Mi pie izquierdo
13 la Pluma
13
LA PLUMA
MIS EXPERIENCIAS EN la clínica y lo que trajeron consigo tuvieron el efecto de
alimentar mi inspiración. Lo mismo que si un telón se alzara de repente ante
mi vista, hallé la clave de algo que, durante mucho tiempo, me había
atormentado.
Lo que yo quería expresar no iría dirigido únicamente a mi familia y a mis
amigos, sino que deseaba llegar a muchas más personas. En mi interior había
algo, algo que tenía prisa por soltar, comunicándoselo a otros, y conseguir que
me entendieran. Y por fin tenía la impresión de haberlo encontrado, después
de buscarlo durante toda mi vida. Me llevó años, pero al final lo encontré, y
quería pregonarlo a los cuatro vientos, para que mis mensajes llegaran al
corazón de todos.
No era algo relacionado conmigo mismo, sino con aquellas personas que
llevaban una vida semejante a la mía, una vida sin horizonte, aprisionada por
gruesos muros. Creí encontrar el modo de saltarlos y derribarlos, el modo de
hallar un lugar en la sociedad y poder desempeñar un papel al lado de las
personas físicamente capacitadas.
Pero ¿de qué forma podría expresar lo que quería comunicar para que se
enterara todo el mundo? Mis manos no me servían para ello, pues siempre
estaban retorcidas, sin dominio alguno para agarrar o sostener cualquier
objeto. Tampoco me eran de utilidad los labios para manifestar todos los
pensamientos que zumbaban en mi cerebro de forma semejante a un enjambre
de abejas, pues era incapaz de hablar con un lenguaje inteligible fuera del
círculo familiar. Era, pues, un mudo, condenado a un eterno silencio.
¿Y qué iba a pasar con mi viejo y leal amigo, el pie izquierdo? El pie que
tan buenos servicios me había prestado y que fue mi principal arma contra el
desánimo en el pasado. ¿Por qué ya no podría usarlo?
No me era posible. No podía faltar a la promesa que hice a Mrs. Collis. La
estaría traicionando, si lo hiciera, y, además, la decisión que había tomado debía mantenerla hasta el final.
Pero no era solo un exasperante sentido de la fidelidad a la palabra lo que
me impedía usar el pie izquierdo. Estaba, además, el temor de no tener el
coraje suficiente para vencer la tentación. Y era porque sabía que, si
empezaba a usarlo de nuevo, me encontraría mejor y aumentarían mis
posibilidades de llevar una vida más activa, ya que no del todo normal. Mi pie
estaba maniatado y fuera de juego, y no iba a utilizarlo otra vez. El hacerlo
equivaldría a rendirme, y aún no estaba dispuesto a sacar la bandera blanca.
Tenía la sensación de estar en un callejón sin salida; por donde quiera que
fuese, los caminos estaban cortados.
Hasta que, repentinamente, tuve una inspiración. Una tarde que estaba
sentado en la cocina, pensando de qué modo expresar todas mis inquietudes
sobre el papel, advertí que uno de mis hermanos estaba en la mesa con una
pluma en la mano y su libro de caligrafía. Era Eamonn, que por entonces tenía
doce años. Estaba haciendo los deberes —una redacción en inglés—, y por la
expresión que pude apreciar en su rostro no estaba muy contento. Ante la
perspectiva de mi hermano escribiendo sin saber qué poner, y yo, con la
cabeza repleta de ideas e incapacitado para sujetar una pluma con la mano,
casi me dieron ganas de saltar de la silla como un loco.
En lugar de eso, me incorporé para preguntarle qué estaba haciendo.
—Intento escribir una redacción para el colegio —me respondió Eamonn
—. Me ganaré un cachete si no la hago bien.
Entonces vi mi oportunidad. Le dije que le ayudaría, a condición de que
me hiciera un favor.
—Claro que sí —dijo muy satisfecho—. ¿Qué quieres que haga por ti?
—Escribir por mí —le contesté de inmediato.
Se puso serio.
—Pero si no puedo escribir ni yo —protestó—. Ni siquiera sabría qué
poner.
—Serás tonto… —repuse—. Solo tienes que sujetar la pluma, y yo te diré
lo que tienes que escribir.
Mi hermano se mostraba vacilante ante la idea, le parecía algo muy
complicado, y pensaba que detrás de todo aquello había gato encerrado. Pero
también deseaba hacer una buena redacción, por lo que al final aceptó mis
condiciones y yo le hice los deberes.
Cuando los terminamos fuimos a mi habitación, sacamos un taco de notas
de un cajón y nos sentamos en la mesa, uno frente a otro.
—¿Qué quieres que te escriba? —me preguntó Eamonn espontáneamente
y con la pluma en la mano.
Yo estaba mirando por la ventana las ramas de los árboles, que ondeaban
bajo un luminoso cielo de primavera, y tras pensar un poco, me volví hacia mi
hermanito, que me aguardaba impaciente.
—Mi biografía —respondí.
Mi pobre hermano dejó caer la pluma sobre la mesa, con gran estruendo.
—¿Tu… qué?
Se lo volví a repetir, y él permaneció callado durante largo rato. Por fin le
convencí para que me escribiera durante tiempo indefinido. Y, sin más
preparativos, dimos comienzo aquella misma tarde.
A los dieciocho años hice la primera tentativa de redactar mi
autobiografía. Me salió algo muy “pesado”, una verdadera selva de palabras
de siete u ocho sílabas. Como mi principal lectura hasta entonces había sido
Dickens, me imaginaba en mi falta de experiencia que mi obligación era
imitar su forma de escribir, con el resultado de que el inglés que utilizaba era
el de hace cincuenta años. Mis palabras y frases habrían agotado, en pocos
segundos, la forma de expresarse de cualquier persona. Hacía tan largas las
palabras, que me veía obligado a deletrearlas para que mi hermano pudiera
escribirlas. Aún me pregunto cómo no nos dio una crisis nerviosa al escribir
aquello. Me di por vencido, pero antes junté cientos de miles de palabras.
Nuestra tarea acabaría por ser un tanto indolente, algo así como la corriente
en un cable derretido. Y a mi hermano le dio, con frecuencia, el típico
calambre de los escribientes. Antes de darnos cuenta habíamos escrito casi
cuatrocientas páginas, y, de seguir así, el libro no se acabaría nunca.
El título de mi libro era bastante expresivo. Lo llamé “Recuerdos de un
deficiente mental”. Quise que fuera irónico, una bofetada en pleno rostro a los
médicos que dudaron de mi estado mental.
El estilo era demasiado deslumbrante. A modo de ejemplo, en vez de
calificarme a mí mismo de disminuido, me definí como una “desafortunada
estadística de mortalidad” o también como un “maravilloso aborto”.
Cambiaba las palabras más sencillas por las más complicadas, simplemente
con añadir un “ismo” al final; en vez de “derrota” decía “derrotismo”, y de
igual modo, utilizaba términos abstractos para expresar ideas sencillas,
palabras como “inconcebilidad” si quería expresar algo que no podía suceder,
“incongruente” para referirme a todo lo que no encajaba, y utilizaba la palabra
“materialista” con frecuencia si lo que tenía en mente se refería a cosas hechas de forma irreflexiva o un tanto alegremente. Así, en mi deformada
visión de la realidad, podía haber dicho que mi hermano Peter era un
materialista porque prefería ir a fiestas y bailes en vez de leer a Dickens.
Hace algunos días encontré algunas hojas de mi primer manuscrito. En el
primer capítulo describía mi vida infantil: “… me educaron en un ambiente de
la clase obrera. Como todo el mundo sabe, la búsqueda de conocimientos
literarios no es precisamente una característica de esta parte de la raza
humana… el intelectualismo no la define precisamente”.
¡Vayan ustedes a saber qué quería decir con estas frases!
En la página treinta aún seguía con el tema de la clase obrera: “Mientras
sigamos admitiendo que las clases y diferencias sociales son necesarias para
un desarrollo armonioso de la humanidad, habría que aceptar que tales
separaciones se aplicaran en términos de moderación, para de esta manera
evitar perjuicios innecesarios y tensiones sociales superfluas…”.
¡Y todo eso lo escribí antes de tener idea sobre el significado del término
“social”! Pero el problema no estaba en lo que quería expresar, la dificultad
radicaba en la forma de hacerlo. No tenía aún un modo de transcribir mis
pensamientos que fuera claro e inteligible. Por el contrario, convertía las
redacciones más simples en las más complejas. Rara vez conseguía manifestar
algo con una única frase. Empleaba tres o cuatro antes de darme por
satisfecho, y, en más de una ocasión, gastaba párrafos enteros para dar forma
a ideas bastante sencillas. No podía evitar las digresiones, o, como diría mi
padre, “el irme por las ramas”.
El pasaje que transcribo a continuación demuestra bien a las claras la
influencia que tenía de Dickens. Es tan típicamente dickensiano que podría
servir para la contraportada de uno de sus libros: “… cuando nos liberamos de
la turbulenta y febril actividad cotidiana, caemos, sin ser por ello conscientes
o desearlo, en un estado de ensoñación mezclado de pesares y alegrías…
Todas las escenas de un pasado a la vez feliz y lloroso se agolpan en nuestro
interior… Queremos revivir las penas y satisfacciones que hemos conocido…
llenar de nuevo nuestras pequeñas vanidades y fantasías… Decirnos a
nosotros mismos: este no era yo. ¡No puede ser que fuera tan atolondrado!…
Pero el pasado nunca miente: es algo irrevocable. ¡Si no, qué gran cantidad de
santos y ángeles habría en el mundo!”.
¡Pensar que tenía dieciocho años cuando escribía estas cosas!
Las páginas escritas se fueron amontonando en un rincón. Yo seguía
dictándole a mi hermano, hasta actuar de un modo maquinal, sin saber
exactamente lo que estábamos haciendo. Era como dar vueltas en círculo. Tenía una difusa noción de cómo quería escribir mi biografía, pero tampoco
sabía exactamente dónde quería llegar. Pero no paraba de dictar, y Eamonn
seguía escribiendo todos los días. Mas el resultado era semejante a una
intrincada selva de palabras en la que no hubiera ningún sendero señalizado.
Me imaginaba que algo no iba del todo bien. Antes de empezar a dictar,
mis ideas estaban lo suficientemente claras, pero desde el momento en que
comenzaba el dictado, se volvían confusas, se retorcían y circulaban por mi
mente, a modo de hojas caídas, arrastradas por el viento de un lado a otro.
Resultaba una tarea ardua atraparlas y retenerlas. Estaba a punto de volverme
loco a causa de mi torpeza.
Me llamaba a mí mismo imbécil; y no ahorraba este calificativo para mi
hermano. A todos los de casa les trataba también de imbéciles solo porque no
eran capaces de escribir tal y como yo deseaba. Me estaba volviendo más y
más irritable conforme el libro crecía en extensión. Cualquier cosa que se
cruzara en mi camino la apartaba violentamente de un puntapié, y mi rabia era
tal que a veces deseaba pegarle fuego a todo lo escrito, pero no tenía el valor
suficiente para hacerlo. Era demasiado testarudo para darme por vencido.
Estaba seguro de que podía llegar a escribir un libro magnífico, claro que sí…
¡Si por lo menos tuviera alguien que me aconsejara, que me enseñara a
escribir de forma inteligible y constructiva, sin claros ni defectos! Debía ser
alguien que supiera de lo que hablaba y que me guiara por caminos
adecuados. Necesitaba una mano amiga; alguien que supiera combinar
cerebro y corazón.
Pero ¿dónde encontrarlo, dónde hallar a mi hada madrina? ¡Desde luego,
no en Kimmage! ¡En una casa habitada principalmente por albañiles! Ni mis
hermanos sabían nada relacionado con la escritura, ni yo cómo colocar
ladrillos.
No paraba de darle vueltas, pero no se me ocurría nada. Aquella labor era
enteramente mía y debía continuarla yo solo, pese a mis grandes dificultades
de expresión y a sentirme cada vez más desorientado.
Hasta que un día que estaba sentado junto a la ventana, con mi habitual
mal humor y sin ganas de seguir dictando, me vino de improviso un nombre a
la memoria que casi me hizo caerme de la silla: “Collis”. Lo repetí en voz
alta: “¡Collis!”. Sin pensar en otra cosa, di un grito para llamar a Eamonn y le
dije que sacara una tarjeta de un cajón, para enviársela de inmediato al doctor
Collis. Sin más dilación le escribí esta pequeña nota:
“Querido doctor Collis, estoy intentando escribir un libro. Si no le
importa, venga y ayúdeme, por favor. Christy Brown”.
Solo después de echar la tarjeta al correo empecé a reflexionar sobre lo
que había hecho. Hacía casi un año que no veía al doctor, desde mi vuelta de
Londres. No sabía demasiado sobre él, salvo que era el fundador de la clínica
y el presidente de la Asociación de Parálisis Cerebral de Irlanda. Y me había
caído bien desde el instante en que le conocí. La primera vez que nos vimos
no me sentí ni incómodo ni avergonzado en su presencia, lo que no era
habitual en mí, porque llegaba a sentirme desplazado hasta con la gente con la
que tenía confianza, incluyendo también a mi familia.
Pero, después de todo, ¿él no era médico? Sí, pero ya podía ser el mejor
del mundo, porque si no me ayudaba a escribir… Más tarde me enteré de que,
además de ser el doctor Collis, era Robert Collis, el autor, el hombre que
escribiera una afamada obra de teatro, Marrowbone Lane, y El vellocino de
plata, su propia autobiografía, entre otras obras.
Al día siguiente estaba en mi habitación, sentado junto a la chimenea y
leyendo a mi viejo amigo Dickens, cuando la puerta se abrió repentinamente y
entró el doctor Collis, con un montón de libros en un brazo y el maletín en el
otro. Dejó los libros en mi cama y el maletín en el suelo.
—¡Hola! —me dijo, acercándose para sentarse en la silla del otro extremo
de la mesa—. Recibí esta mañana tu llamada de auxilio. Así que te gusta
escribir. Bueno, vamos a ver lo que has hecho.
Yo había guardado mis escritos debajo de la cama, dentro de un viejo
maletín de cuero. Tras arrodillarse para recogerlo, el doctor lo abrió, sacó las
hojas y las depositó en la mesa. Después se puso las gafas para leerlo.
Vi cómo sus cejas se levantaban tras leer la primera página, y que
aumentaban de tamaño pasadas las dos siguientes. Luego se detuvo, y arrojó
las páginas sobre la mesa.
—¡Qué demonios! —dijo.
Me miró fijamente, en espera de que supiera comprender su crítica. Yo
me esforcé por adoptar una expresión impasible.
—El lenguaje que empleas es horrible. Quizás fuera muy popular en
tiempos de la reina Victoria, pero lo que es ahora…
Me desmoralicé al oír esto, y me entró una especie de desesperación.
Nunca podría realizar nada de lo que me propusiera, aunque fuera mi propia
autobiografía. Era volver otra vez al punto de partida, pues quería hacer cosas
y no sabía cómo. Mis sueños resultaban demasiado ambiciosos para
convertirse en realidad. ¿Cómo iba a escribir un libro si me había pasado la
vida entre cuatro paredes y sin pisar una escuela? Tenía que estar loco para
pensar en algo semejante.
Esto era lo que pasaba por mi mente, mientras Robert Collis estaba
sentado frente a mí, hojeando aquellas horrendas páginas. A veces hasta daba
algún gruñido, y yo continuaba con la cabeza agachada.
De repente se detuvo otra vez y se incorporó en la silla. Le miré
sorprendido, pues en su rostro había una sonrisa de aprobación.
—¡Bien! —exclamó, dando un puñetazo encima de la mesa—. Aquí has
escrito una frase que me parece una rosa entre un montón de malas hierbas,
una pequeña joya en medio de un pedregal. Eso me demuestra lo que serías
capaz de escribir si supieras el modo de hacerlo. Y esto es lo que voy a
averiguar.
A continuación se levantó para echar un vistazo a los escasos libros que
había sobre las estanterías. Meneó la cabeza.
—Para escribir en un inglés moderno hay que leer en inglés moderno,
Christy. Dickens está muy bien, pero… El gusto literario, como tantos otros
gustos, cambia.
Me enseñó los libros que me había traído, esparciéndolos sobre la mesa.
Había un libro de relatos cortos de L. A. G. Strong, dos de Sean O’Faolain,
algunos de John Stewart y de Maurice Collis, así como seis ejemplares de una
colección de literatura universal.
—Esto te enseñará a escribir en un buen inglés —me dijo.
Luego añadió que, si quería ser escritor, primero tenía que aprender a
escribir. Escribir era tan difícil como pintar, y para dominar aquel arte había
que practicarlo a fin de adquirir paulatinamente un estilo propio. Me dijo
también que, a pesar de las dificultades que pudiera tener, algo había a mi
favor: quería aprender a escribir. Estaba capacitado para ello, y eso era tan
importante como poseer un estilo, porque podría ir desarrollando
progresivamente mis capacidades. Y es que para hacer algo realmente bien
hecho, a uno le tiene que gustar lo que está haciendo. Por muy hermoso que
resultara un estilo, sería algo completamente inútil si detrás no hubiera algo
más. Escribir de esta forma sería algo parecido a disfrutar de un sabor, pero
sin ver la comida.
Después el doctor volvió a sentarse y tomó las hojas para examinarlas más
concienzudamente. Durante algún tiempo permaneció en silencio. Se podía
oír el chisporrotear del fuego, el tictac del reloj sobre la repisa de la chimenea
y el débil sonido de las voces que llegaban desde la cocina a través del patio.
Y, por fin, habló.
—Christy —me dijo, apoyando los codos en la mesa— todo esto —y
señaló al montón de hojas— no ha sido en vano. Quizás sea imposible de leer, pero no ha sido una pérdida de tiempo. Aunque no hayas podido hacer otra
cosa, al menos has adquirido bastante práctica para tu imaginación. Dime,
¿aún quieres escribir la historia de tu vida?
Se detuvo y me miró inquisitivo. Meneé con fuerza mi cabeza. ¡Por
encima de todo quería escribirla!
—De acuerdo —continuó el doctor—, si es así, ya puedes empezar desde
el principio. (Con sus palabras, empezaba a enseñarme. Luego me enteraría
de que era profesor y tenía bastantes alumnos).
—Hay dos reglas principales, que son indispensables para escribir
cualquier historia. Primera, debes tener una historia que contar, y segunda,
debes contarla de tal modo que el lector tenga la sensación de estar
viviéndola. Ahora, déjame darte unas indicaciones concretas: siempre que
puedas utiliza frases cortas mejor que largas. Ya que has pintado cuadros con
el pincel, tienes que hacer algo parecido con la pluma. Empieza a practicar.
Limítate, por ejemplo, a describir esta habitación: tu silla, el cuadro de esa
pared manchada, el espejo roto, tus libros, esa fotografía en color…
Nunca me olvidaré de sus consejos. Aquella noche, y las que siguieron, le
escuché extasiado.
Antes de irse, se me acercó para estrecharme la mano. Yo sabía que estaba
a punto de iniciarme en la más ardua de las tareas, pero con aquel hombre a
mi lado estaba seguro de poder llevarla a cabo… Lo presentí mientras me
estrechaba la mano.