Memorias del Mediterráneo
Capítulo VII. El milagro griego
Abramos este capítulo con un diálogo ficticio entre el que dice sí y el que dice no —el que cree y el que no cree en la «Grecia eterna».
Uno dice: «¿Por qué volver una y otra vez a las luces del pasado griego?». Sólo deslumbran si las miramos de muy cerca. Y todo historiador debe tomar distancia, ganar perspectiva. Una obra de Eurípides o de Sófocles conmueve en mí al buen alumno que fui, pero soy ajeno a ellas. Es un mundo diferente del nuestro. Creo, como Wilamowitz, que hay que «limitarse a los griegos y pensar en clave griega sobre lo que es griego»; o como Heidegger, después de haber intentado en vano durante mucho tiempo traducir un verso de Parménides, que «mejor debemos dejar que las palabras griegas nos hablen ellas mismas de los que ellas designan». Toda confusión entre la civilización occidental actual y la de la Grecia antigua es un juego teatral a lo Giraudoux. La coherencia griega implica un universo cerrado sobre sí. No tratemos de penetrar en él por la fuerza, pues todo se convertiría en polvo.
El otro, que ama Grecia sin reservas, que allí vive en espíritu sin creerse por ello ajeno a su propia época, replica: «No hay historia inactual». Esta frase magnífica de Louis Gernet puede traducirse así: la Grecia antigua sigue viva, el hombre griego lo demuestra por una humanidad de base que ha cambiado poco con el paso del tiempo. El pensamiento griego vuela hacia nosotros, se reencarna obstinadamente como las almas de los muertos que el sacrificio de Ulises hacía volver a la vida. Está en Mileto, en tiempos de los grandes jonios; en Atenas, cuando habla Sócrates; en Alejandría de Egipto, antes de brillar en Siracusa con Arquímedes; estará en Roma, pues la reducción irrisoria de Grecia a la condición de provincia romana (146 a. C.) culmina con la conquista espiritual del vencedor; será una flor preciosa de invernadero en Bizancio, la segunda Roma; se volverá a abrir en la Florencia de Lorenzo de Médicis y de Pico de la Mirándola. Y sigue llegando hasta nosotros: «Es en Grecia —escribe Louis Gernet— donde empiezan a esbozarse los marcos de la reflexión filosófica y es un tópico decir que la posición de los problemas esenciales no ha cambiado demasiado desde entonces». Quizá no sea decir demasiado, aunque sí parece exagerado afirmar con un historiador inglés de nuestros días que «los filósofos jónicos abrieron el camino que la ciencia se limitó a seguir»…