Mi pie izquierdo
10 la Casa que Mamá Construyó
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LA CASA QUE MAMÁ CONSTRUYÓ
LOURDES DEJÓ UNA impresión duradera en mi espíritu. Me di cuenta de que,
lejos de estar solo y aislado, como pensaba, era simplemente un miembro más
de esa hermandad del dolor, que se extendía por el mundo entero. Me
acordaba del valor y perseverancia que reflejaban los rostros de las personas
sufrientes, que llegaban esperanzadas, de todas las partes del mundo, para
rezar en la gruta, a los pies de la Virgen. Allí había contemplado la historia de
mi propia vida, reflejada en los ojos de aquellos con los que recé, aquellos
hombres y mujeres de lenguas diferentes, que vivían de acuerdo con distintas
formas de pensar, pero que se habían convertido en hermanos y hermanas,
constituyendo una única familia, con el legado común del dolor. Nadie veía al
otro como a un “extranjero” en aquel lugar sagrado; todas las barreras que
separaban a las personas o a las naciones se venían abajo ante la necesidad
común de entendimiento y comunicación que todos experimentábamos, y que
únicamente podía haber inspirado el dolor.
Estaba de vuelta en casa, lejos de toda la gloria y magnificencia de
Lourdes, y de todo lo que me había hecho olvidarme de mí mismo, en aquella
corriente de simpatía y comunión con los demás. Aquí me rodeaba no una
multitud de sufrientes, sino mi familia, gente saludable, personas normales,
que de un modo inconsciente me hacían sentir como una marioneta. Como un
pájaro que fue libre durante un instante para ser encerrado de nuevo en su
jaula.
Aproximadamente una semana después de mi regreso empezó a invadirme
otra vez aquella horrenda sensación de soledad que hacía estragos en mi
mente. Probé a evadirme con la lectura, y Mrs. Maguire me dio muchos
libros. Pero no leía más que a Dickens, y eso me ponía triste, aunque, de vez
en cuando, me arrancara una sonrisa.
Mamá advirtió mi melancolía y que, conforme pasaba el tiempo, no
dejaba de pensar y meditar tristemente sobre todas las expectativas no realizadas en mi existencia, pensando en ellas cada vez de forma más
sombría, pues sabía de su necesidad y que tenía que renunciar a ellas para
siempre. Aunque los dos nos comprendíamos bien por aquel entonces, mamá
ya no intentaba consolarme con palabras ni bromear a costa de mis estados de
melancolía. Entre mi madre y yo parecía alzarse una nueva barrera, una
muralla de cristal que nos impedía acercarnos el uno al otro. Yo tenía
sentimientos y anhelaba cosas que ella no podía apenas entender.
Un jueves por la tarde, siete u ocho días después de mi regreso de
Lourdes, estaba sentado junto a la ventana, invadido por el pesimismo, viendo
cómo la oscuridad de la noche de otoño iba cubriendo lentamente las calles
con una neblina entre sombría y púrpura. En la cocina se oía también el
crepitar de las salchichas en la sartén, pues mamá estaba haciendo la cena,
mientras los niños alborotaban a su alrededor. Mona estaba de pie, ante el
espejo, pintándose los labios y empolvándose la nariz, ya que una vez más se
iba a bailar, mientras Peter, muy satisfecho de sí mismo, se limpiaba
enérgicamente los zapatos con un trapo viejo y me guiñaba un ojo,
indicándome con esta señal que tenía una cita.
Repentinamente aparecieron ante mis ojos los faros de un coche que,
penetrando entre la débil luz del atardecer, daban la vuelta hacia la calle de
enfrente. La luz desapareció tras unos arbustos, pero segundos después surgió
nuevamente y se detuvo ante nuestra puerta. Un hombre descendió del coche,
contemplando de manera dubitativa el número de la casa, pero luego, con cara
de satisfacción, abrió el portal y subió por las escaleras.
—Alguien viene —musité.
—¿Qué es? —preguntó Peter, al darse cuenta del coche aparcado.
—Ve a ver —le dije de forma un tanto brusca.
Al oír que llamaban, mamá salió a abrir. Le escuché hablar con alguien en
el vestíbulo, y poco después entró en la cocina, en compañía de un
desconocido.
—Este es Christy —dijo mamá al entrar.
El hombre se acercó y se situó a mi lado. Era de fuerte complexión y ojos
grises, unos ojos que, cuando me miraban, parecían escudriñarme al mismo
tiempo.
Se sentó en una silla, cerca de mí, y me dijo que era un médico que me
había visitado de niño. Después me vio subido a espaldas de mi hermano,
durante la proyección de una película con fines benéficos. No se olvidó de mí,
y desde hacía varios días trataba de localizarme.
Luego se levantó y empezó a pasear de un lado a otro, en actitud
pensativa, para acabar sentándose al otro lado de la mesa, con los brazos
cruzados. A continuación, se puso a hablar.
—Christy —dijo, con voz bien timbrada—, hay un nuevo tratamiento para
la parálisis cerebral, que es lo que tienes tú. Creo que te podrías curar, pero
solo lo conseguirás si pones lo suficiente de tu parte. Yo no te puedo ayudar si
no intentas ayudarte a ti mismo. Antes de que hagamos algo por ti, tienes que
querer curarte —después se levantó, fijando sus ojos en mí—. ¿Lo intentarás
si yo te ayudo? —me preguntó.
—Lo intentaré —pensé.
Y es que, al no poder hablar, tampoco podía responderle. Solo
contemplarle fijamente. Pero él debió leer en mis ojos la respuesta, por lo que,
muy satisfecho, me puso la mano en el hombro y añadió:
—De acuerdo. Empezaremos mañana.
Después dijo que, al día siguiente, enviaría a uno de sus ayudantes para
hacerme un reconocimiento y prepararme el tratamiento adecuado, pues el
método se dirigía a cada enfermo individualmente considerado. El tratamiento
se haría a domicilio, pues aún no habían montado su propia clínica para casos
semejantes.
El doctor se levantó para salir, pero, apenas había traspasado el umbral de
la puerta, volvió sobre sus pasos.
—A propósito —dijo—. Soy el doctor Collis. Volveremos a vernos
pronto.
Y se fue.
La puerta se cerró tras él, y yo me puse a observar las reacciones de los
presentes. Sus rostros reflejaban satisfacción, y se les veía emocionados. A
papá se le veía tan contento que su mano continuaba temblando mientras me
llenaba la taza de té.
Mona se olvidó por un momento de su afición al baile y, mientras me
dirigía una sonrisa, sin darse cuenta, se echaba el contenido de la polvera en
las manos. Y el bueno de Peter se ponía dos cucharadas de sal en el té en
lugar de azúcar.
Me fijé, de manera especial, en mamá. Al igual que yo, no mostraba
fácilmente sus sentimientos, pero sus ademanes reflejaban una alegría serena,
en su rostro se sentía una viva satisfacción que significaba mucho más para
mí que si me hubiera echado los brazos al cuello arrasada en lágrimas. ¿Y qué
experimentaba en mi interior, en aquellos instantes que había esperado y
anhelado desde que fui capaz de sentir y soñar? Al principio permanecí como insensible. Todos mis sentidos se habían paralizado, y noté una especie de
vértigo. Era incapaz de hacerme a la idea de que, por fin, podría curarme. Me
resultaba excesivo. Me sobrepasaba ampliamente.
Mi familia hablaba atropelladamente, a mi alrededor, como si fuera presa
de un éxtasis colectivo. Mas no podía comprender ni una sola de sus palabras.
Me limitaba a beberme a pequeños sorbos el té de manera distraída, cada vez
que papá me acercaba la taza a los labios y devoraba las tostadas sin apenas
saborearlas.
Poco después me senté con papá y mamá, junto a la chimenea, pues los
demás salieron a divertirse. Empecé a reflexionar sobre todos los
acontecimientos deparados por aquella jornada, y solamente en ese momento
me di cuenta de la realidad. Mi emoción era diferente a la que sentía mi
familia: me había sorprendido bastante lo bien que podía resultar aquello.
Cuando viajé a Lourdes, lo hice con mucha alegría y esperanza. Regresé a
casa, una semana después, un tanto inquieto y con un poco más de
experiencia. Me sentía muy frustrado, pues todo volvía a ser como antes.
Atrás quedaba la esperanza ante la perspectiva de ir a Lourdes. En casa me
volvían a invadir el hastío y la tristeza, porque por mucho que deseara
cambiarla, mi vida siempre sería igual: gris, vacía y sin horizontes.
Aquel día, mientras yo alimentaba tan sombríos pensamientos, aquel
médico surgió inesperadamente para decirme que podía llegar a curarme. Con
unas pocas palabras transformó mi vida por completo: dio a mi pasado una
significación y a mí futuro una esperanza, una finalidad concreta. Me
proporcionó algo que daba firmeza a mis pensamientos y deseos, algo por lo
que vivir, trabajar y luchar, en un momento en que yo estaba firmemente
convencido de que lo único que tenía por delante eran años vacíos y estériles.
Pudo haber sido el azar, o una simple coincidencia, pero me dio la
impresión, por todo lo que sucedería más adelante, de que aquello era casi un
milagro no solo por la felicidad que me reportase, sino también porque hizo
nacer la fe donde antes solo existía amargura y frustración. Sirvió para
demostrarme que, en los planes de Dios, todos tenemos importancia, incluso
las personas en apariencia más insignificantes, pues todos formamos parte de
sus planes, e incluso un desconocido puede ser muy importante si ayuda a
otros a levantarse cuando tropiezan. Y yo también tenía mi parte, pese a mi
poquedad.
Aquella noche, antes de acostarme, recé una oración de acción de gracias,
y me arrepentí de haber dudado de Dios.
El médico que vino a visitarme al día siguiente era joven, alto y apuesto,
con un cierto porte militar que causaba impresión. Se movía lenta y
cuidadosamente, y su manera de comportarse infundía confianza a los que le
rodeaban. Me cayó bien nada más verlo. Se llamaba Louis Warnants, y
siempre lo recordaré con emoción y gratitud.
El doctor Warnants había ideado un tratamiento especial, consistente en
ejercicios físicos, que yo mismo podía realizar en casa, o, en todo caso, con
ayuda de mi familia. También me dijo que aquello iba a ser únicamente el
principio. Si respondía de forma adecuada, aunque fuese muy poco, pasaría a
hacer ejercicios mucho más complejos, siempre de acuerdo con mi capacidad
de progresar. Supe que tales ejercicios recibían el nombre de fisioterapia, y
pensé que la denominación era de lo más adecuado.
Warnants vendría a verme una vez por semana, cada domingo, para ser
más exacto. Entonces me hacía realizar los ejercicios y me observaba,
tomando nota detallada de los que me resultaban más difíciles y señalándome
las equivocaciones.
Resultaba un tanto divertido el modo en que mis hermanos se las
ingeniaban para estar en casa el domingo por la tarde, al aproximarse la hora
de visita del doctor. Le tenían cierto respeto, porque, pese a sus aprensiones,
era un perfecto caballero de impecables modales. Con él no cabían las medias
tintas; se tomaba muy en serio su profesión, y la anteponía a todo lo demás.
Una tarde de domingo, en que vino a visitarme un poco más temprano de
lo acostumbrado, todos mis hermanos, grandes y pequeños, se encontraban en
la cocina. Enseguida mamá pudo deshacerse de los más jóvenes, enviándolos
al piso superior, pero no sabía qué hacer con los mayores. El doctor Warnants
se encargaría de resolver el problema.
—Buenas tardes a todos —dijo en forma cortés, dirigiéndose a seis o siete
de mis hermanos, que se habían quedado allí—. Mrs. Brown, se ha deshecho
usted de sus corderos, pero todavía le faltan las ovejas.
Acto seguido, se encaminó hacia donde estaba sentado Jim.
—¡Hola!, tú eres, Jim, ¿verdad? Hace un día fenomenal para ir a dar un
paseo. Déjame que te ayude a ponerte el abrigo.
Los demás entendieron la indirecta y se fueron, tomándose las cosas de
buen humor. Y el doctor Warnants les hizo de portero.
Al doctor le resultaba un tanto dificultoso tratarme en casa porque la única
habitación utilizable para tales menesteres era la propia cocina, que resultaba
bastante pequeña e incómoda. Si realizaba ejercicios con las piernas
extendidas, me golpeaba contra el hogar. Si giraba sobre mi estómago, la cabeza podía terminar debajo de una silla y las piernas debajo de la mesa, y si,
a continuación, alzaba la cabeza, el golpe que me daba era clamoroso.
—O tú eres demasiado grande, Chris, o esta habitación es demasiado
pequeña —dijo el doctor.
—Creo que son las dos cosas al mismo tiempo —repuso mi madre.
—Si tuviéramos un poco más de espacio… —añadió el doctor Warnants
con un suspiro, tras haber observado que aquella tarde me había dado tres o
cuatro golpes en la cabeza.
Detrás de nuestra casa había un amplio terreno, que en tiempos pasados
intentamos cultivar sin ningún éxito. A decir verdad, lo único que se
consiguió fue plantar y cosechar, en una ocasión, nabos, coles y patatas. Daba
igual sembrar flores o verduras, pues la tierra se negaba obstinadamente a
admitirlas, empeñándose en mantener su aspecto salvaje. Pero mamá se
empeñó en que eso no podía ser. Y, a menudo, llegaba a ofrecer hasta media
corona a cualquiera de nosotros si intentábamos algo al respecto.
Ahora, sin embargo, mi madre tenía otra idea, una idea luminosa. ¿Por
qué no utilizar para otros fines aquella parte trasera del jardín? Al doctor
Warnants y a mí nos vendría muy bien disponer de un espacio para nosotros
solos, lejos de todo el ruido y trajín de la casa. Así que ¿por qué no construir
allí otra habitación, donde pudiéramos aislarnos por completo? Pero todo es
siempre cuestión de dinero. Y ella no tenía ni la más mínima idea de los
costes, pero, como pertenecía a una familia de albañiles, no le costó
demasiado averiguarlo. Tras sondear discretamente a papá y a los chicos,
llegó a la conclusión de que serían cincuenta libras contantes y sonantes.
Pero mi madre no estaba dispuesta a darse por vencida y resolvió poner en
práctica su ambicioso proyecto. Fue directa al asunto: pidiendo prestado,
vendiendo cosas, reuniendo dinero de colectas, visitando la casa de empeños,
buscando a parientes acomodados tras enterarse de que aún no habían
fallecido… Durante semanas, mantuvo en secreto sus operaciones para reunir
dinero a toda la familia, excepto a mí. Y yo, por supuesto, le di todo mi apoyo
moral.
Cuando hubo reunido unas veinte libras, decidió dar comienzo a la obra.
Mamá sabía que no podía contar con papá, pues él siempre pondría el
inconveniente de que las “autoridades” —una de sus expresiones favoritas—
no permitirían edificar sobre ese terreno, porque la casa en que vivíamos
también estaba sometida a las normas municipales. Así que ella expuso su
plan a sus cuatro hijos albañiles. Ninguno de ellos se mostró demasiado
entusiasmado. Quizá habría sido de otra manera si a alguien le hubiera dado por empezar la obra, pero, como suele pasar en tales casos, nadie estaba
preparado para hacerlo.
Mi madre decidió entonces poner de inmediato sus planes en práctica.
Una tarde fue a encargar un centenar de bloques de hormigón, cuatro bolsas
de cemento y dos de mortero. “¡Esto es solo para empezar!”, se dijo.
Aquel mismo día trajeron los materiales, pero al pobre papá casi le da un
infarto al llegar del trabajo por la noche y ver los bloques dispuestos a la
entrada del jardín. Se sujetó a la puerta para no caerse. Abría la boca, pero no
era capaz de articular palabra, mirando aquel montón de materiales. Abrió la
puerta tambaleándose, y dijo a mamá, con voz ronca:
—¿Qué te propones?
—Oh, me olvidé de decírtelo —respondió mi madre, con mucha
tranquilidad, mientras ponía la mesa para la cena—. Voy a construir una casa
para Christy en la parte de atrás del jardín.
—Dios mío —repuso papá, mirándola fijamente—. ¿Quieres que nos
desahucien? ¿No te das cuenta de lo que estás haciendo? Las autoridades
podrían…
—Sí, sí, ya lo sé —dijo mamá, con mucha calma—. Pero ahora tómate la
cena, como un buen chico, o se te enfriará.
—Solo lo harás, pasando por encima de mi cadáver —replicó mi padre,
con la boca repleta de estofado.
—Primero, te enterraría, por supuesto —dijo mamá, con su imperturbable
tranquilidad.
Al ver que era inútil discutir con ella, papá ensayó la “no cooperación”,
diciendo que él no movería un dedo, y aconsejó a mis hermanos que hicieran
lo mismo.
En ese instante creí que mamá se iba a dar por vencida. Pero se limitó a
sonreír, y añadió:
—Muy bien, si ninguno de vosotros lo hace, yo misma lo haré.
Y a todos les entró la risa solo de imaginarse a una mujer construyendo
una casa.
Al día siguiente, mamá se levantó muy temprano, desayunó rápidamente,
envió a los seis niños pequeños al colegio, y dedicó toda la mañana a las
labores de la casa para así tener libre la tarde. El almuerzo transcurrió de la
forma acostumbrada. Mi madre no dijo ni una palabra de lo que le pasaba por
la cabeza.
A eso de las cuatro de la tarde, me di cuenta de que llevaba bastante
tiempo en la parte de atrás de la casa. También me percaté de unos ruidos que procedían del jardín. Me entraron ganas de curiosear, y me las arreglé para
llegar hasta la ventana, y echar un vistazo.
Desde allí pude ver a mamá, rodilla en tierra, con un cubo lleno de
cemento a un lado y una vasija con agua al otro. Con la mano derecha
empuñaba una paleta. ¡Se la veía muy satisfecha, contemplando la hilera de
bloques que acababa de levantar!
Aquella noche, tras servir la cena, se fue con toda tranquilidad a proseguir
con su trabajo. Minutos después, papá, que había salido al patio a buscar no sé
qué, la vio. Al principio se quedó parado, luego, poco a poco, se acercó a la
pared en construcción. Y la tocó con el pie.
—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Qué te crees que estás haciendo?
Mamá alzó la vista.
—Estoy construyendo la casa de Chris —respondió, mientras agarraba
otro bloque.
Durante un minuto o poco más, papá no dijo nada, se limitó a esperar.
Luego se paseó de un lado a otro de la hilera de bloques. Después se detuvo,
contrajo el labio superior, y dijo:
—Mira. Lo estás haciendo todo mal, mujer. ¿Dónde has puesto los
cimientos?
—Sabía que algo se me había olvidado —respondió mi madre un tanto
malhumorada.
En ese momento se acercaron mis hermanos albañiles. Mi padre se volvió
hacia ellos, y les dijo:
—Mirad, chicos, vuestra madre está intentando hacer nuestro trabajo.
—Está horrible —dijo Paddy, moviendo la cabeza, con desaprobación,
tras contemplar la hilera de bloques—. Ni siquiera los has puesto al mismo
nivel, mamá.
—Las mujeres —añadió Peter— siempre están tratando de ser como los
hombres. Vete a tu cocina, mamá.
—Pues, bueno, si es un trabajo de hombres, continuadlo vosotros —fue su
contestación.
Después se puso en pie y se limpió las manos en el delantal. A
continuación dio media vuelta y se marchó, pero al pasar cerca de mí me
lanzó una sonrisa.
Los cinco albañiles se miraron unos a otros.
—¡Venga! —dijo papá, en cuanto ella se hubo metido en casa—. ¡Vamos
a empezar!
De esta forma se construyó mi casa del jardín. La obra tuvo que superar
muchas vicisitudes, y por momentos daba la impresión de no acabarse nunca.
La principal causa de los retrasos era la falta de dinero. Las veinte libras de
mamá se acabaron enseguida, y hubo que paralizar la tarea.
Un día, mi padre me preguntó qué me parecían aquellas cuatro paredes y
sus cimientos.
—Es como si fuera una sinfonía incompleta —le contesté.
Pero mamá consiguió reunir, poco a poco, cinco libras, y el trabajo pudo
reanudarse. A mí me nombraron “capataz”, y, de vez en cuando, les indicaba
mis preferencias en las distintas partes de la edificación y dónde quería que
me pusieran la chimenea, la ventana o la puerta. Se produjeron bastantes
discusiones entre papá y mis hermanos por detalles técnicos que yo no
alcanzaba a comprender, aunque intentase aparentar lo contrario mientras
escuchaba su conversación.
Pocos meses después pusieron el tejado y el techo. Pero otra vez se acabó
el dinero, y la “operación casa” volvió a interrumpirse.
Cuando las circunstancias fueron más prometedoras, hicieron el suelo y
una chimenea de piedra, y a continuación los marcos de la ventanas y la
puerta. Y como la chimenea ya estaba acabada, pronto pudimos encender
fuego. La construcción iba tomando forma; se pusieron por etapas los
cristales de las ventanas, se enyesaron las paredes y hasta se colocó en el
suelo el rodapié. El edificio estaba ya prácticamente terminado.
Pero todavía tenía el aspecto de una especie de sótano, porque carecía de
mi toque particular. Le faltaban los muebles para darle vida.
El mobiliario se iría instalando poco apoco: un diván, una cama, una mesa
y algunas sillas. Mi cuñado, que era carpintero, me hizo un magnífico
escritorio para guardar mis cosas. Se puso el suelo de linóleo, se empapeló y
se colgaron unas cortinas. Pocos días después quedaba instalada la
electricidad y se pintaron las puertas y marcos de las ventanas. Y, por fin,
estuvo listo para habitarlo.
Originariamente, la idea era construir un gimnasio, un espacio adecuado
para mis ejercicios físicos, donde pudiera atenderme el doctor Warnants. Sin
embargo, con el paso del tiempo, sería una sala de estar y de estudio, un lugar
para leer, escribir y dormir. Por eso pedí que me hicieran estanterías, para ir
llenándolas, poco a poco, de libros.
De esta manera me separé un tanto de mi familia, del bullicioso y movido
ambiente de mi casa. Ya podía estar a gusto pintando y escribiendo, en
completa libertad, sin necesidad de que nadie me martillease los oídos. En verano, me sentaba junto a una ventana abierta y me ponía a leer, con el único
acompañamiento del alegre coro de los pájaros, y en invierno, aún era mejor,
porque, entonces, me sentaba en la oscuridad, junto a la chimenea,
observando el fulgor de las llamas moverse sobre las paredes y caer sobre las
cubiertas de los libros de las estanterías, destacando sus rótulos dorados.
Mis lecturas seguían siendo pocas, y mi principal compañía eran los libros
de Charles Dickens. Leí seis o siete obras suyas, una tras otra. Mi favorita era
David Copperfield, que me leí lo menos tres veces, y siempre con idéntica
ilusión. Pero el libro que más me impresionó fue el de los viajes del capitán
Cook, que me regaló Mrs. Maguire por Navidad. Aún recuerdo mi
fascinación por todo lo que leía sobre islas perdidas, naufragios, hordas de
indígenas sanguinarios dando alaridos en la playa mientras un infortunado
barco se debatía contra los escollos.
Las lecturas me hicieron soñar con viajar algún día a grandes ciudades de
todo el mundo, conocer gente y admirar sitios desconocidos. Mi imaginación
se mantenía muy ocupada en evocar representaciones mentales de ruinas de
ciudades muertas, de selvas de vaporosa humedad, que cobraban vida propia,
y de inmensos e impracticables desiertos de arena amarilla, bañados por un
sol implacable.
Me divertía mucho con estos viajes imaginarios a través de las páginas de
los libros. Mis lecturas, por muy breves y restringidas que fueran, me
ayudaban a conocer algo más del mundo que había más allá de las cuatro
paredes de mi sala de estudio.
Mientras, el doctor Warnants continuaba tratándome, y yo realizaba
mayores progresos, al tener más amplitud de espacio para moverme. Mas el
tratamiento de mi parálisis cerebral no podía estar muy avanzado, pues las
causas de la enfermedad continuaban siendo desconocidas.
Un día, el doctor Collis me comentó que había pensado en enviarme a
Londres, para que me viera su cuñada, la doctora Eirene Collis, una afamada
especialista en parálisis cerebral. Quería conocer su opinión, y si yo sería
capaz de responder al tratamiento antes de comenzar un programa de
rehabilitación de mayor alcance. El doctor solicitaría que su cuñada me
reconociera en el hospital de Middlesex y le diera su opinión sobre mis
posibilidades de conseguir llevar una vida normal.
Tendría que viajar a Londres al cabo de pocos días, y el doctor Warnants,
que iría por delante de mí, me recogería en el aeropuerto de Northolt para
llevarme al hospital y visitar a Mrs. Collis. Mamá tendría que acompañarme.
Me di cuenta de que todo dependía de la decisión de Mrs. Collis, y que
verdaderamente mi futuro estaba en sus manos. Si decidía que ya era
demasiado tarde para recibir el tratamiento, volvería al mismo lugar en que
me encontró el doctor Collis, otra vez a mi antigua vida de ociosidad y
desesperación.
Pero si, por el contrario, la doctora llegaba a la conclusión de que podía
responder de forma adecuada a ese tratamiento, mi existencia cobraría
significado, tendría valores en los que apoyarse. Y así estaría en condiciones
de derribar alguno de los muros que se interponían entre mí y la posibilidad
de llevar una vida normal. Me hallaba ante un momento crucial de mi vida.