Nada de nada
Quince
Estoy trabajando en mi estudio, mirando las fotografías y el material que he grabado, tratando de montarlo del modo más incoherente posible, experimentando con música.
Estoy rodeado por las cosas de Eddie: sus periódicos y libros. La foto de su hija que se le cayó a Anita me observa.
A mis espaldas, Eddie se pasa la mañana dormitando en el sofá. Se despierta cuando Zee le trae un café. Tienen prisa por salir. Como veo que ella le ayuda a ponerse una corbata, supongo que van al banco. Los bolsillos de este indeseable abultarán, junto con la varita mágica en la parte delantera de sus pantalones.
Consultan una web de entrevistas con gente famosa. Eddie usará sus contactos. Zee me apretará a mí para sacarme los míos; estos últimos días se está mostrando muy amable. Quieren empezar con Anita, que es una parlanchina entusiasta, pero nunca ha dejado del todo atrás su infancia; será un buen golpe de efecto. ¿Quién quiere el trabajo del artista cuando pueden disfrutarlo explicado y expurgado de sus complicaciones y artificios?
Zee se marcha con Eddie. Yo me dirijo al balcón y observo cómo salen del edificio. Se acercan al tipo plantado al otro lado de la calle. Ha vuelto.
Zee siempre ha sido firme y resuelta. Cuando estaba a punto de marcharme de la India, yo pasaba por una etapa autodestructiva. Solo y deprimido. Llegué a pensar en dejarlo todo y suicidarme. Aunque por lo general mi filosofía ha sido siempre positiva. Actuar, hacer que las cosas sucedan. Aplastar las coordenadas y ver adónde van a parar los añicos. Franquear el paso a la locura y asegurarse de ser un peligro para uno mismo y para los demás. Pensar demasiado te acaba convirtiendo en ese idiota de Hamlet.
O en el marido de Zee, un afable médico de naturaleza bondadosa que me había asesorado en una de mis películas. Para entonces ella y yo ya éramos amantes. Una noche Zee me había llevado en coche hasta mi hotel a través de Bombay. Me enseñó los pendientes y me dijo que se los había puesto por mí. Me pidió subir a la habitación. Me dijo de forma muy directa que yo olía a soledad. Yo quise rebatírselo. Pero tenía razón.
No mucho después, le dije: «Zeena, ya no tengo ningún motivo para seguir aquí. Ven conmigo. Tráete a las niñas. Si no, lo nuestro se habrá acabado y ambos lo lamentaremos. Dar el paso puede ser un error que merece la pena cometer».
Ella estaba a punto de mudarse a Islamabad —la ciudad más aburrida del mundo— con un marido que sentía devoción por su madre. Zee me contó lo mucho que le horrorizaba la perspectiva. La suegra era como una losa y la hostigaba de forma constante. Pero aun así Zee quería cuidar de ella. Le pregunté por qué y me lo contó. Palidecí, pero no me desalentó. Me hizo verla de un modo diferente. El padre de Zee estaba recluido en un psiquiátrico después de haber estrangulado a su propia madre hasta matarla, una tentación comprensible que la mayoría de nosotros resistimos.
La locura no es hereditaria. De otro modo ¿quién no estaría tocado por ella? Ven conmigo, le propongo, soy un hombre que mira hacia el futuro, alguien que sabe que sufrimos más cuando tratamos de evitar el sufrimiento.
Hice las maletas y me fui al aeropuerto. Y allí estaba ella, con sus dos encantadoras hijas cogidas de las manos. Se acercó a mí y jamás volvió la vista atrás. La admiraré siempre por esta decisión. Su pavor era que las niñas acabasen convertidas en inglesas de pura cepa, borrachas, desvergonzadas, vulgares y despelotadas. La mayor va a venir a vernos pronto y aprovechará para visitar Londres con sus dos hijos. Será un estímulo para Zee y debería distraerla de otras cosas.
Me muevo con la silla hasta la ventana y contemplo cómo se alejan del bloque. Observo con suma atención la escena de su diálogo con el tipo de la calle. No logro desentrañar nada. El tipo se aleja y se mete en su coche.
Veo una película y le mando un mensaje de texto a mi estrella. Le mando varias fotografías de los vecinos en sus cocinas. Para mi sorpresa, Anita no está ocupada. Me dice que viene de camino. Tiene que contarme algo sin demora. Espero que sea jugoso. Estoy impaciente.
Cuando llega, estoy en el estudio, moviéndome de un lado a otro con la silla como Ironside colocado con ácido, cambiando de sitio las cosas de Eddie.
—Ayúdame, cariño. Esto es muy difícil para mí.
—Ya me estaba preocupando. Me alegro de verte activo. ¿Qué haces?
—Estoy en pleno día positivo —le digo—. Por favor, abre la ventana.
—¿Necesitas aire, Waldo? Pensaba que para ti una corriente era como una amputación. ¿Qué está pasando aquí?
—Vamos a tirar las cosas de Eddie. Me están empezando a poner enfermo. Estos días me siento débil. Ayúdame, estoy sin aliento.
—¿Qué quieres que haga?
—¿No te habías apuntado a boxeo? Tira sus cosas por la ventana, cariño.
—¿Estás seguro? —pregunta—. Waldo, Zee te va a odiar si lo haces.
—A la larga me lo agradecerá.
Anita es reticente pero fácil de convencer. Guardamos las cosas de Eddie en cajas y volvemos a colocar las mías. Señalo un gran póster enmarcado que anunciaba una de mis conferencias.
—Anita, por favor, quiero esta foto mía ahí arriba. Estoy utilizando a Mao como inspiración. «Desecha las ilusiones. Prepárate para luchar». Estoy de vuelta, nena. No te percatas de que te has quedado atascado hasta que empiezas a moverte.
—Sabias palabras.
—Cuélgalo ahí, por favor. Necesito ocupar el centro del escenario.
Le quitamos el polvo y ella clava los clavos que lo sostendrán en la pared. Le ayudo a aguantarlo.
—Anita, hay un tipo siniestro que nos ha estado espiando.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? ¿Cómo?
—Waldo, escucha. Ayer por la noche estaba en casa ensayando un papel y recibo un texto de él…, de Eddie. Me dice que no está con Zee. Me explica que ella no se encuentra bien y se ha metido en la cama. Así que él se ha ido a un club en busca de compañía. The Six. Me dice: «Pásate para tomar una copa». Yo estoy sola en mi dormitorio y no me encuentro bien.
»Las noches resultan opresivas. Ya sé que dicen que Dios creó a los maricas para las mujeres como yo. A partir de cierta edad, no hay mucha gente a la que te apetezca escuchar.
—¿Qué te gustaría?
—Alguien a quien se lo pudiera contar todo. Leo, me fumo un porro, me estiro, medito…, y al final no puedo resistirlo. Me metí en un taxi y fui a The Six. ¿Te decepciono?
—Todavía no lo sé.
—Me encuentro allí con Eddie. Pienso que quizá pueda averiguar algo.
»El club es un sótano estrecho de techo bajo con unas cuantas sillas y mesas, un pequeño escenario y una cocina. Eddie lleva esa chaqueta blanca que le va grande. Mira…
Aquí lo tenemos, en la pantalla del teléfono de Anita, desgarbado pero con mirada sincera y el cabello peinado hacia atrás.
—Canta tres canciones, incluida esta, «Come Rain or Come Shine». No lo hace tan mal. Tiene un punto desgarrador… Cuando acaba se coloca detrás de la barra y sirve a los clientes.
»Yo estoy sentada en una mesa con un tío, Gibney. Es el dueño del club y tiene otros bares y restaurantes. Incluso conmigo, Gibbo se comporta como uno de esos tíos siempre pendientes del entorno, no para de mirar por encima de tu hombro por si localiza a alguien que pueda serle más útil.
»Resulta que esta chica —me muestra una fotografía— es Francesca. La hija de Eddie. ¿La ves?, se oculta la cara con el cabello, pero como puedes ver lleva tatuajes, piercings y demás, y está contemplando el triste espectáculo de su padre.
Me percato de que lleva el antebrazo vendado, cerca de la muñeca. Supongo que es el motivo por el que Zee no quería ir al club, si es que Eddie la había invitado. Detrás de la joven con cicatrices descubro al hombre que Anita ha empezado a describirme: Gibbo.
—Gibney es un viejo amigo de Eddie en el Soho. Se conocen desde hace años. Al principio Eddie ayudó a Gibney. Cuando abrió el club invitó a todos sus contactos famosillos y se corrió la voz. Eddie incluso cocina en el local.
»Me he enterado, sobre todo gracias a la chica, de que Eddie no se cansa de involucrar a Gibney en sus desgracias. Pero como le acaba pasando con todos sus conocidos, ha agotado la paciencia de su amigo.
»Gibney pagó médicos para sus hijos, le ayudó con sus esposas, apagando fuegos con llamadas de teléfono y demás. Muchas veces le suelta dinero. Otras no.
»Gibney se enteró de que habías humillado y echado a Eddie de tu casa. Resulta que Eddie no está tan establecido en tu apartamento como Gibbo creía.
—Una lástima.
—Ha apoyado a Eddie para que se recomponga. La desesperación e ineptitud de Eddie hace ya algún tiempo que le preocupa… La hija, Francesca, está muy tocada. Telefonea a Gibbo y se le pone a llorar. Gibney no es precisamente un intelectual.
—Qué bendición.
—Es el típico tío duro de Chelsea de la vieja escuela, ya cincuentón. No uno de esos hombres modernos que van por ahí perfumados y luciendo músculos de plástico.
—Me viene a la cabeza Tony Curtis en Chantaje en Broadway.
—Hecho. —Ha terminado de llenar las cajas—. Me he tomado ciertas molestias por ti. He logrado encajar algunas piezas del puzzle.
Vamos a la mesa de la cocina. Anita descorcha una botella.
—Gibney está aconsejando a Eddie, por eso te ha estado observando.
—Ah.
—Tiene un plan. Sabe que Eddie no tiene adónde ir y se está escorando hacia lo delictivo. Hace un año Eddie estaba tan desesperado por pagar el alquiler que falsificó una firma en un cheque. Salió airoso después de confesarle lo que había hecho a Gibney, que pagó al tipo con su propio dinero. Quería evitar que Eddie acabase en la cárcel…
—¿Por qué?
—Son amigos. —Se encoge de hombros—. Eddie le dijo a Gibney que estaba pensando en convertirse en coach personal.
—Qué mejor opción para un manipulador psicótico.
—Pero Gibney maquinó la brillante idea de que dado que Eddie es tan habilidoso con las mujeres…
—Por favor, querida, lo he visto trabajar. Su semen resplandece en mi mejor alfombra, si no directamente en mi esposa.
—… lo que tenía que hacer era encontrar a alguna mujer rica vulnerable, de las que hay a montones en Londres.
»Eddie debía enrollarse con una de esas desgraciadas, sentar la cabeza y colaborar con Gibney. Así Eddie podría mantener a su familia y compartir la abundancia…
—¿La abundancia?
—Las casas, claro está. Y tierras. Pinturas. Pensiones y demás… Lo compartiría con su viejo amigo, asesor y sponsor, Gibney.
—¿Y quién es la presa?
—Eddie le ha enseñado fotos de este apartamento. Venderán tu residencia en el campo, esta casa y tus archivos. Eddie y Zee se comprarán un nuevo apartamento y les quedará dinero para el negocio que quieren montar y las inversiones que Gibney y Eddie tienen en mente en cuanto dispongan de dinero.
—¿De modo que les ofrecemos mi vida a cambio de que Eddie el Rápido pueda pasar el resto de la suya cubierto de oro? Perfecto. Solo tienen que espera a que yo me muera.
—Eres muy optimista.
—Ahora lo entiendo. ¿Por qué no van a querer acelerar el proceso? Estoy vivito y coleando, pese a los esfuerzos de Eddie.
—Eddie se parece a ti. ¿No te has dado cuenta?
—¿A mí?
—A como eras. A como sigues siendo a veces. Evasivo, astuto. Es como si te estuvieses tendiendo una trampa a ti mismo.
Por suerte nos interrumpen. Zee ha vuelto a casa.
Va con prisas, entra en tromba, se detiene y apoya las manos en las caderas al ver las cajas y la fotografía del presidente Mao.
—Zee, estoy reorganizando…
—Waldo, por favor, explícame qué es esto. ¿Son las cosas de Eddie lo que has guardado en las cajas? Anita, ¿tú le estás ayudando?
—Puedo explicártelo —dice Anita, tal como hace la gente cuando no puede hacerlo.
—Lo hemos preparado para que Eddie se lo pueda llevar —digo—. Seguro que ya ha encontrado algún sitio en el que instalarse. Recuerda que no le presté la pasta…, se la ofrecí de corazón. Ya tiene dinero para pagar un alquiler.
—Es nuestro invitado. Puede quedarse hasta que esté listo para marcharse. ¿Es que no puedo invitar a mis amigos a esta casa?
—Le han ofrecido un trabajo gracias a mí.
—Sí, muchas gracias. En Trivandrum, India, dando clases sobre las películas de Clint Eastwood.
—Un trabajo fantástico, Zee. Si no educamos a los jóvenes, ¿dónde acabaremos?
Zee no le quita ojo a Anita.
—¿Has vuelto a revolver las cosas de Eddie? ¿Quién te ha dado permiso para comportarte de este modo en mi casa? ¿Acaso yo haría algo así en la tuya? ¿Crees que eres tan famosa que puedes permitirte hacer lo que te dé la gana?
Anita mueve los labios y al final logra articular:
—Lo siento, Zee. Pero Waldo está nervioso. Deberíamos preocuparnos por él. Es frágil…
—Eres una mujer despreciable, cuchicheando con mi marido a mis espaldas.
—Estás siendo mezquina, Zee.
—Pues espera a que la abofetee.
—Ella te abofeteará a ti.
—Que lo intente. —Zee se da una palmadita en la mejilla—. ¿Qué tal aquí?
Anita se sienta y mira a Zee, que añade:
—Anita, deshaz estas cajas. Si Eddie se marcha, yo me voy con él.
—No seas ridícula, Zee —le digo.
Dirigiéndose a mí, ella responde:
—¿Y tú te fías de Anita? Está saliendo con el mejor amigo de Eddie, Gibney. Estuvieron bebiendo tequila y bailando. Ella le enseñó a bailar el Funky Chicken. Se puso a cantarle una canción. Anita fue directa a por él. Él se la folló y la invitó a desayunar. Eddie dice que la vio desayunar la ración de dos personas. Sin duda, Waldo, te habrá contado todo esto…
—Anita, ¿es cierto lo que dice?
—Yo no diría que esté saliendo con él —matiza Anita.
Zee se quita los anillos y los pendientes y me los tira. Se mete en su habitación hecha una furia, tira una maleta en el recibidor y empieza a llenarla con sus cosas. Yo me doy la vuelta.
Veo que Anita ha cerrado los ojos y está practicando un tipo de control de la respiración tibetano pensado, supongo, específicamente para situaciones como esta.
Abre los ojos y me dice:
—¿Vas a perdonarla? ¿Le vas a permitir volver?
—Por supuesto.
—¿Por qué?
—Yo también he sido joven. Estoy familiarizado con este tipo de comportamiento y con la infidelidad. Después me arrepentía y le rogaba que me perdonase. ¿Quién no se ha encoñado alguna vez?
—Quieren robarte. O algo peor.
Me encojo de hombros. Anita va a ver qué hace Zee.
Vuelve.
—Dice que eres un cabrón y que se larga. No te va a decir adónde y no volverá. ¿Qué le digo?
—Eres actriz. Dile adiós de mi parte con tu voz más seductora.
—No puedes quedarte aquí solo. ¿Quieres que llame a una enfermera?
—No pienso quedarme solo mucho tiempo.
—¿Qué?
—Antes que eso me corto la garganta.
—No me asustes.
—No pienso vivir solo y sin nadie que me quiera.
—El resto de nosotros lo hacemos.
—Pero no yo, querida. Antes asumiré el martirio.
—Por Dios, Waldo, ¿por qué tienes que ser tan exagerado?
La puerta del apartamento se cierra de un portazo y oigo el ascensor. No pienso acercarme a la ventana para contemplar cómo se marcha esta mujer.
Anita sale, llama al ascensor e imagino que baja y sale a la calle. Espero, con la mirada clavada en la pared.
Está fuera un buen rato, al menos media hora. Creo oír gritos, pero desde esta distancia no puedo estar seguro. Regresa sin aliento.
—Hemos hecho un trato.
—¿Dónde está Zee?
—Aquí.
Veo a Zee de pie, temblando de ira.
Esta mujer me parte el corazón.