Mi pie izquierdo

Christy Brown · Capítulo 11 de 16

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Mi pie izquierdo

11 Visita Relámpago

11

 

VISITA RELÁMPAGO

 

EN LOS PRIMEROS días de enero de 1949 viajé en avión a Londres con mamá

para visitar a Mrs. Collis. Solo teníamos la intención de estar un día. Pero en

el transcurso de esas pocas horas mi vida entera cambió.

En casa creíamos que mamá se iba a poner algo nerviosa teniendo en

cuenta que era su primer viaje en avión.

—Mejor sería que te llevaras tu libro de oraciones —bromeé—. Seguro

que san Pedro está ansioso de que le hagas una visita.

Pero lo cierto es que no conocíamos del todo a mamá, porque se tomó lo

del vuelo con bastante tranquilidad.

—Uno se puede morir igual en la tierra que en el aire —sentenció. Y al

día siguiente se fue a comprar un sombrero nuevo.

—Esto es para llevármelo a Londres —exclamó, probándose el sombrero

ante el espejo—. Lo compré en la tienda de Clery. ¿Os gusta?

Papá miraba el sombrero desde todos los ángulos, después se detuvo por

un instante, y, con una mirada escéptica, se rascó la cabeza y dijo:

—No está mal. Es bastante… artístico. Pero dime: ¿qué se supone que es?

Era un sombrero de raso negro, con una exagerada cantidad de plumas y

un velo oscuro.

—Demasiado subido de tono —dijo, inesperadamente, Peter—. La gente

pensará que eres un pavo real.

A pesar de todo, mamá estrenó el sombrero nuevo el día que viajamos a

Londres, y esbozó una sonrisa triunfal cuando el doctor Collis le dijo que le

gustaba.

Yo creía ser ya un veterano de los vuelos en avión, pero me mareé mucho

durante la travesía, y por unos instantes pensé que iba a morir. Entonces una

azafata se detuvo a mi lado, para preguntarme si quería unas pastillas para el

mareo; me dijo que llevaba algunas en su bolso.

La miré y, de forma inmediata, el tremendo dolor de cabeza desapareció.

Ya no me hicieron falta las pastillas, y hasta me olvidé del mareo al tomarme

ella el pulso. Era una azafata maravillosa…

Llegamos a Northolt a las once en punto de una mañana fría y radiante de

sábado. El doctor Warnants estaba allí para recibimos, y me ayudó a subirme

sobre sus hombros para entrar en el taxi que nos estaba esperando. Pero a mí

no me gustaba ir subido encima de nadie, porque pensaba que era un tanto

humillante, y me hacía sentirme ridículo. Hubiera preferido arrastrarme yo

mismo hasta el taxi.

Nos encaminamos hasta el hospital de Middlesex. Yo miraba por la

ventanilla, mientras el coche hacía el recorrido entre el tráfico de Londres, y

contemplaba a la multitud agolpándose junto a los escaparates, y el incesante

fluir de autobuses rojos y motocicletas. Toda una oleada de bullicio y

movimiento. Observé también altos y enormes edificios, de color gris,

proyectados contra un cielo azul, cubierto de humo. Y por encima se elevaban

todos los ruidos característicos del centro de una gran ciudad.

Enseguida divisé al fondo una pequeña extensión de terreno de un verde

intenso. Vi que se trataba de un parque, con preciosos árboles en sus

extremos.

—Regent’s Park —precisó el doctor Warnants, al tiempo que lo

atravesábamos.

Me recordó el viejo Phoenix Park de Dublín y mis agradables paseos de

infancia, en compañía de mis hermanos, por los verdes prados de Donnelly’s

Hollow. Hacía ya bastantes años, cuando aquel niño feliz que era yo vivía en

su universo particular. Ahora, a los dieciocho años, estaba recorriendo las

calles londinenses, de camino hacia una cita que iba a ser breve. Permanecí

callado y continué mirando, con gran atención, desde la ventanilla. Sabía que,

dentro de poco tiempo, iba a descubrir el rumbo que habría de tomar mi

futuro. Verdaderamente tenía muchas ganas de conocerlo, pero también tenía

miedo de averiguar las importantes consecuencias que ello me depararía. Mas

ya no tenía alternativa: o salía a flote o me hundía para siempre.

Por fin, el taxi se detuvo frente a un enorme edificio de piedra con muchos

escalones. Había llegado a mi destino, el hospital Middlesex. Después

subimos en un ascensor hasta una pequeña sala de consultas para esperar a

Mrs. Collis. El doctor Warnants me ayudó a sentarme.

—¿Estás asustado? —me preguntó, señalando a una diminuta estatua de

metal que estaba sobre la repisa de la chimenea.

Yo me limité a sacudir la cabeza.

—¿Sabes? —continuó sin dejar de mirarme—. Estás asustado, pero eres

demasiado testarudo para reconocerlo. Eso está bien.

Por el contrario, mamá se sentía perfectamente, se sentó, y se puso a

hojear las revistas que había encima de una mesa, y hasta se comió algunos

sandwiches de jamón que se había traído. Era la primera vez que salía de

Dublín, pero su aspecto era tranquilo, y no le faltaba el buen humor, como si

se hallara en su cocina preparando tostadas para el té.

Pero, aunque ella no lo manifestase, yo sabía muy bien que en su interior

tenía mis mismas emociones y pensamientos, porque era capaz de entender,

casi tan bien como yo mismo, lo que aquella visita representaba, y cómo mi

vida entera podía quedar marcada por sus consecuencias. Sin necesidad de

palabras de aliento por su parte, me transmitió una buena dosis de su energía

y valor para hacer frente a lo que fuera.

De pronto, una puerta se abrió, y vi entrar a un hombre y a una mujer. Mi

vista se centró en ella. Era una mujer diminuta y delgada, de cabellos grises,

rostro agradable y andar pausado. Supuse que debía ser Mrs. Collis, y con su

sola presencia, todas mis dudas y temores se desvanecieron, porque había

algo en ella —su simpatía, su naturalidad y su aire tranquilo— que me daba

seguridad y me hacía sentirme dueño de mí mismo, sin importarme cuál

pudiera ser su resolución respecto a mí.

—Siento llegar tarde —nos dijo, sentándose en su escritorio y

encendiendo un cigarrillo.

Por unos instantes pareció no prestarme atención, y se puso a charlar de

cosas tales como el tiempo, el precio del tabaco o Churchill. Luego apagó el

cigarrillo, se levantó de la mesa y llegó hasta mí.

—Solo estaba dando tiempo a que te relajaras, Christy —me dijo—. ¿Qué

años tienes? —me preguntó, y cuando mamá intentó decírselo, ella levantó la

mano y dijo con toda amabilidad—: Deje que Christy lo diga él solo.

Me las arreglé por medio de mis gruñidos para decir que tenía dieciocho

años.

—¿Dieciocho? —repuso Mrs. Collis—. Dieciocho años es ya bastante.

¿No crees que ya va siendo hora de hacer algo?

Asentí con la cabeza. —¡Yo también! —dijo—. Bien, vamos a ver qué

podemos hacer por ti.

Entonces se dirigió al hombre con el que había entrado en la sala. Era

joven, de baja estatura y pelirrojo.

—Les presento a Mr. Gallagher. Es de nuestro equipo.

Al poco tiempo nos haríamos muy buenos amigos Mr. Gallagher y yo. Me

ayudaría mucho en mis trabajos, y su nombre para mí se convirtió en

sinónimo de amistad y comprensión.

Tras despojarme de la ropa, me colocaron sobre un sofá, y Mrs. Collis

procedió a reconocerme, ayudada por el doctor Warnants y Mr. Gallagher. La

mitad del tiempo no acababa de entender de qué hablaban. Únicamente pude

captar palabras tales como “cerebro”, “ganglios basales”, “incoordinación” y

otras muchas palabras para mí misteriosas, que no alcanzaba a descifrar. Mrs.

Collis pidió a mamá que le explicara los principales detalles de mi historia

clínica, al tiempo que me reconocía.

Terminado el reconocimiento, Mr. Gallagher me ayudó a vestirme. A

continuación, los cuatro —Mrs. Collis, el doctor Warnants, Mr. Gallagher y

mi madre— se retiraron al lado opuesto de la sala, para deliberar un buen

rato. Yo me quedé sentado en el sofá. El corazón me latía con intensidad, y

aguardaba, nervioso, el resultado. Estaba empapado en sudor. Era como si

estuviera en juego mi propia vida.

Mrs. Collis se acercó muy despacio, y se sentó a mi lado.

—Bueno, Christy. No has hecho el viaje en vano. No encuentro ninguna

razón para que, con el paso del tiempo, no te puedas curar.

Sentí que mi corazón saltaba de alegría. ¡Me iba a curar! ¿Qué podía

importarme todo lo demás? Pasé de la pena y amargura a un sentimiento de

felicidad que iluminó mi rostro e hizo que mi corazón latiera más

intensamente. ¡Lo iba a conseguir!

—Sí —prosiguió Mrs. Collis—. Te podrás curar siempre y cuando te

esfuerces en ello en los años venideros. Pero —y aquí se detuvo por un

momento, mirándome fijamente— tú tendrás que someterte a un gran

sacrificio, absolutamente indispensable, y es que no debes volver a usar el pie

izquierdo.

¡Mi pie izquierdo! Él lo significaba todo para mí. Solo podía hablar y

realizar mis creaciones con él. Era mi único medio de comunicación con el

exterior, mi única manera de llegar a otras personas y hacerme entender. El

resto de mi cuerpo era inútil, y solo uno de mis miembros, el pie izquierdo,

era lo único que parecía funcionar. Sin él, me encontraba perdido, mudo,

impotente.

—Sí, ya sé que es difícil —añadió la doctora, haciéndose eco de mis

pensamientos—. Es un sacrificio tremendo. Pero es la única forma, no existe

otra. Si sigues utilizando el pie izquierdo, puede que algún día llegues a ser un

gran escritor o un gran artista, pero nunca te curarás. Nunca podrás hablar, caminar o usar las manos, y sin hacer todas estas cosas, no podrás llevar una

vida normal. Así que, tranquilízate, y dime que no volverás a usar el pie

izquierdo.

Comprendí lo que me quería decir. No había lugar para las medias tintas.

Me iba a embarcar en una lucha, para la que necesitaría todas mis energías, y,

si quería ganar, tenía que poner toda la carne en el asador. Debería pagar un

coste muy alto, quizás de lo más cruel, pero la ganancia obtenida seria

muchísimo mayor. Resultaría horrible, pero al final yo alcanzaría la victoria.

—Así lo haré —dije a Mrs. Collis, y aquellas resultaron las palabras más

inteligibles que jamás pronunciara.

Me tomó de la mano y me la estrechó.

—Eres un buen muchacho. No te resultará fácil. Debes concentrarte en las

tareas que te vamos a encomendar, pese a que te resulte todo lento, muy, muy

lento, sobre todo a tu edad. Pero el primer paso ya lo hemos dado. El resto

depende de ti.

Yo ignoraba por qué tenía que dejar de usar mi pie, pero Mrs, Collis me lo

explicaría más tarde. Me dijo que, aunque usar el pie había sido bueno,

porque proporcionó una vía de escape a mi inteligencia aprisionada, desde el

punto de vista físico no lo era, porque usarlo suponía un gran esfuerzo para el

resto de mi organismo, pues, aunque me aliviara de las tensiones, el estado de

mis prácticamente atrofiados músculos iba a peor. Y es que, desde el

momento en que me pude hacer entender por medio del pie izquierdo, ya no

se me ocurrió intentar utilizar las manos. Así que, si ya no podía hacer uso de

él, me vería obligado a hacer uso del resto de mi cuerpo.

Supuse que todo era bastante lógico, lleno de verdad y pleno de sentido.

Pero había una gran diferencia entre el dicho y el hecho, la diferencia que hay

entre pensar en hacer las cosas y ponerlas realmente en práctica. Ya no solo

era cuestión de mantener mi pie izquierdo dentro del zapato. El asunto era

bastante más grave. Tenía la sensación de que yo mismo me iba a encerrar y

arrojar lejos la llave.

Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Si no tenía la suficiente valentía, el

pasado volvería sobre mí con todo su pesimismo y amargura, semejante a un

sombrío y nublado cielo invernal. Si tomaba la decisión de “cortarme” el pie

izquierdo, abriría el camino hacia una nueva existencia, con un modo también

nuevo de pensar y actuar, pero que daría pleno valor a cualquier sacrificio.

Aquella misma noche tomamos el avión de regreso a Dublín, y el doctor

Collis nos fue a recibir al aeropuerto para llevarnos a casa en su coche. Parece

ser que Mrs. Collis ya había hablado con él por teléfono y parecía sentirse satisfecho por las noticias. Me dijo, asimismo, que recientemente había

constituido una clínica para el tratamiento de la parálisis cerebral, en Merrion

Street, en Dublín. La Orden de Malta y la brigada de ambulancias de Saint

John habían accedido a facilitar medios de transporte para los niños

disminuidos, con un horario de nueve a doce de la mañana. Así que, a partir

del martes siguiente por la mañana, yo también tendría que esperar a que me

recogiera una ambulancia.

—No hay nada que tú no puedas conseguir, Christy —me dijo,

poniéndome la mano en el hombro—. Y recuerda que yo estoy aquí para

ayudarte.

Mas yo sabía bien que mi primera tarea tendría que ser vencerme a mí

mismo, y que la auténtica batalla aún no había hecho más que empezar.