Nada de nada

Hanif Kureishi · Capítulo 5 de 20

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Nada de nada

Cinco

 

Todavía me despierto como un joven, hasta que empiezo a moverme. Sin embargo, decido tomar decisiones. Habrá movimiento. Algo tiene que suceder. No me voy a rendir. Deberíamos salir. Eso podría cambiar las cosas.

Me desagrada el campo, desprecio las zonas residenciales suburbanas; vivir en la ciudad es toda una prueba. Habito un pequeño mundo. Imposible perderse. Hace poco Zee y yo hicimos un agradable viaje de un día a West Kensington: la carretera de Talgarth es nuestra Ruta 66. Decidimos probar los placeres de Acton, un lugar que a mí me resulta tan exótico como Liberia. Graham Greene se lo habría pasado bomba.

La próxima semana tenemos dos eventos sociales programados y después viajes al extranjero. Zee y yo lo hemos hablado. Allí estaremos. Aquí uno se siente demasiado encerrado. Necesitamos más vida social.

Envejecer no es para nenazas. Pese a mi discapacidad, Zee y yo seguimos yendo de juerga. Supone un esfuerzo; yo lo hago por ella, porque me gusta verla contenta. A ella le gustan las fiestas y las inauguraciones. Con cierta ingenuidad, le parecen glamourosas y recibe con entusiasmo las invitaciones que nos siguen llegando a diario. Ella se encarga de responder, pide un coche con chófer para desplazarnos hasta el evento y comprueba los servicios de que dispone el lugar. La enfermera me lava y me viste, y yo me propulso a duras penas en mi carro de fuego. Los viejos amigos se acercan a saludarme, inclinándose para oír mis malas noticias y darme las suyas.

Durante la comida Zee deja una «cartulina» —un sobre rígido— en una esquina de la mesa.

—Podría ser una oportunidad.

—Debemos ir, Zee. Llevo tiempo muy inactivo.

—El mes pasado —dice ella— llegaron invitaciones a tres funerales de amigos íntimos tuyos y a dos misas conmemorativas. Y un aviso para acudir a un lecho de muerte.

—Te he tenido muy abandonada. Los moribundos somos egocéntricos. Vayamos…

—Creo que Eddie debería ayudarnos —dice ella.

—¿Eddie Warburten?

—Es más amable de lo que crees.

—¿En qué sentido?

—Te reventó ese grano en la nuca que yo no soportaba tocar y se tomó dos días libres para acompañarte al médico y al hospital. Es mejor que cualquier asistente y nunca se queja. Hasta te ha ayudado en la ducha.

Tiene razón. No pasa a menudo que un crítico de cine te acaricie las pelotas. Yo estaba desnudo, sentado en una banqueta, mientras él frotaba mi arruinado cuerpo con una manopla. Lo compadezco por tener que tocarme, pero a él no parecía incomodarlo. Soy demasiado inteligente para sentir vergüenza, pero él tampoco me dio ningún motivo para sentirme incómodo. Me vistió y me metió en la cama: un trabajo extenuante.

—Eddie tiene mucha mano con las pajaritas. No puedes llevar todo el día esta camiseta raída de Frank Zappa. Estos pantalones cortos llenos de lamparones hay que tirarlos a la basura. El pasamontañas hace que los vecinos crean que eres un terrorista. Ya sabes que adoro tus cabellos plateados, Waldo. Deberías mostrarlos.

—En cualquier caso, te encanta su compañía. Te oigo reír o más bien toser con esa marihuana que te trae. Fuiste tú, no yo, quien lo invitó a venir. Le animaste con sus proyectos y le pediste que se quedase a pasar la noche.

Hasta yo me aburro de mí mismo. Para ella es fundamental darse un respiro y olvidarme un rato.

—Consideremos esta posibilidad —digo—. La mayoría de mis amigos y colegas están muertos, y muchos de mis amigos desaparecieron en cuanto dejé de ser un artista en activo y ya no podían sacarme nada. Pero ¿por qué no llamamos a Anita, si está libre? Todos soñarán con desnudarla en cuanto la vean aparecer.

—¿Y alguien me mirará a mí? Su presencia minaría mi autoestima. ¿No la has visto ya bastante? ¿No está todo el día llamando?

Zee decide llevarse a Eddie de compras. Quedará presentable con la ropa adecuada o debidamente «afilado».

—¿Como un cuchillo?

Es un trabajo complicado. La renovación de esa piltrafa lleva varias tardes. Admito que hay mucho que hacer.

Han estado recorriendo Londres en taxis.

Eddie por fin está listo. Abrimos una botella. Él nos enseña un bonito traje que le queda bien, a diferencia de la mayor parte de la ropa que lleva. Vemos una gabardina nueva, varias americanas y una bolsa de cuero que se cuelga en bandolera sobre el esmirriado pecho. Me fijo en el cabello, que le ha cortado mi peluquero macedonio. Le brilla como el ala de un pájaro; negro azabache por primera y espero que última vez.

Cuando por fin bajo la mirada me percato —y el susto es de los que te revuelven las tripas— de que lleva mis mocasines italianos de piel de cocodrilo. Hasta al cocodrilo se le subirían los colores.

—Bien, ¿verdad?

Zee está orgullosa de él, de este cómico hombre nuevo con dentadura nueva y un aire ligeramente incómodo, o directamente avergonzado. Un joven flautista al que su madre le ha pegado en la frente el título.

—Eddie, ¿esos zapatos no son míos?

—Waldo, tú no te los vas a volver a poner en la vida —me dice Zee—, y a él le van como un guante. Iban camino de la tienda de segunda mano con todo lo demás que ya no te pones nunca.

—No hay que tirar nada —añade Eddie—. Así nos hemos ahorrado dinero.

Me sorprendería no estar financiando la renovación del vestuario de este tío. Nada indica que él haya hecho contribución alguna. Me desconcierta que se deje tratar de este modo tan condescendiente. ¿Dónde está su orgullo?

Se muestra desinhibido mientras se contempla en el espejo desde varios ángulos. Intenta entretenerme con varias historias calumniosas sobre películas, directores y actores.

Zee se ha comprado un chal argelino y varios bonitos vestidos para «animarse», además de algunos muebles y alfombras. Debo admitirlo: la casa parece menos decrépita. La hemos descuidado mucho. Hay muchos cajones rotos, la nevera no funciona bien, el lavabo se ha convertido en un peligro. Procuro no bajar la vista, porque la alfombra está llena de manchas y podría haber algún bicho muerto por algún lado.

Zee y Eddie han renacido, acudimos a cenas, galas y fiestas. Sin que nadie lo proponga, él siempre nos acompaña.

—Por si acaso —dice siempre Zee.

Cuando vas en silla de ruedas, la gente literalmente te mira por encima del hombro. Eddie resulta útil cuando salimos, siempre detrás de mí, empujando la silla, sonriendo, manteniendo a distancia a los idiotas cuando es necesario. Reconoce las caras y me susurra al oído unas palabras cuando se me acerca un viejo amigo cuyo nombre y profesión he olvidado.

Hacemos un viaje de un par de días a España, donde, agobiadísimo por el calor y pertrechado con mi caftán anaranjado y mi sombrero flexible, me veo sumergido en un océano de tópicos y recibo un premio a mi carrera, lo cual siempre es un anticlímax, aunque supuestamente distinga mi maestría. Zee me saca con la silla de ruedas al estrado y yo sonrío, saludo y dejo escapar unas lagrimitas mientras ella da las gracias en mi nombre; incluso a mi edad, desprecio esa pleitesía.

Unos días después se produce lo que solo puedo describir como el gran acontecimiento. Mi definitiva vuelta al ruedo entre vítores. Vamos a Cannes. En el pasado, como presiente del jurado, dispuse de mi propio coche con chófer y dos motoristas de escolta con luces intermitentes. Me abría paso entre multitudes y fotógrafos como un emperador.

Mientras mi silla avanza hacia el escenario entre mujeres de labios infiltrados con colágeno, playboys y una nebulosa de glamour continental, recibo una ovación del público puesto en pie. Eddie es de gran ayuda —hay que empujar, tirar y trasladarme de un lado a otro— y camina detrás de nosotros todo el rato. Como es mi acompañante, nadie puede desdeñarlo, ignorarlo o desatender sus peticiones. Tienen que darle la mano, sentarse a su lado en las comidas, escuchar las largas exposiciones de sus proyectos y recibir la petición de invertir en ellos. Aparece en las fotografías, ofreciéndome un pañuelo para que me seque las lágrimas. Lloro con la misma facilidad con que otros eyaculan. Eso causa buena impresión.

Tras el innecesario alboroto a mi alrededor, la pareja me aparca en el hotel con unas cuantas películas malas y ponen rumbo a varias fiestas pertrechados con mis invitaciones. ¡Hasta me llega la noticia de que en una de ellas recibieron a Eddie confundiéndolo conmigo! Los dos chismorrean, bailan y se lo pasan bomba hasta que se les desintegran los pies y deciden pasear por la orilla del mar para relajar sus ardientes plantas.

Zee regresa a nuestra suite en el Carlton por la mañana temprano. Yo estoy medio dormido, pero le pregunto:

—¿Dónde estabas?

—Perdona la tardanza, querido. Me he enterado de algo. De chismes. Ha llevado su tiempo. Aunque por supuesto no te lo voy a contar. No te mereces que te lo cuente. Esta vez no.

—Sabes que me lo acabarás contando, cariño. Pero de todos modos me encanta que me provoques.

Cuando regresamos a Londres elucubro largo y tendido y dicto una entrada de mi diario grabado. Me muestro cada vez más decidido, porque Eddie da demasiadas cosas por sentadas. Voy a zanjar el tema con él y empezaré mi yihad. Mi mujer… y ahora mi hospitalidad. Mi mundo se ha tambaleado un poco. Todo en él va mal.

Durante toda mi vida laboral he tenido que bregar con productores, publicistas, estrellas y chiflados. Con algunos logré entenderme, a otros los abofeteé. Unos pocos al final acabaron mordiendo la lona.

Eddie y yo vamos a tener una conversación. Esperaré a que Zee salga de compras y él se quede a solas conmigo. Y le cantaré las cuarenta.

Una tarde llega el momento. Estoy sentado en mi silla, con mis patéticas manos agarrotadas, contemplando cómo él me ordena los DVD. Sé que ha llegado el momento de actuar.

Es asombroso cómo se concentra en las tareas sin hacerme ni caso, como si no hubiera estado lameteándole la panocha delante de mis narices y encima calzado con mis zapatos. Incluso se permite silbar —veo cómo frunce los labios—, lo cual para mí es un claro signo de que algo va mal. Por desgracia, la perversión tiene sus límites para los que somos normales. Me ha llevado toda una vida convertirme en alguien tan desinhibido como soy ahora. Y aun así sigo pensando que ojalá estuviese más predispuesto a lo raro.

—Bueno, Eddie… —Cada uno de sus movimientos se ha convertido en un flagelo para mí. Él se vuelve—. Dime una cosa…

—¿Sí? Disculpa, Waldo, ¿te sirvo una copa? ¿Sabes dónde están tus vasos?

—Ni idea.

—Tranquilo, querido amigo. ¿Necesitas que te lleve al lavabo?

—No. Pero gracias por el ofrecimiento.

Si posee una mente, está en otra parte. Le pido que ponga «Helter Skelter» e insisto en que lo oigamos entero dos veces por mis altavoces sesenteros. Me hierve la sangre. Respiro hondo hasta que noto que el mayor de mis reproches ya no me causa dolor alguno.

—Es la canción favorita de Anita —le explico.

—¿Va a venir por aquí?

—¿Te gustaría conocerla? Puedo organizar un encuentro.

—Por favor, Waldo, ya sabes que me quedaría embelesado. Pero siempre has evitado que la vea. Te gusta jugar conmigo.

—Eddie —le digo—, pasas aquí, en mi apartamento, un montón de tiempo, pero te has convertido en un desconocido. Hace mucho que no hablamos. ¿Ahora estás casado?

—En estos momentos no.

—¿Tienes una amante?

—He estado hundido, Waldo —me explica—, las cosas se me han complicado mucho, colega. Ahí fuera todo es muy complicado. Tú eres conocido y admirado, un maestro. Por debajo de este nivel hacen falta muchos tejemanejes para conseguir unos cientos de libras aquí y allá. Si tienes suerte…

—Recuérdame cuántos hijos tienes.

—Hasta eso se me olvida. Cinco. Dos todavía van al colegio y uno a la universidad. Una es discapacitada. No madurará. Necesita cuidados constantes. Es desolador y me ha perturbado toda la vida.

—Lo siento.

—Recordarás que son de tres madres distintas y todas me exigen la manutención, que pague los colegios y más cosas, y yo no puedo asumir tanto gasto.

—Pero Eddie, ¿no es tu obligación? Todos tenemos que luchar por mantenernos en pie. Puedes verlo en mí, el esfuerzo que hago a diario por mantener la dignidad.

—En ti es indiscutible, maestro. Ya sabes que le doy vueltas a un montón de ideas. Pero no puedo convertirme en millonario de la noche a la mañana. Sin embargo…

Parece nervioso.

Se inclina hacia mí. Como favor y a modo de lección me habla del nuevo Baal: la precariedad, la falta de trabajo, de ayudas sociales y de pensiones. Dice que hemos creado un mundo de billonarios y pobres. Sentencia que el dinero es el demonio y que la élite financiera utiliza la deuda para controlar a la población. El canibalismo del capitalismo, la vacuidad de la democracia y la alienación, la mercantilización y estupidez del hiperneoliberalismo; el virus del dinero y el modo en que los pobres se rompen las pelotas para salvar a la clase financiera. Me explica todo esto por mi bien.

—Vislumbro tu futuro —le interrumpo—. La transgresión es la nueva norma, e iniciativa la nueva palabra para referirse a engañar a los demás. Políticos, artistas y abogados, la gente más respetable llena las prisiones. Eddie, ¿puedo sugerirte que tú también optes por el crimen, aunque sea el crimen desorganizado? ¿Cómo puedes permitirte no hacerlo?

—Muy gracioso, Waldo. No me sorprende que la reina se mostrase encantada de colgarte del pecho esa insignia de comendador de la Orden del Imperio Británico. Lo que me sorprende es que no te nombrasen caballero. De joven realizas tus mejores trabajos y después pasas a formar parte de la clase dirigente, ¿eh?

»Tú, tus amigos y coetáneos sois la gente más talentosa que tenemos por aquí —continúa—. Pero sería un disparate creer que todo el mundo es como tú. ¿No eras de izquierdas? ¿Maoísta? ¿No te plantaste ante las puertas de una fábrica a las cinco de la madrugada para vender periódicos revolucionarios con varios actores activistas?

Alzo un dedo para indicarle que se calle.

—Eddie, no me veas como otra cosa que un hombre del pueblo que adora la exclusividad. Un esnob con don de gentes. Le he pedido a Zee que entierre lo que queda de mi cuerpo en una tumba modesta pero luciendo varios diamantes. ¿Dónde estás viviendo ahora?

—Sigo en una pequeña y desvencijada habitación con una cama individual en el Soho. El lavabo está al final del pasillo y tiene la ventana rota. El casero es un salvaje que entra cuando le da la gana y coge lo que le apetece. Por suerte un amigo me está ayudando a encontrar otro sitio. Si dispusiese de mil libras para dejar como fianza, ya lo tendría solucionado.

Los seres humanos tienen dos o hasta tres caras. Pero si algo sé, tal como enseña cualquier novela policíaca, es que lo que quieren más que nada en el mundo es dinero. En este sentido son completamente fiables.

—Me tientas, Eddie —le digo.

—Me marcharía.

—Necesito verte asentado. De lo contrario, me sentiría inquieto.

Me mira.

—¿Qué dices? Te devolvería el dinero.

—No te me pongas condescendiente.

—Nunca osaría hacerlo.

—Pídele las mil libras a Zee —le digo—. Igual que la reina, yo nunca llevo dinero encima. Y no lo olvides, Eddie, si necesitas hablar de algo, acude a mí. Soy todo oídos.

Cuando Zee regresa, Eddie se lanza tras ella sin perder un segundo. Se meten en la cocina. No tardo en ver cómo ella saca el dinero.

Sin embargo, no puedo parar de reírme. Pretendía diseccionar a Eddie y ofrecérselo de alimento a los cerdos. Pero he acabado prestándole al embaucador su sustento. Milton habla en El paraíso perdido de un «motor infernal». Eddie es ese motor, rugiendo en mi sala de estar.

Sé que no me conviene reírme. Podría cagarme encima o sufrir un ataque al corazón. Qué vulnerable he llegado a ser; ¡cómo ha liado Eddie a este viejo zorro apelando a su conciencia! Pese a mis esfuerzos de elevación nietszcheana, este cabrón me ha derretido como a un helado bajo un soplete.

Puede que sea gilipollas —está claro que poseo insensatez natural más que suficiente—, pero he comprado una felicidad temporal. Este bufón que es un servidor les ha dado una alegría a los dos.

Zee parece encantada mientras Eddie se guarda el fajo en el bolsillo, sonriendo —aunque no demasiado ante mi absurda generosidad.

Zee cree que por fin he entrado en razón. Todo va tal como ella quiere.

Y entonces sucede algo raro.