México mutilado
Segundo capítulo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
mexicano. Nuestras fuerzas son muy pequeñas para cumplir con esta misión
de caridad. Pareciera ser que nuestro gobierno mandó unas fuerzas armadas
intencionalmente reducidas para provocar una guerra y poder tener un
pretexto para tomar California y todo lo que se pueda escoger del país vecino.
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Las partes mueven sus caballos, alfiles y torres en dirección de la guerra. La mecha está prendida. Una chispa se dirige golosa y juguetona, irradiando una brillante energía, hacia un enorme barril de pólvora sin que nadie pueda ni intente detenerla. Ninguno de ambos bandos ignora el tamaño de la detonación ni el extraordinario poder de destrucción de tanto explosivo concentrado. Arista ordena cruzar el Río Bravo a mil seiscientos de caballería, con el general Anastasio Torrejón al frente, para practicar un reconocimiento del área. Al fin y al cabo se trataba de territorio tamaulipeco, territorio mexicano. «Hagan una composición del lugar. Quiero saber la posición exacta de las fuerzas norteamericanas. Sus desplazamientos, el tamaño de su caballería, el número de cañones, además de un número aproximado de efectivos. En síntesis: de qué tamaño es el enemigo». No hay rancho para tantos soldados inmovilizados en un pueblo tan pequeño como Matamoros, donde ya se encuentran casi cinco mil de a pie del ejército mexicano, el doble de la población. Se imponen las acciones. El hambre y la sed amenazan…
El presidente Paredes Arrillaga, en arranque inopinado y estando en contra de un conflicto armado, le declara la guerra a Estados Unidos el 23 de abril de 1846, sin contar con la autorización legal del Congreso mexicano:
Yo anuncio solemnemente que no declaro la guerra contra el gobierno de
los Estados Unidos porque corresponde al Congreso augusto de la nación, y
no al Poder Ejecutivo, decidir definitivamente cuál reparación debe ser la
exacta para estas injurias. Pero la defensa del territorio mexicano que ha sido
invadido por las tropas de Estados Unidos es una necesidad urgente y mi
responsabilidad, ante la nación, sería inmensa si yo no ordenara la repulsa de
fuerzas que están actuando como enemigas y así lo he ordenado. A partir de
esta fecha comienza la guerra defensiva y cada punto de nuestro territorio que
haya sido invadido o atacado será defendido por la fuerza. [71]
Sus declaraciones son entendidas, en un principio, por los cónsules extranjeros como vertidas para consumo doméstico. No parecen intimidar ni siquiera a la opinión pública de México, si bien constituyen un claro aviso, una señal ominosa del futuro cercano, del peligro que se cierne entre ambos países. La violencia está a punto de hacer uso de la palabra. Empieza a ponerse lentamente de pie. Varios temas ocupan las primeras planas de los periódicos: la guerra, la identidad del presidente, inquilino de Palacio Nacional y, sobre todo, en esa desafortunada coyuntura, cuál será la mejor forma de gobierno para México. La patria ya se encuentra invadida en Tamaulipas. Todo ello parece ser irrelevante. Resolvamos ahora, ahora mismo… ¿La instauración de una nueva monarquía europea, el Centralismo, el regreso a la Constitución de 1824 o una nueva dictadura santanista? Los invasores podrán esperar…
Taylor descubre a través de su servicio de espionaje, que una fuerza importante de mexicanos intentará cruzar el río. Llevan, claro está, instrucciones de defender a como dé lugar el territorio nacional. Despacha una nueva patrulla integrada por 63 hombres para hacer un reconocimiento del lugar bajo el mando, esta vez, del capitán Seth Thornton. Marchan contra el sentido de la corriente del Bravo. En la madrugada del 25 de abril de 1846 llegan a una finca abandonada. Los mexicanos esperan pacientemente a los yanquis parapetados tras los matorrales. Muy pronto los tendrán rodeados. Podrán disparar a placer desde todos los flancos. Ni los pájaros han iniciado su vuelo rutinario en busca de lombrices frescas para sus crías. Nada se mueve en el campo tamaulipeco. El viento no sopla. Un banco de nubes inmóvil, una capa espesa de niebla matutina, espera la inevitable confrontación. En cualquier momento estallarán las hostilidades que cambiarán para siempre la geografía política de México y de Estados Unidos. El primero saldrá mutilado; el segundo casi duplicará su superficie y ampliará dramáticamente sus fronteras, esta vez hasta llegar al Océano Pacífico. El desastre arranca aquí, en esta zona conocida como Carricitos. Las ramas de los árboles no se mecen. La parálisis es total. Por momentos y en desorden empiezan a salir de la espesura del bosque un grupo de soldados con uniformes desconocidos. Su hablar es extraño. Se expresan en voz baja. Llevan rifles de percusión tomados de la cacha con la mano izquierda y el índice de la derecha en el gatillo. Están listos para disparar. Recuerdan a Cross y a Porter. Vienen a vengarlos. Curiosamente no llevan bayonetas. Parecen armas modernas. Los extranjeros cometen un grave error: mientras investigan el lugar se abstienen de colocar un centinela en tanto sus demás colegas cumplen con sus obligaciones de reconocimiento. Nadie vigila la retaguardia.
Los soldados mexicanos tienen la vista fija en la espada desenvainada de Torrejón. Todos contienen difícilmente la respiración. Nadie parpadea. No hay tiempo. Cuando el general mexicano considera tener a tiro a la mayor parte de la patrulla invasora ordena un furioso ¡Fueeegoooo!, que hará temblar el Castillo de Chapultepec, ¡Fueeegooo!, que sacudirá violentamente los cimientos del Palacio Nacional mexicano, ¡Fueegoo!, que mutilará para siempre al águila patria, ¡Fueeeegooooo!, que hará volar por los aires los baños de Moctezuma, ¡Fueeegooo!, que sacudirá a las pirámides de Teotihuacán, a las de Chichén-Itzá, Palenque y Monte Albán y vengará de una buena vez por todas y para siempre los horrores sufridos durante la primera conquista de México…
La voz de ¡Fueeegooo!, desviará ríos y ajustará fronteras, ¡Fueeegooo!, cambiará el aspecto del rostro de la raza de bronce. El ¡Fueeegooo!, nos demostrará los extremos de nuestra debilidad, ¡Fueegooo!, nos hará pensar para siempre en las dimensiones de nuestros errores… ¡Fueegooo!, que creará un traumatismo histórico en los mexicanos de todos los tiempos, ¡Fueegooo!, que mutilará el territorio nacional en dos millones de kilómetros cuadrados, ¡Fueegooo!, que mostrará los extremos de nuestra torpeza para organizamos y autogobernarnos, ¡Fueegooo!, que evidenciará las consecuencias de la inobservancia de la ley, así como la fragilidad de nuestras estructuras democráticas, nuestra indolencia ante la corrupción, ¡Fueegooo!, que incrementará aún más las diferencias entre los mexicanos y revelará con claridad los abismos entre nosotros, la falta de arraigo a nuestros valores y principios y, sobre todo, nuestra incapacidad para trabajar en equipo con el objetivo de lograr el rescate de un México invadido, acosado por unos bribones movidos por la avaricia y amparados por la Divina Providencia, la misma que abandonó al más débil, desorganizado y escéptico. La Providencia, como siempre, está al lado del más fuerte…
Para el poderoso está reservado el bienestar, la prosperidad, la salud, la sabiduría y la abundancia. Al pobre y al jodido no le corresponde la luz, ni la molicie ni la paz ni el equilibrio. A todo lo que podrá aspirar es a la insalubridad, a las frustraciones, a la esperanza, a la resignación y a las privaciones de toda naturaleza.
Los mexicanos disparan desde todos los ángulos con sus anticuados rifles de pedernal y pólvora. De haber llovido se hubieran inutilizado. De cualquier manera han cerrado la retirada. Han clausurado la retaguardia. Cuando los novatos hacen blanco no ocultan su angustia al tener que agachar la cabeza y perder momentáneamente de vista al enemigo para introducir una nueva bala redonda en el mosquete. Disparan casi a quemarropa. Hay gritos de placer por la buena puntería y lamentos de dolor por las heridas irreparables. La bandera norteamericana está en el piso, sucia de fango, hecha jirones. A ningún mexicano se le ocurre levantarla y llevársela para colocarla en una vitrina como recuerdo o simplemente para utilizarla como papel higiénico. Permanece tirada en el lodazal. Anastasio Torrejón no deja de ordenar rabiosamente ¡Fuego!, ¡Fuego!, ¡Fuego…! Cae muerto Thornton y quince norteamericanos más. Los pájaros escapan despavoridos. Abandonan sus nidos. Nunca en la historia de Tamaulipas se habían escuchado detonaciones tan estruendosas, cuyos ecos llegarán rápidamente tanto al Potomac, como al cerro del Chapulín. El cielo se abre. Escapa la neblina. El sol quema. Los cadáveres son enterrados por los extranjeros. Se escuchan aisladamente sonoros tiros de gracia. Los ayes de dolor se apagan de inmediato. Ya nada perturba el silencio.
Algunos de los sobrevivientes son hechos presos y encadenados unos a otros, de pies y manos. Se les conduce en penosa marcha y con destino indefinido, por lo pronto a Matamoros. El resto de los yanquis, muy escaso por cierto, logra huir como puede. El capitán Hardee es uno de los pocos supervivientes. Se detienen. Voltean aterrorizados para constatar si son perseguidos. Saben lo que les espera si se les atrapa. Se esconden, inician de nueva cuenta la caminata. Detrás de cada chaparral, de una nopalera cualquiera, puede estar agazapado un soldado mexicano traidor, que ataca por la espalda, un artero criminal que no respeta las reglas de la guerra y que ha invadido territorio norteamericano… ¿Sabes?, te cortan la cabeza y te la fríen…
Ya en la noche llegan arrastrándose al fuerte, en donde un Taylor ansioso espera noticias frescas. Le basta verlos, antes de que puedan pronunciar palabra alguna, para advertir las dimensiones del desastre. ¡Horror! Cross, Porter, Thornton y los integrantes de las patrullas muertos y tal vez hasta devorados por las temidas hienas mexicanas… Una vez concluida la explicación y después de haberles ofrecido unas mantas, unos tragos de whisky y un poco de café, ya tranquilos y reconciliados, se dirige a su privado abriendo la puerta con una patada. Acerca la silla jalándola con una pierna. Toma papel y un manguillo para escribir una carta dirigida al presidente Polk. Enciende un quinqué colocado sobre una mesa improvisada de trabajo. Redacta un texto lacónico sobre unos mapas desplegados:
Hoy, 25 de abril de 1846, se pueden considerar iniciadas las hostilidades.
Requiero con urgencia que los gobernadores de Tejas y la Luisiana me envíen
ocho regimientos, aproximadamente cinco mil hombres más. [72]
La misiva tardará cuando menos unos quince días antes de caer en las manos del presidente Polk. Llegará a la Casa Blanca no antes del 8 de mayo de 1846. Taylor solicita los refuerzos con carácter urgente. Sabe que las tropas de Arista vienen sin piedad a buscarlos. No ignora, desde luego, el destino que bien les puede esperar a los prisioneros, a sus soldados o, a él mismo: imagina que los destazan vivos, o los degüellan, tal y como hizo Santa Anna en El Álamo, o los sientan a la fuerza, por más resistencia que exhiban o gritos de dolor y súplicas irrelevantes lancen a los cielos, sobre una estaca afilada hasta verlos cómo se desangran entre las risas y las burlas satánicas de sus captores. Para Taylor está ciara la sanguinaria herencia azteca.
El general norteamericano recuerda imágenes de los libros donde se contempla la extracción del corazón todavía palpitante de las doncellas, recostadas sobre la piedra de los sacrificios, para ofrendárselo a los dioses y al pueblo en general, reunido en una ceremonia religiosa en lo alto de un templo del que escurrían cascadas de sangre por las escaleras custodiadas por sacerdotes-guerreros. Su mejor destino podría ser el fusilamiento masivo, como el de los norteamericanos que defendían El Goliad. Taylor se imagina sucumbir en esas condiciones. A él no le parece un acto de barbarie haber acumulado el capital político necesario como para llegar a ser presidente de Estados Unidos, gracias a su papel desempeñado en el robo de territorios y en el exterminio de miles de mexicanos. Se trata de un salvajismo más refinado. ¿Esa campaña militar para ser jefe de la Casa Blanca es a lo que debe llamarse «civilización moderna»?
Taylor se lleva, instintivamente, la mano al cuello. Lo cuidará hasta donde su imaginación y sus fuerzas se lo permitan. Por supuesto que no se apeará durante el combate. En última instancia saldrá a todo galope rumbo al infinito. Sufre a diario de pesadillas contemplando cómo se le acerca un hombre de piel oscura con la cabeza cubierta por un enorme penacho confeccionado con plumas de guacamayas, tucanes y loros silvestres de todos los colores, para hundirle en la piel un afilado cuchillo de obsidiana negro, mientras él contempla inmovilizado la luz de la luna sin dejar de lamentar su suerte al negar compulsivamente con la cabeza.
En la historia y en la vida se encuentran varias paradojas de llamar la atención. El mismo 25 de abril de 1846, la fecha precisa del primer enfrentamiento informal entre Estados Unidos y México, en Carricitos, Washington y Londres alcanzan, curiosamente, un acuerdo bilateral para resolver el problema territorial de Oregón. Los norteamericanos cuentan por primera vez con una salida al mar por la costa oeste de su país en espléndida expansión gracias al carácter determinado de su presidente. A Polk no lo había detenido la posibilidad de una guerra más en contra de Inglaterra ni lo había arredrado un conflicto armado con México, que bien pudo darse al mismo tiempo entre los tres países. El jefe de la Casa Blanca tenía muy claros sus objetivos y estaba dispuesto a todo con tal de cumplirlos en tan sólo cuatro años de su administración, aun cuando después adviniera la muerte o no fuera reelecto por la mayoría ciudadana de su país, en razón de su fama, bien ganada como «Polk el mendaz», «Polk el ventajoso», “Polk el embustero manipulador.
Con la cesión del territorio de Oregón se descubrirá, tiempo después, un ardid, una nueva trampa de Inglaterra, una negociación vergonzosa a costa de los intereses mexicanos. Santa Anna, con todo y sus suspicacias, su agudeza y su olfato políticos, además de su enorme escepticismo, una herramienta vital para poder anticiparse a las trampas, habría caído en el garlito junto con el expresidente Herrera y hasta el propio Paredes, presidente de la República. Lucas Alamán, el connotado experto en asuntos exteriores hubiera tropezado con esta ignominiosa zancadilla colocada aviesamente por los británicos para lucrar políticamente con cualquier circunstancia. Primero Inglaterra, después Inglaterra y en última instancia Inglaterra mantendrá su enorme poderío en ultramar a costa de sacrificar lo que sea. ¿Amigos? Los ingleses se han distinguido por tener nociones muy vagas de la lealtad, sí, pero antes de mostrarlas, invariablemente antepondrán sus intereses económicos. ¿La propia reina de Inglaterra no nombró «sir» a un pirata por los servicios rendidos a la corona…? Han cometido felonías atroces desde que los anglos y los sajones colocaron por primera vez las plantas de sus pies en cualquier isla del hoy ostentoso archipiélago británico en el siglo VI. Todo a cambio de la supremacía del imperio y del rey.
Gómez Farías confesará su candor al descubrirse la posición británica, así como sus manipulaciones secretas. Se llegará a saber con certeza que Estados Unidos había llegado finalmente a un acuerdo con los ingleses de fijar la frontera entre Canadá y Estados Unidos en el paralelo 49 a cambio de que la corona inglesa le retirara todo su apoyo a México y se abstuviera de concederle a Paredes un crédito hipotecario sobre territorio californiano o trabara cualquier tipo de alianza militar o diplomática con los mexicanos y, por supuesto, renunciara no sólo a Tejas, qué va, ese estado ya formaba parte de la Unión Americana, no, no, Tejas ya no era una carta de negociación, sino en todo caso a California y su colosal Bahía de San Francisco. México quedó entonces desamparado en manos de Polk…
La Gran Bretaña, al conceder Oregón, perdería una parte de su territorio, y de esta manera Estados Unidos llegaría al Océano Pacífico, pero, a cambio, salvaría la inmensa mayoría del territorio canadiense de la tenacidad amenazadora de Polk, de las ilimitadas ambiciones territoriales de la Casa Blanca y, sobre todo, evitaría una sanguinaria guerra más contra sus anteriores colonias, hoy convertidas en un enorme país que, tarde o temprano, amenazaría al mundo entero. Los ingleses perdían una parte, sí, pero salvaban el todo a costa de abandonar a su suerte a los mexicanos, incapaces de sumar uno más uno para alcanzar el bien común…
¿Qué era el bien común para los mexicanos? ¿Se pondrían de acuerdo siquiera para definirlo? No ignoraban los ingleses que, de poder llegar a una concertación con un representante de esa nación azteca, ésta podría ser modificada, revocada o derogada a la mañana siguiente por un derrocamiento repentino del general-presidente en turno, una muestra clara y reincidente de insolvencia política que podría echar por tierra las pacientes negociaciones llevadas a cabo tiempo atrás. Estambre se tenía, ahora que, de hacer un tejido, eso ya era un objetivo diferente… ¿Cómo suscribir un tratado con los mexicanos si cada día se presentaba un nuevo representante para «avanzar» en las negociaciones y cuando éstas se lograban formal y finalmente, no eran respetadas por los sucesores, unos más indolentes que los otros? ¡Qué más daba abandonar a los mexicanos a la mitad del camino! Era imposible que cada nuevo acreditado tuviera memoria histórica. Negociemos con Estados Unidos, lleguemos a un acuerdo con Polk, parecían decir los ingleses, al fin y al cabo los mexicanos no se darán cuenta y si se llegaran a percatar, quien ejerza el poder en esos momentos podría desconocer los antecedentes y evitar una airada condena en el futuro… Lo verdaderamente importante: Oregón pasa a formar parte del territorio norteamericano. Polk va alcanzando sus objetivos…
En México crece el rumor de un golpe de Estado en contra del gobierno de Paredes, insertado en un peligroso escenario internacional. El presidente, en persona, solicita un préstamo a los ingleses con California como garantía hipotecaria. Nuevamente era tarde, muy tarde para la simulación. Se trata de una venta disfrazada. La Gran Bretaña, desde luego, no la aprueba. Los militares entran en acción. El sonido distante de unos cascos de caballo de pronto adquiere un realismo inesperado y se escucha el ruido de una enloquecedora estampida a lo largo de las principales calles de la Ciudad de México. Los cascos herrados de las bestias sacan chispas sobre el adoquinado. Las mulas jalan los cañones. Se desenvainan las espadas. ¡La guerra, la guerra, la guerra…! Se descubre un intenso intercambio de cartas entre Santa Anna y los autores del levantamiento armado. Se revelan detalles del futuro desembarco del dictador en un puerto mexicano. Regresa. Regresa a pesar de todos los males ocasionados a la nación. Es el opio. Se requiere inhalar opio.
Su Excelencia se presenta desde Cuba como el titular de un nuevo ideario, de una avanzada ideología acorde con los tiempos. Ha aprendido, ha evolucionado, ha meditado críticamente sus actuaciones anteriores y finalmente ha comprendido cuál es el rumbo idóneo para México. Ahora ya no tiene dudas. El camino es ancho, claro, evidente, fácil, sin hoyancos ni obstáculos ni precipicios a los lados. No se trata, desde luego, de adaptarse a las condiciones impuestas por sus seguidores ni es otra faena más de Santa Anna, el oportunista, que aprovecha todas las coyunturas para presentarse descaradamente en el baile de las mil máscaras con el mismo número de disfraces, no, claro que no, el cinismo está descartado de antemano, créanme, mi proyecto es sano, genuino, desinteresado y responde auténticamente a la satisfacción inmediata de las necesidades de este país al que tanto quiero, tanto me ha dado y tanto, tantísimo le debo… En todo caso es un problema de incontrolable gratitud y trato de saldar de alguna manera la deuda histórica que tengo adquirida con los míos…
En el esquema del derrocamiento del presidente Paredes aparecen colocados los nombres de Gómez Farías, Lafragua, Almonte, Tornell, Boves, Álvarez y Otero. Don Valentín confiesa en la intimidad, a sus hijos, sus recelos, dudas y fundado escepticismo en el moderno Santa Anna y en la fortaleza de sus nuevos principios políticos. En el fondo no cree en ellos y desconfía profundamente del «nuevo». César Mexicano. Decide jugársela muy a pesar de haberlo conocido en su primera gestión como presidente de la República en el año de 1833, cuando el propio Gómez Farías echó a andar, de común acuerdo con Su Excelencia, su proyecto anticlerical para iniciar el despegue vertiginoso de México y, un año después, se le había aparecido Santa Anna vestido de santo arcángel rodeado de hermosos querubines, con el santísimo sostenido entre sus manos y mirando al cielo con una expresión piadosa y beatífica, propia de un santo:
—¡Atrás, Gómez Farías, atrás!, he dicho en el nombre sea de Dios, de la grey católica y de sus representantes aquí en la tierra: ¡atrás!, Satanás, endiablado Lucifer encarnado en la triste figura nada menos que de mi vicepresidente. ¡Horror, horror, horror…!
Por supuesto que en el año de 1835, año de su obligada dimisión, don Valentín supo cómo los jerarcas católicos habían presionado a Santa Anna en su finca veracruzana para impedir a como diera lugar la ejecución de sus «planes mefistofélicos». El Benemérito había regresado dispuesto no sólo a cancelar abruptamente la gestión de Gómez Farías, sino a revocar la Constitución de 1824 e imponer un gobierno centralista que, encabezado fundamentalmente por la iglesia católica, acarrearía graves consecuencias para el país. Echaría a andar, marcha atrás, las manecillas mexicanas de la historia.
Don Valentín no ignoraba las felonías de que sería capaz el «héroe» de Tampico y de Veracruz… Aun así, insistió en su regreso porque advirtió que su solo nombre aseguraría el éxito del movimiento. Santa Anna le había escrito repetidamente: «Yo le daré, querido amigo Gómez Farías, el respeto del ejército, donde yo cuento con innumerables amigos, todos ellos incondicionales y usted, por su parte, me dará el respeto de las masas en las que cuenta con una enorme influencia. Entre el ejército y
el pueblo haremos una alianza invencible, ¿no lo cree usted…?»[73]
A modo de respuesta el doctor Gómez Farías contestó en un par de párrafos, cargados de información y coraje, para no dejar duda de su programa de gobierno ni de sus planes anti clericales tan pronto accediera a la vicepresidencia de la República. Santa Anna jamás podría decirse sorprendido. De sobra conocía las implicaciones del nombramiento del distinguido galeno:
Con la ley en la mano y la vista en el futuro, impediré que la iglesia
continúe siendo la terrateniente más grande de México y que siga acaparando
el cobro de rentas elevadísimas. La iglesia, y escúchenme bien para que todo
México lo sepa, tiene bienes tan sólo en la Ciudad de México por 21 millones,
mismos que le reditúan rentas por un millón de pesos al año. Ni el gobierno
de la capital del país cuenta con semejantes ingresos. ¿Qué le corresponde a la
nación de toda esta riqueza? ¡Nada! ¿Y a los muertos de hambre? ¡Nada! ¿Por
qué una sola institución, supuestamente dedicada a la oración y al consuelo,
va a acaparar el bienestar de nuestro México sin compartirlo con nadie?
Ahí tenemos al clero disfrutando los ingresos por arrendamiento de casas
y terrenos, engolosinándose con los diezmos, suscribiendo préstamos leoninos
con garantía hipotecaria concedidos por diversas y bien camufladas
corporaciones religiosas, realizando inversiones millonarias, recibiendo
voluminosas donaciones, obteniendo jugosos legados a cambio del perdón
eterno, haciéndose de inmuebles adquiridos por insolvencia, cobrando dotes
entre 3,000 y 4,000 pesos para permitir el ingreso de una hija a un
convento [74] más otros ingresos como bodas, bautizos, comuniones,
extremaunciones, bendiciones de todo tipo, entre otros tantos e incontables
rubros de ingresos más. ¡Claro que a los indios no se les conceden préstamos
por carecer de garantías reales, salvo que, misión inaccesible, obtuvieran
avales de reconocida solvencia! ¿Verdad…? ¿Verdad que los menesterosos,
destinatarios de los rezos hipócritas del alto clero, están condenados de por
vida a la pobreza porque carecen de capacidad productiva y de flujos
financieros?
¿El clero presta sus recursos para la construcción de caminos? ¡No! ¿Para
el desarrollo de minas? ¡No! ¿Para la organización de establecimientos
industriales? ¡No! ¿Para la apertura de talleres de artesanos y orfebres? ¡No!
¿Arriesgan los cuantiosos capitales clericales en el desarrollo de empresas
verdaderamente útiles para el país? ¡No!, ¡no!, y ¡no…!
Los curas banqueros traicionan al Evangelio, al Estado Mexicano y,
finalmente, a la patria.
Yo me ocuparé de que, por las buenas o por las malas, rescaten
financieramente a nuestro país de las garras yanquis, en este momento en que
la joven República mexicana está amenazada como nunca en su breve
historia.
Mientras tanto el caos en México adquiere proporciones escandalosas. Es el caso de un barco a la deriva, con las velas desgarradas, ubicado a la mitad de una feroz tormenta en medio del Atlántico y los miembros de la tripulación todavía se matan, se acuchillan, discuten y se amenazan en medio del huracán. El general Álvarez se levanta en armas el 16 de abril de 1846, cuando es evidente que tanto Arista como Ampudia ya deberían estar enfrentando a los yanquis para tratar de largarlos más allá del Río Nueces. Las tropas del general Téllez, destinadas a proteger las Californias, se levantan igualmente en armas en contra de Paredes a sabiendas que el país ya ha sido invadido por Estados Unidos y en cualquier momento pueden llegar los reportes del estallido de las hostilidades contra dicha potencia. Paredes declara: ¿Cómo podrá justificar que esas tropas desconocieran al gobierno en los momentos en que recibieron sus órdenes y recursos para defender la integridad del territorio nacional? ¡Es un crimen horroroso y parricida! El propio Paredes Arrillaga, ¿no pude ser acusado de lo mismo? Mazatlán se pronuncia en contra del presidente de la República y también pide el retorno de Santa Anna. Castillo Negrete publica el 7 de mayo de 1846 su pronunciamiento para promover la remoción de Paredes, seguido, el día 20 de ese mismo mes por José María Yánez desde Guadalajara, quien, de la misma manera, exhibía un puño de acero en contra de Paredes, el traidor, el monarquista…
Los informes de la masacre de Carricitos alcanzan a Polk en Washington el 8 de mayo. El presidente de Estados Unidos rompe desesperadamente el sobre, como ya era habitual cuando recibía comunicaciones de Taylor, tan ansiadas y esperadas de buen tiempo atrás. La carta está fechada el 25 de abril y mandada por mensajero personal desde Carricitos, Tejas, según el puño y la letra del propio general de los Estados Unidos. La lectura de un párrafo: «se pueden considerar iniciadas las hostilidades» hace que el jefe de la Casa Blanca se ponga de pie como si le hubieran estallado un látigo en pleno rostro. En la sobriedad y soledad de su oficina besa repetidamente el papel. Levanta ambos brazos en todo lo alto. Se abstiene de gritar por un cierto pudor. Agacha la cabeza como si elevara una silenciosa plegaria salida del fondo de su alma: Thank you sweet Lord, thank you for your generosity, murmura mientras aprieta las mandíbulas. No ignora que las paredes hablan, ven y escuchan. Finalmente contaba con una causa que limpiaría su imagen histórica y aprobaría el mundo entero. ¿Cuántas guerras no se habían librado en la historia de la humanidad para defender evidentes invasiones territoriales…? Esta sería una más…
Muy pocos sabían que la verdadera urgencia de Polk por declarar la guerra se encontraba en el hecho de haber despachado ya a soldados disfrazados de expedicionarios, a mercenarios camuflados como investigadores, a almirantes, comodoros, comandantes y capitanes de goletas, bergantines y otros buques de guerra, además de generales y sus respectivas brigadas, para tomar puertos, pueblos y ciudades mexicanas, e izar la bandera norteamericana tan pronto se hicieran de las poblaciones y, si esto se daba sin mediar una declaración formal de guerra, dejaría su juego al descubierto y el ridículo sería mayúsculo.
Gracias a la escaramuza de Carricitos ya no requerirá fundar su declaración de guerra en la insolvencia económica de México. No quedaría ante otras potencias como un caníbal, intruso y saqueador: él, Polk, declarará una guerra «civilizada» ante la evidente agresión de un país vecino, violador flagrante de su soberanía… Su impaciencia es tal que se abstiene de tocar la consabida campana colocada a un lado de la mesa de trabajo. No tiene tiempo de esperar la llegada de sus asistentes, por más que éstos parecían estar sujetando el picaporte del otro lado de la puerta, ávidos de satisfacer el menor deseo del presidente. El mismo jefe de la Casa Blanca se presenta con una enorme sonrisa y los ojos vidriosos por la emoción en el despacho anexo, donde sus ayudantes y su secretaria transmitían sus instrucciones sin tardanza alguna:
—¡Quiero a Buchanan ahora mismo! Tú, John, tú mismo vas de mi parte y le dices que lo espero. Que deje lo que esté haciendo. Necesito su presencia inmediata. Se trata de un delicadísimo asunto de Estado.
Regresa a su oficina. Lee y vuelve a leer la carta: «Hoy 25 de abril de 1846 se pueden considerar iniciadas las hostilidades. Taylor». Mueve compulsivamente la mano derecha deteniendo la nota de su general como si blandiera una espada, mientras que con la izquierda se alisa los cabellos. Imposible contener tanta emoción. Requiere compartiría con alguien. ¡Buchanan!, vuelve a gritar en el despacho anexo. Cierra la puerta. La azota. Va a la ventana. Mira el jardín. El pasto se encontraba más verde que nunca. Las plantas parecen florecer al unísono exhibiendo sus más vivos colores a mediados de esa primavera. No cabe duda que Sarah sabía dedicarse de cuerpo y alma al cuidado hasta de los últimos detalles del hogar. Imposible en esos momentos poner la atención en las flores y en las sabias manos que velan por ellas. Desespera. Camina de un lado al otro de su oficina. Se golpea el muslo derecho sin soltar la carta de Taylor. Ve el retrato de Washington. A su lado, pasa la mirada esquivamente por el de Jefferson, además de un nuevo óleo que recientemente había hecho instalar con los debidos formalismos. El de su padre político, Andrew Jackson, el hombre que había inspirado su vocación expansionista y al que, sin duda, le debía su estancia en la Casa Blanca. Besa discretamente la tela, como lo hará al finalizar la guerra.
Buchanan no llega. Le informan que arribará un par de horas más tarde. Se encuentra en una reunión en la embajada del Reino Unido. Termina, por lo visto, los detalles de la anexión de Oregón. James Polk no puede esperar más. No requiere de Buchanan ni de nadie para sentarse a redactar un mensaje dirigido al Congreso de los Estados Unidos. El texto contendrá ni más ni menos que una declaración de guerra en contra de México. No lo había preparado en los días previos por una paradójica razón supersticiosa, además, deseaba hacerlo cuando se dieran en la realidad los acontecimientos para así cargarse con sangre ardiente y darle más fuerza, más expresividad a su texto.
Polk recitó en silencio una vieja letanía para justificarse ante él mismo: recurrí a varias intrigas diplomáticas y fracasé. Traté de sobornar a funcionarios mexicanos y fracasé; intenté alentar a las fuerzas revolucionarias de California y fracasé; utilicé la amenaza para lograr que México vendiera su territorio y fracasé; probé las posibilidades de organizar la guerra a través de Stockton, limpiándome yo mismo las manos, y fracasé; solicité por medio de Slidell la compra de esos territorios que nos son tan necesarios ofreciendo precios elevados y fracasé en todas mis opciones. Estoy quedando como un aficionado, eso sí, muy decidido, pero al fin y al cabo aficionado y sobre todo por culpa de los mexicanos. Si ya pude convencer a los ingleses por la causa de Oregón, y antes convencimos a los franceses y a los españoles por la Luisiana y por la Florida, ¿cómo voy a dejarme vencer por los mexicanos? No me quieren vender sus territorios abandonados, muy a pesar de mi buena fe, ¿no…?, pues entonces me apropiaré de todo por la fuerza. Al fin y al cabo México ya había mordido el anzuelo, ¿mordido?, mejor dicho tragado y contaba con el pretexto perfecto.
Polk requiere de una oración que sintetice su pensamiento y resuma cabalmente todos los hechos sin necesidad de explicarlos. Busca una idea que justifique su decisión en no más de diez palabras. Una expresión que recojan los periódicos del día siguiente y que aclaren al electorado y a la nación, en general, lo acontecido. Garrapatea un concepto tras otro. Arruga la hoja. La tira a un lado junto con su frustración. Unas veces cae en el cesto de la basura, otras sobre la duela de madera de su despacho. Toma otro papel. Vuelve a sumergir la pluma en un tintero negro de plata labrada. Hace escurrir una y otra vez la tinta antes de volver a redactar. Que nadie lo interrumpa. El grito que se llevaría misses Jemima si apareciera de repente con la tetera y sus tazas colocadas ordenadamente sobre su charola dispuesta con mantelitos blancos tejidos a mano. Lo mismo. No da con la clave ni con la idea precisa. Sin embargo, poco a poco va encontrando el camino de la satisfacción. No puede permitir que norteamericanos hayan sido asesinados, según él, por extranjeros en suelo norteamericano. Imposible consentir en semejante villanía…
Ya viene, ya. Siente su respiración desacompasada. Sus dedos sudan. Se los seca tallándoselos contra su pantalón. Con dificultad puede sujetar el manguillo. Poco a poco surge la frase con la que iniciará su discurso, incendiará las conciencias y movilizará a la nación poniéndola toda de pie como un solo hombre y dejará al Congreso sin otra alternativa que concederle el apoyo político y económico requerido. Quien se niegue a dárselo después de escuchar su mensaje será considerado como un traidor a la patria… Tendrá mucho cuidado en no preocupar de más a otras potencias. ¡Cuánto había soñado con este momento desde sus días de campaña electoral por la presidencia de Estados Unidos! Si sus inentendibles vecinos del sur se negaban a sentarse ni siquiera a negociar; si no vendían ni utilizando sobornos ni ofreciendo precios elevados ni eran sensibles a las amenazas ni se inmutaban ante la posibilidad de la violencia y habían desechado toda posibilidad diplomática, entonces la guerra constituía la única opción para hacerse de los preciados tesoros que generaciones y más generaciones de norteamericanos jamás podrían agradecérselo de manera bastante y cumplida: «Señores legisladores: Sangre
norteamericana ha sido derramada en suelo norteamericano.»[75]
No, no, necesita una pequeña introducción para redondear la idea. Esa primera parte quedará muy bien como el resumen más conveniente de cara a los periódicos del día siguiente a su discurso en el Congreso. Escribe y tacha. Vuelve a tachar. Se frota las manos. Se cubre la boca con la mano derecha. Busca la expresión ideal, la que habrá de pasar a la historia. De sobra conoce la trascendencia de cada una de sus palabras. Pasa el viernes 8 de mayo de 1846 redactando y entrevistándose con su gabinete. El fin de semana sería crítico para las relaciones entre México y Estados Unidos. Vuelve a tomar el manguillo a la luz parpadeante de una vela que llora a lo largo de todo el cilindro de cera:
Después de reiteradas amenazas, México ha traspasado la frontera de los
Estados Unidos, ha invadido nuestro territorio y ha derramado sangre
norteamericana en tierra norteamericana.
Como la guerra existe de hecho y, a pesar de todos nuestros esfuerzos por
evitarla, existe a causa de un acto propio de México, estamos obligados, por
todas consideraciones de deber y patriotismo, a vindicar con decisión el
honor, los derechos y los intereses de nuestro país.[76]
A pesar de lamentar el hecho de pasar el fin de semana sin descansar, Polk se ve obligado a asistir a una reunión de urgencia con su gabinete, otra más a la que él mismo había convocado. Toma su almuerzo sentado atrás de su escritorio. Le pide a Sarah que esta vez no lo acompañe. ¿Sarah? ¡Qué gran mujer!: siempre estaba en el momento oportuno y, además, obsequiando a quien fuera una sonrisa muy fresca y saturada de optimismo.
La última audiencia del domingo, avanzada la noche, se la concede a Roben T. Walker, su secretario del Tesoro, para ultimar detalles del presupuesto de guerra. Walker siempre se había caracterizado como un enemigo venenoso de México y además como un aliado incondicional de la anexión total de ese país a Estados Unidos. El fue el creador de la idea All México. Una vez concluida la audiencia presidencial, le solicitó audazmente al jefe de la Casa Blanca su autorización para leerle un texto preparado por él mismo con el objetivo de ayudar a convencer al Congreso de las ventajas de la guerra contra México. Polk lo dejó hablar. Una nueva opinión es una nueva posibilidad, pensó para sí consultando el reloj y percatándose que le restaban unos minutos antes de la entrevista formal con sus secretarios de gobierno. Walker leyó un par de párrafos en voz alta. Recurría a diversos tipos de inflexiones y de gesticulaciones mientras Polk esbozaba una leve sonrisa:
Hay países —inició la lectura sin inmutarse— que al invadirlos y
mutilarlos territorialmente se les despierta una ira incontenible, una feroz
resistencia que puede conducir a espantosos baños de sangre. Al tomar
militarmente las capitales más importantes, se debe enfrentar a diario una
guerra de guerrillas urbana y rural de terribles consecuencias porque sus
habitantes, en lo general, están dispuestos a cualquier sacrificio con tal de
recuperar su libertad y largar a patadas o a bayonetazos a sus enemigos. La
resistencia podría convertirse en actos de sabotaje abierto, en asesinatos
aislados de nuestros soldados, en envenenamientos masivos, en bloqueos a
nuestras líneas de abastecimiento, en cierres de nuestra retaguardia, un
conjunto equivalente al efecto de agitar violentamente un avispero sin
protección alguna.
Walker leía precipitadamente. Ocasionalmente levantaba la vista para interpretar la mirada del presidente, buscando claramente la aprobación de sus ideas.
En ocasiones, el hecho de invadir a otro país equivale a tomar la hoja
afilada de una espada con la mano: los cortes serán aparatosos por el riesgo
real de perder los dedos. Sólo que México no es el caso. Ustedes verán: nos
quedaremos con la mitad de su territorio y no pasará nada, absolutamente
nada. Y no es que el ejército no pueda defender a su país, es que ni los
mexicanos civiles se organizarán para hacer nada en su defensa… Es más,
para nuestra sorpresa, pueden llegar a pedirnos la anexión total. Ellos, a sus
propios ojos, no son país ni nación. Son un conjunto de individuos
extraviados en busca de una explicación y de un consuelo. Ninguna liga los
une. Por ello nos será tan fácil dominarlos y quedarnos con lo suyo sin la
menor oposición. Se dará el caso de un aplauso multitudinario a nuestros
soldados cuando desfilen por las grandes capitales de la República vecina,
Polk levantó el entrecejo. ¿Estará enloqueciendo Walker? ¿Cómo supone que voy a leer esa pieza ante el Congreso y exhibir todo mi juego político?, parecía decir en sus reflexiones…
Es falso que, como se ha dicho, los mexicanos se vayan a defender como
lo hicieron los españoles durante la invasión napoleónica por el solo hecho de
que son primos hermanos entre sí, la misma relación existente entre nosotros,
los norteamericanos con los ingleses. Falso, nada más falso: nosotros
integramos una raza blanca, libre, de extracción caucásica, poderosa,
imaginativa, industriosa, alfabetizada y productiva, jamás nos sometimos a la
degradación racial propia de un mestizaje. Tenían razón nuestros antepasados.
El mejor indio es el indio muerto. Los mexicanos, después de trescientos años
de dominación española, se mezclaron con los aborígenes sólo para producir
una raza inferior formada por indios torpes, inútiles, ignorantes y atrasados.
El rostro de estupor de Polk no dejaba lugar a dudas, sólo que Walker, engolosinado, creyéndose autor de unos párrafos que tarde o temprano serían colocados en letras de oro en las paredes de mármol del Capitolio, leía convencido del poder de convencimiento contenido en sus cuartillas.
Los aztecas eran diferentes. Se trataba de una nación de valiosos guerreros
con un gran sentido de la dignidad. Eran recios luchadores por definición,
sólo que fue tan pavoroso el dominio español, tan profunda la huella de la
conquista, tan traumático y sangriento el mestizaje, que la actual mezcla de
españoles e indios, los herederos de 300 años de Inquisición, de intransigencia
e intolerancia ibéricas, aplastó para siempre el carácter precolombino, el
imperial, el del dominio de Tenochtitlán, para convertir a los mexicanos de
nuestro tiempo en un mero conjunto de inútiles, de castrados, tímidos,
incapaces de ver a la cara ni siquiera a los suyos…
A Walker le faltaba un párrafo antes de concluir su discurso. ¿Por qué no terminarlo de leer y sin interpretar las gesticulaciones del jefe de la Casa Blanca?
La Inquisición les hundió un clavo ardiendo en la nuca, les marcó el alma
a sangre y fuego, se las quemó al extremo de que hoy desdeñan a los de su
propia raza, son escépticos irremediables y siguen esperando el arribo de un
príncipe rubio, el de sus sueños, el que alguna vez vendrá a dominarlos y
protegerlos porque ellos se reconocen incapaces de autogobernarse: el famoso
Quetzalcóatl, que bien puede ser el príncipe español o el francés de la Guerra
de los Pasteles o el yanqui, tal y como nosotros mismos podemos llegar a
serlo. Adoraban a los amos rubios y altos ya mucho antes de la conquista de
México. Además, a diferencia nuestra, no creen en nada, ni en ellos mismos:
desconfían el uno del otro y, por lo mismo, son incapaces de unirse y de
construir una morada común de acuerdo a los deseos de las mayorías. En esas
condiciones no nos preocupemos: ganaremos la guerra…
En ese momento Polk cubrió delicadamente con su mano las cuartillas redactadas por Walker, de modo que no pudiera continuar con la lectura. Había tenido suficiente. Podría ser un gran experto en finanzas y, por ello lo había contratado para ocupar un cargo tan elevado, pero de relaciones políticas y abordaje diplomático estaba muy lejos de poder ser escuchado con paciencia y deseos de entendimiento.
—¿Está usted en contra de mis ideas, señor presidente? —preguntó un Walker sorprendido ante la repentina e inexplicable actitud de Polk.
—No —contestó sonriente dándole una palmada afectuosa en la espalda—. Coincido en buena parte con ellas. Pero ese es el ejemplo claro de lo que no se debe decir jamás en un auditorio donde esté representada la nación norteamericana — concluyó dirigiéndose a la sesión de gabinete—. Si deseas y piensas que nosotros podremos anexarnos todo México con una escasa oposición de nuestros vecinos, entonces dilo así en el Congreso y, como tú dices, el efecto será el mismo de agitar un gigantesco avispero… Ejecuta tus planes sin revelarlos…
Instantes más tarde, sentado en la cabecera y sin mayores preámbulos, el presidente menciona que afortunadamente el día de ayer había llegado el correo de Taylor anunciando el inicio de las hostilidades, pero que él, de cualquier manera, ya había decidido declararle la guerra a México por el incumplimiento en el pago de reclamaciones.
—Que quede muy claro —sentenció ante la mirada complaciente de la mayoría de los miembros de su gabinete—: Si tenemos que ir a esta guerra es contra la voluntad del presidente de Estados Unidos. Es imposible que aceptemos una invasión a nuestro propio territorio, deslindado por acuerdos internacionales, acribillen a tiros a los nuestros y el gobierno a mi cargo permanezca con los brazos cruzados: no lo permitiré…
Por supuesto, Polk se cuidó mucho de revelar sus intenciones en torno a Nuevo México y a California y, desde luego, se negó a reducir el enfrentamiento a un mero conflicto fronterizo que concluiría con la expulsión de los mexicanos de los supuestos territorios propiedad de Tejas. Dicha expulsión obviamente no satisfacía sus apetitos anexionistas. La única alternativa era la guerra. Ningún tema relativo a Tejas lo postraba ya en el insomnio, sino, en todo caso, el acceso a la gigantesca Bahía de San Francisco. Una nueva salida al Pacífico, además de la de Oregón y la anexión de un par de millones de kilómetros cuadrados que nada tenían que ver con la «deshonrosa afrenta de Carricitos» ni con los territorios ubicados entre el Nueces y el Río Bravo…
En la noche, agotado, fatigado pero incapaz de conciliar el sueño, el jefe de la Casa Blanca decidió ir a la habitación de Sarah, sin desprenderse, por supuesto, de su gorro para dormir, un regalo de su madre, tejido por ella como recuerdo de su graduación con honores en 1818 de la Universidad de Carolina del Norte, antes de incorporarse a la política, sirviendo en la legislatura de Tennessee. Su mujer se sorprendió por el arribo intempestivo de su marido y más aún, escapaba a su imaginación que se atrevería a abrazarla debajo de las sábanas y a poseerla tal vez para coronar con un poco de amor los éxitos históricos del día. El rito fue concluido antes de lo que se tarda en producir un simple chasquido de dedos. Sin caricias ni besos ni arrumacos ni insinuaciones ni palabras obscenas ni advertencias lujuriosas ni respiración perdida ni sudores ni invocaciones ni contracciones ni lamentos ni apelaciones. Acto seguido, salió de la cama y poniéndose de pie se retiró bajándose el camisón y ajustándose el imprescindible gorro nocturno, mientras silbaba el Yankee Doodle. Su esposa, entre tanto, le disparaba una certera mirada de odio a la nuca…
Mientras que el presidente Polk concluía el 8 de mayo la redacción de su primer discurso para explicar y fundamentar la gran causa de la guerra, precisamente en esa misma fecha se daba de hecho una primera batalla formal entre Estados Unidos y México en Palo Alto, en el territorio legal del departamento de Tamaulipas, el general Arista, al frente de 304 zapadores, 79 artilleros, 1,729 infantes y 1,161 de caballería, en total 3,273 hombres y, en cumplimiento de las instrucciones de su gobierno de iniciar una guerra defensiva, descubre la línea de comunicación y de abasto de Taylor con la base de operaciones norteamericanas ubicada en el fuerte de Santa Isabel, en las afueras de Corpus Christi, obviamente al norte del Río Bravo y al sur, claro que al sur del Nueces, territorio claramente mexicano. Se trataba de romperla a como diera lugar para bloquearlos, aislarlos y, una vez rodeados, abrir fuego sin pausa alguna.
Taylor descubre las intenciones de Arista a través de Chapita Sandoval, [77] un espía mexicano contratado por Kinney, el coordinador del servicio de inteligencia del ejército norteamericano y ante una agresiva y talentosa estrategia que, de lograrse, lo habría dejado descolgado, sin víveres ni médicos ni municiones, el 8 de mayo de 1846 en el llano de Palo Alto, enfrente de Matamoros, se da, durante cinco horas, lo que casi en su totalidad fue un duelo de artillería. Ambos ejércitos contaban con diez cañones, sólo que los mexicanos disponían de ocho únicamente de cuatro libras y dos, de ocho libras. Los norteamericanos, por el contrario, disponían de un alcance dos o tres veces mayor que el de sus enemigos: ocho cañones, pero de doce libras y dos, nada menos que de dieciocho libras.
El general Winfield Scott había aconsejado a Taylor contratar varios espías mexicanos simultáneamente porque se había comprobado que muchos agentes secretos se presentaban como tales sin serlo y, por lo mismo, vendían información falsa a cambio de una compensación económica injustificada. Lo más conveniente era poder cruzar los reportes porque ya se había descubierto que muchas personas, enviadas por Arista, revelaban planes inexistentes en forma intencional. No dé usted un paso en México sin que sus espías le digan qué encontrará donde coloque el pie. Con el dinero en efectivo que lleva para partidas secretas podrá usted contratar a un muy buen número de «agentes confidenciales» a su servicio. Créales sólo cuando los reportes de la mayoría coincidan en un solo objetivo. Cuidado: le venderían su alma al diablo…
Muy pronto la superioridad en materia de armamento y de conocimientos militares, sumados al efecto devastador causado por la información confidencial aportada por espías mexicanos y, ante la manifiesta superioridad de la artillería, se hacía patente la derrota, ¿la derrota?, la masacre en Palo Alto, que caía ante el poderío militar yanqui. Todo concluyó cuando la artillería hacía blancos una y otra vez causando bajas importantes, en tanto los hombres de Taylor rodeaban sigilosamente a los de Arista. Distraían al enemigo, lo cercaban escondiéndose sin disparar un solo tiro entre los matorrales. A la voz repentina de un Fire…!, ciertamente inentendible y otros tantos Fire…! Fire…! Fire…!, gritos emitidos rabiosamente como si se quisiera vengar una afrenta histórica, la fuga generalizada no se hizo esperar. En el campo de batalla quedaron los cadáveres de 252 mexicanos, mientras que en el lado norteamericano sólo se reconocieron once cuerpos.
¿Ahí, en Palo Alto, concluyeron las hostilidades todavía desconocidas, tanto por Paredes como por Polk, en razón de la distancia y la dificultad de las comunicaciones entre Washington y la Ciudad de México? No, qué va… Ante la precipitada y caótica huida de las tropas mexicanas al grito de sálvese el que pueda, que más tarde se escucharía una y otra vez por diferentes razones a lo largo de la guerra, el ejército yanqui dispuso la persecución de los soldados mexicanos hasta mucho más allá del otro lado del Río Bravo.
Cuando Arista y sus hombres se supieron perseguidos y ante la dificultad impuesta por la naturaleza, dados los enormes esfuerzos para cruzar o saltar por encima del Río Bravo y su enorme caudal, el general mexicano condujo a su ejército a un paraje conocido por unos como Resaca de Guerrero y por otros como Resaca de la Palma. Arista llevó a la tropa, el mismo 9 de mayo, al fondo de una barranca con bosques y pantanos a los lados. Supuso incorrectamente que ni ese día ni mucho menos en ese lugar sería atacado. De ahí que diera órdenes de desenganchar los cañones y de descuidar las reservas, las únicas que podrían auxiliarlo en caso de urgencia. Se abstuvo igualmente de proteger los flancos, precaución elemental a cargo de un militar prudente, con un mínimo de imaginación y perspicacia bélica.
Sintiéndose resguardado por chaparrales, matorrales y arenas movedizas, escondido en la hondonada, habiendo transcurrido ya casi treinta horas sin que la tropa probara alimento alguno y leyendo en su rostro las huellas de la fatiga, dispuso un descanso obligatorio. No había aprendido nada de las decisiones irresponsables de Santa Anna en San Jacinto. ¿No conoció ninguna de las decisiones que condujeron al desastre? De pronto, en el momento más inesperado, la temida artillería yanqui empezó a hacer de nueva cuenta blancos fatales y puntuales. La sorpresa fue inaudita. El miedo y la improvisación causaron los efectos deseados. Mientras se hacían del armamento necesario, lo preparaban, enganchaban los cañones, buscaban un lugar apropiado para la defensa y disparaban, el fuego enemigo causaba estragos. Las bajas fueron enormes. La mayoría de los artilleros mexicanos se lastimaron las manos, la cara o los oídos al detonar sus cañones al carecer del espacio necesario para ejecutar la maniobra. La tropa mexicana, desmoralizada en un principio, corrió más tarde despavorida hacia Matamoros. Arista, después de recibir una negativa de armisticio, se sumó a la fuga abandonando heridos, armamento, cañones, los menguados alimentos, el escaso rancho y las municiones. Muchos soldados mexicanos fueron hechos prisioneros por las tropas de Taylor. La rendición fue incondicional.
Cuando los norteamericanos percibieron la presencia de una bandera blanca continuaron disparando unos momentos más como si estuvieran vengando a los caídos en El Álamo, en El Goliad y sobre todo a los muertos de Carricitos. El intercambio de proyectiles había concluido. Al percatarse que efectivamente los mexicanos ya no devolvían el fuego, Taylor, sabiéndose observado por sus oficiales y subalternos de menor jerarquía, esperó pacientemente unos momentos antes de dar la orden de cancelar las hostilidades.
—Cease fiiiiring! —gritó, alisándose el bigote.
Los hurras yanquis de placer retumbaban como un eco macabro hasta más allá de la capital de la República mexicana.
Remontando valles, montañas, mares y ríos, llegaron hasta la isla de Cuba… Los prisioneros mexicanos, una vez desarmados, fueron ubicados en una pequeña plataforma a un lado de los pantanos. La mayoría de ellos fueron analizados detenidamente como bichos extraños. Bien pronto se convirtieron en objeto de una burla imprevisible cuando tiraron al suelo sus armas. Los observaban caminando alrededor de ellos como si hubieran descubierto un animal salvaje en medio del bosque y del pantano. Fue la primera ocasión en que los soldados yanquis conocieron de cerca los huaraches. Un grupo numeroso se desprendió entonces de su calzado enlodado en el instante mismo en que se les ordenó hacerlo de acuerdo a la traducción inmediata de dos de los espías mexicanos, quienes recibían toda clase de insultos que aquellos parecían no escuchar, a los que si acaso contestaban llevándose el dedo índice a la boca exigiendo silencio.
Varios voluntarios sin jerarquía militar se probaron las prendas mexicanas sentados en el suelo polvoso. Imposible caminar con ellas. Además del olor que despedían y la dificultad de fijarlas firmemente con los lazos de cuero desgastado, estaban confeccionadas para ser usadas simultáneamente para un solo pie, por lo general, el derecho. La fiesta llegó a un momento de esplendor cuando se turnaban los huaraches y trataban de desplazarse como mejor podían haciendo todo tipo de muecas y de movimientos grotescos. Sólo algunos de los vencedores supusieron la tortura insufrible que habría significado marchar en esas condiciones por largos períodos y además, subiendo o bajando montañas con lluvia o nieve. Los yanquis, aun los voluntarios, usaban buenos zapatos y botas para ser utilizados, también indistintamente, en cualquier extremidad y en toda clase de climas. Sus uniformes y equipo no dejaban de sorprender a los mexicanos. El proceso de observación era recíproco.