosque con hacha de piedra o metal y mediante incendios. La agricultura neolítica instala así sus aldeas, sus plantas, sus animales domésticos, el arado y las yuntas de bueyes. Además, la abundancia de minerales favorece una metalurgia precoz, que ya existe cuando los herreros itinerantes de Oriente, los «portadores de torques» llegan a Europa central, por el Adriático y los Balcanes, a principios del II milenio. ¿No se daban todas las condiciones para que los metales —cobre, plomo, oro, pronto el hierro— transformaran vigorosamente esta Europa? La mano de obra es experta, el mineral abundante, los bosques aportan el combustible necesario.
Por todas estas razones, los hombres se acumulan entre el Rin, el Danubio, el Báltico y el mar del Norte. La historia de Occidente no viene toda de aquí, pero se construye a partir de esta reserva de hombres, siempre dispuesta a echarse a andar, como una marmita en permanente amenaza de explosión, y que al parecer explota dos o tres veces. La imagen no es absurda, siempre que se corrija en ella todo lo que tiene de repentino, de súbito. Las invasiones indoeuropeas tardaron siglos en realizarse. Su historia se ha vivido a menudo a cámara lenta.
Indoeuropeos e invasiones celtas
Al finalizar la edad del Bronce (siglo XII) ocurre un hecho fundamental en esta protohistoria de la Europa central: la llegada de nuevos pueblos indoeuropeos, varios sin duda y bastante diversos, pero que tendrán tiempo de mezclarse, de intercambiar sus bienes, incluso sus formas de hablar, y que poseen todos ellos desde un principio la característica que los marca para los arqueólogos: se trata de pueblos incineradores. No es cosa absolutamente nueva —ya hubo en Europa incineradores— pero la novedad es la amplitud y el valor de ruptura con las civilizaciones anteriores. Se han localizado por todas partes «campos de urnas», amplios cementerios de «tumbas planas» en las que se entierran, unas junto a otras, las urnas que contienen las cenizas de los muertos.
Ante esta oleada, los inhumadores resisten, retroceden, ceden terreno en inmensas zonas. Desde Europa central, los pueblos de los campos de urnas llegan a Italia —podría tratarse de los umbros y los villanovienses; hacen retroceder a los ligures (para dar este nombre obsoleto a invasores más antiguos todavía, quizá preindoeuropeos); ocupan el este de Francia, llegan al valle del Ródano, cruzan los Pirineos, hasta Cataluña y la zona de Valencia. Hacia el norte, ocupan una franja de las islas Británicas. Todos estos recién llegados incineradores son, sin duda, indoeuropeos, mezclados con los campesinos neolíticos que se van encontrando. Estas mezclas preparan la decadencia final de la incineración.
Toda esta era europea, cuya agitación y turbulencia se adivina, sigue siendo la del Bronce, pero con el siglo IX, aparece el hierro, que precipitará el curso de los acontecimientos. Veamos qué quiere decir precipitar. La primera edad del Hierro corresponde a la civilización llamada de Halstatt (nombre de una estación, quizá mal elegida, del Tirol), pero el hierro se contenta con aparecer por allí sin desempeñar ningún papel. Su uso no se generalizará hasta pasado el siglo VI, con la segunda edad del Hierro, la civilización llamada de La Téne (nombre de una estación al norte de Neuchátel) que durará hasta la conquista romana. Es precisamente en la edad de La Téne cuando explota realmente la marmita, con el despliegue tumultuoso de las invasiones celtas.
Los dos mapas anexos de la expansión de los pueblos de los campos de urnas y de los brotes célticos simplifican demasiado el problema, prejuzgan soluciones que no están probadas, pero evocan con acierto y claridad, y es lo esencial, dos enormes brotes sanguíneos que se superponen, o mejor, se completan. Europa, de Bohemia a la Galia, se convierte en un poderoso corazón cuyas pulsaciones viajan a lo lejos hasta los países mediterráneos, tan diferentes de las tierras nórdicas por su naturaleza —el sol, la vid— y por su historia. Se establece un diálogo decisivo.
Sin duda no hubo que esperar a la edad de La Téne, ni siquiera a la anterior de Halstatt, para que se intercambiaran las primeras palabras. En el momento en que los aqueos abordan la península balcánica, a principios del segundo milenio, la poderosa máquina de fabricar y proyectar a los hombres ya estaba en marcha. Sin embargo, en el primer milenio todo se dramatiza. Las civilizaciones del Mediterráneo descubren la potencia biológica de vecinos turbulentos, inquietantes. Con diferentes nombres —celtas, galos, gálatas— describirán a hombres extraños, valerosos, bastante fanfarrones, altos, rubios, de ojos azules. Son oleadas de hombres, porque ya no los vemos llegar, como antes Henri Hubert, «en paquetitos, que se deslizan unos junto a otros, a través de los amplios espacios continentales». «Las invasiones preceltas y celtas —escribe André Varagnac— se realizaron mediante desplazamientos de poblaciones enteras, como en la imagen que nos dejó César en su descripción de la migración de los helvecios, al principio de la guerra de las Galias».
Su peso humano es lo que da valor a las invasiones celtas. Estas poblaciones seguían siendo turbulentas en su punto de destino, por lo que hubo que calmarlas, dominarlas por la fuerza. En todos nuestros libros de historia se los presenta como tristes vencidos. Sin embargo, sus numerosos campesinos, sus dotados artesanos echan raíces y se quedan. No estamos seguros de que se pueda hablar de la inmensa derrota de los celtas que tras «civilizar Europa, como los griegos civilizaron el Mediterráneo», supuestamente fueron barridos por Roma. ¿Qué significan las palabras victoria o derrota, aplicadas a masas vivas que se instalan, perduran y todavía son reconocibles en nuestros días? Una civilización tensa sólo puede vivir con una entrada continua de hombres. Estos determinismos biológicos funcionaron para Mesopotamia, para Egipto, y también para Roma; dan un sentido profundo a los estruendos de las «invasiones».
Sin embargo, los celtas, aunque tienen una civilización material de alto nivel, siguen en una fase social poco evolucionada. En tiempos de Halstatt, los reinos habían permitido la concentración de las riquezas en amplias casas fortificadas, como en una civilización palatina. La Téne se marca por una «democratización», o más exactamente, con la llegada de repúblicas aristocráticas turbulentas. El mundo celta es la yuxtaposición de tribus poderosas en el que las ciudades no se desarrollan demasiado bien. Polibio, que describe a los boios de Cisalpina, los muestra diseminados por el campo, ateijistoi, sin ciudades, y cuando éstas existen, sin fortificaciones. ¿No era inevitable que estas células elementales se acabaran disolviendo en los tejidos nobles, fuertemente urbanizados, del mar Interior?
En los orígenes de las migraciones celtas
La historia general debe explicar el origen de las amplias migraciones celtas. Los celtas podrían haber huido de las regiones superpobladas donde, al norte de los Alpes, el clima a partir del año mil era ya más o menos el clima actual. El frío creciente acarreó una concentración del hábitat, expulsando quizá a una parte de los incineradores de la edad de Halstatt. Es más seguro que se tratase de movimientos en cadena procedentes del este. Los cimerios, establecidos en la Rusia meridional en el siglo IX, son los descendientes de los indoeuropeos seminómadas que se habían instalado allí hacia el segundo milenio, expulsando a los campesinos de la cultura de Tripolje. Luego los jinetes escitas, al llegar a los Cárpatos en el siglo IX, empujan a los cimerios «lo que corresponde curiosamente a los inicios de la primera civilización del hierro», es decir, de la civilización de Halstatt. Unos siglos más tarde, los escitas vuelven en masa a «Escitia», en la estepa del Ponto. Esta vuelta se sitúa a comienzos del siglo VI: es la época de La Téne, de las expediciones germánicas y de la llegada de los celtas a la Galia, con sus carros de guerra: los jefes galos en Champaña se hacen enterrar con sus carros, como sus lejanos homólogos de Armenia. Esta arma, pronto anticuada, se perpetuará lo suficiente para que Julio César tenga la sorpresa de encontrarse en Inglaterra con carros de combate.
Conclusión: las oleadas sucesivas de indoeuropeos, estas explosiones de hombres que llamamos invasiones, se producen, las primeras, hacia el año 2000, a la altura del mar Negro, entre el Cáucaso y Hungría; las segundas entre el 1500 y el 1000 desde Hungría y Bohemia; las últimas, las aventuras celtas, a partir del 600, desde el otro lado del Rin y la Galia. El centro de explosión se va desplazando lentamente de este a oeste, pero ¿no es una sola y
misma historia?[42].
La metalurgia del hierro
Hemos podido trazar un cuadro de estos siglos oscuros (siglos XII-VIII) sin hablar demasiado de la metalurgia del hierro. Originaria del Cáucaso, o más bien de Cilicia, la carburación del hierro (la fabricación de un hierro endurecido, acerado por la incorporación de carbono) fue en realidad, durante mucho tiempo, monopolio del imperio hitita. Si los Pueblos del Mar, sobre todo los filisteos, tuvieron armas y útiles de hierro, quizá se deba a sus contactos con los hititas o con Cilicia. Puede ser, como se ha dicho a menudo, que el hundimiento del imperio hitita haya favorecido la dispersión por todo el mundo de los herreros y sus procedimientos misteriosos, considerados a menudo diabólicos. ¿No han tenido todos los pueblos sus dioses herreros, personajes bastante sombríos? El hierro implicaba procedimientos inéditos cuya divulgación y dispersión fueron naturalmente muy lentas. El tránsito desde una estructura antigua, la edad del Bronce, a la estructura nueva, la del Hierro, será interminable.
En Mesopotamia, donde las cosas suelen ir más deprisa que en otros lugares, la caída del precio del hierro, prueba de la extensión de su uso, no se produce hasta el siglo X; ¡en Egipto, la utilización más amplia del nuevo metal no se sitúa antes del 600, o más! Europa central, rica en minas, es durante mucho tiempo ambivalente: hasta el siglo VI, el bronce mantiene sus prerrogativas para la fabricación de armas y útiles.
Esta penetración a trompicones de la «revolución del hierro» obedece a la regla de aquellos tiempos, que excluye cualquier exceso de velocidad. Además, ¿de qué estamos hablando? De un metal que sustituye a un metal. Almagro Basch (1960) no se equivoca del todo cuando afirma que «el hierro no representó, en la evolución de la civilización, la transformación profunda que había supuesto la metalurgia del cobre y sus aleaciones». La lentitud del éxito del hierro permite ser escépticos sobre un materialismo explicativo que parece sin embargo verosímil a primera vista. No, el hierro no democratiza inmediatamente la guerra; no, las armas de hierro no aparecen de la noche a la mañana. Hay un detalle decisivo que se retrasa: por ejemplo, el importante invento de la soldadura. Según la leyenda, se inventó en Cos, en el Egeo. La primera pieza soldada que conocemos es un reposacabezas de hierro encontrado en la tumba de Tutankamón, que data de 1350 aproximadamente. El procedimiento será insólito durante mucho tiempo, hasta el punto de que un trébede de hierro soldado se conservará hasta la época romana entre los tesoros de Delfos, como un objeto raro. ¡No olvidemos que en el siglo VIII, en tiempos de Homero, Aquiles ofrece una bola de hierro como premio en los juegos funerarios de Patroclo!
El hierro tampoco transformó inmediatamente las herramientas. Es evidente que después desempeñó un papel importante en la mejora de los rendimientos agrícolas, pero ¿a partir de qué época? Presentarlo, con los ojos cerrados, como la causa de la caída de los precios del trigo en Asiría, entre los siglos VIII y VII, quizá sea un tanto arriesgado. ¡El precio del trigo depende de tantos factores, de la seguridad, de las posibilidades de importación, de las estaciones!… Rhys Carpenter diría sin duda: ¡el siglo VIII es la vuelta de los tiempos lluviosos!
La escritura alfabética
El alfabeto es también una revolución de estos siglos sin brillo. Todo Oriente Próximo, en tiempos del Bronce, había conocido la escritura, los jeroglíficos en Egipto, el cuneiforme en toda Asia anterior, el lineal A y el lineal B en Creta, sólo el lineal B en la Grecia minoica. Son escrituras ya simplificadas, pero difíciles de manejar, que exigían hombres especializados. Los escribas eran una casta de letrados, decididos a defender las prerrogativas y el orgullo de su oficio, a mantener su secreto, incluso sus dificultades. Sólo sorprende a medias que este lujo tan pesado desaparezca bruscamente en lo que será Grecia tras el fin de Micenas. Una técnica más sencilla se hubiera implantado más fácilmente entre los bárbaros indoeuropeos.
Esta técnica sencilla, revolucionaria, maravillosa, se elabora al final del segundo milenio y sale a la luz, a nuestros ojos, con el alfabeto lineal llamado fenicio. Los veintidós signos de este alfabeto corresponden únicamente a consonantes que son, como sabemos, la arquitectura esencial de las lenguas semíticas. Cuando los griegos copien el alfabeto fenicio, en el siglo VIII, les faltarán los signos correspondientes a las vocales para anotar su idioma de forma inteligible. Darán pues valor de vocales a algunas consonantes semíticas que no conoce el idioma griego. Así el alfabeto estará completo: consonantes y vocales. Pero éste es el final de una larga historia.
En Siria, lato sensu, y especialmente en Ugarit y Biblos, se elaboró con mucha anticipación la revolución simplificadora. En estas dos ciudades tan activas, todos los negocios, todos los idiomas, todos los pueblos se encuentran a lo largo del segundo milenio. Un mercader que no dispone del costoso estilo de los escribas necesita un método rápido de transcripción para sus contratos, sus facturas, sus cuentas, sus cartas. La escritura complicada, creación pomposa de los Estados, deja paso a la escritura rápida, creación lógica de los mercaderes. El más antiguo de estos intentos —el ugarítico de los documentos de Ram Shamra—, utiliza los signos cuneiformes para su alfabeto de treinta letras. Encontramos este abecedario (el más antiguo que se conoce) inscrito en una tablilla del siglo XIV.
El alfabeto lineal se desarrolla al mismo tiempo en las regiones cananeas, entre los siglos XV y X. Algunos creen poderle asignar como origen una escritura que utilizaban, en el segundo milenio, los obreros semitas de las minas egipcias de turquesa, en la península del Sinaí —escritura semijeroglífica, semialfabética, en el sentido que recurre al principio de la acrofonía: utilizar un signo silábico de tipo consonante más vocal con un único valor consonantico. Este signo se convierte entonces en una auténtica letra alfabética. La idea es la misma que vale para deletrear un nombre en una llamada telefónica: señor Durand, D de Dinamarca, U de Úrsula, etc. Los semitas procedieron de esta forma para elegir y dar nombre a sus letras alfabéticas: el signo Beth, que significaba casa, se convierte en la letra B del alfabeto (¡B de Beth!), dando a continuación la letra griega Beta.
Esta elaboración tan lenta desemboca en la escritura fenicia que triunfa en el segundo milenio: sencilla, se traza con rapidez con un pincel sobre un rollo de cuero, de pergamino o de papiro; con una punta sobre una tablilla de plomo o sobre la película de cera que cubre la tablilla de madera —como una pizarra fácil de borrar y de volver a cubrir de cera. El ejemplo más antiguo que conocemos es la inscripción grabada, sin duda en el siglo X, sobre el sarcófago (que sí es anterior) del rey Ahiram, rey de Biblos. Las inscripciones hebreas del siglo X reproducen fielmente esta escritura. En cuanto a los griegos, quizá sea en AlMina, antigua ciudad fundada en la desembocadura del Orantes por los griegos de Eubea, que pasó a ser fenicia, donde aprendieron el uso del alfabeto, a principios del siglo VIII. En ese mismo momento, los frigios, muy cercanos, adoptan por su parte un alfabeto derivado del fenicio. Es lo que nos muestra la inscripción de Gordio.
Desde finales del siglo VIII, una copa griega encontrada en Fitecusas, en la isla de Ischia, cerca de Nápoles, lleva una inscripción en verso, y los etruscos acabarán adoptando el alfabeto calcidico (de Calas, capital de Eubea). Es posible por lo tanto que Cumas, colonia de Eubea, haya desempeñado el papel de profesor de Italia en la materia. No obstante, como nada es sencillo en estas transmisiones lentas, se ha descubierto una tablilla de marfil con veintiséis caracteres alfabéticos fenicios en Marsiliana d’Albegna, en una rica tumba etrusca que data aproximadamente del 700. Se asemeja mucho a las tablillas fenicias de este tipo encontradas en Nemrod, en Asiría, y entre los objetos que la acompañaban se encontraban una píxide y un peine, enviados por un mercader de Tiro. Podemos tomarlo como una invitación para utilizar un código alfabético para una correspondencia comercial; es una prueba en todo caso de que se propuso el alfabeto fenicio a los etruscos, además de su adaptación griega.
En ningún sitio se difundió el alfabeto de forma sencilla y rápida. No más deprisa que la metalurgia del hierro o la del bronce. Apenas más deprisa que la agricultura. O que los lentos avances de la moneda o de la economía monetaria. Y sin embargo, ¿quién se atreverá a negar al primer alfabeto el nombre de «revolución»?