México mutilado

Francisco Martín Moreno · Capítulo 6 de 10 · parte 8/8

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México mutilado

Segundo capítulo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

Yo, yo que viví esos años, puedo describir los rostros de mis queridos

colegas, los diplomáticos extranjeros acreditados en esta nación, cuando

constatamos que Estados Unidos había declarado la guerra a México, que el

país estaba invadido masivamente por tropas y buques norteamericanos y que,

sin embargo, muy a pesar de estar padeciendo esa terrible coyuntura, Paredes,

el presidente de la República, en medio del conflicto armado, le había cedido

el cargo a Nicolás Bravo el 27 de julio de ese mismo 1846.

Por si lo anterior no fuera bastante, a tan sólo una semana de esta

temeraria e inoportuna renuncia, cuando el presidente sustituto, el propio

Bravo, llevaba en el ejercicio del cargo escasamente siete días, éste, a su vez,

fue derrocado violentamente. Todo parecía indicar que la dramática realidad

circundante no constituía una amenaza lo suficientemente grave como para

invitar a los mexicanos a cerrar filas en defensa de su patria. ¡Horror…! ¿Qué

tendría que suceder —me cuestionaba yo pasmado en mi incredulidad— para

que los mexicanos se unieran y así, juntos, pudieran alcanzar un objetivo de

interés recíproco? Si ni siquiera una intervención armada los unía, qué,

entonces, ¿qué podría hacerlo…?

Pero los juegos alarmantes sobre el alambre a cincuenta metros de altura

apenas comenzaban: el 4 de agosto, el mismísimo verdugo de Bravo, el

general Salas, un incondicional de Santa Anna, se hace del poder sólo para

entregárselo nuevamente al exdictador, quien, según se dice, se colocará la

banda presidencial por novena vez también en este mes de agosto en curso.

Cuatro presidentes en menos de un mes en plena confrontación bélica contra

una potencia naciente: Paredes, Bravo, Salas y Santa Anna. ¡Cuánta

irresponsabilidad! ¿Era muy complejo diferir la solución de las diferencias

internas para atacar a los invasores y, una vez firmada la paz, proseguir con

las difíciles tareas de desanudar los problemas domésticos?

Resulta muy sencillo distraer a los mexicanos de lo realmente importante,

inducirlos a que se peleen como perros rabiosos, mientras que, por el otro

lado, los despojas de lo realmente sustancial. Al arribo de Santa Anna bastaría

con que lo depusieran del cargo para que estos fanáticos, hijos nuestros, se

mataran entre sí por recuperar su banda tricolor y, mientras tanto, los

invasores podrían acercarse a la Ciudad de México, hasta ingresar cantando

por el lado de Xochimilco, apropiándose de todo su país…

 

Tienen toda la razón en buscar a un príncipe europeo: ellos son incapaces de autogobernarse. Sépanlo muy bien: de continuar este caos político y esta corrupción galopante, muy pronto podremos asistir a la absorción total de México a Estados Unidos. ¡Ay!, la que fuera nuestra colonia más rica y próspera, con cuya riqueza nos consolidamos en el resto del mundo…

En ese mismo agosto, en el Congreso norteamericano los abolicionistas pierden la votación para prohibir la extensión de la esclavitud en Texas. Este nuevo estado será esclavista. Pocos entreven la amenaza política que se cierne sobre Estados Unidos. De seguir la división racial puede darse una guerra civil que convierta en astillas los sueños de los Padres Fundadores. California y Nuevo México, parte de Chihuahua y Sonora pueden desquiciar la composición de las Cámaras de representantes y hacer abortar el proyecto original de las trece colonias.

En lo que hacía a Polk, el presidente de Estados Unidos, no se detiene ante nada. No tenía tiempo que perder. Armaba su tejido como la araña teje su red. Metódico, convincente, puntual y asesino. Declara ante el Congreso de su país que el objetivo real de la guerra es «el agrandamiento territorial de su país». No le importa que desde la oposición le griten «corsario», «filibustero», «ladrón», «mentiroso». Tampoco le hiere que en un discurso en el propio Congreso, el senador Corwin le dijera a la cara: «Si yo fuera mexicano le diría: ¿No tiene usted espacio para enterrar en su país a sus propios muertos? Pues si viene usted al mío los recibiremos con las manos llenas de

sangre y les daremos una feliz bienvenida en tumbas muy hospitalarias…». [95] El presidente no se conmueve ni se impresiona. Slidell Mackenzie ya había zarpado el 14 de junio, rumbo a La Habana. El plan estaba en marcha. ¿Su misión ante la opinión pública? Estudiar los movimientos de los corsarios en Cuba y en el resto de las Antillas. ¿El objetivo secreto? Entrevistarse con el exdictador mexicano, Antonio López de Santa Anna, para constatar una a una, las aseveraciones y las promesas vertidas a través de la persona de Atocha en la Casa Blanca. Buchanan ordena al cónsul Campbell «facilitar los trabajos de Mackenzie para hacer acopio de información sobre el modus operandi de los corsarios en Cuba y en Puerto Rico».

Para la inaudita sorpresa de Polk y de Buchanan, muy a pesar de sus esfuerzos por evitar todo tipo de filtraciones, cuando la luz del enorme faro del cabo Henry ni siquiera se había perdido de vista, el New York Journal of Commerce, publica en su primera plana: «El Comandante Mackenzie zarpó el 14 de junio de Norfolk en Estados Unidos a bordo del bergantín Truxton, en dirección a La Habana, encargado de cumplir una misión con Santa Anna».

La expedición se hace del dominio público. Los gritos rabiosos de Polk ya no alcanzan los oídos de Mackenzie, quien de pie, en la proa, desafiando al viento nocturno, despeinado, sujeto de uno de los mástiles, espera con ansia los aromas del Mar Caribe y sueña con nuevos papeles diplomáticos o navales: se contempla en un cuadro al óleo de cuerpo completo, ubicado en el enorme hall central del Departamento de Marina, exhibiendo su uniforme de gala como supremo almirante de la mar océana, con los brazos cruzados, sosteniendo una pipa con la mano derecha, mientras que a sus espaldas se distingue un colosal mapamundi, dibujado sobre un viejo pergamino. Seré el Nelson norteamericano…

En la mañana del 5 de julio, Mackenzie es el primero en descubrir, a la distancia, la figura de El Morro. Una suave brisa matinal acerca al Truxton hasta el muelle, mientras decenas de gaviotas sobrevuelan, curiosas y juguetonas, alrededor del bergantín en busca de pescado. El viento veleidoso las hace subir o descender sin apartarse de la embarcación. El día es claro, si acaso al fondo, del lado de la costa Atlántica, se distinguen unas nubes inocuas acostadas sobre la línea del horizonte. Las aves, de un blanco impoluto, integran un alegre y festivo comité de recepción. En ocasiones flotan inmóviles, después, agitan brevemente sus alas para mantenerse en el vacío. Retozan. El sol acaricia la piel a esas horas del amanecer. El arribo, en calma chicha, reconforta los sentidos. El barco se desplaza lentamente en dirección a su destino final ayudado por las olas que se dirigen a la playa. El piar de un tocororo rompe el silencio. Sorprende a los viajeros con su plumaje azul, blanco y rojo, precisamente los colores de la bandera norteamericana. El comandante-embajador piensa en obsequiarle un pájaro similar, disecado, al presidente Polk. El primer recuerdo de La Habana.

El comandante es el primero en saltar a tierra firme sin requerir la ayuda de nadie. Besa la proa de la nave, la golpea dos veces con el puño cerrado, a modo de un especial agradecimiento. El intenso calor se hace sentir de inmediato. Las camisas blancas, sueltas, de manga larga, de inmediato se adhieren húmedas al pecho. El rostro de Mackenzie, cruzado por arrugas a sus cuarenta y tres años de edad, se puebla de pequeñas perlas de sudor. La sal del mar acaba con todo menos con el honor, repetía hasta el cansancio a sus subalternos y amigos. Al momento arriba un carruaje descubierto tirado por un par de caballos famélicos. Lo aborda Mackenzie sin descuidar que su baúl, forrado en cuero café con sus iniciales, sea debidamente acomodado en la parte trasera. Un grito inentendible y un latigazo bastan para que las bestias se pongan en movimiento al trote reposado en dirección a La Habana, la vieja. El malecón está custodiado, al fondo, por una larga línea de Palmas Reales, de los pocos árboles, según le explican, con la capacidad de resistir la embestida de los más poderosos vientos huracanados. La naturaleza es sabia, se dice en silencio. Sólo sobreviven los más fuertes, los más dotados. Si el pez grande se come al chico, de la misma forma, tarde o temprano, absorberemos todo el hemisferio sur. Veremos ondear el mismo lábaro de las barras y de las estrellas en lo alto del Capitolio, en Washington, otro, aquí, en Cuba, y uno más, en el estrecho de Magallanes. El triángulo perfecto.

Se instala en el hotel Siboney. De inmediato envía a un mensajero al consulado norteamericano con una carta, redactada el día anterior a bordo del Truxton, dirigida a Campbell anunciándole su arribo, así como la inaplazable necesidad de entrevistarse con Santa Anna, a la brevedad posible. La respuesta no llega sino hasta dos días después: Su Excelencia, don Antonio López de Santa Anna, lo recibirá en su residencia, en el camino a Varadero, el día 8 de julio a las 17:00 horas. El señor presidente (nunca se apeará del cargo) le suplica su puntual asistencia «dadas las

complejidades relativas a la administración de su agenda…». [96]

Cuando Santa Anna supo de la visita la tarde anterior, echó al aire una serie de papeles, incluidos los «intocables», reinas mías, les había ordenado a las mulatas del servicio doméstico: a este escritorio jamás le quiten el polvo, ¿está claro?, ni lo limpien ni se acerquen ni mucho menos lo arreglen, porque cada una de ustedes me las pagará al triple, ¿me entienden…? Mientras las cartas, cartapacios, documentos, sobres, secantes y envoltorios caían al piso, el exdictador salió corriendo atropelladamente en busca de Dolores. Aquella, al oír los gritos, presumió un nuevo ataque amoroso de su eterno galán. Lo percibía. Cerró los ojos, juntó las palmas de las manos, echó para atrás la cabeza mientras las agitaba brevemente como quien invoca la santa piedad del Señor. Más le valía a Gómez Farías concluir los arreglos para la repatriación de su marido antes de que éste acabara con ella entre tantos otros desahogos más. Cuando doña Lola escuchaba tras de las puertas los comentarios de las «chicas del servicio» en relación a las persecuciones de que eran víctimas por parte de su marido, en el fondo descansaba… Ella, según le hacía saber a su madre en cartas privadas, «no podía con el ímpetu viril de su esposo» y, en ocasiones, hasta pedía en silencio «que se fuera por ahí, con otra mujer, para ayudarle a cargar el peso de las obligaciones conyugales. ¿Mi papá también te perseguía por toda la casa con aquello en la mano…?».

Esta vez Dolores se equivocaba. Efectivamente la buscaba mientras repetía con insistencia su nombre y azotaba las puertas al no dar con ella. Cuando la encontró en el vestidor arreglando sus sandalias de acuerdo a la intensidad de los colores amarillos, los del verano, la abrazó, la levantó en vilo, la estrechó, la besó en el cuello y la hizo girar, ésta vez sin caerse, como cuando ambos rodaron por el suelo, entre carcajadas, al romperse en dos la maldita pata de palo.

—¿Sabes quién está ya en La Habana y viene a verme mañana mismo, amorcito…?

—El padre Frías, mi confesor —repuso ella, sin congelar el júbilo del Benemérito.

—No; alguien muy importante para mí, cuya visita he esperado por mucho tiempo —repuso sin decepcionarse ni inquietarse ni soltar a Dolores. A las mujeres quiérelas como son…

—Ya sé —dijo Lola, Lolita, Lola, colgándose del cuello de su marido—. Otro hijo de Gómez Farías que viene a decirte que ahora sí todo está listo; que saldremos rumbo a Veracruz en el primer barco, que la comitiva ya te espera en el puerto y que darán veintiún cañonazos para honrar tu presencia…

—¿Te estás burlando? —cuestionó, poniéndose serio.

—De ninguna manera —lo besó repetidamente—; sólo que ya hemos pasado del calor al frío esperando muchas veces la tan cantada visita que, la verdad, ya no sé ni qué creer.

Sabiendo que su esposa festejaría todo aquello que él celebrara, la jaló hacia sí para decirle al oído: el presidente Polk de Estados Unidos me ha mandado finalmente a su mensajero, del que tantas veces me habló Atocha, ¿te acuerdas?

—Sí, claro que sí —exclamó eufórica doña Lola sin tener la menor idea de la persona a que se refería su marido. Sólo que cuando aparecía el nombre de Polk, puesto así, en medio de la conversación, era conveniente recapacitar sin tanta festividad

—¿Polk…?, dijiste… ¿Y quién es el enviado? ¿Lo conoces?

—No sé si es hermano o sobrino de Slidell, el embajador que Herrera y Paredes se negaron a recibir, ¿te acuerdas?

—Claro, claro, sí, sí, mi amor…

—Pues viene mañana en la tarde, a las cinco. Han mordido el anzuelo, mi vida, se lo han tragado entero con todo y carnada —exclamó sonriente, festejando su astucia —. Ahora tengo que tirar hábilmente de la cuerda para que no se me rompa —repuso soltando a su mujer y dirigiéndose a la cama para sentarse en una esquina—. Esto va en serio. De ser cierto estaremos saliendo otra vez para México en las próximas tres semanas. Si Polk ordena que se rompa el bloqueo para permitirme desembarcar en Veracruz, escúchame bien —repitió entusiasmado y frotándose las manos—: si Mackenzie trae consigo el salvoconducto, sin duda volveré a ser el presidente de México —alcanzó a decir sin comprometerse con más palabras en relación a sus planes—. Está claro que Atocha convenció a Polk y vienen a ratificar mi propuesta. Llegan atrasados, pero ya están aquí.

—¿Qué les serviremos? —preguntó Dolores sin percatarse del significado de las palabras finales pronunciadas por su marido.

—Por supuesto que le daremos de mi tequila favorito. Saca los chatitos de vidrio soplado. Sirve unas chalupitas y prepara todo en el Salón de la Gloria. Que limpien mis uniformes y las vitrinas y cómprale a Juancillo un traje de mayordomo y unos zapatos para que parezca persona… Ya verá este mequetrefe lo que es entrevistarse con el Napoleón del Oeste…

—¿Te mando la salsa roja picante para que lo enchiles como al cónsul Campbell?

—No —repuso Santa Anna sonriendo ampliamente—, no, esta vez no.

—¿Te acuerdas —recordó doña Lola a punto de soltar una risotada— que el pobrecito rompió todo el protocolo y entró como un auténtico loco a la cocina para sofocar con algo el fuego de la boca y, con tal de escapar a su tortura, echando mano de lo que fuera, sin preguntar, hundió una y otra vez el dedo en el guacamole que picaba mucho más aún y todo lo que logró fue que también se le incendiaran los labios, los ojos y la lengua? El gordito aquel se bebió casi toda el agua de la isla y ni así logró sofocar la quemazón…

La señora Santa Anna se sentía muy reconfortada cuando hacía reventar a carcajadas a su marido, objetivo muy sencillo de alcanzar porque éste siempre estaba listo para festejar la menor ocurrencia de su mujer en forma, por demás, escandalosa.

—¿Te acuerdas Toñis, cómo al pinche gordo ése sólo le faltaba enchilarse el culo? —cuestionó doña Lola a sabiendas que si algo la unía con el exdictador era precisamente su sentido del humor. Cómo reían. Las carcajadas las escuchaban en toda la finca.

Si la primera indiscreción, impropia de un agente secreto norteamericano, la comete Mackenzie al confesar su misión a un «amigo» del New York Journal of Commerce, incurre en una segunda equivocación al llegar a la residencia del exdictador mexicano y entregarle a Juancillo Trucupey su tarjeta de presentación, indicándole al mozo en un buen castellano, que venía de parte del presidente de Estados Unidos. ¿Cómo abrir su juego así, a un desconocido, cuando su identidad, supuestamente, se debía preservar fuera del alcance de todos los curiosos, incluido, desde luego, el buen Juancillo? Mal comienza la semana al que ahorcan en lunes…

Momentos después, vestido con toda propiedad, Juancillo regresa con instrucciones de conducir a Mackenzie al Salón de la Gloria. Ahí habrá de esperar unos minutos, concebidos intencionalmente como parte de la estrategia del Benemérito, para dar una efímera idea al embajador de los tamaños de la personalidad de su futuro interlocutor. No, no venía a rendir honores al jefe de una tribu ni al supremo sacerdote de una población extraviada en la serranía ni, mucho menos, visitaba a un funcionario menor del gobierno mexicano. No, muy pronto estaría enfrente de El Visible Instrumento de Dios, el Gran Almirante y Mariscal de los Ejércitos y Padre del Anáhuac.

Mackenzie no pudo ocultar su sorpresa al ingresar en el salón. Las ventanas estaban cerradas para darle más solemnidad. Las cortinas permitían el paso de una luz discreta y protocolaria. El silencio era escrupuloso. No era momento para oír el sonido del bongó ni del chuchumbé ni bailar el siquisiri. Sólo faltaban un par de guardias para sentirse en el recinto de un museo. Sintió que entraba a un templo. Por alguna parte extrañó las veladoras parpadeantes. ¿Así sería la sala de trofeos de Nelson o de Napoleón? El embajador norteamericano permaneció inmóvil unos momentos antes de desplazarse con los brazos cruzados en el pecho, alrededor de las vitrinas ubicadas en el centro del salón. Ahí, de pie, leyó algunas de las inscripciones grabadas en las condecoraciones, así como las explicaciones que justificaban su otorgamiento por parte de un sinnúmero de gobiernos extranjeros. Mientras el comandante norteamericano tocaba la manga de la guerrera usada el día de la toma de posesión de Vicente Guerrero como presidente de la República, quien también se arrepintió hasta las lágrimas de no haber colgado a Santa Anna, su «querido» compadre, escuchó voces y pasos que se acercaban lentamente. En ese instante ya sólo contó con tiempo para tocar la punta de una de las bayonetas tomadas a los españoles en Tampico durante la expedición de Barradas.

Por el umbral de la puerta central aparecieron las figuras de Santa Anna y de Dolores, con quien el presidente rubricaba un acuerdo de última hora. Nunca se imaginó Mackenzie la belleza y juventud de la esposa del exdictador. ¿Por qué alguien puede reunir tantos privilegios y honores? Lo que acabo de ver en esta sala y además, esta mujer que todos desearíamos tener…

Después de hacer una breve reverencia y de besar fugazmente la mano de tan encantadora dama, extendió la diestra firmemente al patriarca mexicano. La mirada de Santa Anna exhibía una gran generosidad y hasta bonhomía. En ningún momento proyectó la de un traidor que vendiera secretos de su patria a un tercero ni filtrara las claves militares de acceso para dominar a México sin mayores complicaciones. Lucía como un hombre tranquilo, proyectaba una gran paz interior, y mostrándose como un ser afable proclive a la sonrisa, a festejar el menor comentario humorístico de su interlocutor. Cordial y comprensivo, Santa Anna se sabía dueño de una simpatía cautivadora, de una risa contagiosa y de una personalidad magnética ante la cual la mayoría se doblegaba. Se trataba de un seductor profesional. La señora Santa Anna alegó cualquier pretexto nimio para retirarse, una vez satisfecha su curiosidad femenina.

Después de un par de comentarios banales en relación a la vida en Cuba, al tiempo, al clima, a la comida y a la música, Mackenzie fue el primero en entrar en materia. Se expresaba en español con sorprendente fluidez, un requisito imprescindible para cumplir con su misión, puesto que era conocida la ignorancia de Santa Anna respecto a la lengua inglesa, por más que su amigo Sam Houston le había enseñado algunas frases durante su cautiverio después de San Jacinto. Ante la sorpresa del presidente, el norteamericano le hizo saber que gracias a los viajes que había realizado por el Mediterráneo a bordo de barcos de guerra de Estados Unidos había publicado a los 26 años de edad un libro intitulado Un año en España y que, desde entonces, única y exclusivamente en sus ratos libres, se había dedicado a

escribir libros, eso sí, con muy escaso éxito comercial. [97]

—Como no escapará a su interés, la semana entrante cumplimos ya dos meses de la declaración de guerra de mi país a México…

—Ha sido una pena —repuso Santa Anna lacónicamente sin mostrar emoción o rechazo alguno. Sabía que al hacerlo el embajador tendría que hablar más y con ello correría más riesgos de equivocarse.

—Mi presidente, señor Santa Anna, me ha instruido para hacerle saber su deseo de no continuar con la guerra. Queremos firmar cuanto antes la paz a través de un tratado que nos otorgue todos los derechos territoriales sobre California y Nuevo México, pagándoles por supuesto a ustedes la cantidad, nada deleznable, de treinta millones de dólares. A nadie conviene la guerra, mejor hagamos una fructífera transacción mercantil sobre tierras que ustedes tienen olvidadas —adujo el marinero vestido en traje de gala blanco con insignias reveladoras de su jerarquía naval.

Santa Anna negó suavemente con la cabeza. Se puso de pie para exhibir su camisa de manga larga y sus pantalones blancos. Vestía con toda naturalidad. Con entrar a ese salón ya se podría saber todo de él.

—Tal vez yo no me expliqué lo suficiente con Atocha o Atocha no planteó correctamente mis sugerencias al presidente Polk, pero nunca, jamás, mexicano alguno se sentará a la mesa con los yanquis ni con cualquier otro extranjero para vender parte de nuestro territorio. Eso ya lo pueden olvidar usted, su presidente, su Congreso, su prensa y toda la sociedad norteamericana —argumentó blandiendo suavemente la palma de la mano derecha invertida.

—Entonces la guerra será larga, destructiva, cara, muy cara, sangrienta y dolorosa —interceptó el comandante en plan amenazador, sintiéndose aliviado al escuchar el nombre Atocha en boca del exdictador. Ahora ya no tenía la menor duda de la identidad del español que había visitado a Polk a principios del año como representante-mensajero de Santa Anna. Una buena parte de su cometido se había cumplido antes de lo previsto y sin mediar preguntas. Atocha, ya estaba claro, no era ningún farsante. Podría bajar sus cartas con la debida tranquilidad. La relación con el exdictador ya había quedado demostrada.

—En efecto —aclaró Santa Anna, sin dejarse intimidar—. Si ustedes quieren abreviar la guerra, sólo deben abrir el bloqueo en Veracruz para dejarme pasar en absoluto secreto. Ahí tiene usted una alternativa útil para disminuir los daños y los costos.

En ese momento llegó Juancillo Trucupey con una pequeña charola y cinco o seis vasos diminutos para beber tequila de una botella de la que pendían listones muy cortos con los colores de la bandera mexicana. Al lado derecho aparecía un plato repleto de pequeños bocaditos cubiertos por queso blanco rallado y un recipiente con salsa roja muy picante. Slidell nunca podría imaginar el sufrimiento que representaba, para el joven muchacho, la necesidad de usar zaparos.

El yanqui se deshizo en elogios al probar por primera vez el tequila y más aún cuando degustó las chalupitas hechas, por supuesto, en casa. Santa Anna se abstuvo de hacer una broma en esos momentos tan críticos de la conversación. Ya tendría tiempo de sobra para ello. Además qué tal si Mackenzie venía prevenido por Campbell. De tiempo atrás sabía que los norteamericanos se apoyaban los unos a los otros…

Después de aprender a tomar la sal colocada sobre el dorso de la mano, chupar el limón y dar varios tragos de tequila, el comandante estuvo listo para continuar la conversación. Prefirió sacar de su portafolios unos apuntes para leerlos sin dejar a la memoria las instrucciones de Polk y cometer así una omisión de imprevisibles consecuencias.

—El presidente Polk —leyó Slidell colocándose unas breves gafas que en cualquier momento se le podrían resbalar por la nariz— ve con placer la restauración de usted en el máximo poder de México —señaló cuando Santa Anna ya deseaba una respuesta en torno al salvoconducto para desembarcar en Veracruz.

El Invencible Libertador prefirió callar y escuchar. De hablar se había arrepentido muchas veces, de guardar un prudente silencio, nunca. Prefirió engullir una chalupa entera y esperar a que Mackenzie concluyera la lectura de sus notas. Tal vez así se evitaría discusiones y circunloquios inútiles.

—El presidente Polk desea mostrar su buena fe y, por lo mismo, ya ha girado las órdenes respectivas para permitirle a usted el regreso a su país.

Nunca pensó Santa Anna que la reunión se desarrollaría con tanta facilidad. Por lo visto no había nada qué discutir. ¿Algo habría dicho que detonara la conversación en tan buenos términos?

Mackenzie no pensaba en detenerse ni explicar. Ya posteriormente lo haría.

—El presidente Polk espera que cuando usted regrese al poder suspenda las hostilidades por tierra en términos inmediatos y, acto seguido, nombre a un ministro para lograr acuerdos sobre todas las diferencias existentes entre ambos países.

Santa Anna regresó a su asiento. Contempló a la distancia la bandera del Ejército Trigarante, la misma que él llevó sujeta a la montura el día 27 de septiembre de aquel histórico 1821, durante el desfile de la independencia. Pobre del malogrado emperador: nunca se pudo imaginar los enormes problemas, presiones y dificultades que enfrentaría un México libre de la corona española. ¡Cuántas veces había escuchado decir a Iturbide: Somos, don Antonio, la colonia más próspera de la Nueva España, la más promisoria y ordenada…!

—El presidente Polk —continuó Mackenzie mirando esquivamente las respuestas corporales de Santa Anna, quien ostentaba una manifiesta incapacidad de permanecer sentado en el asiento— promete pagar generosamente a cambio del establecimiento de una nueva línea fronteriza.

¿Santa Anna estaría soñando? Cuando trataba de descifrar su rostro, encontraba en todo momento una expresión de incredulidad. A diferencia de Mackenzie, yo lo conocía en la intimidad y sabía distinguir muecas, gestos, rictus y cualquier otro movimiento de los músculos de su cara. ¿Cómo era posible que le concedieran todos sus deseos? ¿Regresar a México? ¡Acordado! Ya era una realidad. ¿Poder? Ahí lo tienes de regreso. ¡Volverás a la presidencia de México! ¿Dinero? Lo tendrás a manos llenas, en cantidades que jamás imaginaste. ¿Tener la oportunidad de vengarte de los yanquis…? ¡En el momento en que lo dispusiera! Contarás con las armas suficientes para lograrlo. ¿Establecer una nueva frontera? Ya se vería cómo salvar la honrilla de cara a sus paisanos sin comprometer su imagen histórica. La jugada correspondía a todo un profesional de la política: deshacerse, ceder o vender los territorios requeridos por los yanquis sin ser etiquetado de traidor por sus compatriotas, los mexicanos. Entiéndanlo en el nombre sea de Dios: o entregamos los territorios norteños o perderemos todo el país. Negociemos y vendamos ahora mismo que todavía tenemos tiempo… Rescataría, en todo caso, un lugar digno en la historia patria y, por el otro, se quedaría con la mayor cantidad de dinero posible sin prolongar la guerra en exceso. Retirar después, discretamente, los recursos de la tesorería nacional sería un juego de niños… Más tarde, una vez puestos a salvo los sagrados intereses de la nación, podría retirarse a El Encero a disfrutar su papel en la defensa de la patria. ¿Difícil…? Los grandes desafíos, se decía en silencio, están hechos para los grandes hombres…

—El presidente Polk, como usted verá —continuó Mackenzie, retirándose las gafas de la cara a modo de una señal de que había terminado la lectura de su mensaje —, desea porciones importantes del territorio norte de México y está preparado para actuar inmediatamente pagando significativas cantidades de dinero en efectivo.

Mackenzie vio a la cara a Santa Anna. Ambos volteamos a verlo en su carácter de dueño de la escena. Escrutábamos su rostro. A sus cincuenta y dos años de edad lucía muy juvenil. Parecía regresar del Mar Caribe después de un chapuzón. Las arrugas, esas inocultables cicatrices de la vida, no marcaban su piel revelando el paso del tiempo ni delataban la magnitud de las adversidades sufridas. Se le veía tan fresco. ¿Qué le ayudará a este hombre a parecer tan vital? ¿Su cinismo? ¿Su ausencia de lealtad a todo lo que le rodea, su incapacidad para comprometerse con algo o con alguien? ¿La compañía de una mujer hermosa? ¿La pasión por el poder al que siempre aspira y cuando finalmente lo tiene lo desaira para luego volver a conquistarlo? ¿La existencia de las ilusiones se refleja en la piel? ¿Los dolores padecidos se leen en la mirada siendo que este ser único no proyecta ninguna emoción adversa? ¿Será en todo caso un extraordinario actor? Mira sus espaldas invariablemente erectas. No lo ha encorvado el peso de la vida ni el de los años. Mira su sonrisa cautivadora. Mira su hablar con las manos. Mira su simpatía contagiosa. Mira con qué ligereza contempla la existencia. Mira cómo las traiciones no le han hecho mella. Mira cómo las decepciones no lo desaniman. Mira cómo ve para adelante sin voltear jamás la cabeza para atrás…

El Benemérito se puso de pie. Había madurado su respuesta. La agilidad de movimientos es una exigencia en la política y en la guerra.

—¿Esos apuntes que hizo el favor de leerme los tomó usted cuando el presidente estaba hablando? —cuestionó Santa Anna con la debida cautela.

—Efectivamente, general, no deseaba yo incurrir en ningún error de interpretación ni olvidar alguna de las instrucciones —alegó con inocencia el marino norteamericano—. Casi podría decirle que son las palabras del presidente.

—Bien —acotó Santa Anna.

—¿Alguna preocupación en particular…?

—No, muchas gracias, ninguna —agregó acariciándose la barbilla—. Estamos de acuerdo en todo. Antes que nada le suplico a usted externarle al presidente Polk mi enorme agradecimiento por permitirme tan generosamente regresar a mi país para dedicarme de nueva cuenta a los elevados asuntos de Estado que tanto me incumben —el jefe de la Casa Blanca había sido debidamente informado por Buchanan y éste a través de Black, el cónsul norteamericano en la Ciudad de México, del movimiento organizado por Gómez Farías, entre otros políticos más, para instalar de nueva cuenta a Santa Anna en la presidencia de la República. Se sabía que aquél había sido encarcelado en una prisión capitalina, junto con otros cabecillas, por participar en una conjura para derrocar al presidente Paredes, pero que sería próximamente liberado y ello facilitaría el acceso de Santa Anna al poder, siempre y cuando Polk rompiera el bloqueo en el puerto de Veracruz—. Agradézcale también, señor Mackenzie, sus ofertas fraternas de paz, mismas que, desde luego, yo sabré honrar deteniendo la guerra y nombrando a un representante personal para llegar de inmediato a un acuerdo en materia fronteriza y, por qué no, económica.

Mackenzie no interrumpiría por nada a su anfitrión. Necesitaba conocer a la brevedad su posición respecto al resto de los puntos sugeridos por Polk.

—Todos sabemos que la frontera de Tejas con México es el Río Nueces, entonces, ¿cuál es la necesidad de cambiarla al Río Bravo? ¿Por qué insistir tanto en esa franja insignificante cuando el pueblo de México no está dispuesto a cederla a ningún precio y más aún, cuando hay temas territoriales de mucha más trascendencia? —cuestionó Santa Anna de pie luciendo una mirada patriarcal. En todo momento parecía representar un papel.

Mackenzie venía muy bien preparado para no dejar duda alguna respecto a los intereses y propósitos de Estados Unidos. Sabía adular y agradar, pero cuando tenía que precisar los términos de la negociación, sabía conducirse con extrema severidad.

Al presidente Polk y al pueblo de Estados Unidos le tienen sin cuidado las pretensiones de los mexicanos. Estoy aquí para cumplir órdenes muy específicas y no para atender caprichos de salvajes, iba a concluir con esa expresión peyorativa pero prefirió no usarla para no provocar un rompimiento y llegar con malas nuevas de regreso a Washington.

Santa Anna bajó sus manos a la altura de sus piernas. Se sirvió otro tequila y después de beberlo de un solo trago, como para darse fuerza y ánimo, disparó a bocajarro:

—¿Esta es una negociación o es una imposición?

Mackenzie, acostumbrado a los desplantes irreversibles en donde se comprometía el honor, y la dignidad se salvaba con las armas al más decantado estilo militar, cayó de inmediato en el garlito. Las fanfarronadas no estaban a la altura de la dignidad de un hombre bien nacido. Retrocedió, temeroso del fracaso de su gestión. Si en ese momento se hubiera puesto de pie y con un «hemos terminado» se hubiera dirigido a la puerta de salida, hasta ahí lo hubiera alcanzado Santa Anna renqueando e invocando su comprensión. El jalapeño era un maestro en desplantes y encontraba verdadero deleite en hurgar en las intimidades morales y en el temperamento de sus semejantes a quienes, después de someterlos a pruebas de rigor, ya sabía con quién se iba a tomar los tequilas o a jugar el patrimonio en las peleas de gallos. Cuando producía un chasquido de dedos era claro que ya tenía los accesos confirmados para controlar a su interlocutor. A los mexicanos los conocía por la textura de la piel de sus manos o por la mirada o por el andar o por el solicitar o por la manera de llevar el sombrero cuando se descubrían al llegar a la iglesia o por la forma de sujetar a sus mujeres al cruzar la calle o al quejarse o al tomar el tenedor o recoger los frijoles con la tortilla partida en dos o al dar la orden letal a un pelotón de fusilamiento. Conocía a sus paisanos, le bastaba con verlos para saber qué cuerda jalar en cada momento, como si tocara un requinto y extrajera así la nota deseada…

—Ambos países deseamos evitarnos problemas, general, yo cumplo con transmitirle a usted el mensaje de mis superiores. Sólo quisiera decirle que mi gobierno retendrá esa región y pagará abundantemente por ella, magnánimamente, si usted quiere, pero, eso sí, la necesitamos a toda costa.

—De acuerdo, sólo que puede usted cumplir con su encomienda diplomática de manera amable o agresiva. Usted decide con cuál espada se bate a duelo en la madrugada, comandante —sentenció Santa Anna como si se hubiera jugado la vida a espadazos al menos un mil veces al amanecer a los pies del Castillo de Chapultepec o en los tupidos bosques tropicales de Jalapa.

Ambos personajes se apeaban de nombramientos y gentilezas. Santa Anna recurría a ejemplos intimidatorios e introducía en la conversación palabras como «espada», «duelo», «madrugada», como si en cualquier momento fuera a retar a su huésped y a batirse con sus sables sobre la arena de la playa a la luz de la luna. Si Mackenzie hubiera sabido lo que era en México un bravucón, se hubiera crecido al desafío.

—Prefiero el recurso de la amabilidad —adujo sonriente el comandante.

—Bien, muy bien, si no ya estaba yo pensando en hacer traer al cónsul Campbell para que fungiera como su padrino… —remató Santa Anna igualmente sonriente sin dejar de disminuir con sus ejemplos a su interlocutor. En realidad, lo aplastaba.

Los dos soltaron una feliz carcajada, ciertamente artificial, como si revisaran el número de balas que les quedaba en la cartuchera.

De cualquier manera el lenguaje utilizado por Mackenzie le recordó a Su Excelencia que Polk tenía el poder, ¡ah!, que sí lo tenía y no dudaría en utilizarlo con tal de alcanzar sus fines. La prueba estaba a la vista: México y Estados Unidos estaban en guerra y Polk era el único responsable de ello.

El Benemérito recurrió a una salida ingeniosa para disimular sus intenciones. Fue entonces cuando expuso a Mackenzie que antes de ver la llegada de un príncipe español para gobernar México, él estaría dispuesto a negociar un nuevo tratado de límites. Subrayó la importancia de que su conversación se mantuviera en escrupuloso secreto.

—De divulgarse lo que hemos tratado podría ser acusado de traidor, usted entiende, ¿no? —Cuando Su Excelencia solamente buscaba el bien para su patria siendo que el arribo de un monarca europeo regresaría una vez más las manecillas de la historia con todas sus consecuencias—. Con la venta de esos territorios México no perderá nada y, por el contrario, nos haremos de importantes recursos para crecer y satisfacer necesidades populares, «las mínimas que exige el hombre para colocarlo a la altura misma de la dignidad del ser humano».

Mackenzie observaba cómo Santa Anna insistía en la búsqueda de alternativas para dejar a salvo su honor. ¿Acaso don Enrique vendría a sentarse en su trono mexicano cuando precisamente el país anfitrión, el país que lo había invitado a gobernar, se encontraba nada menos que en guerra contra Estados Unidos? España, por su situación económica, no podría apoyar al joven monarca. Tenía casi todo por perder y nada por ganar. Además, el propio Paredes Arrillaga, seguido por Lucas Alamán, ya daban por perdida su causa y, sin embargo, Santa Anna trataba de lucrar políticamente con un cadáver para justificar sus objetivos.

—Además, debe saber usted, comandante —exclamó Santa Anna en uno de sus arranques—: si llegara a imponerse la monarquía en México yo me iría con mi

familia a Tejas y solicitaría al presidente Polk la ciudadanía norteamericana.[98]

Mackenzie no podía entender los alcances de la conversación. No dejaba de tomar notas. ¿Quién le iba a creer en Washington que nada menos el expresidente mexicano había hecho una aseveración de esa naturaleza? Santa Anna se iría a vivir a Texas y se haría ciudadano norteamericano… Oh, my goodness!

—Su gobierno debe entender, señor comandante —continuó Santa Anna como si no hubiera dicho nada trascendente—, que si aceptan mis consejos y cambian su estrategia militar, tal y como yo deseo que se haga, este hecho debe ser entendido como un acto de patriotismo de mi parte y así, y sólo así, podré firmar en paz un nuevo tratado de límites —todavía agregó para fundar aún más su dicho—. Quiero salvar a México del retorno de un reyezuelo español y si el precio de todo ello es elevar el nivel de la guerra con el objetivo de suscribir otro acuerdo fronterizo, juro que lo haré: antes está la supervivencia de mi país. No permitiré que sea absorbido otra vez como colonia europea.

Bien sabía Mackenzie que Santa Anna había criticado y atacado a Estados Unidos por el papel beligerante y encubierto que había asumido en la pérdida de Texas y sin embargo, a pesar de saber cómo detestaba a sus vecinos del norte, se acercaba, a negociar con tal de obtener ayuda para regresar al poder. Era irrelevante discutir los términos de un arreglo con un enemigo o un amigo, nacional o extranjero, si éste haría las veces de puente para que Su Excelencia volviera a sentarse en la silla presidencial. El comandante norteamericano se concretó a alegar:

—Cuenta usted con la seguridad de que mi gobierno sabrá apreciar en la medida de lo que vale su esfuerzo para luchar por la supervivencia de su país.

Eran exactamente las palabras que Santa Anna deseaba escuchar. A partir de ese momento, necesitado de creer en alguien, reveló sus planes y marcó los errores en que estaba incurriendo Estados Unidos en estrategia militar al invadir México.

—Necesitamos hacer creer a mis compatriotas que la situación es desesperada, comandante. Tenemos que asustarlos, plantearles un escenario siniestro, convencerlos de la posibilidad de que todo México sea engullido por ustedes. Uno es el mexicano que llega a sentirse seguro de las situaciones y otro, muy distinto el que reacciona contra el pánico, ahí es donde tenemos que esperarlos con un lazo en la mano — adujo muy entusiasmado—. Cuando estén hundiéndose en las arenas movedizas tendremos que esperar unos momentos más, casi cuando sólo puedan sacar una parte de la cara y de la nariz para respirar, para negociar con ellos. Son muy tercos, los conozco, me hice con ellos, entonces, aceptadas las condiciones, los rescataremos y de inmediato los obligaremos a firmar apuntándoles con una pistola a la cabeza antes de que se les olvide lo acordado…

A Mackenzie lo acosaba la sorpresa por estar con un individuo con características únicas, jamás vistas en su experiencia profesional, al tiempo que lo invadía una gran felicidad al contar con un aliado firme, confiable e incondicional para ganar la guerra a corto plazo quedándose, cuando menos, Estados Unidos con California y Nuevo México. Se trataba de una gran negociación para Washington, allá México con sus políticos imposibles de calificar.

—Le garantizo que será usted considerado todo un héroe —apoyó Mackenzie empujándose los restos de tequila de su caballito—. Ahora dígame cómo y por dónde atacar…

—Dígale por favor al presidente Polk —agregó Santa Anna goloso y volteando instintivamente a los lados para constatar que ni Juancillo se encontrara en el Salón de la Gloria— que debe avanzar sobre Saltillo y hacerse de esa ciudad para que, ya convertida en centro de operaciones, pueda tomar Monterrey y de ahí bajar hasta San

Luis Potosí,[99] lo cual despertará el miedo y también algunas muestras aisladas de coraje que nos acercarán a la negociación deseada.

Era claro que Su Excelencia llevaba mucho tiempo pensando esa solución y de ahí que no le fuera difícil revelarla con toda puntualidad.

—Escúcheme bien, Mackenzie —adujo Santa Anna, obligando a su interlocutor a acercarse más—: al mismo tiempo deben tomar Veracruz, para lo cual es inevitable bombardear el puerto y la fortaleza de San Juan de Ulúa desde su flota anclada en el puerto. Mientras no caiga Ulúa no caerá Veracruz. Si mis paisanos resisten por lo tercos que son, los cañones de ustedes deben ser orientados también hacia la población, a las casas, a las iglesias, a los mercados, a las plazas: sólo así podrán doblegarlos. Tampico, sí, sí, Tampico —repuso como si se le estuviera olvidando una parte muy importante de la conversación—. ¿Me pueden explicar por qué razón no han tomado Tampico? Deben hacerlo a la brevedad: el clima de octubre a marzo es muy sano. Ese es el que deben aprovechar… Pero ¡ya!, ¿para qué perder más tiempo?

[100]

Mackenzie prefirió tomar nota ante el alud de ideas que dejaba caer el César Mexicano, como si se tratara de una pertinaz lluvia tropical de esas que también se sienten en Jalapa, la tierra que viera nacer al Benemérito un feliz 21 de febrero de 1794.

—Entonces, cuando los mexicanos sientan que pueden perderlo todo, cuando sientan cómo se hunden irremediablemente, instante tras instante, es cuando yo entraré en escena con una cuerda en la mano para salvar a mi patria de la desaparición total —concluyó, poniéndose nuevamente de pie en busca de la fuente de chalupas que yacían ignoradas de buen tiempo atrás.

Santa Anna se vio convertido en un dictador millonario, pero no contempló a un Polk erigido como presidente de hecho de toda una nueva nación conquistada. Por supuesto que en la conversación ninguno de ambos personajes, es más, nadie, ni Polk ni Buchanan ni Bancroft ni Walker ni Marcy se detuvieron a considerar la pérdida de vidas civiles y militares ni se detuvieron ante el luto en los hogares de ambos de países ni en la destrucción que se sufriría en México como escenario de la guerra, porque obviamente el campo de batalla no serían las calles de Washington ni se mataría puerta a puerta en la capital de Estados Unidos invadida por tropas extranjeras, tal y como dijo Martinillo en el último párrafo de su columna cuando México también le declaró, en respuesta digna, la guerra a Estados Unidos:

¡Cuánto gusto me produciría apostar los cañones mexicanos en dirección a la Casa Blanca, estar a un lado del Potomac y disparar toda la artillería de mi nación hasta agotar la última bomba y más tarde aventar aunque fueran pedradas contra ese auténtico nido de víboras en donde se planean los más feroces ataques en contra de un pueblo desvalido y pobre como el mío, el mexicano, cuya desgracia más sobresaliente, es la tenencia de un territorio ambicionado por esta raza auténticamente maldita que sólo puede sobrevivir a base de tragarse todos los bienes ajenos! ¿La Raza Maldita…? Nunca pensé en dar con una definición más certera que encuadrara a estos piratas, ya más sofisticados, del siglo XIX.

—Creo —adujo Santa Anna mientras Mackenzie tomaba notas— que me he expresado con la suficiente claridad y, si no es así, proceda usted a desahogar sus dudas para no dejar ninguna inquietud en el tintero…

—Así es, general, he recogido su agenda militar y las justificaciones de su conducta. Créame que sabré comentarlas en Washington con la deferencia y espíritu patriótico que ha sabido transmitirme. Por su parte, ¿retiene usted alguna duda o se reserva un punto pendiente de tratar? —preguntó el norteamericano completamente satisfecho de su gestión y deseoso de volver al bergantín Truxton para emprender el regreso, pero eso sí, no precisamente a Washington, como se lo había ordenado el propio presidente Polk…

—Gracias por su cortesía, comandante —repuso Santa Anna ante la sorpresa del marinero, quien ya no esperaba ningún agregado a la conversación—, pero yo sí tengo un aspecto, igualmente delicado, que abordar.

Mackenzie dejó de escribir y clavó la mirada en el rostro de Su Excelencia. ¿Por qué, se dijo en silencio, los mexicanos siempre tienen una baraja en la manga? Ya me lo habían dicho: nunca parecen concluirse los asuntos, invariablemente surgen los pendientes, los problemas no abordados, los malos entendidos, lo que se dijo o no se dijo…

—Se lo diré bien y rápido, tal y como se lo solicité al presidente Polk a través de mi querido amigo Atocha…

—Usted dirá, general…

—Necesito dos millones de dólares para gastos…

—¡Dos millones de dólares! —repuso ahora Mackenzie poniéndose de pie y dirigiéndose a la botella de tequila que se mostraba ya a medio nivel.

—Requiero darle garantías de pago a mi ejército para asegurarme el ascenso al poder. Si llego con las manos vacías y sólo les prometo un bienestar futuro, no pasaré de mi finca en Veracruz: nadie me creerá, comandante, nadie me seguirá y nuestros planes se vendrán abajo como un castillito de naipes.

—Bien, se lo diré al presidente Polk en mi primera entrevista.

—¿No tendría usted conveniente en asentarlo ya que usted escribe todo y no deja nada a la memoria? Sin dos millones de dólares, como adelanto de los treinta que nos darán, nuestro proyecto se derrumbará por sí solo.

Cuando Mackenzie terminaba de escribir la palabra «millones», guardaba ordenadamente sus notas y cerraba su portafolios, todavía de pie, viendo cara a cara al exdictador, con el ánimo de despedirse formalmente, Su Excelencia se le acercó al oído para decirle en voz muy baja mientras que el norteamericano pensaba que se trataba de otro asunto «delicadísimo» de última hora:

—¿No le gustaría a usted cenar unas gallinitas antes de tomar el barco rumbo a Washington? —cuestionó Santa Anna con una sonrisa socarrona a punto de soltar una carcajada.

—No, general, muchas gracias, de niño me obligaron a comer pollo al extremo de que hoy lo odio y no puedo comerlo, el solo hecho de olerlo me descompone.

—No, mi comandante —se acercó Santa Anna en plan más amistoso y percatándose de que su invitado no había entendido el mensaje—, los mexicanos invitamos a nuestros socios obsequiándoles mujeres hermosas para celebrar el cierre de un buen negocio y este es el caso… Tengo unas gallinitas en el centro de La Habana listas para comerse con las manos, amigo Mackenzie y estos pajarracos, créame, no sobrevuelan el Potomac… ¡Se lo aseguro…!

—¿Pero no está usted casado? —preguntó confundido el agente secreto de Polk.

—Casado…, sí; castrado, no… qué va señor…

—Guárdeme sus gallinitas para otra ocasión —respondió el yanqui turbado y tratando de apresurar el paso hacia la puerta de la calle. Estos mexicanos no se van a salvar nunca. Ignoran las reglas más elementales del puritanismo… Nacen condenados y morirán condenados por no respetar los derechos ajenos. ¿Qué pensaría su mujer si hubiera escuchado su propuesta?, le hubiera gustado preguntarle al dictador, pero por supuesto, éste habría salido con una respuesta hiriente para justificar sus malas acciones. No desearás los bienes ajenos, parecía ser un mandato divino.

Cuando ya se dirigían a la salida y después de que Santa Anna le explicara brevemente la historia de algunos de los gallos disecados que tenían en los pasillos, de pronto se detuvo tomando por última vez del brazo al marinero norteamericano. Este, por supuesto, se mostró muy sorprendido. ¿Acaso quedaba algo restante por tratar? ¡No quiero gallinitas, God damn it!

—¿No tiene usted nada para mí de parte del presidente Polk?

—Nnnnooo —repuso el yanqui levantando los ojos y la cabeza buscando en el techo una respuesta. ¿Habría olvidado ahora él algo?

—Yo le recordaré —exclamó cuando Mackenzie se dio por vencido—. Debe usted tener perdido entre sus papeles un salvoconducto para que Conner me deje pasar a través del bloqueo naval en Veracruz… ¿Cómo haría si no para entrar a México?

—¡Oh!, sí, sí, me había olvidado, con eso de las gallinitas cualquiera se pone nervioso.

Mackenzie hurgó rápidamente entre sus papeles hasta encontrar el sobre sellado y lacrado para entregar «en mano» del propio Antonio López de Santa Anna. Su Excelencia lo abrió precipitadamente en presencia todavía del agente secreto enviado por Polk. No venía firmado por Polk, sino por Bancroft, el secretario de la Marina. Ahí constaban la instrucciones tan anheladas. Ese papel valía oro para poder regresar a México. Se rompería el bloqueo sólo por él, pero eso sí, tan pronto pusiera un pie en tierra firme veracruzana lo enrollaría y lo quemaría para prenderse un buen puro de la región. Nunca nadie podría saber el secreto. Si se llegara a descubrir la existencia del salvoconducto, se complicaría severamente la buena marcha de los asuntos. ¿Cómo se lo explicaría el propio Gómez Farías?

Santa Anna sonrió mientras detenía el sobre y la carta en su mano.

—¿Entonces qué mi comandante, le entramos a unas gallinitas? Tengo unas para usted bien tiernitas y de pechuga blanca, blanca, blanca…

—Gracias, mi general —dijo Mackenzie al abordar su berlina. Sorprendido por haber venido a una cátedra de estrategia militar en lugar de una reunión para comprobar temas diplomáticos, el comandante se atrevió a inquirir—: ¿Considera usted, general, que toda esta información se la deba dar yo primero a Taylor o a Polk hasta Washington? La razón me dice que debo ganar tiempo con Taylor dándole instrucciones que tarde o temprano tendrá que acatar. Aprovecharé esa ventaja.

—Todo dependerá del nivel de discreción de Taylor, mister Mackenzie, usted sabrá mejor que yo.

—Adiós, general Santa Anna…

—Vaya usted con Dios, que todo lo sabe —alcanzó a decir el dictador como si quisiera aventar una última daga al cuello de su invitado…

El carruaje de Mackenzie no había desaparecido de los linderos de la residencia de Santa Anna, cuando doña Lola ya se acercaba curiosa a conocer el resultado de las negociaciones. El general abrazó a su mujer cuidándose mucho de no arrugar el documento que tenía en sus manos. Sin soltarlo, le dijo al oído:

—No sé por qué razón el presidente Polk me mandó un pendejo de estos

tamaños…[101]

—¿Por qué pendejo? —dijo ella, sorprendida porque su marido recurría muy rara vez a las palabras altisonantes, «con todo y que soy veracruzano», le aclaraba siempre.

—Imagínate: me leía como un párvulo sus instrucciones casi dictadas por Polk sin darse cuenta que, al empinar al presidente, él mismo se cerraba puertas en la negociación. Siempre lo confirmo: los yanquis serán muy buenos para robar y matar con todo y su santo puritanismo, pero eso sí, lo que tienen de grandotes lo tienen de pendejos…

—Bueno, bueno, ¿pero te dio el salvoconducto?

Abanicándose con el sobre que detenía en sus manos y golpeándose levemente con él en el mentón, le susurró:

—Los detalles te los contaré ahora mismo en la cama… Ya tenemos algo que festejar. Por lo pronto dile a Licha, a Mari y a Aurora que vayan guardando tu ropa en los baúles. Nos iremos en menos de un mes… Volveré a ser presidente, esta vez, gracias a Polk…