Mi pie izquierdo
1 la Letra «a»
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LA LETRA «A»
NACÍ EN EL hospital de Rotunda el 5 de junio de 1932. Pertenezco al grupo
intermedio de mis hermanos, pues nueve de ellos nacieron antes que yo y
otros doce después. De los veintidós que éramos, sobrevivieron diecisiete, ya
que cuatro murieron siendo niños, pero quedaron todavía trece para dar
cohesión a nuestra familia.
Por lo que me han contado, mi nacimiento fue complejo. Mi madre y yo
estuvimos a punto de morir. Un nutrido tropel de familiares hizo cola a la
entrada del hospital hasta primeras horas de la mañana, en espera de noticias
y rezando enfervorizadamente para que todo saliera bien.
Después del parto, a mamá la enviaron a restablecerse a casa durante
algunas semanas y a mí me tuvieron mientras en el hospital.
Durante todo el tiempo que permanecí allí, no me dieron ningún nombre,
pues no me bautizaron hasta que mi madre se encontró lo suficientemente
bien como para llevarme a la iglesia.
Mamá fue la primera en advertir que algo malo me sucedía. Tenía yo
entonces cuatro meses y ella se dio cuenta de que, al intentar darme la
comida, la cabeza siempre se me desplazaba hacia atrás. Intentó corregirme
esta costumbre poniéndome la mano detrás del cuello, para de esta forma
mantenerlo erguido. Pero cada vez que ella retiraba la mano, mi cabeza se
volvía a venir abajo. Ésta fue la primera señal de alarma. Más tarde, al ir yo
creciendo iría fijándose en mis otras deformidades. Se dio cuenta de que, de
forma casi constante, yo apretaba las manos llevándomelas a la espalda; y mi
madre no podía introducir la tetina del biberón, porque incluso a esa temprana
edad apretaba tan fuerte mis mandíbulas que le resultaba imposible que las
abriera, o bien de improviso las abría y la boca se me desplazaba al otro
extremo. Al cumplir los seis meses, ya no podía ponerme en pie sin tener a mi
lado un montón de almohadas; y cuando cumplí doce, me seguía pasando lo
mismo.
Muy preocupada, mamá hizo saber a papá sus temores, y ambos, sin
pérdida de tiempo, decidieron consultar a un médico. Tenía yo poco más de
un año cuando comenzaron a llevarme a clínicas y hospitales, tras
convencerse definitivamente de que algo no iba bien, algo que ellos no sabían
definir, pero que era una realidad cierta y preocupante.
Casi todos los doctores que me observaron me consideraron un caso a la
vez interesante y sin esperanza. Muchos le dijeron a mamá de la forma más
suave que yo padecía un retraso mental y que no había ninguna solución. Fue
un golpe muy duro para una joven madre que ya había criado a cinco hijos
perfectamente sanos. Tan convencidos estaban los médicos de su diagnóstico
que les parecía casi una impertinencia la confianza que mi madre había
depositado en mí. Y le aseguraban que nada se podía hacer.
Ella no quiso aceptar esta realidad, la realidad inevitable —al menos eso
parecía entonces— de que no tenía ni cura ni, por supuesto, esperanza. Pero
ella no podía ni quería creer que yo tuviera un retraso mental. No disponía de
nada en qué basarse, ni siquiera la más mínima evidencia de que, aunque mi
cuerpo estuviera paralizado, mi cerebro no lo estaba. Y, pese a todo lo que le
habían dicho los médicos y especialistas, no estaba dispuesta a conformarse.
No creo que supiera exactamente el porqué, pero lo sabía sin el menor atisbo
de duda.
Al darse cuenta de que los médicos no le hacían ningún bien diciéndole
que ella no tenía nada que esperar de mí, o dicho de otro modo, que debía
olvidarse de que yo era no un ser humano, sino una cosa a la que alimentar,
lavar y cuidar constantemente, mamá decidió desde entonces arreglárselas por
sí misma. Yo era SU hijo y, por tanto, un miembro de SU familia. No
importaba todo lo torpe e inútil que fuera, porque ella tomó la determinación
de tratarme exactamente igual que a mis demás hermanos, y nunca como la
“cosa extraña” del cuarto trastero de la que nadie habla, y menos cuando hay
visita.
Esta fue una decisión trascendental para mi futuro. Significó que siempre
tendría a mi madre a mi lado para ayudarme a combatir todos los obstáculos
que se me presentaran, y para infundirme ánimos cada vez que me encontrara
abatido. No fue una decisión fácil para ella, porque nuestros parientes y
amigos tenían prevista otra cosa. Querían que se me tratara con afecto y
ternura, pero nunca tomarme en serio. Eso sería una equivocación. “Por tu
propio bien —le decían—, no trates a este chico como a los demás; al final
solo vas a conseguir que se te parta el corazón”. Por fortuna para mí, papá y
mamá se mantuvieron firmes en contra de esta opinión. Pero mamá no se limitaba a afirmar que yo no era un retrasado mental, sino que quiso también
demostrarlo, no porque tuviera un concepto estricto de sus obligaciones para
conmigo, sino simplemente por amor. Precisamente por eso saldría victoriosa
en esta prueba.
En aquella época ella tenía que cuidar de otros cinco niños, aunque
nuestra familia todavía no se había completado. Estaban entonces mis
hermanos Jim, Tony y Paddy, y mis hermanas Lily y Mona, que se llevaban
entre sí más o menos un año, como en escalera.
Transcurrieron cuatro años, y yo ya había cumplido cinco, pero seguía
necesitando de los mismos cuidados que si fuese un recién nacido. Mientras
mi padre se ganaba la vida colocando ladrillos, mamá, lenta y pacientemente,
echó abajo el muro, también ladrillo a ladrillo, que parecía alzarse entre los
demás niños y yo pasando entre los densos cortinajes tras los que se ocultaba
mi inteligencia y apartándolos. Fue una tarea ardua y angustiosa, porque ella
no iba a obtener de mí más que una sonrisa difusa o un débil balbuceo. Yo no
era capaz de hablar ni silabear, ni tampoco de ponerme de pie o de dar un solo
paso sin ayuda de nadie. Pero no por eso era alguien pasivo e inerte. Más bien
estaba como agitado por un continuo movimiento, un movimiento tan
violento como el de una serpiente, que solo me abandonaba durante el sueño.
Mis dedos estaban constantemente contraídos, mis brazos se retorcían hacia
atrás y mi cabeza se ladeaba. Yo era un enfermo, en resumen, un disminuido.
Mamá me explicó que un día estuvo mucho rato conmigo en una de las
habitaciones del piso de arriba de nuestra casa, enseñándome las ilustraciones
de un libro de cuentos que me había traído Santa Claus aquellas Navidades.
Me iba diciendo nombres de animales y plantas que aparecían en él e intentó,
sin ningún éxito, que los repitiera. Esta situación se prolongó durante horas,
mientras ella no dejaba de hablarme. Por fin, inclinándose sobre mí, me
susurró muy despacio en el oído:
—¿Te ha gustado, Chris? ¿Te han gustado los osos, los monos y todas
esas flores tan bonitas? Mueve la cabeza para decir que sí, sé buen chico.
Pero no pude hacer ningún signo para que pudiera entenderme. Inclinó su
rostro hacia mí, con una expresión que daba confianza. Repentinamente y de
modo involuntario, alargué la mano para alcanzar uno de los rizos que caían
por su cuello en un espeso ramillete. Ella se soltó muy despacio de entre mis
dedos, aunque no pudo evitar que algunos cabellos se me quedaran enredados.
Luego, tras esquivar mi mirada de asombro, salió llorando de la
habitación. La puerta se cerró tras ella. Todo parecía inútil. Todo daba la
razón a los argumentos de mis familiares en el sentido de que yo era un retrasado mental al que nadie podía ayudar. Y otra vez empezaron a hablar de
llevarme a un internado.
—¡Nunca! —decía mi madre de un modo casi violento cuando le decían
algo—. Sé que mi hijo no es ningún retrasado mental. Es su cuerpo el que está
enfermo, pero no su cerebro. Estoy segura.
¿Pero estaba segura? Para sus adentros ella le pedía a Dios que le diera
alguna prueba de que estaba en lo cierto, porque sabía que una cosa es creer y
otra completamente distinta tener pruebas.
Cuando cumplí cinco años, seguía sin dar señales de inteligencia.
Aparentemente no demostraba ningún interés por nada, salvo por los dedos de
mis pies y, de manera especial, por los de mi pie izquierdo. Pese a que mis
hábitos instintivos estaban bien definidos, era incapaz de valerme por mí
mismo, y mi padre era entonces el que se ocupaba de mí. Yo solía estar
tumbado en la cocina, o en el jardín, en los días despejados del verano, como
un montón de músculos encorvados con los nervios retorcidos, rodeado por
una familia que me quería y confiaba en mí haciéndome partícipe de su afecto
y bondad. Me encontraba solo, prisionero en mi propio mundo, incapaz de
comunicarme con los demás, desgajado, separado de ellos, como si un muro
de cristal se alzara entre mi existencia y las suyas, al margen de sus vidas y
trabajos. Tenía ganas de correr y jugar con ellos, pero era incapaz de soltar las
ataduras de mi cautiverio.
Entonces, y de forma imprevista, ¡sucedió! En un momento todo cambió,
mi existencia futura tomaría forma definitiva, la confianza de mi madre en mí
se vio recompensada y sus temores ocultos se transformaron en una victoria
rotunda.
Todo sucedió tan rápido, de forma tan simple, después de tantos años de
espera e incertidumbre, que aún me parece contemplar toda aquella escena
como si hubiera sucedido hace unos días. Era la tarde de un frío y nublado día
de diciembre. La nieve brillaba en las calles; copos chispeantes golpeaban y
se deshacían contra los cristales de las ventanas y también colgaban de las
ramas de los árboles como plata fundida. Aullaba el viento haciendo rodar
montoncitos de nieve que subían y bajaban a cada una de sus ráfagas. Por
encima de todo, se extendía la bóveda de un cielo pálido y tenebroso, con una
variedad infinita de grises.
Dentro de la casa, toda la familia estaba reunida junto al fuego de la
cocina, que alumbraba con su luz difusa la pequeña estancia, formando
sombras gigantescas sobre el techo y las paredes. Mona y Paddy se habían
acurrucado en un rincón, en compañía de sus desgastados libros del colegio. Estaban haciendo sumas sobre una vieja y desportillada pizarra con un pedazo
de tiza amarillo. Yo me encontraba junto a ellos, protegido por unas
almohadas con las que me apoyaba contra la pared.
Lo que me atraía sobre todo era la tiza. Era una especie de bastoncillo
largo y delgado de un color amarillo muy vivo. Nunca había visto nada igual
y ahora se me aparecía tan nítidamente sobre la negra superficie de la pizarra
que quedé tan fascinado como si fuera de oro. De repente quise hacer de
forma desesperada lo mismo que mi hermana. Así que, sin pensar ni saber lo
que estaba haciendo, me incorporé y cogí la tiza de sus manos con mi pie
izquierdo.
Ignoro por qué utilicé el pie. Esto es un enigma no solo para muchas
personas sino también para mí, porque, aunque demostré un curioso interés
por los dedos de mis pies desde temprana edad, nunca había intentado antes
hacer uso de ellos. Podían haber seguido siendo tan inútiles como mis manos.
Sin embargo, ese día mi pie izquierdo, aparentemente por su propia voluntad,
se incorporó y arrebató sin ninguna cortesía la tiza de manos de mi hermana.
La sujeté con fuerza entre los dedos de los pies y, de forma impulsiva, hice un
violento garabato sobre la pizarra. Después me quedé quieto, algo aturdido,
mirando el pedazo de tiza amarilla prendido entre mis dedos, no sabiendo qué
hacer con él, y prácticamente ignorando cómo podía haber llegado hasta allí.
Alcé la cabeza y me di cuenta de que todos habían dejado de hablar
observándome fijamente y en silencio. Nadie se movió. Mona, con su carita
mofletuda y sus rizos negros, me miraba con la boca abierta. Frente a la
chimenea, y con el rostro iluminado por las llamas, se sentaba mi padre, en
tensión y con las manos sobre las rodillas. Yo sentía cómo el sudor me caía
por la frente.
Mi madre se aproximaba con un tazón humeante entre las manos. Se
detuvo entre la mesa y la chimenea sintiendo también esa tensión. Su mirada
se fijó donde yo estaba. Me miró de pies a cabeza observando la tiza en mis
dedos. Dejó el tazón, y se acercó arrodillándose junto a mí, como tantas veces
había hecho.
—Te voy a enseñar qué hacer con esto, Chris —me dijo y, de un modo
brusco y extraño, su rostro enrojeció como mostrando una interna emoción; y
tomando otro pedazo de tiza, y tras vacilar un instante, dibujó muy
pausadamente en el suelo la letra A.
—Copia eso, cópialo, Christy.
Yo no podía. Miré a mi alrededor, a los rostros que me contemplaban,
tensos, agitados, y en ese momento inmóviles y anhelantes, como esperando un milagro. Reinaba un profundo silencio. Las llamas y sombras de la
habitación saltaban ante mis ojos adormeciendo la tirantez de mis nervios,
como si estuviera soñando despierto. Podía oírse el grifo del agua, el tictac del
reloj sobre la repisa de la chimenea, y el crepitar de la leña en el fuego. Lo
volví a intentar. Estiré el pie, y, con una fuerte sacudida, solo conseguí trazar
una línea retorcida. Mamá me sujetó la pizarra.
—Prueba otra vez, Chris —me susurró al oído—, ¡Otra vez! Lo hice. Me
puse rígido y estiré el pie izquierdo por tercera vez. Dibujé un extremo de la
letra. Luego el otro. Pero la tiza se rompió y me quedé con un pedazo entre
los dedos. Quise entonces echarlo todo a rodar y darme por vencido, pero
sentí sobre el hombro la mano de mi madre. Lo intenté una vez más. Estiré el
pie. Lo apreté, y sin dejar de sudar, puse en tensión cada músculo. Apretaba
tanto las manos que las uñas de los dedos se me clavaban en la cama.
Apretaba tanto los dientes que casi me corté el labio inferior. Toda la
habitación parecía dar vueltas a mi alrededor, y en vez de rostros solo veía
manchas blancas. Pero la dibujé, dibujé la letra A; apareció a mi lado, en el
suelo. Temblorosa, desgarbada, de bordes poco definidos y con el palito
central desigual. Pero era la letra A. Alcé la vista y vi por un momento
lágrimas en las mejillas de mi madre. Luego mi padre se agachó para alzarme
sobre sus hombros.
¡Lo había conseguido! Aquello iba a dar a mi inteligencia la oportunidad
de expresarse por sí misma. Es verdad que yo no podía hablar con los labios,
pero desde ahora podía hacerlo con algo más perenne que las palabras
habladas: las palabras escritas. Esa única letra garabateada en el suelo con un
pedazo roto de tiza, sujeto entre los dedos de mis pies, abrió mi camino hacia
un nuevo mundo, fue la llave para liberar mi inteligencia. Y proporcionó un
remanso de paz a mi tensión, pues, a pesar de mi boca deforme, yo anhelaba
encontrar una forma de expresarme.