Nada de nada
Cuatro
Eddie es uno de esos personajes del Soho que aparecen en los pases de prensa, en las sesiones inaugurales de los festivales y en las cenas. Le halaga ser incluido en todos los saraos, y es el primero en lanzarse sobre la bebida y la comida. Elegante, educado y cortés, intentará encandilarte incluso mientras te da la espalda y es capaz de coquetear con los ojos cerrados. Por lo que me han dicho, en su juventud era bastante guapo. Un chico vulnerable con gafas gruesas, labios rosados y el culo de un querubín, ansioso por agradar. Un imán para los pedófilos, según los rumores.
Este colegial ya crecidito con su cabello cada vez más escaso, su reluciente cráneo y su reloj barato, acostumbra a sudar por la ansiedad y a oler a alcohol, cuando no directamente a pubs. Como parte de un guión previsible, de camino hacia aquí le ha ocurrido un desastre del que forman parte su cartera, un tren, un cambio de pantalones y tal vez una mujer —o dos—. Me desagrada la gente fea cuando no me produce lástima. Siempre están en desventaja cuando se trata de privilegios. Si Eddie fuese apuesto, no tendríamos este problema.
Sin embargo, ha rodado tres documentales, ha publicado un par de libros, escribe en varias revistas de cine, imparte conferencias y ha dado clases en algún lado. Todo esto ya me parecen ofensas más serias. Creo que incluso puede haber cantado en bares vestido con una americana blanca, algo también imperdonable. Dicen que su francés es impecable y posee una voz vaporosa, mezcla de acento pijo de colegio privado y sordidez de vestuario.
Zee está alegremente ebria, con la mirada turbia. Pero me trae el café, me lava y me cambia, y se pone a contarme cosas sobre Carlo, los platos del día, quién había en el restaurante y lo arreglados que iban.
Pero está con la cabeza en otra parte. Lo veo. La imagino diciendo: A Dadda, como me llama, no le importa. La veo preocupada. Está empezando a enamorarse. Todo le parece nuevo y cargado de connotaciones.
Permanezco echado, inmóvil; adormilado pero no del todo. Escucho. Apago la radio y sintonizo otra frecuencia. Mi audífono es una maravilla. El mundo suena de un modo inusualmente alto. Soy capaz de oír a gente cenando en París, pasando páginas en Estocolmo, haciendo el amor en Roma y cantando en Madrid.
Hoy, mientras aguardo, soy un aparato de radio con el receptor abierto.
Recuerdo cómo disfrutaba Zee comentando historias de los periódicos sobre mujeres mayores que se liaban con chicos jóvenes o «yogurines» en países del Tercer Mundo; hombres pobres y desesperados que las engañaban después de casarse con ellas. «¿Cómo se meten en algo así?», se preguntaba. Esto tendré que restregárselo por la cara a su debido tiempo.
Han atenuado las luces. Se oye música lenta, sospecho que están bailando. ¿Lo hacen pegados, apretando los dedos sobre la ropa del otro? No pueden esperar. La tentación es divina.
Ya ha empezado. Sí, creo que lo oigo todo. Visualizo las formas, color y consistencia del cuerpo de Zee. Sueño que su boca es mía.
Se trasladan al dormitorio. Me concentro. Pero oigo menos. La situación se prolonga y el volumen va en aumento. Resulta que Eddie es una pequeña bestia calenturienta que se está follando a mi mujer. Puede que sea pobre en lo económico, pero es rico en goce, algo envidiable a su edad. Debe de ser el motivo por el que las mujeres se derriten pese a sus pintas y su carácter. Es perfecto: toda mujer quiere a un hombre al que poder salvar.
He sido un hombre que se ha esforzado por ser generoso y comprensivo. Sé que el amor es bueno para todo el mundo. Eros es el motor que hace y rehace, reviviendo la pasión por la vida. La convertí en una viuda en el mismo momento en que me casé con ella.
Le dije: «Cuando fallezca, espero que encuentres a un hombre rico con un pene atractivo para que cuide de ti», dando por hecho que cuando yo muriese ella se cortaría las muñecas con una botella rota después de haber enloquecido y haberse arrancado todo el cabello.
Sé que tendrá una vida después de mi desaparición y ¿cómo podría yo ser tan cruel como para desear que llevase más luto por mí del necesario? Y no es que no haya derramado lágrimas ante su amor moribundo. «Eres el único hombre al que he deseado, el hombre que me hace sentir completa».
¿Y acaso no sabía yo cuando conocí a Zee y a su marido mientras filmaba en Bombay que, después de numerosas esposas, amantes, relaciones y desencuentros, ella era el final de toda esa búsqueda? Ella era mi destino, el lugar adonde yo me había dirigido siempre. Según mi versión de la jugada, nunca fui feliz con ninguna mujer hasta que la conocí a ella. Ella llenó mi vida, se convirtió en mi madre, mi amante, mi hermana y mi amiga.
Zee trabajó en la película cortando y cosiendo piezas del vestuario. A nadie le pareció una buena idea que abandonase a su decente esposo por un salvaje que empezaba a tener un desafortunado parecido con el viejo Elvis.
Después del primer mes, ella misma me cortó la melena y me obligó a bañarme a diario. Por las noches me controlaba el dinero y me volvía del revés los bolsillos para quitarme la cocaína —que jamás había visto hasta entonces—, pese a que yo juraba que la había dejado. ¿Quién ha dicho que el placer te hace feliz? Las drogas me han proporcionado una falsa valentía, pero me impidieron tomar ciertos riesgos. Hay que superar los excesos; no se puede engañar a la realidad.
Yo era o bien Stajánov o bien Oblómov. Me había convertido en una persona huraña y avergonzada, y estaba convencido de que los demás podían ver cómo había fracasado en mis intentos de ser feliz, pese a todos mis logros. Laborioso y decadente, estaba machacado, despedazado, destrozado y hundido. Como mucha gente, necesitaba follar a diario, con quien fuese. Estaba demasiado vivo; era incapaz de sobrellevar mi propia energía.
Zee conocía la verdad y le gustaba mi olor y mi sabor, las formas y curvas de mi cuerpo, mi masculinidad. Ahuyentaba a camellos, mujeres, putas, gorrones y liantes, a los zánganos y desconocidos que se instalaban en casa durante semanas. Me ayudó a pasar el mono y me agarraba la mano. Me prohibió comer helado, y dejé la Guinness por el vino. Disfrutar es difícil. Ella me transformó en alguien menos estúpido; aprendí a sentir placer sin perder los papeles. Me ayudó a reconocer y preservar mi talento. Por fin me convertí en un hedonista inteligente.
El trabajo es siempre una distracción de lo realmente importante, y yo estaba enamorado. En el campo teníamos animales. Dábamos paseos, nos quedábamos acostados en la cama y organizábamos veladas musicales en las que hacíamos turnos para poner discos. A ella le gustaban las canciones de los musicales y la bossa nova, pero aprendió a disfrutar de Curtis Mayfield. Bailábamos juntos.
Yo temía que la felicidad me arruinase como artista. Perder la agudeza, la furia, la agresividad y la acidez. Tendría cosas mejores que hacer que entretener al público. He visto cómo les sucedía a otros. Pero convivir con Zee ha sido un experimento que debía afrontar. Yo había estado sobreprotegido. Me había mantenido al margen de otras experiencias más profundas, más perturbadoras y excitantes. Quería comprobar, por fin, lo cerca que podía llegar a estar de una mujer. Lo cerca que podía llegar a estar de otro ser humano, mientras seguíamos siendo dos individuos diferenciados. Quería dejar atrás mi yo y convertirme en alguien por completo dependiente. Quería que ella me transformase.
Y otra cosa. Era curioso: desde el principio Zee me pidió que no pasase las noches a su lado. ¿No me encontraba atractivo? ¿Acaso yo roncaba, sudaba o maldecía más de la cuenta?
A ella siempre la acompañaba un demonio interior. Una tía había practicado magia negra con ella.
Como entusiasta de lo oculto, insistí en ver las maniobras de esa criatura sobrenatural. Eran horas negras. Nunca había visto a nadie sufrir tamañas pesadillas. Zee gritaba y a menudo me daba patadas y puñetazos. Vociferaba que se moría. Más bien parecía que la estuvieran matando. Yo nunca la dejaba sola. Se sentía reconfortada y menos avergonzada. Jamás he aborrecido nada de ella, y siempre se lo recuerdo.
Zee y yo nos casamos para demostrar nuestra seriedad. Yo aspiraba a ser marido, pero tuve que convertirme también en padrastro. Me hice cargo de sus hijas gemelas, que podían ser problemáticas y se ponían del lado de su sumiso padre. Las habían educado para ser respetuosas, pero yo había secuestrado a su madre, que no había opuesto ninguna resistencia, y a ellas, que lo habían aceptado a regañadientes. Aprendí a base de palos lo catastrófico que puede resultar ejercer el papel de padrastro: las elevadas dosis de odio y humillaciones que te ves obligado a tragarte. Esas niñas, que no eran mías, sino hijas de un hombre decente, resultaban más difíciles de manejar que cualquier película que yo hubiera rodado. En ocasiones su crueldad era insoportable. Siempre que podíamos las mandábamos con su padre. Yo acabé en terapia cuando descubrí que deseaba que desaparecieran de mi vida. Llegué a creer que estaba incluso dispuesto a abandonar a su madre cuando esas niñas me convertían en un ogro que no soportaba ser.
Recibí buenos consejos y sobreviví. El logro de amar a una mujer significaba para mí más que cualquier otra cosa.
Al final enviamos a las niñas a universidades americanas que pagué yo. Una de ellas pasó por rehabilitación y varias crisis. Ahora las dos están bien. Jasmine trabaja en el sector hotelero. Samreen me recordaba a mí mismo: una adolescente indolente, desaliñada y de lengua viperina, que no quería seguir estudiando, se convirtió en vegana y en una zorra, y se largó de un montón de colegios caros. La tuve que ir a buscar a la comisaría en dos ocasiones. Casi la perdimos. Al final de la veintena se centró al tomar la repentina decisión de convertirse en médico. Hincó los codos y estudió. Se ha convertido en una ginecóloga muy concienciada, que trabaja con mujeres pobres en Los Ángeles. Al final hemos llegado a apreciarnos mutuamente. Las dos chicas han adoptado mi apellido y saben hacerme reír. Me siento orgulloso de ser el cabeza de familia.
Durante los últimos diez años me he ido deteriorando y me he debilitado. La cocaína me ha dejado el corazón machacado. Me han practicado una angioplastia. Y también padezco la mayoría de las enfermedades: diabetes, cáncer de próstata, una úlcera, una incipiente esclerosis múltiple, estreñimiento, diarrea, y solo tengo una cadera en condiciones, toso, tengo fobias, adicciones, obsesiones y soy hipocondríaco. Por lo demás, estoy en forma. Zee me cuida. Es un acto de responsabilidad y de amor por su parte.
Al menos así ha sido hasta ahora: oigo continuos murmullos y risas hasta que por fin se hace un silencio casi completo.
Eddie la está derritiendo. No tardarán en hacer varias cosas por primera vez, compartir confidencias, canciones y besos, intercambiar joyas, descubrir lo que le gusta y lo que le desagrada al otro, convertirse en una pareja, en parte esencial el uno del otro.
Percibo algo de todo eso, pero no lo suficiente. Voy a necesitar un mejor modo de enterarme de estas minucias.
Y entonces, si la traición resulta ser cierta, se puede contar conmigo: haré alguna estupidez.