Nada de nada
Doce
—¿Crees que no tiene otra mujer? ¿Que no está con Patricia Howard?
—¿Quién?
—Ella. No desvíes la mirada.
—Esto es un asalto en toda regla. Es cruel. ¿Tengo que ver esto?
—Sería una buena idea.
—¿Por qué?
—Te ayudará.
—Me lo estás plantando en la cara. Apártate.
—Por favor.
Estamos solos. Me he preparado para esta situación. Le estoy enseñando una foto de Patricia que tengo en el iPad. Pat estaba casada con un actor muy conocido que en una ocasión trabajó para mí.
Zee coge el iPad. Escruto su rostro mientras mira la foto. Pese a los peligros, estoy decidido, como mensajero de la verdad, a quitarle el velo de la ignorancia a mi mujer. Una fuerte dosis de realidad conducirá a una renovación de nuestro amor. Regresará a mis brazos. Y todo volverá a la normalidad.
—Es guapa, ¿no te parece? —le digo—. Eddie suele buscar mujeres menos atractivas. Son más agradecidas, según me explicó una vez.
»Patricia le ha “echado una mano”, gemelos, relojes, un ordenador, teléfonos, entradas para Wimbledon entre otras cosas. Su marido era un actor de teatro muy conocido.
—¿Y?
—Patricia estaba en una posición que le permitía presentarle a Eddie gente útil. Le prestó dinero para «sacarle del apuro». Él no se lo ha devuelto. A ella eso no le sorprendió y, de todos modos, él la escucha poniendo toda la atención, ¿y cuántas mujeres logran encontrar a alguien que las escuche? Él le lanza peticiones con sutileza. Sabe cómo hacerlo. Alguien que carece de integridad es digno de admiración. A mí desde luego me la produce. Pero aun así…
Zee se está arrancando los pelos, uno a uno. Coge un cojín y lo agarra con fuerza. Se lo aplasta contra la cara para comprobar cuánto aguanta. Acaba con la cara enrojecida y cogiendo aire con fuerza.
Satisfecha con su experimento se acerca a mí.
—Es evidente que cualquier hombre inteligente y deseable tiene líos. Es lo que tiene el encanto. Es algo natural. ¿Tú no hacías lo mismo? Me han llegado rumores de todo tipo sobre tus andanzas.
—No.
—¿No?
Me mira como si estuviese calculando, como si intentase adivinar mis medidas. Se mordisquea el labio. Y acto seguido aplasta el cojín contra mi cara y lo sostiene ahí. Esta vez se alarga más que nunca. Intento liberarme dándole patadas, pero me acaban doliendo las piernas. Ella no se aparta. Me mira y continúa apretando. Esto no es ninguna broma.
De pronto se detiene y pregunta:
—¿Algo más?
Tiemblo de forma incontrolada. Y jadeo:
—Espera.
—Sigue, Waldo. Lanza toda tu bilis. Vamos a ver si soy capaz de soportarlo.
Me siento como si hubiera corrido una larga distancia. Recupero el aliento. Su mirada es despiadada. Espera.
—¿No ves que él no forma parte de nuestra realidad, Zee? Encontrará a otra mujer, se enamorará en cinco minutos y al día siguiente se la llevará a Praga para intentar comprar un castillo… con el dinero de ella.
—¿A quién no le gusta la espontaneidad?
—Es un psicópata, Zee. Solo los locos son libres. Pero escúchame…
—¿Quién no está loco? Acepto que ha cometido algunos errores.
—¿Errores? Hay otra chica. La escultora. —Las amantes soportan unas servidumbres que los esclavos se negarían a cumplir. Pero puede que esto la haga tambalearse—. ¿Quieres que te lo cuente?
—¿No te vas a morir nunca? No dejas de atormentarme.
—Con la verdad.
—Dudo que lo sea.
—Mira esta —le digo—. Sarah y Eddie en la inauguración de la galería de ella.
»Y mira lo desvergonzada y voluptuosa que es ella y lo largas que tiene las piernas, Zee. Le gusta que él le azote los pechos, que se los estire y se los pince. Le suplica que sea vicioso. ¿Tú puedes hacer eso por él? Me preocupa que seas demasiado cariñosa para Eddie. Esa chica desvergonzada le hace ir más lejos de lo que ha ido con ninguna mujer antes. Ella es la mujer con la que se fue cuando desapareció con nuestro dinero y tú saliste en su busca.
Zee se tapa la cara con las manos.
—Dios mío, Waldo, creía que con la edad te habías apaciguado.
—Zee, ¿me puedes traer un vaso de agua?
—Ni esto es el Ritz ni yo soy tu sirvienta.
—Te aliviará saber que está pisando terreno pantanoso con la desvergonzada.
—¿Por qué?
—El padre de ella se ha enterado de la relación. Le va a arrancar las pelotas a Eddie a menos que desaparezca. Eres su mejor esperanza. Por eso sigue apareciendo una y otra vez por aquí.
—Ya veo.
—Espero que no lo hayas tocado. Siento que tengas que mantenerte célibe. Pero te lo advierto, Eddie se prostituía. Tú misma me lo contaste. No conoce límites. Está infestado de enfermedades venéreas.
Zee se queda boquiabierta.
—¿Cómo sabes eso?
—Tengo mis contactos.
—¿Dónde?
—Lo único que puedo decirte es que estamos en peligro. Debemos sacarlo de aquí y volver a nuestra vida anterior. —Me detengo—. Pero ahora no me apetece hablar de esto, Zee. Ya he hablado bastante. Estoy cansado y tengo la garganta seca.
Zee va a buscar un vaso de agua y me la echa encima. Vuelve a aplastarme la cara con el cojín. Está a punto de estallarme el pecho. La cabeza, sin riego sanguíneo, me da vueltas.
De pronto lo deja correr. Y va a preparar un té para los dos.
Llora.
—Mira lo que me has hecho, Waldo. Eres un cabrón por contarme estas historias.
—Qué taza de té más maravillosa, Zee.
Se frota la frente.
—Waldo, no me encuentro bien.
—¿Qué pasa? Dímelo, cariño.
—Oh, no lo sé, Waldo. La cabeza está a punto de estallarme. Todo esto es demasiado.
Se lía y se fuma un cigarrillo, y yo la contemplo.
—Oh Dios, oh Dios, oh Dios, Waldo.
—Necesitas descansar, cariño —le digo—. Matarme te ha dejado agotada.