Mi pie izquierdo
14 Dignidad y No Compasión
14
DIGNIDAD Y NO COMPASIÓN
COMO YA DIJE anteriormente, la clínica de Merrion Street era solo en realidad
un largo y estrecho cobertizo que hacía de gimnasio, y que estaba situado en
la parte trasera del Hospital Ortopédico de Dublín, aunque no se podía
acceder fácilmente a ella. Además de su situación un tanto apartada, el
espacio disponible era muy escaso. Todo estaba amontonado, hasta los niños.
No había demasiado lugar para mobiliario, a excepción de un gran “tobogán”
de madera, situado junto a una pared, y que llenaba casi por completo uno de
los extremos de la sala. Este artilugio no servía únicamente para distracción
de los niños; tenía también otra finalidad. Llevaba incorporado un pequeño
tramo de escalera, con una especie de plataforma en lo alto. Con ello se daba
a los niños la oportunidad de subir escaleras y de utilizar las manos
agarrándose a las barandillas. De este modo, se les enseñaba a usar al mismo
tiempo manos y pies, algo que la mayoría no podía hacer en circunstancias
normales, salvo de manera nerviosa e irregular. Al tiempo que se deslizaban,
aprendían a relajarse y a superar su temor al movimiento.
A pesar de todo, la clínica estaba empezando a masificarse —De
continuar esto —dijo el doctor Warnants— tendremos que ponerlos a todos
en el tejado.
No pocas veces la sala se parecía a un gran caos de tráfico, pues los niños
vociferaban con una potencia mayor que doce bocinas sonando al mismo
tiempo. ¡Era tan espantoso que a duras penas me podía concentrar!
La situación comenzaba a ser angustiosa, cuando un día me enteré de que
nos íbamos a mudar a unos locales más amplios, instalados en el otro extremo
de la ciudad. Sentí tener que dejar la vieja clínica, pero lo cierto es que
resultaba demasiado pequeña. Allí había hecho muchos y buenos amigos. Me
acordé de la primera mañana en que llegué: de las paredes de madera, de los
grandes ventanales, de los árboles empapados por la lluvia de diciembre… y
de Sheila.
Por aquel entonces dejamos de ver al doctor Warnants, que se marchó a
trabajar al extranjero. Todos sentimos que se fuera, pero yo sabía que él tenía
muchas ganas de ver mundo y que le resultaba necesario viajar a los lugares
más apartados. La última vez que supimos de él se encontraba en Extremo
Oriente, “asándose de calor en pleno mediodía”, según nos dijo en una de sus
cartas.
También Mr. Gallagher se marchó poco después, rumbo al Canadá. Y
desapareció. Nunca he vuelto a saber nada de él. Apenas la clínica había
comenzado a funcionar mejor, dos de sus empleados más capacitados se
marcharon.
Una calurosa mañana veraniega de hace tres años nos trasladamos a la
nueva clínica. Estaba en un lugar llamado Bull Alley Street. Al llegar, pude
ver un gran edificio de ladrillo rojo, con esbeltos arcos y una especie de
cúpula verde en lo alto. Tenía gran cantidad de ventanas en la fachada y
barandillas de hierro forjado. En comparación con la antigua clínica, hasta
resultaba lujosa.
Y por dentro estaba todavía mejor. En realidad, no éramos propietarios del
edificio, solo habíamos alquilado tres habitaciones. Eran grandes, soleadas y
llenas de espacio, para moverse con amplitud. El personal de la clínica
aumentó, y también los pacientes; y los métodos de tratamiento y los
progresos de los pacientes mejoraron. Se dio a las habitaciones una función
distinta: sala de tratamiento, aula y sala de juegos. En la sala de tratamiento
realizábamos nuestros ejercicios. Resultaba todo un espectáculo ver a quince
o veinte niños, tumbados en el suelo, siguiendo las indicaciones de los
fisioterapeutas, dispuestos en filas, a modo de una enorme serpiente con
muchos brazos y cabezas, moviéndose al mismo tiempo.
En el aula se impartía educación primaria a los niños más retrasados, a los
que nunca pudieron asistir a la escuela con sus hermanos porque eran
“diferentes”. Esto se hacía bajo la supervisión de una maestra estatal, muy
cualificada para tan ardua tarea. Así pues, cuanto mayor era el desfase de los
niños, mayor era la dedicación para ayudarlos a mantener contactos con las
personas normales. Se encontraban muy satisfechos de poder asistir al
colegio, de tener sus propios libros y pupitres, y de aprender a sumar, al igual
que sus hermanos.
Se sentían muy orgullosos de su profesora y del modo en que ella los
ayudaba. Nunca se les pegaba, como a otros chicos. En esta escuela, la
maestra prestaba más atención a sus espíritus que a sus manos. De esta forma, en vez de sentirse inferiores a los chicos normales, se les enseñaba a
considerarse iguales a ellos.
En la sala de juegos, la palabra “juego” tenía un doble significado:
también quería decir trabajo. Con apariencia de juego, se enseñaba a los niños
a desarrollar las propias habilidades, a base de movimientos de manos y pies,
desechando los que no eran correctos. Vistos desde fuera, daban la impresión
de estar jugando en las mesas, y de divertirse con carreras, como lo haría
cualquier niño normal y sin dejar de hacer un ruido espantoso. Se les animaba
a comportarse como chicos normales y, mientras correteaban felizmente, se
les vigilaba de modo constante, para que no volvieran a recaer en sus defectos
de movilidad. No bastaba con que corretearan de un lado para otro, tenían que
aprender a hacerlo del modo adecuado, y lo mismo jugar y perseguirse. Al
carecer de movimientos naturales, habían desarrollado otros que no lo eran.
Por ello, en la sala de juegos aprendieron a hacer toda clase movimientos, de
los más simples a los más complejos, y siempre de la forma más natural. No
les resultaba nada fácil. Incluso la sencilla acción de recoger una tiza del
suelo les suponía un trabajo enorme, una labor tan ingente como podría
suponerle a alguien caminar por la cuerda floja sin haberlo hecho nunca antes.
Desde que llegué a la clínica, casi coincidiendo con su apertura, había
empezado a verla como algo que formaba parte de mí mismo, algo esencial en
mi vida. No la imaginaba como un sitio al que había acudido para ser
atendido, ni como una “institución médica” repleta de doctores y
fisioterapeutas de batas blancas. Tenía sus médicos y su personal vestidos de
blanco, pasillos largos y frías paredes de mármol. Tenía todo eso, pero
también algo más: alma, eficacia, y auténtico calor humano, sin carecer por
ello de la fría precisión científica. El personal de la clínica tenía buenos
sentimientos y, en su profesión, eso siempre resulta muy de agradecer.
Resulta algo tan importante como sus conocimientos de medicina, ya que su
profesión no es sencilla, pues no tienen pacientes ordinarios. No se trataba
solo de “médicos” que asistían a “pacientes”. Era un equipo de seres humanos
profunda y sinceramente interesados por la situación de otro conjunto de seres
humanos enfrentados a tremendas dificultades, unas dificultades que no
podrían calificarse simplemente como “físicas”.
Darnos amistad y confianza era tan necesario para nosotros como la
asistencia médica. Porque no solamente sufrían nuestros miembros, sino
también nuestros espíritus; nuestro interior requería más atención que
nuestros brazos y piernas deformes. Un niño con una boca torcida y unas
manos deformes puede desarrollar rápida y fácilmente comportamientos también deformes hacia sí mismo y hacia la vida en general, sobre todo si se
le deja crecer con ellos y no se le presta ayuda. Al permitir que el concepto de
“diferencia”, respecto de los otros chicos, arraigue en su cerebro, crecerá en
su interior durante la adolescencia y probablemente durante la madurez, por
lo que al final habría pasado por la vida como un espíritu tan deforme como
su cuerpo. La vida llegaría a ser para él un reflejo de su propia deformidad, de
sus propios padecimientos emocionales.
Pero en la clínica todo era diferente. Por así decirlo, allí estábamos en
nuestro ambiente. Las personas que nos rodeaban tenían similares
incapacidades a las nuestras, y, a veces, peores. Podíamos comprobar que
nuestra “diferencia” no lo era tanto, después de todo. Después de habernos
considerado a nosotros mismos como parásitos y cargas para los demás, poco
a poco nos dimos cuenta de que hay personas comprensivas, personas capaces
de dedicar realmente sus vidas a ayudarnos y a conseguir que nos
aceptáramos a nosotros mismos. Al final, con nuestros sufrimientos se había
forjado algo positivo.
Yo apreciaba mucho a Bernie, una de las chicas que recibía atención en la
clínica. Todo el mundo la quería. Es un ejemplo de lo que la clínica puede
hacer por los casos desesperados.
Ella fue una de las primeras pacientes de la clínica. Solo tenía dos años
cuando la vi por primera vez. Cada mañana, íbamos juntos en la misma
ambulancia, y aún me acuerdo de la pequeña y patética insignificancia que era
por aquel entonces. La veía recostada en su camilla, aunque, en realidad, lo
único que podía apreciar eran sus ojos, que me miraban fijamente, con su cara
de elfo. Al ser tan pequeña, sus ojos parecían lo más grande de su cuerpo.
Yacía completamente inmóvil, como si nunca hubiera tenido un hálito de
vida; era una cosa rígida y apretujada, aparentemente fría e insensible a todo
lo que le rodeaba. Lo único que atestiguaba que era un ser humano eran sus
ojos, porque su aspecto era el de algo envuelto en una manta, semejante a una
muñeca de niña. Lenta y progresivamente, Bernie empezó a despertar a la
vida, y a tomarse más interés por todo lo que le rodeaba, como si estuviera
saliendo de un lento “deshielo”.
Se le facilitó un tratamiento especialmente preparado para ella, y
actualmente es una de las pacientes más activas de la clínica. Bajo la atenta
dirección de la fisioterapeuta, Miss Dorothy Henderson, Bernie ha pasado de
ser un inmóvil revoltijo de ropas, tan sin vida como un pedazo de madera, a
convertirse en una vivaracha personita que está empezando a reír y a
parlotear. Miss Henderson la considera “su mocita mimada”. La principal competidora de Bernie, en la clínica, es Dorothy. Ver a las dos juntas,
intentando superarse en los ejercicios, es mucho mejor que presenciar una
pantomima. Dorothy es una persona encantadora. Fue uno de los peores casos
que llegaron a la clínica, y tanto ha mejorado desde el comienzo del
tratamiento que las personas que la conocieron entonces no podrían hoy
reconocer en ella a la misma chica.
Al principio apenas se podía sentar. La espalda se le combaba, los
hombros se le caían y su cabeza oscilaba de un lado a otro como si fuera una
flor sacudida por el viento. Intentaba arrastrarse, pero sus brazos y rodillas
eran incapaces de sujetarla, así que se retorcía cayendo de bruces al suelo.
Conforme pasaron los meses, y etapa tras etapa, le enseñaron, en primer
lugar, a relajarse tendida en el suelo sobre una manta, luego a mejorar su
forma de sentarse y, por último, a permanecer en pie con una mínima
estabilidad.
Más tarde hubo que hacer frente al problema de su manera de andar, y
para ello se le facilitaron unos esquíes de madera especiales, que le servían
para apoyar las manos, para colocar los pies en la posición adecuada y para
perfeccionar, en general, sus posturas.
Actualmente, Dorothy es capaz de moverse correctamente, con sus manos
y rodillas, y está empezando a dar por su cuenta algunos lentos y vacilantes
pasos. Me resulta encantadora con sus ojos de un negro claro, el cabello
revuelto, y la naricita chata que siempre se le arruga al sonreír, con esa
sonrisa tan coqueta y contagiosa.
Dorothy es también una fisioterapeuta en potencia. Tiene la mente muy
ágil, y todo el tiempo que ha estado en la clínica ha visto lo suficiente de
fisioterapia como para tener ganas de demostrar al personal lo que podría
hacer ella sola. Nada le gusta más que arrastrarse hacia donde esté echado
cualquiera de los niños más pequeños, y ponerse en cuclillas a su lado para
dirigirle “sus ejercicios”, incluyendo algún que otro manotazo si el
comportamiento del pobre chico no cuenta con su aprobación.
En algunas ocasiones, Dorothy va mucho más allá e intenta hacer
experimentos conmigo. Pero yo siempre acabo por hacer que se enfade, pues
me mantengo impasible y me limito a hacerle muecas, si me ordena doblar la
pierna, encoger el estómago o quedarme quieto en mi asiento.
Yo también he progresado bastante en los dos últimos años pasados en la
clínica. Lo primero que he aprendido es a relajarme. Esto puede parecer fácil,
pero creo que es lo más difícil de la tarea de todas las mañanas. Relajarse no
solo es cuestión de tumbarse en la cama o en el suelo, como un tronco; no es tan sencillo. Para relajar por completo los músculos y hacerlos tan flexibles
como un papel mojado es necesario relajar primero el espíritu, dar rienda
suelta a los pensamientos y dejarlos correr a su gusto, sin guía consciente o
propensión hacia ningún tema en particular. Esto es algo que me resulta
prácticamente imposible. Tengo una mente que nunca descansa. El único
momento en que se relaja es mientras duermo, y, pese a todo, no lo hago
demasiado bien. Incluso aunque consiga controlar mis brazos y piernas, no es
siempre una señal de que me encuentre relajado; a lo mejor solo los mantengo
quietos por el mero hecho de ponerlos en tensión. No es difícil dar una
apariencia externa de relajación, pero sí que lo es el sentirse relajado.
Obligarse uno mismo a la relajación es una de las peores cosas que se pueden
hacer, porque de ese modo lo único que se consigue es acumular una gran
tensión corporal, lo que está muy lejos de la verdadera relajación. Siempre he
tenido consciencia de estas escenas: ruidos, juegos de luces y sombras,
expresiones particulares en los rostros de las personas de mi entorno, el tono y
la inflexión de sus voces… y todo ello se ha grabado en mi cerebro de forma
clara e inconfundible: a modo de piedras arrojadas a un lago.
Hasta que no consiga relajarme de la manera adecuada, no seré capaz de
autoconvencerme de que he conseguido realizar algo que otros, en mi
situación, no podrían realizar sin ayuda. Hoy, trabajando bajo los sabios
consejos de la doctora Mary O’Donnell, actual coordinadora de las
actividades de la clínica, y de Miss Barbara Allen, una de las tres
fisioterapeutas del equipo, he aprendido a andar con unos esquíes especiales,
muy similares a los que usa Dorothy, con la diferencia de que son más
grandes, y también estoy haciendo un mayor uso de las manos.
El miembro más veterano de la clínica, su alma mater, es Mrs. Frances
Prince. Se incorporó en los días en que el futuro de la clínica resultaba más
bien incierto y, desde entonces, ha permanecido con nosotros. Cuando ella
está, no puedo “escurrir el bulto”, ni esquivar mis obligaciones, como alguna
que otra mañana me apetece hacer. No vacila en darme muchas tareas cuando
estoy sentado en las mesas, tales como modelar figuras de plastilina —con las
que consigo formas de lo más desproporcionado—, llevar pesas de una mano
a otra, y otros muchos ejercicios manuales.
El lenguaje siempre ha sido una de las principales dificultades en mi
esfuerzo por mantener contactos normales con las personas. Este ha sido el
aspecto de mi minusvalía que más amargos padecimientos me ha ocasionado,
ya que sin el lenguaje una persona se siente perdida, separada de los demás,
queriendo decir un montón de cosas y no siendo capaz de expresarlas. Escribir no estaba mal, pero hay algunos sentimientos que no se pueden
expresar, ni “sentirse”, por medio de la palabra escrita. La escritura puede
llegar a ser inmortal, pero es incapaz de llenar el vacío entre los seres
humanos del modo que lo hace la palabra, y es preferible tener una
encarnizada discusión de una hora con un amigo o unos breves instantes de
apacible charla con una chica que escribir el mejor libro del mundo.
Sin embargo, en la actualidad estoy comenzando a hablar, en vez de
emitir gruñidos. Mis gruñidos se están convirtiendo poco a poco en algo más
articulado, hasta más elegante. Ello se debe al tratamiento especial que estoy
recibiendo de la responsable de terapia del lenguaje de la clínica, la doctora
Patricia Sheehan.
Debo admitir que estaba algo desorientado al iniciar el tratamiento. Este
tenía un nombre que sonaba bien: “terapia del lenguaje”, pero el método era
tan sencillo que se me ocurrió pensar que a alguien podría habérsele ocurrido
antes. A mí me resultaba como un simple juego de niños.
¡Pero estaba muy equivocado! El método era en apariencia sencillo, pero
los resultados llegaban a ser sorprendentes. Lo primero que me enseñaron fue
a respirar profundamente. La doctora me dijo que yo había adquirido el mal
hábito de respirar de cualquier manera, a base de espasmos, y me decía que
eso no podía ser. Nunca iba a conseguir hablar de forma adecuada si antes no
aprendía a controlar la respiración.
Decidió enseñarme por la vía directa. Y la primera lección que recibí
consistió en hacer burbujas. Una mañana, la doctora trajo una cajita de
hojalata llena de agua de jabón, sacó de su bolsillo un aro de metal con un asa
en su extremo, lo metió en el agua, y me dijo que tenía que arrancar la
película acuosa que se había formado alrededor del aro. Al principio creí que
se trataba de una broma. Pero luego me di cuenta de que iba totalmente en
serio, así que tomé aire, fruncí los labios y soplé. Inmediatamente, toda una
serie de brillantes burbujas de colores empezaron a lloverme desde todos los
lados. Una me reventó en la nariz, otra en el ojo, y también advertí que los
cabellos de la doctora estaban sembrados de gotitas de agua.
Esto me serviría para adquirir mayor resistencia. Junto con mi amigo
John, otro de los pacientes adultos de la clínica, me enseñaron a profundizar
en mi respiración con un nuevo método. Consistía en soplar agua de una
botella a otra, a través de un tubo. Las dos botellas estaban cerradas
herméticamente, comunicadas por un tubo de goma, cuyos extremos se
conectaban a dos diminutos cilindros de cristal incrustados en sus corchos.
Una de las botellas estaba llena de un agua coloreada, y el objetivo era soplar el contenido de la botella llena a la vacía. Llenándola poco a poco por medio
del tubo de conexión.
Dicho así, parecía muy simple, pero pronto me di cuenta de que tenía
bastante dificultad. Al igual que el lobo malvado de los cuentos de hadas, yo
soplaba y soplaba hasta enrojecer, pero solo unas insignificantes gotas de
agua caían dentro de la botella. Cuando le tocó el turno a John, en cuestión de
segundos pasó toda el agua de una botella a otra, y es que John tenía unos
pulmones de primera categoría. Quedé muy decepcionado de mí mismo, pero,
conforme pasó el tiempo, lo fui haciendo mejor, aunque todavía estoy lejos de
compararme con John.
Pasados unos meses, advertí una considerable mejoría en mi lenguaje. Me
esforcé por adquirir mayor seguridad cada vez que articulaba las palabras de
forma lenta y perceptible. De esta forma podía expresarme con más calma y
sin mis habituales aspavientos. En la actualidad soy capaz de hablar bastante
aceptablemente si me tomo tiempo y no me pongo nervioso por no poder
pronunciar una palabra con claridad. En suma, toda la causa de mis
dificultades con el lenguaje reside en mi propia actitud hacia él. Una vez que
haya superado el vivo y singular sentimiento de temor, casi de vergüenza, que
hace que la sangre se me suba con rapidez a las mejillas con un cálido
impulso cuando cualquier persona desconocida intenta darme conversación,
habré eliminado la raíz de mis problemas.
Pero hoy soy capaz de hablar con mayor confianza en mí mismo, y con
mucha menos timidez. Sé muy bien que nunca podré llevar una completa vida
social, a menos que consiga hablar a la gente de modo que puedan
entenderme, y, para conseguirlo, debo trabajar esforzadamente y hacer
muchas prácticas. No me resultará fácil, porque nunca alcanzaré la
perfección, ni tampoco un empleo en la BBC, pero los grandes progresos que
he hecho, gracias a la doctora Sheehan, son una muestra de que no es
imposible, siempre que me esfuerce lo suficiente, y estoy completamente
seguro de que me voy a esforzar.
El personal de la clínica tiene conmigo mucha paciencia, pues no soy
precisamente un “paciente modelo”. Miss Henderson dice que tengo bastante
inclinación a la pereza, y que no pongo todo de mi parte en las tareas. Me
gustaría desmentirla, pero me temo que no puedo, porque lo que dice es
verdad. Sé que muchos días no me esfuerzo lo suficiente, al menos en la
medida que la gente espera de mí. No doy a mi tratamiento toda la
importancia que requiere, aunque sea consciente de que las pocas horas que
paso cada mañana en la clínica son las más importantes del día. Probablemente sea una persona perezosa. Pero si alguien quiere ver más allá,
se dará cuenta de que mi vieja pluma tiene también muchas cosas que decir…
Los niños de la clínica son niños felices, desde los que se arrastran por el
suelo sin tener otra cosa que hacer hasta los que corretean, juegan y se
revuelcan por la sala. Los traen a la clínica en coches particulares varios días
a la semana. Los chicos esperan impacientemente en sus casas ir a la clínica,
y cada día que pasa se establece una relación más profunda y afectuosa entre
ellos y sus acompañantes. Cuando vuelven a sus casas al mediodía, esos niños
consiguen que sus familiares se acerquen a ellos para hablarles, con gran
satisfacción, de sus tareas de esa mañana. Y eso lo hacen, aunque solo puedan
emitir chillidos, golpear con las piernas o permanecer echados en el suelo. A
todos les gusta ir a la clínica, porque no solo van a recibir un tratamiento —
que en sí mismo no sería suficiente—, sino que también reciben una
comprensión que necesitan más que nada en el mundo, una comprensión que
va más allá de las simples palabras, y un cuidado que no significa lástima.
Las mujeres que forman el equipo —las doctoras Mary O’Donnell y
Patricia Sheehan, Mrs. Frances Prince, Miss Dorothy Henderson, Miss
Barbara Allen, Miss Joyce McCrory, y la profesora Miss Una Kennedy— han
hecho y continúan haciendo una magnífica labor, y no tengo palabras para
expresar su habilidad y capacidad de inventiva. Trasmiten sentimientos de
amistad y comprensión, aunque creo que, de vez en cuando, deberían de ser
un poco más enérgicas cuando los niños que tienen a su cargo sean perezosos
o estén faltos de interés. Pero por muy exigentes que puedan ser, nunca actúan
con frialdad. Siempre se puede ver una luz, un brillo especial en sus rostros y
en sus ojos. Entrar en la clínica es entrar enseguida en su espíritu, el espíritu
que la anima y fluye dentro de ella, que llega tanto a los ojos como al
corazón, y que es el espíritu de “dignidad y no compasión”.