Mi pie izquierdo
16 Rosas Rojas para Ella
16
ROSAS ROJAS PARA ELLA
EL CONCIERTO DE Burl Ives en Dublín siempre permanecerá en mi memoria
como uno de los días más emocionantes de mi vida. Todo sucedió de un
modo poco habitual. Entre la pintoresca familia del doctor Collis, a la cual
también yo me honro en pertenecer, había un muchacho húngaro-eslovaco
que el doctor había adoptado en Belsen. Es un chico moreno, con la piel
también oscura y los ojos saltones. Ya estaba enfermo cuando el doctor le
conoció, y hace algún tiempo, enfermó de los pulmones, teniendo que
someterse a una seria operación en el Hospital de Enfermedades del Tórax de
Londres. Burl Ives había conocido a este chico en Dublín y le había caído
simpático. Por eso le visitaba con frecuencia en el hospital y le cantaba
canciones populares, a él y a otros enfermos.
Una tarde, el doctor Collis se encontraba en Londres, cambiando
impresiones sobre el muchacho con Sir Clement Price Thomas, pues ya le
habían extirpado la mitad del pulmón izquierdo. Pero, cuando ambos entraron
en la sala del hospital, se encontraron con un recital en toda regla. Burl Ives
había puesto a cantar a todo el mundo. Entonces, el doctor Collis tuvo la idea
de preguntarle si estaría dispuesto a dar un concierto en Dublin a beneficio de
los enfermos de parálisis cerebral. Ives aceptó inmediatamente.
De regreso a Dublín, el doctor vino a verme y me lo contó todo.
—El caso es que Burl Ives cantará a beneficio de nuestra organización.
Pero creo que no estaría de más que tú también hicieras algo.
—¿Yo? —repuse.
—Sí, con tu pie.
—¿Con mi pie?
El doctor Collis prosiguió:
—Acabas de terminar el capítulo primero, sobre la letra A y tu madre. Si
fueras capaz de leerlo, la gente sabría más de la parálisis cerebral, gracias a un
testimonio directo, que con todo lo que yo pudiera explicarles en una hora. Así que vendrás conmigo y te sentarás a mi lado, para que la gente sepa que
lo que has conseguido ha sido obra tuya, no mía.
Me quedé pensativo por un momento. Me imaginaba sentado ante una
gran multitud, y veía cientos de rostros expectantes, desconocidos,
inquisitivos, que no paraban de prestar atención a mis peculiares
movimientos, a mis manos torcidas y a mi boca deforme. Vacilé. El doctor
movió la cabeza. Era capaz de leer mis pensamientos.
—¿Puedes hacerlo? —me preguntó.
—Por supuesto. ¡Claro que sí! —le contesté.
Pero yo me sentía bastante asustado.
Los preparativos comenzaron a toda velocidad. El patrocinador del acto
fue la Ireland America Society, y se invitó a personas de destacada relevancia.
El lugar elegido fue el Aberdeen Hall, en el Hotel Gresham, una enorme sala
con capacidad para quinientas personas sentadas. Se pusieron entradas a la
venta, se insertaron anuncios en la prensa, y se publicaron entrevistas
efectuadas por afamados reporteros.
Toda la ciudad se dio por enterada, y muy especialmente mi casa. Mi
familia dijo que quería ir a ver a Burl Ives.
Únicamente mamá añadió que quería oír al doctor Collis leer el primer
capítulo de mi libro. Enseguida pensé que, si todos mis familiares y amigos se
hacían con invitaciones, llenarían muy pronto la sala, no dejando demasiadas
ayudas para los paralíticos cerebrales. Esto provocó durante bastantes días
fuertes discusiones. Ni que decir tiene que papá y mamá tenían que venir.
Peggy insistió en que tenía que sentarse a mi lado. Mona y su marido. Torn,
dijeron que pensaban comprar las entradas. En cambio Tony, Peter, Paddy,
Jim, Eamonn, Sean, Francis y Danny dijeron que no las comprarían solo por
verme a mí. Tampoco Lily y Ann perdieron la oportunidad de expresar sus
puntos de vista, dejando bien claro que irían de todos modos. Quedaba aún
pendiente saber cómo podríamos llegar un domingo por la tarde desde
Crumlin hasta O’Connell Street, que estaba en el centro de la ciudad, y, sobre
todo, cómo podría entrar yo al Hotel Gresham, cuyo salón principal, junto a la
entrada, siempre está repleto de gente. Mona dijo: “Sería preferible que
alquilásemos un autobús”.
Pero, por fin, un amigo de la familia, Sid Mac Keogh, que poseía un taxi
tipo gran turismo americano, se ofreció voluntariamente para llevar al mayor
número posible de los Brown.
Robbie Collis, un alto y fornido estudiante de medicina, que era hijo del
doctor, me dijo que me ayudaría a entrar por la parte de atrás del hotel, para que pudiera estar sentado antes del comienzo del espectáculo.
Y llegó el gran día. Aquella mañana, nuestra casa era lo más parecido a un
“pub” un sábado por la noche, pues todos hablaban al mismo tiempo y
tropezaban unos con otros. Mamá se probó un abrigo de piel que le había
prestado una amiga. “¿Estoy bien?”, preguntó, adoptando toda clase de
posturas diferentes en medio de la cocina. Las conversaciones se
interrumpieron, y la familia se dirigió a contemplar a la modelo. Nadie dijo
nada. Ninguno de nosotros quería comprometerse en tan ardua decisión, hasta
que Peter, recogiendo el periódico, dijo con mucha tranquilidad, con la
mirada fija en una de las páginas: “Pareces un oso que se haya escapado del
zoológico…”.
Mamá no estuvo de acuerdo con la observación, y, tomando el sombrero
del viaje a Londres, se lo probó delante del espejo. Mona intentó convencerla
de que se pintara los labios y se pusiera maquillaje, pero mamá replicó que no
quería morir envenenada.
Papá se había comprado un traje nuevo y un sombrero un tanto pintoresco,
a caballo entre un hongo y un tipo de sombrero más flexible. El sombrero le
sentaba estupendamente, dándole una apariencia bastante elegante. Mis
hermanos se pusieron a vestirme con una americana que habían alquilado, sin
decirme nada. Pese a mis protestas, Peter y Tony me introdujeron en ella por
la fuerza. “Te sienta estupendamente”, me dijeron.
El taxi llegó a la hora prevista, y subimos a él como si fuéramos una
familia real en su landó de dos caballos. Únicamente cabíamos seis de
nosotros, y los demás tuvieron que ir en autobús: hermanos, cuñados,
sobrinos… alrededor de docena y media de personas, sin contar la retahíla de
amigos y otros parientes que también nos acompañaron. Era como ver desfilar
un regimiento cuando cruzaban la calle, cogidos del brazo.
Nos encaminamos hacia la casa del doctor Collis, donde Robbie, con no
pocas dificultades, se deslizó dentro del coche, y no sé si se sentó en las
rodillas de alguien, o alguien se sentó sobre las suyas.
Por fin llegamos al hotel. Mis acompañantes se bajaron frente a la entrada
principal, y yo seguí en el coche hasta la parte de atrás. Yo debía pesar
bastante, pero Robbie Collis se agachó, me tomó en sus brazos y me llevó
dentro sin dar la menor señal de queja. Todavía no había dado comienzo al
acto, y el telón seguía bajado, pero a mí me pusieron en una silla junto a
mamá, papá, Peggy, Tony y su mujer, Sheila. Desde el otro lado del telón se
escuchaban los pasos y el murmullo de la gente al ocupar sus asientos. Había
una nutrida concurrencia, y era cuestión de segundos que se levantase el telón. Yo me sentía fatal. Había llegado más gente de la que había comprado
entradas, y muchos se agolparon en la parte trasera del escenario junto a
nosotros. Eché un vistazo, y pude darme cuenta de que me habían situado a la
derecha, dejando en el centro tres o cuatro sillas que iban a ocupar el
presidente de la Ireland-America Society, el director de cine John Huston y el
doctor Collis. También estaba una señora muy atractiva, que debía ser una
actriz de cine, y, por supuesto, una gran cantidad de personas que nunca había
visto antes.
Entonces advertí algo realmente notable a través de la puerta de acceso al
escenario. Era un hombre, pero todo lo que pude ver, a primera vista, fue algo
así como un chaleco dorado y unos pantalones de color verde. Poco a poco, el
resto de aquella figura se fue dejando ver. Nunca había visto a nadie de
aspecto tan descomunal. Porque el hombre no solo tenía masa, sino también
peso. Debía de medir más de un metro ochenta de alto, y pesaría más de
ciento veinte kilos. Su expresión era afable, sus ojos diminutos y llevaba una
barba puntiaguda. Una guitarra le colgaba del hombro. Me pareció un ser
fantástico, un gigante de los cuentos de hadas, mezclado entre una multitud de
pobres mortales. Se trataba de Burl Ives. Entonces se alzó el telón y dio
comienzo el espectáculo. Me agarré a los extremos de la silla y adopté una
postura rígida. Todo lo que podía ver era un extenso contorno de caras
blancas que tenían clavados los ojos en mí. A ratos, pasaba del frío al calor.
Me daba cuenta de todos mis movimientos involuntarios, por mínimos que
fueran, y creo que esta consciencia contribuía a que llamase más la atención.
Me imaginaba estar solo en el escenario, rodeado por una viva e impactante
luz, bajo la lente de un microscopio que no dejaba que ninguno de mis
movimientos pasara inadvertido. Me sentía vigilado por mil ojos, y todos mis
antiguos temores se estaban apoderando otra vez de mí.
Burl Ives empezó a cantar. Su voz expresaba dulzura y suavidad con
rasgos festivos. Su modo de cantar era ingenioso y divertido. Me limité a
cerrar los ojos y a escuchar su canción, olvidándome de mis temores casi por
completo.
Enseguida pasé a ser uno más entre los que se divertían al oírle cantar The
Blue-tailed Fly, Mr. Frog Went A Courting, The House Where Grandmother
Dwells. Por último, invitó a todos a cantar con él:
There was an old woman who swallowed a fly.
Now I don’t know why she swallowed a fly
Perhaps she’ll die…
(Había una vieja que se tragó una mosca.
Pero no sé por qué se tragó una mosca.
A lo mejor se muere…).
Y yo también me puse a cantar con todos. Me reí tanto que me olvidé de todo
lo demás.
De improviso, Burl Ives se detuvo y salió del escenario, pero tuvo que
repetir algunas canciones, hasta que le dejaron marcharse definitivamente.
Después, el presidente de la Ireland-America Society anunció que el doctor
Collis se dirigiría a los reunidos como portavoz de la asociación de parálisis
cerebral.
El doctor se levantó y se dirigió al micrófono. El público no dejó por ello
de charlar. No iba a resultar fácil llamar su atención.
Sacó mis escritos de su bolsillo y los colocó en la mesa frente a él.
—No voy a hacer ningún discurso —dijo—. Ni siquiera una petición de
ayuda. Solo quiero leerles algo que les hará conocer mejor a una persona
enferma de parálisis cerebral: el primer capítulo de la autobiografía de Christy
Brown —y me señaló con la mano—, escrita con su pie izquierdo.
Dio comienzo a la lectura. En los primeros momentos seguían oyéndose
murmullos entre el público, la gente arrastraba los pies, tosía, y hasta había un
hombre leyendo el periódico. Estaba claro que él había ido por el concierto, y
no para escuchar una lectura que hablaba de un disminuido.
Poco a poco, y conforme el doctor iba leyendo, cesaron los murmullos; y
se fue haciendo un profundo silencio. Yo observaba los rostros que tenía
enfrente, pero ya no parecían inquisitivos y de ojos asombrados, sino de
expresión amistosa e interesada. Ya no me sentía observado por ellos, pues
estaban atentos al doctor mientras proseguía la lectura del capítulo. ¡Me
estaban escuchando!
Aún me sentía con cierta tensión, sentado en el escenario, a la vista de
todo el mundo. Pero, pasado un rato, yo también me puse a escuchar, y así
mis nervios se fueron calmando. Me olvidé de mis manos retorciéndose entre
mis rodillas. Me olvidé de mi boca deforme y mi cabeza temblorosa.
Escuché… ¿Era algo real estar sentado en un escenario, junto a papá y mamá,
ante una gran cantidad de público, escuchando un relato de mi infancia? ¿Era
yo el que había escrito aquello? ¿Había salido eso realmente de mi cerebro?
Creía estar soñando.
Escuchaba… Recordé aquel día de diciembre, cuando dibujé por primera
vez la letra A con mi pie izquierdo, y a mamá arrodillada junto a mí, en el
suelo de la cocina, animándome a no darme por vencido… Me acordé de mis
hermanos, del día en que Tony me desnudó, junto a unos arbustos, para ponerme el enorme traje de baño de Jim y nadar en el canal, y del pobre Jim
gritando: “Se va a ahogar. Te lo dije”… Recordé aquel día tan espantoso en
que empecé a pensar en mí mismo, en el pánico que sentí al saber que toda mi
vida sería un disminuido, los días que dedicaba a la pintura, así como las
noches de soledad en la cama mientras Peter roncaba tranquilamente… Me
acordé de Lourdes y de las velas de la gruta… y de Sheila llegando a la
clínica por las mañanas, con el pelo desordenado por el viento y la lluvia.
De pronto advertí que el doctor había dejado de hablar. De nuevo se
produjo un silencio total. Me di cuenta de que alguien estaba llorando. Mamá
estaba sentada a mi lado, y le brillaban los ojos. Papá retorcía el sombrero
entre sus manos, y me contemplaba como nunca lo había hecho antes. No se
oía nada. El doctor Collis avanzó por el escenario, me puso la mano en el
hombro y me ayudó a ponerme en pie. Entonces, la gente prorrumpió en
aplausos… Unos aplausos interminables, que se elevaban como las olas del
mar.
Alguien, entre el público, se acercó con un enorme ramo de rosas. El
doctor se detuvo para recogerlas. Después se encaminó hacia donde estaba
mamá para depositárselas en sus manos. Los aplausos cesaron.
—Creo que ustedes estarán de acuerdo —dijo el doctor, dirigiéndose al público—
en que solo queda una cosa por hacer: unas rosas rojas para Mrs. Brown. Para usted, mamá —y se inclinó para darle el ramo.
Los aplausos continuaron. Entonces, vi al fondo de la sala a un grupo de mis
hermanos aplaudiendo y gritando hasta enronquecer. Eran Jim, Francis, Paddy, Peter y Sean.
Mamá tomó el ramo con modales de una reina madre que estuviera acostumbrada
a recibir rosas todos los días. Creo que se puso colorada, pero no sé si era por las rosas o por el abrigo de piel. De pie, a su lado, estaba papá, con los hombros caídos y su escasamente poblada cabeza inclinada hacia adelante. Mientras mamá sujetaba la rosas entre las manos, le oí decir, con un leve susurro:
—Ponte derecho, Paddy.
Papá se enderezó, pero entonces se le cayó el sombrero, y Peggy lo recogió
enseguida. Entonces Burl Ives volvió a salir, y se puso a cantar canciones populares irlandesas, como She Moved Thorough the Fair, que era una versión particular suya de The Spanish Lady.
Ahora me sentía muy relajado, y me lo estaba pasando estupendamente. Era feliz
y me encontraba en paz. Y continué apoyado en mi silla, mientras mi viejo amigo, el pie izquierdo, seguía el ritmo de la música.
Terminaste Mi pie izquierdo
Christy Brown
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