México mutilado
Tercer capítulo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
En la mañana siguiente, muy temprano, emprende el camino hacia el sur, hacia el Río Bravo. Va costeando para no perderse. El hambre lo devora. A veces tropieza. Cae. Se sofoca. Huye. Huye. Huye hasta que una patrulla de soldados enviados por Houston, exactamente los que él temía, lo detienen para preguntarle en un pésimo español si sabía o había visto a un general mexicano, un tal Santa Anna, con un uniforme blanco. No lo conocían. Obviamente nunca lo habían visto ni imaginaban su aspecto. El Benemérito los dirige rumbo al norte después de ver enrolladas las cuerdas de los arzones. Tiembla. Estos agradecen la instrucción. Se retiran a galope. De pronto se detienen de nueva cuenta. Houston dijo que nos lleváramos a cualquier hombre solo que no estuviera trabajando su tierra. Regresan por él. Lo amarran de las manos y se lo llevan ante sus protestas y maldiciones. Al fin y al cabo, si no es el presidente mexicano, el asesino de El Álamo, lo soltamos. Las órdenes son las órdenes. El Libertador se resiste. Se tira al piso. Lo jalan los caballos. Lo arrastran. Comienzan las sospechas. Deciden separarse. Dos de ellos conducirán al preso hasta el Río San Jacinto. Al campamento norteamericano. Al lugar mismo de la debacle. Jalan a Su Excelencia como si se tratara de una fiera salvaje. Al llegar a los cuarteles de Houston nadie reconoce al ilustre prisionero. Es más, continúan el paso indiferentes después de contemplar a ese campesino muerto de hambre.
Al pasar frente al corral en que tienen encerrados a los prisioneros mexicanos, ni las voces ni la sorpresa se hacen esperar: ¡'ira, ahí train a mi general Santa Anna! «Es el presidente en persona y lo train como perro rabioso». «Sí, sí, es el mero jefe», gritan los soldados sin ocultar su azoro.
Los dos integrantes de la patrulla se sorprenden, cruzan miradas de estupefacción y le preguntan desde los caballos, girando sobre las monturas, la verdadera identidad de su ya, en apariencia, ilustre prisionero. Este hace toda clase de señas a los suyos para que guarden silencio, para que no lo delaten, para que pase desapercibido. Lleva las manos atadas. Fracasa en el intento. Cuando todos los demás soldados se dan cuenta, no hay quien contenga el griterío. El alboroto es mayúsculo. Ahora ya no hay duda: se trata de Antonio López de Santa Anna en persona. El escándalo no se reduce a los mexicanos. Los norteamericanos-tejanos se percatan de la situación. El cuartel general de Sam Houston estalla como si hubieran explotado los depósitos de pólvora. Los supuestos téxicans quieren linchar a Su Excelencia. Remember the Álamo, you son of a bitch. Unos echan mano de la pistola, otros corren por la bayoneta, los más optan por la tradición tejana de colgar a los criminales del primer árbol. Justicia popular, justicia efectiva, justicia ejemplar y eficiente. Hang him! Hang him!
Santa Anna palidece. El miedo se refleja en sus ojos. Ve las sogas, los dogales, ramas gruesas, resistentes, su piel blanca y cuidada ya desprovista del lodo de la huida y del obligado disfraz, ahora la imagina herida, lastimada; sangrante. Escucha cómo afilan el acero de los cuchillos contra las piedras. Alcanza a oír el sonido producido por las balas redondas al resbalar en el interior de los cañones de los mosquetes. Cuando la chusma se arremolina sólo se le ocurre ir a protegerse atrás de sus captores. Se esconde entre sus caballos. Pega la cabeza a las ancas. Cierra los ojos. Parece elevar una plegaria. En ese momento desiste de su propósito de ir a colocar la bandera tricolor mexicana en lo alto del Capitolio en Washington y olvida aquello de que la línea divisoria entre México y Estados Unidos se fijará junto a la boca de mis cañones…
Junta las manos como si elevara una plegaria. Escucha los gritos. Las reclamaciones airadas. Los nombres de los inmolados en El Álamo. Las piernas amenazan con no sostenerlo. Ese instante se traducirá en insomnios por muchos años. Olvida su alta investidura. Sólo piensa en salvar la vida. La dignidad es un elemento decorativo que se exhibe desde las alturas del poder. Ahora sólo debe salvar el pellejo, el pellejo, sólo el pellejo. En cualquier momento podría desplomarse y caer al piso con la frente pegada al polvo del campo del honor. Un hombre fornido, barbado, pelirrojo, sucio de un siglo, le asesta una patada en la espalda. Otro le golpea en la nuca. Uno más alcanza a sujetarle la cabellera largamente acariciada por Emily y se la zarandea de un lado al otro como si intentara arrancársela. Los impactos del corazón contra el pecho le impiden respirar acompasadamente. Las pasiones parecen desbordarse. Nadie es capaz de poner orden. El no devuelve las ofensas ni los insultos ni los trancazos. Trata de protegerse la cara con las manos y hundiéndola tras las botas de Joel Robinson, su captor, el hombre que pasaría a la historia por haberlo
atrapado en pleno campo tejano.[133]
El barullo llama la atención de Sherman, de Burleson, del coronel Henry Millard y, por supuesto, de Mirabeau Buonaparte Lamar. Sam Houston no se acerca al lugar de los hechos. Descansa a la sombra de un álamo. Fue herido durante la refriega en un tobillo. Los mexicanos le mataron dos caballos. Yace inmovilizado, con la pernera deshilachada, sin ocultar su curiosidad por la inquietud de la gente. La herida le escoce. Acostumbrado a sufrir el dolor físico no se queja. ¿Quién puede llamar tanto la atención? No tarda en recibir la respuesta. Sherman se acerca jalando de la misma cabellera a un hombre alto de piel blanca, vestido casi con andrajos y con las manos atadas. Lo ha salvado de un linchamiento. Le asesta una brutal patada en las nalgas mientras lo presenta:
—General, this son of a whore is the famous Santa Anna —alega dándole un segundo puntapié a Su Excelencia, quien casi cae al suelo.
— This is the one who killed Travis, Barrett, Bowie, David Crockett and Dickinson, when they were helpless at the Álamo. Will you please accept, in the name of our deads, to hang this real garbage and then burn him as he did with our brothers and friends?
Houston no podía salir de su asombro. Le hubiera gustado ponerse de pie y dar un par de vueltas alrededor de su prisionero, verlo, olerlo, revisarlo, reconocerlo, pero le resultaba imposible moverse. Un hombre tan corpulento no podía caminar con un solo pie, menos aún si todavía sangraba por la herida.
El Libertador dijo, levantando el rostro y prestando atención a la corpulencia del general norteamericano, un hombre de más de dos metros de altura y que fácilmente pesaría más de ciento veinte kilos:
—Soy el general Antonio López de Santa Anna, presidente de México, general en jefe del Ejército de Operaciones. Me pongo a la órdenes del valiente general
Houston[134] —se presentó el Benemérito adulando a su enemigo y sin dejar de tartamudear.
Houston entendió la rapidez con la que Santa Anna iniciaba el proceso de seducción. ¿Acaso su prisionero no tenía una fama bien ganada de ser un seductor profesional?
—¡Ah!, sí, siéntese, acérquese, por favor tome usted asiento —dijo el general norteamericano en un inglés muy precipitado como si el presidente mexicano lo entendiera. Al ver las muecas de su cara se percató de la necesidad de un intérprete.
Mientras Santa Anna se sentaba sobre un cofre lleno de medicamentos, Houston preguntó si algún subordinado mexicano podría hacer las veces de traductor. No pasó mucho tiempo antes de que se presentara esposado el propio Juan Nepomuceno Almonte.
No podía creer la condición en que se encontraba el presidente. Una confusión de sentimientos se agolparon en su garganta. Bastó una mirada entre ambos para que fuera evidente cuánto lamentaban su suerte. Siempre lo había visto portar uniformes muy elegantes con charreteras de oro, plata y seda, guerreras azul oscuro o rojas con estrellas de seis puntas bordadas en las bocamangas, el cuello elevado, almidonado, con el escudo nacional grabado con hilos dorados y un sinnúmero de condecoraciones adheridas al pecho, pantalón blanco y botas altas de charol negro. Esta vez lo encontraba desprovisto de esa impresionante vestimenta y exhibido como un prófugo de una cárcel pueblerina con el rostro todavía manchado de cieno. Su mirada, sorprendentemente, ya no revelaba angustia ni miedo.
Una vez superado el pánico del linchamiento había recuperado el equilibrio y ahora hasta mostraba cierta altivez en su manera de estar. Una injustificable soberbia acompañaba repentinamente sus modos.
—Mi coronel —ordenó Santa Anna a Nepomuceno—, dígale al general Houston que él es un hombre privilegiado desde que tiene preso al Napoleón del Oeste y que ahora sólo le resta ser generoso con el vencido —exclamó el Benemérito en tanto volteaba a ver el rostro de Houston para conocer la respuesta. Nunca se imaginó que la contestación la darían los militares norteamericanos que presenciaban la entrevista. ¿Cómo se atreve este mamarracho, general Houston, a hablar de generosidad cuando él mandó degollar a nuestros hermanos de Goliath y mató a todos los defensores de El Álamo sin permitir sobrevivientes? ¡Colguémoslo! ¡Hagamos justicia! Un par de militares de alta graduación desenvainaron amenazadoramente sus cuchillos en espera de una instrucción para proceder inmediatamente al degüello de Su Ilustrísima.
¡Calma! —tronó Houston—. Envainen y retírense —ordenó antes de poder perder el control de ese histórico encuentro.
—Merezco un buen trato —exigió Santa Anna mientras mostraba sus manos atadas—. Esto es una ofensa a mi personalidad.
Es tan insensato e insolente, se dijo Houston sentado y recargado contra el tronco de un magnífico roble, que no se percata que dos palabras mías, Hang him!, serían suficientes para terminar con su vida… Sin embargo, procedió con la conversación a sabiendas de que se encontraba frente a un hombre singular. Trató, pues, de controlar sus impulsos y ordenó que lo desamarraran no sin empezar a descubrir las partes débiles de su prisionero. Éste no es de los que resisten un encierro de tres días en una mazmorra. Mientras más se le castigue en su dignidad, más ventajas podremos obtener de él. Por lo general, los insolentes son cobardes, veremos…
—Me parece muy audaz de su parte el hecho de pedir para usted lo que se negó a conceder a un grupo de muchachos indefensos, la mayor parte compatriotas suyos, general —declaró Houston con el ánimo de entablar un diálogo respetuoso desde que le reconocía su jerarquía y pedía, con un chasquido de dedos, que le liberaran las manos al presidente mexicano. En tanto esto sucedía, el Big Drunk, como era conocido desde sus épocas juveniles cuando vivió con los indios cherokees, dio un trago enorme a su botella de ginebra. Deseaba mitigar el dolor de su tobillo herido.
Santa Anna guardó un prudente silencio mientras se acariciaba las muñecas. Luego contestó a su captor:
—Ni eran muchachos, ni estaban indefensos, ni mucho menos eran mis compatriotas, general, usted mejor que nadie sabe que en El Álamo casi no había mexicanos ni fue un grito de mis paisanos por su independencia de mi país. ¿Verdad? —dijo sin medir el alcance de sus palabras. Iba a agregar que eran mercenarios, pistoleros, piratas, colonos disfrazados de corsarios estimulados desde Washington, invasores, señor Houston, qué general ni qué carajos, fuimos invadidos por terratenientes, agentes inmobiliarios, vendedores de tierras al amparo de los cañones de Estados Unidos. Toman unos territorios ajenos por la fuerza y si después el propietario no se los quiere vender, entonces le declaran la guerra en el nombre de Dios, por eso son ustedes una raza maldita, estuvo a punto Santa Anna de escupirle a la cara esas palabras a su interlocutor, pero se vio colgado dos minutos más tarde del mismo roble contra el que estaba recargado el general norteamericano.
—Ustedes tienen que reconocer la independencia de Tejas de la misma manera en que España reconoció la de México. Es una necedad impedir la evolución de las naciones, Su Excelencia —adujo Houston con talento diplomático, tratando de acercarse al cautivo.
Mientras Santa Anna hacía espacio sobre el cofre para sentarse más cómodamente, escondiendo el miedo al estilo de un gran actor, exclamó:
—No es comparable una guerra con la otra, general Houston. Usted bien sabe que la independencia de México la lograron los mexicanos, mientras que aquí, en Tejas, son ustedes, los norteamericanos quienes pretenden mutilar a nuestro país. Los tejanos aborígenes jamás hubieran pensado en una anexión a Estados Unidos.
—Nadie ha hablado de una anexión. Se trata del nacimiento de una República soberana e independiente.
—General Houston: usted y yo sabemos que después de la independencia vendrá la anexión a su país y Tejas será una nueva estrella de la Unión Americana.
—Esa será una decisión mayoritaria de los tejanos expresada a través del voto, señor Santa Anna. Si ese ha de ser el destino de esta República, que se resuelva democráticamente —adujo Houston dando un pronunciado trago de ginebra y aventando el frasco para atrás sin importarle a dónde iría a caer. A continuación pidió una nueva botella.
—De cada diez tejanos uno es mexicano, los otros son yanquis. En 1821 había tres mil quinientos tejanos. Quince años después, Tejas ya cuenta con treinta y cinco mil habitantes, de los cuales treinta mil son norteamericanos.
—Eso es una exageración —repuso Houston.
—Tan no lo es, que en El Álamo casi no había mexicanos —aclaró Santa Anna sorprendido por la rapidez con que consumía alcohol el jefe de la «armada tejana»—. Treinta y dos de los caídos en la campaña eran supuestamente colonos yanquis, el resto de los 183 eran norteamericanos que ni siquiera hablaban español ni tenían arraigo en la tierra. ¿Dónde están los mexicanos?
—Ustedes nos dieron la autorización para poblar Tejas desde el gobierno de Iturbide. Hace quince años que venimos haciéndolo. Yo mismo cumplí con todas las condiciones impuestas a los colonos —agregó Houston sin ocultar su pronunciada sonrisa—: adopté la nacionalidad mexicana y me convirtió al catolicismo el padre
Miguel Muldoon,[135] de modo que ambos somos compatriotas, general, sólo que usted derogó la Constitución de 1824, una Constitución liberal como la nuestra, y los tejanos no estamos dispuestos a continuar vinculados a ustedes sobre la base de una República centralizada…
—Les dimos efectivamente la autorización para poblar, Pero no para invadir o, ¿creen ustedes que no descubrimos cómo en primer lugar movilizaron colonos, luego exigieron la separación de Tejas de Coahuila para llegar más tarde a la independencia creando al efecto una República y concluir el proyecto con la anexión a Estados Unidos?
Santa Anna se sentía impedido de contestar como eran sus deseos. Su instinto político lo invitaba a expresarse con la mayor precaución posible. Usted tiene de mexicano y de católico lo mismo que ambos tenemos de compatriotas. ¡Menudo cinismo!
—A los «colonos» como usted, la Constitución de 1824, la monarquía constitucional o no, la República Federal o Centralista, la dictadura virtuosa, les tiene materialmente sin cuidado: seamos honestos, general, lo único que les interesa son nuestros territorios y el establecimiento y difusión de la esclavitud.
—Bien visto sí, en una parte: usted mismo podrá comprobar en qué se convierten estos territorios abandonados si se ponen en manos norteamericanas. En lo que no coincido es en la esclavitud —dijo mientras leía la etiqueta de un brandy. Santa Anna empezaba a salivar—. Yo estoy en contra de la esclavitud, de la misma manera que me opongo a la matanza y segregación de los indios —concluyó, invitando sorpresivamente a beber a Su Excelencia de la misma botella.
El presidente mexicano dio grandes tragos de licor agradeciendo la hospitalidad de su captor. Se limpió la boca con la manga todavía cubierta de cieno y repitió la escena como si no hubiera bebido agua en dos siglos. Sí que necesitaba algo fuerte para recuperar ánimos y tener una perspectiva más optimista de su situación. De pronto imaginó los titulares de los periódicos mexicanos cuando se supiera de su captura a manos de los norteamericanos. Las puñaladas de los periodistas le atravesarían una y otra vez sus carnes hasta desangrarlo. ¿Cómo defenderse estando desde Tejas a cinco semanas de distancia de las planchas donde se imprimían los diarios?
Houston disfrutaba la soledad a la sombra de aquel roble. Estaba interesado en acercarse al presidente mexicano para lograr acuerdos, más aún cuando Filisola podría caer, en cualquier momento, encima del campamento con sus miles de hombres. ¿Por qué no charlar animadamente como dos viejos colegas y descubrir de qué manera podría obtener más ventajas de su adversario?
El general norteamericano le contó a Santa Anna, que a él los indios cherokees, el cacique Oo-loo-teh-ka, le habían puesto el Cuervo desde que huyó de la casa paterna cuando apenas contaba trece años de edad para ir a refugiarse por más de un año en el
corazón de esa tribu de gente buena y noble.[136]
—¿Se imagina usted cuando mis padres supieron que vivía yo entre salvajes siendo tan joven? Tengo debilidad, a diferencia del presidente Jackson, por los indios. Conozco sus costumbres y sus ritos y me siento como uno más de ellos, al extremo de haberme casado con una hermosa mujer conocida como Agua de Lluvia — comentó Houston con un dejo de nostalgia. Le hizo saber a Su Excelencia, quien lo escuchaba atónito, que muchos años después había sido legislador por Tennessee y que más tarde, siendo ya gobernador de ese mismo estado, también se había casado sometiéndose a las leyes de los blancos, pero que su matrimonio había durado tan sólo tres semanas. El dolor del rompimiento había sido tan intenso que Houston había ido a refugiarse de nueva cuenta con los cherokees, donde había permanecido por un espacio de tres años después de abandonar la gubernatura, alegó, soltando una carcajada, quien ya llevaría bebiendo por lo menos toda la mañana. Por esa razón los indígenas, sus grandes amigos, le habían apodado el Big Drunk.
Santa Anna lo acompañó dando también grandes tragos de brandy sin dejar de pensar en el futuro que le esperaba cuando Houston se durmiera o se retirara. ¿Lo encerrarían o lo entregaría a las fieras disfrazadas de militares que esperaban ansiosas la conclusión de su charla?
—Que nadie hable mal de los cherokees, general Santa Anna: he pasado largos años con ellos y he aprendido a quererlos y a entenderlos a diferencia de los comanches, a los que he atacado —con gran esfuerzo y haciendo muecas de dolor se acomodó pesadamente contra el tronco del árbol.
—No sabe la discusión que tuve con el presidente Jackson cuando, años atrás, me prohibió invadir precisamente todos estos territorios tejanos con miles de cherokees porque tenía planes especiales para Tejas y no deseaba complicárselos con «la presencia de esos seres tan primitivos, decadentes y cavernícolas». Si no hubiera sido porque se trataba del presidente de Estados Unidos y yo era conocido como un Jackson’s man, sin duda lo hubiera retado a un duelo después de abofetearlo. La gente habla sin conocer a estos hombres milagrosos, pero Jackson es Jackson y a callar…
Ambos militares dialogaban y bebían hasta que Houston le ofreció a Santa Anna una pipeta para que el presidente mexicano lo acompañara fumando un poco de opio
y lograra tranquilizarse, al menos, un poco.[137] Parecían viejos conocidos. Efectivamente se acercaban.
—Nunca pensé, general Santa Anna, que usted se atrevería a cruzar el desierto de Saltillo en pleno invierno. Todos sabíamos que vendría, que nos conoceríamos, sobre todo después de la primera convención en que acordamos separarnos de México, sí, sólo que lo esperábamos hasta finales del verano. La verdad —confesó Houston—, nunca creímos que llegara tan pronto siendo que los pastizales florecen después de marzo. Se expuso a que sus caballos murieran de hambre entre tanta nieve…
—El coraje es el mejor estímulo, general. Cuando está uno poseído por la rabia, no se siente el cansancio, ni se mide el peligro, se multiplican las fuerzas, se disminuye el tamaño de los obstáculos si el futuro de la patria está en juego — concedió Santa Anna dando una larga chupada al humo del opio.
Ambos personajes empezaron a abordar diferentes temas relativos a sus experiencias personales. En una ocasión, luchando Houston contra un búfalo enorme, había logrado sujetarlo de los cuernos y después de hacerle girar con gran fuerza la testuz, a pesar de la feroz resistencia del animal, lo había desnucado una vez escuchado un terrible rechinido que arrancó una estruendosa ovación de la concurrencia. Nunca, ningún cherokee le había ganado a derribar árboles a hachazos ni a cruzar los ríos caminando sobre troncos. ¿Usted ha peleado contra un oso enfurecido, general Santa Anna?
Construían un andamiaje por el que pudieran caminar y transitar muy a pesar de las dificultades irreconciliables. Recurrían al intercambio de anécdotas para comunicarse o identificarse sin prestar demasiada atención a sus diferencias abismales, a su formación, a su pasado, a sus carreras y a sus convicciones. Alguna coyuntura se prestó para que, mientras continuaban tomando brandy y se reducían las distancias, pudieran hablar también de los duelos. Sam Houston se había batido muchas veces a golpes, en la calle, con los puños desnudos o con espadas o pistolas en muchos bosques y parajes de Estados Unidos.
Santa Anna, sin dejarse disminuir, había hecho lo propio al amanecer en las faldas del Castillo de Chapultepec o en Jalapa para disputar el amor de una mujer, por una deuda de juego o por una inadmisible ofensa que el sentido del honor obligaba a lavar sólo con sangre. El general-presidente siempre permitía al adversario escoger las armas, hasta las lanzas si ese era el caso. Nadie mejor que él para maniobrar el sable. Los mejores espadachines franceses le habían enseñado en los jardines del Palais Royal el manejo de unas técnicas de esgrima devastadoras. El Benemérito había tomado clases en el Bois de Boulogne, en París, con un mosquetero al servicio de la armada francesa. Ahí había estudiado las más modernas estrategias militares al extremo de recibir un doctorado. Nadie mejor que Santa Anna como artillero, zapador, dragón, todo un experto en las artes de la bayoneta: él podía ensartar a cuatro soldados con un simple movimiento. Imposible superarlo a la hora de cruzar las líneas de fuego enemigas montando a caballo sin ser tocado por una sola esquirla de los obuses.
¿En el clarín? Él, el Napoleón del Oeste, ahora preso, les daba clases a quienes tocaban la generala. Soy un técnico completo en las artes de la guerra. Fui enviado a Manchester para capacitarme en el abordaje de barcos en alta mar. Un guerrero completo. Yo no le rompo la testuz a los búfalos, yo les fracturo el cuello a los toros bravos y, además, sé montar a pleno galope a un caballo salvaje y domarlo sin arzón ni acicates ni espuelas ni cuarto ni voces. Los controlo con las crines al igual que a las mujeres. Un poco de batalla y eso es todo… Houston no salía de su sorpresa mientras Nepomuceno Almonte traducía sabiendo que todo lo narrado era una auténtica sarta de mentiras dirigidas a un yanqui que era tan candoroso como grandote, tierno y absolutamente asesino como todos.
No podía faltar el tema de las mujeres. Las indias cherokees lo conmovían. El Big Drunk se reconoció impaciente, brusco, violento, incapaz de comprender los momentos de llanto que lo confundían y encolerizaban. Cuando ellas lloraban se paralizaba sin saber cómo reaccionar hasta que optaba por tirarse de las barbas o de los cabellos, gritar o retirarse. Yo sé batirme en duelo, lanzarme a la cargada al frente de mi ejército, golpearme con mis enemigos en la calle hasta que alguno de los dos desfallezca escupiendo sangre, pero eso sí, no me pidas que entienda las lagrimitas de una dama. Mejor te las tiras y te olvidas de ellas. Ya. Al diablo. A otra cosa. Su mundo me es inaccesible. Ignoro la manera de reaccionar, pero eso sí, no puedo vivir sin ellas. Su primera esposa, Eliza Allen, además de Agua de Lluvia, la cherokee, nunca pudo superar que Houston tuviera un orificio en la espalda causado por una flecha que supuraba abundantemente y despedía hedores hediondos. Son unas incomprensivas…
Santa Anna hizo notar la exquisitez y delicadeza que imprimía en sus relaciones con las putas y la brusquedad con que se dirigía a las aristócratas. A las putas las trato como ricas y a las ricas como putas. Ambas se fascinan. Sé hablar con ellas, correrlas y recorrerlas. En el fondo de mí sale un caballero desconocido que sabe cómo abordarlas para llevarlas a la cama. Todas quieren, en el fondo, acostarse contigo pero no saben cómo decirlo. Si sabes que el sí es no y el no es quién sabe, ya llevas ganado un gran trecho. El arte de la seducción es lo más civilizado y refinado que existe, argüía Santa Anna ocultando una sonrisa después de entrever la personalidad salvaje de su interlocutor:
—No se puede golpear a una mujer en la cabeza con un enorme marro, al estilo del hombre primitivo, para arrastrarla y poseerla en el interior de una caverna.
El general americano reía a carcajadas con los ejemplos del presidente mexicano. En buena parte aceptaba que esas fantasías lo acosaban cuando se encontraba frente a una hembra antojadiza, pero que alguna parte de su educación le impedía atacar de esa manera a su víctima, por más que esos fueran sus impulsos iniciales. La técnica del garrote era impecable: se evitaban muchas palabras, se ahorraba tiempo y se llegaba al grano, o sea al lecho, en efecto, sí, así era, sólo que las reglas de la civilización y de la mesa deberían observarse también en la cama… Nada de que las golpeas, te las coges y a otra cosa. Olvídate de los preámbulos y de los endulzamientos…
Santa Anna adujo, sin soltar la botella del cuello:
—A las mujeres se les conquista por el oído, por ahí se introduce lentamente el veneno, el verbo, las imágenes para adormecerlas. No debe ser uno visto. El diablo siempre ataca de perfil y por las orejas…
Llegó el tema de las condecoraciones mientras Houston bebía y bebía compulsivamente. De golpe se habían convertido en grandes amigos y la tropa se sorprendía ante tan estruendosa hilaridad. Houston se vestía con trajes de flecos confeccionados con pieles de búfalo, igual en Washington, cuando iba a visitar frecuentemente al presidente Jackson, durante su término como legislador o como gobernador de Tennessee. Su indumentaria producía verdaderos escándalos. No se bañaba ni se peinaba ni se aseaba la boca aunque se le cayeran los dientes. Vestirse muy bonito es propio de maricas, decía burlándose del protocolo mexicano. Yo, por ejemplo, posé desnudo como gobernador de Tennessee, sólo me cubrí con una toga al estilo romano, mientras que ustedes se hacen retratar montados a caballo, vestidos con trajes ridículos de gala y levantando siempre la mano derecha como si le ordenaran al cielo el momento preciso para enviar relámpagos donde ustedes lo dispusieran…
A Santa Anna le fascinaban los entorchados, las guerreras, las charreteras, los brocados, los bordados dorados en las mangas y en el cuello, los coloridos listones de seda de los que penden condecoraciones inaccesibles al grueso de los mortales, las bandas que cruzan el pecho, las espadas de acero y oro con incrustaciones de piedras preciosas, las botas altas de charol, los pantalones ceñidos, los guantes blancos, las insignias de plata y esmalte sujetas por unas presillas, los gruesos lazos con borlas en los extremos usados a modo de cinturón, el redingote napoleónico decorado con sus iniciales en las solapas, los bustos en bronce o en mármol, los retratos monumentales al óleo inmortalizando el momento de la rendición de una ciudad con la consecuente entrega simbólica de las llaves y, a diferencia del yanqui, tomaba baños un par de veces al día, concedía una particular atención a su arreglo personal, a su aliento, al tamaño y limpieza de sus uñas, al arreglo de su cabello, al cuidado de su piel, usando cada día diversos tipos de lavandas, enjuagues y afeites para lucir invariablemente lozano.
El Benemérito no comprendía el rechazo de Houston al boato, al lujo y la ostentación de poder. ¿Cómo llegar a la Casa Blanca greñudo, desaliñado, con aliento de perro milpero, sin afeitar, las uñas cochinas, vestido con la indumentaria cherokee, con flecos colgando de todos lados y mocasines apestosos de varias vidas? ¿Así quiere usted ser recordado y pasar a la posteridad? ¿Cómo era posible que un político, un generalote de sus tamaños, hubiera pasado cuatro años, sí, cuatro años al lado de los indios? Su Excelencia jamás conviviría, ni media hora siquiera, con los chamulas, los zapotecas o los huicholes comiendo sus inmundicias, sin agua caliente, durmiendo en petate adentro de un jacal apestoso que oliera a madres sin su bacín ni su aguamanil… Sí, sí, como no…
Fue entonces cuando le ordenó a Nepomuceno Almonte, controlando todos los músculos de su cara sin expresar la menor sonrisa, una de sus grandes cualidades histriónicas:
—Dile al general Houston de mi parte y, con todo respeto, que lo que tiene de grandote, también lo tiene de pendejo…
El Coronel Almonte sintió en el cuello una inmensa espina de bacalao que le atravesaba la tráquea. Era una de las típicas ocurrencias de El Libertador que podían desquiciarlo, más, mucho más, en una coyuntura tan adversa y peligrosa en la existencia de ambos. El presidente de la República preso por los norteamericanos y todavía se prestaba a las bromas. ¡Con diez mil carajos y un cuarto…!
Hablaron de política. No podían dejar de hablar de política. Houston tenía una marcada inquietud. ¿Por qué, si ustedes copiaron de nuestra Constitución la suya de 1824, se siguen arrebatando el poder presidencial como si se disputaran a una mujer barata? Los indios cherokees tienen más estabilidad en los altos mandos que ustedes y sus presidentes de nueve meses, como el caso del presidente Guerrero, entre otros tantos más. Parece que nunca podrán sobrevivir sin los españoles, sin un dictador, sin una mano fuerte que los gobierne, de preferencia si es extranjera. En ese momento Houston recordó que el propio Vicente Guerrero, siendo presidente de la República en 1829, le había ofrecido nada menos que a su amigo, Joel Poinsett, embajador de Estados Unidos en México, convertirse en el segundo emperador mexicano para
conducir exitosamente las riendas del país.[138]
Santa Anna desconocía semejante ofrecimiento. Enarcó ambas cejas y dejó pasar el comentario en torno a la figura de su compadre, ¿Dudarlo? No, no lo dudaba. Las tentaciones por traer a un príncipe extranjero a gobernar México siempre habían existido y se llevaría mucho tiempo antes de acabar con ellas. Además, ¿por qué en lugar de un soberano europeo no pensar también en un líder norteamericano, como el propio Poinsett, de quien se criticaban sus acercamientos, al menos extraños, impropios de un hombre con otro hombre, como era el caso del presidente Guerrero? Mejor, mucho mejor, escapar a temas tan escabrosos…
Houston continuó extrañándose de no ser interrumpido:
—Mientras ustedes, como pueblo, representan al público, nosotros, en Estados Unidos, somos actores, protagonistas de la democracia, todos pensamos y todos decidimos lo más conveniente para nuestro país. Entre ustedes piensa sólo uno y decide sólo uno, por lo general se equivoca y nunca nadie protesta como si el país no fuera de ustedes, ¿no señor presidente? Los mexicanos ven la política como si asistieran al teatro, a un espectáculo en el que la audiencia no participa. Si acaso rechifla o aplaude. Hasta ahí.
Santa Anna ya había pedido su propia botella, esta vez de ginebra. Aun cuando no era proclive al alcohol, su situación bien se prestaba a un momento de consolación. Las zalamerías del dictador no parecían impactar mayormente a su captor. Alegó que él sabía que Estados Unidos se caracterizaba por su respeto a la ley y a la libertad de la gente, sin embargo, la existencia de la esclavitud los descalificaba, era una vergüenza, un atropello, de la misma manera que el respeto a la legalidad sólo se daba dentro de sus fronteras, porque tan pronto salían de su país se olvidaban de las reglas domésticas y trataban de alcanzar sus propósitos con las bayonetas, con la marina y con sus cañones.
—Parece que ustedes nos dicen: esto me gusta, ahora es mío y, si quieres te lo pago, para salvar algo de mi conciencia, pero si no, me lo quedo de cualquier forma y si te resistes, te mato —el opio y el brandy hacían sus efectos…
Nepomuceno no podía ocultar su rostro de horror. Traducía rápidamente pasando a la báscula cada palabra. Intentaba cuidar el lenguaje y el sentido de su discurso para no herir susceptibilidades y no acabar linchados por esa chusma vociferante que sólo esperaba una palabra para entrar en acción. El presidente, quien no podía ya controlar su lengua en ningún sentido, porque, además, se tropezaba con ella al hablar, agregó que en el ámbito internacional la política instrumentada por el presidente Monroe, esa tesis de América para los americanos dictada hacía unos quince años, implicaba el desconocimiento de la soberanía del resto de los países del hemisferio, porque Estados Unidos impondría su ley con la fuerza de las armas y ello estaba reñido con la tesis de respeto y libertad que pretendían vender en el mundo.
—¿Cuál respeto después de como se hicieron ustedes de la Florida y como quieren hacerse de Tejas? Desde que el presidente John Quincy Adams nos mandó, hace poco más de diez años, al hijo de puta del embajador Joel Poinsett a comprar nuestros territorios del norte y, nosotros, los mexicanos, rechazamos tajantemente su oferta de cinco millones de dólares, ustedes no han dejado de insistir y, en razón de sus ambiciones, hoy estoy aquí, preso, sólo por defender lo nuestro. Si no se hubieran querido robar todo esto yo no estaría aquí sentado… —adujo el prisionero recurriendo a groserías de las que trataba de apartarse en su lenguaje cotidiano.
Como Nepomuceno traducía ya lo que le venía en gana, Houston empezó a distraerse. Cuando trató de retomar el tema, ordenó:
—Dígale a Santa Anny que mejor me hable de México. Todo lo que me dice es basura.
El César mexicano, unas veces balbuceando, otras recuperando la compostura y gesticulando insistentemente con las manos, le hizo saber a Houston sus puntos de vista en relación a sus compatriotas, no sin exhibir una gran satisfacción por revelar a un extranjero las claves para controlar a sus paisanos.
—Los mexicanos —comentó mientras inhalaba largamente el humo del opio por la pipeta— son unos huérfanos de padre, por ello se pasan la vida buscando una figura fuerte que les enseñe el camino a recorrer y les alerte de los peligros y riesgos que pueden enfrentar. Usted prométales seguridad, déles esperanza, consuelo, hágalos sentir que pueden llorar en su hombro porque los comprende mejor que nadie y todo se habrá resuelto: será usted un gran líder, mi general. Sólo aparente una gran preocupación por ellos, que los entiende y comparte su sufrimiento y el resto caerá en cascada. Los mexicanos sólo quieren amor, protección y ternura: quien simule dárselos hará que el pueblo entero coma para siempre de sus manos…
Santa Anna parecía estar impartiendo una cátedra.
—¿Ve usted cómo la democracia no funciona en naciones, como la nuestra, en la que se busca a un hombre recio que piense y decida por todos? Somos diferentes. Ustedes resuelven en concierto, nosotros buscamos al tlatoani, al supremo sacerdote, al sabio, al valiente, por ello no cabía una estructura federal y recurrimos a la centralización con un Supremo Gobierno… Ustedes —continuó desbridado— se acostumbraron a hablar, a parlamentar, a votar para arribar a acuerdos y dirimir sus diferencias políticas y sociales; nosotros invariablemente recurrimos a una figura fuerte como la de un rey, un virrey, un inquisidor o estos dos últimos juntos para gobernar con fuego y acero.
Houston escuchaba con deleite a su distinguido prisionero. No cualquier general, de cualquier parte del mundo y de la historia, había hecho preso al jefe de la Nación enemiga. Era un deleite oírlo y conocer sus puntos de vista entre los dos países.
—¿Quién —cuestionó Su Excelencia, revelando sus conclusiones durante las largas marchas a caballo por llanuras, desiertos y planicies— les ha dicho que si algo les funciona a ustedes, nos ha de funcionar a nosotros? Su Constitución es resultado de su experiencia política, importarla a nuestro sistema fue un error porque negamos trescientos años de vasallaje impuestos en una colonia gobernada despótica y tiránicamente en la que estaba prohibido pensar, pedir, protestar, meditar y oponerse a nada. A la democracia se arriba a través de un proceso, no de una imposición repentina y caprichosa —adujo, sacudiendo restos de lodo de sus pantalones—. Ustedes, ante la presencia de conflictos, recurren a sus instituciones, nosotros a las personas, al amiguismo, al influyentismo, es decir, al hombre fuerte. No pensamos ni recurrimos a la ley para dirimir diferencias, sino a un superior que pueda imponer el orden —iba a decir que Iturbide no estaba tan mal al haber concebido un modelo de monarquía constitucional, regido por un emperador con amplios poderes, una especie de sustitución del virrey para darle continuidad a nuestras tradiciones políticas. Claro que ni borracho haría semejante concesión, él, quien había precipitado en el abismo el primer imperio y también a la primera República Federal…
Nepomuceno traducía al pie de la letra, confirmando una vez más el conocimiento que tenía Santa Anna de los suyos. Por ello había llegado tan lejos. ¿Un imbécil ignorante? ¡Qué va! Nadie sin un dominio tan férreo de sus compatriotas podía llegar donde había llegado el señor presidente.
Houston trató inútilmente de incorporarse. El dolor del tobillo herido no cedía ni con el opio ni con la ginebra. Sangraba. Aparecía cierto cansancio en su rostro. Ya no respondía como al principio de la conversación. Tal vez por ello decidió poner sus cartas abiertas sobre la mesa. El juego había concluido. Mañana sería otro día. Hoy no se iría a descansar sin desvanecer una amenaza que se cernía sobre él y sus hombres y que bien podría acabar con todo lo ganado. No deseaba enviar un reporte similar al que tendría que mandar Santa Anna a su gobierno anunciando su captura.
Los movimientos de Houston le indicaron a Nepomuceno el final de la conversación. Finalmente descansaba. Ya tendría tiempo de aclarar con Santa Anna, en una celda improvisada, sus afirmaciones vertidas durante la plática.
—Tengo entendido que se acerca hacia San Jacinto el general Filisola al frente de más de cuatro mil hombres del ejército mexicano —aseveró Houston como si cerrara el puño. Acabó de un solo golpe con la cordialidad reinante.
Santa Anna se puso serio, sabiendo que la hospitalidad sería muy cara. ¿Gratis la ginebra y el opio? ¿Genuina y desinteresada «la amistad» de Houston? Esperó el resto de los argumentos del general norteamericano como quien aguza el oído para escuchar un ruido muy fino.
—Usted y yo queremos ser amigos —agregó el norteamericano con un lenguaje jabonoso—, ¿no…?
—Sí… —adujo Santa Anna, esperando el impacto final—, su amistad me enaltece, mi general, es usted un profesional de la guerra y, por ello, le rindo mis respetos.
—Usted quiere su vida tanto como yo la mía, ¿no…? —adujo, metiendo la bomba en el cañón y encendiéndole mechero.
—Por supuesto —contestó Santa Anna, apurando el último trago de brandy y preparándose para escuchar la verdad oculta tras ese lenguaje aparentemente cordial —. Dejémonos de cuentos. Vayamos al grano.
—Entonces le daré papel y pluma para que usted ordene a Filisola un repliegue de todas sus tropas al sur del Río Bravo, porque, escúcheme bien, si nos vemos obligados a librar otro combate, esta vez contra las tropas del tal Filisola, no tendré más remedio que complacer previamente a mis muchachos, quienes, como usted mismo lo constató, señor presidente, estarían muy felices de disponer de su cuerpo y de sus entrañas, de sus ojos y de sus orejas y desde luego, de su cuello, de la manera que mejor satisfaga sus apetitos de venganza —concluyó en términos tan severos que no permitían abrigar la menor duda respecto a la contundencia de sus intenciones. Houston no se percibía como un hombre con el que se pudiera jugar…
—Entendamos con claridad —advirtió sonriente el general norteamericano al constatar el efecto de sus palabras: —si usted detiene a Filisola y ordena que se retire más allá del Bravo, yo detengo a mis muchachos y les ordeno que no lo toquen por ser nuestro amigo, de lo contrario, me lavaré las manos como Pilatos, eso sí, con gran dolor para mí porque ya no tendré a un interlocutor tan ameno como usted para beber
brandy y fumar opio…[139]
Santa Anna se sintió atrapado por una sacudida intensa. Era el final de la cordialidad. Bien lo sabía él. Nepomuceno lo vio a la cara imaginando que el Benemérito iba a negarse a ejecutar una orden semejante. Por un momento pensó que Santa Anna contestaría: Créame que, como sentenció mi compadre Vicente Guerrero, la Patria es Primero y por mí puede usted proceder a echarme en manos de esa jauría que me espera relamiéndose para devorarme de tres mordidas. Ni muerto antepondré los intereses ni la integridad territorial de mi país, sólo porque me aterran desde niño las heridas en mi piel. Mi pellejo no tiene precio. Cuélgueme, fusíleme, acuchílleme, degüélleme, despelléjeme, descuartíceme pero no me interpondré ante Filisola para impedir que arrase con todos ustedes, banda de pistoleros, ladrones, asaltantes. Nos faltarán álamos, robles y encinos para colgarlos, balas para dispararles en pleno rostro, leña para incinerar sus cuerpos o lobos téjanos para devorar sus entrañas… Vine, sépanlo todos, para defender a la patria. A ella me debo y a ella, y sólo a ella rendiré mi vida, mi honra y mi espada. Jamás detendré a Filisola. Proceda como juzgue más conveniente.
Se produjo un espeso silencio. Su Excelencia concentraba las miradas de Houston y de Nepomuceno Almonte. Son las decisiones que definen a un hombre. Las que hacen historia. Las que alteran el destino de un país. Las que cambian el curso de los acontecimientos y convierten un error en mil aciertos. Las que crean un ejemplo y marcan una generación. Se es o no se es. La moneda está en el aire y con ella se juega la suerte de una nación, en ningún caso la de una sola persona. Santa Anna podía alegar la inutilidad de una orden de esa naturaleza porque él, presidente de la República y general en jefe del Ejército de Operaciones, se encontraba preso y, por ende, sus poderes y facultades legales estaban suspendidos hasta que obtuviera su libertad. Filisola no podría ser sometido a una corte marcial por desacatar la instrucción de un superior jerárquico, dado que éste se encontraba como prisionero del enemigo y coartados sus mandos. Filisola podría ignorar a Santa Anna sin ninguna responsabilidad militar ni política ni penal. Nadie podría formarle un consejo de guerra. ¿Entonces para qué ordenarle algo que podía desechar como las noticias de un periódico viejo? No importa, le hubiera respondido Houston. Ese es problema de Filisola, usted escriba una misiva, cumpla con su parte o yo lo entrego a mis perros, esos que salivan frente a usted, señor general-presidente.
Cuando Santa Anna agachó la cabeza y aceptó la pluma, la tinta y un papel, Nepomuceno entendió que la causa estaba perdida. Houston aplaudió por dentro sin hacer el menor aspaviento ni comentario alguno. Honor a los vencidos, se dijo en silencio. Desde el instante en que el general americano vio llegar a Sherman jalando del pelo a Santa Anna y éste aparecía con el rostro descompuesto, pálido y tembloroso porque lo iban a linchar sus hombres, entendió, por el pánico que proyectaba su mirada, que estaba frente a un farsante, un cobarde, un embaucador, un maleante, embustero, tramposo, un actor, un gran actor que él había descubierto tras bambalinas, entre candilejas, cuando se maquillaba y se disfrazaba: yo lo vi en calzones. Sabía que firmaría lo que le pusiera enfrente con tal de salvar su pellejo. Sabía qué tecla tocar para obtener el sonido deseado. Le arrancaría a su ilustre prisionero unas notas jamás escuchadas en Estados Unidos.
Tan pronto Houston tuvo el mensaje en sus manos, le hizo una última pregunta a su prisionero:
—¿Por qué simplemente no nos venden Tejas, de la misma manera en que Francia vendió la Luisiana y España la Florida, así de fácil? Pasarán años, tal vez siglos, antes de que ustedes pueblen Tejas como nosotros lo hicimos en veinte años…
El Benemérito tardó en contestar. Buscaba instintivamente la botella de alcohol, un gratísimo refugio, o la pipeta de la euforia.
—No, general Houston, los mexicanos, jamás venderán Tejas. Es inútil.
—¿Y usted?
—Yo no me mando solo. Mi Congreso jamás ratificará una venta así. Son muy necios y, por otro lado, está prohibido por nuestra Constitución —además, iba a agregar, quien venda Tejas pasará a la historia como antipatriota y ratero y ninguno de ambos calificativos iba de acuerdo con su concepto del honor.