México mutilado

Francisco Martín Moreno · Capítulo 7 de 10 · parte 3/6

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México mutilado

Tercer capítulo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

La sensación de la asfixia se repetía noche a noche, cuando un verdugo, escondido tras una máscara oscura, azotaba violentamente el hacha contra su cuello haciendo crujir las vértebras como un par de bisagras viejas, antes de producir un enorme chorro de sangre oscura. De la misma manera deliraba al verse rodeado de un grupo de sayones vestidos con túnicas negras y enormes capirotes inquisitoriales que lo rodeaban para sacarle los ojos con los pulgares. Invariablemente amanecía con el rostro y el pecho cubierto por abundantes sudores y con la ropa hecha jirones después de vomitar pesadillas de horror.

Al pasar por Tula decidió esperar unos instantes a que sus hombres se adelantaran. Desfilaban frente a él. Lo saludaban informalmente, sin dejar de observar la figura del Benemérito de Tampico y su gran prestigio ganado en el campo del honor. Al dirigirse al norte, a enfrentar a Taylor, sufría el mismo frío de aquel terrible enero de 1836 en el Bajío. Cuando en ese maldito año vio desfilar a su ejército en filas de cuatro en cuatro, arrastrando los pies, los huaraches, los zapatos y en el mejor caso las botas, pensaba en el tamaño del sacrificio nacional para impedir que Tejas fuera desmembrada del resto del país. Los escasos ahorros públicos de México se consumirían en ese objetivo, al extremo de suspender el pago de salarios a burócratas y pensionados.

Santa Anna reflejó instintivamente un rictus de malestar en el rostro al recordar las fuerzas y equipo con que contaban tanto él como Vicente Filisola, el segundo en jefe, general de división del Ejército de Operaciones sobre Tejas. Enfrentar a una potencia como Estados Unidos con semejantes recursos fue una temeridad en 1836, tal y como lo es ahora mismo, en 1846, se dijo sin parpadear ni contestar los saludos de la tropa cuando pasaba frente a él. ¿Cuál es la diferencia, se dijo, entre 1836 y 1846 en materia de recursos humanos y pertrechos de guerra? ¿En qué hemos evolucionado?

Para rescatar Tejas en 1836 tuvo que cruzar el Río Bravo y lograrlo sin los medios necesarios para transportar 182 efectivos de artillería, 185 zapadores, 4,473 efectivos de infantería, 1,024 de caballería, 95 de caballería presidial y 60 de a pie: un total de

6,019 hombres y 21 cañones.[114] Llevaban 833 carros de ocho ruedas y 1,800 mulas, de las cuales 800 eran embargadas, además de 200 carretas tiradas por bueyes con los alimentos y, sobre todo, auxiliar a las mujeres y sus hijos en número de 2,500 personas. Toda una odisea.

Ahí marchaban, al encuentro de su destino, a El Álamo, unos dos mil hombres de la guarnición de la capital de la República, debidamente uniformados, con pantalones blancos, casacas azules con puños color escarlata y charreteras verdes. Llevaban un sombrero elevado rematado por una pluma roja de gran tamaño, un peto de latón y una manta blanca enrollada y colocada tras los hombros. Estos breves contingentes tenían según, Su Excelencia, todo el aire de la Gran Armada de Napoleón.

Después de los elegantes atuendos de algún reducido sector de la infantería, a continuación marchaba una inmensa masa de campesinos, vestidos con trajes de manta, reclutados contra su voluntad, analfabetos, al igual que un nutrido grupo de mayas aportados por el gobierno de Yucatán, todos ellos lanzados a la guerra sin los conocimientos ni, al menos, un entrenamiento básico. Dan pena, se dijo en silencio Santa Anna, cuando recordó que iniciaba una aventura militar de semejantes proporciones sin un cuerpo de médicos ni cirujanos experimentados ni ingenieros ni expertos en logística ni curas para dar misa, confesar o conceder la extremaunción ante los casos irreparables. Nada. ¿Qué hacer con los heridos sin los medicamentos adecuados y elementales? Una herida insignificante no sólo implicaría un hombre menos para el combate, sino la amputación del miembro lastimado o hasta la muerte misma por impotencia para contener la gangrena. ¿Cómo escoger los terrenos con las mejores condiciones para acampar y para el combate? ¿Cómo desplazar los cañones en el mejor tiempo posible y sin pérdida de municiones? ¿Quién moriría reconfortado después de recibir todos los servicios espirituales?

Bien pronto tocó el turno de la caballería, un cuerpo privilegiado por Santa Anna, uniformado con pantalones azul oscuro, saco escarlata, solapas verdes, charreteras doradas y collares para acreditar la jerarquía militar. Ostentaban cascos decorados con grandes penachos y enormes capas de piel de vaca que cubrían tanto al jinete como al animal. El presidente de la República contemplaba a los caballistas con gran simpatía. Puesto de pie y sin soltar las bridas de El Fauno, saludaba a sus soldados más aguerridos con aire y protocolo marcial. No se había extraviado el sonido de los cascos de los caballos al golpear algunas piedras, todavía se escuchaba su bufar aislado, cuando aparecieron, ante la vista de Su Excelencia, unas mil quinientas mujeres y sus hijos, un total de dos mil quinientas personas que seguían la marcha del

ejército sin apartar la vista del camino de polvo.[115]

El contingente integrado por estas familias se perdía en una línea de un par de kilómetros de longitud. Santa Anna despreciaba estos grupos, pero no tenía más remedio que tolerarlos por la ayuda que obsequiaban. Se trataba de las esposas de los soldados reclutados en contra de sus deseos, atrapados en el interior de una iglesia, arrodillados frente a un crucifijo, cazados en un mercado o en plena vía pública o al salir de alguna cantina después de beber un par de vasos de pulque, jóvenes, como requisito indispensable, a quienes, una vez sometidos y por más resistencia que opusieran, se les encadenaba y se les obligaba a formar fila para «defender la patria amenazada…». Ellas, sus mujeres, igualmente descalzas y con chamacos envueltos en los rebozos desgastados, lavaban la ropa, cocinaban con lo que tuvieran a su alcance, ordenaban a los niños o se prostituían cuando su marido caía en una batalla y lo reemplazaban por otro soldado de acuerdo a una vieja tradición de apoyo y solidaridad. Ahí estaban ellas, invariablemente siguiendo a sus hombres en los caminos tortuosos o en las mismas batallas ayudándolos, si acaso, a cargar los mosquetes. También se les veía golpeando con una varita en las ancas a un burro que cargaba los víveres o silbándole a la bestia para animarla o vendiéndola en un local abierto a un comerciante de ganado a cambio de unos pesos para comprar comida. ¡Cuántos hombres no hubieran muerto de inanición de no haber existido estas venturosas mujeres que a diario hacían el milagro de las tortillas, los frijoles y las salsas!

Para el César resultaba conveniente constatar una vez más de qué hombres y equipo dispondría para largar del territorio nacional a los téxicans que exigían la independencia de Tejas y la fundación de una futura República, libre y soberana. Según Santa Anna, la inmensa mayoría de los tejanos de aquel 1836 no habían nacido ni siquiera en Tejas. Se trataba de meros prófugos de la justicia americana, aventureros del Mississippi, mercaderes corruptos de la Luisiana y agricultores de Kentucky, Tennessee y Alabama, además de soldados disfrazados de granjeros, supuestos inmigrantes en busca de tierras, ciertamente lacayos de la Casa Blanca y del Departamento de Guerra…

En realidad, recordó cuando ya empezaba a contemplar las planicies queretanas, la insurrección de los colonos había comenzado cuando el gobierno mexicano decidió restablecer las aduanas, la aduana de Anáhuac y las guarniciones militares en Tejas. ¿Cuáles colonos?, eran yanquis invasores, transgresores de la ley, piratas camuflados de civiles enviados por los presidentes de Estados Unidos para «poblar», en realidad para empezar a robarse el territorio de Tejas. ¿Por qué pagarle impuestos al gobierno mexicano, grandísimos cabrones, no? El coraje se revivía en su interior como si el tiempo no hubiera transcurrido. Vino a su mente el momento en que ordenó la clausura del Congreso y se erigió como dictador para emitir decretos y gobernar como le viniera en gana, sin pedir autorización a Congreso alguno para imponer y cobrar impuestos al comercio exterior o interior. Como dictador tú eres la ley, tú sabes si aplicas o no las normas aduanales. Encarnas el Estado. Entonces ejerces el monopolio de la fuerza para dirigir al país hacia la ruta más conveniente. Conoces mejor que cualquiera lo más conveniente para los gobernados. Lo sabes: por algo eres el supremo intérprete de la voluntad popular.

Santa Anna mostraba una sonrisa sardónica. Los Congresos, se convencía mientras esperaba sentado a la sombra de un pirú con los codos apoyados en las rodillas y el mentón en los puños cerrados, sirven para dividir el poder, sólo que a los mexicanos siempre les ha gustado que alguien concentre toda la autoridad y la ejerza. No perdonan la tibieza. La entienden como falta de virilidad impropia en un país de machos. Güevos, güevos para mandar y gobernar. Si tienes el marro, úsalo, no es como la espada decorativa en un uniforme de gala… ¿Para qué entonces jugar a la democracia con parlamentitos que sólo nos desvían de nuestro rumbo y entorpecen la marcha de los asuntos que verdaderamente benefician al país? Mejor, mucho mejor, clausurar sus odiosos recintos y largar a los legisladores del país a patadas…

Resultaba imposible no recordar la marcha por la reconquista de Tejas en aquel nefasto y dramático 1836, un año trágico, auténticamente negro en la historia de México. Habían transcurrido diez años y ahora enfilaba nuevamente al norte, a enfrentar a los norteamericanos, a quienes esta vez ya no les bastaba Tejas, desde luego que no: su voracidad no tenía límites, sus apetitos territoriales eran insaciables. Esos traficantes asesinos venían por el resto del país matando y quemando todo a su paso, al estilo de Atila, quien decidía a su capricho lo que tomaba, fuera de quien fuera, y luego lo desechaba o se lo apropiaba para siempre… Adiós México, adiós patria querida, adiós nacionalidad… Ahora ya no vienen sólo por Tejas, esta vez quieren todo el país…

En ese momento percibió, en las alturas, a un nutrido grupo de zopilotes en espera de alguna res muerta. ¡Qué festín devorar la carroña!, sólo que para esos pajarracos no se trata de carroña. Los hedores mefíticos les despiertan el apetito y se solazan y se atacan entre sí al devorar o disputarse las tripas podridas repletas de excremento en descomposición. Se trata de un auténtico placer. En la política es lo mismo, se convencía de la metáfora, hay personas que se escandalizan con nuestra conducta porque no entienden nuestras reglas ni comprenden que nuestro comportamiento responde a una búsqueda de las mejores opciones para la patria… No hay de qué sorprenderse ni poner caritas…

Si los tejanos se rebelaron contra el pago de impuestos, concluyó sus recuerdos en esa parte del camino, mucho más se opusieron cuando nos convertimos en República centralista. En ese momento, esos bellacos, instruidos desde la Casa Blanca, decidieron separarse de México y yo, desde luego, no lo iba a consentir. De ahí mi viaje a Tejas con seis mil hombres: sólo fui a impedir que se independizaran de nuestro país y que mutilaran para siempre nuestro territorio. Ignoré a mis detractores de siempre, quienes lógicamente, parapetados en su eterna cobardía, se opusieron a la campaña militar tejana porque sabían que el problema no era en contra de los odiosos téxicans, sino que, en el fondo, se trataba de una confrontación disfrazada contra Estados Unidos, un coloso que trabajaba arduamente en su estrategia expansionista. ¿Cómo atacar, en realidad, a nuestro vecino del norte con la tesorería quebrada, con un ejército de muertos de hambre y con equipos caducos? ¡Que no vaya Santa Anna a Tejas! Vendámosla, olvidémonos de ella y reconstruyamos el país con el producto de la enajenación de los territorios. Malvados traidores: si supieran que a mí Tejas me importaba menos que un cuarto de carajo y que yo sólo iba en busca de la gloria…

Una de las peores adversidades que encontraron en aquellos años cuando se dirigían a El Álamo, a El Goliad, concretamente a San Antonio de Béjar para dar con Sam Houston y traerlo arrastrado por un caballo hasta la Plaza de la Constitución, fue sin duda el invierno, el gran enemigo invencible del propio Napoleón. Pocos imaginaron que, después de apretar el frío al extremo de paralizar el cuerpo, unos tímidos copos anunciarían la presencia de una pavorosa tormenta de nieve, un espectáculo de verdadero horror, justo cuando se encontraban a unos pasos para iniciar el cruce del Río Bravo a la altura de Laredo. Los males no concluían, por el contrario, comenzaban. Los mayas empezaron a golpearse las manos, saltaban como si les hubiera caído un panal o un avispero en la cabeza. Después, como si ellos mismos trataran de abrazarse, se daban manotazos en la espalda. El denso vaho de su aliento era la mejor prueba del rigor invernal. Muy pronto se les vio llamarse entre sí en su lenguaje ciertamente incomprensible y reunirse con los pantalones y camisas de manta y los huaraches húmedos, los pies ya congelados, en pequeños grupos para juntar algo de calor entre todos los cuerpos morenos. Al amanecer, esos hombres integraban un monumento funerario, un breve mausoleo de hielo, hecho sólo con los cadáveres de los aborígenes desconocedores de semejantes fenómenos naturales y que nunca entendieron lo que habían venido a defender por más que se les explicó la justificación de su presencia en el norte del país, donde hombres altos, blancos y barbados, deseaban apoderarse de una parte muy importante de la patria. La masa para las tortillas se había petrificado. El clima había cobrado sus primeras víctimas sin que ninguno de los cañones de ocho libras hubiera detonado para iniciar el rescate de Tejas.

La peregrinación aparecía cada vez más diezmada. Día tras día se encontraban cuerpos de niños o de mujeres que habían perecido igualmente congeladas como muchas de las mulas de carga. Numerosos hombres cojeaban ayudados por muletas improvisadas porque habían amanecido con los pies morados, tumefactos, endurecidos, helados, impedidos de practicar el menor movimiento. ¿Cómo amputarles la extremidad sin la presencia de un médico? Los condenados a muerte trataban inútilmente de continuar el viaje rumbo al norte hasta que, resignados, abandonaban cualquier esfuerzo para ponerse de pie. Se rendían. Descartaban o rechazaban cualquier ayuda. Ya todo es inútil. Déjenme morir en paz… La pulmonía se convirtió en un flagelo ante la falta de medicamentos. Entre las bajas y las deserciones nocturnas, el Ejército de Operaciones sobre Tejas perdía el veinte por ciento de sus hombres antes de librar la primera batalla.

Santa Anna, mientras tanto, descansaba en su tienda de campaña, en cuyo interior se encontraba una cama, candiles y tapetes persas, además de un número indeterminado de artículos y objetos imprescindibles para su aseo personal.

¿El castigo ya era suficiente? ¡Qué va! Todavía tuvieron que resistir ataques repentinos de comanches y apaches antes de llegar a Tejas, agresiones que cobraron vidas y que concluyeron en el robo de alguna parte de los escasos comestibles. Por si hubiera sido insignificante el daño sufrido por el invierno, ¡ay!, Napoleón, ahora te comprendo, todavía se presentó un obstáculo natural totalmente previsible que agotaría las reservas de paciencia del Ejército de Operaciones: ¿Cómo cruzarían el Rio Bravo 8,500 personas, desde luego, sin puentes, con carretas tiradas por bueyes, carros pesados de ocho ruedas, piezas de artillería, víveres, municiones y pólvora?

Se improvisan balsas después de talar los árboles de la periferia. El ejército carece de equipo de puente. Santa Anna dirige las operaciones montado en su brioso corcel. Se muestra incansable. Infatigable. Lo vi ayudar a unos muchachos a cortar un árbol con una sierra desgastada. Por aquí, por allá, ordenaba inquieto y furioso mientras golpeaba con el fuete las ancas de su caballo. Ayuda a amarrar los troncos. Trae cordeles. Golpea con el hacha. Coordina las actividades. Se exhibe como un gran organizador.

La caudalosa corriente del río vuelca las primeras barcas preparadas con la máxima rapidez. La intensidad de las lluvias ha producido grandes riadas. Se oyen los gritos angustiosos de auxilio de los soldados-campesinos que se hunden sin saber nadar. Los animales sacan desesperadamente las cabezas del agua hasta perderse para siempre después de una breve lucha. La carga naufraga. Todo se pierde en el primer intento. El Bravo se traga hombres, equipos, caballos, mulas y bueyes. Momentos después recupera el silencio y su flujo natural como si nada hubiera acontecido. Vienen los segundos y los terceros intentos. Se escuchan gritos de los oficiales:

«Mójense ustedes, pero que no se moje la pólvora». [116] Llega uno, más tarde otro hasta la margen izquierda. Intentan regresar al lado opuesto para hacerse de más pasaje, haciendo palanca y oponiendo resistencia, con un palo largo. Son pangas muy rudimentarias. Imposible, la corriente los arrastra, junto con los hombres que se atreven a cruzar a pie, caminando sobre el fondo, apoyándose en las piedras sumergidas. Bien pronto se pierden en la marea. Tienen que abandonar municiones, pólvora y provisiones en la margen derecha. Una catástrofe. El agua gélida complica las operaciones. Cuando están listos para proseguir la marcha hacia San Antonio, las fuerzas se han agotado. El frío ha destruido el ánimo. El escaso coraje ha desaparecido. Son señales ominosas que el César ignora.

—Continuemos —arengó Santa Anna a los suyos—. Continuemos hasta izar esta bandera mexicana que sostengo entre mis manos, en lo alto del Capitolio en la ciudad

de Washington. [117]

Para estimular a la tropa que temblaba de frío, todavía clamó al cielo hasta perder la voz con este grito patriótico que a todos nos motivó: «Yo marcharé personalmente a someter a los revoltosos y una vez que se consume este propósito, la línea divisoria

entre México y Estados Unidos se fijará junto a la boca de mis cañones».[118]

Al final Santa Anna leyó un decreto en voz alta y firme, cuyo contenido siniestro muy pronto se encargaría de ejecutar, con todas sus consecuencias:

«Los extranjeros que desembarcaren en algún puerto de la República Mexicana y penetraren por tierra armados y con objeto de atacar nuestro territorio, serán tratados y castigados como piratas y se les pasará por las armas como corresponde a todo

invasor».[119]

Continúa la marcha rumbo a El Álamo. Se decide dividir al ejército. Una medida estratégica equivocada: una parte se va con el general Filisola, otra con el general Urrea y la última marcha bajo el mando del general Ramírez y Sesma, el famoso militar que acuñó la frase: «Con el negro pellejo del presidente Vicente Guerrero, me

haré un par de botas.» [120] Sí, sí el mismo Ramírez y Sesma que robó como nadie la plata de Zacatecas cuando Santa Anna la atacó y doblegó con un enorme saldo de muertos, unos meses atrás sólo por resistirse a aceptar, como Tejas, la conversión de República Federal a República Centralista. El mismo Ramírez y Sesma que vendía los pertrechos de guerra a los soldados, así como los alimentos, la ropa y las mantas.

¿Cómo es posible que usted lucre con el dolor, la enfermedad y el hambre de los suyos?, le pregunté un día a este afamado militar tan reconocido por Santa Anna. ¿No se da usted cuenta que no hay nada para nadie y lo poco que existe, usted lo aprovecha para enriquecerse en lo personal? Me ignoró al contestarme que Ricardo

Dromundo, el cuñado de Santa Anna,[121] hacía lo mismo con toda impunidad y nadie se atrevía a reclamarle su comportamiento. Si él se somete a la ley y asegura respetar las órdenes de la superioridad, yo, por mi parte, me dijo el gran cínico, empeño mi palabra para garantizarle a usted que, desde luego, continuaré haciendo negocios con la masa, las tortillas y el piloncillo de estos infelices muertos de hambre… Sólo repuse: si esta guerra por la recuperación de Tejas se pierde será por culpa de los generales como usted. El ejército regular está muy por encima de la calidad de sus directivos. Dicho esto, continuó contando sus monedas, haciendo pequeños lotes y engolosinándose con tan sólo verlos. No me volvió a dirigir la mirada.

¿Cómo podía Santa Anna sustraerse a tantos recuerdos de aquél fatídico 1836 si, ahora, en 1846, recorría el mismo camino? Tirando a su caballo del ronzal caminó al paso de las mujeres que integraban la retaguardia de su ejército. ¿Qué ejército del mundo permitiría la presencia de las esposas y los hijos de sus soldados en una guerra?, se preguntó mientras veía varios comales que sobresalían perdidos entre los huacales que arrastraban penosamente esas mujeres, auténticas heroínas. Realmente integramos un país diferente…

El sol calcinaba. Por la noches helaría. La diferencia de temperaturas a nadie sorprendía en el Bajío, salvo a los extraños. Mientras Su Excelencia se desplazaba al ritmo de su gente, pensó cuando en abril de 1835, antes de atacar Zacatecas por oponerse a la República centralizada, él había renunciado a la presidencia de la República para encargarse del ejército, pero el Congreso no le había aceptado la dimisión, rechazando la moción entre discursos encendidos. ¿Por qué, por qué fui tan imbécil de aceptar la investidura presidencial y la jefatura del ejército simultáneamente? Un presidente con licencia, pero al fin y al cabo presidente de México. Sí, así, con semejante nombramiento a cuestas, se había dirigido a Tejas y con esa personalidad caería en manos de Sam Houston. Un jefe del Estado Mexicano preso por sus enemigos yanquis. ¡Horror! De otra manera, se dijo, en silencio, los americanos hubieran aprehendido a un general mexicano, si se quiere al de máxima jerarquía, pero nunca a la primera figura política de la nación. ¡Cuánta desesperación ante su captura!

Santa Anna se ajustaba el sombrero. Volteaba inquieto para ambos lados. Se acariciaba la barba sin percatarse que era presa de una gran inquietud. Los recuerdos que lo habían proyectado al insomnio.

No podía olvidar cómo, en ese entonces, lo bombardeaban a diario con noticias provenientes de Tejas hasta convertirlo en una tea humana. En su carácter de distinguido, probado y comprobado patriota jamás toleraría que los yanquis se engulleran nuestro territorio de un solo bocado. Los obuses, guardados en sobres lacrados, le estallaban a diario en plena cara: «Mientras los mexicanos resuelven la mejor forma de autogobierno, en Nacogdoches —junio del 35— se levantan en armas los tejanos». «Los yanquis aprovechan la anarquía política existente en México para desmembrarlo». En octubre, «Los norteamericanos infiltrados en Tejas proclaman su independencia de México. ¿Razones? La derogación de la Constitución de 1824…». En noviembre «Los colonos tejanos toman El Álamo. El general mexicano, Martín Perfecto de Cos, el cuñado de Santa Anna, encargado de liberar Tejas, huye con ochocientos hombres y abandona el equipo militar…». «Compañías inmobiliarias de Nueva York, la Galveston Bay and Tejas Land Company, financian la conjura». «Se ha iniciado ya un reclutamiento de voluntarios en Nueva York, Pennsylvania y Nueva Orleans para combatir en Tejas contra México». «Se desata en Estados Unidos una fiebre por Tejas: si los mexicanos no pueden autogobernarse, ¿cómo van a gobernar los territorios del norte, cuando sus políticas, además equivocadas, tardan meses en llegar aquí?».

Era tal el cúmulo de reportes, notas, informes que arribaban a diario a la Ciudad de México, tan claros los planes con los que Estados Unidos tramaba y ejecutaba el robo de nuestro territorio, que la angustia y el coraje por la descarada mutilación de la patria nos hacía apretar, instintivamente, tanto los puños como las mandíbulas. Todos clamábamos venganza.

Santa Anna marchaba con la mirada extraviada. Recordaba los alcances de su rabia cuando le notificaron, todavía antes de cruzar el Bravo, que «proliferan las organizaciones para reclutar voluntarios dispuestos a luchar por la libertad y la democracia en Tejas». «Se recolectan fondos para hacer una Tejas libre del despotismo». A ningún tejano se le ocurre disponer para fines personales de lo recaudado ni robar esos dineros. Son recursos intocables, destinados a un fin específico. «El presidente Jackson, a favor del movimiento, ordena encubiertamente la concentración de tropas norteamericanas en la frontera. Sólo intervendrán si Houston así lo decide y en escrupuloso secreto». «El expresidente John Quincy Adams declara públicamente que entre Jackson y Houston traman por primera vez una guerra anexionista». «Desde la Luisiana se mandan armas a Tejas. El gobierno legalista de Jackson disimula las ayudas encubiertas. No desea verse involucrado». Castillo Lanzas, embajador de México en Washington, escribe «O se vende Tejas o se impone el orden». «En la convención de colonos tejanos de noviembre de 1835 se exige la separación de Tejas de México hasta el retorno del Federalismo». «El jefe de la Casa Blanca no puede ignorar las fronteras acordadas en el Tratado Adams-Onís de 1819. Sólo puede comprar Tejas o lograr su independencia de México». «El interés de Inglaterra y Francia por Tejas significa una amenaza para Estados Unidos. Jackson convertido en el primer promotor de la anexión antes de que Tejas caiga en manos de otra potencia extranjera». «Tejas se erigiría, de acuerdo a su Constitución, en estado esclavista y podría conducir al desmembramiento de Estados Unidos por cuestiones raciales. Esta decisión desquiciará al Congreso norteamericano. Los esclavistas tendrán más asientos que los abolicionistas. Se habla de guerra civil, guerra de secesión».

Por mí que se maten entre ellos. Mejor, mucho mejor que alguien haga el trabajo en mi lugar, se decía Santa Anna sonriendo, mientras montaba de nuevo su caballo sin dejar de pensar también en la batalla que próximamente libraría en contra de Taylor… Esta vez el combate no será contra norteamericanos disfrazados de tejanos como hace ya 10 años, sino contra el ejército de Estados Unidos. Abierto, claro, evidente: existe una declaración formal de guerra entre ambos países.

Encorvado, sentado en la montura, continúa en sus evocaciones haciendo un recuento del origen del desastre tejano. En diciembre de 1835, ya lanzado a la reconquista de Tejas, le había llegado una copia de la declaración de independencia en la que se asentaba «… los tejanos tomamos las armas para defender nuestros derechos y libertades amenazados por el despotismo militar». «Los tejanos declaramos nula toda relación de subordinación con México». «Los tejanos no aceptaremos en el futuro ningún derecho de las autoridades mexicanas». «Los tejanos les declaramos la guerra a México por negarse a reconocer nuestra posición política». «Los tejanos premiaremos generosamente con las tierras de esta nueva República a quienes se sumen a la defensa de este nuevo país». Esta oferta produjo una enorme migración yanqui hacia ese disputado territorio mexicano.

¡Mil veces cabrones, cabrones y más cabrones todavía, los países que, como Inglaterra y Francia, reconocieron diplomáticamente, un par de años más tarde, a la naciente República de Tejas! ¿Cómo aceptar que Tejas tenga su propio embajador en la Place Vendóme, en París…? A pedradas, a patadas, si no tuviera otro recurso, sacaría a esos invasores el Benemérito en Grado Heroico, nombrado así después de la matanza de Zacatecas. ¿Cómo es posible, se preguntó contemplando la inmensa llanura queretana, que de 55 firmantes del acta tejana de independencia, sólo un mexicano se encontrara como suscriptor del gran hurto? Todos eran piratas norteamericanos, salvo Lorenzo de Zavala, exdelegado en las Cortes de Cádiz, exgobernador del estado de México, exsenador de la República, exministro de México en Francia. ¿Un mexicano ilustre que se pone del lado de los tejanos porque no está de acuerdo con la derogación de la Constitución de 1824? Al diablo con que su vida será motivo de estudio por los historiadores para justificar su conducta y abstenerse de justificarla como una gran felonía…

A Lorenzo de Zavala y a todos los mexicanos que hubieran ayudado de una forma o de la otra a los tejanos, los colgaría de un álamo y más tarde los haría quemar en leña verde… Traidores infelices… Bien lo sabía el Benemérito: sin la ayuda económica, el apoyo militar, el respaldo moral, los hombres, el equipo bélico y las municiones concedidas y abastecidas encubiertamente por Estados Unidos a los colonos, éstos nunca hubieran logrado su independencia. Aplacar la rebelión hubiera sido una tarea más sencilla que el sometimiento de Zacatecas cuando se levantó en armas por la misma razón que Tejas. Sólo que en este caso el problema no era contra mexicanos sublevados, sino contra Estados Unidos.

Santa Anna sonreía satisfecho cuando se percató que el sol ya estaba en el cenit. Muy pronto sería el momento de descansar para no agotar a la tropa inútilmente. En el atardecer baja el consumo de agua. Se suda menos. Se avanza más. El desgaste es menor. El ánimo es otro. Se pueden exigir esfuerzos adicionales.

¿Que juré la Constitución de 1824 y luego la derogué y por esa razón Tejas pretende independizarse? Sí, en efecto, hay un paralelismo en las relaciones con las mujeres y la política: Prometer, prometer hasta meter y, después de metido, olvidar lo prometido… ¿Acaso la política y las mujeres no representan el juego más hermoso de la existencia?

¡Descanso a toda la tropa!, tocó un ordenanza cuando daban las trece horas.

Antonio López de Santa Anna llegó finalmente a San Antonio de Béjar a principios de 1836. Ahí se encontró conque El Álamo continuaba tomado por 183 rebeldes al mando de William Barret Travis. Entre los «colonos» defensores de la vieja misión estaban Jim Bowie, traficante de esclavos, y David Crockett, el aniquilador de indios, amigo muy cercano, al igual que Houston, del presidente Jackson. Con la salida de Cos, la autoridad mexicana había desaparecido de hecho y de derecho. Supo que en los próximos días, el primero de marzo, en Washington en los Brazos, un pueblo de siete mil habitantes, se firmaría el Acta de Independencia de Tejas. La suscriben once representantes de Virginia, nueve de Tennessee, cinco de Carolina del Norte, cinco de Kentucky, cuatro de Carolina del Sur, dos de Tejas, dos de Nueva York y dos de

Pennsylvania…[122] ¿Dónde están los mexicanos rebeldes que desean formar una República soberana? No se les ve. Está clara la estafa. Se asoma la cola del zorro debajo de la piel de oveja. La obviedad enfurece. David Burnet será el primer presidente de la República, Lorenzo de Zavala el vicepresidente, al que le espera la pira, según Su Excelencia, y Samuel Houston, jefe de las fuerzas militares del nuevo país, titular de un ejército inexistente.

¡Marchemos a El Álamo! ¡Acabemos con los invasores! ¡Que no quede uno solo! ¡Hagamos que paguen el precio de sus fechorías! ¡Nadie puede atentar contra la dignidad de México sin pagar las consecuencias, una a una! ¡Que escarmienten los piratas! ¡Impongamos una medida ejemplar: no puede haber sobrevivientes! ¡Así nunca olvidarán la lección! ¡Desenvainen las espadas! ¡Mosquetes al hombro! ¡Lanzas en ristre! Caballería, artillería, infantería, pueblo de México: ¿Listos…? ¡Vayamos por los atracadores; ¡Hagamos justicia! ¡Demostremos por qué nos ganamos la independencia de España! ¡Jamás caeremos en ningún otro tipo de vasallaje! ¡Sabemos defendernos solos! ¡Salvemos a la patria! ¡Seamos sus dignos hijos!

Las tropas de Santa Anna arriban finalmente a El Álamo. En la sobriedad de la construcción destacan las manos de los franciscanos. Ellos abandonaron la misión muchos años atrás. Hoy se encuentra convertida en una fortaleza. Sus muros de tres metros de altura y uno de ancho, lo demuestran. Se encuentra defendida «por catorce cañones enfilados desde las esquinas, en las puertas y en los ángulos». La altura de los álamos despierta la imaginación del César Mexicano. Sus ramas resistirán el peso de muchos invasores que, colgados, configurarían un hermoso monumento a la justicia.

Empieza un largo sitio que los defensores resisten inexplicablemente. Travis envía un mensajero exigiendo refuerzos. Ya todo parece depender de los niveles de paciencia de Su Excelencia, el señor presidente de la República. La orden de ataque se da con la intercepción de un correo con la respuesta de Houston: «Ánimo y sostenerse a todo trance, pues ya voy en camino a su auxilio con dos mil hermosos hombres y ocho cañones bien servidos». No hay tiempo qué perder. Llegó la hora de aplastar a las cucarachas, se dice el César Mexicano. En la noche del 5 de marzo de 1836 ordena a los de a pie que se acerquen lo más posible a la muralla. Se le contradice: «Señor, comencemos mejor con la artillería y horademos los muros de la misión. No expongamos a la tropa al fuego criminal de los tejanos». El Benemérito contesta: ni son tejanos porque son yanquis y si usted sabe más que yo, vaya al colegio militar a dar clases. Todavía se le insiste: expondremos a nuestros hombres a un riesgo inútil. Cuidémoslos para cuando enfrentemos a Houston. Además, mañana llegarán cañones de más calibre… ¡A callar!, es la respuesta, o los mandaré juntos al frente. Además, la vida de uno de estos soldados no vale más que la de una gallina…

El general en jefe-presidente desespera, grita, insulta, ofende, reprende y maldice sin justificación alguna. La urgencia por dar con Sam Houston le impide pensar, reflexionar y medir el peligro, evaluar juiciosamente su situación y la de la tropa. Llega a golpear a los soldados, unas veces con violencia, se le nota iracundo, en otras tantas maltrata a sus subalternos con un señalado dejo de amargura. El grupo íntimo de colaboradores se percata de las dificultades para concentrar su atención en un asunto, aun cuando se trate de un tiempo reducido. Se le ve disperso, ajeno, abatido, abúlico: sólo parece poner toda su atención cuando se pronuncia el nombre de Houston. Aparenta ser un fanático. El alto mando desconfía de sus decisiones. Las contraórdenes se repiten varias veces al día. De la gran exaltación pasa a la apatía. De los discursos grandilocuentes cae en la pasividad con la mirada extraviada. Desea acción, contra quien sea y como sea, pero al fin y al cabo, acción. Busca a los téxicans en cada rincón. Los persigue en sus sueños. Sus generales se miran entre sí,

confundidos. Empiezan a apodarlo «El Anormal».[123] Se duda de su equilibrio. Hay quien sostiene que en su ofuscación es capaz de ir él solo a combatir a Houston a pesar de contar éste con un ejército pertrechado por la Casa Blanca. No se percata del riesgo. No tiene los pies en el piso. No comparte su «realidad» con la de sus generales. Ya sólo se espera que la capacidad de improvisación de sus soldados les permita superar las instrucciones erróneas dictadas por su máximo jefe. Es el mismo hombre, el Napoleón del Oeste, quien sostuvo al cruzar el Río Bravo, que bien pronto izaría la bandera tricolor en el Capitolio en Washington…

Santa Anna ignora que Houston no mandará los refuerzos prometidos. Ha planeado una sanguinaria trampa. Si un hecho va a despertar la rabia de toda Texas y de Estados Unidos, es la masacre que ya se prevé en El Álamo. «Dejemos que asesinen a mansalva a esos heroicos defensores nuestros, convencidos de su patriotismo. Su muerte será la bandera con la que ejercitaremos una venganza masiva, furiosa y justificada», concluye el jefe de la «armada tejana» en la soledad de su tienda de campaña. Además Sam Houston, analista devoto de las grandes batallas del pasado, seguirá los consejos estratégicos de Quintus Fabius Maximus, el general romano vencedor de Aníbal: huir y huir de día y de noche de las tropas del cartaginés crecido y ensoberbecido ante la inminencia de su éxito. Ya los tengo, ya los tengo gritaba mientras perseguía al romano sin tregua y sin dolerse por el agotamiento de su ejército. Bien pronto, los africanos exangües exigieron un descanso en un terreno adecuado, mismo sobre el que Fabius Maximus dirigió el ataque final, obviamente por sorpresa. ¿No se había ganado Fabius un lugar destacado en los diccionarios de historia militar? Rehuir la confrontación para ganar ventajas hasta la victoria final.

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Houston sólo necesita que los mexicanos extingan a tiros a los defensores de El Álamo y de inmediato se lancen a la persecución del ejército tejano. Se moverá nervioso de un punto al otro. Los confundirá, los cansará, los dejará fatigados y exhaustos en el lugar preciso y entonces, apoyado por sus propias fuerzas y las tropas abiertamente norteamericanas del general Gaines, acantonadas en la frontera, según las instrucciones del presidente Jackson, atacará en el momento preciso con todas las ventajas para darle una lección inolvidable al «Salvador de la Patria». Houston y Jackson habían acordado en secreto que si Santa Anna perseguía al primero hasta más allá del Río Sabina, el de la frontera de Tejas con la Luisiana, en ese momento Estados Unidos declararía la guerra, con toda justificación, por violación territorial de otra potencia… Otra trampa muy bien urdida… ¡Ay de Santa Anna y por ende de México, si Su Excelencia masacraba a los rebeldes de El Álamo y se echaba encima a toda la comunidad civil y militar de Tejas y de Estados Unidos…! ¡Ay del Napoleón del Oeste si se decidía a perseguir a cualquier costo a Houston hasta dar, ya agotado, con él…! ¡Ay del general-presidente si en su arrebato por extinguir al ejército tejano cruzaba el Río Sabina…! Lo que le esperaba… Lo que le esperaba a México…

—Sam, debe parecer que huyes en dirección al Sabina. Si lo cruza Santa Anna, ahí mismo lo crucificaremos. De otra suerte Gaines te ayudará con «desertores…». Nunca pierdas de vista que invariablemente se trata de culpar a la víctima de todos los males. Tú eres responsable, le dirás al agredido, de que tenga que matarte. La culpa es tuya y por ello te desmiembro…

Santa Anna invita a la rendición incondicional. De uno de los muros de El Álamo estalla un cañón. Ésa es la respuesta. La bomba hace blanco a un lado del cuartel general del presidente. Éste hace clavar una bandera roja a las puertas de la misión. A nadie escapa su significado. A partir de ese momento no habrá tregua ni perdón ni piedad ni consideración alguna. El domingo 6 de marzo de 1836 ya no se da un toque de queda, sino de «al ataque». A continuación se escucha una segunda instrucción del ordenanza. Llama a degüello. No puede haber sobrevivientes. A quien se le encuentre con vida se le degollará, se le encarnará la bayoneta oxidada en la tráquea o se le disparará a la cabeza a quemarropa.

Los primeros mexicanos que llegan al pie de los muros son rociados con balas. Por supuesto son sacrificados inútilmente. El ataque a la misión es por todos los flancos. Cae el muro exterior. Los artilleros dejan de disparar. Todos son baleados. Los cañones se silencian. Los tejanos se refugian en el convento, en la iglesia. Se esconden tras unos sacos de arena; una barricada improvisada. No resisten el fuego mexicano. El final es inminente. Cae la sacristía. Es tomado el recinto. El pasillo interior de la parroquia. Los confesionarios. Las criptas, aposentos, habitaciones, patios y jardines. La lucha es cara a cara, frente a frente, ojo por ojo, con sables, bayonetas, a golpes, con cuchillos que cuelgan de los cinturones, con pequeñas pistolas escondidas en las botas. Un vendedor de pieles hace su última defensa con una navaja de peluquero, un verduguillo obsequiado por su padre. Recibe un tiro en la garganta. Sus contracciones llaman a la piedad. Dale un balazo pa’ que deje de sufrir. Mejor déjalo que se tarde en morir, por ladrón. Nadie se salva del degüello. Una bandera con los tres colores patrios, verde, blanco y colorado que ostentaba un 1824 al centro es descolgada, arriada y tirada a un lado, para izar una con los mismo colores pero con un águila devorando una serpiente. No al México federal. Sí, al México centralista.

A Travis se le encuentra herido. Ofrece dinero a cambio de su vida. Santa Anna, sin conocer la oferta, hace que lo fusilen. La ley es la ley. El escarmiento es el escarmiento. Los demás sobrevivientes son degollados. No hay cristiana sepultura.

Los cadáveres de 183 norteamericanos, ¿cuáles mexicanos?, son incinerados en una enorme pira para que nadie olvide ni dude lo que le espera si osa desafiar al Benemérito en Grado Heroico que viene a imponer la ley y el orden. Bien pronto se sabe que sólo 32 eran colonos, el resto eran soldados o mercenarios norteamericanos.

[125] Se encuentran cuatrocientos cuerpos de soldados mexicanos. Al fin y al cabo, según Santa Anna, son gallinas. El sacrificio fue enorme. La paz vuelve a reinar.

Llega la noticia de que el general Urrea tomó la plaza e hizo cuatrocientos prisioneros, norteamericanos invasores, piratas, en El Goliad. Pide clemencia para ellos. El Napoleón del Oeste se la niega. En esta guerra, insiste, no hay prisioneros ni sobrevivientes, sentencia al recordar la intransigencia de Arredondo, su superior, ya casi veinticinco años atrás. En esa ocasión, en 1813, el jefe del ejército realista mandó fusilar a 110 personas, obligándolas previamente a cavar una fosa común. Otros fueron encerrados en un cuarto hasta morir de asfixia, sed y hambre. Un grupo menor fue colgado de los álamos más cercanos y los sobrantes, los más afortunados, fueron enviados a trabajos forzados en la construcción de carreteras. Santa Anna le contesta al general Urrea por escrito: «Espero que en contestación me diga usted hallarse

satisfecha la vindicta pública con el castigo de tan detestables criminales». [126]

Son pasados por las armas. Las detonaciones y los tiros de gracia sólo servirán para encender la furia en Texas y Estados Unidos. Urrea había tomado El Goliad con cuatrocientos mayas analfabetos que ni siquiera hablaban castellano. Capturan nueve cañones, tres banderas, mil rifles. No respetan las reglas elementales de la guerra. Los tejanos huyen despavoridos. Ellos mismos destruyen todo a su paso. Incendian sus propiedades, graneros, casas y escasos pastos. Se llevan consigo los animales que pueden y al resto los sacrifican y queman, de tal suerte que los mexicanos no puedan aprovechar nada. Santa Anna decide perseguirlos. Su furia irracional despertada por la cacería de téxicans no le permite bascular el riesgo enorme que implica dividir a su propio ejército. Parte a su columna en dos. Se dirige a San Felipe de Austin y más tarde a Harrisburg con tan sólo 600 hombres, todos ellos en territorio enemigo. En su fanático afán por conquistar la gloria no mide o desdeña el tamaño de las fuerzas norteamericanas. No piensa en la posibilidad de una trampa, de una emboscada, de una celada en el momento más inoportuno. El invencible se define por su buena suerte, por su buena estrella. Imposible llamarlo irresponsable: el presidente estaba decidido a alcanzar, a como diera lugar, al gobierno tejano que se dirigía a Galveston.

Houston recibe las noticias de El Álamo y El Goliad cerrando ambos ojos en señal de duelo. En su interior aplaude. Santa Anna va cayendo una a una en sus trampas colocadas estratégicamente. ¿Un héroe por haber masacrado a colonos casi indefensos y, además, sitiados? Todo marcha de acuerdo a sus planes muy a pesar de las exaltadas reclamaciones de sus fuerzas en todos los niveles de mando. Nadie comprende su actitud ni justifica sus decisiones. El se niega a explicarlas. Se encierra en su hermetismo para mandar dos cartas: una a Gaines en la frontera de la Luisiana: «Muy pronto entrará usted en acción. No importa que sean tropas norteamericanas en territorio de la República de Texas. Usted siempre podrá decir y justificarse alegando que eran desertores fuera del control de esa superioridad y que recibirán, de localizárseles, el castigo correspondiente». La otra carta va dirigida a su querido amigo, el presidente Jackson. Además de narrarle lo acontecido en esa misión, remata con la siguiente frase antes de rubricar la misiva: «Con la batalla de El Álamo se ha abierto definitivamente el camino de Estados Unidos para marchar hacia el Pacífico».

Las buenas noticias llegan a México el 20 de marzo a una velocidad meteórica. Santa Anna relata su triunfo como si se tratara de un informe redactado por un sínodo de dioses griegos. El primer reporte aparece en El Nacional, el 21 de marzo de 1836: «Gloria Inmortal al Ilustre General Santa Anna». «Eternas alabanzas a la invencible armada mexicana». El Mosquito Mexicano decía: «Que viva la patria». «Que viva la valiente armada mexicana». «Que viva el bravo general Santa Anna». Los rebeldes tejanos perdieron todo y el general Santa Anna envió su insultante bandera a la capital. Todo eran loas al «Invencible Libertador». «Nuestra pluma es incapaz de describir su heroísmo. Usted, general-presidente, es superior a César y a Aníbal. Sólo

podemos admirarlo.» [127] El Santanista Oaxaqueño publica a diario panegíricos respecto a sus destacadas cualidades y liderazgo indisputable. «Gracias a la Patria por habernos dado un hijo, un hermano, así». Los músicos componen canciones en su honor y las imprimen para que la ciudadanía las memorice. Los poetas escriben versos fogosos para destacar al héroe que emerge hacia el cielo desplazando en la historia a los dioses del Olimpo. «Tú, Zeus, apártate de tu trono de nubes y concédeselo a nuestro Santa Anna, quien se ha ganado un honorable espacio en el universo para que su nombre sea escrito con todas las estrellas del firmamento…». En Veracruz, en El Censor se proclama a Santa Anna como «El Padre del Anáhuac»

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