Mi pie izquierdo

Christy Brown · Capítulo 2 de 16

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Mi pie izquierdo

2 «M-A-M-Á»

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«M-A-M-Á»

 

DESPUÉS DE HABERME enseñado a dibujar la letra A, mamá quiso enseñarme

del mismo modo todo el alfabeto. Estaba resuelta a servirse de la oportunidad

que se le había presentado de manera tan prodigiosa, y así ayudarme a

comunicarme con los demás por medio de la palabra escrita, ya que no podía

hacerlo con la palabra hablada.

Me acuerdo muy bien de cómo lo hizo. Los días en que no estaba muy

ocupada con las tareas domésticas me llevaba al dormitorio principal y se

pasaba conmigo horas enteras enseñándome letra tras letra. Escribía cada letra

en el suelo con un pedazo de tiza. Después las borraba con un trapo y me las

hacía escribir otra vez de memoria colocándome la tiza entre los dedos de los

pies. Fue una difícil tarea para ambos. A menudo, yo la interrumpía mientras

preparaba la cena, con una especie de grito para que viniera a ver si había

escrito correctamente la palabra. Si me equivocaba, se ponía de rodillas, con

las manos cubiertas de harina, y me enseñaba la forma correcta de hacerlo.

Recuerdo que lo primero que aprendí a escribir fueron mis iniciales: C. B.,

aunque muchas veces me equivocaba y ponía la B antes que la C. Cuando me

preguntaban mi nombre, cogía una tiza y escribía con grandes trazos: C. B.

Poco después aprendí a escribir mi nombre completo. Me sentí muy

orgulloso de mí mismo cuando lo conseguí. Me creí alguien importante.

Cuando iba a cumplir seis años, ya estaba harto de escribir siempre solo

mi nombre. Quería hacer algo más, algo mucho más importante. Pero me

resultaba imposible porque aún no sabía leer y tampoco cómo conseguirlo. Lo

único cierto es que estaba celoso de Jim, Tony, Mona y Peter, y creía que yo

también lo conseguiría.

Ayudado por mi madre, y de forma lenta y trabajosa aprendí a trazar todas

las letras del abecedario, utilizándolas una tras otra. Algo que animó bastante

a mamá por aquel entonces fue mi capacidad de escuchar y fijarme atentamente en ella cuando se sentaba a mi lado para darme las lecciones. Y

mi atención rara vez decaía.

Me acuerdo de una noche de invierno en que mi madre y yo estábamos

sentados en un gran sillón de piel junto a la chimenea. Mi hermano recién

nacido dormía en su cochecito al otro lado del hogar. Estábamos solos junto a

aquella luz sombría, pues mi padre había ido a una reunión con otros albañiles

y mis hermanos estaban jugando en la calle. Mi madre tenía en la mano la

cartilla de Peter, y me estaba leyendo cuentos infantiles como el de los niños

de Lir convertidos en cisnes por su malvada madrastra o el del rey que

convertía en oro todo lo que tocaba. Me siguió leyendo hasta que las sombras

envolvieron la habitación y el pequeño Eamonn empezó a agitarse y a llorar.

Entonces mamá se levantó, encendió la luz y se rompió el encanto.

Al conocer el abecedario, yo ya tenía mucho avanzado y pronto fui capaz

de agrupar letras para formar palabras cortas. Más tarde aprendí a agrupar

palabras y a formar oraciones. Estaba progresando, pero no era nada fácil ni

sencillo. Mamá tenía por aquel entonces otros siete niños a los que cuidar. Por

suerte, mi hermana Lily era una gran ayuda para ella. Lily o Titch, como

también la llamábamos, era la mayor y algo así como la madrecita de todos,

una chica menudita, de rizos ondulados y ojos vivarachos. Cuando quería, era

muy amable, casi un ángel. Pero cuando se ponía furiosa, no tenía nada de

angelical. Lily se dio cuenta de las dificultades por las que atravesaba mi

madre en menos tiempo de lo que lo hubiera hecho una persona adulta, y

actuó en consecuencia. Se ocupó del cuidado de mis hermanos para que de

esta forma mamá pudiera dedicarme más tiempo. Lily cocinaba, lavaba y

vestía a los más pequeños, y hasta limpiaba los oídos a los mayores todas las

mañanas antes de irse al colegio. Quizás también era un tanto impulsiva,

porque con frecuencia Jim y Tony andaban por la cocina cabizbajos y

avergonzados, dando testimonio de las tareas domésticas de la pequeña Lily

en forma de orejas hinchadas y ojos amoratados.

Aunque era incapaz de hablar de modo inteligible, tenía una especie de

lenguaje a base de gruñidos, con el que mi familia más o menos me entendía.

Y cuando no podían entenderme, señalaba al suelo y escribía las palabras con

el pie izquierdo. Pero si no lograba deletrear lo que pretendía escribir,

reventaba de ira, y con ello solo conseguía emitir una serie de gruñidos de lo

más incoherente. A los siete años, apenas era capaz de expresarme, pero al

menos me incorporaba por mí mismo y me arrastraba de un lado a otro sin

herirme ni chocar con la porcelana de mamá. No llevaba ni zapatos ni

ninguna otra clase de calzado. Desde muy pequeño, mi madre intentó acostumbrarme a llevarlos, ya que opinaba que descalzo tenía un aspecto muy

desaliñado. Pero en cuanto ella me ponía los zapatos, yo me los quitaba una y

otra vez. No me gustaba tener los pies cubiertos, y, si mamá me ponía zapatos

o calcetines, me sentía como si a cualquier persona normal le ataran las

manos a la espalda.

Conforme transcurría el tiempo, empecé a depender cada vez más de mi

pie izquierdo. Él era mi principal modo de comunicarme y de hacerme

entender por mi familia. Poco a poco se convirtió en algo indispensable para

mí. Gracias a él aprendí a eliminar algunas de las barreras que se interponían

entre mí y los de mi casa. Sería la única llave que abriría la puerta de la

prisión en que me encontraba.

Uno de mis hábitos cuando escribía algo en el suelo era escupir, borrarlo

con el talón y volverlo a escribir de memoria tal y como mi madre me

enseñara. Tenía yo seis años y medio cuando un médico vino a visitar a uno

de mis hermanos, que se había fracturado la muñeca jugando al rugby. Al

salir, el médico me vio escribiendo con una tiza entre los dedos. Su actitud

fue un tanto escéptica y empezó a hacerle preguntas a mamá, y ella, ansiosa

por demostrarle que yo podía entender todo lo que él me dijera, me colocó

encima de una mesa y le invitó a pedirme que escribiera algo para él. Por un

momento se quedó pensativo, a continuación sacó de su maletín una

voluminosa agenda, me dio un gran lápiz rojo y me dijo que escribiera en ella

mi nombre.

Con el lápiz entre los dedos dirigí el libro hacia mí, me sosegué y escribí

muy lentamente mi nombre en la hoja de guarda con grandes letras

mayúsculas.

—¡Increíble! Estoy asombrado, Mrs. Brown; es verdaderamente… —

comenzó a decir, luego se quedó paralizado por la sorpresa, y mamá se puso

colorada, por lo que yo, tras dudar un momento, escupí deliberadamente sobre

la página e intenté borrar enérgicamente lo escrito sin llegar a entender por

qué las palabras escritas a lápiz no se borraban tan fácilmente como las

hechas con tiza.

Sin prestar atención a las excusas de mi madre, el médico se rió y me

acarició la cabeza diciéndome que era un buen chico. Después de aquello me

visitaría con cierta frecuencia, siguiendo atentamente mis progresos durante

bastantes años.

Al tiempo que iba creciendo, mi familia no dejaba de aumentar. Yo crecía

en constitución y estatura, y también se desarrollaba mi inteligencia. Mamá se

dio cuenta de que casi había sobrepasado el nivel del abecedario y también sus capacidades como maestra. Ya no me contentaba con sentarme a escuchar

mientras mamá se ponía a leerme muy pausadamente. No quería descansar

hasta que no fuera capaz de leer por mí mismo, como Peter o Mona. Además,

estaba impaciente por demostrarles que podía hacer lo mismo que ellos. En

lugar de una tiza empecé a utilizar un lápiz, aunque nunca pude

acostumbrarme a manejar la pluma. En cierta ocasión intenté escribir mi

nombre con la mejor estilográfica de mi padre, mientras unos vecinos

permanecían a mi lado de pie y expectantes. Pero, para sonrojo de mi madre,

acabé arrojándola al suelo, furioso porque no hacía más que clavarla sobre el

papel cada vez que intentaba escribir.

Al saber que me resultaba imposible ir al colegio como los demás niños,

mi madre empezó a preocuparse por cómo podría ayudarme, pues, aunque

estaba satisfecha de que mi estado mental fuera completamente normal, le

daba mucho miedo que me hiciera mayor siendo un analfabeto y, por

consiguiente, me encontrara en franca desventaja no solo desde el punto de

vista físico sino también desde el intelectual. Estos temores la atormentaban

casi constantemente. Pero no era tanto por el hecho de tener un hijo

analfabeto, como por el de que fuera un disminuido. Pensaba, sobre todo, en

los inconvenientes materiales que yo tendría conforme fuera creciendo. Por

encima de todo deseaba equipararme a mis hermanos hasta donde fuera

posible, y, como no podía asistir al colegio, hizo todo lo que pudo por

aminorar las consecuencias de esa desventaja. Pero mamá no tenía ni

demasiado tiempo ni muchas oportunidades de atenderme a diario, porque

casi siempre estaba ocupada, esforzándose por sacar adelante a la familia en

las épocas de desempleo de mi padre, de enfermedades y otras muchas

preocupaciones. A veces le costaba sonreír, pero de una forma o de otra,

aprendió a arreglárselas siempre.

Mientras mamá trabajaba, yo era el que me ocupaba de mí mismo, e

intentaba descifrar palabras nuevas. Tenía por costumbre deletrear los

nombres de los objetos que me rodeaban, como una chimenea, un cuadro, una

puerta, una silla… En cuanto empecé a controlar ese nuevo mundo, me sentí

muy satisfecho y pude escribirlo para mamá, para de esta forma demostrarle

mis conocimientos. Un día, de modo muy trabajoso, había intentado

conquistar aquel nuevo mundo que era para mí la cartilla de Peter. Lo

conseguí y me volví hacia donde estaba mamá, sentada junto a la chimenea

dando el pecho a un hermanito. Era de noche, y la luz mortecina de aquel mes

de abril se dibujaba sobre el suelo y sobre una brillante mesita de caoba,

dejando al descubierto las grietas que zigzagueaban en su superficie. No habíamos empezado a tomar el té y mis demás hermanos estaban jugando en

el piso de arriba. Me acurruqué en un rincón del sofá, con la cartilla de Peter y

un lápiz en mi pie izquierdo. En muchas ocasiones a lo largo de aquel día

había buscado a mi madre con mirada suplicante, tras haber perdido la

esperanza de llegar a escribir por mí mismo una palabra. Pero, tras verla

balancearse suavemente en la mecedora, al tiempo que sujetaba al niño

estrechamente contra su pecho, volví de nuevo la mirada al papel, como

presintiendo que, de un modo o de otro, tendría que escribir la palabra sin

ayuda de mamá.

Poco después di un gran alarido de triunfo, que hizo a mamá respingar, y

al niño despertarse inquieto en sus brazos.

—¿Qué pasa, Chris? —me preguntó—. ¡Has despertado al niño!

Pero no le hice caso. Con mis típicos gruñidos le estaba diciendo que se

acercara hasta mí.

—¿Una palabra nueva?, ¿de verdad? —dijo, mientras se acercaba para

sentarse en un extremo del sofá, con el niño dormido en sus brazos.

Le sonreí, y tomando el lápiz escribí la palabra con la que me había

devanado los sesos durante tanto tiempo. Tras acabarla, miré a mi madre

buscando su aprobación y vi que ella observaba detenidamente lo que había

escrito en el margen de la página. Estaba tan absorta que me puse nervioso y

le di un puntapié. Ella se volvió, me acarició con la mano, y me sonrió.

La nueva palabra que aprendí a escribir por primera vez era M-A-M-Á.