Nada de nada
Tres
Conecto el audífono. Así de en serio me tomo este asunto. Voy, como se suele decir, a por todas.
Le digo a Zee que quiero escuchar música en la cama. A menudo dejo la radio encendida toda la noche, oír voces me proporciona la tranquilidad de saber que no soy la única persona en este mundo.
Eddie se deja caer a última hora de la tarde, como un marido que vuelve del trabajo. Tiene el detalle de traerme un pequeño obsequio y saludarme cuando llega. Vemos juntos las noticias, él escucha mis opiniones y comete la temeridad de repetirlas como un loro, sobre todo cuando son peculiares. Me pregunto si nota mi irritación y suspicacia. De ser así, hace caso omiso. El poder está cambiando de manos.
Hay un frenesí de actividad mientras Zee se cambia. Después de secarse el pelo —un proceso aparatoso y ruidoso, semejante al aterrizaje de un helicóptero en tu jardín—, emerge del dormitorio con su vestido rosa —casi eléctrico—, medias de color carne y zapatos de tacón. Tiene un amigo gay dueño de una tienda en la que se compra la mayor parte de la ropa. Siempre viste bien y le gusta que se la elogie; el deleite de una mujer que sabe que la contemplan.
Pongo la película de la que hemos hablado. Pero ella me dice:
—Nos vemos después, Waldo.
—Sí, nos vemos —repite como un eco Eddie. Coge el abrigo y se pone la bufanda—. Vamos a cenar algo ligero. No tardaremos.
Pues qué bien. Se han ido.
Oteo desde la ventana y espío con los prismáticos cómo se alejan calle abajo. ¿Ella lo toma del brazo cuando giran por la esquina?
Si fuera un perro, ladraría sin parar. Me han abandonado con el psicótico busto parlante de la televisión.
El sentido común es siempre ilusorio y disfruto de mi imaginación de mago, pensando en el guión mientras permanezco aquí sentado metiéndome kulfi de mango en el gaznate. Interpreto todos los papeles e imito los acentos. Sé en qué restaurante cercano están cenando. Carlo, el dueño romano, es un buen amigo. En la entrada tiene colgada una foto en la que aparezco yo con Carlo, entre otras dos en las que posa con Michael Winner y Sean Connery.
—¿Dónde está el maestro esta noche, señora?
—Me temo, Carlo, que Waldo no se encuentra muy bien. Está cada vez más achacoso. Los pensamientos que le rondan por la cabeza son cada vez más irreales. Cree que está en Venecia.
—¿En el Danieli?
Oigo tintinear las pulseras de Zee cuando hace el gesto de tocarse el cabello.
—¿Dónde sino tomando el desayuno en la terraza? Es su lugar favorito del mundo. No soporto la idea de perderlo. Por favor, no me hagas hablar de ello porque acabaré llorando. Permíteme presentarte a nuestro querido amigo Eddie. Es íntimo de Waldo.
—Soy director de documentales, comisario de exposiciones, periodista y coleccionista —dice Eddie.
—Y también conferenciante —añade Zee.
—Buenas noches, señor. Bienvenido. ¿Una copa de prosecco? ¿Champán? Ahora mismo llamo a Pietro para que les cante los platos del día. Creo que le sorprenderá la lasaña, señora. Sé que le encantan las almendras.
—Siempre me sorprendes, Carlo.
Ahí lo tenemos, la vida consiste en compartir la mesa de la cena con una mujer a la que deseas: servilletas elegantes, mantequilla conservada en hielo, cubertería elegante, melón, lubina con puré de patata, sorbete de frambuesa o pudin de verano, expreso doble… y amor.
Si Pietro o Carlo los descubren cogiéndose de la mano en la mesa, me sentiré avergonzado y con ganas de asesinar a alguien.
Demasiado nervioso para ponerme a ver una película o un partido, me desplazo con la silla hasta la otra punta de la sala de estar. Una vez junto a la ventana, descorro la cortina para iniciar la vigilancia desde el nido de águilas de mi califato. Pegando los ojos inyectados en sangre a los prismáticos, puedo ver el otro lado de la calle. Me siento aquí como un moscón posado en un parabrisas que contempla lugares fantásticos durante el viaje. Pese a la vastedad de mi soledad, resulta ameno estar aquí arriba observando a gente que ve la televisión y a niños concentrados en sus pantallas. Como siempre con mi lassi de yogur con vodka junto a mí, grabo los pensamientos que murmuro y espeto en el móvil. Amplío mi realidad verbalizándola.
Desde esta atalaya de sabiduría, tomo fotos y grabo en vídeo a desconocidos. Ruedo vislumbres de felicidad y nubes que parecen un colchón de plumas. Cualquier cosa que parezca escasamente prometedora.
No puedo decir que ahora que estoy casi paralizado y medio muerto la vida sea menos interesante. Los vecinos en las cajas iluminadas de sus apartamentos resultan cautivadores. Las cenas con invitados son más fascinantes que las guerras y proporcionan siempre una ocasión para los primeros planos. Pero no hay sexo. El sexo ha quedado atrás, en todos los sentidos.
Es sorprendente lo mucho que la gente te dejará ver y lo poco que aprecian el hecho de que pueden entrar y salir cuando lo deseen.
La pareja que está cenando en el apartamento de enfrente parece paralizada, con los tenedores suspendidos en el aire. Doy un golpecito a mi reloj; debe de haberse bloqueado cuando me ha subido la presión arterial. ¿Cuánto pueden comer Eddie y Zee? Mi mujer y mi amigo llevan fuera mucho rato. Deben de estar intimando. No tardará en llegar la hora mágica. Preparándose para una noche de amor y con un deseo inagotable por delante, el pene de Eddie debe de estar ya tensionándose ante la expectativa.
Espero que la comida y el vino sean caros. ¿Para qué necesito el dinero? Para mí es irrelevante y quiero que lo gasten y lo disfruten sin preocuparse. Que todo siga el curso previsto.
Horas más tarde oigo la llave en la cerradura. Por fin han vuelto.
Eddie ve las noticias mientras Zee se mete en su dormitorio. Me gusta que una mujer disfrute de sí misma. Zee es Tauro y creo que para los Tauro el cuerpo es un templo. Ella reverencia —pero también detesta— su propio cuerpo, tal como suelen hacer las mujeres. En el pasado adoraba el mío.
Mientras se acerca a comprobar cómo estoy, finjo estar medio dormido. Lleva puesto el salto de cama. Olisqueo perfume reciente en sus muñecas y cuello. No puedo resistirlo. Mientras ella se mueve junto a mí, alzo el cuello para echar un vistazo a la lencería. Me quedo embelesado: veo tirantes y aretes.
Tengo en mucha estima sus zapatillas de tacón con plumas rojas. Me gusta contemplar a una mujer que parece haber pisado un pájaro exótico. Soy de ese tipo de hombres. Pero este calzado no se lo ha puesto para mí.
—No tardo nada —le dice a Eddie.
No va a tardar nada.
Todo el mundo resulta inescrutable. Debo preguntarme a mí mismo si todavía la quiero. Claro que sí. El amor no se cierra como un grifo cuando uno quiere. Cuanto más difícil es el amor, más es amor. ¿No es así? Qué duro es admitir lo mucho que uno necesita a otra persona. En cuanto lo haces, ya te has metido en un lío. Estas sospechas me están desquiciando. El gran combate de todo hombre es no parecer idiota.
Con ella sentí por primera vez deseos de estar casado con la persona con la que me había casado. Aprendimos a conocernos. A ella le gustaba que me sentase sobre su cara, incluso hasta que ya no podía respirar; le gustaba chuparme la polla largo rato. La primera vez que lo hice, disfrutó tímidamente de que le diese un beso negro y le metiese el dedo por el culo mientras enumeraba las cualidades de su belleza en voz baja. Para adorar el sexo, debes asumir la repulsión.
Qué banal, chocante y alentador resulta —hablando del absurdo de la existencia— despertarse y darse cuenta de que tu amante se ha convertido en una extraña que ama a un extraño.
Debo recuperarla. Me gusta y necesito una mujer que los demás hombres me envidien. Hoy en día una mujer sigue siendo el máximo lujo, un diamante, un Rolls-Royce, un Leonardo en la sala de estar.
Si mis sospechas se confirman, me moveré como una serpiente entre las piedras. Mirad cómo me cargo al ladrón. Primero lo condenaré a la demencia, la ceguera y la impotencia entre otras cosas.
Después le orinaré en la boca y me limpiaré el culo con su cabeza.