Mi pie izquierdo

Christy Brown · Capítulo 4 de 16

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Mi pie izquierdo

4 Henry

4

 

HENRY

 

CUANDO CUMPLÍ OCHO años, el viejo cochecito de niño seguía siendo mi

“carroza”, y yo iba en él de un lado para otro con aires de rey. El cochecito

era tan feo y destartalado porque nadie se había preocupado de llevarlo con

delicadeza. Siempre le estaban dando golpes, empujones y puntapiés. Todo el

mundo se reía de él nada más verlo. Pero a mí me caía tan bien que lo

consideraba casi un ser humano. Parecía tener una especie de singular

dignidad que nadie, excepto yo, era capaz de apreciar. Hasta llegué a ponerle

por nombre Henry. Sentado en él, contemplé por primera vez la vida de

puertas afuera. Aún recuerdo el viento mojado sobre mi cara aquel día en que

los chicos me arrastraron con él, a través de calles atestadas de gente. Y

también me acuerdo de haber estado en él todo el tiempo que mis hermanos

jugaban a las cartas con sus amigos a la luz de una farola en una oscura noche

de invierno, mientras corría el agua de la lluvia por los canalones y la luz de

la farola se reflejaba sobre ellos, de un modo tal que los asemejaba a

riachuelos dorados brillando en la oscuridad.

El viejo Henry llegó a ser mi trono. En él aprendí a saborear aventuras y

emociones. Mis amigos me llevaban con ellos a todas partes, incluso al cine

los fines de semana. Allí me instalaba sobre la espalda de Jim, mi hermano

mayor. Los otros muchachos me miraban, y Jim les decía que se largaran,

pero no se me ocurría pensar que pudiera estar en otro sitio distinto de la

espalda de mi hermano. Desde que tenía uso de razón siempre había ido sobre

la espalda de alguien, pero no sabía bien por qué.

Me encantaba el cine, y aquel modo de apagarse las luces, cuando la

oscuridad lo envolvía todo, antes de que un delgado halo de luz se proyectara

sobre nuestras cabezas y envolviera la pantalla grande, transformándola ante

nuestra mirada en algo vivo y deslumbrante. Luego, en medio de un profundo

silencio, empezaba la película.

Un día que fuimos al cine, Peter y algunos amigos intentaron enseñarme a

fumar. Antes ellos mismos habían hecho experimentos con un paquete de

cigarrillos, que Peter había birlado previamente del bolsillo de papá. Mas, en

cuanto me pusieron el cigarrillo en la boca, automáticamente empecé a

masticarlo, y me lo comí antes de que tuvieran tiempo de encenderlo. Peter

me miró horrorizado, esperando que me pusiera muy pálido o que empezara a

vomitar. Pero me limité a sonreír y a abrir todavía más la boca. ¡Claro que él

no me dio nunca ninguno más!

Y llegó el verano. Las diminutas hileras de “nomeolvides” crecieron junto

a la pared de nuestro jardín, con sus flores blancas y azules de manchitas rojas

semejantes a estrellas. El enorme árbol del jardín de nuestros vecinos estaba

cubierto de hojas de un verde muy claro, y el musgo adherido a su corteza se

veía húmedo y brillante, con pequeñas gotas de rocío que centelleaban al sol.

Afuera, en las calles, se formaban enjambres de moscas, que zumbaban sobre

los cubos de basura, y rozaban las cabezas de los perros que dormían junto a

las puertas o se acurrucaban en el césped. Entonces hacía demasiado calor

para ir al cine, pues allí se sudaba bastante. Así pues, mis hermanos le daban

un fregado al viejo Henry y me llevaban a pasear por las afueras de Dublín, o

a veces, los domingos, íbamos a Phoenix Park, donde nos pasábamos el día

tendidos en la hierba. Desde allí pasábamos a Donelly’s Hollow y

encendíamos fuego para preparar el té, en un viejo y oxidado recipiente,

mientras devorábamos unos bocadillos y contábamos historias ideadas por

nuestra imaginación, hasta que se hacía de noche y era el momento de volver

a casa. En aquellos paseos nos lo pasábamos estupendamente. Algunas veces

los transeúntes se paraban a ver cómo mis hermanos me llevaban en el

cochecito, pero eso no me preocupaba entonces demasiado, ya que no tenía ni

idea de por qué me estaban mirando.

Quizás tuviera ideas poco definidas en los entresijos de mi cerebro sobre

lo que había de extraño en mí, lo que hacía que la gente me mirara con

curiosidad. Eso me resultaba un terreno desconocido, y hasta me daba miedo,

por lo que intentaba no pensar en ello. Yo solo aspiraba a ser feliz. Y mis

hermanos se aseguraban de que lo fuera.

Cuando tenía ocho años y medio, hicimos una excursión al campo, un

tanto lejos de Dublín. Salimos a eso de las diez de una radiante y calurosa

mañana, un domingo de septiembre. A Henry lo engrasaron y abrillantaron la

noche anterior, y por eso aquella mañana crujía un poco menos que de

costumbre. Peter sacó los libros de su cartera para llenarla de sandwiches y de

una botella de salsa. Mis hermanos pusieron también dos botellas de leche en el cochecito, que me golpeaban cada vez que este iba dando saltos. Salimos

un total de cinco personas, dos de mis hermanos, dos amigos y yo. Nos

pusimos la ropa de los domingos, y Peter se acicaló la cabeza con un frasco

de brillantina que le había birlado a Tony. —Ahora me parezco a Clark

Gable, ¿o no es así? —dijo, mirándose ante el espejo lleno de polvo que

colgaba de la pared de nuestra cama.

Todavía estaba hablando cuando se oyeron pasos por las escaleras, y

oímos a Tony murmurar algo mientras se acercaba.

—¡Estoy perdido! —gimió Peter, ocultándose debajo de la cama. La

puerta se abrió, y apareció Tony.

—¿Habéis visto a Peter? —preguntó, mientras paseaba su mirada furiosa

por la habitación.

—Se fue a misa —respondió Paddy con mucha tranquilidad, mientras se

hacía el nudo de la corbata.

—¡Otra vez me ha quitado la brillantina! —gruñó Tony, y bajó otra vez

las escaleras, con mucha irritación.

—¿Ya se ha ido? —preguntó Peter sigilosamente, saliendo de debajo de la

cama.

—Sí, pero te matará si te pilla —le advirtió Paddy.

—Tenéis todo lleno de polvo ahí abajo —dijo Peter, cepillándose tras

levantarse.

Por fin pudimos salir, y horas después acampábamos a orillas de un

riachuelo de la montaña. Me senté. Estaba un tanto fascinado al contemplar la

superficie del agua, en la que se reflejaban los rayos del sol, y veía a los

pececillos pasar fugazmente, como sombras sobre el musgo del lecho del río.

Algunos de aquellos peces plateados se dirigían hacia el sesgado entrante de

una roca. Inmediatamente me quité una sandalia e introduje el pie izquierdo

en el agua, creyendo ingenuamente que podría atrapar alguno de ellos con los

dedos. Pero yo desconocía las costumbres de los peces, y estos se precipitaron

en una ráfaga de líneas y ondas hasta la otra orilla, lejos del alcance de mi pie.

Aquel día nos lo pasamos muy bien. Paddy llegó a hacerse amigo de una

vaca que estaba en un prado cercano, un enorme animal pardo, de ojos

somnolientos y con una enorme cola, que se enroscaba con facilidad entre sus

patas traseras, como si fuera un lazo.

—¡Voy a ordeñarla! —nos dijo, y todos nos reímos de él.

Pero Paddy supo engatusar a la vaca con una serie de arrumacos que le

susurró al oído. Por último, logró que la vaca siguiera en pie, mientras él se sentaba debajo de un árbol y colocaba al lado un recipiente. Nos dirigió una

sonrisa que decía: “Ahora veréis”.

Y ya creo que lo vimos, porque, en el momento en que alcanzó a poner la

mano en la ubre de la vaca, esta le dio una rabiosa coz con una de sus patas

traseras, derribándole de espaldas. Luego se alejó muy despacio, sin dejar de

menear la cola.

—Después de todo, se trataba de una dama —dijo Paddy. Y todos nos

pusimos a reír a carcajadas.

Al caer la tarde iniciamos el regreso, pero cuando estábamos a mitad de

camino nos entró hambre. Nuestras provisiones se habían consumido dos

horas antes, y solo nos quedaban las dos botellas de leche vacías. Anochecía y

teníamos aún un largo camino por delante. Yo no es que me encontrara muy

mal, pero sí que estaba hambriento, si bien no tenía que caminar como los

demás. Después de todo, iba cómodamente sentado, mientras ellos se

turnaban para empujarme.

—¡Me voy a morir de hambre! —se quejó Peter, encogiendo los hombros.

—Yo también. ¿Quieres callarte? —le replicó Paddy con un gruñido,

mientras caminaba a grandes zancadas.

Estábamos a punto de desfallecer cuando de repente, al llegar a un recodo

del camino, apareció ante nuestra vista una gran casa de campo, con puertas

de hierro forjado y muros de hormigón. Toda la fachada estaba rodeada de

árboles frutales, cuyas ramas sobresalían por encima de las tapias, mostrando

toda clase de frutos apetitosos. Nos detuvimos frente a ella.

La primera de nuestras miradas se dirigió hacia los árboles; luego nos

miramos unos a otros.

—Tengo hambre —dijo Peter por segunda vez, clavando los ojos en las

peras y las manzanas.

—Yo también —dijo uno de nuestros compañeros, tapándose la boca con

la palma de la mano.

—Y yo —añadió otro, acusando la sensibilidad de su estómago.

Peter miró con cautela a su alrededor:

—No hay nadie. Si acercáis el cochecito hasta la tapia, me subo encima…

Todos estábamos de acuerdo con el plan, salvo Paddy, que, como era el

mayor, intentaba mantener cierta apariencia de dignidad, aunque sin excesivo

entusiasmo. Los demás estaban atentos a lo que iba a decir.

—¿Y bien? —preguntó Peter con impaciencia, pues Paddy no

pronunciaba palabra—. ¿Qué hacemos?

Mi hermano mayor arrastró los pies lentamente, carraspeó y dijo, con una

expresión solemne:

—El séptimo: no hurtarás.

—¡Marica! —chillaron los otros tres, precipitándose hacia la tapia.

Uno de ellos se inclinó hacia atrás con las piernas tiesas, mientras Peter se

encaramaba sobre sus hombros. Alcanzó algunas frutas y se las arrojó a un

tercero, que se había situado detrás, utilizando su abrigo a modo de manta.

Tampoco Paddy pudo quedarse parado por más tiempo. Puso mi cochecito

contra la tapia, y trepó de tal modo que solamente con su brazo podía tocar las

manzanas y las peras.

—¡Ya está bien, no os lo llevéis todo! —gritó Paddy, mientras los demás

se hacían con un buen puñado de fruta.

Bajaron, seleccionaron la fruta entre los cinco, y nos sentamos a un lado

del camino para comérnosla.

—Nos arreglaremos con esto hasta que lleguemos a casa —dijo Peter,

dándome de comer una pera.

—Tendremos que confesarnos de esto —replicó Paddy, adoptando algo

así como una expresión devota.

—En realidad no es pecado —repuso Peter, sin dejar de masticar su pera

—. Nadie las echará en falta.

—¡Alguien viene! —dijo nuestro amigo Bob, moviendo la cabeza hacia

los lados, como si fuera un perro.

Peter nos guiñó un ojo y se arrastró muy despacio, para echar un vistazo

rápido. Al poco regresó, casi sin aliento.

—¡Imbéciles! ¡Es un poli! —dijo, jadeando.

Paddy se puso muy pálido. Parecía incapaz de moverse:

—¿Qué os pasa? —dijo un tanto indeciso.

—¡Corre! —gritó Bob, pegando un salto.

—¡No podemos dejar a Christy aquí!

Peter se detuvo cuando los pasos se oían cada vez más cerca. Entonces

tuvo una idea: ¡Rápido! —dijo, volviéndose hacia los demás—. Ponedlo todo

debajo del cojín del coche de Christy.

No era el momento de hacer preguntas. En cuestión de segundos

recogieron toda la fruta, y casi me tiran del cochecito para colocarla en el

fondo, debajo del cojín. Luego me pusieron encima. Apareció el policía, y, al

vernos, se encaminó lentamente hacia nosotros.

—Buenas tardes, muchachos —dijo con una sonrisa, mientras me

acariciaba la cabeza—. ¿No os parece que ya es un poco tarde? Son casi las ocho.

Mis cuatro acompañantes intentaron mantener la calma, pero no podían

ocultar un nerviosismo que les hacía sentirse tan agobiados como una gallina

clueca.

—Llevaos a vuestro hermano a casa, chicos —añadió amablemente el

policía—. ¡No os entretengáis más! ¡Hasta luego!

Y se marchó, poco a poco, por donde nosotros habíamos venido.

Aguardaron hasta que el policía estuvo fuera de nuestro alcance para sacar las

manzanas y las peras. Pero ya no les resultaba agradable contemplarlas.

—Tíralas —refunfuñó Paddy nada más verlas—. A Dios no le gusta que

seamos ladrones.

Así, con expresión triste, se deshicieron de aquel pegajoso montón de

fruta arrojándolo por encima de la tapia, y continuamos nuestro camino a

casa. Llegamos a eso de las diez de la noche, con una gran sensación de vacío

en el estómago.

—¿Os lo habéis pasado bien? —nos preguntó mamá al vemos aparecer

por la puerta.

Peter se quedó mirando a Paddy, este a Peter, y los dos me miraron por fin

a mí.

—Sí —dijo Peter.

Y en eso quedó toda la historia.

Al día siguiente ya estábamos de mejor ánimo. Tony y Jim decidieron que

les acompañara a nadar en un canal, no lejos de casa. Hacía un tiempo cálido

y bochornoso. Apenas se veía la luz del sol; únicamente una pesada y

agobiante atmósfera, que convertía el aire en algo casi sólido y tangible,

cerniéndose sobre nosotros.

Al llegar al canal, nos encontramos con muchos otros niños; unos se

bañaban, otros —chicas en su mayoría— chapoteaban en la orilla, luciendo

sus faldas y delantales por encima de la rodilla, mientras bastantes más

estaban tumbados en el césped de la orilla, secándose, sin dejar por ello de

tirarse piedrecitas unos a otros. Las risas y chillidos de los que chapoteaban

en el agua lo salpicaban todo. Y un nutrido grupo de espectadores se agolpaba

sobre un puente.

Mis dos hermanos me colocaron en un punto desde el que podía verlo

todo con claridad. A continuación, tras quitarse la ropa debajo del puente, se

pusieron los trajes de baño y se lanzaron al agua. Yo me limité a mirar y a

sentir el pegajoso bochorno, en medio de aquel alboroto. Me daban un poco

de envidia. Tenía ganas de quitarme la ropa y arrojarme al agua tal y como habían hecho mis hermanos. De repente, experimenté la misma sensación del

día en que escribiera por primera vez la letra A: una singular impaciencia, una

determinación inconsciente de hacer lo que hacían los demás, de sentir lo que

ellos eran capaces de sentir y de llegar a conocer lo que ellos conocían. Lo

que estaba buscando era algo más que el mero hecho de tirarme al agua.

Poco después, Tony volvió a la orilla, con el torso reluciente y los

cabellos mojados. Lancé un chillido, y él se llegó hasta mí.

En mi peculiar lenguaje, a base gruñidos, le dije que quería bañarme.

—¿Me estás tomando el pelo? —dijo riéndose.

Pero yo insistí.

—Pero si te vas a ahogar —replicó.

Tony no supo decir nada que me hiciera desistir de lanzarme al agua, de

dejar de ser alguien que siempre tenía deseos de nuevas sensaciones.

—¡Vale! ¡De acuerdo! —me dijo.

Pero en cuanto Jim se enteró, no quiso prestarse a ayudarnos. Ni tampoco

ayudó a Tony a desvestirme para ponerme un traje de baño.

—¡Dame el tuyo! —le dijo Tony—. Chris no puede tirarse así.

Tony me llevó detrás de unos arbustos, un lugar más tranquilo, y allí me

desnudó. Como Jim era muy corpulento, su traje de baño me resultaba

demasiado grande. Tony tuvo que envolverme en él varias veces y

sujetármelo a la espalda, y poco menos que me lo encajó. Una vez preparado,

volví a la orilla. Allí Tony se detuvo y me pregunto:

—¿Todavía quieres tirarte al agua? ¿No tienes miedo de hundirte y

quedarte ahí abajo?

Hice un gesto negativo con la cabeza. Quizás tuviera un poco de miedo,

pero lo cierto es que estaba decidido a seguir, y era demasiado testarudo para

abandonar. El pobre Jim, en cambio, estaba a mi lado de pie, temblando.

—No lo hagas, lo vas a matar —dijo, pero no le prestamos ninguna

atención.

Tony arrancó una rama de árbol, la metió en el agua y la agitó sobre mi

cabeza, al tiempo que rezaba un padrenuestro. Después, me cogió en brazos,

me levantó suavemente y me empujó al agua. Empecé a jadear al sentir el

agua fría y helada. Mi cabeza se llenó de confusión, todas las imágenes se

desvanecían ante mí en un contorno acuoso. Permanecí dentro del agua

apenas un segundo, me levanté, y me volví a meter para enseguida volverme a

levantar, aunque la tercera vez creía que me iba directo al fondo. Mas eso no

sucedió. Por el contrario, estuve dando golpes enérgicos con el pie, y lo

siguiente que advertí fue que flotaba como cualquiera de los cisnes blancos del otro lado del río. Seguí golpeando con el pie, cada vez con más fuerza,

hasta que conseguí mantenerme a flote. Oí unas risas en la orilla, e instantes

después Tony estaba nadando junto a mí. Me tomó del brazo y me condujo a

un lugar seguro, y Jim le ayudó a arrastrarme. Me encontraba sin resuello,

pero me sentía victorioso.

—Tú le darías una buena paliza al mismísimo Cristóbal Colón —me dijo

Tony, mientras se arrodillaba para secarme.

Aquel fue mi primer baño, pero no el último. Me bañé muchas otras

veces, en un pequeño riachuelo rocoso que un verano habíamos descubierto

en el bosque. Allí me tendía junto a la orilla, mientras los demás nadaban o

recogían moras. Algunas veces me quedaba dormido. Me sentía feliz y estaba

pendiente de todo lo que me rodeaba, excepto de mí mismo.

Hasta que un día mi cochecito se averió, se rompió el eje, y el asiento

acabó por hundirse. Nadie pudo hacer nada para arreglarlo. Su destino era

acabar oxidándose en la carbonera.

Sin él me sentía como desamparado. Mis hermanos ya no podían llevarme

con ellos a jugar. Mamá hablaba de comprarme un coche nuevo cuando papá

volviera a tener trabajo, pero yo apenas podía oírla; me encontraba muy

abatido.

Pero ya no solo era el hecho de que echase de menos el viejo cochecito.

Lo que me importaba, en realidad, era que ya no podía salir con mis

hermanos. Todo cambió para mí. Lo cierto es que me encerré en mí mismo.

Aquel pensamiento de que algo malo me estaba sucediendo, y que otras veces

se había apoderado de mi mente, no cesaba de crecer.

Días después estaba yo sentado en la parte delantera del jardín, jugando

con mis hermanos con soldaditos de plomo, cuando llegaron algunos de

nuestros amigos, con cañas de pescar y grandes tarros de mermelada. Y nos

propusieron irnos todos a pescar. Como hacía buen tiempo, a nadie le apetecía

quedarse en casa. Inmediatamente, mis hermanos se precipitaron por sus

cañas de pescar y sus aparejos, y Peter apostó que sería capaz de atrapar hasta

veinte pececillos antes de que anocheciera.

Ya estaban en la puerta y dispuestos a irse, cuando Tony, que se había

olvidado de algo, volvió atrás con uno de sus amigos. Ya se marchaba otra

vez, cuando lo miré con una expresión que pretendía ser una llamada

silenciosa. Él se detuvo. Era la primera vez que se iba a alguna parte sin mí.

—¡Lo siento, Chris! —me dijo sin tan siquiera mirarme—. A la vuelta, te

traeré un montón de peces.

Y salió disparado.

—Me da lástima —empezó a decir su compañero.

Entonces, Tony le dio tal empujón que le hizo caer al suelo. Pero luego

corrieron a unirse al resto del grupo. Y yo me quedé solo en el jardín,

contemplando mis manos que no paraban de retorcerse.